| |
| |
|
La Visión del Concilio Celestial
|
| |
El Trono de Dios, El Libro Sellado y el Cordero |
| |
(1era. Parte) |
| |
Por:
Héctor A. Delgado |
| |
|
| |
Introducción
En este artículo estudiaremos los cap. 4-5 del Apocalipsis, una de las
visiones más impresionantes y significativas de este libro. Aunque se
reconoce que los cap. 4-5 “son de fácil lectura y en general su
significado es casi evidente”,
se observa también que “debemos ejercer precaución al interpretar
algunos de los aspectos que se mencionan en esta profecía”.
Para algunos eruditos la “visión del trono de Dios de Apoc. 4-5, y el
papel que asume su Hijo frente al trono, ocupan el lugar central de todo
el drama que aparece en el libro”.
“En este particular, estos capítulos constituyen el factor fundamental
de la estructura que mantiene unida el libro, porque el resto de las
visiones se ensamblan en esta estructura principal”.
Esta visión está dividida en tres partes fundamentales: La primera está
centrada en Dios el Padre sentado sobre su trono (Apoc. 4:1-11); la
segunda está centralizada en el rollo sellado con siete sellos (Apoc.
5:1-4). Y la tercera sección se enfoca en el Cordero que fue inmolado y
proclamado digno de abrir el libro (Apoc. 5:5-13). La primera escena
encuentra su “clímax en la reivindicación de Dios. Todos los que están
alrededor del trono declaran: ‘Digno eres’. ¿Por qué? Porque ‘tú
creaste’ y por tu voluntad existen”. La segunda sección está consignada
a la reivindicación del Cordero y es conducida por la pregunta: ‘¿Quién
es digno?’ Y la respuesta es: el Cordero. ¿Por qué? Porque redimió”.
Cristo es reivindicado sobre la base de su sacrificio expiatorio.
Veamos a continuación los detalles de esta significativa visión.
Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la
primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá,
y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Y al instante
yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y
en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era
semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono
un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda (cap.4:1-3).
Sube acá, y yo te mostraré...
Sin especificar
el tiempo transcurrido entre la visión de las siete iglesias, cap. 1-3,
y esta del cap. 4-5, Juan nos dice: “Después de esto miré, y he aquí una
puerta abierta en el cielo”.
Para algunos comentadores el “después de esto” indica el “orden
dispositivo de la visión”.
Juan reconoce la voz que le habla, pues la identifica como “la primera
voz que oí, como de trompeta” (ver cap. 1:10-13). Cristo le habla una
vez más a su siervo en esta nueva revelación, y le especifica que va a
mostrarle “las cosas que sucederán después de estas”. Es decir, “la
escena que se presenta en la segunda visión del Apocalipsis, debían
suceder a la escena que se había revelado en la primera visión. Juan no
es llevado hacia atrás, sino que sus ojos se proyectan hacia delante,
hacia lo que debía ocurrir después que Jesús concluyese su ‘continuo’
ministerio sacerdotal en el Lugar Santo”.
Esta expresión recalca además “la naturaleza profética” del libro de
Apocalipsis en lo referente a los acontecimientos que están relacionados
al futuro.
La voz que Juan
escucha “como de trompeta” le invita a “subir acá”, al cielo, y “al
instante estaba en el Espíritu” y vio “un trono establecido en el
cielo”. La “puerta” que Juan miró abierta en el cielo “indudablemente se
trata de la puerta que conduce a la sala del trono del universo”;
es la puerta que conduce a la parte más íntima del Templo celestial, el
Lugar Santísimo. “La puerta abierta en el cielo revela el Templo de Dios
en el Lugar Santísimo en donde está el arca,... La luz que brilla de la
puerta abierta atrae la atención del pueblo de Dios, quien comienza a
ver lo que contiene el arca – la Ley de los Diez Mandamientos”.
En el Santuario del desierto, el arca del pacto con sus dos querubines
sobre el propiciatorio, estaba en el Lugar Santísimo. Este mueble era un
símbolo del trono de Dios (Exo. 25:10-22; Sal. 80:1; 99:1; 1 Sam. 4:4).
