1) Dos tipos de personas existen en este mundo, según el Nuevo
Testamento, que orientan el Reino de Dios o el reino de este
mundo
En principio, si tenemos en cuenta el mensaje central del Reino
de Dios que ya hemos analizado en otro lugar, nos encontramos
que la radicalidad y apremio de Jesucristo en cuanto al
arrepentimiento y a la aceptación urgente y total de los
principios del Reino de Dios (Mar. 1:14, 15 cf. Mat. 4:17), es
debido a que el 'mundo' del que forman parte los 'Estados', los
Gobiernos de este mundo (cf. 1 Cor. 2:8), tiene su propia
ideología y conducta (cf. 1 Jn. 2:15-17; 1 Cor. 2:8; Dn. 7:8,
11; Apoc. 13:5 pp.) que contrasta y se opone a Dios (Dan. 7:25;
Apoc. 13:6, 11; 17: 2; 18:3). El juicio de condenación que sobre
aquél, con todo lo que contiene, ha caído ya (Jn. 12:31), insta
a los hombres, ante el llamamiento de Jesucristo, a
arrepentirnos de seguir permaneciendo en el mundo con su
ideología; a salir, a no continuar siendo, y a formar parte del
Reino de Dios.
a) Los que son del Reino de Dios se reconocen porque se dejan
guiar por el Espíritu, son espirituales, han nacido de nuevo,
no son carnales
Jesucristo, o sus discípulos en una reflexión inspirada sobre lo
que su Maestro quiso decir, hacen diferencia en el evangelio del
Reino, entre aquellos que integran el Reino de Dios, y los que
no.
Los unos han tenido que nacer de arriba, de nuevo (Jn. 3:3-5), y
haber sido engendrados como hijos de Dios (Jn. 1:12, 13). Esta
nueva dimensión les faculta para ser dichosos. Puesto que los
que han sido engendrados por Dios habrán sido guiados por el
Espíritu Santo (Jn. 3:5 up., 6, 8 up. cf. Luc. 11:13; Jn.
14:12-15, 16, 17; Jn. 8:31, 32; Mat. 7:13, 14, 21-24)
identificándose con los bienaventurados del Sermón del Monte.
Un análisis de esos bienaventurados nos permite conocer la
naturaleza espiritual de éstos, ya que el Reino de Dios del que
son poseedores de algún modo (Mat. 5:1-10) sólo es posible para
aquellos que han nacido de nuevo o que son guiados por el
Espíritu (cf. Jn. 3:3-5, 7). El ver el Reino de Dios o
entrar en él, sólo está reservado para los que han nacido
de arriba o del Espíritu (Jn. 3: 3-5 cf. Jn. 1:12).
Los Pobres de Espíritu
(Mat. 5:3), no son ni los pobres materiales, ni los apocados de
ánimo, ni lo deprimidos, ni una opción pasajera sino permanente.
Si bien es verdad que los pobres de este mundo tienen un
obstáculo menos (el de la riqueza) para acceder a ser pobres de
espíritu, no es menos cierto que para comprender esta primera
bienaventuranza y todas las demás, es preciso valorar la adición
que Mateo ha pospuesto a la palabra pobres para evitar
una posible confusión
.
Ser pobre de espíritu es una alternativa que escoge
voluntariamente el que habiendo sido 'tocado por el Espíritu'
acepta la guía del Espíritu para supeditar su mente 'su
espíritu' a la voluntad divina. Es el empobrecerse
voluntariamente en cuanto a dejarse llevar por la condición
natural de su ser, y de este modo permitir que Dios haga su obra
en él, para que la voluntad humana elija someterse a la voluntad
de Dios.
Los que lloran
(Mat. 5:4), no son los que tienen motivos o no para hacerlo,
sino que como el salmista se conduelen, una vez conocido Dios,
por haberle ofendido (Sal. 51:4). Los pecados se hacen presentes
con tal dramatismo y virulencia que le hacen llorar (Sal. 51:3).
El haber sometido su voluntad a la de Dios, le permite en esa
condición espiritual ver con todo su horror su rebelión para con
Dios. Una vislumbre del amor de Dios, y del significado de su
transgresión le hace llorar.
Esta clase de lloro recibirá consuelo oportuno mediante el
perdón divino, o por medio de la tranquilidad y seguridad que
sólo Dios puede otorgar cuando una vez perdonado vuelva a
asaltarle algún pecado del pasado ya perdonado.
Los Mansos
(Mat. 5:5) no son aquellos que por su tendencia se dejan
arrastrar fácilmente hacia una u otra posición. Son asequibles
de convencer tanto para lo que humanamente se llama bueno como
para lo malo. Pero esto demuestra una voluntad débil capaz de
ser remolcada hacia los polos opuestos.
Para identificar a los mansos es preciso estudiarlo en
clave espiritual: Los mansos son aquellos que no ponen barreras
a la actuación del Espíritu de Dios en sus vidas.
Son muy factibles de conducir, y no ponen trabas a la acción de
Dios en sus personas.
Los que tienen hambre y sed de Justicia
(Mat. 5:6). El mundo está lleno de injusticias, y si bien Dios
no pasa por alto ninguna, el hambre y la sed porque se haga
justicia a las injusticias humanas no es el contenido argumental
de esta bienaventuranza sino el hambre y la sed porque se haga
justicia a la situación en que ha quedado el hombre por motivo
de la verdadera causa de las injusticias: el pecado.
Tener hambre y sed de justicia es anhelar, cuando uno ha
comprendido por el Espíritu de Dios lo corrupto del pecado, de
la transgresión de la santa ley de Dios, la justicia divina en
Cristo Jesús (cf. Rom. 3:21, 22) que justifica al pecador.
Hambre y sed porque se manifieste la justicia de Dios condenando
al pecado, y librando al pecador (cf. Lc. 15; Luc. 18:1-8).
Los Misericordiosos
(Mat. 5:7) son los que se compadecen de aquellos que sufren por
causa del pecado, de aquellos que por haberse independizado de
Dios experimentan toda suerte de mal. Los misericordiosos
proyectan de tal modo su compasión por los afligidos por el
azote del pecado que se preocupan por ayudar a que comprendan
también ellos la misericordia divina, y acepten la salvación
provista. Una persona misericordiosa jamás podrá utilizar la
violencia o la guerra, puesto que su cometido por liberar a los
que experimentan el dolor y el odio es incompatible con
cualquier forma de provocar a su vez daño. Su misericordia se
centra exclusivamente en la buena nueva de salvación.
Los de Limpio Corazón
(Mat. 5:8) son los que insisten a Dios, como consecuencia de la
obra del Espíritu Santo en sus corazones, en que las
diferentes maneras de pecar sean desalojadas de su modo de
pensar y de actuar.
