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El reino de Dios
El punto central de Daniel 2 está localizado en el final de la
interpretación del sueño del rey. Se trata del establecimiento del reino
indestructible y eterno de Dios. No se trata meramente de información
relativa al surgimiento y caída de las naciones a lo largo del tiempo. A
Daniel se le dio una revelación del misterio del reino de Dios. El reino
tiene que ver con la salvación. El principio básico del reino de Dios es
el amor "ágape". La mayor demostración de ese amor fue y es la crucifixión
de Cristo en favor del hombre.
La cruz de Cristo está en el fundamento del reino de Dios. En el libro de
Apocalipsis, lo que es central en el trono, es una representación de
Cristo crucificado: "un Cordero como inmolado" (Apoc. 5:10). Allí donde
esté el trono de Dios, en ese mismo lugar está la cruz del Calvario. El
trono y la cruz son inseparables. En el reino de Dios la cruz es el poder
de Dios para salvación (1 Cor. 1:17, 23 y 24). El reino de Dios está
asociado al evangelio. Se lo llama "el evangelio del reino de Dios" (Mar.
1:14). Jesús proclamó ese evangelio, y nos comisionó para que lo
predicáramos también nosotros como testimonio a todas las naciones (Mat.
24:14). "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y
gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14:17). Como consecuencia, "el reino de
Dios está entre vosotros" (Luc 17:21). Daniel comprendió qué significado
tenía la existencia de un Templo en Jerusalén: era una ilustración del
mensaje de que Dios quiere morar en su pueblo. Olvidado por la mayoría en
Judá, Daniel vivió y proclamó ese mensaje a los Babilonios, mientras
oficiaba en la corte real.
La revelación del misterio de Dios
El sueño de Nabucodonosor es una revelación del misterio de la voluntad de
Dios, interpretada por Daniel. Si bien dado al rey, es también para
nosotros. El término "revelado" es empleado en siete ocasiones en el
capítulo dos (vv. 19,22,28,29,30 y 47 –dos veces-). El sueño produjo tal
perplejidad al rey, que solamente una revelación de Dios podía
clarificarla.
Se utiliza la palabra "secreto" en nueve ocasiones. De ellas, en ocho
están traducidas a partir de la misma palabra. En el versículo 22, el
significado del término que aparece una sola vez, es "misterio profundo"
en lenguaje arameo. La otras ocasiones en que se usa "secreto", es en los
versículos 18,19,27,28,29,30 y 47 (dos veces). Se trata de un vocablo
prestado del persa, que la Septuaginta –traducción griega del Antiguo
Testamento- de forma natural tradujo por la palabra griega "mysterion".
"Mysterion" (misterio), en la Septuaginta, es el mismo término empleado en
el Nuevo Testamento al referirse al "misterio del reino de Dios" (Mar.
4:11), "el misterio del evangelio" (Efe. 6:19), "el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne" (1 Tim. 3:16); en resumen, "el misterio de
Cristo" (Col. 4:3). La revelación de ese misterio se extiende hasta el
tiempo del fin, cuando el ángel portavoz de los "ayes" toca la trompeta y
"el misterio de Dios se consumare" (Apoc. 10:7; 11:13 y 14). La
consumación de esa porción del "misterio del evangelio" terminará en el
poderoso movimiento de la "lluvia tardía" y el "fuerte pregón" que
presenta Apocalipsis 18:14.
El tema principal de Daniel 2 es la revelación del misterio del evangelio.
Leemos que esa revelación tenía por objeto que el rey pudiese entender (vv.
30,47), logrando no sólo que Daniel y sus tres compañeros judíos fueran
salvos de una ejecución sumaria (v. 18), sino también los sabios de
Babilonia (v. 24).
