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Religiones tribales
Las religiones paganas eran, por naturaleza, locales o tribales. Había
dioses de las ciudades y dioses del campo, dioses de las montañas y dioses
de los valles (1 Rey. 20:22-30). A medida que las familias, los clanes y
las tribus constituían lo que hoy llamaríamos naciones, ciertos dioses o
grupos de dioses llegaron a ser considerados como deidades nacionales.
Los romanos reconocían nítidamente esta distinción. Por esto, a medida que
ensanchaban su imperio, fueron suficientemente sabios como para practicar
la tolerancia. No sólo permitían que los diversos pueblos retuvieran,
hasta donde fuera posible, las formas locales de gobierno propio, sino que
también les permitían que conservaran sus dioses. Debían, eso sí, incluir
en su nómina de dioses a las principales deidades de Roma, para que éstas
no se airaran, y para que los pueblos sujetos a Roma no se sintieran
inducidos por su religión a rebelarse contra el régimen romano. Pero
junto con esas estipulaciones se les permitía que continuaran con sus
propias formas de culto. Los romanos, viendo que les era ventajoso tener
más y más dioses que consideraran favorablemente a Roma y a su progreso
por todo el mundo, añadían dioses extranjeros a su panteón.
La religión romana y la judía
Cuando los romanos se relacionaron directamente con la religión judía,
especialmente por las conquistas de Pompeyo en el Cercano Oriente, donde
subyugó a Siria y a los judíos durante los años 65-63 a. C., se
enfrentaron con un problema religioso. Estaban dispuestos a tolerar la
religión judía, pero ésta estaba tan entretejida con la vida judía e
influía tan obviamente para que los judíos no estuvieran dispuestos a
ceder ante la dominación romana, que les resultó muy difícil mantener la
tolerancia. Además, los romanos no podían entender la religión judía.
Como los judíos hablaban de su Dios, pero no lo representaban en ninguna
forma, a los romanos les parecía que la religión judía era sólo una
creación de la imaginación hebrea. Los judíos se negaban completamente a
tener alguna relación con los dioses romanos, y sólo consentían en orar
por el Estado romano. Sin embargo, los romanos aceptaron esa transacción,
permitieron que los judíos retuvieran su culto, y pusieron a Herodes como
rey de los judíos. Herodes afirmaba ser judío, aunque esto sólo se debía a
que su familia había sido obligada años antes por los Macabeos a plegarse
al judaísmo.
Entre los judíos había una cantidad de sectas. Los romanos las reconocían
como parte de la religión judía porque los judíos incluían esas sectas en
su sistema religioso. Una secta como la de los zelotes era considerada con
desconfianza debido a sus tendencias a la rebelión, y con frecuencia era
objeto de medidas disciplinarias; pero no era puesta fuera de la ley sino
como último recurso.
El cristianismo rechazado por el judaísmo
Los dirigentes judíos habían rechazado a Jesús desde el principio. Después
de hacerlo matar también rechazaron a sus seguidores y a la iglesia que
éstos formaron; por esto el cristianismo no era considerado legal. Por
esta razón no era lógico que los romanos incluyeran a Cristo en su
panteón, aunque hubieran deseado hacerlo. No podían aceptar el
cristianismo a través del cauce judaico, pues los mismos judíos lo
rechazaban. De modo que el cristianismo fue desde el principio una
religión ilegal, sin una posición reconocida ante la ley.
Posición romana frente al cristianismo
Además, había algo en las enseñanzas cristianas que empeoraba su situación
ante el gobierno romano. Los judíos eran un pueblo proselitista, por lo
tanto, los romanos consideraron necesario en el siglo II promulgar una ley
que prohibía a los judíos hacer prosélitos. Los judíos no pretendían tener
una fe universal, pero ofrecían a los paganos la posibilidad de aceptar el
judaísmo como una especie de privilegio. No sucedió así con el
cristianismo. Los cristianos afirmaban desde el comienzo que pertenecían a
la única religión verdadera, declaraban que tenían un mensaje de extensión
mundial, invitaban a todos a que se les unieran si cumplían con las
condiciones de creencia y rectitud, e insistían en que el cristianismo era
universal en sus alcances. No permitían rivales y eran fundamentalmente
intolerantes con otras creencias. Por eso el cristianismo se presentó ante
el mundo romano como una fe universal y conquistadora. Al principio fue
burlado y ridiculizado, pero después fue temido como una amenaza para la
vida romana.
Los judíos habían dicho: "No tenemos más rey que César" (Juan 19:15), pero
este no era el caso de los cristianos. Tenían un solo Señor, el Señor
Jesucristo, y no querían aplicar el término "Señor" al César romano.
