El Dragón Rojo y la Mujer Vestida de Sol

 

El Hijo de la Mujer y el Remanente

 

(1era. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Introducción

EN APOCALIPSIS 12 Juan dirige nuestra atención a una nueva línea profética que continuará hasta el fin del libro. En los capítulos anteriores la esfera de acción estaba más restringida al ambiente terrenal, pero ahora se extiende al todo el universo. Se reconoce que en esta visión aparece de manera clara el alcance universal de las acciones humanas. “Nada es insignificante. Nadie es sin valor. Todo está interrelacionado, y estas interrelaciones conectan los hechos de la tierra con los acontecimientos del cielo”.[1] El capítulo 12 de Apocalipsis es importante. Presenta momentos claves de la batalla milenial entre el bien y el mal; entre Cristo, el autor de la justicia, y Satanás, el autor del pecado. Los hechos que aquí se mencionan aparecen en “cuadros superpuestos, con acciones expandidas para hacer más comprensible la influencia que ejercieron en la guerra y cómo determinan su curso y su objetivo”.[2] Juan nos revela lo que está ocurriendo detrás del telón y nos deja ver quién es el causante real de tanto desequilibrio y tragedias en nuestro planeta. ¡Es alguien que causó graves problemas aún en cielo! Detrás de lo que se ve, de lo aparente, hay un mundo invisible al ojo humano tan real como el nuestro. De hecho, son dos mundos, ¡y no hay como separarlos! Uno influye poderosamente sobre el otro.  

Se observa que Apoc. 12:1-6 introduce “los temas que luego se desarrollan en los vers. 7-16. El vers. 17 introduce un argumento que se explora en los tres capítulos siguientes”.[3] En este contexto, se nos presentan tres cuadros importantes en Apocalipsis 12. El primero se centra en la mujer vestida de sol y la guerra del nacimiento de Cristo (12:1-6). El segundo considera la guerra del dragón en el cielo incluyendo los 1,260 días (vers. 7-16). Y el tercero está centralizado en la guerra final del dragón en contra del remanente (vers. 17). El segundo cuadro puede dividirse en dos partes, los ataques del dragón contra el hijo que nace y luego la ofensiva contra la mujer. Así, en Apoc. 12 se consideran cuatro grandes confrontaciones que determinar el curso de la Gran Controversia. De aquí en adelante, al estudiar esta sección (cap. 12-14) veremos que la relación del Apocalipsis con el libro del profeta Daniel es aún más estrecha y profunda.  

Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento (cap. 12:1-2). 

La mujer esplendorosa

En el Antiguo Testamento, sus escritores utilizaron la figura de una mujer para representar al pueblo del pacto (Eze. 16; Ose. 2:19,20; Isa. 54:1-6). Los escritores del Nuevo Testamento sigue con la misma forma de pensamiento (2 Cor. 11:2; Efe. 5:21-23). La iglesia es la “novia del Cordero”. Pero no por esto existen dos pueblos de Dios o iglesias. Existe sólo un pueblo, compuesto anteriormente por un grupo “racial y local”, pero ahora integrado por un pueblo “multirracial y en todo el mundo”.[4] La mujer vestida de sol es pues, un noble símbolo de la iglesia cristiana, en su mejor momento (cf. Cant. 6:10). “La mujer representa a la iglesia del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento”. Algunos han visto en este pasaje una descripción simbólica de la virgen Maria, pero estas descripciones no puede cumplirla una persona individual, es más bien una figura sobrehumana. Además el contenido de los versículos 6 y 13-16 no reflejan la experiencia de una persona, señalan más bien a una entidad religiosa completa que es perseguida por largo tiempo. Además, nadie, que sepamos, ha sugerido, mucho menos demostrado que después de la muerte de Jesús la virgen María sufriera persecuciones por parte de Satanás como las que experimenta la mujer vestida de sol (cf. vers. 5,13). Sencillamente, María no cumple con estos detalles proféticos.