Los Pacificadores
(Mat. 5:9). Un pacificador no es un pacifista ni simplemente un
no violento, es alguien que ha encontrado la Paz con Dios, la
reconciliación. Sólo esto puede producir Paz. Nadie de este
mundo está capacitado para generar paz, únicamente aquel que no
ha rechazado la iniciativa divina a la salvación, a quién se le
han perdonado los pecados, se le ha capacitado para el
arrepentimiento, se le ha aplicado la justicia divina y se le da
el poder del Espíritu Santo para la santificación puede crear
verdadera Paz. Una persona así será no violenta, no por
estrategia política ni social sino por la propia dinámica de
haber hallado la Paz con Dios.
Los que padecen persecución
(Mat. 5: 10). Todos los nacidos de Dios padecen alguna de las
formas catalogadas como persecución por cuanto no se ajustan
totalmente a las normas establecidas por el mundo. El reino de
este mundo, el Estado crea una corriente de opinión que
choca con los principios de comportamiento del Reino de Dios.
Cuando os vituperen o digan toda clase de mal mintiendo
(Mat. 5:11). Es imposible señalar como malo o negativo, con
acusaciones verdaderas, el comportamiento, de los hijos de Dios,
basado en la ideología del Reino de Dios. No tendrán más remedio
que falsear las imputaciones.
Por otra parte este es el signo que sobresale entre los dos
Mundos o los dos Gobiernos o los dos Reinos. Además de todos los
aspectos que hacen diferente al Reino de Dios y a cualquier
Estado o reino de este mundo, tal como estamos viendo, los
bienaventurados no pueden amoldarse al reino de este mundo y son
fácilmente identificables y censurados mintiendo. Este es el
proceder que ha existido también en el pasado con los profetas
antiguos (Mat. 5:12 up.).
Estos bienaventurados no se enfrentan ni con actitudes violentas
ni con pulsos de fuerza ni con algún poder a la manera de los
reyes de esta tierra (cf. Luc. 22:25, 26 pp.) sino que su única
meta es el galardón que está reservado para ellos en los
'Cielos' (Mat. 5: 12 pp.), símbolo de que la obra del Espíritu
Santo no fue rehusada.
Los que han nacido de nuevo (Jn. 3:7), los que han nacido de
'arriba', de Dios (Jn3:3 cf, 1:12, 13) son como ya hemos dicho
los bienaventurados que tienen asegurado el Reino de Dios (Mat.
5:1-10), porque sólo la disposición de 'nuevo nacimiento' o
'engendramiento' por Dios les concede 'ver' el Reino de Dios o
'entrar' en El (Jn. 3:3, 5).
Esta diferencia esencial entre estos dos tipos de personas, la
perteneciente al mundo natural, procedente sin más de la
voluntad humana (Jn. 1:13), y la que posee la capacidad de ser
hijo de Dios establece una clasificación en la que se
distinguen meridianamente dos reinos: el del Mundo, donde se
encuentra el Estado, que no se puede regir por los principios
del Gobierno de Dios, y el Reino de Dios que se rige
exclusivamente por la Autoridad Divina manifestada en los
principios del Reino de Dios contenidos en la Palabra de Dios, y
en la que las Bienaventuranzas y el Sermón del Monte son un
claro exponente de ellos.
Carne y Espíritu según el Apóstol Pablo
En el capítulo 7 de Romanos, en un discurso insuperable el
apóstol Pablo, bajo la inspiración divina, confronta la realidad
de la situación de la persona venida a este mundo con tres
conceptos: la Ley
,
el Pecado, y Jesucristo.
En un primer estadio Pablo resume que la ley tiene poder de
condena mientras que el individuo está sujeto mediante una unión
con la falta que la ley condena (7:1-6). Mientras el ser humano
permanezca seducido por el pecado la ley le condenará
irremisiblemente, pero si estamos como muertos para la ley
porque nos hemos liberado de aquello (el pecado) que nos hacía
caer en la esfera del peso de la ley (la condena) (7:6),
entonces seremos libres de la condenación de la ley (7:6 pp.)
.
Después Pablo viene a explicar la auténtica causa de la tragedia
humana. ¿Cuál es el motivo por el que el ser humano, desde que
llega a este mundo, se encuentra en la condición de tener que
hacer el mal irremisiblemente, aun cuando no quiera? (7:15, 19)
¿Es la Ley de Dios la causante?
Si bien la Ley de Dios actúa como un espejo que me da a conocer
el pecado (7:7 cf. Sant. 1:25; Rom. 3:20), y en base a esa
condición 'natural' que arrastro desde mi nacimiento sirve para
incitarme más todavía (7:8), de ahí que mi ser me empuje, sin
que yo pueda controlarlo, a desear hacer aquello precisamente
que la ley me señala como no conveniente (7:8), la Ley de Dios
es santa y el mandamiento santo, justo y bueno (7:12); la Ley, a
pesar de esta situación mía personal, no debe confundirse con el
pecado (7:7cf. 7:13).
¿Dónde radica el problema entonces?
La situación dramática del hombre cuando conoce el bien es que
descubre que el mal reside agarrado en su propia naturaleza
(7:21) y que por mucho que quiera hacer el bien (7:18 pp.) está
vendido al pecado, dada precisamente su naturaleza carnal
original (7:14, 18).
Además la situación inicial se ha empeorado por cuanto el
desconocimiento de la Ley de Dios, el vivir sin ley durante un
tiempo (7:9 pp), ha fijado marcadamente ciertas tendencias
malvadas (cf. 7:15, 19). Cada vez que ha cometido pecado, aun
sin saberlo porque desconociera la Ley, ha creado con la
tendencia hacia el mal hereditaria una costumbre adicional
imposible de desarraigar. Todo ello junto, ha producido la ley
del pecado (7:21 up., 25 up.). Pero la desesperación alcanza
cotas insufribles cuando tras conocer la Ley de Dios comprueba
que ésta no le ayuda en absoluto para solucionar su problema
(7:9 sp., 10, 11). Todavía le hunde más, por cuanto ahora al
saber lo que es bueno, gracias a la Ley de Dios, descubre
también, por el contraste, la dimensión de la malignidad (7:13).
Si bien es verdad que ahora comprende que la Ley es buena
(7:16), y que no es la culpable de su posición calamitosa, ni
siquiera él mismo (7:17 pp., 20 pp.) por cuanto quiere cambiar y
no puede (7:18), sino que es el pecado que ha anidado en su
interior, desde que nació, fortaleciéndose conforme el tiempo ha
transcurrido (7:17 up., 20 up.); y aun cuando se deleita
interiormente en la Ley de Dios (7:22) y querría ajustarse a sus
requerimientos, observa otra 'ley' que le atenaza, hasta el
punto que le obliga a rebelarse contra sus propios pensamientos
positivos, favorables a la Ley de Dios, esclavizándole a un
automatismo pecaminoso: sigue atrapado en la 'ley' del pecado
(7:23), no ha mejorado en nada su estado de maldad. Su
incapacidad para hacer el bien, sus inclinaciones malévolas
siguen siendo las mismas
.