Sistema educativo fracasado
Dios reveló a Nabucodonosor que su afamado sistema educativo era incapaz
de comprender y explicar el misterio de Dios. Fue mediante la sabiduría
babilónica (regresando hasta los días de Nimrod) como el mundo olvidó a
Dios (ver 1 Cor. 1:21). En Babilonia, Dios "[destruyó] la sabiduría de los
sabios y [frustró] la inteligencia de los inteligentes" (1 Cor. 1:19)
mediante la revelación del misterio de su reino. La sabiduría babilónica
era "terrena, sensual, diabólica" (Sant. 3:15). Daniel había sido educado
en la escuela del reino de Dios, y el fruto de esa educación era
"primeramente [puro], después [pacífico], [amable], [benigno], [lleno] de
misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía" (Sant.
3:17).
Nabucodonosor descubrió con amargo y dramático desengaño que los sabios de
Babilonia no tenían ninguna sabiduría. Más aún, se dio cuenta de que era
charlatanes. Cuando les pidió a esos pretendidos consejeros que le
declarasen el sueño, el rey no les estaba pidiendo nada que ellos no
profesaran ser capaces de hacer. Pidieron tiempo. Necesitaban más
información. Necesitaban una clave. Procuraron obtenerla del rey. Les
resultaba fácil dar el significado de un sueño, siempre que dicho sueño se
les hubiera manifestado previamente. En la mente de Nabucodonosor amanecía
la aurora del discernimiento. Se dio cuenta de que había sido embaucado
por engañadores.
Lo que no sabía el rey es que los "dioses" de Babilonia eran en realidad
demonios, y que sus sabios eran mediums espiritistas que procuraban el
control del reino. Otro misterio, el "misterio de la iniquidad", estaba a
la obra. Lucifer quería establecer su reino en Babilonia, en oposición con
el reino de Dios (ver Isa. 14:4-15). Pero sus planes resultaron
desbaratados mediante la revelación del "misterio de Dios".
Los sabios de Babilonia fueron puestos en una situación en la que nunca
antes se habían encontrado. Las circunstancias les obligaron a reconocer
su completa ignorancia en cuanto al tema mismo del que pretendían tener
superioridad: "No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto
del rey" (Dan. 2:10). Nadie les había pedido algo así con anterioridad.
Los cogió desprevenidos y fueron incapaces de reaccionar con prontitud. No
podían presentarse con un engaño, dada la susceptibilidad del rey. No
podían continuar engañándolo y dominándolo. Así pues, se vieron obligados
a confesar su absoluta impotencia e ignorancia.
En la revelación del "misterio de Dios", aprendemos que el diablo no puede
leer nuestras mentes. Si hubiera podido leer los pensamientos que turbaron
a Nabucodonosor, se lo habría comunicado a sus mediums, los sabios de
Babilonia. Se suscita automáticamente una cuestión: "¿Por tenemos a menudo
la impresión de que el diablo pudiera leer nuestras mentes?" Él conoce las
debilidades de nuestros antepasados, así como nuestras debilidades
personales. Con ese conocimiento, calcula la forma de tentarnos, a veces
muy eficazmente. En ocasiones le damos claves (mediante nuestras palabras
y actos) que le permiten conocer el pensamiento de nuestras mentes.
Nuestros hechos muy a menudo hablan más fuerte que nuestras palabras. Si
veláramos nuestro rostro con la justicia de Cristo y selláramos nuestros
labios impidiendo que divulgaran lo que ocupa nuestra mente, Satanás nunca
podría saber lo que pensamos.
Sistema teológico fracasado
Los dioses babilónicos no podían ayudar a esos dirigentes espirituales,
los sabios, en lo relativo al "misterio de Dios". Dijeron: "No hay quien
lo puedo declarar al rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne"
(v. 11). Los sabios de Babilonia tenían un problema teológico. Su
cristología estaba totalmente errada. Sus dioses no moraban, ni podían
morar en carne humana, ¡pero el Dios de Daniel podía, y lo hizo! "El Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1:14). Y ese Verbo habitó
también en la carne caída de Daniel.
