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Naturaleza del Reino de Dios y del Estado: La actitud de Jesucristo respecto al Estado

 

(1era. Parte)

  Por: Antolín Diestre Gil
 

1) Dos tipos de personas existen en este mundo, según el Nuevo Testamento, que orientan el Reino de Dios o el reino de este mundo

En principio, si tenemos en cuenta el mensaje central del Reino de Dios que ya hemos analizado en otro lugar, nos encontramos que la radicalidad y apremio de Jesucristo en cuanto al arrepentimiento y a la aceptación urgente y total de los principios del  Reino de Dios (Mar. 1:14, 15 cf. Mat. 4:17), es debido a que el 'mundo' del que forman parte los 'Estados', los Gobiernos de este mundo (cf. 1 Cor. 2:8), tiene su propia ideología y conducta (cf. 1 Jn. 2:15-17; 1 Cor. 2:8; Dn. 7:8, 11; Apoc. 13:5 pp.) que contrasta y se opone a Dios (Dan. 7:25; Apoc. 13:6, 11; 17: 2; 18:3). El juicio de condenación que sobre aquél, con todo lo que contiene, ha caído ya (Jn. 12:31), insta a los hombres, ante el llamamiento de Jesucristo, a arrepentirnos de seguir permaneciendo en el mundo con su ideología; a salir, a no continuar siendo, y a formar parte del Reino de Dios.

a) Los que son del Reino de Dios se reconocen porque se dejan guiar por el Espíritu, son espirituales, han nacido de nuevo, no son carnales

Jesucristo, o sus discípulos en una reflexión inspirada sobre lo que su Maestro quiso decir, hacen diferencia en el evangelio del Reino, entre aquellos que integran el Reino de Dios, y los que no.

Los unos han tenido que nacer de arriba, de nuevo (Jn. 3:3-5), y haber sido engendrados como hijos de Dios (Jn. 1:12, 13). Esta nueva dimensión les faculta para ser dichosos. Puesto que los que han sido engendrados por Dios habrán sido guiados por el Espíritu Santo (Jn. 3:5 up., 6, 8 up. cf. Luc. 11:13; Jn. 14:12-15, 16, 17; Jn. 8:31, 32; Mat. 7:13, 14, 21-24) identificándose con los bienaventurados del Sermón del Monte.

Un análisis de esos bienaventurados nos permite conocer la naturaleza espiritual de éstos, ya que el Reino de Dios del que son poseedores de algún modo (Mat. 5:1-10) sólo es posible para aquellos que han nacido de nuevo o que son guiados por el Espíritu (cf. Jn. 3:3-5, 7). El ver el Reino de Dios o entrar en él, sólo está reservado para los que han nacido de arriba o del Espíritu (Jn. 3: 3-5 cf. Jn. 1:12).

Los Pobres de Espíritu (Mat. 5:3), no son ni los pobres materiales, ni los apocados de ánimo, ni lo deprimidos, ni una opción pasajera sino permanente. Si bien es verdad que los pobres de este mundo tienen un obstáculo menos (el de la riqueza) para acceder a ser pobres de espíritu, no es menos cierto que para comprender esta primera bienaventuranza y todas las demás, es preciso valorar la adición que Mateo ha pospuesto a la palabra pobres para evitar una posible confusión [1].

Ser pobre de espíritu es una alternativa que escoge voluntariamente el que habiendo sido 'tocado por el Espíritu' acepta la guía del Espíritu para supeditar su mente 'su espíritu' a la voluntad divina. Es el empobrecerse voluntariamente en cuanto a dejarse llevar por la condición natural de su ser, y de este modo permitir que Dios haga su obra en él, para que la voluntad humana elija someterse a la voluntad de Dios.

Los que lloran (Mat. 5:4), no son los que tienen motivos o no para hacerlo, sino que como el salmista se conduelen, una vez conocido Dios, por haberle ofendido (Sal. 51:4). Los pecados se hacen presentes con tal dramatismo y virulencia que le hacen llorar (Sal. 51:3). El haber sometido su voluntad a la de Dios, le permite en esa condición espiritual ver con todo su horror su rebelión para con Dios. Una vislumbre del amor de Dios, y del significado de su transgresión le hace llorar.

Esta clase de lloro recibirá consuelo oportuno mediante el perdón divino, o por medio de la tranquilidad y seguridad que sólo Dios puede otorgar cuando una vez perdonado vuelva a asaltarle algún pecado del pasado ya perdonado.

Los Mansos (Mat. 5:5) no son aquellos que por su tendencia se dejan arrastrar fácilmente hacia una u otra posición. Son asequibles de convencer tanto para lo que humanamente se llama bueno como para lo malo. Pero esto demuestra una voluntad débil capaz de ser remolcada hacia los polos opuestos.

Para identificar a los mansos es preciso estudiarlo en clave espiritual: Los mansos son aquellos que no ponen barreras a la actuación del Espíritu de Dios en sus vidas.

Son muy factibles de conducir, y no ponen trabas a la acción de Dios en sus personas.

Los que tienen hambre y sed de Justicia (Mat. 5:6). El mundo está lleno de injusticias, y si bien Dios no pasa por alto ninguna, el hambre y la sed porque se haga justicia a las injusticias humanas no es el contenido argumental de esta bienaventuranza sino el hambre y la sed porque se haga justicia a la situación en que ha quedado el hombre por motivo de la verdadera causa de las injusticias: el pecado.

Tener hambre y sed de justicia es anhelar, cuando uno ha comprendido por el Espíritu de Dios lo corrupto del pecado, de la transgresión de la santa ley de Dios, la justicia divina en Cristo Jesús (cf. Rom. 3:21, 22) que justifica al pecador. Hambre y sed porque se manifieste la justicia de Dios condenando al pecado, y librando al pecador (cf. Lc. 15; Luc. 18:1-8).

Los Misericordiosos (Mat. 5:7) son los que se compadecen de aquellos que sufren por causa del pecado, de aquellos que por haberse independizado de Dios experimentan toda suerte de mal. Los misericordiosos proyectan de tal modo su compasión por los afligidos por el azote del pecado que se preocupan por ayudar a que comprendan también ellos la misericordia divina, y acepten la salvación provista. Una persona misericordiosa jamás podrá utilizar la violencia o la guerra, puesto que su cometido por liberar a los que experimentan el dolor y el odio es incompatible con cualquier forma de provocar a su vez daño. Su misericordia se centra exclusivamente en la buena nueva de salvación.

Los de Limpio Corazón (Mat. 5:8) son los que insisten a Dios, como consecuencia de la obra del Espíritu Santo en sus corazones, en que las diferentes maneras de pecar sean desalojadas de su modo de pensar y de actuar.