Pero el grito de angustia de 7:24 es la demostración de que la
obra del Espíritu Santo (cf. Jn. 16:7, 8) no ha caído en saco
roto. La miseria humana es vista y sentida en todo su colorido
doloroso: ¿quién me librará de este ser que contiene una ley
inexorable de pecado? ¡Necesito urgentemente que alguien me
libere de esta pesadilla que permanece de día y de noche!: La
respuesta es Jesucristo (7:25 pp.). Pero ¿cómo? ¿cómo voy a
librarme de esta dicotomía que hace que por un lado con la mente
sirva a la Ley de Dios, y por otra parte con la carne a la Ley
del pecado? (7:25 up.).
En el capítulo 8 de Romanos Pablo nos da la solución mediante
una explicación en la que confronta la Carne y el
Espíritu. La carne vendría a representar al hombre natural,
al ser humano normal nacido por voluntad de varón, que no
quiere el control del Espíritu, y que se guía por su propia
conciencia natural; y el Espíritu, representa al modo de
comportarse según el Espíritu de Dios, como consecuencia de
estar en Cristo (8:1) y haber subyugado voluntariamente su ser
al Espíritu de Dios (8:9 up.).
El estar en Cristo remite la condenación que pesa sobre el ser
humano, puesto que ha sometido su voluntad a la voluntad de
Jesucristo conformándola a la del Espíritu de Dios (8:1).
Ese estar en Cristo debido a que el individuo
representativo, protagonista en el capítulo 7, ha decidido
permitir que el Espíritu de Dios conforme su manera de ser a las
propias directrices del Espíritu (8:1, 4), ha creado una 'ley
del Espíritu de vida en Cristo Jesús' que actúa también como un
principio o poder automático que vence al otro resorte
instintivo: a la ley del pecado (8:2), librándole del
círculo mortal que ocasiona esa ley del pecado. La Ley de Dios
no puede hacer esta labor, únicamente Jesucristo (8:3). Sólo
alguien que es capaz de vencer al pecado en la misma condición
humana que los pecadores (8:3 cf. Fil. 2:8) puede condenar al
pecado a la impotencia. La experiencia de Jesucristo no sólo es
vicaria, puesto que apropiándonosla por la fe nos justifica
(Rom. 3:21-26; 5:1), Dios nos considera a través de la obra de
Jesucristo, sino que además marca el camino, la pauta que hay
que seguir para que el pecado no tenga poder sobre nosotros:
someternos al control del Espíritu que nos llevará por ese mismo
camino.
La naturaleza sigue siendo de pecado (8:10 pp.), pero si nos
sometemos al Espíritu Santo hace revivir la naturaleza
corrompida, (muerta) por el pecado, en la direccionalidad que
dicta y dirige el Espíritu de Dios (8:11). De tal modo que el
pecado ya no tiene poder sobre los que están en Cristo Jesús.
Han roto el hábito al que estaban pegados. Aun cuando todavía
cometan 'pecados' (1 Jn. 1:7-9; 2:1; 3:9) no de muerte (1 Jn.
5:17, 18), gracias a Jesucristo han anulado el maleficio, ya no
es el pecado la práctica habitual en su vida
sino que piensan y se ocupan en las cosas del Espíritu (8:5, 6).
La mente carnal se constituye en enemiga de Dios por cuanto no
se sujeta ni puede a la Ley de Dios y eso Le desagrada (8:7, 8).
Pero los que viven de acuerdo al Espíritu no poseen ya una mente
carnal que no se sujete a la Ley de Dios (8:9) sino todo lo
contrario, si el Espíritu de Dios mora en la persona, ésta se
sujeta a la Ley de Dios (8:9 cf. 8:7).
Y todo esto es la gran maravilla. La realidad de que el Reino de
Dios ha hecho mella en el ser humano que no rechaza al Espíritu
de Dios. A un cuando sigue teniendo la misma naturaleza, a pesar
de haber heredado el pecado, de haber sido deteriorado hasta el
extremo de no poder librarse, por sí mismo, de la ley del
pecado, e incapacitados para guardar la Ley Divina, algo
inmensamente importante acontece en aquellos que determinan
poner su vida bajo la dirección del Espíritu de Dios de acuerdo
a los principios del Reino de Dios, y en base a la obra de
Jesucristo: y es que se transforman en 'hechura de Jesucristo'
(Ef. 2:10) consiguiendo dominar al pecado y poner sus vidas en
sujeción a la Ley de Dios.
En la epístola a los Gálatas (Gál. 5:16-24 cf. 1 Cor. 6:9-11),
Pablo identifica por medio de las conductas lo que es fruto del
hombre Carnal, que se guía por lo que le marca su propia
conciencia, y lo que es fruto del Espíritu.
La lista que se presenta, aunque selectiva es suficientemente
representativa para reconocer a unos y a otros. Pero lo
importante es saber que lo que se clasifica como perteneciente
al hombre según la carne y que sigue una trayectoria o varias de
las que se enumeran, no forma parte del Reino de Dios y por lo
tanto no podrá heredarlo (5:21 up. cf. 1 Cor. 15:50). Y esto es
muy significativo, puesto que de nuevo se precisa la distinción
entre el Reino de Dios, y lo que no se vincula con El.
Al igual que hiciera Jesucristo en el Sermón del Monte, o Juan
en una reflexión inspirada de lo que Jesucristo trasmitió hay
dos polos de actuación, el uno, el de aquellos que han aceptado
el Reino de Dios con sus características determinadas, por
cuanto han nacido de arriba, han sido engendrados de nuevo, se
dejan guiar persistentemente por el Espíritu Santo; el otro, los
que no cumplen los requisitos para poder ser clasificados como
tales.
2) Definición y Naturaleza del Estado
Se describe en su concepción extensa y de derecho político "como
una sociedad necesaria, orgánica, perfecta, establecida en un
territorio determinado, que regida por un poder supremo e
independiente procura la realización de los fines humanos"
.
Al examinar esta definición nos encontramos con tres elementos
que debemos conocer las consecuencias que de ellos se derivan:
se trata de un poder supremo, además independiente, y que
su objetivo es procurar la realización de los fines humanos.
Es verdad que en una concepción democrática de gobierno se
reconocen, en general y dentro de los límites que los propios
intereses del Estado y la propia dinámica de la historia
imprimen, los derechos individuales, permitiendo el desarrollo
de éstos en un régimen de libertad de conciencia. Pero esta
circunstancia 'democrática', si se repasa la historia, es pura
coincidencia en un paréntesis efímero ocasionado por la
revolución norteamericana y francesa, y llevado a cabo muy
desigualmente, tanto en el tiempo como en el modo, por algunos
países occidentales. La característica fundamental que sobresale
en la historia ha sido la de imponerse el Estado o la Autoridad
establecida sobre las conciencias individuales, exigiendo la
obediencia en detrimento de las posibles objeciones de aquellas
(inspiradas en muchos casos en los principios del Reino de Dios)
respecto a los requerimientos del Estado o de la Autoridad. La
excepción, por desgracia, ha sido la de la Libertad, y lo que ha
prevalecido ha sido el Absolutismo o el Totalitarismo o
cualquier manera de gobernar que no tiene en cuenta los "derechos
divinos del individuo".