Que la mujer estaba encinta implica que Cristo nació de la iglesia ideal. Sus “dolores de parto” constituyen una al ferviente anhelo y esperanza que tenían los verdaderos adoradores en la llegada del Mesías, con la misma intensidad que los presentes fieles de Dios anhelan su segunda venida. Se observa además que la figura de una mujer embarazada y a punto de dar a luz, es un símbolo de salvación (cf. Isa. 26:18). Lo que Juan ve es que la iglesia estaba a punto de dar a luz al Salvador del mundo (Mat. 1:21). La vestidura de la mujer representa la gloria y la justicia de Dios tal y como se revela en el Evangelio (cf. Sal. 104:2; Mal. 4:2; Isa. 61:10). Constituye además una reminiscencia de la gloria que perdieron nuestros primeros padres, pues todo ser perfecto está cubierto de un mato de luz resplandeciente (cf. Hech. 10:30; Apoc. 19:15), que refleja la gloria de Dios. Nos anuncia también la mañana gloriosa, cuando habiendo alcanzado la victoria sobre las fuerzas del mal, el pueblo de Dios será vestido nuevamente de esta manto de luz puro (Apoc. 3:5; 19:7,8), como una evidencia externa de glorificación (Apoc. 7:9).

La luna, según algunos es una referencia a las leyes rituales del antiguo pueblo de Dios. Estas leyes ceremoniales eran un reflejo de la luz del Evangelio, así como la luna refleja la luz del sol (cf. Heb. 10:1; 4:2). “El hecho de que estos símbolos están todavía acompañando a la iglesia indica su extendida utilidad para hacernos comprender la obra redentora de Cristo y su ministerio celestial”.[5] También la luna puede ser vista como un símbolo de la permanencia del reino mesiánico, pues la Escritura – según se observa – “considera al sol y al luna como símbolos de permanencia” (cf. Sal. 89:35-37). Otra idea propone que la luna puede ser vista como un símbolo de las Escrituras hebreas, sobre la cual está fundamentada la iglesia y que señala a Cristo, en quien alcanza su pleno cumplimiento (cf. Juan 5:39; Luc. 24:27,44-48). La luna reflejaría la promesa contenida en las Escrituras hebreas; y el sol, su cumplimiento.

Las doce estrellas de la corona, son vistas como un símbolo de los 12 apóstoles, los padres de la iglesia cristiana. Y parece razonable porque Juan ve la iglesia en un contexto histórico específico, el tiempo cuando el Mesías ha des ser introducido en el mundo. Otros, tomando en cuenta las estrellas representan en algunos pasajes de las Escrituras al pueblo de Dios (Dan. 8:10; 12:3; Gén. 37:9),[6] consideran que constituyen “un símbolo de la totalidad del pueblo de Dios fiel”.

Sobre la corona de la mujer y las del dragón debemos observar algo ahora. Lo primero es la diferencia en números. La mujer tiene una y el dragón, doce. Dios tiene un reino, el de su amado Hijo, y un grupo en la tierra que lo representa fielmente, su pueblo remanente. Pero Satanás imita este reino, pero por medio de muchos reinos corruptos y pasajeros, los reinos seculares de este mundo. Estos reinan por algún tiempo, pero el de Dios lo hará por la eternidad (Dan. 7:27). En los días de Juan existían dos coronas y cada una tenía un uso y significado especial. Estaba la corona de los reyes, diadema. Esta corona representaba el poder político del gobernante. Y estaba la corona que usaban los atletas en sus victorias, stéfanos. Esta corona representa victoria, gozo, dignidad y paciencia. “Un modo de ser, en contraste con un modo de mandar. Los reyes ordenaban, exigían, obligaban. La iglesia persuadía con ejemplo y esfuerzo: persistente piedad, atractivo irresistible”.[7] Stefanos es la corona que exhibe la iglesia. Hay buenas noticias en esto: ¡La iglesia triunfará y se nos dice por adelantado!

En términos generales, estos símbolos luminosos, creaciones de Dios, representan la hermosa realidad de que la iglesia, está vestida, adornada y apoyada en las obras de Dios, y no en las suyas propias. Las obras de origen humano no tienen ningún valor a la vista de un Dios que exige justicia perfecta, una justicia que sólo Él puede otorgar y obrar en la vida de su iglesia.  

También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese. Y ella dio a luz un hijo, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono (vers. 3-5). 