Los Pacificadores (Mat. 5:9). Un pacificador no es un pacifista ni simplemente un no violento, es alguien que ha encontrado la Paz con Dios, la reconciliación. Sólo esto puede producir Paz. Nadie de este mundo está capacitado para generar paz, únicamente aquel que no ha rechazado la iniciativa divina a la salvación, a quién se le han perdonado los pecados, se le ha capacitado para el arrepentimiento, se le ha aplicado la justicia divina y se le da el poder del Espíritu Santo para la santificación puede crear verdadera Paz. Una persona así será no violenta, no por estrategia política ni social sino por la propia dinámica de haber hallado la Paz con Dios.

Los que padecen persecución (Mat. 5: 10). Todos los nacidos de Dios padecen alguna de las formas catalogadas como persecución por cuanto no se ajustan totalmente a las normas establecidas por el mundo. El reino de este mundo, el Estado crea una corriente de opinión que choca con los principios de comportamiento del Reino de Dios.

Cuando os vituperen o digan toda clase de mal mintiendo (Mat. 5:11). Es imposible señalar como malo o negativo, con acusaciones verdaderas, el comportamiento, de los hijos de Dios, basado en la ideología del Reino de Dios. No tendrán más remedio que falsear las imputaciones.

Por otra parte este es el signo que sobresale entre los dos Mundos o los dos Gobiernos o los dos Reinos. Además de todos los aspectos que hacen diferente al Reino de Dios y a cualquier Estado o reino de este mundo, tal como estamos viendo, los bienaventurados no pueden amoldarse al reino de este mundo y son fácilmente identificables y censurados mintiendo. Este es el proceder que ha existido también en el pasado con los profetas antiguos (Mat. 5:12 up.).

Estos bienaventurados no se enfrentan ni con actitudes violentas ni con pulsos de fuerza ni con algún poder a la manera de los reyes de esta tierra (cf. Luc. 22:25, 26 pp.) sino que su única meta es el galardón que está reservado para ellos en los 'Cielos' (Mat. 5: 12 pp.), símbolo de que la obra del Espíritu Santo no fue rehusada.

Los que han nacido de nuevo (Jn. 3:7), los que han nacido de 'arriba', de Dios (Jn3:3 cf, 1:12, 13) son como ya hemos dicho los bienaventurados que tienen asegurado el Reino de Dios (Mat. 5:1-10), porque sólo la disposición de 'nuevo nacimiento' o 'engendramiento' por Dios les concede 'ver' el Reino de Dios o 'entrar' en El (Jn. 3:3, 5).

Esta diferencia esencial entre estos dos tipos de personas, la perteneciente al mundo natural, procedente sin más de la voluntad humana (Jn. 1:13), y la que posee la capacidad de ser hijo de Dios establece una clasificación en la que se distinguen meridianamente dos reinos: el del Mundo, donde se encuentra el Estado, que no se puede regir por los principios del Gobierno de Dios, y el Reino de Dios que se rige exclusivamente por la Autoridad Divina manifestada en los principios del Reino de Dios contenidos en la Palabra de Dios, y en la que las Bienaventuranzas y el Sermón del Monte son un claro exponente de ellos.

Carne y Espíritu según el Apóstol Pablo

En el capítulo 7 de Romanos, en un discurso insuperable el apóstol Pablo, bajo la inspiración divina, confronta la realidad de la situación de la persona venida a este mundo con tres conceptos: la Ley [2], el Pecado, y Jesucristo.

En un primer estadio Pablo resume que la ley tiene poder de condena mientras que el individuo está sujeto mediante una unión con la falta que la ley condena (7:1-6). Mientras el ser humano permanezca seducido por el pecado la ley le condenará irremisiblemente, pero si estamos como muertos para la ley porque nos hemos liberado de aquello (el pecado) que nos hacía caer en la esfera del peso de la ley (la condena) (7:6), entonces seremos libres de la condenación de la ley (7:6 pp.) [3].

Después Pablo viene a explicar la auténtica causa de la tragedia humana. ¿Cuál es el motivo por el que el ser humano, desde que llega a este mundo, se encuentra en la condición de tener que hacer el mal irremisiblemente, aun cuando no quiera? (7:15, 19)

¿Es la Ley de Dios la causante? Si bien la Ley de Dios actúa como un espejo que me da a conocer el pecado (7:7 cf. Sant. 1:25; Rom. 3:20), y en base a esa condición 'natural' que arrastro desde mi nacimiento sirve para incitarme más todavía (7:8), de ahí que mi ser me empuje, sin que yo pueda controlarlo, a desear hacer aquello precisamente que la ley me señala como no conveniente (7:8), la Ley de Dios es santa y el mandamiento santo, justo y bueno (7:12); la Ley, a pesar de esta situación mía personal, no debe confundirse con el pecado (7:7cf. 7:13).

¿Dónde radica el problema entonces? La situación dramática del hombre cuando conoce el bien es que descubre que el mal reside agarrado en su propia naturaleza (7:21) y que por mucho que quiera hacer el bien (7:18 pp.) está vendido al pecado, dada precisamente su naturaleza carnal original (7:14, 18).

Además la situación inicial se ha empeorado por cuanto el desconocimiento de la Ley de Dios, el vivir sin ley durante un tiempo (7:9 pp), ha fijado marcadamente ciertas tendencias malvadas (cf. 7:15, 19). Cada vez que ha cometido pecado, aun sin saberlo porque desconociera la Ley, ha creado con la tendencia hacia el mal hereditaria una costumbre adicional imposible de desarraigar. Todo ello junto, ha producido la ley del pecado (7:21 up., 25 up.). Pero la desesperación alcanza cotas insufribles cuando tras conocer la Ley de Dios comprueba que ésta no le ayuda en absoluto para solucionar su problema (7:9 sp., 10, 11). Todavía le hunde más, por cuanto ahora al saber lo que es bueno, gracias a la Ley de Dios, descubre también, por el contraste, la dimensión de la malignidad (7:13).

Si bien es verdad que ahora comprende que la Ley es buena (7:16), y que no es la culpable de su posición calamitosa, ni siquiera él mismo (7:17 pp., 20 pp.) por cuanto quiere cambiar y no puede (7:18), sino que es el pecado que ha anidado en su interior, desde que nació, fortaleciéndose conforme el tiempo ha transcurrido (7:17 up., 20 up.); y aun cuando se deleita interiormente en la Ley de Dios (7:22) y querría ajustarse a sus requerimientos, observa otra 'ley' que le atenaza, hasta el punto que le obliga a rebelarse contra sus propios pensamientos positivos, favorables a la Ley de Dios, esclavizándole a un automatismo pecaminoso: sigue atrapado en la 'ley' del pecado (7:23), no ha mejorado en nada su estado de maldad. Su incapacidad para hacer el bien, sus inclinaciones malévolas siguen siendo las mismas [4].