El Estado por otra parte es presa fácil de la tentación en
cuanto a desnaturalizar su cometido, y anular la libertad de
conciencia (dónde excepcionalmente existe en la actualidad, en
el pasado ha sido una constante, ya que incluso era
inconcebible). La razón de Estado, o el subterfugio de
que los intereses del Estado pueden peligrar limitan
considerablemente la libertad de conciencia hasta incluso con la
pérdida de ésta. En la actualidad estamos viviendo, con la
creación del nuevo orden mundial, y las diferentes
presiones, que estudiáremos en otro lugar, están engendrando una
tendencia hacia una cierta clase de Absolutismo con lo que esto
implica.
Pero es en la propia naturaleza del Estado donde encontramos la
posibilidad del conflicto entre los principios del Reino de Dios
y los del Estado.
Si el Estado es un Poder Supremo e independiente y ha de
procurar el bien común de todos es imposible que pueda coincidir
en su Ideario con los principios del Reino de Dios,
independientemente de su necesidad dado el carácter provisional
que antes expresábamos. Es evidente que el Estado se ha forjado
al margen del Reino de Dios, no lo tiene en cuenta ni puede
tenerlo aun cuando algunos individuos que lo integran se
consideren cristianos.
a) El concepto de Estado en el Nuevo Testamento según San Pablo
Estamos viendo que la concepción del Reino de Dios a la que los
cristianos deben libre y voluntaria aquiescencia, convierte a
cualquier otra Autoridad o Gobierno en algo relativo, y que
mientras dura el tiempo de la espera del cumplimiento del
retorno de Jesucristo, el cristiano necesita al Estado y por lo
tanto le debe obediencia condicional.
Poco importa saber quién ha 'establecido' u 'ordenado' dicha
Autoridad si con ello se pretende imponerla de un modo absoluto
e incondicional, o si se interpreta como siendo de naturaleza
divina.
Esto no quiere decir que el Estado no tenga ninguna competencia
sobre el individuo religioso, y que éste no le deba obediencia
en su poder legítimo, ya que el Estado tiene el derecho y el
deber de promover el bienestar manteniendo el orden público, y
orientando la justicia social para todos los ciudadanos.
La aceptación de las autoridades constituidas
es un hecho ampliamente recogido en las Sagradas Escrituras
(Rom. 13:1-4 cf. Tit. 3:1; 2ª Ped.2:13, 14, 17; Rom. 13:6, 7),
pero como acertadamente indica Cullmann
las interpretaciones falsas de la Biblia suelen ser siempre por
aislar y hacer absoluto un pasaje concreto, y en lo referente al
texto de Romanos 13:1 y ss., se prueba este aserto.
Para comprender adecuadamente estos pasajes y no llegar a
conclusiones erróneas se precisa, de acuerdo a Cullmann estudiar
el contexto más inmediato, y otros textos que aborden la misma
temática
.
El contexto más inmediato (Rom. 12:14 y ss., e incluso 13:8-10 y
ss.) responde a una actitud cristiana diametralmente opuesta a
lo que hace el Estado o la Autoridad.
Mientras que el cristiano debe tanto al enemigo como al amigo no
responder a su mal con mal sino con bien (Rom. 12:14, 20, 21 cf.
Mat. 5:43-46) y no buscar la venganza (su propia justicia)
(12:19 cf. Mat. 5:38-42), el Estado por el contrario se venga
del que hace mal (13:4 cf. 12:17).
Esto no impide, a pesar de que el Estado no actúe de la misma
forma que se le exige a un cristiano, el que nos sometamos a
dicho Estado. Aunque la conducta del Estado frente al mal no sea
lo correcta con que la manifiesta el cristiano, éste debe
supeditarse, porque de cualquier forma a ese Estado, de acuerdo
a la Soberanía divina, se le está permitiendo su acción como un
servicio a los inescrutables caminos de la providencia (13:4).
Esto por si sólo señalaría por un lado que la autoridad humana
existe 'con la aprobación de Dios' (cf. 13:1), y que el método
que utiliza dicha autoridad no corresponde al de los principios
del Reino de Dios, pero dado el carácter provisional de la
existencia de este mundo, se necesita una regulación de la
convivencia, y el mayor bienestar posible de sus habitantes
mientras dure esta etapa, permitiendo Dios la existencia de esa
Autoridad (13:1 y ss.).
Era preciso indicar el contenido de Romanos 13:1 y ss., no
porque se pretenda expresar una teoría semejante a la del
derecho divino de los reyes, o que el Estado sea de naturaleza
divina, ajena por otra parte a los propios enunciados del texto,
sino porque es imprescindible evidenciar el reconocimiento de la
existencia del Estado para los cristianos, ya que en el proceder
del Estado, que no lo hace de acuerdo al principio del amor sino
mediante el de la retribución
,
podría llevar a los cristianos al repudio, como principio, de la
existencia del Estado. De ahí que Pablo dentro de este marco
sobre el amor cristiano (Rom. 12 y 13:8 y ss.) en el que se
encuentran entroncados los textos sobre el Estado intenta
simplemente avisar de lo equivocada de una posición de esta
naturaleza por parte del cristiano, condenando tal repudio: el
Estado, a pesar de..., es querido por Dios.
En 13:7 pp., "Dad a todos lo que les debáis", como dirá
Cullmann
,
es preciso leer el trasfondo implícito: no les deis lo que no
les debáis (cf. Mat. 22:21). Lo que nos muestra una vez más que
el Estado no es algo último ni absoluto.
Al estudiar el contexto mediato nos ayuda todavía más a
comprender que el mensaje del apóstol Pablo en Romanos 13:1 y ss.,
aunque nos presenta una Autoridad Estatal querida por Dios, no
es el de ofrecernos una Autoridad plenipotenciaria
representativa de Dios, como si fuera de naturaleza divina. Ya
estamos viendo que eso es imposible. Al comparar el pasaje de
Romanos 13:1 y ss., con 1 Cor. 6:1 y ss., uno descubre una
lección que no debe olvidar nunca. Si bien en Romanos 13:1 y ss.,
se nos presenta a la Autoridad como permitida por Dios, a la que
los cristianos deben confiar y supeditarse por cuanto ejerce el
dominio contra lo que es malo, a los cristianos se les ordena
permanecer alejados de la institución Estatal: no deben llevar
sus diferencias ante los tribunales del Estado ¿por qué? La
respuesta nos la ofrece Cullmann:
<<Siempre que el cristiano pueda evitar el Estado, sin amenazar
su existencia, debe hacerlo (...).
<<(...) Lo que este capítulo nos muestra, de modo, especialmente
claro, es que es falso atribuir a Pablo, en Rom. 13:1 y ss., la
opinión de que el Estado es, por naturaleza, de condición divina
y que sus principios tienen la misma validez que los que Jesús
deriva de la espera en el reino de Dios.
