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El verdadero cristianismo nos libera del nacionalismo estrecho y exclusivo
y abre el horizonte de una nueva creación inclusiva.
El nacionalismo es una característica importante en la historia de la
humanidad. Mucho antes de que emergiera como la fuerza significativa del
mundo moderno, existía ya en los corazones de las comunidades de los
tiempos antiguos. Cuando los discípulos le preguntaron a Jesús
inmediatamente antes de su ascensión: "Señor, ¿restaurarás el reino a
Israel en este tiempo?" (Hechos 1:6),* reflejaban el tenor y la esperanza
nacionalistas de su tiempo. Efectivamente, la teología de la restauración
—la afirmación de que la gloria y el poder del reino de David y Salomón le
sería restaurado a Israel— dominó el pensamiento de la población judía en
los tiempos de Jesús. Dios restauraría la suerte de Israel. El yugo romano
sería quebrantado. De entre las naciones, la nación judía se erguiría
nuevamente en su gloria. El nacionalismo, por lo tanto, fue la fuerza de
apoyo de la esperanza y de la teología judía. La restauración del reino de
Israel fue central para la
Weltanschauung
(cosmovisión) judía. Israel fue el protagonista clave en la historia
mundial. La salvación de los gentiles dependía de la reversibilidad del
infortunio de un Israel que en ese momento de la historia carecía de
independencia nacional. La esperanza mesiánica de la restauración de
Israel fue responsable de numerosos levantamientos durante los tiempos
herodianos. Aun cuando los diversos Herodes en general fueron
relativamente buenos con los judíos —construyendo para ellos ciudades
magníficas y el templo en Jerusalén, otorgándoles significantes derechos
religiosos dentro del imperio— fueron odiados por su espionaje en favor de
los romanos. Con estos antecedentes de las aspiraciones nacionales judías,
quiero considerar el concepto de Pablo acerca de la libertad y del
nacionalismo.
Libertad por medio de Cristo
Para Pablo, la libertad está arraigada en Cristo. En el centro de su
evangelio se hace eco esta afirmación: "Firmes en la libertad con que
Cristo nos hizo libres" (Gálatas 5:1). El apóstol también nos recuerda:
"Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí
hay libertad" (2 Corintios 3:17). Pablo, sin embargo, era un realista
cuando se trataba de la libertad. El entendía que la libertad no es
solamente un lema para que las masas lo vociferen en éxtasis de emoción,
sino una realidad que debe ser experimentada en la vida.
Cualquier discurso sobre la libertad tiene que definir de qué somos libres
y para qué somos libres. Pablo dio este tipo de especificación al tratar
el concepto de libertad. El no afirmaba que la libertad era gozada
necesariamente porque había cristianos presentes. El dijo que había
libertad donde estaba el Espíritu del Señor, lo que significa que entre
las criaturas de Dios, la libertad debe encontrarse sólo en el Señor. Para
Pablo, proclamar la libertad de la ley, del pecado y de los poderes
malignos del cosmos, y afirmar la libertad por la obediencia por fe, por
la justificación y por Dios, era poner cabeza abajo la cosmovisión de los
judíos, aun cuando él mismo no deseaba descartar su identidad judía.
Pablo reconocía que la libertad no era algo que una persona obtenía como
una posesión privada. Más bien es una condición que puede existir para
aquellos que viven en comunidad. Es posible que dependa de los poderes
externos que la mantienen. En las diferentes comunidades la gente puede
tener la posibilidad de alcanzar diferentes tipos de libertades. Si la
libertad se extiende por encima de los límites de la vida individual de la
persona, entonces tiene que tener su origen fuera de esa persona. Una
libertad que se origina a partir de una ideología en particular como la
democracia, el capitalismo o el comunismo, puede alcanzarse solamente
dentro de los límites de esa ideología. Una libertad sostenida por la
riqueza económica sólo va a durar mientras esa riqueza persista. Una
libertad que tiene su origen en la fuerza bruta o el poder militar, está
limitada por la capacidad de sus armas.
La suma libertad
Pablo estaba preocupado por la libertad última —la libertad de la muerte,
una libertad que estaba a favor de Dios y por la vida—. El entendía que el
evangelio era el poder que generaba esta libertad. Por eso definía el
evangelio, no como un conjunto de doctrinas dignas de nuestra
consideración intelectual, sino como "el poder de Dios para salvación"
(Romanos 1:16). En este poder se halla la fuente del concepto de Pablo
acerca de la libertad.
Consideremos ahora la pregunta: ¿Entendía Pablo la libertad como el
cumplimiento de las esperanzas judías de la restauración de la suerte
nacional de Israel? La respuesta es un obvio
No.
Pablo era un judío apocalíptico, pero su interpretación acerca de la
salvación difería de la sostenida por la mayoría de los judíos. La
interpretación apocalíptica entre los judíos compartía la filosofía de la
teología de la restauración: un triunfo final y seguro, garantizando el
reestablecimiento del trono, el templo, el altar y la ciudad de Jerusalén.