Pero el grito de angustia de 7:24 es la demostración de que la obra del Espíritu Santo (cf. Jn. 16:7, 8) no ha caído en saco roto. La miseria humana es vista y sentida en todo su colorido doloroso: ¿quién me librará de este ser que contiene una ley inexorable de pecado? ¡Necesito urgentemente que alguien me libere de esta pesadilla que permanece de día y de noche!: La respuesta es Jesucristo (7:25 pp.). Pero ¿cómo? ¿cómo voy a librarme de esta dicotomía que hace que por un lado con la mente sirva a la Ley de Dios, y por otra parte con la carne a la Ley del pecado? (7:25 up.).

En el capítulo 8 de Romanos Pablo nos da la solución mediante una explicación en la que confronta la Carne y el Espíritu. La carne vendría a representar al hombre natural, al ser humano normal nacido por voluntad de varón, que no quiere el control del Espíritu, y que se guía por su propia conciencia natural; y el Espíritu, representa al modo de comportarse según el Espíritu de Dios, como consecuencia de estar en Cristo (8:1) y haber subyugado voluntariamente su ser al Espíritu de Dios (8:9 up.).

El estar en Cristo remite la condenación que pesa sobre el ser humano, puesto que ha sometido su voluntad a la voluntad de Jesucristo conformándola a la del Espíritu de Dios (8:1).

Ese estar en Cristo debido a que el individuo representativo, protagonista en el capítulo 7, ha decidido permitir que el Espíritu de Dios conforme su manera de ser a las propias directrices del Espíritu (8:1, 4), ha creado una 'ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús' que actúa también como un principio o poder automático que vence al otro resorte instintivo: a la ley del pecado (8:2), librándole del círculo mortal que ocasiona esa ley del pecado. La Ley de Dios no puede hacer esta labor, únicamente Jesucristo (8:3). Sólo alguien que es capaz de vencer al pecado en la misma condición humana que los pecadores (8:3 cf. Fil. 2:8) puede condenar al pecado a la impotencia. La experiencia de Jesucristo no sólo es vicaria, puesto que apropiándonosla por la fe nos justifica (Rom. 3:21-26; 5:1), Dios nos considera a través de la obra de Jesucristo, sino que además marca el camino, la pauta que hay que seguir para que el pecado no tenga poder sobre nosotros: someternos al control del Espíritu que nos llevará por ese mismo camino.

La naturaleza sigue siendo de pecado (8:10 pp.), pero si nos sometemos al Espíritu Santo hace revivir la naturaleza corrompida, (muerta) por el pecado, en la direccionalidad que dicta y dirige el Espíritu de Dios (8:11). De tal modo que el pecado ya no tiene poder sobre los que están en Cristo Jesús. Han roto el hábito al que estaban pegados. Aun cuando todavía cometan 'pecados' (1 Jn. 1:7-9; 2:1; 3:9) no de muerte (1 Jn. 5:17, 18), gracias a Jesucristo han anulado el maleficio, ya no es el pecado la práctica habitual en su vida [5] sino que piensan y se ocupan en las cosas del Espíritu (8:5, 6).

La mente carnal se constituye en enemiga de Dios por cuanto no se sujeta ni puede a la Ley de Dios y eso Le desagrada (8:7, 8). Pero los que viven de acuerdo al Espíritu no poseen ya una mente carnal que no se sujete a la Ley de Dios (8:9) sino todo lo contrario, si el Espíritu de Dios mora en la persona, ésta se sujeta a la Ley de Dios (8:9 cf. 8:7).

Y todo esto es la gran maravilla. La realidad de que el Reino de Dios ha hecho mella en el ser humano que no rechaza al Espíritu de Dios. A un cuando sigue teniendo la misma naturaleza, a pesar de haber heredado el pecado, de haber sido deteriorado hasta el extremo de no poder librarse, por sí mismo, de la ley del pecado, e incapacitados para guardar la Ley Divina, algo inmensamente importante acontece en aquellos que determinan poner su vida bajo la dirección del Espíritu de Dios de acuerdo a los principios del Reino de Dios, y en base a la obra de Jesucristo: y es que se transforman en 'hechura de Jesucristo' (Ef. 2:10) consiguiendo dominar al pecado y poner sus vidas en sujeción a la Ley de Dios.

En la epístola a los Gálatas (Gál. 5:16-24 cf. 1 Cor. 6:9-11), Pablo identifica por medio de las conductas lo que es fruto del hombre Carnal, que se guía por lo que le marca su propia conciencia, y lo que es fruto del Espíritu.

La lista que se presenta, aunque selectiva es suficientemente representativa para reconocer a unos y a otros. Pero lo importante es saber que lo que se clasifica como perteneciente al hombre según la carne y que sigue una trayectoria o varias de las que se enumeran, no forma parte del Reino de Dios y por lo tanto no podrá heredarlo (5:21 up. cf. 1 Cor. 15:50). Y esto es muy significativo, puesto que de nuevo se precisa la distinción entre el Reino de Dios, y lo que no se vincula con El.

Al igual que hiciera Jesucristo en el Sermón del Monte, o Juan en una reflexión inspirada de lo que Jesucristo trasmitió hay dos polos de actuación, el uno, el de aquellos que han aceptado el Reino de Dios con sus características determinadas, por cuanto han nacido de arriba, han sido engendrados de nuevo, se dejan guiar persistentemente por el Espíritu Santo; el otro, los que no cumplen los requisitos para poder ser clasificados como tales.

 2) Definición y Naturaleza del Estado

Se describe en su concepción extensa y de derecho político "como una sociedad necesaria, orgánica, perfecta, establecida en un territorio determinado, que regida por un poder supremo e independiente procura la realización de los fines humanos" [6].

Al examinar esta definición nos encontramos con tres elementos que debemos conocer las consecuencias que de ellos se derivan: se trata de un poder supremo, además independiente, y que su objetivo es procurar la realización de los fines humanos.

Es verdad que en una concepción democrática de gobierno se reconocen, en general y dentro de los límites que los propios intereses del Estado y la propia dinámica de la historia imprimen, los derechos individuales, permitiendo el desarrollo de éstos en un régimen de libertad de conciencia. Pero esta circunstancia 'democrática', si se repasa la historia, es pura coincidencia en un paréntesis efímero ocasionado por la revolución norteamericana y francesa, y llevado a cabo muy desigualmente, tanto en el tiempo como en el modo, por algunos países occidentales. La característica fundamental que sobresale en la historia ha sido la de imponerse el Estado o la Autoridad establecida sobre las conciencias individuales, exigiendo la obediencia en detrimento de las posibles objeciones de aquellas (inspiradas en muchos casos en los principios del Reino de Dios) respecto a los requerimientos del Estado o de la Autoridad. La excepción, por desgracia, ha sido la de la Libertad, y lo que ha prevalecido ha sido el Absolutismo o el Totalitarismo o cualquier manera de gobernar que no tiene en cuenta los "derechos divinos del individuo".

