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¿Es
bíblica la idea de la separación de la Iglesia y el Estado? ¿No será una
idea de los perseguidos cristianos, quienes en un intento desesperado por
liberarse de semejante crueldad inventaron esa ideología? ¡NO!, no es un
invento de cristianos perseguidos, y ¡Sí!, es una idea absolutamente
bíblica. Cuando analizamos el surgimiento y la caída de las antiguas
monarquías aprendimos que el principio de intolerancia y persecución
religiosa siempre estuvo presente, y que los incidentes en que los siervos
de Dios se vieron envuelto y la forma milagros en la que Dios los
protegió, es una evidencia de que el principio de intolerancia religiosa
entra en conflicto con la libertad conciencia de los individuos. Vimos
además que Dios no le ha dado a ningún gobernante o reino la potestad de
avasallar la libertad de conciencia de los seres humanos en materia de
religión. Ningún hombre o mujer debería ser forzado a cree una idea
religiosa particular por más apoyo que tenga de la mayoría.
En una ocasión los apóstoles le refirieron a Jesús sobre un hombre que
hacía milagros, pero que no andaba con ellos. Los discípulos le
preguntaron: “Maestro, hemos visto a uno que en tu Nombre echaba demonios,
y se lo prohibimos, porque no nos sigue”. La repuesta de Cristo fue
directa: “No se lo prohibáis, porque ninguno que haga un milagro en mi
Nombre, podrá después hablar mal de mí” (Mar. 9:38,39). Nadie tiene
derecho a juzgar la experiencia de fe o conocimiento de Dios que pueda
tener una persona, independientemente de que entienda las cosas en forma
diferentes a nosotros. ¿Y si enseña “herejías”? ¿Cómo se determina que es
una herejía o no lo es? ¿Lo determina una organización religiosa, un
comité, o un concilio de iglesia? No podemos negar que los concilios
eclesiásticos han producido sus frutos, pero también han sido
protagonistas de grandes errores doctrinales. La única manera de saber si
una enseñanza tiene o no el sello del cielo es determinarlo por un estudio
juicioso de las Sagradas Escrituras. Pero, ¿quien determina lo que
realmente enseña la Biblia sobre sus doctrinas? Indiscutiblemente no es
prerrogativa de la iglesia juzgar la fe de nadie y mucho menos imponer su
punto de vista sobre una creencia particular. Hay que dejar a Dios el
juicio y la venganza: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con
el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida que medís,
seréis medidos”. “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, antes dad
lugar a la ira de Dios. Porque escrito está: Mía es la venganza, yo
pagaré, dice el Señor” (Mat. 7:1,2; Rom. 12:19, cf. Juan 5:22; Heb.
10:30).
Es verdad que bajo el antiguo sistema de culto, las órdenes de Dios para
erradicar algunas naciones fueron ejecutadas por medio de su pueblo
elegido. Pero fue una decisión divina, no un producto de la deliberación
de los líderes del pueblo. Dios vio la profundidad de su inmoralidad y la
conducta pecaminosa irreversible de aquellos pueblos, habían agotado su
tiempo de gracia (vea Gén. 15:16). Pero las órdenes eran dadas por medio
de los instrumentos designados y elegidos por Dios mismo (sus profetas).