El gran dragón rojo

Juan vio “otra señal” en el cielo, observó a un “gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos”. En su cabeza “siete coronas”, y arrastraba con su cola la “tercera parte de las estrellas arrojándolas sobre la tierra”. El dragón se paró delante de la mujer que estaba por dar a luz “a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese”. Pero Juan contempló que el niño era poderoso, no era un niño común y corriente: “regirá con vara de hierro a todas las naciones”. Este hijo fue “arrebatado para Dios y su trono”. La identidad del niño que acaba de nacer es clara: es Jesucristo, el Mesías, quien regirá o gobernará a todas las naciones por la eternidad (cf. Mat. 1:21; Sal. 2:8-9; Apoc. 19:13-16). Su “arrebatamiento” es una referencia a su ascensión (Hech. 1:3; Heb. 1:3; 10:12). La identidad del dragón también queda claramente establecida en el vers. 9. Es “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás”.

La imagen del dragón es tomada por Juan de algunos pasajes del Antiguo Testamento (Isa. 51:9; 27:1; Sal. 74:12-14), pero añade a su descripción ciertos detalles pintorescos que le permiten armar su propio cuadro de este siniestro monstruo. Ya el profeta Daniel en el cap. 7 menciona “una bestia espantosa, terrible y en gran manera fuerte... y tenía diez cuernos” (Dan. 7:7). Esta bestia espantosa es el mismo poder pagano representado por el dragón. La actitud violenta y los diez cuernos de ambos monstruos establecen la relación.

Juan nos dice que el “gran dragón” es escarlata o rojo. El color rojo, en el Apocalipsis está asociado con la muerte (cap. 6:4), lo que revela la violenta naturaleza del dragón. Está pintado de “la mancha de sus persecuciones, teñido con la sangre de sus muertes”. Se reconoce que la figura de “una serpiente escarlata reluciente” existía en el templo del dios creador Marduk, en Babilonia. “El dragón que es el archienemigo de Dios es una figura corriente y terrible en el pensamiento oriental. Es la conexión del dragón con el mar lo que explica las riadas de agua que vomita para anegar a la mujer (vers. 15)”.[8] En el antiguo Cercano Oriente el dragón es la fuente del mal y el caos. Algunos detalles que Juan describe sobre el dragón rojo encaja con algunos pasajes del Antiguo Testamento del temible Leviatán. Isaías habla de este monstruo mitológico como “la serpiente veloz... [y] tortuosa...; dragón que está en el mar” (Isa. 27:1; cf. cap. 51:9-10). El salmista aporta otro detalle que conforma el cuadro del dragón apocalíptico: “Magullaste las cabezas del Leviatán, y lo pusiste por comida a los moradores del desierto” (Sal. 74:14). Es interesante saber que en “la mitología cananea el Leviatán era un monstruo que luchaba contra los dioses principales con la intención de destruir la creación”.[9] El Leviatán era descrito “en la forma de una serpiente de muchas cabezas”.

Pero el hecho de que Juan llama primariamente a este dragón “la serpiente antigua” una vez (vers. 9) y “serpiente” dos veces (cf. vers. 15-16), más la mención de la mujer vestida de sol, nos revela que Juan está enmarcado en un contexto escritural bien sólido. Juan hace referencia a Gén. 3 dónde aparece por primera vez la serpiente en relación con la mujer. Allí se predice la enemistad y el conflicto que existiría en el transcurso del tiempo entre la serpiente y la mujer, y entre la descendencias de ambas; un conflicto dramáticamente real (Gén. 3:15). Apocalipsis 12, refleja precisamente la realidad de esta confrontación milenial.

Juan ve coronas (griego “diademas”) específicamente en las cabezas del dragón. Una alusión a un reino político que gobernaba en aquel entonces: Roma pagana. Así, el dragón es primeramente un símbolo de Satanás y en sentido derivado, una representación del Imperio Romano. Que las coronas están sobre las cabezas y no sobre los cuernos como es el caso de la bestia de Apoc. 13, es una evidencia de que “en el momento en que ocurrían los eventos descriptos en el pasaje, el Imperio Romano aún no se había fragmentado”.[10] El dragón está en espera del nacimiento del niño para destruirlo, devorarlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Cuando Jesús nació, inmediatamente fue objeto del primer ataque de Satanás por medio del Imperio Romano (Mat. 2:1-18).

