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Pruebas Bíblicas sobre la Separación de la Iglesia y el Estado

 

 

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

¿Es bíblica la idea de la separación de la Iglesia y el Estado? ¿No será una idea de los perseguidos cristianos, quienes en un intento desesperado por liberarse de semejante crueldad inventaron esa ideología? ¡NO!, no es un invento de cristianos perseguidos, y ¡Sí!, es una idea absolutamente bíblica. Cuando analizamos el surgimiento y la caída de las antiguas monarquías aprendimos que el principio de intolerancia y persecución religiosa siempre estuvo presente, y que los incidentes en que los siervos de Dios se vieron envuelto y la forma milagros en la que Dios los protegió, es una evidencia de que el principio de intolerancia religiosa entra en conflicto con la libertad conciencia de los individuos. Vimos además que Dios no le ha dado a ningún gobernante o reino la potestad de avasallar la libertad de conciencia de los seres humanos en materia de religión. Ningún hombre o mujer debería ser forzado a cree una idea religiosa particular por más apoyo que tenga de la mayoría.

En una ocasión los apóstoles le refirieron a Jesús sobre un hombre que hacía milagros, pero que no andaba con ellos. Los discípulos le preguntaron: “Maestro, hemos visto a uno que en tu Nombre echaba demonios, y se lo prohibimos, porque no nos sigue”. La repuesta de Cristo fue directa: “No se lo prohibáis, porque ninguno que haga un milagro en mi Nombre, podrá después hablar mal de mí” (Mar. 9:38,39). Nadie tiene derecho a juzgar la experiencia de fe o conocimiento de Dios que pueda tener una persona, independientemente de que entienda las cosas en forma diferentes a nosotros. ¿Y si enseña “herejías”? ¿Cómo se determina que es una herejía o no lo es? ¿Lo determina una organización religiosa, un comité, o un concilio de iglesia? No podemos negar que los concilios eclesiásticos han producido sus frutos, pero también han sido protagonistas de grandes errores doctrinales. La única manera de saber si una enseñanza tiene o no el sello del cielo es determinarlo por un estudio juicioso de las Sagradas Escrituras. Pero, ¿quien determina lo que realmente enseña la Biblia sobre sus doctrinas? Indiscutiblemente no es prerrogativa de la iglesia juzgar la fe de nadie y mucho menos imponer su punto de vista sobre una creencia particular. Hay que dejar a Dios el juicio y la venganza: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida que medís, seréis medidos”. “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, antes dad lugar a la ira de Dios.  Porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Mat. 7:1,2; Rom. 12:19, cf.  Juan 5:22; Heb. 10:30).

Es verdad que bajo el antiguo sistema de culto, las órdenes de Dios para erradicar algunas naciones fueron ejecutadas por medio de su pueblo elegido. Pero fue una decisión divina, no un producto de la deliberación de los líderes del pueblo. Dios vio la profundidad de su inmoralidad y la conducta pecaminosa irreversible de aquellos pueblos, habían agotado su tiempo de gracia (vea Gén. 15:16). Pero las órdenes eran dadas por medio de los instrumentos designados y elegidos por Dios mismo (sus profetas). No era una decisión que tomaba al azar. “El gobierno de Israel era una verdadera teocracia. Era realmente un gobierno ejercido por Dios”.1 Pero no encontramos indicios de semejante forma de gobierno en el Nuevo Testamento. Y más aún, “con excepción del reino de Israel, jamás ha existido en la tierra gobierno alguno en el cual Dios haya dirigido los asuntos del estado mediante hombres inspirados […] Pero la ejecución de estas penas era dirigida por el que lee los corazones de los hombres, que conoce la medida de su culpabilidad, y que trata a sus criaturas con sabiduría y misericordia. Cuando los hombres dominados por flaquezas y pasiones humanas emprenden esta obra, es indiscutible que hay motivo por temer que reine la injusticia y la crueldad sin freno alguno. Se perpetrarán entonces los crímenes más inhumanos, y todo en el sagrado nombre de Cristo”.2 Por lo tanto, lo único útil que podemos aprender de la teocracia del Antiguo Testamento es que “el reino de Israel era una figura del reino de Cristo, el cual no se establecerá antes de su segunda venida; y que las obligaciones dimanentes de la relación del hombre con Dios no deben ser reguladas ni impuestas por las autoridades humanas”.3

