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Dos
personajes importantes realizan en Daniel 9 una obra similar de
intercesión y mediación: Daniel y el Mesías venidero. El capítulo,
como un todo, trata el problema del pecado, la necesidad de
eliminarlo, y el importante papel de un Mediador entre Dios y la
humanidad para reconciliarlos. La obra de los mediadores humanos
es un pálido reflejo del papel del Mesías y, por lo tanto, su
mediación tiene serias limitaciones. Sin embargo, un estudio de la
oración de Daniel ilustra la naturaleza de la mediación profética,
que halla su más profundo cumplimiento en Cristo.
El papel de Daniel como intercesor
La oración de Daniel expresa sus sentimientos más profundos por su
pueblo, por la seriedad de sus pecados, y por su Dios. Notamos la
angustia de su alma mientras ora; pero al mismo tiempo observamos
esperanza, basada en su conocimiento del Dios de .Israel como una
Deidad amorosa y perdonadora. Así que Daniel se acerca a Dios con
plena confianza. Al hacerlo nos muestra algunas características
fundamentales de un mediador profético, una función que apunta
hacia el Mesías venidero.
1. Súplicas por otros.
Un mediador/intercesor busca el beneficio de los demás. Daniel ora
en favor del pueblo y sus líderes en Jerusalén, Judá y todo otro
lugar (Daniel 9:7). Sus condiciones espirituales y sociales hacen
necesaria –e incluso indispensable– la intervención de Dios en sus
vidas e historia. El profeta se halla solo ante el Señor como
representante del pueblo, expresando su extrema necesidad. Jesús
también intercede por los demás, no por sí mismo: "Por lo cual
puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a
Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25).
2.
Se identifica con los pecadores.
Daniel no sólo confesó el pecado
de los reyes, los príncipes y los padres, sino que se incluyó él
mismo entre los pecadores. "Oh Jehová... contra ti pecamos" (Daniel 9:8); "contra él nos hemos rebelado" (vers.
9); "no obedecimos a la voz de Jehová nuestro Dios" (versículo
10). Pero su identificación con los pecadores está basada en el
hecho de que él es un pecador que necesita perdón. En el caso de
Cristo encontramos una diferencia radical entre su mediación y la
de los profetas. Cristo no cometió pecado (Hebreos 4:15) y, por lo
tanto, no tuvo necesidad de confesar pecados personales u ofrecer
sacrificios de perdón individual (Hebreos 7:26, 27). Sin embargo,
él se identificó de manera sin igual con los pecadores: "Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros
fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21).
3. Reconoce la justicia y el amor de Dios.
El mediador no sólo representa al pueblo ante Dios, sino también a
Dios ante el pueblo. Daniel describe al Señor en su oración
intercesora como justo y misericordioso (Daniel 9:7, 18). Él
reconoce el pecado del pueblo y al mismo tiempo proclama que Dios
es justo en su juicio contra ellos. Fue en la cruz de Cristo donde
Dios se reveló a sí .mismo como justo al condenar el pecado y
perdonar a los pecadores: "A quien Dios puso como propiciación...
con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que
él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Romanos
3:25, 26). La justicia y la misericordia de Dios quedaron
expresadas en perfecta armonía a través de la persona y el
sacrificio del Mediador mismo.
4. Confianza en la misericordia de Dios.
Estrechamente relacionado con lo que acabamos de decir, está el
hecho de que Daniel confió completamente en la misericordia de
Dios. Él oró: "No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en
nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias"
(Daniel 9:18). Ningún logro humano puede darnos el derecho de
aproximarnos a Dios por nuestra cuenta, demandándole que nos
conceda lo que necesitamos. No merecemos perdón, pero él nos lo
otorga gracias a sus "muchas, misericordias". De hecho, el profeta
se dirige a Dios porque sabe que es un Dios amante: "De Jehová
nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra
él nos hemos rebelado" (versículo 9). El valor y efectividad de la
intercesión y mediación se halla precisamente en el hecho de que
Dios está siempre dispuesto a perdonar y busca un canal a través
del cual su amor perdonador pueda alcanzarnos. Jesús dijo: "Pues
si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros
hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo
a los que se lo pidan?" (Lucas 11:13). Solamente por medio de él
(Juan 16:24) podemos acercarnos al Dios amoroso y justo que Cristo
nos reveló.