El Estado por otra parte es presa fácil de la tentación en cuanto a desnaturalizar su cometido, y anular la libertad de conciencia (dónde excepcionalmente existe en la actualidad, en el pasado ha sido una constante, ya que incluso era inconcebible). La razón de Estado, o el subterfugio de que los intereses del Estado pueden peligrar limitan considerablemente la libertad de conciencia hasta incluso con la pérdida de ésta. En la actualidad estamos viviendo, con la creación del nuevo orden mundial, y las diferentes presiones, que estudiáremos en otro lugar, están engendrando una tendencia hacia una cierta clase de Absolutismo con lo que esto implica.

Pero es en la propia naturaleza del Estado donde encontramos la posibilidad del conflicto entre los principios del Reino de Dios y los del Estado.

Si el Estado es un Poder Supremo e independiente y ha de procurar el bien común de todos es imposible que pueda coincidir en su Ideario con los principios del Reino de Dios, independientemente de su necesidad dado el carácter provisional que antes expresábamos. Es evidente que el Estado se ha forjado al margen del Reino de Dios, no lo tiene en cuenta ni puede tenerlo aun cuando algunos individuos que lo integran se consideren cristianos.

 a) El concepto de Estado en el Nuevo Testamento según San Pablo

Estamos viendo que la concepción del Reino de Dios a la que los cristianos deben libre y voluntaria aquiescencia, convierte a cualquier otra Autoridad o Gobierno en algo relativo, y que mientras dura el tiempo de la espera del cumplimiento del retorno de Jesucristo, el cristiano necesita al Estado y por lo tanto le debe obediencia condicional.

Poco importa saber quién ha 'establecido' u 'ordenado' dicha Autoridad si con ello se pretende imponerla de un modo absoluto e incondicional, o si se interpreta como siendo de naturaleza divina.

Esto no quiere decir que el Estado no tenga ninguna competencia sobre el individuo religioso, y que éste no le deba obediencia en su poder legítimo, ya que el Estado tiene el derecho y el deber de promover el bienestar manteniendo el orden público, y orientando la justicia social para todos los ciudadanos.

La aceptación de las autoridades constituidas [7] es un hecho ampliamente recogido en las Sagradas Escrituras (Rom. 13:1-4 cf. Tit. 3:1; 2ª Ped.2:13, 14, 17; Rom. 13:6, 7), pero como acertadamente indica Cullmann [8] las interpretaciones falsas de la Biblia suelen ser siempre por aislar y hacer absoluto un pasaje concreto, y en lo referente al texto de Romanos 13:1 y ss., se prueba este aserto.

Para comprender adecuadamente estos pasajes y no llegar a conclusiones erróneas se precisa, de acuerdo a Cullmann estudiar el contexto más inmediato, y otros textos que aborden la misma temática [9].

El contexto más inmediato (Rom. 12:14 y ss., e incluso 13:8-10 y ss.) responde a una actitud cristiana diametralmente opuesta a lo que hace el Estado o la Autoridad.

Mientras que el cristiano debe tanto al enemigo como al amigo no responder a su mal con mal sino con bien (Rom. 12:14, 20, 21 cf. Mat. 5:43-46) y no buscar la venganza (su propia justicia) (12:19 cf. Mat. 5:38-42), el Estado por el contrario se venga del que hace mal (13:4 cf. 12:17).

Esto no impide, a pesar de que el Estado no actúe de la misma forma que se le exige a un cristiano, el que nos sometamos a dicho Estado. Aunque la conducta del Estado frente al mal no sea lo correcta con que la manifiesta el cristiano, éste debe supeditarse, porque de cualquier forma a ese Estado, de acuerdo a la Soberanía divina, se le está permitiendo su acción como un servicio a los inescrutables caminos de la providencia (13:4).

Esto por si sólo señalaría por un lado que la autoridad humana existe 'con la aprobación de Dios' (cf. 13:1), y que el método que utiliza dicha autoridad no corresponde al de los principios del Reino de Dios, pero dado el carácter provisional de la existencia de este mundo, se necesita una regulación de la convivencia, y el mayor bienestar posible de sus habitantes mientras dure esta etapa, permitiendo Dios la existencia de esa Autoridad (13:1 y ss.).

Era preciso indicar el contenido de Romanos 13:1 y ss., no porque se pretenda expresar una teoría semejante a la del derecho divino de los reyes, o que el Estado sea de naturaleza divina, ajena por otra parte a los propios enunciados del texto, sino porque es imprescindible evidenciar el reconocimiento de la existencia del Estado para los cristianos, ya que en el proceder del Estado, que no lo hace de acuerdo al principio del amor sino mediante el de la retribución [10], podría llevar a los cristianos al repudio, como principio, de la existencia del Estado. De ahí que Pablo dentro de este marco sobre el amor cristiano (Rom. 12 y 13:8 y ss.) en el que se encuentran entroncados los textos sobre el Estado intenta simplemente avisar de lo equivocada de una posición de esta naturaleza por parte del cristiano, condenando tal repudio: el Estado, a pesar de..., es querido por Dios.

En 13:7 pp., "Dad a todos lo que les debáis", como dirá Cullmann [11], es preciso leer el trasfondo implícito: no les deis lo que no les debáis (cf. Mat. 22:21). Lo que nos muestra una vez más que el Estado no es algo último ni absoluto.

Al estudiar el contexto mediato nos ayuda todavía más a comprender que el mensaje del apóstol Pablo en Romanos 13:1 y ss., aunque nos presenta una Autoridad Estatal querida por Dios, no es el de ofrecernos una Autoridad plenipotenciaria representativa de Dios, como si fuera de naturaleza divina. Ya estamos viendo que eso es imposible. Al comparar el pasaje de Romanos 13:1 y ss., con 1 Cor. 6:1 y ss., uno descubre una lección que no debe olvidar nunca. Si bien en Romanos 13:1 y ss., se nos presenta a la Autoridad como permitida por Dios, a la que los cristianos deben confiar y supeditarse por cuanto ejerce el dominio contra lo que es malo, a los cristianos se les ordena permanecer alejados de la institución Estatal: no deben llevar sus diferencias ante los tribunales del Estado ¿por qué? La respuesta nos la ofrece Cullmann: 

<<Siempre que el cristiano pueda evitar el Estado, sin amenazar su existencia, debe hacerlo (...).

<<(...) Lo que este capítulo nos muestra, de modo, especialmente claro, es que es falso atribuir a Pablo, en Rom. 13:1 y ss., la opinión de que el Estado es, por naturaleza, de condición divina y que sus principios tienen la misma validez que los que Jesús deriva de la espera en el reino de Dios.