A partir de esta revelación de Cristo al anciano apóstol, algunos han
sugerido la idea de que mientras en la primera visión (la del cap. 1-3)
Juan ve cosas relacionadas a la iglesia de Dios en la tierra, ahora es
inducido a mirar las cosas que suceden en el cielo. Ha habido un cambio,
de lo terrenal a lo celestial. Es cierto que Cristo está presente en
medio de su iglesia (Apoc. 1:13,20, cf. Mat. 28:20), pero lo está en la
persona del Espíritu Santo (Juan 14:16-18). Note que el mensaje de
Cristo a los ángeles de las iglesias es a través del Espíritu Santo
(caps. 2:7,11,17,29; 3:6,13,22). Cuando Jesús le habla a Filadelfia del
abrir y cerrar de las “puertas” se percibe en su forma de expresión que
está en el Templo celestial. En este contexto, es preferible ver en
estas dos visiones no un traslado de la tierra al cielo, sino más bien,
una transferencia del Lugar Santo al Lugar Santísimo donde está el trono
de la Deidad (cf. Apoc. 5:6).
Otro de los
profetas que tuvo el privilegio de tener una visión de Dios sentado
sobre su trono en el Santuario celestial fue Isaías: “Vi yo al Señor
sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el
Templo” (Isa. 6:1). “Se le permitió a Isaías que mirara en visión dentro
del Lugar Santo y dentro del Lugar Santísimo del Santuario celestial.
Fueron abiertas las cortinas del compartimiento interior del Santuario,
y pudo contemplar la revelación de un trono alto y sublime que se
alzaba, por así decirlo, hasta los mismos cielos. Una gloria
indescriptible emanaba de un personaje que ocupaba el trono, y sus
faldas llenaban el templo así como su gloria finalmente llenará la
tierra”.
Ezequiel, al igual que Juan, pudo decir: “los cielos se abrieron, y vi
visiones de Dios... había como la figura de un trono que parecía de
piedra de zafiro...” (Eze. 1:1,26). Daniel tuvo una visión gloriosa del
Concilio celestial también (Dan. 7:9-10). Micaías fue otro profeta que
tuvo el privilegio de ver el trono de Dios en visión: “Yo he visto a
Jehovah sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba a
su mano derecha y a su izquierda” (2 Cron. 18:18). ¡Maravilloso
privilegio!
La puerta que fue abierta
Cuando estudiamos
el mensaje a Filadelfia vimos que a esta iglesia se le dijo que una
puerta había sido cerrada que nadie podía abrir, y que otra puerta había
sido abierta que nadie podía cerrar (Apoc. 3:7-8). Vimos que esta
declaración si bien puede señalar “las oportunidades” para la
evangelización, tanto como el libre acceso a “los recursos inagotables
de la gracia de Dios”, también tiene una aplicación mucho más abarcante.
Filadelfia es la iglesia que representa el gran despertar adventista; es
la iglesia que vive hasta el tiempo en que Cristo concluye la primera
fase de su ministerio sumo sacerdotal en el Lugar Santo del Santuario
celestial, y da comienzo a la última fase en el Lugar Santísimo. Además
ya vimos que el “marco de referencia” de todo el libro del Apocalipsis
es el Santuario. En este libro hay “14 referencias directas al Templo
[celestial] como: Templo, Templo de Dios, el Templo que está en el
cielo, y el Templo del tabernáculo del testimonio. 34 referencias
indirectas: una vinculada con el sumo sacerdote, y 33 sobre el trono de
Dios. Estas referencias al trono de Dios, según Apoc. 16:17, también
están vinculadas al templo, pues el ‘trono’ se equipara con el ‘Templo
del cielo’... En todas las secciones del Apocalipsis hay referencias al
templo, al sumo sacerdote, o al trono de Dios; menos en la introducción
y en la conclusión”.
“Hay Alguien que lo ve todo, y dice: ‘He puesto delante de ti una
puerta abierta’ [Apoc. 3:8]. A través de esta puerta se mostró el trono
de Dios, sombreado por el arco iris de la promesa [Apoc. 4:1-3], la
señal del pacto eterno, mostrando que la misericordia y la verdad están
juntas, y arrancando del que la contempla alabanzas al Señor”.