No era una decisión que tomaba al azar. “El gobierno de Israel era una
verdadera teocracia. Era realmente un gobierno ejercido por Dios”.1
Pero no encontramos indicios de semejante forma de gobierno en el Nuevo
Testamento. Y más aún, “con excepción del reino de Israel, jamás ha
existido en la tierra gobierno alguno en el cual Dios haya dirigido los
asuntos del estado mediante hombres inspirados […] Pero la ejecución de
estas penas era dirigida por el que lee los corazones de los hombres, que
conoce la medida de su culpabilidad, y que trata a sus criaturas con
sabiduría y misericordia. Cuando los hombres dominados por flaquezas y
pasiones humanas emprenden esta obra, es indiscutible que hay motivo por
temer que reine la injusticia y la crueldad sin freno alguno. Se
perpetrarán entonces los crímenes más inhumanos, y todo en el sagrado
nombre de Cristo”.2
Por lo tanto, lo único útil que podemos aprender de la teocracia del
Antiguo Testamento es que “el reino de Israel era una figura del reino de
Cristo, el cual no se establecerá antes de su segunda venida; y que las
obligaciones dimanentes de la relación del hombre con Dios no deben ser
reguladas ni impuestas por las autoridades humanas”.3
Hay dos cosas que debemos resaltar al analizar este tema. 1) El pueblo de
Israel tenía la misión de establecerse en la tierra de Canaán por mandato
divino, pero no podían hacerlo sino hasta que las naciones que ocupaban
aquella tierra hubieran agotado el tiempo que Dios le había asignó en su
justicia y misericordia (Gén. 15:16). “Hay un grado de iniquidad señalado
más allá del cual no pueden ir las naciones sin enfrentarse con los
castigos de Dios. La profundidad de la depravación y degeneración moral en
que se habían sumido los habitantes de Canaán en el tiempo de Moisés queda
de manifiesto por su literatura mitológica, posteriormente descubierta.
Ellos describen a sus dioses como seres crueles y sedientos de sangre, que
se matan y engañan mutuamente, y cuya inmoralidad sobrepasa toda
imaginación. A semejanza de los antediluvianos y de los sodomitas los
habitantes de Canaán, al igual que sus dioses, estaban movidos por las
pasiones más viles. Los encontramos sacrificando a sus hijos, adorando
serpientes y practicando rituales inmorales en sus templos. Sus santuarios
albergaban a prostitutas profesionales y a homosexuales”.4
Entonces, Dios establece el límite “más allá del cual”, no le permite
pasar a las naciones en las prácticas del mal.
2) Israel no andaba a la caza de los paganos para hacerlos adoradores del
Dios verdadero o para destruirlos (como perseguía el papado a los
“herejes” para inducirlos a retractarse). Ellos serían la cabeza de las
demás naciones, pero no por la fuerza y la coerción. Los extranjeros eran
amados por Dios, pues Él no hace acepción de persona (Deut. 10:17,18); por
lo tanto, Israel debía amar también al extranjero (vers. 19). Una misma
ley tenían el israelita y el extranjero, una ley que debía cumplirse, pero
si el extranjero deseaba marcharse, podía hacerlo (Éxo. 12:49; Lev. 18:26;
24:22). Así mismo, la pena capital era aplicada a ambos por igual (Éxo.
12:19; Núm. 15:30). Pero cuando una nación era condenada por Dios a la
destrucción, era algo que descansaba en su absoluta responsabilidad, pues
sólo Dios conocía perfectamente el grado de iniquidad en el corazón de los
seres humanos. Pero hay naciones que, aunque enjuiciadas, pueden salvarse
de perecer si cambian de conducta (vea Jon. 1:2,4:4-10; cf. Jer.
18:7-10).
Otras pruebas bíblicas
En el Nuevo Testamento encontramos a Jesús prometiéndole a los apóstoles:
"Yo pues os ordeno un reino, como mi Padre me lo ordenó a mí, para que
comáis y bebáis en mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos juzgando
a las doce tribus de Israel" (Luc. 22:29,30). Por el contexto en que Mateo
cita la promesa de Cristo a los apóstoles, nos damos cuenta que no era
para ser cumplida antes de su segunda venida de Cristo: “En la
regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su
gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las
doce tribus de Israel" (Mat. 19:28, cf. Luc. 19:12). La “facultad de
juzgar” a otros será prerrogativa del pueblo redimido de Dios sólo en
durante el reino milenial (Apoc. 20:4). Y para que no quede la menor duda,
leamos Mat. 25:31 y 32: “Y cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y
todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su
gloria. Y serán reunidas delante de él todas las gentes”. El reino de
Cristo no será ejercido por la iglesia de Dios en este mundo (como enseñó
San Agustín), sino que será dirigido por el mismo Cristo en ocasión del
fin del mundo (vea Apoc. 11:15-18). Será en aquel día, y no otro, en el
que los santos “recibirán el reino, y lo poseerán eternamente, por los
siglos de los siglos”. “El reino, y el señorío, y la majestad de los
reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del
Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los señoríos le servirán y
obedecerán” (Dan. 7:18,27).