<<(...) El Estado no es divino, como corrientemente se deduce de
Rom. 13:1 y ss.. Es solamente querido por Dios, "ordenado por
Dios" (...) Concuerda con el orden de Dios que exista ahora
todavía (...)>>
.
Estos textos aun cuando no pierdan nada de su valor esencial, no
permiten una interpretación en el sentido del derecho divino
de los reyes o gobernantes, ni da lugar a un sometimiento
incondicional.
En el primer caso llegaríamos a la idolatría del Estado, que es
lo que sucedió durante toda la época del llamado Antiguo
Régimen mediante las 'monarquías absolutistas'. Esto se
debió fundamentalmente, a que el texto de Romanos 13:1 y ss., se
leía personificando el término Autoridad, y
sobreentendiendo la ideología del que se arrogaba la
'autoridad' como constituida por Dios, y el modo de ejercerla.
El texto no da para tanto. Según nuestro criterio, lo que recoge
el texto de Romanos 13 es que en el desarrollo de la Autoridad
humana, que se ha visto inevitablemente necesaria en un mundo de
pecadores, Dios no es ajeno a su existencia, y permite y quiere
su concepto, lo que significa y ayuda para el orden por El
establecido durante este paréntesis. Pero Dios no pone a una
persona determinada. Dios no es responsable del ejercicio
incorrecto de esa 'Autoridad' humana.
Todo aquel que asume la condición de representante de esa
Autoridad humana debería sujetarse en todo lo que le sea posible
a la Soberanía divina (ya que es imposible en su totalidad,
recordemos que no reconocen la sabiduría de Dios, 1 Cor. 2:8), y
respetar la conciencia individual. En una palabra, el texto
presupone lo que Dios entiende por una 'legítima Autoridad' de
acuerdo a los principios que emanan de la propia Palabra de
Dios. Sobreentendiendo que la Autoridad humana permitida en el
orden establecido sea de acuerdo a los límites que la Soberanía
divina le marca. Dios 'permite' que pueda ser ejercida por
diferentes personas. Esta permisión no le compromete a Dios.
Puesto que si se trata de alguien que reconoce de algún modo que
la única Autoridad suprema es Dios, la ideología y el modo de
desplegar la Autoridad humana de la que se ha apropiado, tendrá
que sujetarse a las directrices de dicha Autoridad Divina
manifestada en los principios del Gobierno de Dios, del Reino de
Dios. De cualquier forma el individuo es libre y único
responsable.
En el caso de que no se reconozca a la Autoridad Divina ni su
Soberanía, no por ello dicha Soberanía no ha actuado en permitir
a aquel o a aquellos que ocupen el cargo representativo de la
'Autoridad' humana, e igualmente dichas personas son
responsables del desenvolvimiento y ejecución de las
implicaciones del intervencionismo de su función. Todo lo dicho
es válido para un gobierno democrático.
En el hecho de la Autoridad humana que Dios ha permitido que se
establezca en el 'orden' querido por El, subyace la idea de la
necesidad de ajustarse al máximo a un programa que no cometa
injusticias ni atropellos.
En el segundo caso, el de la sumisión incondicional, ya no sería
solamente una propuesta idolátrica por parte del Estado, sino
una exigencia; además de ignorar, la existencia de una esfera,
la de la conciencia, que iluminada por el sentido espiritual
contenido en las Sagradas Escrituras, se constituye como
representativa de la voz de Dios. Ningún hombre, cuando
está basado con toda la certeza objetiva que le pueda conferir
la Palabra de Dios y un razonamiento equilibrado, debe de
desistir de reclamar su derecho a obedecer a Dios antes que a
los hombres (Hech. 5:29 cf. 4:19).
Cinco puntos más, antes de concluir este apartado, que se
desprenden de nuestro análisis de los textos
.
Pablo nos viene a decir en 1 Cor. 2:8 que ninguna Autoridad
dominadora (árjontes) de este mundo ha conocido la
sabiduría de Dios
.
Este texto por si sólo desconecta a la Autoridad Estatal, o
cualquier otra de otro tipo, con un origen divino. El Estado
existe como tal, y Dios lo permite. Su soberanía pone a la
Autoridad porque no la impide en que se establezca. Dentro del
ordenamiento puesto por Dios quiere que exista el Estado que
surge en sus diversas formas, y por lo tanto no hay que oponerse
a la Autoridad, no porque ésta tenga en sí algo divino, ni la
haya inspirado Dios, sino porque eso sería oponerse al orden en
el que Dios ha determinado que el Estado exista (Rom. 13:1, 2).
El segundo punto es que el texto de Romanos 13:1 y ss., no está
tratando ni la Autoridad personalista ni el modo de ejercer esa
autoridad, tan sólo la constatación de que la Autoridad en su
esencia existe, y que se manifiesta detentándola diferentes
personajes. Esto entra dentro de los planes de Dios, y es por lo
tanto querido por El, de ahí el que los cristianos le estén
sujetos, siempre y cuando esa autoridad esencial manifestada en
diferentes ideologías personales (que nada tienen que ver con la
permisión divina de que el Estado o la Autoridad exista), no les
exija nada contrario a Dios.
Tomados todos los textos en línea se desprende que deja al
cristiano fuera de la posibilidad de ser él la Autoridad
Estatal, por cuanto a nivel personal no puede evadir su
responsabilidad de cristiano de tener que responder siempre bien
por mal, y de consentir a que sea Dios quien haga justicia
mediante su providencia en el caso que esto llegara al caso.
Un cuarto aspecto, al igual que ocurre con la posición de Jesús
debe haber siempre una clara separación entre aquellos que han
optado por el Reino de Dios, por el Espíritu de Dios, y la
Autoridad Estatal que forma parte del mundo 'Carnal' (2ª Cor.
6:14 cf. Rom. 8:1 y ss.).
Y por último el Estado, o la Autoridad humana, no es algo
absoluto, ni de naturaleza divina, aunque provisionalmente
permitido y querido por Dios en su orden establecido para este
interim, desaparecerá con la destrucción de los reinos de este
mundo (cf. 2ª Tes. 2:3-6, 8, 9, 10; Dan 2:44; Apoc. 11:18).
Por lo tanto el Amor que es la base de las relaciones del
cristiano (1 Cor. 13), no puede hacer ningún mal al prójimo
(Rom. 13:10 cf. 1 Jn. 4:20; 3:11, 12; 2 Ped. 1:5-10) ¿Por qué?
Porque debemos vencer el mal con el bien (Rom. 12:20, 21), y
porque el cristiano predica un evangelio de Paz (Rom. 10:15 cf.
Hech. 10:36). Una paz (Rom. 12:18; 14:19 cf. Sant. 3:17,
18) que le obliga a rechazar la venganza (hacer justicia) (Rom.
12:19 cf. Apoc. 13:10) o el empleo de armas carnales (2
Cor. 10:4 cf. Sant. 4:1-3).
Sin embargo aun cuando la actitud de la Autoridad Estatal
('potestades superiores)
es diferente debéis reconocer que su existencia ha sido querida
por Dios, y por lo tanto debéis aceptarla como tal, por cuanto
Dios le ha dado un lugar en el orden establecido, para usarla a
su servicio cuando esto es conveniente para sus propósitos (Rom.