<<(...) El Estado no es divino, como corrientemente se deduce de Rom. 13:1 y ss.. Es solamente querido por Dios, "ordenado por Dios" (...) Concuerda con el orden de Dios que exista ahora todavía (...)>> [12]. 

Estos textos aun cuando no pierdan nada de su valor esencial, no permiten una interpretación en el sentido del derecho divino de los reyes o gobernantes, ni da lugar a un sometimiento incondicional.

En el primer caso llegaríamos a la idolatría del Estado, que es lo que sucedió durante toda la época del llamado Antiguo Régimen mediante las 'monarquías absolutistas'. Esto se debió fundamentalmente, a que el texto de Romanos 13:1 y ss., se leía personificando el término Autoridad, y sobreentendiendo la ideología del que se  arrogaba la 'autoridad' como constituida por Dios, y el modo de ejercerla. El texto no da para tanto. Según nuestro criterio, lo que recoge el texto de Romanos 13 es que en el desarrollo de la Autoridad humana, que se ha visto inevitablemente necesaria en un mundo de pecadores, Dios no es ajeno a su existencia, y permite y quiere su concepto, lo que significa y ayuda para el orden por El establecido durante este paréntesis. Pero Dios no pone a una persona determinada. Dios no es responsable del ejercicio incorrecto de esa 'Autoridad' humana.

Todo aquel que asume la condición de representante de esa Autoridad humana debería sujetarse en todo lo que le sea posible a la Soberanía divina (ya que es imposible en su totalidad, recordemos que no reconocen la sabiduría de Dios, 1 Cor. 2:8), y respetar la conciencia individual. En una palabra, el texto presupone lo que Dios entiende por una 'legítima Autoridad' de acuerdo a los principios que emanan de la propia Palabra de Dios. Sobreentendiendo que la Autoridad humana permitida en el orden establecido sea de acuerdo a los límites que la Soberanía divina le marca. Dios 'permite' que pueda ser ejercida por diferentes personas. Esta permisión no le compromete a Dios. Puesto que si se trata de alguien que reconoce de algún modo que la única Autoridad suprema es Dios, la ideología y el modo de desplegar la Autoridad humana de la que se ha apropiado, tendrá que sujetarse a las directrices de dicha Autoridad Divina manifestada en los principios del Gobierno de Dios, del Reino de Dios. De cualquier forma el individuo es libre y único responsable.

En el caso de que no se reconozca a la Autoridad Divina ni su Soberanía, no por ello dicha Soberanía no ha actuado en permitir a aquel o a aquellos que ocupen el cargo representativo de la 'Autoridad' humana, e igualmente dichas personas son responsables del desenvolvimiento y ejecución de las implicaciones del intervencionismo de su función. Todo lo dicho es válido para un gobierno democrático.

En el hecho de la Autoridad humana que Dios ha permitido que se establezca en el 'orden' querido por El, subyace la idea de la necesidad de ajustarse al máximo a un programa que no cometa injusticias ni atropellos.

En el segundo caso, el de la sumisión incondicional, ya no sería solamente una propuesta idolátrica por parte del Estado, sino una exigencia; además de ignorar, la existencia de una esfera, la de la conciencia, que iluminada por el sentido espiritual contenido en las Sagradas Escrituras, se constituye como representativa de la voz de Dios. Ningún hombre, cuando está basado con toda la certeza objetiva que le pueda conferir la Palabra de Dios y un razonamiento equilibrado, debe de desistir de reclamar su derecho a obedecer a Dios antes que a los hombres (Hech. 5:29 cf. 4:19).

Cinco puntos más, antes de concluir este apartado, que se desprenden de nuestro análisis de los textos [13].

Pablo nos viene a decir en 1 Cor. 2:8 que ninguna Autoridad dominadora (árjontes) de este mundo ha conocido la sabiduría de Dios [14]. Este texto por si sólo desconecta a la Autoridad Estatal, o cualquier otra de otro tipo, con un origen divino. El Estado existe como tal, y Dios lo permite. Su soberanía pone a la Autoridad porque no la impide en que se establezca. Dentro del ordenamiento puesto por Dios quiere que exista el Estado que surge en sus diversas formas, y por lo tanto no hay que oponerse a la Autoridad, no porque ésta tenga en sí algo divino, ni la haya inspirado Dios, sino porque eso sería oponerse al orden en el que Dios ha determinado que el Estado exista (Rom. 13:1, 2).

El segundo punto es que el texto de Romanos 13:1 y ss., no está tratando ni la Autoridad personalista ni el modo de ejercer esa autoridad, tan sólo la constatación de que la Autoridad en su esencia existe, y que se manifiesta detentándola diferentes personajes. Esto entra dentro de los planes de Dios, y es por lo tanto querido por El, de ahí el que los cristianos le estén sujetos, siempre y cuando esa autoridad esencial manifestada en diferentes ideologías personales (que nada tienen que ver con la permisión divina de que el Estado o la Autoridad exista), no les exija nada contrario a Dios.

Tomados todos los textos en línea se desprende que deja al cristiano fuera de la posibilidad de ser él la Autoridad Estatal, por cuanto a nivel personal no puede evadir su responsabilidad de cristiano de tener que responder siempre bien por mal, y de consentir a que sea Dios quien haga justicia mediante su providencia en el caso que esto llegara al caso.

Un cuarto aspecto, al igual que ocurre con la posición de Jesús debe haber siempre una clara separación entre aquellos que han optado por el Reino de Dios, por el Espíritu de Dios, y la Autoridad Estatal que forma parte del mundo 'Carnal' (2ª Cor. 6:14 cf. Rom. 8:1 y ss.).

Y por último el Estado, o la Autoridad humana, no es algo absoluto, ni de naturaleza divina, aunque provisionalmente permitido y querido por Dios en su orden establecido para este interim, desaparecerá con la destrucción de los reinos de este mundo (cf. 2ª Tes. 2:3-6, 8, 9, 10; Dan 2:44; Apoc. 11:18).

Por lo tanto el Amor que es la base de las relaciones del cristiano (1 Cor. 13), no puede hacer ningún mal al prójimo (Rom. 13:10 cf. 1 Jn. 4:20; 3:11, 12; 2 Ped. 1:5-10) ¿Por qué? Porque debemos vencer el mal con el bien (Rom. 12:20, 21), y porque el cristiano predica un evangelio de Paz (Rom. 10:15 cf. Hech. 10:36). Una paz (Rom. 12:18; 14:19 cf. Sant. 3:17, 18) que le obliga a rechazar la venganza (hacer justicia) (Rom. 12:19 cf. Apoc. 13:10) o el empleo de armas carnales (2 Cor. 10:4 cf. Sant. 4:1-3).