Así que, si hay una puerta que es abierta ante el profeta de Patmos, es
la puerta que conduce al Lugar Santísimo, pues no hay otra puerta que
pueda estar abierta. Desde esta perspectiva, la “puerta abierta” es una
alusión al inicio del juicio previo al advenimiento de Cristo designado
como “Juicio Investigador”, el cual se realiza en el compartimento más
íntimo del Templo de Dios: el Lugar Santísimo. Con la apertura de esta
puerta se pone a disposición de todos los creyentes en un nuevo contexto
“los recursos inagotables de la gracia de Dios” y el poder necesario
para llevar a feliz término la tarea de la evangelización en todo el
mundo (Apoc. 14:6-12, cf. Efe. 3:10-12; Mat. 24:14; 28:18-20). Es
interesante el contenido del siguiente comentario hecho por alguien que
entiende que la puerta abierta de Apoc. 4:1 es la del Lugar Santísimo:
“Ya sea que se interprete en forma figurativa o real la puerta que vio
Juan, sus descripciones deben respetarse en ambos pasajes, sin
mezclárselas con ideas filosóficas o teológicas preconcebidas. Debe
relacionarse ambas descripciones con lo que el Santuario terrenal
proyectaba, puesto que ese fue el medio que Dios usó para revelarse a
Juan, así como a los profetas que le precedieron”.
En el trono, uno sentado
Cuando Juan se
refiere al que está sentado sobre el trono lo hace con sumo cuidado, con
mucha reverencia, evitando describirlo en términos antropomórficos. No
se empeña en describir qué o quien está sentado en el trono, sólo dice
que había Alguien sentado allí. El mismo profeta Ezequiel al describir
la presencia de Dios dijo: “Sobre el trono había una Semejanza de hombre
sentado. Vi que desde lo que parecía ser su cintura hacia arriba, era
como bronce resplandeciente, envuelto en fuego. Y de la cintura para
abajo era como un fuego rodeado de una brillante luz” (Eze. 1:26-27).
Como a Dios “nadie le vio jamás”, pues “habita en luz inaccesible” (Juan
1:18, 1 Tim. 1:17; 6:16), se entiende porqué los profetas usaron
palabras bien seleccionadas para describir la representación de la
Deidad que se le permitió ver. El profeta sólo recibe un pálido reflejo
de la gloria inmortal del Ser supremo. Esto es evidente por el uso de
las expresiones “una Semejanza de...”; “parecía ser”. De forma similar,
Juan usa la siguiente frase para describir al Altísimo: “Semejante a
piedra de jaspe y de cornalina” (VRV 1960).
Las piedras que Juan menciona para describir la apariencia de la Deidad
debemos ver ahora. El jaspe, la cornalina (o Sardio) y la esmeralda,
eran piedras que formaban parte del pectoral que el sumo sacerdote usaba
para representar a las 12 tribus de Israel. Estas piedras estaban en el
primer, cuarto y último lugar del pectoral (Exo. 28:17-21). El jaspe y
la esmeralda están incluidas en la descripción que se hace del adorno de
Lucifer (Eze. 28:13) y al mismo tiempo, estas piedras preciosas forman
parte del fundamento de la Nueva Jerusalén (Apoc. 21:19-20). Según se
sabe, Platón menciona estas tres piedras como las que representan a las
más hermosas del mundo antiguo.
En Apoc. 21:11 dice que el Jaspe, que no debe confundirse con el Jaspe
moderno, es “una piedra preciosísima,... diáfana como el cristal”. Se
cree que esta es una alusión al diamante, la piedra más valiosa. Cuando
la luz del sol resplandecía a través de esta piedra producía una
combinación de colores que en los días de Juan eran los más hermosos y
brillantes que se conocían. La cornalina es de color rojo encendido y
despide rayos brillantes. “La gloria del Padre – tal y como Juan la
describe en este pasaje – tiene un aspecto como del diamante
transparente puro y que despide rayos de púrpura”.
El maravilloso Arco Iris
El arco iris que está “alrededor del trono” es “semejante a la
esmeralda”. Esta piedra preciosa de color verde, se suma a la
multiplicidad de colores que están centelleando desde el majestuoso
trono de Dios. ¡El espectáculo es deslumbrante! El profeta Ezequiel
también pudo ver que “semejante al arco iris que se ve en las nubes el
día que llueve, así era el resplandor que lo rodeaba” (Eze. 1:28). Desde
la antigüedad, el arco iris es un recordativo permanente de la promesa
divina de no destruir la tierra otra vez con un diluvio (Gén. 9:8-17).
“Los rabíes ampliaron el concepto del arco iris, ofreciendo diferentes
interpretaciones de su significación religiosa. Algunos lo veían como
una indicación de la censura divina, mientras otros lo reconocían como
una manifestación de la presencia divina. Juan puede haber incorporado
ambos conceptos. Para los creyentes, el arco iris proporciona la certeza
de la fidelidad de Dios, mientras que para los malvados señala el juicio
venidero”.