Hay dos cosas que debemos resaltar al analizar este tema. 1) El pueblo de Israel tenía la misión de establecerse en la tierra de Canaán por mandato divino, pero no podían hacerlo sino hasta que las naciones que ocupaban aquella tierra hubieran agotado el tiempo que Dios le había asignó en su justicia y misericordia (Gén. 15:16). “Hay un grado de iniquidad señalado más allá del cual no pueden ir las naciones sin enfrentarse con los castigos de Dios. La profundidad de la depravación y degeneración moral en que se habían sumido los habitantes de Canaán en el tiempo de Moisés queda de manifiesto por su literatura mitológica, posteriormente descubierta. Ellos describen a sus dioses como seres crueles y sedientos de sangre, que se matan y engañan mutuamente, y cuya inmoralidad sobrepasa toda imaginación. A semejanza de los antediluvianos y de los sodomitas los habitantes de Canaán, al igual que sus dioses, estaban movidos por las pasiones más viles. Los encontramos sacrificando a sus hijos, adorando serpientes y practicando rituales inmorales en sus templos. Sus santuarios albergaban a prostitutas profesionales y a homosexuales”.4 Entonces, Dios establece el límite “más allá del cual”, no le permite pasar a las naciones en las prácticas del mal.

2) Israel no andaba a la caza de los paganos para hacerlos adoradores del Dios verdadero o para destruirlos (como perseguía el papado a los “herejes” para inducirlos a retractarse). Ellos serían la cabeza de las demás naciones, pero no por la fuerza y la coerción. Los extranjeros eran amados por Dios, pues Él no hace acepción de persona (Deut. 10:17,18); por lo tanto, Israel debía amar también al extranjero (vers. 19). Una misma ley tenían el israelita y el extranjero, una ley que debía cumplirse, pero si el extranjero deseaba marcharse, podía hacerlo (Éxo. 12:49; Lev. 18:26; 24:22). Así mismo, la pena capital era aplicada a ambos por igual (Éxo. 12:19; Núm. 15:30). Pero cuando una nación era condenada por Dios a la destrucción, era algo que descansaba en su absoluta responsabilidad, pues sólo Dios conocía perfectamente el grado de iniquidad en el corazón de los seres humanos. Pero hay naciones que, aunque enjuiciadas, pueden salvarse de perecer si cambian de conducta (vea Jon. 1:2,4:4-10; cf. Jer. 18:7-10). 

Otras pruebas bíblicas

En el Nuevo Testamento encontramos a Jesús prometiéndole a los apóstoles: "Yo pues os ordeno un reino, como mi Padre me lo ordenó a mí, para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos juzgando a las doce tribus de Israel" (Luc. 22:29,30). Por el contexto en que Mateo cita la promesa de Cristo a los apóstoles, nos damos cuenta que no era para ser cumplida antes de su segunda venida de Cristo: “En la regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel" (Mat. 19:28, cf. Luc. 19:12). La “facultad de juzgar” a otros será prerrogativa del pueblo redimido de Dios sólo en durante el reino milenial (Apoc. 20:4). Y para que no quede la menor duda, leamos Mat. 25:31 y 32: “Y cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria. Y serán reunidas delante de él todas las gentes”. El reino de Cristo no será ejercido por la iglesia de Dios en este mundo (como enseñó San Agustín), sino que será dirigido por el mismo Cristo en ocasión del fin del mundo (vea Apoc. 11:15-18). Será en aquel día, y no otro, en el que los santos “recibirán el reino, y lo poseerán eternamente, por los siglos de los siglos”. “El reino, y el señorío, y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los señoríos le servirán y obedecerán” (Dan. 7:18,27).

