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El tema de la intolerancia religiosa aparece también en relación con el
nuevo poder romano en su etapa más avanzada, pues Roma era especialmente
tolerante y permitía la heterogeneidad de creencias y religiones. Algunos
pueden opinar que el elemento religioso es sólo un recurso que usan los
poderosos y sabios para aplastar a las masas ignorantes sumidas en él.
Pero esta opinión tiende a ignorar que es posible que muchos de estos
grandes hombres del pasado fuera realmente religiosos y creyentes en sus
respectivas tradiciones, sólo que a su propia manera. Es como querer
ignorar que muchas personas son realmente sinceras en sus creencias y
practicas religiosas, independientemente a la fe que profesen. Además, la
historia es testigo de cómo los gobernantes han asimilado y promovido
algunos principios filosóficos o ideológicos y luego lo han manipulado a
su antojo producto de las circunstancias en las que se ven envueltos.
Muchos sistemas políticos y movimientos religiosos han surgidos con
propósitos loables, sin embargo, al alcanzar cierto grado de desarrollo
económico y humano han dado giros de 180 grados. Una cosa son las
aspiraciones sinceras de los fundadores de un movimiento político o
religioso, y otras muy diferente son las que se plasman al alcanzar el
poder.
Otro detalle importante es que cuando se quiere prescindir de una visión
teológica de la histórica, no es posible comprender a cabalidad el flujo y
reflujo de los grandes cambios que se han efectuados en las naciones. La
religión ha estado presente, no porque es un recurso necesario para ser
inculcado por la aristocracia en las masas sedientas de “algo” que no
tienen o que ya poseen equivocadamente. “Algo” que en el peor de los casos
las conserve al margen de la realidad que se vive, o en el mejor de ellos,
las mantenga “conformes” con la manera en que son gobernadas. La religión
está grabada en el corazón mismo de los seres humanos, impregnada en cada
célula y en cada partícula que conforma su propio ser y existencia. Siendo
pues, el hombre, creación de Dios, no puede ser menos que un ser religioso
por naturaleza.
Así como en Babilonia, Medo-persa y Grecia, en el Imperio Romano
aparecieron fuertes rasgos de intolerancia religiosa, producto de la
conformación ideológica del poder que tenían sus hombres más influyentes.
Desde el siglo V a.C. Roma fue una república gobernada por un senado y dos
magistrados que eran elegidos anualmente. Estos magistrados eran llamados
“cónsules”. Con el paso del tiempo se vio que la antigua estructura
republicana creada para gobernar sobre un estado pequeño no era adecuada
para hacer frente a las demandas de un poder en crecimiento. Se nos dice
que “el asesinato de César en el 44 a.C. fue causado por el resentimiento
de quienes temían que estaba queriendo eliminar la república y erigirse en
rey. Pero un retorno al estilo antiguo de vida y de gobierno ya no era
practicable. Y el imperio de Augusto fue finalmente la respuesta natural a
las demandas de la época. Entretanto, el imperio había continuado su
expansión”.
Sin embargo, con la gobernación de César se sentaron las bases de una
forma de gobierno que perduraría por largos siglos, nos referimos a la
herencia de la ideología de la divinización del soberano. Cuando Roma
conquistó a Egipto se encontró de cara con esta antigua tradición, pues el
Faraón era considerado como un “dios terrenal, continuación de los dioses
celestiales”. El culto al Faraón estaba bien difundido en Egipto. Se le
nombraba “descendiente de los dioses”, “Hijo del Sol”, y hasta “Gran
Dios”. Se creía que el rey faraón no moría, sino que desaparecía “en su
horizonte eterno”, para vivir perpetuamente. En Egipto, la palabra de los
dioses era identificada frecuentemente “con la palabra de Faraón”. En este
contexto, encontramos que Horus y los demás dioses son declarados
“protectores de los dioses terrenales, los faraones”.