El Espíritu de Profecía nos dice lo siguiente sobre el significado del
arco iris:
“Así como el arco en las nubes es el resultado de la unión de la luz del
sol y la lluvia, el arco que hay en el trono de Dios representa la unión
de su misericordia y su justicia”. “El trono circundado con el arco de
la promesa, [es] la justicia de Cristo... El arco iris que rodea el
trono representa el poder combinado de la misericordia y la justicia”.
“El arco iris que rodea el trono de Dios, es el símbolo de que Dios es
verdadero, que en Él no hay mudanza ni sombra de variación”. [Es una
prenda] “de la misericordia de Dios hacia el pecador arrepentido”.
La mención del arco iris no es casual, constituye una declaración
cargada de significado teológico para cada adorador del Dios verdadero.
El arco iris, es pues, el recordativo constante de la fidelidad, la
misericordia y la justicia del Dios infinito (Sal. 89:14; 85:10). Lo que
Dios muestra a su siervo Juan es lo que Él quiere decirnos a todos sus
hijos: que Él es un Dios fiel, lleno de misericordia y justo. Y que,
aunque “nubes y oscuridad hay alrededor de Él; justicia y juicio son el
cimiento de su trono” (Sal. 97:2). ¡Alabado sea el nombre de Dios, pues
su fidelidad es para siempre!
Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los
tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas
de oro en sus cabezas. Y del trono salían relámpagos y truenos y voces;
y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los
siete espíritus de Dios (vers. 4-5).
Veinte y cuatro ancianos
Juan ve que hay 24 tronos que rodean el trono de Dios, y sobre ellos, 24
ancianos sentados. Estos seres son mencionados 12 veces en todo el libro
de Apocalipsis (caps. 4:4,10; 5:8,11,14; 7:11-13; 11:16; 14:3; 19:4).
Las funciones de estos ancianos son diversas. Uno de ellos ayudó Juan a
comprender una de las visiones (Apoc. 7:13). Adoran a Dios
permanentemente echando sus coronas a sus pies (Apoc. 4:10; 5:11,14;
7:11; 11:16; 14:3; 19:4). Además, todos presentan incienso junto con las
oraciones de los santos (Apoc. 5:8). Y otro de ellos dio ánimo al
atribulado Juan (Apoc. 5:5). Su actividad en el Concilio celestial es
importante.
El hecho de que los 24 “ancianos” están vestidos de “ropas blancas” y
tienen “coronas de oro en sus cabezas” ha llevado a algunos comentadores
a sostener que son seres humanos glorificados. Estos “ancianos” serían
los santos que resucitaron en ocasión de la resurrección de Cristo, y
que fueron llevados con Él cuando ascendió al cielo (Mat. 27:50-53; Efe.
4:8).
Pero, el argumento de las coronas y las vestiduras blancas no tienen
porqué llevarnos a una conclusión tal, pues carecemos de toda
información inspirada que nos testifique, que estos seres humanos
resucitados hayan sido designados para ocupar estos puestos de
importancia en el Concilio Celestial. Hay quienes ven en su vestimentas
y adornos una referencia anticipada por adelantado del “cargo que
desempeñarán” los cristianos “en el reino milenial cuando estén en el
cielo” (cf. Apoc. 2:26; 20:4; 1 Cor. 6:2,3).
En las Escrituras, las “coronas” no sólo simbolizan un triunfo obtenido
sobre el pecado (cf. 1 Cor. 9:25; 2 Tim. 4:8; Apoc. 2:10; 3:11; Sant.
1:12), representan también honor (Est. 2:17); Jerarquía, (2 Rey. 11:12);
autoridad (Sal. 8:5) y realeza (Cant. 3:11).
De igual manera, las “vestiduras blancas” no implican necesariamente que
son seres redimidos, pues este tipo de vestimenta es propia de los seres
celestiales (Juan 20:12; Mat. 28:3; Luc. 24:4; Hech. 1:10; Apoc. 19:14).
No hay duda de que el privilegio de los santos será ser vestido de ropas
blancas, símbolo de la pureza de su carácter y de la justicia de Cristo
que los cubre por siempre (Apoc. 3:4; 19:8).
Otros ven en estos ancianos una representación de las 24 órdenes
sacerdotales levíticas del antiguo Israel (2 Cron. 24:4-5; 25:7-31).
