La Visión del Concilio Celestial

 

El Trono de Dios, El Libro Sellado y el Cordero

 

(1era. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Introducción

En este artículo estudiaremos los cap. 4-5 del Apocalipsis, una de las visiones más impresionantes y significativas de este libro. Aunque se reconoce que los cap. 4-5 “son de fácil lectura y en general su significado es casi evidente”[1], se observa también que “debemos ejercer precaución al interpretar algunos de los aspectos que se mencionan en esta profecía”.[2]
 
Para algunos eruditos la “visión del trono de Dios de Apoc. 4-5, y el papel que asume su Hijo frente al trono, ocupan el lugar central de todo el drama que aparece en el libro”.[3] “En este particular, estos capítulos constituyen el factor fundamental de la estructura que mantiene unida el libro, porque el resto de las visiones se ensamblan en esta estructura principal”.[4]
Esta visión está dividida en tres partes fundamentales: La primera está centrada en Dios el Padre sentado sobre su trono (Apoc. 4:1-11); la segunda está centralizada en el rollo sellado con siete sellos (Apoc. 5:1-4). Y la tercera sección se enfoca en el Cordero que fue inmolado y proclamado digno de abrir el libro (Apoc. 5:5-13). La primera escena encuentra su “clímax en la reivindicación de Dios. Todos los que están alrededor del trono declaran: ‘Digno eres’. ¿Por qué? Porque ‘tú creaste’ y por tu voluntad existen”. La segunda sección está consignada a la reivindicación del Cordero y es conducida por la pregunta: ‘¿Quién es digno?’ Y la respuesta es: el Cordero. ¿Por qué? Porque redimió”. Cristo es reivindicado sobre la base de su sacrificio expiatorio.[5] Veamos a continuación los detalles de esta significativa visión.
 
Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda (cap.4:1-3).
 
Sube acá, y yo te mostraré...
          Sin especificar el tiempo transcurrido entre la visión de las siete iglesias, cap. 1-3, y esta del cap. 4-5, Juan nos dice: “Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo”.[6]  Para algunos comentadores el “después de esto” indica el “orden dispositivo de la visión”.[7] Juan reconoce la voz que le habla, pues la identifica como “la primera voz que oí, como de trompeta” (ver cap. 1:10-13). Cristo le habla una vez más a su siervo en esta nueva revelación, y le especifica que va a mostrarle “las cosas que sucederán después de estas”. Es decir, “la escena que se presenta en la segunda visión del Apocalipsis, debían suceder a la escena que se había revelado en la primera visión. Juan no es llevado hacia atrás, sino que sus ojos se proyectan hacia delante, hacia lo que debía ocurrir después que Jesús concluyese su ‘continuo’ ministerio sacerdotal en el Lugar Santo”.[8] Esta expresión recalca además “la naturaleza profética” del libro de Apocalipsis en lo referente a los acontecimientos que están relacionados al futuro.
          La voz que Juan escucha “como de trompeta” le invita a “subir acá”, al cielo, y “al instante estaba en el Espíritu” y vio “un trono establecido en el cielo”. La “puerta” que Juan miró abierta en el cielo “indudablemente se trata de la puerta que conduce a la sala del trono del universo”;[9] es la puerta que conduce a la parte más íntima del Templo celestial, el Lugar Santísimo. “La puerta abierta en el cielo revela el Templo de Dios en el Lugar Santísimo en donde está el arca,... La luz que brilla de la puerta abierta atrae la atención del pueblo de Dios, quien comienza a ver lo que contiene el arca – la Ley de los Diez Mandamientos”.[10]
En el Santuario del desierto, el arca del pacto con sus dos querubines sobre el propiciatorio, estaba en el Lugar Santísimo. Este mueble era un símbolo del trono de Dios (Exo. 25:10-22; Sal. 80:1; 99:1; 1 Sam. 4:4). A partir de esta revelación de Cristo al anciano apóstol, algunos han sugerido la idea de que mientras en la primera visión (la del cap. 1-3) Juan ve cosas relacionadas a la iglesia de Dios en la tierra, ahora es inducido a mirar las cosas que suceden en el cielo. Ha habido un cambio, de lo terrenal a lo celestial. Es cierto que Cristo está presente en medio de su iglesia (Apoc. 1:13,20, cf. Mat. 28:20), pero lo está en la persona del Espíritu Santo (Juan 14:16-18). Note que el mensaje de Cristo a los ángeles de las iglesias es a través del Espíritu Santo (caps. 2:7,11,17,29; 3:6,13,22). Cuando Jesús le habla a Filadelfia del abrir y cerrar de las “puertas” se percibe en su forma de expresión que está en el Templo celestial. En este contexto, es preferible ver en estas dos visiones no un traslado de la tierra al cielo, sino más bien, una transferencia del Lugar Santo al Lugar Santísimo donde está el trono de la Deidad (cf. Apoc. 5:6).
          Otro de los profetas que tuvo el privilegio de tener una visión de Dios sentado sobre su trono en el Santuario celestial fue Isaías: “Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el Templo” (Isa. 6:1). “Se le permitió a Isaías que mirara en visión dentro del Lugar Santo y dentro del Lugar Santísimo del Santuario celestial. Fueron abiertas las cortinas del compartimiento interior del Santuario, y pudo contemplar la revelación de un trono alto y sublime que se alzaba, por así decirlo, hasta los mismos cielos. Una gloria indescriptible emanaba de un personaje que ocupaba el trono, y sus faldas llenaban el templo así como su gloria finalmente llenará la tierra”.[11] Ezequiel, al igual que Juan, pudo decir: “los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios... había como la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro...” (Eze. 1:1,26). Daniel tuvo una visión gloriosa del Concilio celestial también (Dan. 7:9-10). Micaías fue otro profeta que tuvo el privilegio de ver el trono de Dios en visión: “Yo he visto a Jehovah sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba a su mano derecha y a su izquierda” (2 Cron. 18:18). ¡Maravilloso privilegio!
 