La iglesia no puede justificar sus hechos ni pretensiones presentes
escudándose en una forma de gobierno teocrático que ya no está en vigor.
Es bueno recordar que en la iglesia apostólica se produjo un incidente
interesante relacionado con dos miembros de la iglesia. Este caso puede
ser equiparado con el juicio que cayó sobre Nadab y Abiú en el Antiguo
Testamento (Lev. 10:1-3,9,10). Nos referimos a Ananías y Safira. Ellos
habían sustraído una parte del dinero de la venta de su casa, pero cuando
trajeron el restante ante los Apóstoles, dijeron que era la cantidad
total. Ante semejante actitud, Pedro, guiado por Espíritu Santo, le dijo:
“Ananías, ¿por qué Satanás ha llenado tu corazón hasta inducirte a mentir
al Espíritu Santo, y a quedarte con parte del precio de la heredad?
Reteniéndola, ¿no quedaba para ti? Y vendida, ¿no estaba en tu potestad?
¿Por qué pusiste eso en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a
Dios” (Hech. 5:3,4). Lucas nos dice que “cuando Ananías oyó estas
palabras, cayó, y expiró”. Luego vino su mujer “sin saber lo que había
acontecido”, y fue interrogada por Pedro: “Dime, ¿vendisteis en tanto la
heredad? Ella respondió: Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué os
pusisteis de acuerdo [con tu esposo] para tentar al Espíritu del Señor? A
la puerta están los que han sepultado a tu esposo, y te sacarán a ti. Al
instante, ella cayó a los pies de él, y expiró” (vers. 7-10).
¿Duro juicio? ¿Se le pasó la mano a Dios en esta ocasión? Nosotros podemos
racionalizar el relato, pero hay aquí un principio interesante. No compete
a la iglesia ejecutar la sentencia que Dios ha determinado sobre algunos
individuos. ¿Y si acude al poder civil? Tampoco se le permite, pues lo
asuntos de la iglesia no deben ser llevados antes los tribunales: “¿Se
atreve alguno de vosotros, cuando tiene algo con otro, ir a juicio ante
los injustos, y no ante los santos? […] Por tanto, si tenéis juicios sobre
cosas de esta vida, poned por jueces a los que sean de menor estima
en la iglesia” (1 Cor. 6:1,4, lea también los vers. 2 y 3).
Y cuando la disciplina eclesiástica (¡no la pena de muerte!) se ha de
ejecutar, si ha de ser sancionada por el cielo, debe cumplir con las
condiciones especificada en la Palabra de Dios (vea Mat. 18:15-17). Es
cierto que lo que se ata en la tierra, es “atado en el cielo”; y todo lo
que desata en la tierra, es “desatado en el cielo” (vers. 18), pero
sólo si se cumple con el consejo de los verso. 15-17.
La lección del Gran Conflicto
La lección más importante talvez, de que la iglesia no debe acudir al
Estado para imponer sus doctrinas o ejecutar a los llamados herejes, es el
que encontramos en el estudio del origen de la Gran Controversia entre
cristo y Satanás. Desde el mismo comienzo de su rebelión en “el cielo”
(Apoc. 12:7), Satanás ocultó en “su corazón” (Isa. 14:13,14) las
intenciones reales de su lucha contra el gobierno divino, y cuando no pudo
avanzar más (pero después de haber influenciado la mente de otros
ángeles), se declaró abiertamente en su oposición (Eze. 28:16,17). Usando
la fuerza, arremetió contra el gobierno divino, pero fue detenido (Juan
8:44; Apoc. 12:7-9; Luc. 10:18). Desde el mismo origen del pecado, la
intolerancia ha sido el recurso obligatorio del gran rebelde, y ha
constituido el mismo recurso cuando la fuerza de los argumentos falla aquí
en la tierra.