La iglesia no puede justificar sus hechos ni pretensiones presentes escudándose en una forma de gobierno teocrático que ya no está en vigor. Es bueno recordar que en la iglesia apostólica se produjo un incidente interesante relacionado con dos miembros de la iglesia. Este caso puede ser equiparado con el juicio que cayó sobre Nadab y Abiú en el Antiguo Testamento (Lev. 10:1-3,9,10). Nos referimos a Ananías y Safira. Ellos habían sustraído una parte del dinero de la venta de su casa, pero cuando trajeron el restante ante los Apóstoles, dijeron que era la cantidad total. Ante semejante actitud, Pedro, guiado por Espíritu Santo, le dijo: “Ananías, ¿por qué Satanás ha llenado tu corazón hasta inducirte a mentir al Espíritu Santo, y a quedarte con parte del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no quedaba para ti? Y vendida, ¿no estaba en tu potestad? ¿Por qué pusiste eso en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hech. 5:3,4). Lucas nos dice que “cuando Ananías oyó estas palabras, cayó, y expiró”. Luego vino su mujer “sin saber lo que había acontecido”, y fue interrogada por Pedro: “Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Ella respondió: Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué os pusisteis de acuerdo [con tu esposo] para tentar al Espíritu del Señor? A la puerta están los que han sepultado a tu esposo, y te sacarán a ti. Al instante, ella cayó a los pies de él, y expiró” (vers. 7-10).

¿Duro juicio? ¿Se le pasó la mano a Dios en esta ocasión? Nosotros podemos racionalizar el relato, pero hay aquí un principio interesante. No compete a la iglesia ejecutar la sentencia que Dios ha determinado sobre algunos individuos. ¿Y si acude al poder civil? Tampoco se le permite, pues lo asuntos de la iglesia no deben ser llevados antes los tribunales: “¿Se atreve alguno de vosotros, cuando tiene algo con otro, ir a juicio ante los injustos, y no ante los santos? […] Por tanto, si tenéis juicios sobre cosas de esta vida, poned por jueces a los que sean de menor estima en la iglesia” (1 Cor. 6:1,4, lea también los vers. 2 y 3). Y cuando la disciplina eclesiástica (¡no la pena de muerte!) se ha de ejecutar, si ha de ser sancionada por el cielo, debe cumplir con las condiciones especificada en la Palabra de Dios (vea Mat. 18:15-17). Es cierto que lo que se ata en la tierra, es “atado en el cielo”; y todo lo que desata en la tierra, es “desatado en el cielo” (vers. 18), pero sólo si se cumple con el consejo de los verso. 15-17. 

La lección del Gran Conflicto

La lección más importante talvez, de que la iglesia no debe acudir al Estado para imponer sus doctrinas o ejecutar a los llamados herejes, es el que encontramos en el estudio del origen de la Gran Controversia entre cristo y Satanás. Desde el mismo comienzo de su rebelión en “el cielo” (Apoc. 12:7), Satanás ocultó en “su corazón” (Isa. 14:13,14) las intenciones reales de su lucha contra el gobierno divino, y cuando no pudo avanzar más (pero después de haber influenciado la mente de otros ángeles), se declaró abiertamente en su oposición (Eze. 28:16,17). Usando la fuerza, arremetió contra el gobierno divino, pero fue detenido (Juan 8:44; Apoc. 12:7-9; Luc. 10:18). Desde el mismo origen del pecado, la intolerancia ha sido el recurso obligatorio del gran rebelde, y ha constituido el mismo recurso cuando la fuerza de los argumentos falla aquí en la tierra.

