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Intolerancia Religiosa en el Imperio Greco-Macedónico

 

 

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Aun cuando Alejandro el grande murió y su potencia se fragmentó en cuatro reinos, el imperio siguió siendo un reflejo perfecto de los ideales de su fundador: “un mundo greco-macedónico-asiático de pueblos diferentes unidos por el idioma, el pensamiento y la civilización de los griegos. Excepto la centralización política, el mundo helenístico constituía una unidad como lo había sido bajo el reinado de Alejandro, y mucho más de lo que jamás había sido antes”.[1] Es por esto que tiempo después encontramos al gobernador asirio Antíoco IV, o Antíoco Epífanes (“el magnífico” – 176-164/163 a.C.) procurando helenizar a los judío por la fuerza. La helenización era el producto o consecuencia natural de una concepción ideológica ampliamente aceptada y promovida en Grecia. Para asegurar los fundamentos de la sociedad se atribuyó suma relevancia a la religión, a tal punto que se sancionaba en algunos casos con la pena capital “los descarríos en la fe de los dioses”. Se reconoce que en la Grecia antigua “la religión era un asunto oficial”, pues era obligación de “todos los ciudadanos” sustentar “la ideología religiosa y cumplir sus ritos establecidos por el Estado”.[2] Es natural entonces que, al alcanzar el Imperio Griego el predominio mundial desarrollara su política de helenización con el propósito de salvaguardar el orden social, político y religioso de los pueblos sojuzgados bajo el régimen macedónico.[3]

El asunto de la religión fue algo tan importante en Grecia que incluso se recomendaba la pena máxima a todos los que no se sometían a esta ideología. El mismo Platón, en su libro Leyes, expresó que aquellos que se desvían “incrementan infinitamente su propia iniquidad, por lo que se hacen a sí mismo y a aquellos mejores hombres que le permiten, culpables a la vista de los dioses, de manera que, en algún grado, todo el estado cosecha las consecuencias de su iniquidad, y merece cercearlos”.[4] Las implicaciones de esta cita serán retomadas más adelante, cuando en el capítulo 17 exploremos las condiciones que la profecía señala que existirán en el tiempo del fin entre las naciones de la tierra.  

Antíoco Epífanes se había enamorado de la cultura helénica después de haber visitado a Grecia, de ahí que cuando asumió el poder “soñaba con unir a todos los pueblos de su imperio con el vínculo común de la cultura helenística”. Antíoco ha sido definido como “un helenista comprometido y un ególatra”. Este gobernante procuró por todos los medios posibles inducir a los judíos a aceptar su religión, cultura e idioma y a abandonar sus prácticas religiosas, cometiendo así el grave error de “forzar lo que hasta entonces había sido un proceso natural y gradual”. Esta es precisamente la actitud que da origen a las mayores tragedias que ha conocido la humanidad. ¿Por qué imponer por la fuerza lo que se puede procurar conseguir por otros medios? Pero es el espíritu de Caín que no muere reflejado en todas las esferas sociales, políticas y religiosas. Mientras dure el presente sistema de cosas, donde el pecado lo satura todo, existirán estas clases de males.

Se reconoce que los peligros y la presión que generó Antíoco IV sobre los judíos es “comparable con las que originaron Faraón, Senaquerib, Nabucodonosor, Amán y Tito”. En tan sólo 12 años, Antíoco Epífanes casi logra exterminar “la religión y la cultura de los judíos”. Hubo alguien que favoreció la política de helenización de Antíoco IV hacia el pueblo hebreo, un judío desertor de nombre Jasón, hermano menor del sumo sacerdote Onías III. Este “prometió grandes sumas de dinero para el tesoro de Antíoco; prometió colaborar con Antíoco en la introducción de las costumbres helenistas a Jerusalén a cambio de su nombramiento para el sumo sacerdocio.

“Después de ser nombrado como sumo sacerdote, Jasón estableció en Jerusalén un gimnasio con pistas para competencias atléticas. Allí los jóvenes judíos se entrenaban desnudos, de acuerdo con las costumbres griegas... [Pero] antes de llevar adelante sus planes de invadir a Egipto, Antíoco reemplazó a Jasón con otro judío, Menelao quien había ofrecido un tributo más alto”.[5] Antíoco saqueó la ciudad dejándola en completa ruinas, masacró y vendió como esclavos a más de 80,000 judíos, además profanó el Templo al ofrecer un sacrificio inmundo sobre el altar del sacrificio.[6] Hizo levantar también una estatua del “dios Júpiter Olímpico en el Templo en lugar del altar del sacrificio”, e instauró burdeles en las recamaras del Templo.