El papel del Mesías
La segunda parte de Daniel 9 trata de la venida del Mesías y su
obra en favor del pueblo de Dios. Esta es una de las profecías
mesiánicas más importantes de la Biblia, no sólo porque describe
de manera incomparable el resultado de su obra, sino especialmente
por la información detallada que proporciona referente al momento
histórico durante el cual aparecería. Veremos primero su obra y
sus resultados.
1. Terminar la prevaricación
(Daniel 9:24). El verbo "terminar" puede traducirse también como "finalizar"
o "eliminar". La palabra hebrea traducida como "transgresión" es
pesha', posiblemente una
de las palabras más importantes para referirse al pecado en el
Antiguo Testamento. Esta voz designa un acto criminal que resulta
en relaciones quebrantadas, ya sea con la sociedad humana o con
Dios. El verbo significa "romper con". Este tipo de pecado
afectaba de una manera especial la soberanía de Dios, requiriendo
su Juicio o una expresión de su gracia perdonadora.
[1] "Todo el que comete
pesha' no sólo se rebela o
protesta contra Yavé sino que rompe con él, y se lleva, roba, o
apropia ilícitamente lo que es de Dios. Aunque eso siempre implica
una conducta consciente, el término
mismo no describe la actitud sino
el acto criminal, que consiste en llevarse una posesión o romper
una relación".
[2] Cuando algo quebranta una
relación se hace necesario reconciliar a las partes involucradas a
Fin de restablecer la armonía social o espiritual. Cristo terminó
con el pecado ‑definido como la ruptura de nuestra relación con
Dios‑ al reconciliarnos con él: "Dios estaba en Cristo
reconciliando consigo al mundo" (2 Corintios 5:19).
2. Poner fin al pecado
(Daniel 9:24). El verbo traducido
"poner fin" significa literalmente "sellar", pero podría expresar
la idea de cerrar con sello, almacenar". Algunos otros pasajes lo
usan en conjunción con la palabra "pecado" para indicar que el
Señor almacena el pecado hasta el día de la venganza cuando
castigará a los pecadores según lo merecen (Deuteronomio 32:34,
35; Oseas 13:12).El acto de sellar los pecados en Daniel no señala
un castigo en el futuro distante, más bien "significa que el
pecado está perdonado".
[3]
La palabra usada para "pecado" es
jatta'th,
un término amplio que define al pecado como un "error" o "equivocación".
La forma verbal significa "errar el blanco". La raza humana no ha
sido capaz de vivir a la altura de las normas divinas pero la
visión anuncia que el Mesías se encargará de nuestras fallas. Él
tomó nuestro pecado sobre sí, terminando con él: "Quien llevó él
mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero... y por cuya
herida fuisteis sanados" (1 Pedro 2:24). Nuestros pecados fueron,
por así decirlo, "sellados", almacenados en la cruz donde se pagó
el castigo que merecían sus autores.
3. Expiar la iniquidad
(Daniel 9:24). El verbo "expiar" aparece con frecuencia en el
libro de Levítico para referirse al proceso por medio del cual el
pecado era quitado del pecador y transferido a la víctima del
sacrificio, y finalmente al santuario. El pecador arrepentido se
retiraba del santuario limpio de su pecado y en armonía restaurada
con Dios. Daniel 9 emplea ahora un nuevo término para pecado: "iniquidad"
(Hebreo 'awon), expresando la idea de pecado como una acción
torcida o una perversión de lo que es correcto. Cristo se encargó
del pecado en todas sus formas y los expió para nuestro beneficio:
"Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por
los nuestros, sino por los de todo el inundo" (1 Juan 2:2). "Y
sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay
pecado en él" (1 Juan 3:5).
4. Traer la justicia perdurable
(Daniel 9:24). La justicia traída
por el Mesías fue permanente y definitiva. La palabra hebrea
traducida aquí como "justicia" es tsedeq, que significa "rectitud",
lo que es correcto" (Levítico 19:36); la cosa correcta, lo que es
honesto" (Proverbios. 8:8; 12:17); "equidad", "lealtad con el
prójimo" (Levítico 19:15); "salvación" (e. g., Salmo 119:123).