13:1-3).
b) La concepción del Estado en el Evangelio y la Revelación
(Apocalipsis) de Jesucristo
La actitud y ejemplo de Jesús
Independientemente de que la tesis de Cullmann
sea correcta, con la que nosotros estaríamos de acuerdo, en
cuanto a que los Romanos confunden a Jesucristo con un zelote
(un revolucionario terrorista), aun cuando Jesucristo en toda
su actuación es diametralmente opuesto al Zelotismo, no es menos
cierto que la actitud y ejemplo de Jesús impide una
identificación de tal naturaleza.
En principio digamos que la direccionalidad y contenidos de la
acción y pensamiento que Jesucristo expresa en el evangelio, es
totalmente, no sólo, contraria a la creencia Zelote en confundir
reino de Dios con un estado terrenal dominador del mundo, sino
además la manifestación de un conflicto continuo que exterioriza
el como esa idea Zelote se convierte en una tentación satánica
constante en la vida de Jesucristo.
Su rechazo a poseer los reinos de este mundo con un método
distinto al de la conversión individual de cada miembro del
mundo y su paso al Reino de Dios (Mt. 4:8)
Es evidente que Jesucristo rechaza una propuesta de esta clase
por cuanto el dominio de los reinos de este mundo sería
confundir el objetivo y la naturaleza de su misión.
Se trata de que las personas, voluntaria e individualmente
accedan pertenecer al Reino de Dios, de acuerdo a los requisitos
que éste pide. La profecía de la que Jesús está enterado, admite
que los reinos de este mundo (con sus ideologías y forma de ser)
permanecerán como tales hasta el fin del mundo (cf. Dan. 2:44 y
Apocalipsis), de ahí, como ya vimos en este mismo capítulo, su
urgencia en cuanto a que abandonen el reino de este mundo, con
lo que ello implica, y acepten definitivamente el Gobierno o
Reino de Dios con su ideología.
Pero el pasaje en cuestión (Mat. 4:8) nos descubre dos elementos
más, muy importantes. El uno: que los gobiernos (reinos) de este
mundo están bajo la autoridad del diablo. Si bien Dios permite y
quiere la autoridad y la controla dentro de sus planes, el
maligno la ha pervertido hasta el extremo de constituir una
parcela de él
.
Los reinos de este mundo con sus poderes representativos
sucumben ante la tentación satánica y son arrastrados hacia su
propósito, aun cuando Dios los utilice dentro del orden
establecido por El. Esto se ve en toda su extensión en la
Revelación de Jesucristo o Apocalipsis a la que aludiremos
posteriormente.
Aquí hay una seria advertencia por parte de Jesús, a la que
todos sus seguidores deben hacer caso. Quien está detrás de los
regímenes Estatales dirigiéndolos de acuerdo a un plan contrario
al Gobierno o Reino de Dios es precisamente el Maligno, el padre
de la mentira (Jn. 8:44), el Príncipe de este mundo (Jn. 12:31).
El Estado que por su propia esencia y objetivos es independiente
de cualquier otro poder, y por lo tanto paralelamente divergente
al Reino de Dios, es terreno abonado para el programa Satánico.
El otro: es el diablo quien proporciona cualquier cosa que tenga
que ver con la autoridad, poder o dominio de los reinos de este
mundo. El ofrecimiento a Jesucristo (y que se repetirá a lo
largo de su ministerio de diferentes modos) es una evidencia de
que quien reparte y administra este cometido es el 'Maligno'
.
Su rechazo de ser constituido como Autoridad humana (Jn. 6:15)
De nuevo la tentación satánica se materializa. Jesús rechaza el
que le confieran ser a la manera de una Autoridad humana.
Aceptar significaría errar en cuanto a su misión concreta. La
respuesta de Jesús en el capítulo 6 (v. 27 y ss.) muestra la
naturaleza de su objetivo y programa. Y éste no es coincidente
con la asunción de una Autoridad de estilo humano, y menos como
instrumentalización para su propósito espiritual y 'religioso'.
El sabe además que cualquier tipo de Autoridad humana, por el
propio sistema mundano entraría en conflicto violento con los
intereses de otros con las mismas pretensiones de Autoridad, o
con las que ya se estaban ejerciendo. Esta pugna es contraria al
espíritu del Reino de Dios.
En la réplica de Jesús en este capítulo junto a todo su
evangelio, y tomando como punto de referencia su rechazo de ser
constituido o de ejercer una Autoridad del género de los
gobiernos de este mundo, está implícita la no solución del
problema humano desde un punto de vista político o civil. La
existencia del Estado es necesaria mientras dure esta etapa
provisional (cf. Mat. 22:17-21), pero no pongáis vuestra ilusión
en él, porque lo que se precisa para superar la angustia
existencial, la seguridad de una vida con propósito y
significado, el propio rebasar la muerte venciéndola es que
aceptéis al Hijo del Hombre de acuerdo a su mensaje (cf. Jn.
8:31, 32).
El abismo que abre Jesucristo, con el rechazo de ser nombrado
como Autoridad, no podrá ser cerrado ya nunca; y sus verdaderos
discípulos, si lo son, tendrán no sólo que enfrentarse a este
tipo de tentación, sino además aceptar la orientación marcada
por su Maestro de la imposibilidad, por parte de sus seguidores
futuros, de llevar a cabo, por medio de sucumbir a los hechizos
de la seducción del poder terreno, una acción de semejantes
características.
Su constante oposición al método zelote: La concepción no
violenta de Jesucristo
Pacificadores.
En el vs. 9 del cap. 5 de Mateo, Jesús expresa explícitamente la
característica de que los que quieran llamarse y ser Hijos de
Dios, "deben ser PACIFICADORES".
Observemos que el término no es estático sino activo. EL
PACIFICADOR es el que "HACE", "PRODUCE" la PAZ; incluso en
nuestras versiones bíblicas se observa ésta característica que
va implícita en el griego
(85).
Ahora bien, ser pacificador, producir la Paz, solo cabe, y el
texto griego lo sugiere, cuando uno es pacífico, posee la Paz.
Jamás se puede producir la Paz por medios violentos.
Ya habíamos indicado en ocasión de nuestro análisis sobre el
sermón del monte que era imposible conciliar las
bienaventuranzas con el método humano de la violencia.
No violencia y bondad.
En el vs. 21, nos presenta una antítesis: "... Oísteis que fue
dicho no matarás... pero yo os digo que cualquiera que
(simplemente) se enojare con su hermano será culpable de
juicio... ".
Observamos los tres grupos de textos (vs. 21,22, 38-42 y 43-47).
Notamos en el primer grupo, la introducción del término hermano
(v. 22); en efecto, el "no matarás" estaba suficientemente
claro, y algunos podrían pensar que con tal de no matar podrían
enojarse, reñir con el hermano.
En el v. 39 impersonaliza: "No resistáis al que es malo".