Hubo un punto culminante para esta gran crisis del pueblo hebreo. “Un edicto real les ordenaba que abandonaran todos los ritos de su religión y que vivieran como paganos. Se los obligó a erigir altares idólatras en cada aldea de Judea, a ofrecer en ellos carne de puerco y a entregar todas las copias de la Escritura para que fueran destrozadas y quemadas”.[7] Bajo este estado de cosas, llegó considerarse un crimen penado por la muerte circuncidar a un niño, guardar el sábado o poseer un ejemplar de la ley. Un erudito cristiano expresó que “rara vez, o nunca, ha conocido la historia un intento tan deliberado de borrar totalmente la religión de todo un pueblo”.[8] Los judíos quedaron pues, “privados de libertades civiles y religiosas” y para colmo “se les prohibió [ofrecer] el sacrificio de la tarde y la mañana [sacrificio continuo], y se les obligó al consumo de carne de cerdo en la dieta y a su uso en los sacrificios”.[9] Esta actitud intolerante y déspota de Antíoco IV revela claramente que el pecado consiste en rebelión hacia la religión verdadera, odio y acciones homicidas contra los santos.

Pero los judíos lograron sobreponerse a las crueles intenciones de Antíoco, y hasta lograron rechazar a un ejército que había sido enviado por Antíoco con el propósito de borrarlos de sobre la faz de la tierra. Bajo el liderazgo de Judas (de sobrenombre Macabeo 167/166) lo judíos fueron librados de la opresión de Antíoco Epífanes, fueron eliminadas todas las insignias paganas y se levantó un nuevo altar para los sacrificios restaurándose así el culto en el Templo.[10] El 25 del mes de Quisleu del año 165 a.C. el Templo fue reconsagrado. La fiesta que se menciona en el Nuevo Testamento bajo el nombre de “fiesta de la dedicación” o “fiestas de las luces” (Juan 10:22) conmemoraba aquella importante ocasión.  

Un poder admirable, pero...

La cultura griega era admirable por muchos de sus logros, pero carecía del respeto necesario hacia los demás pueblos, al negarse a reconocer sus derechos civiles y religiosos. Algo propio de aquellos imperios. Los griegos también pueden ser llamados los “escépticos del mundo antiguo. Su orgullo intelectual les hacía cerrar los ojos con respecto a la existencia del Dios verdadero y a la piedad auténtica que infundía en el alma de los humildes... conocían la existencia de Jerusalén y de un pueblo que se dedicaba a adorar con fervor al Dios invisible. Pero los relatos de la creación y la caída, los sacrificios que prefiguraban la llegada de un Salvador cuya sangre debía expiar el pecado, todo esto no era para ellos sino motivo de curiosidad divertida. Como los modernistas actuales, no veían la necesidad de la religión de un pueblo oscuro, y cuando podían conocer a judíos piadosos, lo escuchaban con compasión benévola”.[11] Con todo, la dominación griega desempeño su parte en la historia según los designios inmutables del Altísimo. Este pueblo pudo recibir una impresión positiva del Dios verdadero cuando Alejandro se enteró que el gran YO SOY le había asignado un lugar en la profecía y el dominio del mundo, pero sus afanes de conquistas y vida licenciosa no le permitieron tener una experiencia personal con el Dios de los judíos, como la tuvo Nabucodonosor; y como, en mayor o menor grado, pudieron reconocerlo Darío y Ciro. El ambicioso y disoluto Alejandro creyó que disfrutaría de larga vida, cuando en realidad, sus días estaban contados. En busca de ganar todas las glorias terrenas, se hundió en las sombras del infortunio. Donde finalmente terminan todos los déspotas y poderes hostiles que se niegan a reconocer que “el Altísimo manda sobre el reino de los hombres, y a quien él quiere lo da” (Dan. 4:17, NRV 2000).