Enseñaban públicamente que su Señor Jesucristo volvería como Rey de reyes
y Señor de señores y dominaría el universo. Ya fuera que lo dijeran con
tanta claridad o no, estaba implícito en su enseñanza que ningún imperio
terrenal, ni siquiera el de Roma, podría permanecer ante la presencia de
un Rey tal (cf. Dan. 2:34-35, 44-45). El Imperio Romano era un Estado
consciente y seguro de sí mismo, y lleno de amor propio. No tenía rivales
que pudieran disputarle su poder en su mundo mediterráneo. El Estado tenía
que ser lo principal para cada ciudadano. El emperador, no importa cuán
débil, necio o malo pudiera ser, personificaba el poder y la gloria del
Estado romano. Un Estado tal no podía tolerar secta alguna, no importa
cuán buena fuera, si como centro de sus enseñanzas tenía la creencia en un
Rey supremo y divino que alguna vez destruiría todos los Estados, dominios
y poderes.
El cristianismo exhortaba a la sociedad romana a que viviera una vida
mejor, y eso causaba irritación. Los antiguos romanos, que entendían el
valor de la moral, tenían una rígida ética. Pero la moral cristiana no era
del tipo de la romana, ni tampoco era una evolución de la tesis romana
concerniente a los valores de la vida. Además, los romanos de los tiempos
del Nuevo Testamento no vivían de acuerdo con su ética antigua. Como
consecuencia, la vida de los cristianos era un constante reproche para los
romanos. Estos no entendían la forma cristiana de vivir. Si bien quizá
respetaban a regañadientes al cristianismo, en realidad lo odiaban.
El cristianismo como religión ilícita
Los judíos estaban resentidos con el cristianismo por muchas razones.
Tenían temor de que los cristianos pudieran atraer la ira de los romanos
sobre los judíos. Odiaban al Cristo de los cristianos como a un rival de
su esperado Mesías. Odiaban aún más a los cristianos, porque aceptaban a
gentiles en su comunión. Por lo tanto, los judíos creaban dificultades a
los cristianos en toda oportunidad que tenían, persiguiéndolos hasta donde
les era posible en Palestina, y en otras partes soliviantando a la turba
para que se levantara contra los cristianos. Hay varios ejemplos de esto
en el libro de los Hechos. Un documento, El martirio de Policarpo, narra
cosas semejantes, sucedidas en la ciudad de Esmirna en el siglo II. En el
siglo III Tertuliano llamó a las sinagogas judías "manantiales de
persecución" (Scorpiace X).
Estando las relaciones en tal situación, no se necesita buscar en la ley
romana para hallar algún decreto contra los cristianos. No se necesitaba
ningún decreto, pues los cristianos no tenían personería legal. En años
posteriores se promulgaron disposiciones legales contra los cristianos, y
éstas se hicieron cada vez más severas. Los primeros ataques de la
magistratura romana contra los cristianos fueron esporádicos; no fueron
decretados legalmente sino que se debieron al capricho o al rencor de los
emperadores. Tales fueron las persecuciones de Nerón (c. 64 d.C.) y de
Domiciano (c. 95 d.C.) contra los cristianos.
Disposiciones legales romanas. Persecución provocada por capricho
El historiador romano Tácito (Anales XV. 44; cf. Suetonio,
Nerón VI. 16) narra esto correctamente, pues culpa a Nerón de haber
incendiado a Roma. Para apartar de sí mismo la acusación, echó la culpa a
los cristianos. Una cantidad de seguidores de Jesús fueron quemados vivos
en la ciudad de Roma. Algunos de ellos fueron usados como antorchas para
alumbrar las orgías nocturnas en los jardines de Nerón. La persecución sin
duda se extendió algo por las provincias, aunque poco se ha registrado de
esto. Como ya se ha dicho, tanto Pedro como Pablo perecieron en la ciudad
de Roma debido a la persecución de Nerón.
La siguiente persecución de los cristianos a manos de los romanos quizá
surgió del rencor del emperador Domiciano, hombre inestable y caprichoso.
Quizá descubrió que había cristianos en su propia casa, y por esta u otras
razones persiguió a la secta. Juan fue desterrado a la isla de Patmos
durante el gobierno de este emperador. La persecución desatada por
Domiciano quizá no se extendió tanto ni fue tan destructora, pero fue una
dificultad para la iglesia y representó sufrimientos para los que la
soportaron directamente.
