I

 
 
 
 

Intolerancia Religiosa en Babilonia

 

 

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

La tierra de Babilonia significó un desafío extraordinario para los hebreos fieles que fueron deportados allí por Nabucodonosor, especialmente para el profeta Daniel y sus compañeros. El relato bíblico nos dice que, el rey caldeo, semejante a Caín, se ensañó contra los siervos de Dios que procuraron mantener su religión en aquellas extrañas tierras. El espíritu de intolerancia religiosa surgió con fuerza demoníaca en aquel imperio.

El sistema de gobierno de Babilonia asignaba al rey el poder absoluto, su palabra era la ley. “En este absolutismo de soberanía el rey Nabucodonosor asumía que él era el soberano de la conciencia del hombre así como la vida religiosa y la conducta civil de quienes estaban sujetos a su poder. Y puesto que era el gobernante de las naciones, él muy bien podía gobernar en religión, y en la religión de las naciones”.1

Es por esto que se registra un incidente histórico de vital trascendencia para el futuro de toda nación o reino, sus líderes, y por extensión, para todo hombre y mujer que vive en la actualidad. Nabucodonosor había mandado a levantar una imagen de oro colosal, de unos 26,7 metros x 2.7 metros. La imagen fue levantada “en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia” (Dan. 3:1).2 En un sueño que el monarca había tenido (y que comentaremos en nuestro próximo capítulo), vio una imagen compuesta por diferentes metales, oro, plata, cobre y hierro (Dan. 2). La cabeza de oro, representaba su reino, su poderío (vers. 38). El otro metal que seguía era la plata, representando a su vez un nuevo reino futuro. Pero Nabucodonosor no aceptó la idea de que algún reino ulterior fuera a sustituir el suyo, y mandó a construir su imagen de oro completa, para significar la permanencia y la estabilidad de su reino sobre todos los demás. Cabe recordar que en uno de sus pronunciamientos había alentado la esperanza que sus sucesores gobernaran “por tiempos eternos”. El quería que su poderío poseyera “la gloria perpetua y universal..., un reino que no sería seguido por otro”, y mucho menos de “calidad inferior”.

Para aquella magna reunión se habían convocado a “los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado” (Dan. 3:2). Esta ceremonia de dedicación “representaba un acto de adoración al poder y la autoridad” del rey. Alguien pregonó entonces: “Se Manda a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que al oír la bocina…, y todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo” (vers. 4-6). El registro inspirado nos dice que todos los que estaban allí “se postraron y adoraron la estatua de oro” (vers. 7).3 Pero los jóvenes hebreos no se postraron ante la imagen (vers. 12). Esto causó una enérgica reacción, y “entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen” a los jóvenes hebreos ante su presencia (vers. 13). El rey les dijo que los instrumentos sonarían de nuevo, y que debían postrarse ante la imagen, pero los jóvenes contestaron valientemente al rey: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (vers. 16-18). Esta repuesta decidida despertó en el rey toda su naturaleza mala, y “llenó de ira”, en tal forma que “se demudó el aspecto de su rostro contra” los siervos de Dios. Entonces, “ordenó que el horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado” (vers. 19).

Las Escrituras nos dicen que los jóvenes hebreos fueron arrojados a un horno ardiente, y que estaba tan caliente que “la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado” a los jóvenes hebreos (vers. 22). Pero algo milagroso sucedió: “El rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses” (vers. 24,25). Dios había librado milagrosamente a sus siervos fieles que lo honraron ante aquellos hombres perversos. Esto despertó en Nabucodonosor tan grande impresión que expresó: “Bendito sea el Dios de ellos..., que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey..., Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste” (vers. 28,29). Luego leemos: “El rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia” (vers. 30). 