Cabe señalar aquí que el poderío griego no se debió a sus grandes conocimientos intelectuales, pues el derrotero de luchas intestinas que reflejaron antes del surgimiento de Alejandro, y su continuación tan pronto este murió, revela que, no importa cuanto puedan pensar los filósofos, es Dios quien otorga o quita el poder a las naciones. Bien se ha observado: “En los anales de la historia humana, el desarrollo de las naciones, el nacimiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y las proezas de los hombres; y en cierra medida los acontecimientos se dirían determinados por el poder, la ambición y los caprichos de ellos. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y encima, detrás y a través de todo el juego y contrajuego de los humanos intereses, poder y pasiones, contemplamos a los agentes del que es todo misericordioso, que cumplen silenciosa y pacientemente los designios y la voluntad de Él”.[12]

El conocimiento de esta gran verdad fue lo que llevó al apóstol Pablo a decir: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay..., de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen” (Hech. 17:24-27). Este intrincado movimiento de los asuntos humanos es producto del infinito poder de Dios y su insondable sabiduría. A diferencia de Nabucodonosor, Darío y Ciro, quienes decidieron, en mayor o menor grado, ejecutar la voluntad de Dios para sus pueblos, los griegos se enfrascaron erróneamente en la helenización de todos los pueblos, lo que si bien puedo tener sus virtudes, pasaba por alto los derechos fundamentales de los seres humanos. Nadie debe ser forzado a abandonar sus costumbres, idioma, cultura y religión a la fuerza. Ese derecho no le compete a ningún hombre o gobierno. Ni Dios presiona a sus criaturas para que acepten su Plan de salvación. Pero las consecuencias de alterar el orden moral que Dios ha establecido han sido presentadas claramente en su sagrada Palabra: “La paga del pecado es la muerte, más la dádiva de Dios, es vida eterna en Jesucristo señor nuestro” (Rom. 6:23, cf. Deut. 11:26-28; 30:19-20). No para siempre es la gloria del hombre, ni la de los reinos, por más grande y fuerte que sean. Por lo que hemos visto hasta aquí, a todos se les asigna un lugar en la historia, y así son todos probados para ver si cumplen con el propósito asignado. De no hacerlo, son removidos “como paja ante el viento, como tamo que arrebata el torbellino” (Sal. 21:18, cf. Os. 13:3; Isa. 29:5; Dan. 2:35).

Es bueno mencionar además que las ciudades-estados de Grecia poseían desde finales del siglo VI una forma de democracia, pero no representativa, sino una democracia directa. Los principios democráticos desarrollados en estas ciudades-estados terminaron desafiando el gobierno autocrático de Persia. Pero el hecho de que en Persia existiera un gobierno autocrático (que de alguna forma permitió el respeto a los derechos religiosos de los judíos y otros pueblos), mientras que en Grecia existió cierta forma de democracia, pero se revelara una intolerancia religiosa tan marcada (evidenciada en su política de helenización), nos enseña que, la libertad civil y religiosa no se debe a un régimen democrático propiamente, o mucho menos a un gobierno totalitario que así lo decida. Es más bien producto de la intervención directa de Dios en los asuntos humanos, debilitando o fortaleciendo algún poder terrenal y manteniendo en jaque los elementos de contención que ejercen presión por otro lado. De igual forma, como veremos más adelante, la actual libertad religiosa que el mundo ha conocido y experimentado en estos últimos doscientos años, no se debe exclusivamente a que en esta o aquella constitución estén expresados esos principios, sino más bien, a la misericordia divina. La libertad civil y religiosa actual no depende de los hombres o la fuerza de una nación, depende del poder de Dios que ha otorgado al mundo dicha bendición. Ha sido un acto de la misericordia divina que concede un pequeño respiro a su pueblo, que ha sido tan perseguido y maltratado durante su larga historia.  