Empleo de disposiciones legales
La primera disposición claramente legal contra los cristianos, decretada
por un emperador romano, fue expedida por Trajano (98-117 d.C.). Plinio el
Joven, amigo y protegido de Trajano, era gobernador del Ponto, en la costa
sur del mar Negro. Plinio estaba muy preocupado por la propagación del
cristianismo en su provincia. Los templos paganos se descuidaban; los que
comerciaban con animales para los sacrificios y con materiales para el
culto de los templos se quejaban de que su negocio sufría muchísimo; por
eso Plinio comenzó a ocuparse de los cristianos. Hacía dar muerte a los
que estaban dispuestos a admitir que pertenecían a esa fe. Para asegurarse
de su conducta, escribió a su amigo el emperador y le pidió que aprobara
lo que estaba haciendo. La carta de Plinio se halla en la colección de sus
escritos (Cartas X. 96). En esa carta presenta una interesante
descripción del culto cristiano, a lo que ya se ha hecho referencia, y
después cuenta cómo había estado tratando a los cristianos. El supplicium,
la pena capital romana, había caído sobre ellos.
Trajano escribió su respuesta (Plinio, Cartas X. 97) para aprobar
lo que su representante había hecho en el Ponto. Pero el emperador, que
por lo general era bueno y justo, estipuló que nadie debía ser muerto por
ser cristiano a menos que reconociera sin ambages que lo era, o a menos
que hubiera suficientes testigos que probaran que lo era. No debía ser
condenado por meros rumores, sino que debía haber quienes testificaran
contra él para que el testimonio fuera válido. Esta disposición legal no
era otra cosa sino la aplicación de los poderes ordinarios de la policía
común a un problema de la sociedad. Trajano no se proponía desatar esa
persecución; pero como los cristianos no tenían lugar en la sociedad,
debían ser eliminados. Si no se hacía eso, podrían convertirse en un
verdadero peligro. Plinio informó que su método para tratar a los
cristianos había tenido éxito y que había recomenzado el culto en los
templos paganos.
Esta disposición policial ordenada por Trajano continuó como una norma del
Imperio Romano durante los 150 años siguientes. Fue más bien un desdeñoso
modo de actuar, porque el gobierno romano todavía no había llegado al
punto de tomar en serio al cristianismo como un movimiento. Por esto, los
cristianos fueron perseguidos durante los reinados de los emperadores
Antonino Pío (138-161 d.C.) y Marco Aurelio (161-180 d.C.) que, en otros
sentidos, fueron benévolos. Estas persecuciones se efectuaron en parte
mediante la violencia propia de las turbas, con frecuencia por instigación
de los judíos, y en parte debido al celo pagano de gobernantes locales,
pero con el conocimiento y el consentimiento de los emperadores.
Política de exterminio
A
mediados del siglo III empeoró la política romana en su relación con los
cristianos. Los gobernantes ya se habían dado cuenta de que debían tomar
en serio la propagación del movimiento cristiano. Se dice que el emperador
Felipe (llamado "el árabe") fue cristiano (Eusebio, Historia
eclesiástica VI. 34). Al final de su corto reinado se celebró el
milésimo aniversario de la fundación de la ciudad de Roma y hubo un gran
resurgimiento del sentimiento patriótico romano. Decio, el rival político
de Felipe y su sucesor cuando esa ola de patriotismo llegó a su apogeo,
creía que los cristianos habían favorecido a Felipe; por eso, en el año
250 comenzó una política de exterminio contra ellos. Su sangrienta
persecución de los cristianos fue repetida por el emperador Valeriano unos
siete años más tarde.
La persecución final
Para ese tiempo los cristianos habían crecido en popularidad y aumentado
extraordinariamente en número. Este aumento continuó en los años de
relativa paz que siguieron a la persecución del tiempo de Valeriano, paz
que terminó con la severa persecución desatada por Diocleciano y Galerio,
la que comenzó en el año 303 d. C. y continuó durante diez años. Esta
persecución señaló otro cambio de política, en el sentido de que
representó un intento de completo exterminio. Fue un caso de guerra entre
acerbos enemigos. En esa guerra perdió el imperio pagano.
La política de tolerancia
Constantino fue coronado emperador en 306, y en el año 312 d.C. se
presentó como amigo del cristianismo. Al año siguiente promulgó su famoso
edicto de tolerancia, y el cristianismo estuvo entonces en condiciones no
sólo de propasarse libremente sino de convertirse pronto en la religión
exclusiva del imperio. Constantino dio comienzo a la extraordinaria y
nueva política de unión de la Iglesia y el Estado, cuyos efectos, aunque
materialmente beneficiosos para la iglesia, espiritualmente le fueron más
adversos que cualquier persecución que hubiera sufrido.
Comportamiento de la iglesia frente al Estado
Al examinar el comportamiento de la iglesia frente al Estado durante los
siglos cuando el cristianismo era una religión ilícita, sin reconocimiento
oficial en la sociedad, debe recordarse que en esos años la iglesia no
buscaba su afianzamiento material en el mundo, como lo enseñó después San
Agustín, sino un lugar en el reino de los cielos, con Jesucristo como
Gobernante. Por lo tanto, el comportamiento de los cristianos era de una
paciente resignación hasta que Cristo los rescatara.