Lecciones maravillosas

Hay algunos detalles en este relato que debemos considerar. 1) Se percibe el mismo espíritu de rebelión de Caín actuando en el rey Nabucodonosor. En el verso 13 se nos dice que el rey se llenó de “ira y enojo”. Luego se nos refiere que su ira llegó a un extremo tal, que “el aspecto de su rostro cambió contra” los siervos de Dios. Lo mismo encontramos en la experiencia de Caín. Moisés nos dice que “se irritó Caín en gran manera y se decayó su semblante” (Gén. 4:5). 2) Semejante a Caín, Nabucodonosor (aunque en un grado menor) tenía conocimiento del Dios verdadero y de que los hebreos – semejante al fiel Abel, servían sumisamente al Dios verdadero (Dan. 2:47), y a pesar de eso, atentó contra sus hijos fieles. 3) El acto asesino de Caín fue inmediatamente después de su conversación con Dios (Gén. 4:6-8). Así mismo, Nabucodonosor, habló primero con los jóvenes hebreos, y acto seguido atentó contra la vida de ellos, la orden del rey fue “apremiante” (Dan. 3:13-22). Pero esta vez, Abel fue preservado del malvado Caín. 4) talvez la lección más importante que encontramos en este relato tiene que ver con el principio de libertad religiosa. Algo que no fue comprendido por el rey de Babilonia – y que nunca se comprende –, es que los compañeros de Daniel habían recibido órdenes directas del Rey supremo del universo de no postrarse ante ninguna imagen para dorarla y rendirle culto (Éxo. 20:4-6). Por consiguiente, sus conciencias estaban atadas a una autoridad superior, aunque Nabucodonosor no lo aceptara y entendiera. Su intolerancia hacia los siervos de Dios no hacía más que complicar las cosas ante el Dios soberano, ante quien, el mismo Nabucodonosor debía respecto y reconocimiento, reverencia, y adoración. Por lo tanto, bien hacía el rey caldeo en no insistir en dominar la libertad religiosa de estos jóvenes.  

Una lección para la historia

Este incidente revela además que si bien Dios había puesto a todas las naciones bajo el dominio del reino caldeo, no había puesto bajo su dominio las conciencias. De sus ciudadanos. Bajo ninguna circunstancia debían estar sujetos al rey Babilonia en asuntos de religión, auque éste así lo pretendiera. Con la liberación de sus siervos del horno de fuego, Dios demostraba que las órdenes del rey eran completamente injustas, que él había entrado a un terreno sagrado, donde sólo Dios tiene derecho absoluto sobre su creación. Dios quería que Nabucodonosor aprendiera “que al hacerlo rey de las naciones, Él no le había hecho rey en asuntos de religión en los pueblos; que al colocarlo como cabeza de las naciones, pueblos y lenguas, Dios no le había dado el derecho de ser cabeza en religión ni siquiera sobre un individuo; que mientras el Señor había traído a las naciones y pueblos bajo el yugo del imperio con relación a lo político..., no se le había dado poder de ninguna manera sobre el servicio de conciencia... Dios lo había constituido rey sobre ellos, sin embargo en las relaciones entre el hombre y Dios, el rey nada tenía que hacer; y que en la presencia de los derechos personales, en conciencia y adoración ‘la palabra del rey’ debía cambiar, el decreto del rey nada valía; y que en esto aun el rey del mundo no es de ningún valor, aquí solamente Dios es soberano de todo y en todo”.4

La forma de gobierno que representaba Nabucodonosor implicaba una irreconciliable mezcla de religión y poder político que desencadenaba automáticamente en la intolerancia civil y religiosa y en la coerción de los derechos individuales y corporativos de los ciudadanos del reino. “Esta clase de unión – observa el erudito Gerhard Phandl – ha caracterizado a la mayoría de las naciones a lo largo de la historia. La separación de la iglesia y el estado, tal y como la conocemos hoy en día, es un fenómeno reciente”.5

Notas y Referencias:
[1] Alonso T. Jones, Individualidad en Religión, p. 10.
[2] “Los arqueólogos descubrieron allí una plataforma de aproximadamente siete metros de alto y 15 metros cuadrados, que pudo haber servido de base para la estatua” (Phandl, Daniel Vidente de Babilonia, APIA, 2003, pp. 29,30). En la historia se encuentran obras similares a esta estatua. Los  llamados Colosos de Memnón en el Alto Egipto, de 20 metros de altura, y el Coloso de Rodas (que tardó 12 años en ser construido), representaba a dios Helios. Esta imagen medía diez codos más que la estatua de Nabucodonosor, es decir, 70 codos. 
[3] “El rendir homenaje a la estatua daría evidencia de sumisión al poder del rey, y al mismo tiempo demostraría reconocer que los dioses de Babilonia -los dioses del imperio- eran superiores a todos los otros dioses locales” (Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, pp. 809,810).  
[4] Jones, Ibíd., pp. 12,13.
[5] Phandl, Ibíd., p. 31.