Designa un estado de orden social y religioso divinamente
establecido que podía ser interrumpido por el pecado, haciendo
necesario que Dios lo restaurara por medio de juicio, purificación
y lo perdón. El Mesías traería la justicia perdurable en el
sentido de que a través de él Dios le devolvería el orden social,
religioso y cósmico a un mundo lleno de pecado y desorden. Él
lograría esta meta particular a través de un juicio salvador y
punitivo (Isaías 11:4, 5), y por medio de la purificación y el
perdón (Isaías 53:11, 12).
Jesús fue un instrumento de Dios para restaurar el orden en
nuestro mundo de pecado haciendo posible para nosotros restablecer
una relación apropiada con Dios a través de su propio sacrificio:
"Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado... la justicia de
Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en
él" (Romanos 3:21, 22). Este restablecimiento personal y cósmico
del orden alcanzará su consumación cuando Dios establezca su reino
eterno en nuestro planeta. Daniel 9:24 introduce esta justicia –que
trae salvación y purificación– y Daniel 8:14 la describe
alcanzando su consumación durante el Día de la Expiación
escatológico.
5. Sellar la visión y la profecía
(Daniel 9:24). El acto de sellar la visión y la profecía implica
un elemento de determinismo en ella, asegurándonos de esa forma
que se cumplirá. Sellar significa autenticar algo o afirmar su
carácter genuino. Cuando se la aplica a la profecía, la metáfora
significa que la profecía es autenticada cuando lo que se
anunciaba halla su cumplimiento en la historia. Entonces la
profecía y el profeta mismo quedan vindicados e identificados
claramente como instrumentos de Dios. La profecía tratada aquí es
la profecía mesiánica de las 70 semanas cuyo cumplimiento no deja
dudas de que Dios habló a través de Daniel, y que el resto de sus
profecías también se cumplirán. El Nuevo Testamento considera que
la venida de Cristo como Mesías fue el cumplimiento de las
predicciones proféticas (e.g., Mateo 2:5, 6). Pero las profecías
de tiempo también jugaron un papel importante en señalar a Cristo
como el Mesías. Por ejemplo, Pablo escribió: "Pero cuando vino el
cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y
nacido bajo la ley" (Gálatas 4A). El énfasis aquí no es tanto en
su nacimiento sino en su obra, por medio de la cual llegamos a ser
hijos de Dios, un cumplimiento de las profecías mesiánicas.
6. Ungir al santo de los santos
(Dan.
9:24). La frase "santo de los santos" “siempre se refiere a
lugares u objetos (el tabernáculo o templo, especialmente su parte
más interior, además de sus altares, vasos, incienso, sacrificios,
etc.)".
[4] Aquí, la referencia no es al
lugar santísimo del santuario, sin embargo, porque en tales casos
el artículo acompaña a la frase en hebreo, mientras que en Daniel
el artículo está ausente. El término nunca designa a una persona,
como por ejemplo el sumo sacerdote. Por lo tanto, la mejor
interpretación lingüística es decir que se refiere al santuario/templo
y sus objetos sagrados. Éxodo 30:26‑29 registra el ungimiento del
santuario terrenal en el cual Dios ordenó a Moisés ungir la tienda
de la reunión, los muebles, los altares y los utensilios. A través
de ese ritual llegaban a ser "santísimos". Daniel también combina
el verbo "ungir" y la frase "santo de los santos", indicando que
se está refiriendo al ungimiento del santuario celestial, en el
cual el Mesías iniciaría su ministerio sacerdotal hacia el final
de las 70 semanas. El libro de Hebreos aclara que después de su
muerte Cristo ascendió al cielo, entró en el santuario celestial y
comenzó su obra de mediación, inaugurando así una vía de acceso a
Dios (Dan. 9:12; 10: 19, 20). Allí él fue entronizado como rey y
sacerdote.
7. Se quitará la vida al Mesías
(Daniel 9:26). Esta es una de las predicciones bíblicas más claras
respecto a la muerte del Mesías que sugiere, además, por medio del
uso del verbo karat ("eliminar, exterminar"), la naturaleza
violenta de esa muerte. En las secciones legales del Pentateuco el
verbo designa comúnmente a una persona condenada a muerte.
[5] Daniel 9:26 podría haber estado
en la mente de Cristo cuando, en ocasión del arresto, dijo a sus
discípulos: "Mas todo esto sucede, para que se cumplan las
Escrituras de los profetas" (Mateo 26:56). O cuando anunció a sus
discípulos que tenía que ir a Jerusalén para morir violentamente,
pero que en el tercer día resucitaría (Lucas 18:31‑33). Pablo
probablemente usó esta profecía, entre otras, para demostrar con
las Escrituras que Cristo tenía que sufrir y resucitar de los
muertos (Hechos 17:3).