La puerta que fue abierta
          Cuando estudiamos el mensaje a Filadelfia vimos que a esta iglesia se le dijo que una puerta había sido cerrada que nadie podía abrir, y que otra puerta había sido abierta que nadie podía cerrar (Apoc. 3:7-8). Vimos que esta declaración si bien puede señalar “las oportunidades” para la evangelización, tanto como el libre acceso a “los recursos inagotables de la gracia de Dios”, también tiene una aplicación mucho más abarcante. Filadelfia es la iglesia que representa el gran despertar adventista; es la iglesia que vive hasta el tiempo en que Cristo concluye la primera fase de su ministerio sumo sacerdotal en el Lugar Santo del Santuario celestial, y da comienzo a la última fase en el Lugar Santísimo. Además ya vimos que el “marco de referencia” de todo el libro del Apocalipsis es el Santuario. En este libro hay “14 referencias directas al Templo [celestial] como: Templo, Templo de Dios, el Templo que está en el cielo, y el Templo del tabernáculo del testimonio. 34 referencias indirectas: una vinculada con el sumo sacerdote, y 33 sobre el trono de Dios. Estas referencias al trono de Dios, según Apoc. 16:17, también están vinculadas al templo, pues el ‘trono’ se equipara con el ‘Templo del cielo’... En todas las secciones del Apocalipsis hay referencias al templo, al sumo sacerdote, o al trono de Dios; menos en la introducción y en la conclusión”.[12]
 “Hay Alguien que lo ve todo, y dice: ‘He puesto delante de ti una puerta abierta’ [Apoc. 3:8]. A través de esta puerta se mostró el trono de Dios, sombreado por el arco iris de la promesa [Apoc. 4:1-3], la señal del pacto eterno, mostrando que la misericordia y la verdad están juntas, y arrancando del que la contempla alabanzas al Señor”.[13] Así que, si hay una puerta que es abierta ante el profeta de Patmos, es la puerta que conduce al Lugar Santísimo, pues no hay otra puerta que pueda estar abierta. Desde esta perspectiva, la “puerta abierta” es una alusión al inicio del juicio previo al advenimiento de Cristo designado como “Juicio Investigador”, el cual se realiza en el compartimento más íntimo del Templo de Dios: el Lugar Santísimo. Con la apertura de esta puerta se pone a disposición de todos los creyentes en un nuevo contexto “los recursos inagotables de la gracia de Dios” y el poder necesario para llevar a feliz término la tarea de la evangelización en todo el mundo (Apoc. 14:6-12, cf. Efe. 3:10-12; Mat. 24:14; 28:18-20). Es interesante el contenido del siguiente comentario hecho por alguien que entiende que la puerta abierta de Apoc. 4:1 es la del Lugar Santísimo:
 
