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Aun cuando Alejandro el grande murió y su potencia se fragmentó en cuatro
reinos, el imperio siguió siendo un reflejo perfecto de los ideales de
su fundador: “un mundo greco-macedónico-asiático de pueblos diferentes
unidos por el idioma, el pensamiento y la civilización de los griegos.
Excepto la centralización política, el mundo helenístico
constituía una unidad como lo había sido bajo el reinado de Alejandro, y
mucho más de lo que jamás había sido antes”.
Es por esto que tiempo después encontramos al gobernador asirio Antíoco IV,
o Antíoco Epífanes (“el magnífico” – 176-164/163 a.C.) procurando
helenizar a los judío por la fuerza. La helenización era el producto o
consecuencia natural de una concepción ideológica ampliamente aceptada y
promovida en Grecia. Para asegurar los fundamentos de la sociedad se
atribuyó suma relevancia a la religión, a tal punto que se sancionaba en
algunos casos con la pena capital “los descarríos en la fe de los
dioses”. Se reconoce que en la Grecia antigua “la religión era un asunto
oficial”, pues era obligación de “todos los ciudadanos” sustentar “la
ideología religiosa y cumplir sus ritos establecidos por el Estado”.
Es natural entonces que, al alcanzar el Imperio Griego el predominio
mundial desarrollara su política de helenización con el propósito de
salvaguardar el orden social, político y religioso de los pueblos
sojuzgados bajo el régimen macedónico.
El asunto de la religión fue algo tan importante en Grecia que incluso se
recomendaba la pena máxima a todos los que no se sometían a esta
ideología. El mismo Platón, en su libro Leyes, expresó que aquellos
que se desvían “incrementan infinitamente su propia iniquidad, por lo que
se hacen a sí mismo y a aquellos mejores hombres que le permiten,
culpables a la vista de los dioses, de manera que, en algún grado, todo el
estado cosecha las consecuencias de su iniquidad, y merece cercearlos”.
Las implicaciones de esta cita serán retomadas más adelante, cuando en el
capítulo 17 exploremos las condiciones que la profecía señala que
existirán en el tiempo del fin entre las naciones de la tierra.
Antíoco Epífanes se había enamorado de la cultura helénica después de
haber visitado a Grecia, de ahí que cuando asumió el poder “soñaba con
unir a todos los pueblos de su imperio con el vínculo común de la cultura
helenística”. Antíoco ha sido definido como “un helenista comprometido y
un ególatra”. Este gobernante procuró por todos los medios posibles
inducir a los judíos a aceptar su religión, cultura e idioma y a abandonar
sus prácticas religiosas, cometiendo así el grave error de “forzar lo que
hasta entonces había sido un proceso natural y gradual”. Esta es
precisamente la actitud que da origen a las mayores tragedias que ha
conocido la humanidad. ¿Por qué imponer por la fuerza lo que se puede
procurar conseguir por otros medios? Pero es el espíritu de Caín que no
muere reflejado en todas las esferas sociales, políticas y religiosas.
Mientras dure el presente sistema de cosas, donde el pecado lo satura
todo, existirán estas clases de males.
Se reconoce que los peligros y la presión que generó Antíoco IV sobre los
judíos es “comparable con las que originaron Faraón, Senaquerib,
Nabucodonosor, Amán y Tito”. En tan sólo 12 años, Antíoco Epífanes casi
logra exterminar “la religión y la cultura de los judíos”. Hubo alguien
que favoreció la política de helenización de Antíoco IV hacia el pueblo
hebreo, un judío desertor de nombre Jasón, hermano menor del sumo
sacerdote Onías III. Este “prometió grandes sumas de dinero para el tesoro
de Antíoco; prometió colaborar con Antíoco en la introducción de las
costumbres helenistas a Jerusalén a cambio de su nombramiento para el sumo
sacerdocio.
“Después de ser nombrado como sumo sacerdote, Jasón estableció en
Jerusalén un gimnasio con pistas para competencias atléticas. Allí los
jóvenes judíos se entrenaban desnudos, de acuerdo con las costumbres
griegas... [Pero] antes de llevar adelante sus planes de invadir a Egipto,
Antíoco reemplazó a Jasón con otro judío, Menelao quien había ofrecido un
tributo más alto”.