Nótese que la base de la antítesis refiere una ley civil judía:
"ojo por ojo y diente por diente " (v. 38). Aquí, Jesucristo
está indicando que debemos superar el concepto de convivencia
que requiere la propia ley estatal. Pero las alusiones
siguientes cobran una dimensión imposible de realizarlas fuera
de los límites del Reino de Dios.
"Poner la mejilla izquierda" (5:39 up.) supone
haber recibido previamente la humillación de ser golpeado con el
dorso de la mano. La reacción normal, es la de retornarle el
golpe. Pero si se recuerdan las palabras de Jesús saldremos
beneficiados. Puesto que la devolución de la violencia te
introduce en una espiral que el mundo no ha sabido solucionar.
No llevar a pleito cuando alguien quiere aprovecharse de algo
tuyo que no le pertenece (5:40), o el llevar la carga por una
milla (5:41) a la que el romano vencedor tenía derecho supone,
algo injusto para la naturaleza libre del hombre, pero si
decides libremente no ir a juicio, aunque pierdas la túnica y la
capa, o caminar el doble, no sólo habrás roto el tener que hacer
algo por imposición, sin tu propia determinación, sino que
adquieres una mayor comprensión de tu independencia, además de
recibir, quizá, el agradecimiento, asunto que ya no responde a
una exigencia.
Si tienes la posibilidad de dar lo que se te pide, o de prestar
hazlo (5:42), puesto que si es para hacer un bien, supondrá no
sólo una decisión libre bondadosa que llena una necesidad, sino
que además evitarás situaciones conflictivas en el necesitado
además de manifestar que te encuentras en el Reino de Dios,
puesto que lo que sobra o no te hace falta Dios te lo ha
otorgado para que expreses misericordia.
El Amor a los enemigos
es una de las máximas incomparables de Jesús (5:43-48). El valor
de estas frases evangélicas está en que Jesús las une a la
filiación divina (5:45 pp.), a la recompensa que se recibe al
practicarla (5:46), y al mandato de ser perfecto como lo es el
Padre en su esfera (5:48).
El engendramiento como hijos de Dios que el Padre ha realizado
para algunos, y que Juan en su prólogo expresa (Jn. 1:11-13), la
fijación de la Ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús en
sustitución de la Ley automática del pecado que Pablo nos habla
en su epístola (Rom. 8:1, 2 cf. 7:7 y ss.) sólo, puede llevarlo
a cabo en su plenitud el Espíritu Santo, cuando nos hemos dejado
enseñar a amar a nuestros enemigos. Cuando a pesar de la actitud
de nuestro posible enemigo, asumimos libre y voluntariamente la
posición que nos marca el Espíritu de Dios de amor a nuestros
enemigos, estamos en situación de certificar esa filiación
divina. El amor a los enemigos se expresa en hacerles el bien
como lo hace el Padre con los injustos y malos (5:45, 46), y no
poniendo ningún tipo de barrera social (5:47 pp.).
El modelo de recompensa no es un pago estipulado por nuestro
Dios, sino la que resulta de nuestra propia acción. El amar a
los que nos aman no puede traer ninguna recompensa, sin embargo
¿cuáles serían nuestras mayores recompensas frente a una actitud
de amor hacia nuestros posibles enemigos?: La primera y más
importante es que nuestra postura logre que nuestro enemigo deje
de serlo. Jesucristo sabe que si hay algún método capaz de
frenar y anular una enemistad es el Amor. Cualquier otra
estrategia, como la de la violencia o la guerra no ha resuelto
ni puede resolver absolutamente nada. La segunda recompensa en
importancia es, que, si ni siquiera el método del amor consigue
hacer rendir al enemigo en su talante soberbio, convencidos de
que ningún otro plan puede solucionar tal crueldad, recibimos la
seguridad no sólo de estar haciendo la voluntad de Dios, sino
que además escapamos de caer en el inicio de una trampa
patológica que crea una adición muy difícil de superar cada vez
que se practica: la de responder con la misma moneda.
Y por último, hay un objetivo que todo cristiano debe tener en
mente, y es, que como miembros del Reino de Dios, debemos luchar
por alcanzar la meta de ser perfectos como lo es
nuestro Padre que está en los cielos. Esta mira mientras la
prosigamos con esmero nos facilitará el no abandonar el Reino de
Dios.
No como los Gobernantes de este Mundo
El comportamiento de sus discípulos no ha de parecerse siquiera
a la 'Autoridad' o Poder que asumen los reyes de este mundo
(Luc. 22:24-30).
Los textos son muy elocuentes. Las maneras de actuar de los
gobernantes de este mundo nos son las apropiadas para el modo
con que sus discípulos deben conducirse.
El paradigma de asociación y coexistencia entre ellos debe ser
radicalmente diferente.
El 'enseñoreamiento' que las autoridades han impuesto
sobre los súbditos o los vencidos no es el ejemplo a seguir.
La espada
(Mat. 26:52)
.
La orden de Jesús es categórica para sus discípulos, y ésta es
la referencia para comprender cualquier otro texto que pudiera
ofrecer alguna dificultad exegética. La espada, representativa
de la autoridad y poder de este mundo, no deben utilizarla
aquellos que se consideran seguidores de Jesús porque perecerán
con ella. Este 'perecer' con ella implica un dedicarse por
entero a un oficio que acaba por destruirte.
La actitud de Jesús frente a la guerra judaica
(Luc. 21:20-24).
Cuando profundizamos en un hecho histórico, respecto a la
posición que los antiguos cristianos tomaron frente a la guerra,
o las armas, no podemos dejar de mencionar la profecía de Jesús
relativa a la destrucción de Jerusalén y las órdenes expresas a
que abandonen la ciudad y los pueblos de Judea; tampoco podemos
ignorar los hechos históricos que cumplieron la profecía de
Jesús.
Al repasar la historia de la guerra judaica
junto a esta recomendación de Jesús de abandonar Jerusalén
cuando los ejércitos romanos estén próximos a las murallas de la
ciudad, uno descubre que para Jesucristo no hay posibilidad de
colaboración militar, de acuerdo a las órdenes de la Autoridad
Estatal.
La orden de Jesús es abandonar Jerusalén, dejar el territorio
donde los conflictos guerreros se van a desarrollar.
Ante los días turbulentos que se presentaban ¿cuál sería la
actitud de los cristianos? ¿Tomarían parte de la corriente
violenta que se palpaba en el ambiente?. Nada de eso nos
refieren sus escritos sino todo lo contrario. No obstante
debemos observar el concepto de patria y de nación, de esa
comunidad cristiana, ya un tanto numerosa.