“Ya sea que se interprete en forma figurativa o real la puerta que vio Juan, sus descripciones deben respetarse en ambos pasajes, sin mezclárselas con ideas filosóficas o teológicas preconcebidas. Debe relacionarse ambas descripciones con lo que el Santuario terrenal proyectaba, puesto que ese fue el medio que Dios usó para revelarse a Juan, así como a los profetas que le precedieron”.[14]
 
En el trono, uno sentado
          Cuando Juan se refiere al que está sentado sobre el trono lo hace con sumo cuidado, con mucha reverencia, evitando describirlo en términos antropomórficos. No se empeña en describir qué o quien está sentado en el trono, sólo dice que había Alguien sentado allí. El mismo profeta Ezequiel al describir la presencia de Dios dijo: “Sobre el trono había una Semejanza de hombre sentado. Vi que desde lo que parecía ser su cintura hacia arriba, era como bronce resplandeciente, envuelto en fuego. Y de la cintura para abajo era como un fuego rodeado de una brillante luz” (Eze. 1:26-27). Como a Dios “nadie le vio jamás”, pues “habita en luz inaccesible” (Juan 1:18, 1 Tim. 1:17; 6:16), se entiende porqué los profetas usaron palabras bien seleccionadas para describir la representación de la Deidad que se le permitió ver. El profeta sólo recibe un pálido reflejo de la gloria inmortal del Ser supremo. Esto es evidente por el uso de las expresiones “una Semejanza de...”; “parecía ser”. De forma similar, Juan usa la siguiente frase para describir al Altísimo: “Semejante a piedra de jaspe y de cornalina” (VRV 1960).
Las piedras que Juan menciona para describir la apariencia de la Deidad debemos ver ahora. El jaspe, la cornalina (o Sardio) y la esmeralda, eran piedras que formaban parte del pectoral que el sumo sacerdote usaba para representar a las 12 tribus de Israel. Estas piedras estaban en el primer, cuarto y último lugar del pectoral (Exo. 28:17-21). El jaspe y la esmeralda están incluidas en la descripción que se hace del adorno de Lucifer (Eze. 28:13) y al mismo tiempo, estas piedras preciosas forman parte del fundamento de la Nueva Jerusalén (Apoc. 21:19-20). Según se sabe, Platón menciona estas tres piedras como las que representan a las más hermosas del mundo antiguo.
En Apoc. 21:11 dice que el Jaspe, que no debe confundirse con el Jaspe moderno, es “una piedra preciosísima,... diáfana como el cristal”. Se cree que esta es una alusión al diamante, la piedra más valiosa. Cuando la luz del sol resplandecía a través de esta piedra producía una combinación de colores que en los días de Juan eran los más hermosos y brillantes que se conocían. La cornalina es de color rojo encendido y despide rayos brillantes. “La gloria del Padre – tal y como Juan la describe en este pasaje – tiene un aspecto como del diamante transparente puro y que despide rayos de púrpura”.[15]
 
El maravilloso Arco Iris
El arco iris que está “alrededor del trono” es “semejante a la esmeralda”. Esta piedra preciosa de color verde, se suma a la multiplicidad de colores que están centelleando desde el majestuoso trono de Dios. ¡El espectáculo es deslumbrante! El profeta Ezequiel también pudo ver que “semejante al arco iris que se ve en las nubes el día que llueve, así era el resplandor que lo rodeaba” (Eze. 1:28). Desde la antigüedad, el arco iris es un recordativo permanente de la promesa divina de no destruir la tierra otra vez con un diluvio (Gén. 9:8-17). “Los rabíes ampliaron el concepto del arco iris, ofreciendo diferentes interpretaciones de su significación religiosa. Algunos lo veían como una indicación de la censura divina, mientras otros lo reconocían como una manifestación de la presencia divina. Juan puede haber incorporado ambos conceptos. Para los creyentes, el arco iris proporciona la certeza de la fidelidad de Dios, mientras que para los malvados señala el juicio venidero”.[16] El Espíritu de Profecía nos dice lo siguiente sobre el significado del arco iris:
 