Estos sacerdotes, por su elevado número estaban divididos en turnos
diferentes, y cada uno “tenía un presidente, que se llamaba el anciano
de los sacerdotes. Algunas veces se llamaba a estos ancianos príncipes o
gobernadores de la casa de Dios”.
Los 24 ancianos estarían ministrando delante de Dios en el Templo
celestial de la misma manera en la que las antiguas 24 órdenes levíticas
lo hacían en el Santuario terrenal. Pero se reconoce que la designación
de “ancianos” no cuadra con las funciones de estas órdenes sacerdotales.
Otro elemento que se esgrime en esta dirección es el hecho que aquí
están los 24 ancianos actuando juntos, a diferencia de las 24 divisiones
sacerdotales mencionadas en el libro de Crónicas que actuaban por
separadas.
Otra
interpretación sugiere que estos ancianos deberían ser vistos como una
representación del “Israel en su sentido más amplio”. En este caso
deberían tomarse dos ancianos por cada tribu, uno para simbolizar al
Israel antiguo y el otro para el Israel espiritual. Esta aplicación está
basada en una interpretación figurada de este texto. Pero, por el hecho
de que este pasaje sea simbólico no debe concluirse necesariamente que
ésta sea una interpretación correcta. Otra opinión sostiene que estos
ancianos son los “representantes de otros mundos” a quienes Dios “le ha
dado el privilegio de participar en la administración del universo”.
A continuación hacemos una breve comparación de dos pasajes bíblicos
relacionados a los 24 ancianos con algunas declaraciones del Espíritu de
Profecía que nos permiten tener otra concepción sobre la identidad de
estos seres:
| |
|
Y uno de los ancianos me dijo: No llores.
He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de
David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus
siete sellos (Apoc. 5:5). |
|
“[El alma de Juan] se perturbó con tanta agonía y
suspenso que uno de los ángeles más fuertes tuvo
compasión de él, y poniendo sus manos sobre él lo alentó
diciendo: ‘No llores...’ “.23 |
|
|
|
|
|
Los veinticuatro ancianos se postraron delante del
Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que
son las oraciones de los santos (Apoc. 5:8).
|
|
“Los ángeles ofrecen el humo del fragante incienso de las oraciones
de los santos”. “Los ángeles que ofrecen el humo del incienso
fragante, lo hacen por los santos que oran”.24
|
|
|
A partir de esta comparación podemos concluir que los 24 ancianos son
“ángeles poderosos” que forman parte del Concilio Celestial. Son una
clase exaltada de ángeles dispuestos por Dios para esta función
específica. Se le llama “ancianos” no necesariamente para diferenciarlo
de los ángeles, sino con el propósito de resaltar su preponderante papel
delante de Dios y para evocar algunos pasajes escatológicos que nos
hablan por adelantado de su obra. En el Concilio Celestial ellos
ratifican las decisiones que se toman. Es bueno saber que en cada ciudad
del pueblo hebreo había cortes compuesta por 24 ancianos para juzgar a
Israel. “Aun en Israel donde había un sanedrín compuesto por 72
ancianos, el número esencial era también el 24, puesto que estaba
compuesto por tres pequeños sanedrines de 24 miembros cada uno. Cuando
esos ancianos se reunían para juzgar al pueblo, se sentaban como los 24
ancianos de Apoc. 4, ‘como la mitad de una era redonda, de tal manera
que podían verse unos a otros’ (‘Sanedrín’, 4.3, en la Mishnah)”.
Este pasaje de Apocalipsis 4 es una reminiscencia de Isa. 24:22: “La
luna se avergonzará, y el sol se confundirá cuando Jehovah de los
ejércitos reine en el monte Sión y en Jerusalén, y delante de sus
ancianos esté patente su gloria” (La LXX lo vierte así: “Reinará el
Señor... y delante de los ancianos será glorificado”, cf. Sal. 122:4-5).