Las siete cabezas aparecen nuevamente en las bestias de los capítulos 13 y 17, y según se observa, las siete cabezas representan la plenitud del “extraordinario poder” empleado por el dragón contra el pueblo de Dios. Como en el capítulo 17:9-10 las siete cabezas representan “siete montes” y “siete reyes”, la opinión de los eruditos es que resulta “razonable concluir que las siete cabezas del dragón representan poderes políticos que han fomentado la causa del dragón, y por medio de los cuales este ha ejercido su poder perseguidor”.[11] Los diez cuernos, que también poseen las bestias de los capítulos 13 y 17, son considerados como “una designación más general de los poderes políticos menos importantes, por medio de los cuales ha obrado Satanás, en contraste con las siete cabezas, que pueden considerarse como una representación de los principales poderes políticos”.[12] Estos poderes seguirán las directrices establecida por los poderes dominantes del momento (cf. Apoc. 13:11-17; 17:12-14,17). Al estudiar el tema de los 144,000 descubrimos que los números apocalípticos tienen un significado simbólico. El número 10, entonces, puede ser visto como un número redondo que representa una cantidad mayor.

Juan ve además que el dragón arrastraba “la tercera parte de las estrellas del cielo” con su cola, y las arrojaba “sobre la tierra”. Las estrellas, como ya vimos, representan en algunos pasaje de las Escrituras a los ángeles (cf. Job 38:7). La expresión “tercera parte” la analizamos también en el capítulo 9 y vimos que simboliza una cantidad limitada del total. En Apoc. 5:11 y Dan. 7:10 se nos dice que la cantidad de ángeles que pueblan el cielo es innumerable: “millones de millones”. En su rebelión, Satanás conquistó la simpatía de una cantidad considerable de estos ángeles, los cuales se le unieron en su rebelión contra el gobierno divino. “Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra”.
 
Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días (vers. 6).
 
La mujer huye al desierto
Juan ve que la mujer escapa del ataque homicida del dragón, por lo tanto, este versículo resume la “experiencia de la mujer y luego la desarrolla en los versos 13-16”. No pudiendo destruir a Cristo, el dragón dirige sus ataques en contra de su iglesia, los seguidores del Mesías. Es interesante notar que en este pasaje el énfasis no está centrado en la severidad del ataque del dragón contra la iglesia, sino sobre “el cuidado providencial de Dios sobre ella”. Dios preparó un lugar para su iglesia en el desierto y allí la cuidó. Es cierto que sufrió mucho, que muchos fieles murieron, pero no fue posible que el dragón la destruyera por completo. Se reconoce que el lenguaje que Juan usa aquí para describir la protección de Dios sobre su iglesia “parece provenir” del éxodo de Israel de la tierra de Egipto (cf. Deut. 8:15,16; 32:10-11; Ose. 11:1; Exo. 19:4; 15:12).[13]
 