Esta teoría era conocida por los griegos de Alejandro el grande, quien
promovió el culto al soberano, ideología que heredó también de Persia
aparte de Egipto. Roma, por medio de César heredó directamente la
ideología de la divinización del soberano. Así “la actuación monárquica de
César viene determinada por un ideario político” bien definido.
Se entiende entonces porqué César fue un adversario decidido “del Senado a
quien atacó y cercenó su poderes”.
La historia nos confirma que el mismo César quería “ejercer el consulado
de modo casi permanente y sin colegas: Dictador en 49, cónsul en el 48, de
nuevo dictador por un año en el 47, dictador y cónsul por diez años en el
46; en las monedas del año 44 aparece la efigie de César con el título de
Dictador Perpetuus”.
Es por esto que al combinar el “poder monárquico” que él creía “de origen
divino” con la amplia “base popular” sirvió para abrir las puertas al
“ideario del cesarismo en el camino de un imperio universal y eterno”.
Lo que se encarna en el arrogante y blasfemo César (quien fue llamado
también “Pontifices Maximus”), no es más que una concentración del poder
temporal, pero también del poder espiritual. Al constituirse “en un ser
divinizado..., se convierte en un prototipo del Estado por el que éste
recibe un culto: la sumisión incondicional de los súbditos.
“Nadie hasta ahora había tenido la posibilidad de poder hacer eso una
realidad. Roma se da cuenta de la ventaja que tiene la implicación del
‘culto al soberano’ que el helenismo había recogido de otros anteriores, y
lo proyecta como un elemento político para conseguir la unidad del
imperio, y la sumisión de todos a su suprema autoridad”.
Esto naturalmente implicará una intolerancia exacerbada contra todo lo que
resistiera dicha corriente. No tardaría Roma en encontrarse cara a cara en
el futuro con el cristianismo, que sostiene la creencia y la adoración de
un solo Señor (Fil. 2:9-11).
Esta confrontación sería una realidad histórica porque César estableció
“una forma de gobierno y una concepción de Estado” que, auque fuera
asesinado por sus enemigos, sería perpetuada “hasta la propia época
imperial a través de su ahijado y legítimo sucesor Octavio Augusto”, quien
se convirtió en el primer emperador. El nombre “augusto” significa “el
magnifico”, un título que representaba muy bien la alta estima que sentían
por él los ciudadanos romanos. A él se le atribuyen el inicio de una gran
cantidad de reformas no sólo en el área económica, sino políticas y
religiosas. Bajo el gobierno de Augusto nació el amado Jesús (Luc. 2:1).
Esta forma ideológica de gobierno (en la que se conjugan en una persona el
poder temporal y espiritual) aunque fue promovida y practicada en otros
tiempos, crea en este nuevo contexto histórico las condiciones para la
peor ola de intolerancia y persecución religiosa que el mundo haya visto.
Aunque tal ideología puede encontrarse en Egipto, Persia, y Grecia, no
pudo alcanzar una expresión tan marcada como la que logró bajo el Imperio
Romano. Para César, “ser ‘Pontífice Máximus’ o ser divinizado, no sólo
implica el supremo poder, sino que se convierte en un prototipo del Estado
por el que éste recibe un culto: la sumisión incondicional de los
súbditos”.
La iglesia cristiana surge y se expande precisamente bajo la dominación de
los emperadores romanos, por eso el culto al emperador no tardó en
provocar grandes trastornos y sufrimientos en la naciente iglesia.
Se ha dicho que no hay fuerza más grande y unificadora como “una religión
común”, por eso el culto al César procuró “soldar” la masa diversa que
conformaba el imperio para obtener “una unidad consciente”. Pero la
unidad, la prosperidad y la fortaleza de un imperio no se alcanzan cuando
el Estado se convierte en un promotor o legisla a favor de una religión en
particular. No es la oficialización de una religión (¡aun sea la
cristiana!) lo que trae la paz a las naciones, es más bien la
implementación de una forma de gobierno que garantice libertad civil y
religiosa.