“Así como el arco en las nubes es el resultado de la unión de la luz del sol y la lluvia, el arco que hay en el trono de Dios representa la unión de su misericordia y su justicia”. “El trono circundado con el arco de la promesa, [es] la justicia de Cristo... El arco iris que rodea el trono representa el poder combinado de la misericordia y la justicia”.[17]
 
“El arco iris que rodea el trono de Dios, es el símbolo de que Dios es verdadero, que en Él no hay mudanza ni sombra de variación”. [Es una prenda] “de la misericordia de Dios hacia el pecador arrepentido”.[18]
 
La mención del arco iris no es casual, constituye una declaración cargada de significado teológico para cada adorador del Dios verdadero. El arco iris, es pues, el recordativo constante de la fidelidad, la misericordia y la justicia del Dios infinito (Sal. 89:14; 85:10). Lo que Dios muestra a su siervo Juan es lo que Él quiere decirnos a todos sus hijos: que Él es un Dios fiel, lleno de misericordia y justo. Y que, aunque “nubes y oscuridad hay alrededor de Él; justicia y juicio son el cimiento de su trono” (Sal. 97:2). ¡Alabado sea el nombre de Dios, pues su fidelidad es para siempre!
 
Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas. Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios (vers. 4-5).
 
Veinte y cuatro ancianos
Juan ve que hay 24 tronos que rodean el trono de Dios, y sobre ellos, 24 ancianos sentados. Estos seres son mencionados 12 veces en todo el libro de Apocalipsis (caps. 4:4,10; 5:8,11,14; 7:11-13; 11:16; 14:3; 19:4). Las funciones de estos ancianos son diversas. Uno de ellos ayudó Juan a comprender una de las visiones (Apoc. 7:13). Adoran a Dios permanentemente echando sus coronas a sus pies (Apoc. 4:10; 5:11,14; 7:11; 11:16; 14:3; 19:4). Además, todos presentan incienso junto con las oraciones de los santos (Apoc. 5:8). Y otro de ellos dio ánimo al atribulado Juan (Apoc. 5:5). Su actividad en el Concilio celestial es importante.
El hecho de que los 24 “ancianos” están vestidos de “ropas blancas” y tienen “coronas de oro en sus cabezas” ha llevado a algunos comentadores a sostener que son seres humanos glorificados. Estos “ancianos” serían los santos que resucitaron en ocasión de la resurrección de Cristo, y que fueron llevados con Él cuando ascendió al cielo (Mat. 27:50-53; Efe. 4:8).[19] Pero, el argumento de las coronas y las vestiduras blancas no tienen porqué llevarnos a una conclusión tal, pues carecemos de toda información inspirada que nos testifique, que estos seres humanos resucitados hayan sido designados para ocupar estos puestos de importancia en el Concilio Celestial. Hay quienes ven en su vestimentas y adornos una referencia anticipada por adelantado del “cargo que desempeñarán” los cristianos “en el reino milenial cuando estén en el cielo” (cf. Apoc. 2:26; 20:4; 1 Cor. 6:2,3).
En las Escrituras, las “coronas” no sólo simbolizan un triunfo obtenido sobre el pecado (cf. 1 Cor. 9:25; 2 Tim. 4:8; Apoc. 2:10; 3:11; Sant. 1:12), representan también honor (Est. 2:17); Jerarquía, (2 Rey. 11:12); autoridad (Sal. 8:5) y realeza (Cant. 3:11).[20] De igual manera, las “vestiduras blancas” no implican necesariamente que son seres redimidos, pues este tipo de vestimenta es propia de los seres celestiales (Juan 20:12; Mat. 28:3; Luc. 24:4; Hech. 1:10; Apoc. 19:14). No hay duda de que el privilegio de los santos será ser vestido de ropas blancas, símbolo de la pureza de su carácter y de la justicia de Cristo que los cubre por siempre (Apoc. 3:4; 19:8).
Otros ven en estos ancianos una representación de las 24 órdenes sacerdotales levíticas del antiguo Israel (2 Cron. 24:4-5; 25:7-31). Estos sacerdotes, por su elevado número estaban divididos en turnos diferentes, y cada uno “tenía un presidente, que se llamaba el anciano de los sacerdotes. Algunas veces se llamaba a estos ancianos príncipes o gobernadores de la casa de Dios”.[21] Los 24 ancianos estarían ministrando delante de Dios en el Templo celestial de la misma manera en la que las antiguas 24 órdenes levíticas lo hacían en el Santuario terrenal. Pero se reconoce que la designación de “ancianos” no cuadra con las funciones de estas órdenes sacerdotales. Otro elemento que se esgrime en esta dirección es el hecho que aquí están los 24 ancianos actuando juntos, a diferencia de las 24 divisiones sacerdotales mencionadas en el libro de Crónicas que actuaban por separadas.
          Otra interpretación sugiere que estos ancianos deberían ser vistos como una representación del “Israel en su sentido más amplio”. En este caso deberían tomarse dos ancianos por cada tribu, uno para simbolizar al Israel antiguo y el otro para el Israel espiritual. Esta aplicación está basada en una interpretación figurada de este texto. Pero, por el hecho de que este pasaje sea simbólico no debe concluirse necesariamente que ésta sea una interpretación correcta. Otra opinión sostiene que estos ancianos son los “representantes de otros mundos” a quienes Dios “le ha dado el privilegio de participar en la administración del universo”.[22]
A continuación hacemos una breve comparación de dos pasajes bíblicos relacionados a los 24 ancianos con algunas declaraciones del Espíritu de Profecía que nos permiten tener otra concepción sobre la identidad de estos seres:
 