Dios pudo haber destruido a Satanás con ton solo mover un dedo, pero no lo
hizo y permitió su existencia con el propósito de que se revelará
claramente su carácter ante toda la creación de Dios. “Aun cuando Satanás
fue arrojado del cielo, la Sabiduría infinita no le aniquiló”.5
“Dios podría haber destruido a Satanás y a los que simpatizaban con él tan
fácilmente como nosotros podemos arrojar una piedrecita al suelo; pero no
lo hizo. La rebelión no se había de vencer por la fuerza. Sólo el gobierno
satánico recurre al poder compulsorio. Los principios del Señor no son de
este orden. Su autoridad descansa en la bondad, la misericordia y el amor;
y la presentación de estos principios es el medio que quiere emplear. El
gobierno de Dios es moral, y la verdad y el amor han de ser la fuerza que
lo haga prevalecer”.6
La magnitud de los principios involucrados en la Gran Controversia es lo
que ha impulsado a Dios a tener que tomar medidas drásticas contra algunos
individuos y hasta contra naciones enteras. Pero sólo Él, quien conoce a
profundidad todas las implicaciones de esta crisis (mas la profundidad con
la que el pecado se desarrolla en la vida de los hombres y los pueblos),
puede tomar estas decisiones. Es prerrogativa exclusivamente divina. Dios
no ha actuado como el Papado, que quiso erradicar la herejía de la iglesia
usando la fuerza, pues aunque Él erradicó a algunos pueblos, NO extendió
su castigo a todas las naciones (excepto en el Diluvio). Y estos casos
están registrado como ejemplo para las generaciones futuras (Mat.
24:37-39; 2 Ped. 2:6-9; Jud. 7). Así que, sólo Dios puede ejecutar juicio
sobre este mundo corrompido, no es algo que le compete a la iglesia de
Cristo, ni con sus propias fuerzas, y mucho menos con la fuerza del poder
civil. Y no debe aunque se escude detrás de la supuesta dirección del
Espíritu Santo.
La iglesia tiene que asimilar el cambio que ha sido introducido por Dios a
través de Cristo y su Evangelio en la historia de la humanidad. La muerte
del Hijo de Dios ha implantado un nuevo tiempo, una era nueva, en la que,
se tolera la coexistencia del trigo y la cizaña conjuntamente en la
iglesia hasta el día de la cosecha. En la parábola del trigo y la cizaña,
los siervos preguntaron: “¿Quieres que vayamos y la arranquemos?”. La
repuesta del Señor de la viña fue: “No, para que al sacar la cizaña, no
arranquéis también el trigo. Dejad crecer juntos lo uno y lo otro hasta la
siega. Y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Arrancad primero
la cizaña, y atadla en manojos para quemarla, pero juntad el trigo en mi
granero” (Mat. 13:24-30). ¡Cuantos hombres de Dios han sido martirizados
en procura de limpiar a la iglesia de la “herejía”!
La Biblia nos presenta la triste realidad de que en transcurso del tiempo,
algunos cristianos procurarían separar antes de tiempo al trigo de la
cizaña: “Os expulsarán de las sinagogas, y aun viene la hora, cuando el
que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Juan 16:2). Pero note
porque lo harían: “Os harán esto porque no han conocido al Padre ni me
conocen a mí” (vers. 3). Y más terrible aún es saber que, hasta “el
hermano entregará a muerte a su hermano, el padre al hijo, y los hijos se
levantarán contra los padres, y los harán morir” (Mat. 12:16-22).
¡Millones de vidas inocentes han sido sacrificadas en nombre de Dios! La
iglesia cristiana institucionalizada es la que, difícil como suena, ha
escrito la historia más siniestra de todas, al convertirse en la religión
que “más sangre inocente ha derramado”. Y todo por no tener una ideología
clara y definida sobre la separación de la Iglesia y el Estado y de los
derechos inalienables que en materia de religión tienen todos los
seres humanos.
Cristo no le ha dado autoridad a su iglesia para ejecutar a los
disidentes, por lo tanto no, es lícito a los cristianos insistir en una
unión de la Iglesia con el Estado, a no ser que hayan caído en apostasía.
Esta caída espiritual que precede al fin de la historia, es lo que
precisamente revela la profecía apocalíptica que ocurriría (Apoc. 14:8).