Dios pudo haber destruido a Satanás con ton solo mover un dedo, pero no lo hizo y permitió su existencia con el propósito de que se revelará claramente su carácter ante toda la creación de Dios. “Aun cuando Satanás fue arrojado del cielo, la Sabiduría infinita no le aniquiló”.5  “Dios podría haber destruido a Satanás y a los que simpatizaban con él tan fácilmente como nosotros podemos arrojar una piedrecita al suelo; pero no lo hizo. La rebelión no se había de vencer por la fuerza. Sólo el gobierno satánico recurre al poder compulsorio. Los principios del Señor no son de este orden. Su autoridad descansa en la bondad, la misericordia y el amor; y la presentación de estos principios es el medio que quiere emplear. El gobierno de Dios es moral, y la verdad y el amor han de ser la fuerza que lo haga prevalecer”.6 La magnitud de los principios involucrados en la Gran Controversia es lo que ha impulsado a Dios a tener que tomar medidas drásticas contra algunos individuos y hasta contra naciones enteras. Pero sólo Él, quien conoce a profundidad todas las implicaciones de esta crisis (mas la profundidad con la que el pecado se desarrolla en la vida de los hombres y los pueblos), puede tomar estas decisiones. Es prerrogativa exclusivamente divina. Dios no ha actuado como el Papado, que quiso erradicar la herejía de la iglesia usando la fuerza, pues aunque Él erradicó a algunos pueblos, NO extendió su castigo a todas las naciones (excepto en el Diluvio). Y estos casos están registrado como ejemplo para las generaciones futuras (Mat. 24:37-39; 2 Ped. 2:6-9; Jud. 7). Así que, sólo Dios puede ejecutar juicio sobre este mundo corrompido, no es algo que le compete a la iglesia de Cristo, ni con sus propias fuerzas, y mucho menos con la fuerza del poder civil. Y no debe aunque se escude detrás de la supuesta dirección del Espíritu Santo.

La iglesia tiene que asimilar el cambio que ha sido introducido por Dios a través de Cristo y su Evangelio en la historia de la humanidad. La muerte del Hijo de Dios ha implantado un nuevo tiempo, una era nueva, en la que, se tolera la coexistencia del trigo y la cizaña conjuntamente en la iglesia hasta el día de la cosecha. En la parábola del trigo y la cizaña, los siervos preguntaron: “¿Quieres que vayamos y la arranquemos?”. La repuesta del Señor de la viña fue: “No, para que al sacar la cizaña, no arranquéis también el trigo. Dejad crecer juntos lo uno y lo otro hasta la siega. Y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla, pero juntad el trigo en mi granero” (Mat. 13:24-30). ¡Cuantos hombres de Dios han sido martirizados en procura de limpiar a la iglesia de la “herejía”!

La Biblia nos presenta la triste realidad de que en transcurso del tiempo, algunos cristianos procurarían separar antes de tiempo al trigo de la cizaña: “Os expulsarán de las sinagogas, y aun viene la hora, cuando el que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Juan 16:2). Pero note porque lo harían: “Os harán esto porque no han conocido al Padre ni me conocen a mí” (vers. 3). Y más terrible aún es saber que, hasta “el hermano entregará a muerte a su hermano, el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir” (Mat. 12:16-22). ¡Millones de vidas inocentes han sido sacrificadas en nombre de Dios! La iglesia cristiana institucionalizada es la que, difícil como suena, ha escrito la historia más siniestra de todas, al convertirse en la religión que “más sangre inocente ha derramado”. Y todo por no tener una ideología clara y definida sobre la separación de la Iglesia y el Estado y de los derechos inalienables que en materia de religión tienen todos los seres humanos.

Cristo no le ha dado autoridad a su iglesia para ejecutar a los disidentes, por lo tanto no, es lícito a los cristianos insistir en una unión de la Iglesia con el Estado, a no ser que hayan caído en apostasía. Esta caída espiritual que precede al fin de la historia, es lo que precisamente revela la profecía apocalíptica que ocurriría (Apoc. 14:8). La caída espiritual será seguida por una caída definitiva, de la que jamás se levantarán los apostatas (Apoc. 18:1-4). Hay que reconocer que la corrupción está carcomiendo todas las esferas sociales, pero por más desesperante que sea, no es una señal para que nos abrasemos al poder civil y procuremos corregirla, es más bien la señal que nos advierte que “nuestra redención está cerca” (Luc. 21:28). No hay nada en las Escrituras que nos indique que la misión del cristianismo consiste en transformar la sociedad por medio del uso de la fuerza y las imposiciones legales. Lo que sí encontramos es que la forma de cristianismo que existirá en el tiempo del fin se corromperá, y habiéndose unido al poder civil, procurará imponer por medio de la fuerza sus ideologías particulares sobre los demás (Apoc. 13:14-17; 17:1-7). Lo que la fuerza de la verdad no puede logra, pues la han abandonado, procurarán lograrlo por medio de imposiciones civiles y religiosas.