Siete lámparas de fuego
Este noble
símbolo ya lo encontramos en Apoc. 1:4. Allí vimos que los siete
“espíritus de Dios” es una frase que resalta la omnipresencia y la
plenitud de la tercera persona de la Deidad, plenitud que Cristo posee
perfectamente (Apoc. 2:3, cf. Isa. 11:2). En el cap. 1, pero no asociado
a las lámparas, dice que los siete espíritus “están delante del trono de
Dios”. En el pasaje que analizamos se indica que lo que está delante de
trono de Dios son “las siete lámparas de fuego”, y que ellas “son (o
representan) a los siete espíritus de Dios”. En el primer capítulo “los
siete candeleros... son las siete iglesias” (cap. 1:13,20), mientras que
aquí asume un significado más abarcante. El candelero de oro, en el
Santuario terrenal debía estar ardiendo “continuamente”, no podía
apagarse (Exo. 27:20-21; Lev. 24: 3; 2 Crón. 13:11). Este mueble, tiene
más de un significado básico, puede representar a Jehovah como la luz de
su pueblo (Sal. 27:1; Isa. 60:19,20); a Cristo como la “luz verdadera
que alumbra [permanentemente] a todo hombre” (Juan 1:9; 8:12), y puede
representar al pueblo de Dios, que en sus manos se convierte en la “luz
del mundo” (Mat. 5:14; Fil. 2:15). En el Apocalipsis las siete lámparas
representan la plenitud del ministerio del Espíritu Santo, y al mismo
tiempo que prefiguran una realidad mayor, nos permiten determinar que el
Santuario celestial es un lugar real con todo su mobiliario.
Como se dice que
estas “siete lámparas de fuego” (literalmente “siete lámparas
ardientes”) están “delante del trono de Dios”, se sugiere que esta
visión está localizada en el primer departamento del Santuario
celestial. Pero ya hemos visto que esta escena se realiza en el Lugar
Santísimo, pues la única puerta que está abierta es la que conduce al
segundo compartimento del Templo de Dios. Es bueno saber que del
mobiliario del Santuario se expresa que estaban “delante de Jehovah”: El
altar del sacrificio (Exo. 29:11,25; Lev. 1:11); el candelero de oro (Exo.
27:21; 40:25); la mesa de los panes (Lev. 24:6,8); y el altar del
incienso (Exo. 30:8). Cuando el anciano apóstol nos dice que las
lámparas están “delante del trono de Dios” simplemente está empleando
una forma usual de referirse al mobiliario del Santuario. Nótese cómo el
mismo Juan nos habla en Apocalipsis “del altar de oro que está delante
de Dios”, “delante del trono de Dios” (Apoc. 9:13; 8:2, la cursiva es
nuestra). Obviamente hay actividad en todo el Santuario celestial (Apoc.
11:1; 14:15,17; 15:6,8). Véase de manera especial Lev. 24:2-4 y 2 Crón.
4:20.
Las siete
lámparas también pueden ser vistas “delante del trono” por el hecho de
que la puerta que da acceso al Lugar Santísimo está abierta permitiendo
así una visión de los elementos del primer departamento. El hecho de que
las lámparas están “ardiendo” es significativo y enfatiza con mayor
fuerza el lugar donde se realiza esta escena, pues se observa que “el
verbo kaio, utilizado aquí en el participio presente pasivo, denota que
se hizo que ardieran y que se causara que continuaran ardiendo. La obra
de Cristo en el Lugar Santo es la causa de que las lámparas ardan hasta
este momento, y desde ahora en más, ésta obra en el Lugar Santísimo es
la que ocasiona que las lámparas continúen ardiendo”.
Todo esto tiene que ver con el aspecto lingüístico de esta declaración,
pero antes de analizar los siguiente aspectos de esta profecía queremos
proponer otra idea sobre este pasaje. Es claro que “las siete lámparas
ardientes” representan el ministerio perfecto del Espíritu Santo, y que
además “está delante del trono de Dios”. Pero acaso, ¿no dice la Biblia
que el Espíritu Santo fue enviado a la tierra después de la ascensión de
Jesucristo? Cierto. ¿Cómo entender esta declaración entonces? Este es un
tema interesante. Es precisamente Juan quien dedica espacio para
registrar, a diferencia de los otros evangelios, las declaraciones de
Jesús relacionadas a la obra y persona del Espíritu de Dios. Dios es
infinitamente sabio, y preserva todas las cosas que son para nuestro
bien eterno. Se observa que aunque Jesús “tuvo una infinita variedad de
temas para elegir”, del que más se empeñó en hablar “fue de la dádiva
del Espíritu Santo”.
Siendo que Juan captó, gracias a la inspiración esa verdad, escribió más
que los otros evangelistas sobre ella. Y esta verdad, creemos, está
plasmada también en el Apocalipsis por medios de sus fascinantes
símbolos. Veamos:
En su evangelio Juan hace claro que el Espíritu Santo es enviado por
Cristo (Juan 16:7) y el Padre (Juan 14:16,26). En la persona del
Espíritu, los creyentes tienen todo lo que de la plenitud de Dios puede
morar en ellos (Efe. 3:19); tienen garantizada la morada del Padre y de
Cristo en sus corazones (Juan 14:16-17,23). ¡Maravilloso privilegio!