8. Hará cesar el sacrificio y la ofrenda (Daniel 9:27). El verbo
hebreo traducido corno "cesar" es ("descansar, cesar, parar"), y
la forma verbal específica usada por Daniel significa poner fin a,
concluir, remover". Esto es un claro anuncio del fin del sistema
de sacrificios del Antiguo Testamento. En el plan de Dios ese
sistema tenía un papel particular que cumplir, pero con la llegada
del Mesías esa función ya no sería necesaria. El sacrificio del
siervo del Señor anunciado en Isaías 53 sería el único que podría
eliminar el pecado. El Nuevo Testamento consideraba al sistema de
sacrificios como una sombra o tipo del sacrificio de Jesús
(Hebreos. 10:l). Su sacrificio trajo redención, purificación y
perdón del pecado, haciendo absolutamente innecesario para
nosotros ofrecer cualquier otro sacrificio por nuestros pecados
(versículos 14‑18). Jesús mismo anunció el fin del sistema de
sacrificios cuando le dijo a la mujer samaritana que llegaría el
tiempo cuando Dios no sería adorado "ni en este monte ni en
Jerusalén" (Juan 4:21).
9. Confirmará el pacto
(Daniel 9:27). El verbo gabar ("confírmar") significa
"ser superior, fuerte" y prácticamente siempre expresa la idea de
superioridad. "Confirmar el pacto" implica que este pacto es mejor
y superior. Es mejor porque no está limitado a algún grupo étnico
particular, sino que ha sido hecho con "muchos", es decir, para
beneficio de toda la humanidad. Y es firme porque es permanente.
En el Nuevo Testamento Jesús hizo un pacto firme que incluyó no
sólo a los judíos sino también a los gentiles y, por lo tanto, era
de extensión universal (Mateo 26:28). El evangelio debía alcanzar
tanto a judíos como a gentiles, porque ambos necesitaban la
salvación. El pacto de Dios es ¡irme o fuerte en que no se
terminará, porque el Mediador es Cristo, el Hijo de Dios (Hebreo
9:15). Su ministerio es superior al levítico por "cuanto es
mediador de un mejor pacto" (Hebreos 8:6).
Cronología de las 70 semanas
La profecía mesiánica que acabamos de discutir encontraría su
cumplimiento dentro de un período de 70 semanas. La información
cronológica provista por el texto mismo muestra que las 70 semanas
comprenden un período de 490 años (70 x 7 = 490 días/años). El
pasaje cita un evento específico que marcaría el inicio del
período profético que llevaría a la venida del Mesías.
El decreto. La profecía busca
identificar tanto como sea posible el evento histórico que
iniciaría el período de 490 años. Es un decreto real que autoriza
dos sucesos conectados con la ciudad de Jerusalén: "La orden para
restaurar y edificar a Jerusalén" (Daniel 9:25). El segundo verbo,
"edificar", enfatiza la idea de una reconstrucción física de la
ciudad a fin de hacerla habitable. El verbo "restaurar" (Hebreo
shub) se refiere a algo
diferente, haciendo más fácil identificar el decreto específico
mencionado en el texto. El Antiguo Testamento nunca usa este verbo
para la reconstrucción física de un edificio o ciudad.
[6] Cuando se lo emplea en conexión
con una ciudad significa regresarla a sus dueños originales para
ser gobernada de acuerdo con sus leyes (1 Reyes 20:34).
Un buen paralelo para el uso del
verbo shub ("restaurar")
en Daniel ocurre en 2 Reyes 14:22. El pasaje describe al rey
Azarías diciendo que "reedificó [banah]
él a Elat, y la restituyó [shub]
a Judá". El verbo "restaurar" significa que la ciudad iba a
funcionar como una ciudad gobernada por el pueblo de Judá de
acuerdo con sus propias leyes y como parte de sus territorios. El
decreto mencionado en Daniel no sólo requería la reconstrucción de
la ciudad sino también el retorno de los judíos para que ellos
gobernaran según sus propias leyes. Sólo un decreto cumple con
ambos requerimientos: el de Artajerjes I en el año 457 a. C.