Lecciones de los tiempos de Cristo

  Más arriba formulamos la pregunta: “¿es bíblica lo idea de la separación de la Iglesia y el Estado?” Procuramos responderla apelando a la autoridad de las Escrituras, y ahora aportaremos algunas pruebas adicionales a favor de la separación los poderes políticos y religiosos. Y la proveeremos yendo a las Escrituras, fuente autoriza de doctrina, ante la cual debe estar subyugada toda persona, institución o ideología. Cuando leemos las Escrituras descubrimos que sus escritores estuvieron subordinados unos a otros en la exposición de la Palabra. Al tiempo que recibían sus respectivas revelaciones dependían también de la luz que habían recibido los otros escritores inspirados quienes no sólo la estudiaban, sino que la citaban (vea Dan. 9:2).7 Así mismo, los escritores del Nuevo Testamento acuden constantemente a los escritos del Antiguo Testamento para dar expresión y fuerza a sus consejos inspirados. Por lo tanto, la Escritura es plenamente suficiente para entender el tema de la separación de la Iglesia y el Estado. Creemos en la suficiencia de las Escrituras para exponer y vivir la doctrina cristiana.

Cuando Jesús desarrolló su ministerio habían en Israel diferentes partidos religiosos: los saduceos, los fariseos (asociados a estos estaban los escribas), los esenios, los zelotes y los herodianos. Estos últimos constituían un partido político-religioso, que defendía los intereses de Herodes (“representaban a la aristocracia política y social”), quien en aquellos días procuró romanizar a Palestina. Los herodianos “fueron los apologistas de Herodes en su posición de rey de Judea”.8 Este partido tenía por ideología que los más elevados intereses del pueblo hebreo radicaban en cooperara con la política de Roma. Semejantes a estos eran los zelotes, quienes perseguían intereses políticos. Para ellos la política se había convertido “en el principal motivo de la religión”. Constituían además un partido extremista en que el terrorismo era usado como una de las armas más efectivas.

Los saduceos estaban conformados por personas de buena posición social, eran el partido religiosa talvez más desviado de la tradición judía, pues mostraban sospechas ante toda revelación posterior a la promulgación de la ley de Moisés. No creían en la existencia de los ángeles y negaban la doctrina de la resurrección, producto de sus compromisos con el helenismo de la época. Los saduceos eran quienes desempeñaban los principales cargos “del sacerdocio y del ritual del templo”.

Los esenios eran el grupo religioso más estricto dentro de todos, poniendo en prácticas las disciplinas más severas del fariseísmo. Se habían apartado para vivir una vida monástica en espera del Mesías, y vivían como una comunidad en cavernas y adoraban juntos a su Dios. Al igual que los saduceos negaban la resurrección, pero por el hecho de que sostenían la doctrina de la preexistencia de las almas. Después de que sus edificios fueron destruidos por los romanos en los años 66-76 d.C. no se vuelven a mencionar, lo que da a entender que desaparecieron en este tiempo. Es el único grupo religioso que no se menciona en los escritos del Nuevo Testamento.