Pero aunque el Espíritu ha sido enviado para que esté con nosotros “para
siempre” (Juan 14:16-17), Jesús habla de Él como si estuviera en el
cielo junto a Él y al Padre también:
“Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad;
porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga, y os
hará saber lo que ha de venir. El me glorificará, porque tomará de lo
mío, y os lo comunicará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije
que tomará de lo mío, y os lo comunicará” (Juan 16:13-15).
El Espíritu está
con nosotros y en nosotros, pero también está “delante del trono de
Dios”. Y está presente, pues Él comunica “todo lo que escucha”. Y no es
difícil entender esto pues, el Espíritu, como Dios, es omnipresente.
Esta idea está implícita en la declaración “los siete espíritu que están
delante de su trono” (Apoc. 1:4; 4:5). Además, otro aspecto que resalta
de estos textos es la relación estrecha y admirable que existe entre los
miembros de la Deidad. Esto es palpable en el Evangelio de Juan, tanto
como en el Apocalipsis. Esto se percibe fácilmente, pues mientras el
Padre da el mensaje revelado a Cristo para que sea dado a su siervo y
por medio de él a la iglesia (Apoc. 1:1,11,19), es un mensaje dado
también por el Espíritu Santo a las iglesias (Apoc. 2:7,11,17,29, “lo
que el Espíritu dice...”). Así que, Juan enfatiza en sus escritos la
omnipresencia y la plenitud de la obra del Espíritu Santo y su
correlación con el Padre y el Hijo en el desarrollo del Plan de
Salvación.
Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y
junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de
ojos delante y detrás. El primer ser viviente era semejante a un león;
el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de
hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro
seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro
estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo,
santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha
de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y
acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los
siglos de los siglos. Los veinticuatro ancianos se postran delante del
que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los
siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno
eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas
las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas (vers. 6-11).
Un mar de cristal
La apariencia del fundamento del trono que Juan describe aquí es
interesante. No debe olvidarse que estamos tratando con imágenes
simbólicas. Esto se percibe rápidamente porque Juan emplea las frases
“como un mar de vidrio semejante a...”. La superficie sobre la cual está
asentado el trono de Dios es “clara y cristalina”. El profeta Ezequiel,
cuando vio a Dios sobre su trono habló de “una especie de bóveda a
manera de cristal maravilloso” (Eze. 1:22). Cuando Moisés subió al monte
con Aarón, Nadab y Abiú, y los setenta ancianos pudieron ver que “había
debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo
cuando está sereno” (Exo. 24:10, cf. Job 37:18; Sal. 104:3). “Lo que
Juan ve es una expansión amplia y brillante que refleja gloriosamente el
resplandor rojo y verde que rodea el trono sobre este mar de vidrio”.
Justamente en ese maravilloso y esplendoroso mar de vidrio estarán un
día todos los que alcanzarán “la victoria sobre la bestia, su imagen, su
marca y el número de su nombre” (Apoc. 15:2, cf. 14:1).
Los cuatro seres vivientes
Al igual que los 24 ancianos, los cuatro seres vivientes no son de fácil
identificación. La razón es que la descripción que el apóstol hace de
ellos desafía nuestra imaginación. Rechazamos de plano que Juan, al
describir a estos interesantes seres estuviera influenciado por
concepciones paganas. Sobre la realidad que representan estos 4 seres
vivientes se ha conjeturado bastante, pero debemos evitar las cosas que
se originan en la imaginación. Ya otros profetas tuvieron el privilegio
de ver estos seres, aunque lo describen con ciertas diferencias (Eze.
1:1-11; Isa. 6:1-3). Los comentadores han propuesto varias
interpretaciones. “Los cuatro seres vivientes representan todo lo
más noble, fuerte, sabio y veloz de la naturaleza”.
Nótese la forma cuidadosa en la que se hace una aplicación del posible
significado de sus rostros: “El rostro humano presumiblemente simboliza
la inteligencia de los seres aludidos; la cara del león, su fuerza; la
del toro, o buey, su disposición para el servicio; la de águila, su
rapidez y su perspicacia”.