Antíoco saqueó la ciudad dejándola en completa ruinas, masacró y vendió
como esclavos a más de 80,000 judíos, además profanó el Templo al ofrecer
un sacrificio inmundo sobre el altar del sacrificio.
Hizo levantar también una estatua del “dios Júpiter Olímpico en el Templo
en lugar del altar del sacrificio”, e instauró burdeles en las recamaras
del Templo.
Hubo un punto culminante para esta gran crisis del pueblo hebreo. “Un
edicto real les ordenaba que abandonaran todos los ritos de su religión y
que vivieran como paganos. Se los obligó a erigir altares idólatras en
cada aldea de Judea, a ofrecer en ellos carne de puerco y a entregar todas
las copias de la Escritura para que fueran destrozadas y quemadas”.
Bajo este estado de cosas, llegó considerarse un crimen penado por la
muerte circuncidar a un niño, guardar el sábado o poseer un ejemplar de la
ley. Un erudito cristiano expresó que “rara vez, o nunca, ha conocido la
historia un intento tan deliberado de borrar totalmente la religión de
todo un pueblo”.
Los judíos quedaron pues, “privados de libertades civiles y religiosas” y
para colmo “se les prohibió [ofrecer] el sacrificio de la tarde y la
mañana [sacrificio continuo], y se les obligó al consumo de carne de cerdo
en la dieta y a su uso en los sacrificios”.
Esta actitud intolerante y déspota de Antíoco IV revela claramente que el
pecado consiste en rebelión hacia la religión verdadera, odio y acciones
homicidas contra los santos.
Pero los judíos lograron sobreponerse a las crueles intenciones de
Antíoco, y hasta lograron rechazar a un ejército que había sido enviado
por Antíoco con el propósito de borrarlos de sobre la faz de la tierra.
Bajo el liderazgo de Judas (de sobrenombre Macabeo 167/166) lo judíos
fueron librados de la opresión de Antíoco Epífanes, fueron eliminadas
todas las insignias paganas y se levantó un nuevo altar para los
sacrificios restaurándose así el culto en el Templo.
El 25 del mes de Quisleu del año 165 a.C. el Templo fue reconsagrado. La
fiesta que se menciona en el Nuevo Testamento bajo el nombre de “fiesta de
la dedicación” o “fiestas de las luces” (Juan 10:22) conmemoraba aquella
importante ocasión.
Un poder admirable, pero...
La cultura griega era admirable por muchos de sus logros, pero carecía del
respeto necesario hacia los demás pueblos, al negarse a reconocer sus
derechos civiles y religiosos. Algo propio de aquellos imperios. Los
griegos también pueden ser llamados los “escépticos del mundo antiguo. Su
orgullo intelectual les hacía cerrar los ojos con respecto a la existencia
del Dios verdadero y a la piedad auténtica que infundía en el alma de los
humildes... conocían la existencia de Jerusalén y de un pueblo que se
dedicaba a adorar con fervor al Dios invisible. Pero los relatos de la
creación y la caída, los sacrificios que prefiguraban la llegada de un
Salvador cuya sangre debía expiar el pecado, todo esto no era para ellos
sino motivo de curiosidad divertida. Como los modernistas actuales, no
veían la necesidad de la religión de un pueblo oscuro, y cuando podían
conocer a judíos piadosos, lo escuchaban con compasión benévola”.
Con todo, la dominación griega desempeño su parte en la historia según los
designios inmutables del Altísimo. Este pueblo pudo recibir una impresión
positiva del Dios verdadero cuando Alejandro se enteró que el gran YO SOY
le había asignado un lugar en la profecía y el dominio del mundo, pero sus
afanes de conquistas y vida licenciosa no le permitieron tener una
experiencia personal con el Dios de los judíos, como la tuvo
Nabucodonosor; y como, en mayor o menor grado, pudieron reconocerlo Darío
y Ciro. El ambicioso y disoluto Alejandro creyó que disfrutaría de larga
vida, cuando en realidad, sus días estaban contados. En busca de ganar
todas las glorias terrenas, se hundió en las sombras del infortunio. Donde
finalmente terminan todos los déspotas y poderes hostiles que se niegan a
reconocer que “el Altísimo manda sobre el reino de los hombres, y a quien
él quiere lo da” (Dan. 4:17, NRV 2000).