Sin embargo aun cuando la actitud de la Autoridad Estatal ('potestades superiores) [15] es diferente debéis reconocer que su existencia ha sido querida por Dios, y por lo tanto debéis aceptarla como tal, por cuanto Dios le ha dado un lugar en el orden establecido, para usarla a su servicio cuando esto es conveniente para sus propósitos (Rom. 13:1-3).

b) La concepción del Estado en el Evangelio y la Revelación (Apocalipsis) de Jesucristo
La actitud y ejemplo de Jesús

Independientemente de que la tesis de Cullmann [16] sea correcta, con la que nosotros estaríamos de acuerdo, en cuanto a que los Romanos confunden a Jesucristo con un zelote (un revolucionario terrorista), aun  cuando Jesucristo en toda su actuación es diametralmente opuesto al Zelotismo, no es menos cierto que la actitud y ejemplo de Jesús impide una identificación de tal naturaleza.

En principio digamos que la direccionalidad y contenidos de la acción y pensamiento que Jesucristo expresa en el evangelio, es totalmente, no sólo, contraria a la creencia Zelote en confundir reino de Dios con un estado terrenal dominador del mundo, sino además la manifestación de un conflicto continuo que exterioriza el como esa idea Zelote se convierte en una tentación satánica constante en la vida de Jesucristo.

Su rechazo a poseer los reinos de este mundo con un método distinto al de la conversión individual de cada miembro del mundo y su paso al Reino de Dios (Mt. 4:8)

Es evidente que Jesucristo rechaza una propuesta de esta clase por cuanto el dominio de los reinos de este mundo sería confundir el objetivo y la naturaleza de su misión.

Se trata de que las personas, voluntaria e individualmente accedan pertenecer al Reino de Dios, de acuerdo a los requisitos que éste pide. La profecía de la que Jesús está enterado, admite que los reinos de este mundo (con sus ideologías y forma de ser) permanecerán como tales hasta el fin del mundo (cf. Dan. 2:44 y Apocalipsis), de ahí, como ya vimos en este mismo capítulo, su urgencia en cuanto a que abandonen el reino de este mundo, con lo que ello implica, y acepten definitivamente el Gobierno o Reino de Dios con su ideología.

Pero el pasaje en cuestión (Mat. 4:8) nos descubre dos elementos más, muy importantes. El uno: que los gobiernos (reinos) de este mundo están bajo la autoridad del diablo. Si bien Dios permite y quiere la autoridad y la controla dentro de sus planes, el maligno la ha pervertido hasta el extremo de constituir una parcela de él [17]. Los reinos de este mundo con sus poderes representativos sucumben ante la tentación satánica y son arrastrados hacia su propósito, aun cuando Dios los utilice dentro del orden establecido por El. Esto se ve en toda su extensión en la Revelación de Jesucristo o Apocalipsis a la que aludiremos posteriormente.

Aquí hay una seria advertencia por parte de Jesús, a la que todos sus seguidores deben hacer caso. Quien está detrás de los regímenes Estatales dirigiéndolos de acuerdo a un plan contrario al Gobierno o Reino de Dios es precisamente el Maligno, el padre de la mentira (Jn. 8:44), el Príncipe de este mundo (Jn. 12:31).

El Estado que por su propia esencia y objetivos es independiente de cualquier otro poder, y por lo tanto paralelamente divergente al Reino de Dios, es terreno abonado para el programa Satánico.

El otro: es el diablo quien proporciona cualquier cosa que tenga que ver con la autoridad, poder o dominio de los reinos de este mundo. El ofrecimiento a Jesucristo (y que se repetirá a lo largo de su ministerio de diferentes modos) es una evidencia de que quien reparte y administra este cometido es el 'Maligno' [18].

Su rechazo de ser constituido como Autoridad humana (Jn. 6:15)

De nuevo la tentación satánica se materializa. Jesús rechaza el que le confieran ser a la manera de una Autoridad humana. Aceptar significaría errar en cuanto a su misión concreta. La respuesta de Jesús en el capítulo 6 (v. 27 y ss.) muestra la naturaleza de su objetivo y programa. Y éste no es coincidente con la asunción de una Autoridad de estilo humano, y menos como instrumentalización para su propósito espiritual y 'religioso'. El sabe además que cualquier tipo de Autoridad humana, por el propio sistema mundano entraría en conflicto violento con los intereses de otros con las mismas pretensiones de Autoridad, o con las que ya se estaban ejerciendo. Esta pugna es contraria al espíritu del Reino de Dios.

En la réplica de Jesús en este capítulo junto a todo su evangelio, y tomando como punto de referencia su rechazo de ser constituido o de ejercer una Autoridad del género de los gobiernos de este mundo, está implícita la no solución del problema humano desde un punto de vista político o civil. La existencia del Estado es necesaria mientras dure esta etapa provisional (cf. Mat. 22:17-21), pero no pongáis vuestra ilusión en él, porque lo que se precisa para superar la angustia existencial, la seguridad de una vida con propósito y significado, el propio rebasar la muerte venciéndola es que aceptéis al Hijo del Hombre de acuerdo a su mensaje (cf. Jn. 8:31, 32).

El abismo que abre Jesucristo, con el rechazo de ser nombrado como Autoridad, no podrá ser cerrado ya nunca; y sus verdaderos discípulos, si lo son, tendrán no sólo que enfrentarse a este tipo de tentación, sino además aceptar la orientación marcada por su Maestro de la imposibilidad, por parte de sus seguidores futuros, de llevar a cabo, por medio de sucumbir a los hechizos de la seducción del poder terreno, una acción de semejantes características.

Su constante oposición al método zelote: La concepción no violenta de Jesucristo [19]

Pacificadores. En el vs. 9 del cap. 5 de Mateo, Jesús expresa explícitamente la característica de que los que quieran llamarse y ser Hijos de Dios, "deben ser PACIFICADORES".

 

Observemos que el término no es estático sino activo. EL PACIFICADOR es el que "HACE",  "PRODUCE" la PAZ; incluso en nuestras versiones bíblicas se observa ésta característica que va implícita en el griego [20](85). Ahora bien, ser pacificador, producir la Paz, solo cabe, y el texto griego lo sugiere, cuando uno es pacífico, posee la Paz. Jamás se puede producir la Paz por medios violentos.

 

Ya habíamos indicado en ocasión de nuestro análisis sobre el sermón del monte que era imposible conciliar las bienaventuranzas con el método humano de la violencia.

No violencia y bondad. En el vs. 21, nos presen­ta una antítesis: "... Oísteis que fue dicho no matarás... pero yo os digo que cualquiera que (simplemente) se enojare con su hermano será culpable de juicio... ".

Observamos los tres grupos de textos (vs. 21,22, 38-42 y 43-47). Notamos en el primer grupo, la introducción del término hermano (v. 22); en efecto, el "no matarás" estaba suficientemente claro, y algunos podrían pensar que con tal de no matar podrían enojarse, reñir con el hermano.