Los mil doscientos sesenta días
Aquí tenemos nuevamente la unidad de tiempo que ya encontramos en el análisis del capítulo 11. Aunque se usan diferentes designaciones para describirlo podemos estar seguros que, tanto Juan como Daniel están haciendo referencia al mismo período de tiempo. Veamos algunos detalles para corroborar esto. En Apoc. 12:6 se nos dice que la mujer huyó al desierto y que allí fue sustentada por “1,260 días”. Este versículo establece un nexo con Apoc. 11:3 donde se habla del mismo periodo en los mismos términos. Pero cuando leemos Apoc. 12:14 descubrimos que los 1,260 días son “tiempo, y tiempos y la mitad de un tiempo”. Así este pasaje establece un nexo con Dan. 7:25 y 12:7 donde se usa la misma descripción temporal. En la profecía bíblica el término “tiempo” señala claramente un “año” de 12 meses (Dan. 4:16, obviamente meses de 30 días cada uno para poder sumar exactamente 1,260 días o tres años y medio). Al leer Apoc. 13:5 encontramos nuevamente que el pueblo de Dios es perseguido por “42 meses”. Una clara referencia a las acciones del “cuerno pequeño” de Daniel, a partir de la comparación de las acciones de este con las de la primera bestia de Apoc. 13 (véase nuestro comentario sobre Apoc. 13:1-2). Los 42 meses constituyen 1,260 días. ¿Cómo podemos saber que es el mismo período de tiempo? Fácil, si se toma en cuenta que el ataque del dragón a la mujer cuando huyó al desierto fue por medio de la bestia multifacética de Apoc. 13:1. Por consiguiente, Apoc. 12:6 y 14 no pueden referirse a dos períodos de persecuciones diferentes, pues los versículos 13-16 constituyen la explicación del verso 6. Ambas referencias temporales son una y la misma cosa en estos pasajes y en todos los demás.
Para poder entender adecuadamente esta referencia temporal debe usarse el principio de “día por año”, según el cual un día profético equivale a un año literal. Tendríamos entonces 1,260 años literales. Los estudiosos de las profecías fechan esta unidad de tiempo entre el 538 y el 1798 d.C. “A través de este período de 1,260 años, el papado era eclesiásticamente soberano en algunos de los países europeos... Los cristianos que decidieron obedecer la Palabra de Dios fueron perseguidos por su fe. La Iglesia y el Estado se combinaron para destruirlos”.[14] “La persecución se desencadenó sobre los fieles con furia jamás conocida hasta entonces, y el mundo vino a ser un vasto campo de  batalla. Por centenares de años la iglesia de Cristo no halló más refugio que en la reclusión y en oscuridad”.[15] Sobre la fecha del 538 como comienzo de este período de tiempo, se reconoce que es una fecha importante, aunque naturalmente la apostasía en el seno de la iglesia no ocurrió de un golpe en una fecha específica. ¿Por qué entonces esta fecha? En el 538 ocurrió algo interesante que puede ser considerado como el punto de decisivo para el proceso de la apostasía.
 
“En dicho año, Belisario, general encargado de los ejércitos del emperador Justiniano, ganó una victoria decisiva sobre los ostrogodos y los hizo alejarse definitivamente de la ciudad de Roma. Cinco años antes, en el 533, Justiniano había escrito una carta dotando al obispo de romano de autoridad tanto religiosa como secular y política, pero dicha carta no pudo tener efecto debido a que en ese año, o sea en el 533, la ciudad de Roma y la mayor parte de Italia estaban en poder de los ostrogodos y de otros pueblos germánicos que habían invadido desde el norte. Estos invasores eran cristianos, pero de la secta de los arrianos, y de ninguna manera estaban dispuestos a reconocer que el dirigente de la iglesia tuviera derecho o autoridad para administrar en los asuntos del gobierno civil, ni tampoco consideraban ellos a Justiniano, escribiendo desde su capital oriental de Constantinopla, pudiera otorgarle al papa semejante autoridad. De modo, pues, que la autoridad política conferida al papa por Justiniano no se hizo efectiva sino hasta el momento cuando fueron derrotados los ostrogodos y esto ocurrió en el 538.
“Con esto, principió el período de 1,260 años de preponderancia política de la jerarquía romana, que llegó a su fin el año de 1798”.[16]
 
El principio “día por año”
Se observa que el Antiguo Testamento “usa el término ‘días’ como una equivalencia de ‘año’ más de 850 veces... La mente hebrea empleaba los términos ‘días’ y ‘año’ intercambiablemente”.[17] Sobre el origen de esta forma de computo se cree que pudo haber surgido “en la idea de la repetición de los días individuales de cada año el siguiente año, así que los ‘días (del año)’ podrían representar al año mismo”.[18] Algunos pasajes donde se usa este principio son los siguientes (las cursivas han sido añadidas):
 
1 Samuel 27:9. “Fue el número de los días que David habitó en tierra de los filisteos, un año y cuatro meses”. Aquí  “un año y cuatro meses” son los “días que David habitó” en tierra extraña”.
 
1 Samuel 29:3. “¿No es este David, el siervo de Saúl rey de Israel, que ha estado conmigo por días y años, y no he hallado falta en él...?” En este pasaje, la frase “por días y años” puede significar “un año o dos”.
 
Génesis 6:3. “Y dijo Jehovah: No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; más serán sus días ciento veinte años”. Los “días” de los antidiluvianos que Dios le concedió en prueba en este texto fueron “120 años”.
 
Levítico 25:2. “Cuando hayáis entrado a la tierra que yo os doy, la tierra guardará sábados para Jehovah”. Aquí el nombre de un día, el sábado, es usado para hacer alusión a un año completo.
 