 
Y uno de los ancianos me dijo: No llores.  He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos (Apoc. 5:5).   “[El alma de Juan] se perturbó con tanta agonía y suspenso que uno de los ángeles más fuertes tuvo compasión de él, y poniendo sus manos sobre él lo alentó diciendo: ‘No llores...’ “.23
     
Los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos (Apoc. 5:8).
 
“Los ángeles ofrecen el humo del fragante incienso de las oraciones de los santos”. “Los ángeles que ofrecen el humo del incienso fragante, lo hacen por los santos que oran”.24
 
 
A partir de esta comparación podemos concluir que los 24 ancianos son “ángeles poderosos” que forman parte del Concilio Celestial. Son una clase exaltada de ángeles dispuestos por Dios para esta función específica. Se le llama “ancianos” no necesariamente para diferenciarlo de los ángeles, sino con el propósito de resaltar su preponderante papel delante de Dios y para evocar algunos pasajes escatológicos que nos hablan por adelantado de su obra. En el Concilio Celestial ellos ratifican las decisiones que se toman. Es bueno saber que en cada ciudad del pueblo hebreo había cortes compuesta por 24 ancianos para juzgar a Israel. “Aun en Israel donde había un sanedrín compuesto por 72 ancianos, el número esencial era también el 24, puesto que estaba compuesto por tres pequeños sanedrines de 24 miembros cada uno. Cuando esos ancianos se reunían para juzgar al pueblo, se sentaban como los 24 ancianos de Apoc. 4, ‘como la mitad de una era redonda, de tal manera que podían verse unos a otros’ (‘Sanedrín’, 4.3, en la Mishnah)”.[25] Este pasaje de Apocalipsis 4 es una reminiscencia de Isa. 24:22: “La luna se avergonzará, y el sol se confundirá cuando Jehovah de los ejércitos reine en el monte Sión y en Jerusalén, y delante de sus ancianos esté patente su gloria” (La LXX lo vierte así: “Reinará el Señor... y delante de los ancianos será glorificado”, cf. Sal. 122:4-5).
 