Cabe señalar aquí que el poderío griego no se debió a sus grandes
conocimientos intelectuales, pues el derrotero de luchas intestinas que
reflejaron antes del surgimiento de Alejandro, y su continuación tan
pronto este murió, revela que, no importa cuanto puedan pensar los
filósofos, es Dios quien otorga o quita el poder a las naciones. Bien se
ha observado: “En los anales de la historia humana, el desarrollo de las
naciones, el nacimiento y la caída de los imperios, parecen depender de la
voluntad y las proezas de los hombres; y en cierra medida los
acontecimientos se dirían determinados por el poder, la ambición y los
caprichos de ellos. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y
encima, detrás y a través de todo el juego y contrajuego de los humanos
intereses, poder y pasiones, contemplamos a los agentes del que es todo
misericordioso, que cumplen silenciosa y pacientemente los designios y la
voluntad de Él”.
El conocimiento de esta gran verdad fue lo que llevó al apóstol Pablo a
decir: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay..., de
una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen
sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los
tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a
Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen” (Hech. 17:24-27). Este
intrincado movimiento de los asuntos humanos es producto del infinito
poder de Dios y su insondable sabiduría. A diferencia de Nabucodonosor,
Darío y Ciro, quienes decidieron, en mayor o menor grado, ejecutar la
voluntad de Dios para sus pueblos, los griegos se enfrascaron erróneamente
en la helenización de todos los pueblos, lo que si bien puedo tener sus
virtudes, pasaba por alto los derechos fundamentales de los seres humanos.
Nadie debe ser forzado a abandonar sus costumbres, idioma, cultura y
religión a la fuerza. Ese derecho no le compete a ningún hombre o
gobierno. Ni Dios presiona a sus criaturas para que acepten su Plan de
salvación. Pero las consecuencias de alterar el orden moral que Dios ha
establecido han sido presentadas claramente en su sagrada Palabra: “La
paga del pecado es la muerte, más la dádiva de Dios, es vida eterna en
Jesucristo señor nuestro” (Rom. 6:23, cf. Deut. 11:26-28; 30:19-20). No
para siempre es la gloria del hombre, ni la de los reinos, por más grande
y fuerte que sean. Por lo que hemos visto hasta aquí, a todos se les
asigna un lugar en la historia, y así son todos probados para ver si
cumplen con el propósito asignado. De no hacerlo, son removidos “como paja
ante el viento, como tamo que arrebata el torbellino” (Sal. 21:18, cf. Os.
13:3; Isa. 29:5; Dan. 2:35).
Es bueno mencionar además que las ciudades-estados de Grecia poseían desde
finales del siglo VI una forma de democracia, pero no representativa, sino
una democracia directa. Los principios democráticos desarrollados en estas
ciudades-estados terminaron desafiando el gobierno autocrático de Persia.
Pero el hecho de que en Persia existiera un gobierno autocrático (que de
alguna forma permitió el respeto a los derechos religiosos de los judíos y
otros pueblos), mientras que en Grecia existió cierta forma de democracia,
pero se revelara una intolerancia religiosa tan marcada (evidenciada en su
política de helenización), nos enseña que, la libertad civil y religiosa
no se debe a un régimen democrático propiamente, o mucho menos a un
gobierno totalitario que así lo decida. Es más bien producto de la
intervención directa de Dios en los asuntos humanos, debilitando o
fortaleciendo algún poder terrenal y manteniendo en jaque los elementos de
contención que ejercen presión por otro lado. De igual forma, como veremos
más adelante, la actual libertad religiosa que el mundo ha conocido y
experimentado en estos últimos doscientos años, no se debe exclusivamente
a que en esta o aquella constitución estén expresados esos principios,
sino más bien, a la misericordia divina. La libertad civil y religiosa
actual no depende de los hombres o la fuerza de una nación, depende del
poder de Dios que ha otorgado al mundo dicha bendición. Ha sido un acto de
la misericordia divina que concede un pequeño respiro a su pueblo, que ha
sido tan perseguido y maltratado durante su larga historia.
Lecciones importantes para nuestro tiempo
Por lo que hemos podido ver hasta aquí, la intolerancia religiosa siempre
ha hecho su aparición sin importar el tipo de nación o reino que abstente
el poder. Por eso, siempre vemos que, 1) Cuando el poder civil irrumpe en
el terreno de la religión las consecuencias inevitables son la
intolerancia y la persecución. 2) Es mucho el sufrimiento que experimentan
los pueblos cuando a un gobernante se le ocurre que todos los hombres y
mujeres deben pensar, actuar o vivir como él entiende que deben hacerlo.