Resulta interesante saber que según se reconoce, Lev. 25:1-7 es “el primer pasaje bíblico donde se aplica la ecuación días por años”.[19] Otros textos que dejan entrever este principio directamente son Núm. 14:34 (“cuarenta días..., un año por cada día”) y Eze. 4:5-6 (“cuarenta días..., cada día por un año”). Estos son sólo unos ejemplos de muchos que podemos mencionar. Desde esta perspectiva, estamos en terreno firme cuando interpretamos los 1,260 días proféticos como 1,260 años literales. El valor y significado histórico de esta unidad de tiempo todavía será objeto de estudio en el próximo capítulo.
 
Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él (vers. 7-9).
 
La gran batalla en el cielo
La mente de Juan fue dirigida ahora al principio de la gran controversia. Y es natural que esto sucediera porque hasta el momento ha visto sólo al gran dragón tratando de destruir al Mesías y a su iglesia. La razón y el origen de su odio se le presentan ahora vividamente. Juan ve que la enemistad del dragón contra Dios y su Cristo es muy antigua. ¡Comenzó en el cielo! (cf. Juan 8:44). Un extraordinario Personaje enfrenta al gran dragón y sus ángeles rebeldes, cuando su rebelión estalló por primera vez: Miguel, acompañado de sus séquitos de ángeles. Satanás fue derrocado del cielo junto con la tercera parte de los ángeles. Tres expresiones usadas por Juan enfatizan este hecho: 1) “No se halló ya lugar para ellos en el cielo”; 2) “Fue lanzado fuera el gran dragón”, y 3) “Fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (vers. 8-9). Otros pasajes de las Escrituras que hablan de la rebelión y caída de Satanás expresan esta misma idea (Isa. 14:12,15; Eze. 28:16-17). La rebelión de Satanás le costó su elevada posición como “querubín protector de alas desplegadas” ante la presencia de Dios (Eze. 28:14-15 VRV 1977). Este ángel exaltado poseía el mayor conocimiento sobre el carácter de Dios que se había rebelado a algún ser creado, por lo tanto, su caída fue definitiva. “Lucifer había pecado en el cielo en la luz de la gloria de Dios. A él como a ningún otro ser creado se le había dado una revelación del amor de Dios. Comprendiendo el carácter de Dios y conociendo su bondad, Satanás decidió seguir su propia voluntad egoísta e independiente. Su elección fue final. No había ya nada que Dios pudiese hacer para salvarle”.[20] ¡No hay perdón para semejante acto de rebelión!
El mismo Cristo, en una de sus declaraciones, reveló un detalle espeluznante sobre la gran controversia entre Él y su archienemigo. En medio de su rebelión, Satanás albergó en “su corazón” (Isa. 14:12) el deseo de matar a Cristo y así tratar de establecerse en el trono de Dios (Juan 8:44; Isa. 14:13-14). Entonces, Juan pudo ver en visión panorámica la expresión del odio homicida de Satanás contra Cristo de forma dramáticamente clara. La declaración “hubo una gran batalla en el cielo”, es una exacta descripción de lo que le fue mostrado. La primera táctica del enemigo fue el uso de argumentos engañosos (Eze. 28:16-18), sugestiones que tendían a cuestionar el carácter amoroso de Dios y la Ley que rige su gobierno universal. En el centro de toda rebelión contra Dios está el odio hacia la Ley (Rom. 8:7). De ahí, que el pecado sea definido por Juan como “transgresión de la Ley” (1 Juan 3:4).
El pecado, como transgresión de la Ley implica que se tiene un conocimiento claro y definido de la Ley de Dios, y de forma contumaz se decide ir en contra de ella. Estar en contra de la Ley es estar en directa oposición a Dios, pues ella es un trasunto de su carácter perfecto y santo (cf. Sal. 19:7; 119:172). El segundo paso que Satanás dio, después de ser llamado a desistir de sus pretensiones, fue el uso de la fuerza. Ya se le había unido una cantidad suficiente de ángeles como para emprender la lucha, “la tercera parte”. Y en su ciega ambición desató una “gran batalla” en los lugares celestes. “Se disoció de Dios y poco a poco creció en la rebeldía hasta tornarse activo y violento, condenador y prepotente”. Con su insubordinación dio origen a una“nueva manera de sentir. El sentimiento contradictorio, triste y solitario del mal. El sentimiento amargo, destemplado y solo de la culpa. El torbellino angustiado y desastroso de la alocada venganza sin sentido. La maquinación mental de lo perverso en una forma destructora de sí mismo, sin quererlo”.[21]
Por lo que leemos en Job 1:6-9; 2:1-6 y Zac. 3:1-2 parece ser que Satanás tenía acceso como “príncipe de este mundo” a algún lugar de reunión en el cielo, después que fue arrojado fuera y depuesto de su posición original (cf. Juan 12:31; Luc. 4:6). Pero no podía habitar permanentemente allí. Los eruditos reconocen que la rebelión de Satanás ocurrió en “las edades pasadas”, en un tiempo anterior a la creación de nuestro mundo. Esta parece ser la idea contenida en la siguiente declaración: “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al abismo, a prisiones tenebrosas, para ser reservados para el juicio” (2 Ped. 2:4; cf. Efe. 2:2). La tierra desde entonces, ha sido el lugar donde estas fuerzas demoníacas han estado recluidas hasta su destrucción. Sobre el destino final del gran adversario se nos dice: “Yo pues saqué fuego de en medio de ti, que te consumió, te puse en ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran... Espanto serás, y para siempre dejarás de existir”. “Viene el día ardiente como un horno. Y todos los soberbios, todos los malhechores serán estopa. Y ese día que está por llegar los abrasará, y no quedará de ellos ni raíz (Satanás) ni rama (sus seguidores) - dice Jehovah el Señor... Hollaréis a los malos, que serán ceniza bajo la planta de vuestros pies, en el día que yo haga esto —dice Jehovah, el Todopoderoso” (Eze. 28:18-19; Mal. 3:1,3, cf. Apoc. 20:9). El mal no se levantará dos veces y la paz y la justicia eterna continuarán su curso sin más interrupción por los siglos sin fin (Nah. 1:9). Así llegará a su final el Gran Conflicto.
 