Autorizado por el rey, Esdras comenzó la reconstrucción de la
ciudad tan pronto como él y los exiliados llegaron a Jerusalén (Esdras
4:7‑23). El proyecto pronto se detuvo, no porque careciera del
permiso del rey sino por el temor a una insurrección una vez que
la ciudad estuviera reedificada. En el tiempo de Nehemías se
reactivó el decreto, y él fue a Jerusalén a reedificarla (Nehemías
1:1‑11). El decreto de Artajerjes también autorizó a los judíos a
gobernarse ellos mismos sobre la base de su propio sistema legal y
a reforzarlo nombrando "jueces y gobernadores que gobiernen a todo
el pueblo que está al otro lado del río, a todos los que conocen
las leyes de tu Dios; y al que no las conoce, le enseñarás" (Esdras.
7:25). Quienes violaban la ley se enfrentaban a la pena de muerte,
el destierro, etc. La ciudad fue restaurada por los judíos, según
se indicaba en Daniel 9:25.
Siete semanas y sesenta y dos semanas.
La visión dividía las 70 semanas en varias secciones, siendo la
primera un período de siete semanas que no tiene ningún evento
específico asociado en forma explícita con él. El contexto parece
sugerir que las siete semanas se refieren al período durante el
cual ocurriría la reconstrucción de la ciudad. Si le sumamos 62
semanas, nos llevará hasta el Ungido, el ministerio de Cristo, el
Mesías. Contando a partir del año 457 a. C., las 69 semanas, O 483
años, se extienden hasta el año 27 d. C.,
[7] Cuando Jesús fue bautizado por
Juan el Bautista, fue ungido por el Espíritu Santo e inició su
ministerio público (Lucas 3:21, 22).
Septuagésima semana. Durante la semana en que muere el Mesías
(Dan. 9:26), se establece un pacto con "muchos", y el sistema de
sacrificios llega a su fin (versículo.27). Su muerte ocurre a la
mitad de la semana porque es en ese momento cuando, desde la
perspectiva de Dios, se hace el pacto y cesa el sistema de
sacrificios. Los tres años y medio nos llevarán del año 27 al 31
d. C., cuando Cristo fue crucificado y puso a disposición nuestra
todos los beneficios mencionados en Daniel 9:24. El resto de la
semana profética se extiende hasta el año 34 d. C., cuando termina
la profecía de las 70 semanas. El año 34 d. C. "marca un evento
que ha tenido un impacto considerable sobre la civilización y que
también ha sido clave para la salvación de la humanidad. Fue el
año en que el mensaje del Dios de Israel resonó más allá de los
límites de Palestina y alcanzó a los gentiles, los 'muchos' recién
mencionados (Hechos 8). Es también el año de la conversión de
Pablo y de la comisión que Cristo le dio (Hechos 9). Y también es
el año en que Dios derramó el Espíritu Santo sobre los gentiles y
Pedro recibió una extraña visión exhortándole a predicar a los
gentiles".[8]
9:25‑27 menciona la destrucción de Jerusalén, nunca la asocia con
un momento histórico particular dentro de la cronología de las 70
semanas. Más bien el pasaje se enfoca en las actividades o
experiencias del Mesías. La visión introduce la caída de la ciudad
después de la muerte del Mesías, pero no señala si ocurriría
durante la última parte de la última semana. La desolación de la
ciudad al parecer es decretada durante las 70 semanas (Lucas
13:35), pero halla su cumplimiento en el año 70 d. C., cuando el
ejército romano arrasó con el templo y la ciudad.
Conexión entre Daniel 8 y 9
Daniel 9 da por sentada la visión registrada en el capítulo 8 y es
en realidad una respuesta a las preocupaciones de Daniel surgidas
en esa visión. Posiblemente el aspecto más importante de la
conexión entre los dos capítulos es que Daniel 9 provee una pieza
de información indispensable para el entendimiento apropiado de la
visión registrada en el capítulo 8, específicamente la
interpretación de los 2300 años. Daniel 8 nos informa que debemos
contar los 2300 años desde el tiempo del imperio medo‑persa, pero
el capítulo 9 nos da el punto específico de inicio, es decir, 457
d. C. Varias conexiones lingüísticas y conceptuales entre los dos
capítulos apoyan esa conclusión.