3) Es un experimento fallido durante siglos la unión de la política y la
religión en un solo núcleo de poder. No es favorable, y eso es lo que
aprendemos de la historia. Bajo ninguna circunstancia César debe incurrir
en el terreno que corresponde exclusivamente a Dios. Y si en algún momento
vemos al poder religioso incursionando en el espacio que corresponde a
César, es porque ha habido una apostasía sin parangón en algún punto de la
historia. ¿Cuantos judíos – para mencionar sólo un caso – sufrieron lo
indecible por el hecho de que Antíoco quería imponer su religión y
costumbre por la fuerza?
Los griegos, estudiosos como eran no podían desconocer la humillación de
Nabucodonosor por su arrogancia y orgullo y su posterior conversión.
Tampoco, inteligentes como eran, podían ignorar las acciones divinas
durante el gobierno medo-persa. Tampoco podían ignorar, por el gran
conocimiento que tenían, que Ciro fue un gobernante querido y respetado
por su lenidad como persona. Si desconocían todos estos hechos históricos
o la ignoraron voluntariamente, se justifica su fracaso en retener un
imperio mundial unido por una cultura, una religión y una lengua común. De
nada sirvió que la civilización helénica se ganara el título “el milagro
griego”. Para retener el poder, un imperio necesita mucho más que
pensamiento filosófico, adelanto de las artes y la literatura. ¡Se
necesita mucho más! Se requiere la práctica de la justicia, la
administración de la equidad para todos.
El siguiente pasaje inspirado lo encierra todo: “Ama a Jehovah tu Dios,
atiende su voz, y únete a él. Porque él es tu vida y la prolongación de
tus días; a fin de que habites en la tierra...” (Deut. 30:20). En ultima
instancia, Grecia disfrutó del poderío mundial por el sencillo hecho de
que el pueblo hebreo fue irresponsable ante su deber para con Dios, al
desechar su voluntad para ellos como nación. Si hubieran sido fiel a las
promesas del pacto, Grecia y todos los demás pueblos nunca habrían sido
más que “cola” en la historia de las naciones, pues Israel siempre habría
estado a la “cabeza” de los reinos terrenales (Det. 28:11). Y un gobierno
justo y tolerante, con leyes justas y equitativas habría regido sobre los
hombres, pero ellos recibieron lo que eligieron: naciones semejantes a
ellos. Al mismo tiempo, como fue el caso de otras naciones, el pueblo
griego fue un instrumento en las manos de Dios para disciplinar al imperio
Medo-persa quien se había desgastado y corrompido, por lo tanto, fueron
sustituido del escenario histórico.
Notas y Referencias:
Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 849.
V. S. Pokrovski y otros, Historia de las Ideas Políticas (Editorial
Grijalbo, 1966), p. 66.
En el capítulo 18 volveremos a encontrar esta misma concepción
ideológica en el contexto del fin de la historia humana bajo el
inevitable sistema del Nuevo Orden Mundial.
Citado en Clifford Goldstein, Liberty, septiembre-octubre de 1997,
p. 14.
D. Lea, Ibíd., p. 11. Posteriormente, Menelao sería sacado de su
cargo y llevado a Antioquia, donde fue ejecutado.
La profanación llegó a su colmo cuando se sacrificó una cerda sobre
el altar y se roció con el líquido que desprendía el rollo de la
ley” (Carlos Pujols, Sinopsis de los Evangelios, p. 25),
Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 894. En 1 Mac. 1:56,57
leemos: “Rompían y echaban al fuego los libros de la Ley que podían
hallar. Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza en su
poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, le
condenaban a muerte en virtud del decreto real” (BJ).
William Barclay, Apocalipsis II, Comentario al Nuevo Testamento,
obra completa (Editorial Clie, 1999), p. 1154.
Ya el padre de Judas, el sacerdote Matatías había comenzado está
obra de reforma. En una ocasión cuando se le quiso obligar por una
orden real a ofrecer un sacrificio, se resistió y “mató a un judío
apóstata que estaba ofreciendo un sacrificio idolátrico y al
representante regio que le presidía” (Pujols, Ibíd.).
Beach, Crepúsculo o Aurora? (Publicaciones Interamericana, 1963), p.
50.
Elena de White, Profetas y Reyes, p. 336.
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