La caída espiritual será seguida por una caída definitiva, de la que jamás
se levantarán los apostatas (Apoc. 18:1-4). Hay que reconocer que la
corrupción está carcomiendo todas las esferas sociales, pero por más
desesperante que sea, no es una señal para que nos abrasemos al poder
civil y procuremos corregirla, es más bien la señal que nos advierte que
“nuestra redención está cerca” (Luc. 21:28). No hay nada en las Escrituras
que nos indique que la misión del cristianismo consiste en transformar la
sociedad por medio del uso de la fuerza y las imposiciones legales. Lo que
sí encontramos es que la forma de cristianismo que existirá en el tiempo
del fin se corromperá, y habiéndose unido al poder civil, procurará
imponer por medio de la fuerza sus ideologías particulares sobre los demás
(Apoc. 13:14-17; 17:1-7). Lo que la fuerza de la verdad no puede logra,
pues la han abandonado, procurarán lograrlo por medio de imposiciones
civiles y religiosas.
Lecciones de los tiempos de Cristo
Más arriba formulamos la pregunta: “¿es bíblica lo idea de la separación
de la Iglesia y el Estado?” Procuramos responderla apelando a la autoridad
de las Escrituras, y ahora aportaremos algunas pruebas adicionales a favor
de la separación los poderes políticos y religiosos. Y la proveeremos
yendo a las Escrituras, fuente autoriza de doctrina, ante la cual debe
estar subyugada toda persona, institución o ideología. Cuando leemos las
Escrituras descubrimos que sus escritores estuvieron subordinados unos a
otros en la exposición de la Palabra. Al tiempo que recibían sus
respectivas revelaciones dependían también de la luz que habían recibido
los otros escritores inspirados quienes no sólo la estudiaban, sino que la
citaban (vea Dan. 9:2).7
Así mismo, los escritores del Nuevo Testamento acuden constantemente a los
escritos del Antiguo Testamento para dar expresión y fuerza a sus consejos
inspirados. Por lo tanto, la Escritura es plenamente suficiente
para entender el tema de la separación de la Iglesia y el Estado. Creemos
en la suficiencia de las Escrituras para exponer y vivir la
doctrina cristiana.
Cuando Jesús desarrolló su ministerio habían en Israel diferentes partidos
religiosos: los saduceos, los fariseos (asociados a estos estaban los
escribas), los esenios, los zelotes y los herodianos. Estos últimos
constituían un partido político-religioso, que defendía los intereses de
Herodes (“representaban a la aristocracia política y social”), quien en
aquellos días procuró romanizar a Palestina. Los herodianos “fueron los
apologistas de Herodes en su posición de rey de Judea”.8
Este partido tenía por ideología que los más elevados intereses del pueblo
hebreo radicaban en cooperara con la política de Roma. Semejantes a estos
eran los zelotes, quienes perseguían intereses políticos. Para ellos la
política se había convertido “en el principal motivo de la religión”.
Constituían además un partido extremista en que el terrorismo era usado
como una de las armas más efectivas.
Los saduceos estaban conformados por personas de buena posición social,
eran el partido religiosa talvez más desviado de la tradición judía, pues
mostraban sospechas ante toda revelación posterior a la promulgación de la
ley de Moisés. No creían en la existencia de los ángeles y negaban la
doctrina de la resurrección, producto de sus compromisos con el helenismo
de la época. Los saduceos eran quienes desempeñaban los principales cargos
“del sacerdocio y del ritual del templo”.
Los esenios eran el grupo religioso más estricto dentro de todos, poniendo
en prácticas las disciplinas más severas del fariseísmo. Se habían
apartado para vivir una vida monástica en espera del Mesías, y vivían como
una comunidad en cavernas y adoraban juntos a su Dios. Al igual que los
saduceos negaban la resurrección, pero por el hecho de que sostenían la
doctrina de la preexistencia de las almas. Después de que sus edificios
fueron destruidos por los romanos en los años 66-76 d.C. no se vuelven a
mencionar, lo que da a entender que desaparecieron en este tiempo. Es el
único grupo religioso que no se menciona en los escritos del Nuevo
Testamento.
Finalmente, estaban los fariseos (lit. “separatistas”), conformaban un
partido religioso que tuvo su origen en un grupo que se denominó Jasidím
(“los piadosos” o “los santos”), quienes a su vez surgieron como una
reacción ante las influencias de la filosofía griega en el pueblo judío.