Además, por su Espíritu Santo, a través de su Palabra, Cristo continúa
morando en sus seguidores: "el misterio que había estado oculto desde los
siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos... las
riquezas de la gloria de ese misterio entre los gentiles, que es Cristo en
vosotros, la esperanza de gloria" (Col. 1:26 y 27).
Isaías se refirió a ese misterio unos cien años antes de que Daniel
naciera: "Así dijo el Alto, Sublime, el que habita la eternidad y cuyo
nombre es el Santo: ‘yo habito en la altura y la santidad, pero habito
también con el quebrantado y humilde de espíritu, para reavivar el
espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados’"
(Isa. 57:15).
Tal fue la experiencia de Daniel. En él, Dios estaba dando "a conocer las
riquezas de este misterio entre" los babilonios. Gracias a Daniel, los
sabios no fueron ejecutados. Dispusieron así de un tiempo de prueba a fin
de que aceptaran o bien rechazaran la revelación redentora del "misterio
del evangelio" de Cristo. Ese tiempo de gracia adicional fue la
continuación del don de la "justificación de vida" (Rom. 5:18), concedido
incluso a los enemigos del evangelio (temporalmente).
Teología de la cruz en Daniel
En Daniel 2 el significado redentor de la cruz se revela no sólo en la
salvación de la vida de Daniel, sino también en la salvación de las vidas
de los sabios (Dan. 2:24). Sin duda Pablo, en el Nuevo Testamento, fue el
primero en establecer una teología clara de la cruz. No obstante, a Daniel
le fue revelado su significado salvador. Daniel describió el evento
profético de la crucifixión de Jesús en el capítulo 9:26 y 27. El capítulo
2 revela la cualidad salvadora inherente y consecuencias de la cruz, en la
preservación de las vidas de Daniel y de sus tres amigos. Pero aún hay
más: revela la influencia que entonces fue sembrada, y que condujo
posteriormente a la conversión de Nabucodonosor (Dan. 2:48). Nabucodonosor,
por un tiempo, se apartó del evangelio que le había sido presentado en
aquel sueño (ver capítulo 3). Pero en el capítulo 4 leemos sobre su
conversión. Ese capítulo es un registro que Daniel tomó de un documento
público de la administración del rey. Como tal documento público, debió
ser enviado, al menos, a todo el mundo controlado por los babilonios. La
forma en que Dios obró en el corazón del rey constituye una ilustración de
su obra en la justificación por la fe. Dios abatió la gloria de
Nabucodonosor en el polvo, y luego hizo por él lo que éste no podía hacer
por sí mismo. No es nada distinto al mensaje de Minneapolis. E. White
preguntó y respondió la siguiente cuestión en le contexto de ese menaje:
"¿Cuál es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que abate en el
polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que éste no puede
hacer por sí mismo" (TM 456).
La Piedra clama en términos teológicos
La cruz es el misterio de Dios que, por el Espíritu Santo, motivó a Daniel
y a sus compañeros a que fueran piedras vivas en el templo espiritual de
Dios. Desde su adolescencia esos discípulos de Jesús llevaron su cruz, y
continuaron llevándola durante el resto de sus vidas. Por su vida y por
sus palabras, proclamaron a Cristo crucificado.
El sueño de Nabucodonosor termina con la revelación del misterio de la
cruz, en la metáfora de la piedra que cayó "sin que la cortara mano
alguna, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los
desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro
cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las heras del
verano, y se llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Pero
la piedra que hirió a la imagen se hizo un gran monte que llenó toda la
tierra" (Dan. 2:34 y 35).
Eso es una promesa de que la obra del misterio del reino de justicia de
Dios se establecerá finalmente en la tierra, por lo tanto, "esperamos,
según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la
justicia" (2 Ped. 3:13). La misteriosa piedra de Daniel 2 llena la tierra
con la justicia de Dios.