Y aquí es donde precisamente fallan desde la antigüedad los poderes
terrenales que hemos venido analizando. Es cierto que el culto al
emperador no se proponía eliminar las otras formas de cultos que existían
paralelamente en Roma, pero procuraba la unidad del imperio en un acto y
una creencia común que tenían un profundo sentido religioso. La religión
no puede ser implantada por la ley, pues viola los derechos religiosos de
los demás que practican y tienen una fe diferente. Legislar a favor de una
religión o alguna forma particular de culto es contrario al plan de Dios,
es un terreno que no debe ser pisado, y cuando se hace, es a expensa de
grandes pérdidas y sufrimientos.
El culto al emperador fue presentado bajo un tinte puramente político,
pero tarde o temprano se convirtió en una corriente religiosa que abrazó a
todo el imperio y provocó la intolerancia y la persecución. Negarse a
quemar incienso y decir “César es el Señor”, era considerado no sólo como
un mero “acto de incredulidad, sino un acto de deslealtad política. Por
eso los romanos actuaban con tal severidad contra el que no dijera ‘César
es el Señor’”.
¿Cómo Podían los cristianos que confesaban de todo corazón que “Jesucristo
es el Señor para la gloria del padre” (Fil. 2:11), decir al mismo tiempo
“César es el Señor”? Este culto ponía a prueba su lealtad al Señor del
Cielo, quien había dado su vida por ellos, y quien está por sobre todo
señorío terrenal. Lo irónico y seductor del culto al emperador era que se
les decía a la gente que después de quemar incienso y pronunciar la frase
“cesar es el Señor” podían ir y adorar a sus dioses. Ser cristianos en
aquel entonces requería mucho valor, y un valor que sólo Dios podía dar.
Bajo semejantes condiciones, el cristiano eras fiel a Dios o no lo era.
Así de simple. Esta es una de las mayores evidencias de que el
cristianismo no fue una casualidad del momento, una religión más que
estaba de moda dentro del pantano de falsas concepciones de Dios de aquel
tiempo; era, en suma completa, lo más puro que podía conocer una persona,
lo más honorable que podía creer, lo más fuerte que podía recibir. En fin,
¡la religión verdadera!
Bien se observa que es “humano eso de adorar a un dios que se puede ver,
mejor que a un espíritu”. Así, el culto al César terminó teniendo todo un
sistema de sacerdocio que contaba con presbíteros organizados que “eran
tenidos en alto honor”. Cuando el emperador Calígula (37–41 d.C.),
descrito como un “epiléptico, chalado y megalómano” tomó el poder, hizo
que el culto al emperador se extendiera a los judíos también, quienes
hasta ese entonces habían estado exentos de dicha práctica. Por
consiguiente, la orden del nuevo emperador creó una terrible situación de
intolerancia religiosa. Calígula se creyó un dios y no sólo ordenó que se
le rindiera culto, sino que mandó a edificar estatuas suyas para ser
colocadas en diversos lugares, entre ellos Alejandría y Egipto, donde
vivían muchos judíos. Rápidamente los judíos “nombraron una delegación
dirigida por el filósofo judío Filón, para que fueran a Roma y le rogaran
al emperador que no obligara a los judíos a adorar su imagen, pues eso
sería completamente contrario a sus convicciones religiosas. La delegación
entrevistó a Calígula, pero fue en vano; no tuvieron ningún efecto las
súplicas de Filón. El emperador ordenó que su imagen fuera levantada y que
los judíos la adoraran. Murió en el año 41 d.C. mientras insistía en que
fuera instalada una imagen en el templo de Jerusalén, lo que hizo que los
judíos estuvieran a punto de rebelarse”.