“Los fariseos eran el partido mayoritario, popular y ortodoxo. Su programa
consistía en adherirse rígidamente a la ley y a la multitud de
interpretaciones tradicionales de las Escrituras que surgieron en ese
tiempo. Insistían en rehuir responsabilidades públicas y deberes cívicos”.9
A diferencia de los saduceos, los fariseos creían en la vida futura, en
los ángeles y la resurrección. Aceptaban además todo el Antiguo Testamento
como inspirado. La doctrina de la resurrección fue utilizada por Pablo
para crear división entre los fariseos y saduceos (Hech. 23:6-10). Es
bueno destacar que para fariseos la unión de la religión y estado no
estaba de acuerdo con los planes de Dios y procuraba la separación “del
tutelaje del Estado, liberar el sumo sacerdocio de complicaciones
políticas y alejarse de las actividades cívicas.
“Pero era difícil llevar a buen término todos esos esfuerzos, pues para
los judíos no había una línea lógica de separación entre la religión y las
otras actividades de la vida”.10
Pero la forma de religión que era promovida por estos grupos religiosos no
llegaba al estándar divino de la verdadera fe (Mat. 5:20; 12:38,39;
23:2-36; Rom. 9:30-32; 10:2,3). Y el día que se unificaron en una causa
común, en lugar de producir la verdadera unión y alcanzar la verdad, el
error de todos (incluyendo sus verdades) no hizo más que sumar la mayor
montaña de errores que se habían visto hasta entonces (Hech. 23:9,10). A
pesar de las diferencias doctrínales abismales entre estos grupos
religiosos, a la hora de enfrentar a Cristo, los encontramos uniéndose en
los puntos que le eran comunes, para contrarrestar a un enemigo común.
“Entonces los fariseos salieron, y tuvieron consejo con los herodianos
para matar a Jesús” (Mar. 3:6, vea Mat. 22:15,16; Luc. 20:20). Estos
grupos religiosos opuestos, cruzaron el puente que los separaba porque
había que eliminar a un enemigo común, que afectaba con sus enseñanzas los
intereses particulares de cada uno de ellos. Jesús denunció la hipocresía
de la que eran protagonistas los escribas y fariseos (Mat. 23:1-36), y las
vanas tradiciones promovidas por ellos que oscurecían la verdad de la
Escritura (Mat. 15:1-9). También hizo referencia a las falsas concepciones
doctrinales promovidas por los saduceos y los fariseos (Mat. 16:6,12;
22:15-46). Es evidente que la actitud de Cristo ante las falsas doctrinas
y líderes religiosos, estaba muy lejos de las que experimentan mutuamente
los católicos y protestantes hoy. Jesús no comulgaba con el error y la
hipocresía oculta bajo un manto religioso, estos sí.
Estas evidencias bíblicas demuestran que para Jesús sí es
importante lo que creemos acerca de la Palabra, y revelan además que por
las Escrituras debe certificarse la validez de nuestras creencias y
experiencias religiosas. Por lo tanto, cuando Jesús habla de la unidad de
su iglesia (Juan 17), no está pensando en la barrabasada que plantea el
actual movimiento ecuménico promovido por católicos y protestantes. Habla
de unidad en la verdad, de ser santificado por ella y llagar a ser
uno con Dios en mente y propósito. Esto nos obligaría a sentarnos en la
mesa del dialogo y verificar nuestras creencias sobre el fundamento de la
sola Escritura. Pero sobre la base de hacerse de la vista gorda en las
diferencias doctrinales, y aplicar rayo x en las que son similares, ¡No!
Además lo que revelan las tendencias actuales tanto en el mundo católico
como protestante es que, inmediatamente tengan el poder civil en sus
manos, habrá que ajustarse a lo que ellos creen y entienden que debe ser
creído. ¿Y que pasará con las religiones no cristianas o por las minorías
cristianas? ¿Serán
perseguidas? Por lo que vimos que sucedió en los días de Cristo y lo que
sucedió después que la iglesia cristiana se institucionalizó, podemos
vaticinar sin temor a equivocarnos que se unirán “en los punto de fe que
le son comunes”. Recuerde que existen dos vías de acceso entre las
diversas religiones que existen en el mundo para lograr la unidad: la
inmortalidad inherente del alma y la santidad de domingo como día de
reposo. La primera constituye un puente entre el cristianismo apostata y
el espiritismo, y la segunda, entre las diferentes denominaciones
cristianas. El acercamiento se produce por medio de una creencia o la
otra.