Finalmente, estaban los fariseos (lit. “separatistas”), conformaban un partido religioso que tuvo su origen en un grupo que se denominó Jasidím (“los piadosos” o “los santos”), quienes a su vez surgieron como una reacción ante las influencias de la filosofía griega en el pueblo judío. “Los fariseos eran el partido mayoritario, popular y ortodoxo. Su programa consistía en adherirse rígidamente a la ley y a la multitud de interpretaciones tradicionales de las Escrituras que surgieron en ese tiempo. Insistían en rehuir responsabilidades públicas y deberes cívicos”.9 A diferencia de los saduceos, los fariseos creían en la vida futura, en los ángeles y la resurrección. Aceptaban además todo el Antiguo Testamento como inspirado. La doctrina de la resurrección fue utilizada por Pablo para crear división entre los fariseos y saduceos (Hech. 23:6-10). Es bueno destacar que para fariseos la unión de la religión y estado no estaba de acuerdo con los planes de Dios y procuraba la separación “del tutelaje del Estado, liberar el sumo sacerdocio de complicaciones políticas y alejarse de las actividades cívicas.

“Pero era difícil llevar a buen término todos esos esfuerzos, pues para los judíos no había una línea lógica de separación entre la religión y las otras actividades de la vida”.10 Pero la forma de religión que era promovida por estos grupos religiosos no llegaba al estándar divino de la verdadera fe (Mat. 5:20; 12:38,39; 23:2-36; Rom. 9:30-32; 10:2,3). Y el día que se unificaron en una causa común, en lugar de producir la verdadera unión y alcanzar la verdad, el error de todos (incluyendo sus verdades) no hizo más que sumar la mayor montaña de errores que se habían visto hasta entonces (Hech. 23:9,10). A pesar de las diferencias doctrínales abismales entre estos grupos religiosos, a la hora de enfrentar a Cristo, los encontramos uniéndose en los puntos que le eran comunes, para contrarrestar a un enemigo común. “Entonces los fariseos salieron, y tuvieron consejo con los herodianos para matar a Jesús” (Mar. 3:6, vea Mat. 22:15,16; Luc. 20:20). Estos grupos religiosos opuestos, cruzaron el puente que los separaba porque había que eliminar a un enemigo común, que afectaba con sus enseñanzas los intereses particulares de cada uno de ellos. Jesús denunció la hipocresía de la que eran protagonistas los escribas y fariseos (Mat. 23:1-36), y las vanas tradiciones promovidas por ellos que oscurecían la verdad de la Escritura (Mat. 15:1-9). También hizo referencia a las falsas concepciones doctrinales promovidas por los saduceos y los fariseos (Mat. 16:6,12; 22:15-46). Es evidente que la actitud de Cristo ante las falsas doctrinas y líderes religiosos, estaba muy lejos de las que experimentan mutuamente los católicos y protestantes hoy. Jesús no comulgaba con el error y la hipocresía oculta bajo un manto religioso, estos sí. 

Estas evidencias bíblicas demuestran que para Jesús es importante lo que creemos acerca de la Palabra, y revelan además que por las Escrituras debe certificarse la validez de nuestras creencias y experiencias religiosas. Por lo tanto, cuando Jesús habla de la unidad de su iglesia (Juan 17), no está pensando en la barrabasada que plantea el actual movimiento ecuménico promovido por católicos y protestantes. Habla de unidad en la verdad, de ser santificado por ella y llagar a ser uno con Dios en mente y propósito. Esto nos obligaría a sentarnos en la mesa del dialogo y verificar nuestras creencias sobre el fundamento de la sola Escritura. Pero sobre la base de hacerse de la vista gorda en las diferencias doctrinales, y aplicar rayo x en las que son similares, ¡No! Además lo que revelan las tendencias actuales tanto en el mundo católico como protestante es que, inmediatamente tengan el poder civil en sus manos, habrá que ajustarse a lo que ellos creen y entienden que debe ser creído. ¿Y que pasará con las religiones no cristianas o por las minorías cristianas? ¿Serán perseguidas? Por lo que vimos que sucedió en los días de Cristo y lo que sucedió después que la iglesia cristiana se institucionalizó, podemos vaticinar sin temor a equivocarnos que se unirán “en los punto de fe que le son comunes”. Recuerde que existen dos vías de acceso entre las diversas religiones que existen en el mundo para lograr la unidad: la inmortalidad inherente del alma y la santidad de domingo como día de reposo. La primera constituye un puente entre el cristianismo apostata y el espiritismo, y la segunda, entre las diferentes denominaciones cristianas. El acercamiento se produce por medio de una creencia o la otra.