Miguel y sus ángeles
En el cielo, el gran dragón es enfrentado por Miguel y sus ángeles. ¿Quién es este poderoso Ser? Algunos lo ven como un ángel exaltado encargado de comandar los ejércitos celestiales. “Miguel – según la nota sobre Apoc. 12:7 de la Biblia de Estudio Ryrie – es el único ángel designado en la Biblia con el nombre de arcángel”.[22] La literatura judía veía a Miguel como el ángel más encumbrado del cielo, “el verdadero representante de Dios”, y hasta era identificado como el Ángel de Jehovah.[23] En el libro de Daniel, Miguel es “uno de los principales Príncipes”, “vuestro Príncipe”  (Dan. 10:13,21), “el gran Príncipe” (Dan. 12:1), y en el libro de Judas es llamado “el arcángel” (Jud. 9). Por otro lado, Daniel presenta al ángel Gabriel en estrecha relación con la obra de Miguel (caps. 8:16; 9:21-23; 10:10-13,21). Esto resulta claro en los versos 5,6 y 9 del capítulo 10 donde el profeta recibe una visión de Cristo (cf. Apoc. 1:13-15), e inmediatamente entra en acción Gabriel (vers. 10-21). En estos versos Gabriel es presentado como un exaltado ángel comisionado para cumplir una misión específica: transmitir el mensaje divino-profético a Daniel y asistirlo en la comprensión del mismo. De igual forma, en las visiones dadas a Juan en el Apocalipsis Gabriel es presentado en íntima relación ya no a Miguel sino a Cristo (Apoc. 1:1;  22:6,16). Esto da a entender que Miguel y el Hijo de Dios son el mismo personaje. Evidentemente, el ángel que asistió a Juan en sus visiones es el mismo que acompañó Daniel (cf. Apoc. 19:9-10; 22:6,9-11,16). Vale decir que es cierto que en ninguna parte se dice directamente que Miguel es Cristo, sin embargo, tampoco se dice que no lo sea, o que Miguel es un ángel. De igual manera, tampoco se dice claramente que el Ángel de Jehovah” es el mismo Hijo de Dios, pero se deduce por un análisis de los textos. Vamos más lejos aún, aunque Miguel sea llamado “ángel” aun eso no negaría explícitamente su divinidad o identificación con Cristo. ¿Por qué? Porque Jesús mismo es llamado “Ángel” en muchos pasajes y no por eso se rebaja su divinidad (cf. Éxo. 3:2; Gén. 16:9,10; 31:11-13). Así mismo, el término “Ángel” ha sido asociado al Padre en dos ocasiones y nadie ha sugerido que sea una negación de su divinidad (Gén. 48:15,16; Juan 12:28,29).
Hay un pasaje en forma especial que nos ayudará a comprender la identidad de Miguel. Josué nos registra la aparición de un “varón” con características particulares. “Un día, cuando Josué estaba cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio a un hombre ante él con una espada desenvainada en la mano. Y yendo hacia él, le preguntó: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? Y él respondió: No. Yo Soy el Príncipe del ejército de Jehovah, que he venido. Entonces Josué se postró en tierra, lo adoró y le dijo: ¿Qué manda mi señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehovah respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué lo hizo así” (Jos. 5:13-15).