Obsérvese que la piedra no hirió a la imagen en su cabeza, sino en su
amalgama de hierro y barro (en los pies). El reino de Nabocodonosor es el
misterio de la voluntad y propósito de Dios, abarcando desde los días de
Babilonia hasta el final del milenio. No es sino hasta el final de los mil
años cuando la totalidad de las naciones recibirá la ejecución del juicio
ilustrado en la demolición causada por la misteriosa piedra de Daniel 2
(ver Dan. 3:5 en relación con Apoc. 20:7 y 8).
Jesús relacionó la piedra de Daniel con la de Isaías (Mat. 21:42-44). Esa
piedra es rechazada por la mayoría de los habitantes del mundo. Para los
incrédulos no es una piedra bienvenida, es piedra de tropiezo y de
escándalo (Isa. 8:14). Lamentablemente, esa fue la historia de las
naciones representadas en la imagen: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y
Roma. No es sólo que esa piedra fuera rechazada por esas grandes naciones
del mundo, sino que algunos, entre el pueblo de Dios, consideraron también
a la Roca de justicia como una piedra de tropiezo. Así sucedió con la
iglesia en los días de Daniel, en los días de Cristo, durante la Edad
Media de la cristiandad, en el protestantismo que rechazó el mensaje de
Miller, en 1844 por los milleritas chasqueados, y en 1888 por santos
indignados. Y ¿qué decir de nuestros días?, ¿somos mejores que ellos?
Prestemos atención a las palabras de Jesús relativas al misterio de la
cruz, tal como expone Daniel 2, y roguemos que nuestra gloria sea abatida
hasta el polvo, a fin de que también nosotros caigamos en la Roca y seamos
quebrantados y justificados tal como lo fue Nabucodonosor, y no
desmenuzados y reducidos a cenizas: "el que caiga sobre esta piedra será
quebrantado, y sobre quien ella caiga será desmenuzado" (Mat. 21:44): A
quienes creen con un corazón reavivado por el amor de Dios, esa piedra es
una preciosa Piedra angular en la que los quebrantados y heridos de entre
las naciones pueden hallar curación y fortaleza (Isa. 28:16).
Es en los reinos del mundo donde Dios llama para hacer súbditos de su
reino. A esos mismos que forman las naciones de la tierra, él los
transforma mediante la justificación por la fe para que constituyan su
reino. Aunque sirviendo a las naciones del mundo con el orgullo y la
debilidad de la naturaleza caída, esas mismas personas, tras aceptar a
Cristo y su justicia, sirven como súbditos del reino de Dios y se
caracteriza por su obediencia a todos sus mandamientos. Obedecen con, y en
esa misma naturaleza heredada débil con la que sirvieron al mundo, pero
ahora son victoriosos mediante la justicia real de Dios y la regia gracia,
por su fe en Jesucristo. A esas personas transformadas se les da el
mensaje del misterio de la misericordia –el evangelio del reino de Dios-,
que avanzará en la tierra interpelando siempre a las personas, llamando al
pueblo de Dios a que salga de Babilonia (Apoc. 18:1-4).
Ese es el mensaje de Minneapolis que Dios ordenó que fuera dado al mundo
(TM 91). La consumación del "misterio de Dios" se realiza en el tiempo de
la parte más débil de la imagen, en esa extraña mezcla de hiero y barro
cocido (o unión de iglesia y estado, el "misterio de la iniquidad"). Es el
poder del mensaje de la Piedra –la justicia de la cruz de Cristo- la que
destruye la imagen.
Cuando los que forman parte de los reinos de este mundo pregunten en su
desamparo: "¿por qué camino, mediante qué enseñanza y mediante qué poder
puedo ser liberado?, hemos de dirigirlos a Jesús y a sus palabras: "Yo soy
el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6). ¡Grande es el misterio del
evangelio de Dios, tal como revela el capítulo dos de Daniel!
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