En el v. 39 impersonaliza: "No resistáis al que es malo". Nótese que la base de la antítesis refiere una ley civil judía: "ojo por ojo y diente por diente " (v. 38). Aquí, Jesucristo está indicando que debemos superar el concepto de convivencia que requiere la propia ley estatal. Pero las alusiones siguientes cobran una dimensión imposible de realizarlas fuera de los límites del Reino de Dios.

"Poner la mejilla izquierda" (5:39 up.) supone haber recibido previamente la humillación de ser golpeado con el dorso de la mano. La reacción normal, es la de retornarle el golpe. Pero si se recuerdan las palabras de Jesús saldremos beneficiados. Puesto que la devolución de la violencia te introduce en una espiral que el mundo no ha sabido solucionar.

No llevar a pleito cuando alguien quiere aprovecharse de algo tuyo que no le pertenece (5:40), o el llevar la carga por una milla (5:41) a la que el romano vencedor tenía derecho supone, algo injusto para la naturaleza libre del hombre, pero si decides libremente no ir a juicio, aunque pierdas la túnica y la capa, o caminar el doble, no sólo habrás roto el tener que hacer algo por imposición, sin tu propia determinación, sino que adquieres una mayor comprensión de tu independencia, además de recibir, quizá, el agradecimiento, asunto que ya no responde a una exigencia.

Si tienes la posibilidad de dar lo que se te pide, o de prestar hazlo (5:42), puesto que si es para hacer un bien, supondrá no sólo una decisión libre bondadosa que llena una necesidad, sino que además evitarás situaciones conflictivas en el necesitado además de manifestar que te encuentras en el Reino de Dios, puesto que lo que sobra o no te hace falta Dios te lo ha otorgado para que expreses misericordia.

El Amor a los enemigos es una de las máximas incomparables de Jesús (5:43-48). El valor de estas frases evangélicas está en que Jesús las une a la filiación divina (5:45 pp.), a la recompensa que se recibe al practicarla (5:46), y al mandato de ser perfecto como lo es el Padre en su esfera (5:48).

El engendramiento como hijos de Dios que el Padre ha realizado para algunos, y que Juan en su prólogo expresa (Jn. 1:11-13), la fijación de la Ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús en sustitución de la Ley automática del pecado que Pablo nos habla en su epístola (Rom. 8:1, 2 cf. 7:7 y ss.) sólo, puede llevarlo a cabo en su plenitud el Espíritu Santo, cuando nos hemos dejado enseñar a amar a nuestros enemigos. Cuando a pesar de la actitud de nuestro posible enemigo, asumimos libre y voluntariamente la posición que nos marca el Espíritu de Dios de amor a nuestros enemigos, estamos en situación de certificar esa filiación divina. El amor a los enemigos se expresa en hacerles el bien como lo hace el Padre con los injustos y malos (5:45, 46), y no poniendo ningún tipo de barrera social (5:47 pp.).

El modelo de recompensa no es un pago estipulado por nuestro Dios, sino la que resulta de nuestra propia acción. El amar a los que nos aman no puede traer ninguna recompensa, sin embargo ¿cuáles serían nuestras mayores recompensas frente a una actitud de amor hacia nuestros posibles enemigos?: La primera y más importante es que nuestra postura logre que nuestro enemigo deje de serlo. Jesucristo sabe que si hay algún método capaz de frenar y anular una enemistad es el Amor. Cualquier otra estrategia, como la de la violencia o la guerra no ha resuelto ni puede resolver absolutamente nada. La segunda recompensa en importancia es, que, si ni siquiera el método del amor consigue hacer rendir al enemigo en su talante soberbio, convencidos de que ningún otro plan puede solucionar tal crueldad, recibimos la seguridad no sólo de estar haciendo la voluntad de Dios, sino que además escapamos de caer en el inicio de una trampa patológica que crea una adición muy difícil de superar cada vez que se practica: la de responder con la misma moneda.

Y por último, hay un objetivo que todo cristiano debe tener en mente, y es, que como miembros del Reino de Dios, debemos luchar por alcanzar la meta de ser perfectos como lo es nuestro Padre que está en los cielos. Esta mira mientras la prosigamos con esmero nos facilitará el no abandonar el Reino de Dios.

No como los Gobernantes de este Mundo

El comportamiento de sus discípulos no ha de parecerse siquiera a la 'Autoridad' o Poder que asumen los reyes de este mundo (Luc. 22:24-30).

Los textos son muy elocuentes. Las maneras de actuar de los gobernantes de este mundo nos son las apropiadas para el modo con que sus discípulos deben conducirse.

El paradigma de asociación y coexistencia entre ellos debe ser radicalmente diferente.

El 'enseñoreamiento' que las autoridades han impuesto sobre los súbditos o los vencidos no es el ejemplo a seguir.

La espada (Mat. 26:52) [21].

La orden de Jesús es categórica para sus discípulos, y ésta es la referencia para comprender cualquier otro texto que pudiera ofrecer alguna dificultad exegética. La espada, representativa de la autoridad y poder de este mundo, no deben utilizarla aquellos que se consideran seguidores de Jesús porque perecerán con ella. Este 'perecer' con ella implica un dedicarse por entero a un oficio que acaba por destruirte.

La actitud de Jesús frente a la guerra judaica (Luc. 21:20-24).

Cuando profundizamos en un hecho histórico, respecto a la posición que los antiguos cristianos tomaron frente a la guerra, o las armas, no podemos dejar de mencionar la profecía de Jesús relativa a la destrucción de Jerusalén y las órdenes expresas a que abandonen la ciudad y los pueblos de Judea; tampoco podemos ignorar los hechos históricos que cumplieron la profecía de Jesús.

Al repasar la historia de la guerra judaica [22] junto a esta recomendación de Jesús de abandonar Jerusalén cuando los ejércitos romanos estén próximos a las murallas de la ciudad, uno descubre que para Jesucristo no hay posibilidad de colaboración militar, de acuerdo a las órdenes de la Autoridad Estatal.

La orden de Jesús es abandonar Jerusalén, dejar el territorio donde los conflictos guerreros se van a desarrollar.

Ante los días turbulentos que se presentaban ¿cuál sería la actitud de los cristianos? ¿Tomarían parte de la corriente violenta que se palpaba en el ambiente?. Nada de eso nos refieren sus escritos sino todo lo contrario. No obstante debemos observar el concepto de patria y de nación, de esa comunidad cristiana, ya un tanto numerosa.

