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J. N. Andrews simboliza
una cosa para los Adventistas del Séptimo Día. Fue el
primer misionero Adventista del 7º Día que viajó en 1874
al occidente de Europa para establecer la obra en Suiza.
Pero olvidamos que él fue
también el autor del libro histórico, "Historia del
Sábado". Pocos de nosotros conocemos a J. N. Andrew como
el 3er presidente de la Asociación General del 14 de
mayo de 1867 al 18 de mayo de 1869. Fue precedido
únicamente por Juan Byington y Jaime White. Este gigante
literario, profundo estudiante y santo, fue también el
editor de nuestra venerable revista de iglesia, la
Review & Herald. Aunque vivió solamente 54 años, se
distinguió así mismo como uno de los mejores escritores
que jamás hayamos tenido. Estuvo asociado muy de cerca
con el pastor y la señora White en la dirección pionera
y el trabajo evangelístico de la iglesia naciente.
Andrews se desarrolló
vigorosamente en su servicio pionero en el occidente de
Europa. En muchas maneras estaba calificado para el
trabajo misionero. En otras habría hecho mejor en su
tierra natal. No obstante Dios lo usó para reunir las
esparcidas compañías que guardaban el sábado en
Inglaterra y en el continente, y para organizar la obra,
con oficina central en Basilea, Suiza. Murió en el
servicio activo, un sacrificado misionero pionero.
Una Historia Acerca de J. N. Andrews
Cuando J. N. Andrews era
joven, quería llegar a ser un congresista, en
Washington, D. C. Soñaba con un futuro y a juzgar por su
fuerza intelectual latente y sus cualidades literarias,
seguramente habría tenido éxito. Su tío Carlos era
congresista y un importante hombre de política en Maine,
pero Dios tenía planes más vastos para el joven Juan.
En la primavera de 1844
llegó un folleto a las manos de una familia en París,
Maine, llamada Stowell.
Este folleto era la
reimpresión de un artículo que había aparecido en una
revista adventista de Portland conocida como La
Esperanza de Israel. El propósito de este folleto era
convencer a la gente de que el séptimo día era el sábado
cristiano y debía observarse en lugar del domingo.
Stowell tomó el folleto y lo puso a un lado, pero su
hija Marian de quince años de edad, lo recogió y lo leyó.
Quedó convencida. Así también pasó con su hermano
Oswaldo después de leerlo. Entonces Marian compartió el
folleto con Juan Andrews, que tenía entonces sólo 17
años de edad. El lo leyó, se lo trajo de vuelta y le
preguntó: "¿Han leído esto tu padre y tu madre?" no,
dijo Marian, "pero yo sí y encontré que no estamos
guardando el sábado legítimo. ¿Qué piensas tú, Juan?"
"Yo creo que el séptimo
día es el sábado. Si tú y yo creemos ésto, Marian,
debemos guardarlo".
"Por supuesto, mi hermano
Oswaldo y yo, guardamos el sábado pasado. Nos
alegraremos si nos acompañas. Pero lleva el folleto del
pastor Preble a tu padre y a tu madre para que lo lean".
"Muy bien". El señor
Andrew lo leyó, lo llevó de vuelta a los Stowells. Ambas
familias guardaron el siguiente sábado celebrando la
reunión en una de sus habitaciones.
Si ese folleto no hubiera
intervenido, Juan Nevis Anrews podría no haber llegado
nunca a ser un gran autor, dirigente religioso y
misionero.
Poco tiempo después que él
aceptó la verdad sostenida por los adventistas
guardadores del sábado, el joven Juan tuvo una
experiencia extraña. En París, donde vivían, había un
grupo de fanáticos que sembraron semillas de discordia
entre los cristianos guardadores del sábado. La
presencia de estos fanáticos eran tan perturbadora que
no se realizaron reuniones por un año y medio. Pero
después de un tiempo se anunció una reunión y los
dirigentes de la iglesia asistieron. En esta reunión los
fanáticos fueron derrotados. El poder de Dios descendió
en forma semejante como lo hizo en el día de Pentecostés.
Los padres confesaban sus faltas a sus hijos, los hijos
a los padres y unos a otros. El hermano J. N. Andrews,
conmovido, exclamó: "Cambiaría mil errores por una
verdad".
En esta reunión, el joven
Andrews llegó a un punto de decisión que echó las bases
para su vida futura entera. Se dió por completo a la
tarea de dar el mensaje que había aprendido a amar. El
resto de su vida vivió para promover los intereses del
reino de Dios. ¡Qué ejemplo para nosotros! |