Al Final de Daniel 8 el profeta
se halla confundido acerca de la visión de los 2300 años. En el
capítulo 9 el mismo ángel Gabriel, quien habló con Daniel en el
capítulo 8, regresa para clarificar la visión. Aquí el término
visión es importante. Daniel 8 usa dos palabras para visión. La
primera, jazon
se refiere a la totalidad de la visión, mientras que mar'eh
indica sólo el aspecto de la visión que trata de la conversación
de los dos ángeles y los 2300 años (Daniel 8:26: "La visión [mar’eh]
de las tardes y mañanas que se ha referido es verdadera; y tú
guarda la visión [jazon]
porque es para muchos días"). Daniel escribe: "Estaba espantado a
causa de la visión [mar'eh],
y no la entendía (versículo 27). Cuando el ángel Gabriel regresa
junto a Daniel en el capítulo 9, le dice: "Entiende, pues, la
orden, y entiende [bin] la visión [mar'eh]"
(Daniel 9:23). Siendo que Daniel no pudo captar el significado de
la visión de las tardes y mañanas, vino el ángel para proveerle
información que lo ayudara a darse cuenta que la profecía no tenía
que ver con la experiencia de los judíos en el imperio medo-persa.
Señalaba hacia la venida del verdadero Mesías y hacia un futuro
distante, al tiempo en que se consumaría la obra de juicio del
Mesías (Daniel 7) y la purificación en el santuario celestial
(Daniel 8:14). Desde la perspectiva de Daniel, era un futuro
distante, extendiéndose desde el año 457 a. C. hasta 1844 d. C.
Por lo tanto, las 70 semanas (490 años) comprenden parte de los
2300 años, pero fueron "cortadas" [RV, "determinadas"] de ese
largo período profético (Dan. 9:24). El verbo jathak,
traducido "determinadas", aparece en la literatura cananea donde
significa, entre otras posibilidades, "hijo".
[9] El hijo es en cierto sentido un
"fragmento" de los padres, así que él o ella era, por decirlo así,
"cortado" de ellos. Uno puede sugerir que el período de las 70
semanas es el "hijo" de los 2300 años. La visión los separa a fin
de arrojar algo de luz sobre el período más largo.
La profecía de las 70 semanas complementa la visión de los 2300
años proveyendo una fecha específica para su inicio y presentando
al Mesías como quien se encargará de una manera definitiva del
problema del pecado. Daniel 8 nos muestra al Mesías como un
sacerdote que intercede por nosotros en el santuario celestial,
mientras que en Daniel 9 lo vemos iniciando ese ministerio al
ungir el santuario celestial. Uno pone el énfasis en el inicio de
la obra del Mesías; el otro señala la consumación de esa obra de
juicio, purificación y salvación. Lo que en Daniel 7 y 8 quedó sin
especificar: el tiempo del comienzo del último juicio en el cielo
y la fecha del comienzo del día de la expiación, respectivamente,
es revelado finalmente en Daniel 9. El Señor quiere que conozcamos
esas profecías a Fin de que nos demos cuenta de que el tiempo para
la restauración de todas las cosas está cerca y que necesitamos
concentrarnos en lo que de verdad es importante: nuestra relación
con el Señor y la impartición de este mensaje a otros
(Fulgores
de Gloria; pp. 57-69).
Notas y Referencias:
R. Knierim, “Pesha crime", en Errist Jenni y Claus
Westermann, eds., Theological Lexicon of OT (Peabody, Mass.:
Hendrickson Pub., 1997), tomo 2, pág. 1036.
B. Otzen, “Chatan”, en Theological Dictionary of the OT,
tomo 5, pág. 268.
John Goldingay, Daniel, pág. 229.
Doukhan, Daniel, pág. 148.
Para tener un trasfondo en esta sección, véase Brempong
Owusu-Antwi, The Chronology of Daniel 9.24‑27 (Berrien
Springs, Mich.: Adventist Theological Society, 1995), págs.
131‑136.
Si uno resta 457 a 483, el resultado son 26 años, no 27. La
razón es que en la resta el año 1 a. C. y el 1 d. C. se hacen
uno, dejando fuera del cálculo un año. A fin de llegar a la
fecha correcta, tenemos que añadirle un año al resultado.
Doukhan, Daniel, pág. 151.
9.
G. del Olmo y Lete J. Samartin, Diccionario de la lengua ugarítica (Barcelona:
Editorial AUSA, 1996), tomo 1, pág. 183. La forma pasiva del
sustantivo jathak significa "hijo", pero la activa significa
"progenitor".
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