Dos cosas importantes. 1) Este personaje es un miembro de la Deidad, pues aceptó la adoración de Josué sin rechazo alguno. Algo que, ningún ser creado por más exaltada posición que posea aceptaría (cf. Apoc. 19:10; 22:9). La divinidad del “varón” (“hombre’ NRV 2000) queda remarcada por la orden que da a Josué de quitarse los calzados de sus pies, porque el lugar había sido santificado con su gloria (cf. Éxo. 3:2-5; 29:43-46). 2) El “varón” se autodefine como “el Príncipe del ejército de Jehovah”. Es un ser divino, pero desempeña un papel subordinado dentro de la economía funcional de la Deidad. Dirige los ejércitos celestiales y procura llevar a cabo el Plan de Dios para la raza humana. Aquí cabe señalar que el título de “Arcángel” aplicado a Miguel cuadra perfectamente con esta explicación, pues el significado de “arcángel” es “cabeza de los ángeles”. Por eso se habla de “Miguel y sus ángeles” o lo que sería lo mismo: “Príncipe de los ejércitos de Jehovah” (cf. 1 Rey. 22:19). Indudablemente este “Príncipe” es Jesús, el Hijo de Dios, aparecido a Josué bajo uno de los tantos nombres y formas que asumió desde el principio para comunicarse con su pueblo. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2:5).
Es interesante saber la que la palabra que Josué utilizó para “Príncipe” (hebreo ñar) es la misma que usó Daniel para referirse a Miguel, “el gran Príncipe” (cap. 12:1), indudablemente “de los ejércitos de Jehovah”. Así, la función del “hombre” (“varón” VRV 1960) de Josué, tanto como la de Miguel en el libro de Daniel como en el Apocalipsis son idénticas. Por lo tanto, siendo de naturaleza divina, Miguel no puede ser otro que Cristo, revelado bajo un nombre similares.
Otro detalle iluminador es el ataque de Satanás al niño recién nacido hasta que es “arrebatado para Dios y su trono”. Parece razonable entender que Satanás está tratando de destruir a un enemigo familiar para él. No puedo vencerlo cuando aun poseía sus atributos divinos, pero pensó que podría hacerlo al venir a este mundo y asumir la naturaleza humana mortal. Entonces, Miguel es Cristo mismo. El nombre Miguel significa “¿quién semejante a Dios?”. Y la implicación en este nombre es obvia. Sólo Uno comparte con el Padre su poder y naturaleza: Cristo (Juan 10:30; Heb. 1:3, Col. 2:9). El significado del nombre Miguel, le echaba en cara a Satanás quién es el único que puede compartir con el Padre su trono, gloria y majestad (cf. Apoc. 3:21; 4:11; 5:12-13; Juan 5:27).
El apóstol Pablo nos dice lo siguiente: “Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Quien, aunque era de condición divina, no quiso aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para que, en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre” (Fil. 2:5-11, NRV 2000, la cursiva es nuestra). La humillación de Cristo no inició con la encarnación, tuvo comienzo tan pronto surgió la necesidad de hacerlo en un pasado remoto y concluyó en la cruz.
 

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