Lecciones importantes para nuestro tiempo

Por lo que hemos podido ver hasta aquí, la intolerancia religiosa siempre ha hecho su aparición sin importar el tipo de nación o reino que abstente el poder. Por eso, siempre vemos que, 1) Cuando el poder civil irrumpe en el terreno de la religión las consecuencias inevitables son la intolerancia y la persecución. 2) Es mucho el sufrimiento que experimentan los pueblos cuando a un gobernante se le ocurre que todos los hombres y mujeres deben pensar, actuar o vivir como él entiende que deben hacerlo. 3) Es un experimento fallido durante siglos la unión de la política y la religión en un solo núcleo de poder. No es favorable, y eso es lo que aprendemos de la historia. Bajo ninguna circunstancia César debe incurrir en el terreno que corresponde exclusivamente a Dios. Y si en algún momento vemos al poder religioso incursionando en el espacio que corresponde a César, es porque ha habido una apostasía sin parangón en algún punto de la historia. ¿Cuantos judíos – para mencionar sólo un caso – sufrieron lo indecible por el hecho de que Antíoco quería imponer su religión y costumbre por la fuerza?

Los griegos, estudiosos como eran no podían desconocer la humillación de Nabucodonosor por su arrogancia y orgullo y su posterior conversión. Tampoco, inteligentes como eran, podían ignorar las acciones divinas durante el gobierno medo-persa. Tampoco podían ignorar, por el gran conocimiento que tenían, que Ciro fue un gobernante querido y respetado por su lenidad como persona. Si desconocían todos estos hechos históricos o la ignoraron voluntariamente, se justifica su fracaso en retener un imperio mundial unido por una cultura, una religión y una lengua común. De nada sirvió que la civilización helénica se ganara el título “el milagro griego”. Para retener el poder, un imperio necesita mucho más que pensamiento filosófico, adelanto de las artes y la literatura. ¡Se necesita mucho más! Se requiere la práctica de la justicia, la administración de la equidad para todos.

El siguiente pasaje inspirado lo encierra todo: “Ama a Jehovah tu Dios, atiende su voz, y únete a él. Porque él es tu vida y la prolongación de tus días; a fin de que habites en la tierra...” (Deut. 30:20). En ultima instancia, Grecia disfrutó del poderío mundial por el sencillo hecho de que el pueblo hebreo fue irresponsable ante su deber para con Dios, al desechar su voluntad para ellos como nación. Si hubieran sido fiel a las promesas del pacto, Grecia y todos los demás pueblos nunca habrían sido más que “cola” en la historia de las naciones, pues Israel siempre habría estado a la “cabeza” de los reinos terrenales (Det. 28:11). Y un gobierno justo y tolerante, con leyes justas y equitativas habría regido sobre los hombres, pero ellos recibieron lo que eligieron: naciones semejantes a ellos. Al mismo tiempo, como fue el caso de otras naciones, el pueblo griego fue un instrumento en las manos de Dios para disciplinar al imperio Medo-persa quien se había desgastado y corrompido, por lo tanto, fueron sustituido del escenario histórico.

Notas y Referencias:
[1] Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 849.
[2] V. S. Pokrovski y otros, Historia de las Ideas Políticas (Editorial Grijalbo, 1966),  p. 66.
[3] En el capítulo 18 volveremos a encontrar esta misma concepción ideológica en el contexto del fin de la historia humana bajo el inevitable sistema del Nuevo Orden Mundial.
[4] Citado en Clifford Goldstein, Liberty, septiembre-octubre de 1997, p. 14.
[5] D. Lea, Ibíd., p. 11. Posteriormente, Menelao sería sacado de su cargo y llevado a Antioquia, donde fue ejecutado.
[6] La profanación llegó a su colmo cuando se sacrificó una cerda sobre el altar y se roció con el líquido que desprendía el rollo de la ley” (Carlos Pujols, Sinopsis de los Evangelios, p. 25),
[7] Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 894. En 1 Mac. 1:56,57 leemos: “Rompían y echaban al fuego los libros de la Ley que podían hallar.  Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza en su poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, le condenaban a muerte en virtud del decreto real” (BJ).
[8] William Barclay, Apocalipsis II, Comentario al Nuevo Testamento, obra completa (Editorial Clie, 1999), p. 1154.
[9] Pujols, Ibíd.
[10] Ya el padre de Judas, el sacerdote Matatías había comenzado está obra de reforma. En una ocasión cuando se le quiso obligar por una orden real a ofrecer un sacrificio, se resistió y “mató a un judío apóstata que estaba ofreciendo un sacrificio idolátrico y al representante regio que le presidía” (Pujols, Ibíd.).
[11] Beach, Crepúsculo o Aurora? (Publicaciones Interamericana, 1963), p. 50.
[12] Elena de White, Profetas y Reyes, p. 336.