Estos eran los símbolos de la nación que gozaba de la salvación, que es la
verdadera buena vida. Sin embargo, en la cosmovisión de Pablo, el templo,
el trono y Jerusalén no desempeñaban ningún papel importante. Israel no
era más el eje en la historia de la humanidad. La nación había perdido su
papel soteriológico.
Pablo veía la salvación como una existencia glorificada, en la cual la
creación entera participaba completa e igualmente (Romanos 8:21, 30). El
esperaba la aparición del Señor, quien viene a juzgar al mundo, resucitar
a los muertos y trasladar a los santos vivos (1 Corintios 15:24-26,
51-54). El anticipaba esa gloriosa aparición de su Señor, que ocurriría
dentro del lapso de su propia vida (1 Tesalonicenses 4:14).
Sin embargo, la visión que Pablo tenía del futuro no negaba la realidad
del presente. Vivió una vida comprometida, experimentando la seguridad que
brotó de la muerte y la resurrección de Cristo. Veía a la comunidad
cristiana sobre la tierra, como el medio por el cual el cuerpo de Cristo
estaba presente, no místicamente sino socialmente, en medio del acoso y
del bullicio de la actividad humana. La preocupación de Pablo era que las
comunidades cristianas no se fracturaran por aquellos factores que
usualmente dividen a la humanidad: política, economía, cultura y origen
étnico. Llegó a ver todas estas divisiones como artificiales e irreales.
Entendía que Cristo traía libertad de las murallas separadoras y los
límites dentro de la comunidad humana (ver Efesios 2:14). El poder del
evangelio significa libertad de todos los prejuicios divisivos. En Cristo
"ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni
mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3:28).
La libertad y el cuerpo de Cristo
Las enseñanzas de Pablo son reales en dos formas. Mientras que por un lado
dependemos de Dios, por el otro somos agentes de la voluntad divina sobre
la tierra. Pablo esperaba que las comunidades cristianas ejercieran su
responsabilidad de tal forma que sus miembros funcionaran como el cuerpo
de Cristo. Pablo mantuvo en tensión su visión futurista de una existencia
glorificada, con las realidades de la vida presente, donde se había de
mostrar el amor de Dios. Según Pablo, los cristianos deben vivir el poder
del evangelio en la sociedad diaria para liberar y para salvar. Este
poder, sin embargo, nunca llega a ser posesión exclusiva de un grupo que
está en capacidad de aislar a otros. El poder del evangelio últimamente
libera a los cristianos de las tentaciones de sujetar a otros en lo que
ellos conciben como la voluntad de Dios; consecuente-mente el poder del
evangelio no está para ser igualado con una ideología, incluyendo una
cristiana. El evangelio tiene, efectivamente, que liberarnos de toda
ideología humana y unirnos solamente al poder del amor de Dios.
En segundo lugar, Pablo era un realista con respecto a la agencia de la
salvación. La salvación no fue traída por puros y simples agentes humanos,
o por una nación que se ha purificado a sí misma como lo dictaba la
teología de la restauración en su tiempo y como lo enseñaba el marxismo en
el nuestro. Algo que hay que tener en cuenta acerca de Pablo es que él
abandona el vocabulario de la pureza —el lenguaje de purgar o limpiar
cualquier cosa vista como deforme, artificial, o en contra de la
naturaleza—. Mucho del nacionalismo moderno, por otro lado, está
caracterizado por su necesidad de establecer criterios que eliminen los
elementos impuros en la nación.1
El nacionalismo encuentra en una ideología de la naturaleza o de la
cultura las normas para juzgar quién es digno de participar en la
salvación que debe ser alcanzada como nación. Pero Pablo enseñó que el
poder del evangelio elimina de la humanidad toda necesidad de excluir a
otros (Romanos 14:1-10; 2:11). Sus enseñanzas fueron más allá de la mera
tolerancia o de la coexistencia. De acuerdo con Pablo, la elección de Dios
no tuvo lugar en el pasado una vez y para siempre. El linaje no puede ser
la clave para la vida y la salvación. La elección que Dios hace es
dinámica en la historia y siempre está abierta para nuevos candidatos
(Romanos 9:6-24). Según Pablo, el evangelio nos libera de la necesidad de
llegar a ser dioses y dividir la humanidad de acuerdo con nuestros propios
prejuicios, incluyendo nuestras lealtades nacionalistas. Debemos por eso
reconocer que, en el corazón de su teología, Pablo se desenvuelve con la
pregunta básica de la elección y la ley,2
que ha llegado a ser espiritualmente devas-tadora para la teología de la
restauración.
