I

 
 
 
 

Intolerancia Religiosa la Roma Papal

 

 

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Hasta aquí, lo que hemos conocido en el terreno de la libertad religiosa, en todos los reinos anteriores al establecimiento del Sistema Papal, es que la intolerancia ha sido el patrón dominante. No hemos encontrado hasta este período histórico señalado por la profecía (año 538) un sistema de gobierno en el que los derechos humanos tomen verdadera forma e importancia; en el que se respeten la libertades y derechos individuales (en lo que a vida civil y religiosa se refiere), con los que ha sido dotado todo hombre y mujer nacido en este mundo. Si el hombre es producto de la casualidad y vamos a aplicar a su experiencia social la teoría evolucionista de Darwin (el organismo más apto se sobrepone al más débil), o la idea griega del predominio de la aristocracia (el gobierno de los más aptos), no debe sorprendernos que la historia haya sido como es. Pero si nos remontamos a nuestro verdadero origen, como está revelado en las Escrituras inspiradas, y ejemplificado en la vida perfecta de Cristo, la historia de la raza humana no es más que un catálogo de fracasos, tragedias y desgracias interminables. La historia, es pues, la narración más patética (aunque realista) de los desdichados hechos humanos. Claro, sin ignorar las grandes hazañas de la que han sido protagonistas algunos pocos hombres y mujeres.

En lo que a la historia del Sistema Papal se refiere, encontramos el mismo mal del que han adolecido todos los demás sistemas de gobiernos: Violación deliberada de las libertades civiles y religiosas y justificadas al mismo tiempo por erróneas y absurdas ideas. Bajo el largo período de dominación papal (¡1,260 años!) la intolerancia religiosa hizo su más grotesca manifestación. No porque se implementaran métodos más intolerantes que antes, sino porque las más cruentas persecuciones se hicieron ¡en nombre de Dios! y bajo el manto de la religión verdadera.

Desde su mismo establecimiento, el Papado creyó justificable corregir por la fuerza y la coerción todo lo que consideró una desviación de la verdad tal y como ellos la comprendían. Les encantaba el texto: “Fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa” (Luc. 14:23), pero arrojaba a la basura estos dos: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” y “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 22:21; 19:19). Aunque sin especificar las causas que motivarían la intolerancia y persecución, la profecía señaló acertadamente: “Y veía yo que este cuerno (poder) hacía guerra contra los santos, y los vencía” (Dan. 7:21, comp. con vers. 25 y 8:10). Durante largos siglos los hombres y mujeres de Dios se vieron impotentes ante el poder papal y su fuerza avasalladora. Una vez más, Caín se levantaba contra el justo Abel. La historia del cristianismo es increíblemente dolorosa, por lo menos para los que han sufrido, pues a otros les ha ido muy bien con César. Antes del surgimiento de la Roma cristiana, los creyentes morían en manos de los emperadores, pues los cristianos practicaban una religión considerada ilegal. “Se calcula que tres millones de cristianos perecieron durante los tres primeros siglos de la era cristiana”.1 Lo triste es que, después que la iglesia ganó el favor del Estado, entonces, los cristianos morían en manos del Papado. Es sólo en este contexto que podemos entender el clamor de los mártires que, con la apertura del sexto sello claman: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?” (Apoc. 6:10). Desde entonces, la intolerancia papal causó las peores persecuciones de la historia. Y esto es algo que ha ruborizado y escandalizado incluso a historiadores católicos. Bien se ha expresado que “no puede ser en absoluto ninguna exageración decir que la iglesia de Roma ha causado una cantidad de sufrimiento inmerecido mayor que cualquiera religión que alguna vez haya existido”.2 “Ninguna religión en el mundo (ni una sola en la historia de la humanidad) tiene sobre su conciencia tanto millones de personas que piensan de manera tan diferente. El cristianismo es la religión más asesina que alguna vez haya existido”.3

Nuestra interpretación no es forzada ni antojadiza, pues el mismo Sistema Papal reconoce haber perseguido a los santos de Dios, aunque aún justifica tales acciones “como el legítimo ejercicio del poder que pretende haber recibido de Cristo”. Según la bula de Inocencio IV “Ad exstirpanda” del año 1552 “cuando los que hayan sido condenados como culpables de herejía hayan sido entregados al poder civil por el obispo o su representante, o la Inquisición, el podestá o primer magistrado de la ciudad los llevará inmediatamente y ejecutará las leyes promulgadas contra ellos, dentro del término máximo de cinco días”. Esta  bula fue de allí en adelante el documento “fundamental de la Inquisición, renovada o puesta nuevamente en vigencia por varios papas, Alejandro IV (1254-61), Clemente IV (1265-68), Nicolás IV (1288-92), Bonifacio VIII (1294-1303) y otros. Por lo tanto, las autoridades civiles estaban obligadas por los papas, so pena de excomunión, a ejecutar las sentencias legales que condenaban a los herejes impenitentes a la hoguera”.4