Cuando Calígula fue asesinado por un oficial de la corte pretoriana a
quien había ofendido, ocupó su lugar Claudio. Éste revirtió la insensata
política de Calígula y dio a los judíos completa libertad para practicar
su fe sin mayores inconvenientes. “Cuando ascendió al trono escribió a
Alejandría diciendo: ‘Lamento que se haya nombrado un sumo sacerdote para
que me rinda culto a mí y que se construyan templos, porque no quiero
ofender mis contemporáneos y creo que los altares sagrados y cosas
semejantes se han dedicado en todas las edades a los dioses inmortales
como honores que le eran debidos”.
Los emperadores que le sucedieron no fueron partidarios del culto al
César, pero con la llegada de Domiciano (81–96 d.C.) las cosas dieron un
giro radical. Este nuevo emperador era un “perseguidor de sangre fría. Con
la excepción de Calígula, fue el primer emperador que tomó en serio su
divinidad y exigió el culto al César. La diferencia estaba en que
Calígula era un demonio insensato, mientras que Domiciano era un demonio
cuerdo, que es mucho más aterrador”.
Domiciano exigió además que cada vez que se hiciera un anuncio o “las
proclamaciones de gobierno tenían que empezar: ‘Nuestro Señor y Dios
Domiciano ordena...’ Cualquiera que se dirigiera a él de palabra o por
escrito había de empezar: ‘Señor y Dios’”.
El Apocalipsis, que fue escrito bajo la supremacía de Domiciano, por medio
de sus interesantes imágenes y figuras literarias retrata las crueles
persecuciones de las que fueron objeto los cristianos en su resistencia al
culto al emperador (vea cap. 2:8-16). Expresiones de aliento tales como:
“Conozco tu tribulación y tu pobreza... No tengas ningún temor de lo que
vas a padecer. El diablo ha de enviar a algunos de vosotros a la cárcel,
para que seáis probados, y tendréis tribulación de diez días. Sé fiel
hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”. “Conozco que habitas
donde está la silla de Satanás. Con todo, permaneces fiel a mi Nombre. No
has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas, mi testigo fiel, fue
muerto entre vosotros, donde mora Satanás” (vers. 9,10,13).
Es interesante saber que el apóstol Juan fue sentenciado a muerte por
Domiciano. Al no poder el emperador “refutar los razonamientos del fiel
abogado de Cristo, ni competir con el poder que acompañaba su exposición
de la verdad”, se “propuso hacer callar su voz”. “Juan fue echado en una
caldera de aceite hirviente; pero el Señor preservó la vida de su fiel
siervo, así como protegió a los tres hebreos en el horno de fuego.
Mientras se pronunciaban las palabras: ‘Así perezcan todos los que creen
en ese engañador, Jesucristo de Nazaret’, Juan declaró: ‘Mi Maestro se
sometió pacientemente a todo lo que hicieron Satanás y sus ángeles para
humillarlo y torturarlo. Dio su vida para salvar al mundo. Me siento
honrado de que se me permita sufrir por su causa. Soy un hombre débil y
pecador. Solamente Cristo fue santo, inocente e inmaculado. No cometió
pecado, ni fue hallado engaño en su boca’. Estas palabras tuvieron su
influencia, y Juan fue retirado de la caldera por los mismos hombres que
lo habían echado en ella”.
Pero fue desterrado a la isla de Patmos, donde entonces, se le apareció el
Cristo Glorificado y le dio las maravillosas profecías del Apocalipsis
(Apoc. 1:10-20).
Una Vieja costumbre
El abrogarse prerrogativas divinas está de acuerdo con la tendencia del
corrupto corazón humano. En el libro de Ezequiel encontramos al rey de
Tiro, quien según la declaración inspirada había puesto su corazón “como
corazón de Dios”. “Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy
un Dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo
tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios” (Eze.