Su nación estaba subyugada por un poder extranjero ¿qué hacer
cuando como fruto de una política oportunista y opresora de los
procuradores romanos, se producían matanzas y destrucciones en
masa? ¿Debían o no debían obedecer a los requerimientos del
Sermón del monte predicado por Jesús? ¿Podrían considerar como
'guerra justa' el librarse del yugo romano? ¿Qué hacer cuando
observan que el partido violento va ganando posición? ¿Armarse
también para la guerra próxima que se va a librar? ¿Pensarán no
ya solamente en las enseñanzas de Jesús respecto a la no
violencia sino también en la orden expresa de dejar Jerusalén y
de seguir los consejos de Jesús? ¿Cómo los juzgaría hoy
cualquier Estado que se jacta de cristiano?: ¿serían
patrióticos? ¿Cobardes? ¿Miedosos? ¿Objetores de conciencia? ¿La
no participación en la guerra la basarían los cristianos en los
principios no violentos expuestos en el evangelio?
Se añadía una orden expresa y específica, debían abandonar
Jerusalén. ¿No demostraba todo eso un desligarse total con su
nación, aquella que le había formado, aquella que le había dado
la cultura y el ser?
¿No demostraban ser unos ciudadanos de conveniencia? Lo cierto
es que la declaración de Jesús en cuanto a que debían huir es
clara, y los principios no violentos enunciados en su evangelio
concluyentes; y el ejemplo en cuanto a no participar es
igualmente evidente por lo que los apóstoles nos han legado.
La iglesia del NT consideraba la guerra, como consecuencia de la
actividad de Satanás y de los deseos egoístas del hombre (Sant.
3:14; 4:4). Habían ocurrido grandes revueltas que ocasionaron
la guerra judaica. El no haber aceptado el mensaje de paz que
trajo Jesús, le situaba a Israel en una condición verdaderamente
angustiosa.
Ellos prefirieron la guerra al Príncipe de paz y ahora
cosechaban su actitud. La historia nos confirma que la comunidad
cristiana marchó de Jerusalén antes que los ejércitos de Tito
conquistaran y destruyeran la ciudad.
La Bestia Estatal Apocalíptica
La descripción que la Revelación de Jesucristo nos hace del
Estado o de la Autoridad política, no contempla a las personas
que lo forman sino al sistema en sí. El Estado, como ya hemos
visto responde a una Sociedad Carnal que no tiene en cuenta de
una forma absoluta la Autoridad de Dios expresada en lo que se
cree ser su Revelación, y a la que se le han añadido cristianos,
que si bien poseen una concepción de la vida distinta al resto
de la población y se acogen de modo pleno a la Autoridad de
Dios, reconocen a la autoridad humana estatal como legítima,
siempre condicionada a que no represente un obstáculo al
cumplimiento de lo especificado por la Autoridad Divina.
En su lugar correspondiente trataremos en profundidad lo que el
texto apocalíptico de la Revelación de Jesucristo nos ofrece,
pero ahora digamos ya que la configuración de la Bestia (Apoc.
13:1, 2 pp.) representa a la Autoridad mundana desde el origen
de su existencia, y que el Dragón (13:2 up.), símbolo del
Adversario personal de Dios (12:9) denominado diablo y
Satanás, es el que ha dado realmente el poder y la autoridad
a la Bestia Estatal (13:2 up.).
Este Dragón a través de la Bestia con la que aparece
identificada (Apoc. 12:3 cf. 13:1 y 17:3) especialmente en los
momentos de persecución que acontecen a lo largo de la historia
se dedica en el tiempo de la dispensación cristiana a perseguir
al pueblo de Dios (12:4-6 cf. 12:13-15), y tras un paréntesis de
inactividad perseguidora (12:16), la emprende de nuevo contra el
Resto representativo del Pueblo de Dios que salvaguarda los
principios del Reino de Dios (12:17), sin duda que instigada por
la Mujer Ramera (17:1, 2) que ha contaminado con su 'ideología'
a la Bestia Estatal (17:2 cf. 18:3). Sistema ideológico que se
apoya en los poderes mundanos que poseen la hegemonía mundial en
los diferentes momentos históricos de esta dispensación
cristiana. El final de la historia se ve dirigido por estos
'sistemas' que se han transformado irreversiblemente en la
maldad orientada por el Dragón hasta el punto de enfrentarse en
una batalla contra el Pueblo de Dios representado por el mismo
Dios Omnipotente (Apoc. 16:13-16 cf. 19:11-21), y en la que
serán destruidos dichos 'sistemas' irremisiblemente (cf. Dan.
2:44; Apoc. 11:18).
Implicaciones
La Separación de Iglesia y Estado (Mat. 22:21)
Jean Flori en un estudio realizado para la revista Conscience
et Liberté
,
ha sabido condensar no sólo las fotografías de los
personajes que entran en el origen de esta trampa en la que
pretenden que Jesús caiga
sino además las diferentes interpretaciones que se han dado al
texto en cuestión
junto a una aportación singular de todo el valor del texto.
Si bien el texto no impide el que se le tenga que dar al César
el tributo rindiendo a Dios una absoluta fidelidad, es preciso
comprender lo abarcante de la respuesta de Jesús. Los Fariseos
que sabían que se les había permitido utilizar un tipo de
monedas que no llevara la efigie del César, usaban sin embargo
el diseño de un emperador divinizado, además el empleo de las
monedas demostraba su obediencia a Roma. La trampa que querían
tender a Jesús se vuelve contra ellos. Al enseñar la moneda y
señalar Jesús el 'retrato' del César, les convertía en súbditos
de la autoridad del imperio. A partir de ahí debían se
consecuentes consigo mismos y dad al 'César' el sostén que les
reclama. La pieza de oro o plata mostrada era el testimonio de
su contradicción, por lo tanto dadle al César aquello que os
hace pertenecer a él, y volver a buscar la verdadera imagen de
Dios para darle lo que le corresponde.
Para los Herodianos el asunto era distinto, su colaboracionismo
y compromiso con el César les había hecho olvidar su dependencia
de Dios. Estos precisaban saber que la obediencia del César
tiene sus límites, y que Dios ocupa el primer lugar. Tendrían
que reflexionar sobre si su asunción política era compatible con
lo que Dios requiere respecto de su Reino.
"La respuesta de Jesús permanece fiel a la línea de conducta que
siempre había tenido: no pronunciarse ni a favor de la
aceptación de la dominación romana con todas las consecuencias
que esto implica, ni a favor de la resistencia a esta autoridad"
.
Si bien Jesús coloca a sus adversarios en la misma dificultad
con que ellos procuraban ponerle, les marca un principio a tener
en cuenta: la necesidad de una actitud coherente y religiosa. El
que pretende estar rindiendo un servicio a Dios de acuerdo a las
demandas de la divinidad no puede ser incoherente practicando
algo que oculte a ese Dios, transfigurando esas demandas en una
actividad política que haga olvidar a Dios. Por otra parte,
Jesús sobreentiende la existencia de esa Autoridad humana y nos
llama la atención sobre un principio normativo: "Toda exigencia
de una autoridad humana cualquiera debe ser recibida en la
medida en que ella es compatible con la fidelidad a Dios. Para
Jesús, lo que Dios pide, es que sus adoradores reciban la huella
de Dios. Que ellos lleven el sello. Que sean la imagen de Dios,
y no la imagen del hombre"
.
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