¿Cuál fue la causa que permitió que estas crueles decisiones fueran tomadas provocando así la ola de intolerancia religiosa más larga de todos los tiempos? Una cosa es segura, no fue un estudio de la vida y los hechos del Hijo de Dios, el fundador del cristianismo, tampoco fue una lectura apasionada de las cartas apostólicas, y mucho menos un ejemplo copiado de los primeros cristianos y su forma de evangelización. La única razón por la que el Sistema Papal podía hacer semejante barbaries fue porque pervirtió las verdades fundamentales de la Palabra de Dios e interpretó ciertos pasajes aislados de las Escrituras en forma antojadiza, además de que ignoró voluntariamente otros que de ser estudiados y respetados les habría puesto un freno a semejantes crueldades. El Papado era, en su más pura esencia la encarnación del culto al César, pero dirigido por los papas. Un sistema que, por sus hechos contra los que diferían de sus doctrinas, manifestaba el modelo de vida del perverso Caín, siempre al asecho del indefenso Abel.

Desde entonces, el mundo vería una forma distorsionada de cristianismo en la que, al igual que las antiguas monarquías absolutistas, concentraba en un individuo el poder político y religioso. De esta forma encontramos al papa reclamando para sí derechos y prerrogativas en el terreno de la conciencia humana que sólo pertenecen a Dios. La única diferencia del Sistema Papal con los antiguos sistemas absolutistas se reducen a dos: 1) Las antiguas naciones veneraban sus propios dioses, y sus reyes no se valían de la fe del Dios verdadero para realizar sus conquistas y ejercer sus poderes, sino de sus propios dioses; pero el Papado si se tomó esas prerrogativas para alcanzar sus propósitos puramente seculares. 2) Los antiguos imperios mundiales habían reinado por tiempos prolongados, pero el Papado los sobrepasó a todos, pues tuvo un reinado de 1,260 años y ¡sin que nadie le detuviera! Sólo cuando el reloj profético marcó el año de su caída, fue destronado del dominio de la consciencia de los hombres.

Las condiciones que permiten semejante atropello a los derechos y las libertades de los seres humanos, tiene sus raíces profundamente arraigadas en el perpetuado mal de la unión de los poderes políticos y religiosos en un sólo sistema de gobierno. El Papado, por naturaleza es precisamente eso, una megaestructura que une en una sola y única figura estos dos poderes separados. Si el Vaticano abandonara sus pretensiones de demonio sobre la religión o la política, eligiendo quedarse con uno de los dos, dejaría de ser en el acto, el Sistema Papal. Siempre que ambos poderes estén amalgamados, existirá el peligro de la intolerancia civil y religiosa. Tarde o temprano aparecerá también la persecución.

Pero no todo termina con un bosquejo de los hechos del pasado que nos señala la profecía. Si el panorama profético relativo al pasado histórico del pueblo de Dios se tornó oscuro, más sombrío aún se presenta el futuro, y el breve tiempo que nos separa del fin, es testigo ya de tendencias ideológicas, políticas, y religiosas que nos presagian el resurgimiento del peor tiempo de intolerancia religiosa que hemos visto. Pero la seguridad del remanente es la misma: “En aquel tiempo se levantará Miguel el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro” (Dan. 12:1).

Notas y Referencias:
[1] Uriah Smith, Las Profecías de Daniel y el Apocalipsis (Mountain View, Pacific Press, 1949), tomo I, p. 109.
[2] W.E.H. Lecky, History of the Rise and Influence of the Espírit of Rationalism in Europe, New York, Braziller, 1959 (reimprensión de 1955). 2 ts. Citado en Hans K. LaRondelle, Las Profecías del Fin (ACES, 1999), p. 303.
[3] Thomas y Gertrude Sartory, In der Holle Brennt Kein Feuer, (ningún fuego quema en el infierno) Munich 1968, pp. 88,89.
[4] Joseph Blötzer, art. "Inquisition", tomo VIII, p. 34.