Pero la verdadera unidad en la fe está fundamentada sobre la plataforma de
las doctrinas fundamentales de la Palabra de Dios. El ser humano no nace
en armonía con Dios, ni es por naturaleza un recipiente de la verdad; al
contrario, nace alienado de Dios (Isa. 59:2), espiritualmente muerto (Efe.
2:1), sin fuerza moral y espiritual (Rom. 7:17,18), en rebelión contra
Dios y su santa Ley (Rom. 8:7), y esclavo al poder del pecado y la muerte
(Rom. 7:23). Esto es lo que establece la necesidad de la redención y la
liberación que sólo nos llega por medio de Cristo y su Evangelio (Rom.
8:2,3; 6:17,18; Juan 8:32,36). El objetivo del Evangelio es restaurar en
el hombre la semejanza divina y afianzar a los seres humanos en la verdad
como es en Jesús.
Por eso, Cristo habla de la unidad que toma en cuenta la doctrina
verdadera, pues, ¿con una doctrina equivocada como se llega a la verdad de
Dios? No pudieron llegar los antiguos partidos religiosos de los tiempos
de Cristo y tampoco podrán llegar los modernos grupos religiosos. Es un
imposible. Por eso es que cuando falta la verdad, procuran llenar el vacío
por medio de la legislación de los principios religiosos. La sumisión que
no se logra por medio de los argumentos equivocados (y que sólo se
consigue por medio de la verdad), es procurada entonces por medio del
poder civil. Bien expresó el columnista Cal Thomas: “Si no somos
constreñidos desde adentro por el poder de Dios, debemos ser constreñidos
desde afuera por el poder del Estado, que actúa [según algunos] como
agente de Dios”.11
Las ideas expresadas por algunos líderes religiosos hoy, para los que
estudiamos estos asuntos, son alarmantes, pues se sostiene que se debe
“usar la doctrina de la libertad religiosa para las escuelas cristianas
hasta que entrenemos a una generación de personas que sepan que no hay
neutralidad religiosa […] Entonces se ocuparán de construir un orden
basado en la Biblia, político y religioso [como ellos lo entiende
particularmente], que finalmente niegue la libertad religiosa de los
enemigos de Dios”.12
Los que han considerado nuestra interpretación de las profecías como
desacertada, tendrán que admitir por lo menos, que durante más de cien
años hemos dicho lo que ellos precisamente están diciendo y haciendo ante
nuestros desorbitados ojos. Y que corren “a alta velocidad” para cumplir
lo que dice Apoc. 13 y el Conflicto de los Siglos. En la actualidad es
probable que sólo sean tendencias, es verdad, pero nada las detendrá,
porque es el programa que se ha propuesto este movimiento en Norteamérica.
Los argumentos históricos y actuales que hemos presentado hasta aquí nos
dan la razón. Todas estas evidencias constituyen la realidad de una
interpretación que, aunque rechaza y desestimada, cumple con las
exigencias del texto bíblico.
Notas y Referencias:
Elena de White,
Patriarcas y Profetas, Apéndice, nota 11.
Comentario Bíblico Adventista, tomo I, p. 328.
-----------,
El Deseado de Todas las Gentes, pp. 706,707.
Otros ejemplos interesante son el de Jeremías que cita a Miqueas y
Abdías (Jer. 26:18; 49:14,16, cf. Miq. 3:12; Abd. 1:4). Isaías que
cita a Miqueas (Isa. 2:1-4, cf. Miq. 4:1-3).
Alonso T. Jones, Individualidad en Religión, p. 21.
Comentario Bíblico Adventista, tomo V, p. 53.
Haper’s Magazine, 1995, p. 30.
Gary North, The Religious Right: The Assault on Tolerance an d
Pluralism in
America,
pp. 5,6. Citado en Goldstein, Ibíd., p. 45.
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