Los padres de la iglesia vieron en ellos una representación de los
cuatro evangelistas, siendo Ireneo el primer proponente de esta idea por
el año 170 d. C. El conjeturaba que estos seres “representaban cuatro
aspectos de la obra de Jesucristo, que a su vez están representados en
los cuatro evangelios”.
Pero como la Biblia no nos dice cuál es el significado de sus rostros,
se reconoce que esta interpretación es fruto de la imaginación. El mismo
profeta Ezequiel los identificó como “querubines” (cap. 10:20-22), por
consiguiente no podemos llevar este asunto más lejos. Hacerlo sería caer
en el terreno de la especulación y en este terreno, lo mínimo que se
hace es torcer las Escrituras de su sentido natural. El siguiente
comentario resulta esclarecedor:
“No es necesario imaginar que entre los servidores de Dios hay seres con
cuatro cabezas y cuatro alas. En ningún lugar la inspiración exige que
se llegue a esa conclusión. Sin duda, la forma que Dios eligió para
estos seres en esta presentación profético tenía el propósito de
simbolizar a los mensajeros celestiales en la plenitud de su función,
poder y adaptabilidad”.
Los 4 seres vivientes están “llenos de ojos”
Otro elemento perturbador para muchos es el hecho de que los 4 seres
vivientes están “llenos de ojos delante y detrás”. Como este símbolo
evoca la visión de Ezequiel (Eze. 1:18; 10:12) es correcto entender esta
declaración a partir de su significado en el pensamiento hebreo. Se
reconoce que en la costumbre hebrea la voz “ojo” (hebreo ayun) “se
emplea muchas veces en el sentido de resplandor o brillantes colores”.
En el Antiguo Testamento, la palabra “ojos” (ayun) se emplea 9 veces con
el sentido de “brillo” o “color” (cf. Prov. 23:31, Eze. 8:2; 10:9; Dan.
10:6) y sólo en el libro de Ezequiel se usa 5 veces con esta acepción
(Eze. 1:4-5,16,22,27). Lo que Juan nos está diciendo entonces, es que,
los 4 seres vivientes o querubines, están rodeados de “brillantes luces
que centellean o resplandecen, reflejando la gloria del trono
celestial”.
La estrecha relación que Dios mantiene con los 4 querubines queda
evidenciada por la frase: “alrededor del trono”, literalmente “en medio
del trono”. Esta relación es aún más estrecha que la que sostiene con
los 24 ancianos. De lo que se dice de estos seres en Apoc. 4:9-10; 5:8
se deduce que son “dirigentes de la adoración celestial”.
Acción de gracias al que está sentado en el trono
Nuestra
imaginación resulta insuficiente para percibir la grandeza y la
solemnidad de esta escena de adoración. ¡Oh, cuanto tienen que aprender
todos lo cantores del Señor! Cuan disparatada es hoy en día la adoración
y la música que se le rinde a nuestro soberano Dios. Se sacrifica el
orden y la solemnidad en aras del sensacionalismo extremo e irracional.
Todo lo disparatado y rematadamente profano está siendo colocado sobre
el altar de Dios, tan sólo para que el Santo y Temible lo rechace con la
misma actitud y rapidez con la que rechazó la ofrenda del malvado
Caín. Si, Ofrenda de Caín es la adoración hoy, con muy rara excepciones.
Se nos dice que
cuando “le preguntaron a Händel cómo había podido escribir el Mesías,
respondió: ‘Vi abrirse los cielos, y a Dios en su gran trono blanco’”.
Se nos dice que cuando escribía “el Mesías, una tarea que le tomó sólo
23 días maravillosos, como San Juan, él también podía oír a los ángeles
mientras cantaban”.
Esta fusión plena entre el adorador y Dios, el objeto de la adoración,
es la realidad suprema que aspira la verdadera adoración espiritual. Las
formas incoherente de adoración moderna revela cuan pobre es la
concepción de la majestad de Dios que tienen algunos cristianos. ¡Cuan
chasqueado quedarán un día!
Unámonos en mente, corazón y espíritu a la adoración celestial mientras
leemos las siguientes líneas:
“Y los cuatro seres... no cesaban día y noche de decir: Santo, santo,
santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha
de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y
acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los
siglos de los siglos. Los veinticuatro ancianos se postran delante del
que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los
siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno
eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas
las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas”.
¡Amén!
|
| |
Sigue...
>> |
| |
|
| |
Ver la 2da. Parte |
| |
|
| |
|
|
|