Es cierto que la significativa declaración de Cristo: "Dad, pues, a César
lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mat. 22:21) rara vez se
encuentra en los escritos de los autores cristianos de los primeros
siglos; sin embargo, aplicaban esta admonición a su relación con el
imperio. Pablo exhortó a la iglesia en el mismo sentido, cuando escribió:
"Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay
autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido
establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido
por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.
Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien,
sino al malo... Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por
razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto
pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios" (Rom. 13: 16).
Pedro dice: "Honrad al rey" (1 Ped. 2:17). Por lo tanto, aun cuando su
religión era ilegal, los cristianos procuraban vivir como buenos
ciudadanos en un ambiente hostil, aplicando todos los días la ética
manifestada en la vida de Jesús y contenida en el ejemplo y en las
enseñanzas de los apóstoles. Ganaron buena reputación por la pureza de su
vida y por su bondad para con sus prójimos. El gobierno odiaba y
finalmente llegó a temer más y más al cristianismo, pero el pueblo
apreciaba cada vez más la clase de vida manifestado por los cristianos.
Cuando eran arrastrados ante los tribunales, al responder la pregunta de
los Jueces, con frecuencia los cristianos sencillamente contestaban: "Soy
cristiano", e iban a la muerte sonriendo en medio de sus sufrimientos,
amonestando a los otros cristianos para que fueran fieles y exhortando a
los paganos que presenciaban la escena para que siguieran a Jesucristo, su
Señor y Maestro. Los cristianos que presenciaban la muerte de tales
mártires permanecían admirablemente fieles, y Tertuliano pudo decir: "La
sangre de los cristianos es semilla" (Apología 50).
Una innumerable cantidad de mártires cristianos murió porque Cristo había
dicho: "Dad... a Dios lo que es de Dios". Pedro había afirmado: "Es
necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech. 5:29). "Si
alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por
tanto no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis" (1 Ped.
3:14). "No os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como
si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois
participantes de los padecimientos de Cristo... Si alguno padece como
cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello" (1 Ped.
4:12-16). Pablo sabía por experiencia propia lo que era vivir una vida
consecuente para Cristo. Ha dejado una lista para la posteridad de sus
primeros sufrimientos por causa de su Señor (2 Cor. 11:23-27).
Por principio, los cristianos eran ciudadanos cumplidores de la ley,
siempre que las autoridades les indicaban lo que era su deber hacer. Pero
cuando se les exigía negar a Cristo, participar de un culto falso y vivir
la clase de vida que hubiera significado apostatar de los principios
cristianos, en la mayoría de los casos se mantenían firmes de parte de lo
correcto. Escogían obedecer a Dios antes que a los hombres y, como
resultado, sufrir azotes, encarcelamiento o muerte. La disyuntiva era muy
clara y las consecuencias seguras: muerte aquí, pero vida eterna con
Cristo.
Separación de la Iglesia y el Estado
Esta filosofía de la separación de la Iglesia y el Estado resultaba
necesaria, con el pensamiento de que debía manifestarse cierto grado de
cooperación con el ambiente pagano debido a la necesidad del momento,
hasta que Cristo los transportara a un nuevo ambiente. Tertuliano, en el
siglo III y Lactancio en el siglo IV, insistían en que la Iglesia
cristiana debía mantenerse separada del Estado pagano.
Pero como no se produjo la segunda venida de Cristo, ya en el siglo III se
fue formando una nueva filosofía. El cristianismo se iba popularizando y
continuamente aumentaba su número de miembros. Los maestros cristianos
eran escuchados con más y más respeto, y surgió la esperanza de que antes
de mucho el cristianismo pudiera, manejar el mundo. Por lo tanto, cada vez
que era posible, se incorporaban costumbres mundanas que eran
"bautizadas", dándoselas un nombre cristiano y también una apariencia
exterior cristiana. Se tenía cuidado de ofender lo menos posible al
Estado. Cuando la situación era clara, los dirigentes de la iglesia y
aquellos a quienes ellos dirigían procuraban mantenerse firmes. Con
frecuencia, sin embargo, resultaba conveniente posponer el momento del
enfrentamiento, y en más de una ocasión las decisiones fueron enturbiadas
por la claudicación. Bien podría suponerse que si durante el siglo III los
gobernantes romanos hubiesen sido más complacientes, el cristianismo
hubiera seguido un programa tal de componendas que lo hubiera llevado al
punto de vivir satisfecho en un ambiente pagano, y quizá finalmente
hubiera sido completamente modificado por ese ambiente y absorbido por él.
Felizmente para la iglesia, el gobierno continuó siendo un acerbo enemigo
del cristianismo, y éste se vio obligado a permanecer separado del Estado
hasta que Constantino hizo que el gobierno romano tomara las formas
externas del cristianismo (6CBA: pp. 60-66). |