Siete lámparas de fuego
          Este noble símbolo ya lo encontramos en Apoc. 1:4. Allí vimos que los siete “espíritus de Dios” es una frase que resalta la omnipresencia y la plenitud de la tercera persona de la Deidad, plenitud que Cristo posee perfectamente (Apoc. 2:3, cf. Isa. 11:2). En el cap. 1, pero no asociado a las lámparas, dice que los siete espíritus “están delante del trono de Dios”. En el pasaje que analizamos se indica que lo que está delante de trono de Dios son “las siete lámparas de fuego”, y que ellas “son (o representan) a los siete espíritus de Dios”. En el primer capítulo “los siete candeleros... son las siete iglesias” (cap. 1:13,20), mientras que aquí asume un significado más abarcante. El candelero de oro, en el Santuario terrenal debía estar ardiendo “continuamente”, no podía apagarse (Exo. 27:20-21; Lev. 24: 3; 2 Crón. 13:11). Este mueble, tiene más de un significado básico, puede representar a Jehovah como la luz de su pueblo (Sal. 27:1; Isa. 60:19,20); a Cristo como la “luz verdadera que alumbra [permanentemente] a todo hombre” (Juan 1:9; 8:12), y puede representar al pueblo de Dios, que en sus manos se convierte en la “luz del mundo” (Mat. 5:14; Fil. 2:15). En el Apocalipsis las siete lámparas representan la plenitud del ministerio del Espíritu Santo, y al mismo tiempo que prefiguran una realidad mayor, nos permiten determinar que el Santuario celestial es un lugar real con todo su mobiliario.[26]
          Como se dice que estas “siete lámparas de fuego” (literalmente “siete lámparas ardientes”) están “delante del trono de Dios”, se sugiere que esta visión está localizada en el primer departamento del Santuario celestial. Pero ya hemos visto que esta escena se realiza en el Lugar Santísimo, pues la única puerta que está abierta es la que conduce al segundo compartimento del Templo de Dios. Es bueno saber que del mobiliario del Santuario se expresa que estaban “delante de Jehovah”: El altar del sacrificio (Exo. 29:11,25; Lev. 1:11); el candelero de oro (Exo. 27:21; 40:25); la mesa de los panes (Lev. 24:6,8); y el altar del incienso (Exo. 30:8). Cuando el anciano apóstol nos dice que las lámparas están “delante del trono de Dios” simplemente está empleando una forma usual de referirse al mobiliario del Santuario. Nótese cómo el mismo Juan nos habla en Apocalipsis “del altar de oro que está delante de Dios”, “delante del trono de Dios” (Apoc. 9:13; 8:2, la cursiva es nuestra). Obviamente hay actividad en todo el Santuario celestial (Apoc. 11:1; 14:15,17; 15:6,8). Véase de manera especial Lev. 24:2-4 y 2 Crón. 4:20.
          Las siete lámparas también pueden ser vistas “delante del trono” por el hecho de que la puerta que da acceso al Lugar Santísimo está abierta permitiendo así una visión de los elementos del primer departamento. El hecho de que las lámparas están “ardiendo” es significativo y enfatiza con mayor fuerza el lugar donde se realiza esta escena, pues se observa que “el verbo kaio, utilizado aquí en el participio presente pasivo, denota que se hizo que ardieran y que se causara que continuaran ardiendo. La obra de Cristo en el Lugar Santo es la causa de que las lámparas ardan hasta este momento, y desde ahora en más, ésta obra en el Lugar Santísimo es la que ocasiona que las lámparas continúen ardiendo”.[27]
Todo esto tiene que ver con el aspecto lingüístico de esta declaración, pero antes de analizar los siguiente aspectos de esta profecía queremos proponer otra idea sobre este pasaje. Es claro que “las siete lámparas ardientes” representan el ministerio perfecto del Espíritu Santo, y que además “está delante del trono de Dios”. Pero acaso, ¿no dice la Biblia que el Espíritu Santo fue enviado a la tierra después de la ascensión de Jesucristo? Cierto. ¿Cómo entender esta declaración entonces? Este es un tema interesante. Es precisamente Juan quien dedica espacio para registrar, a diferencia de los otros evangelios, las declaraciones de Jesús relacionadas a la obra y persona del Espíritu de Dios. Dios es infinitamente sabio, y preserva todas las cosas que son para nuestro bien eterno. Se observa que aunque Jesús “tuvo una infinita variedad de temas para elegir”, del que más se empeñó en hablar “fue de la dádiva del Espíritu Santo”.[28] Siendo que Juan captó, gracias a la inspiración esa verdad, escribió más que los otros evangelistas sobre ella. Y esta verdad, creemos, está plasmada también en el Apocalipsis por medios de sus fascinantes símbolos. Veamos:
En su evangelio Juan hace claro que el Espíritu Santo es enviado por Cristo (Juan 16:7) y el Padre (Juan 14:16,26). En la persona del Espíritu, los creyentes tienen todo lo que de la plenitud de Dios puede morar en ellos (Efe. 3:19); tienen garantizada la morada del Padre y de Cristo en sus corazones (Juan 14:16-17,23). ¡Maravilloso privilegio! Pero aunque el Espíritu ha sido enviado para que esté con nosotros “para siempre” (Juan 14:16-17), Jesús habla de Él como si estuviera en el cielo junto a Él y al Padre también:
 
“Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que ha de venir. El me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo comunicará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije que tomará de lo mío, y os lo comunicará” (Juan 16:13-15).
         
          El Espíritu está con nosotros y en nosotros, pero también está “delante del trono de Dios”. Y está presente, pues Él comunica “todo lo que escucha”. Y no es difícil entender esto pues, el Espíritu, como Dios, es omnipresente. Esta idea está implícita en la declaración “los siete espíritu que están delante de su trono” (Apoc. 1:4; 4:5). Además, otro aspecto que resalta de estos textos es la relación estrecha y admirable que existe entre los miembros de la Deidad. Esto es palpable en el Evangelio de Juan, tanto como en el Apocalipsis. Esto se percibe fácilmente, pues mientras el Padre da el mensaje revelado a Cristo para que sea dado a su siervo y por medio de él a la iglesia (Apoc. 1:1,11,19), es un mensaje dado también por el Espíritu Santo a las iglesias (Apoc. 2:7,11,17,29, “lo que el Espíritu dice...”). Así que, Juan enfatiza en sus escritos la omnipresencia y la plenitud de la obra del Espíritu Santo y su correlación con el Padre y el Hijo en el desarrollo del Plan de Salvación.
 
Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos. Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas (vers. 6-11).
 
Un mar de cristal
La apariencia del fundamento del trono que Juan describe aquí es interesante. No debe olvidarse que estamos tratando con imágenes simbólicas. Esto se percibe rápidamente porque Juan emplea las frases “como un mar de vidrio semejante a...”. La superficie sobre la cual está asentado el trono de Dios es “clara y cristalina”. El profeta Ezequiel, cuando vio a Dios sobre su trono habló de “una especie de bóveda a manera de cristal maravilloso” (Eze. 1:22). Cuando Moisés subió al monte con Aarón, Nadab y Abiú, y los setenta ancianos pudieron ver que “había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno” (Exo. 24:10, cf. Job 37:18; Sal. 104:3). “Lo que Juan ve es una expansión amplia y brillante que refleja gloriosamente el resplandor rojo y verde que rodea el trono sobre este mar de vidrio”.[29] Justamente en ese maravilloso y esplendoroso mar de vidrio estarán un día todos los que alcanzarán “la victoria sobre la bestia, su imagen, su marca y el número de su nombre” (Apoc. 15:2, cf. 14:1).
 
Los cuatro seres vivientes
Al igual que los 24 ancianos, los cuatro seres vivientes no son de fácil identificación. La razón es que la descripción que el apóstol hace de ellos desafía nuestra imaginación. Rechazamos de plano que Juan, al describir a estos interesantes seres estuviera influenciado por concepciones paganas. Sobre la realidad que representan estos 4 seres vivientes se ha conjeturado bastante, pero debemos evitar las cosas que se originan en la imaginación. Ya otros profetas tuvieron el privilegio de ver estos seres, aunque lo describen con ciertas diferencias (Eze. 1:1-11; Isa. 6:1-3). Los comentadores han propuesto varias interpretaciones. “Los  cuatro seres vivientes representan todo lo más noble, fuerte, sabio y veloz de la naturaleza”.[30] Nótese la forma cuidadosa en la que se hace una aplicación del posible significado de sus rostros: “El rostro humano presumiblemente simboliza la inteligencia de los seres aludidos; la cara del león, su fuerza; la del toro, o buey, su disposición para el servicio; la de águila, su rapidez y su perspicacia”.[31]
Los padres de la iglesia vieron en ellos una representación de los cuatro evangelistas, siendo Ireneo el primer proponente de esta idea por el año 170 d. C. El conjeturaba que estos seres “representaban cuatro aspectos de la obra de Jesucristo, que a su vez están representados en los cuatro evangelios”.[32] Pero como la Biblia no nos dice cuál es el significado de sus rostros, se reconoce que esta interpretación es fruto de la imaginación. El mismo profeta Ezequiel los identificó como “querubines” (cap. 10:20-22), por consiguiente no podemos llevar este asunto más lejos. Hacerlo sería caer en el terreno de la especulación y en este terreno, lo mínimo que se hace es torcer las Escrituras de su sentido natural. El siguiente comentario resulta esclarecedor:
 