Sustracción del nacionalismo: La herencia teológica de Pablo
Esto no significa, según Pablo, que la nación de Israel deba dejar de
existir. El consideraba que en Cristo no había judío ni gentil, sin
embargo él mismo no dejó de ser judío. Esto sólo significaba que Israel
como nación no debía verse a sí mismo como el agente exclusivo de
salvación que mantenía el poder sobre la vida y la muerte por encima de
otros. La última herencia teológica de Pablo es la de sustraer el
nacionalismo del concepto de la libertad y de la salvación. La teología de
la restauración nacionaliza las esperanzas escatológicas de Israel.3
Pablo rompió con esa contrahecha visión de la salvación. Su Cristo cósmico
no era un mesías judío. Según él, aunque Jesús era de acuerdo con la carne
el hijo de David, lo que contaba era que, por el poder del Espíritu
liberado en el momento de la resurrección, él es ahora el nuevo Adán en
cuya imagen habría de vivir toda la humanidad (Romanos 1:3-4; 1 Corintios
15:47-49).
¿Cómo escapó Pablo de la restringida visión nacionalista de su cultura? No
por declararla una ilusión, o una invención de los intelectuales, poetas y
patriotas. El escapó de la exclusividad del nacionalismo, al entender que
la humanidad habría de reconocer la nueva situación trascendental en la
cual se encontraba a sí misma, como resultado de la nueva realidad traída
por el poder del Espíritu, quien resucitó a Cristo de los muertos. La
justicia y la paz no están esperando por el régimen de la ley a un nivel
transnacional. Ellas esperan que las naciones finalicen con su
autodestrucción tratando de purificarse por sí mismas, sus culturas, o sus
idiomas, y den la bienvenida a todas las gentes como dignas de la vida que
Dios les ha dado. La idealización de la pureza está en contra de las
relaciones. El poder para el goce de la vida y de la libertad no proviene
de ninguna nación o de sus leyes. Es en esto donde Pablo contradice
radicalmente al judaísmo de su tiempo. El negó la afirmación de que la
vida y la libertad debían encontrarse en la ley; por el contrario, deben
ser encontradas solamente en Cristo, en el Espíritu. Si la vida se
encuentra en la ley, entonces la nación que vive por la ley y usa la ley
para distinguirse de "la otra" se concibe a sí misma como la poseedora de
la salvación. Cuando la ley y el orden llegan a ser la meta final de la
vida, la opresión y la injusticia encuentran su vía de entrada. La
libertad puede encontrarse en la nación, pero no debería ser restringida a
la nación definida ideológicamente. A menos que la libertad abarque la
vida de todos en la comunidad, no sería libertad verdadera. Ninguna nación
puede encontrar su salvación en su pasado idealizado o en sus metas
colectivas, como lo proclama la teología de la restauración. Las naciones
pueden existir jubilosas, y puede haber gloria en sus culturas o en su
riqueza material, de la misma manera como Pablo se gloría por haber sido
un judío de la tribu de Benjamín. Como lo vio muy bien Yael Tamir, un
nacionalismo bien temperado es la condición previa a una sociedad civil.4
Los pueblos tienen el derecho a una autodeterminación cultural. Sin
embargo, como seres humanos, su salvación depende del poder divino que los
transformará para amar a Dios y aceptar en un abrazo "al otro". En este
proceso se enriquecerán aun más y vivirán en paz con sus vecinos.
Cuando el evangelio cristiano se nacionaliza y llega a ser un instrumento
cultural para gobernar, pierde su poder para traer la libertad y la
salvación. Por el contrario, Pablo desmantela al cristianismo de todo
nacionalismo para permitir que funcione como el agente de la libertad por
medio del poder de la nueva creación en sentido escatológico. El evangelio
no debe ser el instrumento para imponer un imperialismo de la cultura o de
la naturaleza, sino que debe ser el poder que nos libera de todo tipo de
reclamos imperialistas. En su esencia, es el don de Cristo: libertad de la
muerte y libertad para amar.
* Todas las citas de la Biblia son de la versión revisada, 1960.
Herold Weiss (Ph.D., Duke University) enseña estudios religiosos en el St.
Mary's College, Notre Dame, Indiana, EE. UU. de N.A. Es el autor de varios
artículos incluyendo: "The Apostle Paul: An Intellectual?"
(Dialogue 4:2), y del libro Paul of Tarsus (Berrien Springs, Michigan:
Andrews University Press, 2a. ed., 1989).
Su dirección es: Dept. of Religious Studies; St. Mary's College; Notre
Dame, IN 46556; EE. UU. de N.A.
Notas y Referencias:
1. Ver Walter Connor: Ethnonationalism: The Quest for Understanding (Princeton,
N.J.: Princeton University Press, 1994) para el empleo del lenguaje y la
religión como criterio.
2. Victor Paul Furnish: "On Putting Paul in His Place", Journal of
Biblical Literature 113 (1994) 3-17, (17), también identifica la
elección y la ley como el centro de la empresa teológica de Pablo. Ver
también E. P. Sanders: Paul (New York: Oxford University Press, 1991),
p.117.
3. Paula Fredriksen: From Jesus to Christ: The Origen of the New
Testament Images of Jesus (New Haven, Conn.: Yale University Press,
1988), p. 172, resume todo: "En breve, Pablo sustrae el nacionalismo
judío de la teología de la restauración" (el énfasis es de la autora).
4. Ver Yael Tamir: Liberal nationalism (Princeton, N. J.: Princeton
University Press, 1993).
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