28:2, cf. vers. 6,8). Así mismo, en el libro de Isaías se nos habla del
rey de Babilonia como aspirando prerrogativas divinas, a pesar de ser una
simple criatura (cap. 14:12-14). Detrás de estas entidades humanas está
escondido una entidad espiritual causante de todo el caos que ha existido
en el mundo hasta hoy: Satanás. El fue el primero que codició la posición
de igualdad con Dios (Eze. 28:12-19; Isa. 12:13,14), y fue quien engañó a
nuestros primeros padres con la mentira de que serían “como Dios” (Gén.
3:4). Por insistir en esta arrogante pretensión, Satanás arruinó su vida,
la de innumerables ángeles que le secundaron en su revuelta, y la de los
seres humanos (Apoc. 12:3,7-9; Rom. 5:12). Por consiguiente, no debe
sorprendernos que los seres humanos enceguecidos y seducidos por el poder
terrenal y los engaños del demonio, procuren la divinización.
La pretensión de los atributos divinos alcanza su máxima expresión en el
Anticristo: “Nadie os engañe en ninguna manera, porque ese día no vendrá
sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el
hijo de perdición, que se opondrá y exaltará contra todo lo que se llama
Dios, o que se adora; hasta sentarse en el templo de Dios, como Dios,
haciéndose pasar por Dios” (2 Tes. 2:3,4, la identidad del Anticristo la
estudiaremos a partir del siguiente capítulo). En este pasaje (y en otros
que ya analizaremos en su momento), el Anticristo constituye la expresión
escatológica del culto al Cesar, sostenido en el mundo por medio de un
sistema político-religioso de gran influencia. Encarnaría además la misma
actitud rebelde e intolerante de Caín contra Dios y contra sus santos,
rebelión que se extiende como un cordón de acero en las entidades
históricas que gobiernan nuestro mundo.
En el primer capítulo de nuestra obra hicimos notar las riquezas que
alcanzó Roma, a tal punto que los judíos decían que de diez medidas de
riquezas que descendieron del cielo, Roma recibió nueve, y una, el resto
del mundo. Pero Roma, igual que las grandes naciones que le precedieron no
fue fiel en el desempeño del papel que Dios le asignó en la historia. Al
contrario, conformó una corriente ideológica que perduraría hasta el fin
mismo de la historia de la humanidad. Esa corriente ideológica se plasmó
en la crisis que generó el culto al emperador.
En el siguiente capítulo veremos como se propagó dicho curso de acción a
las generaciones futuras y como sería la mayor prueba para la iglesia de
Cristo en todo su historia, y la mayor desgracia para los seres humanos.
Notas y Referencias:
Diccionario Bíblico Adventista, p. 1002.
Gran Historia Universal, vol. IV, pp. 176,177.
Gran Historia Universal, pp. 174,175.
Diestre Gil, Ibíd.,
vol. II, p. 312. Las influencias helenísticas sobre César eran
evidentes, pues él se “había propuesto por modelo el absolutismo de
las monarquías helenísticas. Soñaba nada menos que con la fundación
de un imperio universal sustentado en la cultura helenística”
(Walter Gotees, Historia Universal, vol. II, pp. 409,410, citado en
Diestre Gil, Ibíd., vol. II, p. 315). Por otro lado César era
alentado por la corrupta e insaciable codicia de Cleopatra a soñar
con un imperio universal, pero con bases en Egipto, donde estaba
definido el culto al soberano.
---------, Ibíd., p. 312.
Si la religión cristiana fuera oficializada como
pretenden muchos en la actualidad, dejaría de ser cristiana en el
acto. El ejemplo de Cristo y de la iglesia funda por Él, antes de
ser corrompida por el poder político es la mayor evidencia de que ni
Cristo y ni sus seguidores pretendieron que el Estado reconociera
oficialmente el cristianismo. El esfuerzo por oficializar el
cristianismo constituye la más grande dislocación de la verdad en la
que pueden caer algunos “pensadores”.
Barclay, Ibíd., pp.
26,27.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VI, p. 81.
-----------, Ibíd.,
pp. 29,30.
Elena G. White,
Conflicto y Valor, p. 362.
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