“No es necesario imaginar que entre los servidores de Dios hay seres con cuatro cabezas y cuatro alas. En ningún lugar la inspiración exige que se llegue a esa conclusión. Sin duda, la forma que Dios eligió para estos seres en esta presentación profético tenía el propósito de simbolizar a los mensajeros celestiales en la plenitud de su función, poder y adaptabilidad”.[33]
 
Los 4 seres vivientes están “llenos de ojos”
Otro elemento perturbador para muchos es el hecho de que los 4 seres vivientes están “llenos de ojos delante y detrás”. Como este símbolo evoca la visión de Ezequiel (Eze. 1:18; 10:12) es correcto entender esta declaración a partir de su significado en el pensamiento hebreo. Se reconoce que en la costumbre hebrea la voz “ojo” (hebreo ayun) “se emplea muchas veces en el sentido de resplandor o brillantes colores”. En el Antiguo Testamento, la palabra “ojos” (ayun) se emplea 9 veces con el sentido de “brillo” o “color” (cf. Prov. 23:31, Eze. 8:2; 10:9; Dan. 10:6) y sólo en el libro de Ezequiel se usa 5 veces con esta acepción (Eze. 1:4-5,16,22,27). Lo que Juan nos está diciendo entonces, es que, los 4 seres vivientes o querubines, están rodeados de “brillantes luces que centellean o resplandecen, reflejando la gloria del trono celestial”.[34]
La estrecha relación que Dios mantiene con los 4 querubines queda evidenciada por la frase: “alrededor del trono”, literalmente “en medio del trono”. Esta relación es aún más estrecha que la que sostiene con los 24 ancianos. De lo que se dice de estos seres en Apoc. 4:9-10; 5:8 se deduce que son “dirigentes de la adoración celestial”.
 
Acción de gracias al que está sentado en el trono
          Nuestra imaginación resulta insuficiente para percibir la grandeza y la solemnidad de esta escena de adoración. ¡Oh, cuanto tienen que aprender todos lo cantores del Señor! Cuan disparatada es hoy en día la adoración y la música que se le rinde a nuestro soberano Dios. Se sacrifica el orden y la solemnidad en aras del sensacionalismo extremo e irracional. Todo lo disparatado y rematadamente profano está siendo colocado sobre el altar de Dios, tan sólo para que el Santo y Temible lo rechace con la misma  actitud y rapidez con la que rechazó la ofrenda del malvado Caín. Si, Ofrenda de Caín es la adoración hoy, con muy rara excepciones.
          Se nos dice que cuando “le preguntaron a Händel cómo había podido escribir el Mesías, respondió: ‘Vi abrirse los cielos, y a Dios en su gran trono blanco’”.[35] Se nos dice que cuando escribía “el Mesías, una tarea que le tomó sólo 23 días maravillosos, como San Juan, él también podía oír a los ángeles mientras cantaban”.[36] Esta fusión plena entre el adorador y Dios, el objeto de la adoración, es la realidad suprema que aspira la verdadera adoración espiritual. Las formas incoherente de adoración moderna revela cuan pobre es la concepción de la majestad de Dios que tienen algunos cristianos. ¡Cuan chasqueado quedarán un día!
Unámonos en mente, corazón y espíritu a la adoración celestial mientras leemos las siguientes líneas:
 
“Y los cuatro seres... no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos. Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas”.
 
¡Amén!
 

Sigue...  >>

 
 

Ver la 2da. Parte

 
 

I N I C I O