Su nación estaba subyugada por un poder extranjero ¿qué hacer cuando como fruto de una política oportunista y opresora de los procuradores romanos, se producían matanzas y destrucciones en masa? ¿Debían o no debían obedecer a los requerimientos del Sermón del monte predicado por Jesús? ¿Podrían considerar como 'guerra justa' el librarse del yugo romano? ¿Qué hacer cuando observan que el partido violento va ganando posición? ¿Armarse también para la guerra próxima que se va a librar? ¿Pensarán no ya solamente en las enseñanzas de Jesús respecto a la no violencia sino también en la orden expresa de dejar Jerusalén y de seguir los consejos de Jesús? ¿Cómo los juzgaría hoy cualquier Estado que se jacta de cristiano?: ¿serían patrióticos? ¿Cobardes? ¿Miedosos? ¿Objetores de conciencia? ¿La no participación en la guerra la basarían los cristianos en los principios no violentos expuestos en el evangelio?

Se añadía una orden expresa y específica, debían abandonar Jerusalén. ¿No demostraba todo eso un desligarse total con su nación, aquella que le había formado, aquella que le había dado la cultura y el ser?

¿No demostraban ser unos ciudadanos de conveniencia? Lo cierto es que la declaración de Jesús en cuanto a que debían huir es clara, y los principios no violentos enunciados en su evangelio concluyentes; y el ejemplo en cuanto a no participar es igualmente evidente por lo que los apóstoles nos han legado.

La iglesia del NT consideraba la guerra, como consecuencia de la actividad de Satanás y de los deseos egoístas del hombre (Sant. 3:14; 4:4). Habían ocurrido grandes revueltas que ocasio­naron la guerra judaica. El no haber aceptado el mensaje de paz que trajo Jesús, le situaba a Israel en una condición verdaderamente angus­tiosa.

Ellos prefirieron la guerra al Príncipe de paz y ahora cosechaban su actitud. La historia nos confirma que la comunidad cristiana marchó de Jerusalén antes que los ejércitos de Tito conquistaran y destruyeran la ciudad. [23]

La Bestia Estatal Apocalíptica [24]

La descripción que la Revelación de Jesucristo nos hace del Estado o de la Autoridad política, no contempla a las personas que lo forman sino al sistema en sí. El Estado, como ya hemos visto responde a una Sociedad Carnal que no tiene en cuenta de una forma absoluta la Autoridad de Dios expresada en lo que se cree ser su Revelación, y a la que se le han añadido cristianos, que si bien poseen una concepción de la vida distinta al resto de la población y se acogen de modo pleno a la Autoridad de Dios, reconocen a la autoridad humana estatal como legítima, siempre condicionada a que no represente un obstáculo al cumplimiento de lo especificado por la Autoridad Divina.

En su lugar correspondiente trataremos en profundidad lo que el texto apocalíptico de la Revelación de Jesucristo nos ofrece, pero ahora digamos ya que la configuración de la Bestia (Apoc. 13:1, 2 pp.) representa a la Autoridad mundana desde el origen de su existencia, y que el Dragón (13:2 up.), símbolo del Adversario personal de Dios (12:9) denominado diablo y Satanás, es el que ha dado realmente el poder y la autoridad a la Bestia Estatal (13:2 up.).

Este Dragón a través de la Bestia con la que aparece identificada (Apoc. 12:3 cf. 13:1 y 17:3) especialmente en los momentos de persecución que acontecen a lo largo de la historia se dedica en el tiempo de la dispensación cristiana a perseguir al pueblo de Dios (12:4-6 cf. 12:13-15), y tras un paréntesis de inactividad perseguidora (12:16), la emprende de nuevo contra el Resto representativo del Pueblo de Dios que salvaguarda los principios del Reino de Dios (12:17), sin duda que instigada por la Mujer Ramera (17:1, 2) que ha contaminado con su 'ideología' a la Bestia Estatal (17:2 cf. 18:3). Sistema ideológico que se apoya en los poderes mundanos que poseen la hegemonía mundial en los diferentes momentos históricos de esta dispensación cristiana. El final de la historia se ve dirigido por estos 'sistemas' que se han transformado irreversiblemente en la maldad orientada por el Dragón hasta el punto de enfrentarse en una batalla contra el Pueblo de Dios representado por el mismo Dios Omnipotente (Apoc. 16:13-16 cf. 19:11-21), y en la que serán destruidos dichos 'sistemas' irremisiblemente (cf. Dan. 2:44; Apoc. 11:18).

Implicaciones
La Separación de Iglesia y Estado (Mat. 22:21)

Jean Flori en un estudio realizado para la revista Conscience et Liberté [25], ha sabido condensar no sólo las fotografías de los personajes que entran en el origen de esta trampa en la que pretenden que Jesús caiga [26] sino además las diferentes interpretaciones que se han dado al texto en cuestión [27] junto a una aportación singular de todo el valor del texto.

Si bien el texto no impide el que se le tenga que dar al César el tributo rindiendo a Dios una absoluta fidelidad, es preciso comprender lo abarcante de la respuesta de Jesús. Los Fariseos que sabían que se les había permitido utilizar un tipo de monedas que no llevara la efigie del César, usaban sin embargo el diseño de un emperador divinizado, además el empleo de las monedas demostraba su obediencia a Roma. La trampa que querían tender a Jesús se vuelve contra ellos. Al enseñar la moneda y señalar Jesús el 'retrato' del César, les convertía en súbditos de la autoridad del imperio. A partir de ahí debían se consecuentes consigo mismos y dad al 'César' el sostén que les reclama. La pieza de oro o plata mostrada era el testimonio de su contradicción, por lo tanto dadle al César aquello que os hace pertenecer a él, y volver a buscar la verdadera imagen de Dios para darle lo que le corresponde.

Para los Herodianos el asunto era distinto, su colaboracionismo y compromiso con el César les había hecho olvidar su dependencia de Dios. Estos precisaban saber que la obediencia del César tiene sus límites, y que Dios ocupa el primer lugar. Tendrían que reflexionar sobre si su asunción política era compatible con lo que Dios requiere respecto de su Reino.

"La respuesta de Jesús permanece fiel a la línea de conducta que siempre había tenido: no pronunciarse ni a favor de la aceptación de la dominación romana con todas las consecuencias que esto implica, ni a favor de la resistencia a esta autoridad" [28].

Si bien Jesús coloca a sus adversarios en la misma dificultad con que ellos procuraban ponerle, les marca un principio a tener en cuenta: la necesidad de una actitud coherente y religiosa. El que pretende estar rindiendo un servicio a Dios de acuerdo a las demandas de la divinidad no puede ser incoherente practicando algo que oculte a ese Dios, transfigurando esas demandas en una actividad política que haga olvidar a Dios. Por otra parte, Jesús sobreentiende la existencia de esa Autoridad humana y nos llama la atención sobre un principio normativo: "Toda exigencia de una autoridad humana cualquiera debe ser recibida en la medida en que ella es compatible con la fidelidad a Dios. Para Jesús, lo que Dios pide, es que sus adoradores reciban la huella de Dios. Que ellos lleven el sello. Que sean la imagen de Dios, y no la imagen del hombre" [29].

   
 

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Cortesía de: www.comteologicasesal.org

   
 

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