Pero la verdadera unidad en la fe está fundamentada sobre la plataforma de las doctrinas fundamentales de la Palabra de Dios. El ser humano no nace en armonía con Dios, ni es por naturaleza un recipiente de la verdad; al contrario, nace alienado de Dios (Isa. 59:2), espiritualmente muerto (Efe. 2:1), sin fuerza moral y espiritual (Rom. 7:17,18), en rebelión contra Dios y su santa Ley (Rom. 8:7), y esclavo al poder del pecado y la muerte (Rom. 7:23). Esto es lo que establece la necesidad de la redención y la liberación que sólo nos llega por medio de Cristo y su Evangelio (Rom. 8:2,3; 6:17,18; Juan 8:32,36). El objetivo del Evangelio es restaurar en el hombre la semejanza divina y afianzar a los seres humanos en la verdad como es en Jesús.

Por eso, Cristo habla de la unidad que toma en cuenta la doctrina verdadera, pues, ¿con una doctrina equivocada como se llega a la verdad de Dios? No pudieron llegar los antiguos partidos religiosos de los tiempos de Cristo y tampoco podrán llegar los modernos grupos religiosos. Es un imposible. Por eso es que cuando falta la verdad, procuran llenar el vacío por medio de la legislación de los principios religiosos. La sumisión que no se logra por medio de los argumentos equivocados (y que sólo se consigue por medio de la verdad), es procurada entonces por medio del poder civil. Bien expresó el columnista Cal Thomas: “Si no somos constreñidos desde adentro por el poder de Dios, debemos ser constreñidos desde afuera por el poder del Estado, que actúa [según algunos] como agente de Dios”.11

Las ideas expresadas por algunos líderes religiosos hoy, para los que estudiamos estos asuntos, son alarmantes, pues se sostiene que se debe “usar la doctrina de la libertad religiosa para las escuelas cristianas hasta que entrenemos a una generación de personas que sepan que no hay neutralidad religiosa […] Entonces se ocuparán de construir un orden basado en la Biblia, político y religioso [como ellos lo entiende particularmente], que finalmente niegue la libertad religiosa de los enemigos de Dios”.12 Los que han considerado nuestra interpretación de las profecías como desacertada, tendrán que admitir por lo menos, que durante más de cien años hemos dicho lo que ellos precisamente están diciendo y haciendo ante nuestros desorbitados ojos. Y que corren “a alta velocidad” para cumplir lo que dice Apoc. 13 y el Conflicto de los Siglos. En la actualidad es probable que sólo sean tendencias, es verdad, pero nada las detendrá, porque es el programa que se ha propuesto este movimiento en Norteamérica. Los argumentos históricos y actuales que hemos presentado hasta aquí nos dan la razón. Todas estas evidencias constituyen la realidad de una interpretación que, aunque rechaza y desestimada, cumple con las exigencias del texto bíblico.

Notas y Referencias:
[1] Elena de White, Patriarcas y Profetas, Apéndice, nota 11.
[2] -----------, Ibíd.
[3] -----------, Ibíd.
[4] Comentario Bíblico Adventista, tomo I, p. 328.
[5] White, Ibíd., p. 23.
[6] -----------, El Deseado de Todas las Gentes, pp. 706,707.
[7] Otros ejemplos interesante son el de Jeremías que cita a Miqueas y Abdías (Jer. 26:18; 49:14,16, cf. Miq. 3:12; Abd. 1:4). Isaías que cita a Miqueas (Isa. 2:1-4, cf.  Miq. 4:1-3).
[8] Alonso T. Jones, Individualidad en Religión, p. 21.
[9] Comentario Bíblico Adventista, tomo V, p. 53.
[10] Ibíd.
[11] Haper’s Magazine, 1995, p. 30.
[12] Gary North, The Religious Right: The Assault on Tolerance an d Pluralism in America, pp. 5,6. Citado en Goldstein, Ibíd., p. 45.