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Introducción
EN APOCALIPSIS 12 Juan dirige nuestra atención a una nueva línea profética
que continuará hasta el fin del libro. En los capítulos anteriores la
esfera de acción estaba más restringida al ambiente terrenal, pero ahora
se extiende al todo el universo. Se reconoce que en esta visión aparece
de manera clara el alcance universal de las acciones humanas. “Nada es
insignificante. Nadie es sin valor. Todo está interrelacionado, y estas
interrelaciones conectan los hechos de la tierra con los acontecimientos
del cielo”.
El capítulo 12 de Apocalipsis es importante. Presenta momentos claves de
la batalla milenial entre el bien y el mal; entre Cristo, el autor de la
justicia, y Satanás, el autor del pecado. Los hechos que aquí se
mencionan aparecen en “cuadros superpuestos, con acciones expandidas
para hacer más comprensible la influencia que ejercieron en la guerra y
cómo determinan su curso y su objetivo”.
Juan nos revela lo que está ocurriendo detrás del telón y nos deja ver
quién es el causante real de tanto desequilibrio y tragedias en nuestro
planeta. ¡Es alguien que causó graves problemas aún en cielo! Detrás de
lo que se ve, de lo aparente, hay un mundo invisible al ojo humano tan
real como el nuestro. De hecho, son dos mundos, ¡y no hay como
separarlos! Uno influye poderosamente sobre el otro.
Se observa que Apoc. 12:1-6 introduce “los temas que luego se desarrollan
en los vers. 7-16. El vers. 17 introduce un argumento que se explora en
los tres capítulos siguientes”.
En este contexto, se nos presentan tres cuadros importantes en
Apocalipsis 12. El primero se centra en la mujer vestida de sol y
la guerra del nacimiento de Cristo (12:1-6). El segundo considera
la guerra del dragón en el cielo incluyendo los 1,260 días (vers. 7-16).
Y el tercero
está centralizado en la guerra final del dragón en contra del remanente (vers.
17). El segundo cuadro puede dividirse en dos partes, los ataques del
dragón contra el hijo que nace y luego la ofensiva contra la mujer. Así,
en Apoc. 12 se consideran cuatro grandes confrontaciones que determinar
el curso de la Gran Controversia. De aquí en adelante, al estudiar esta
sección (cap. 12-14) veremos que la relación del Apocalipsis con el
libro del profeta Daniel es aún más estrecha y profunda.
Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la
luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del
alumbramiento (cap. 12:1-2).
La mujer esplendorosa
En el Antiguo Testamento, sus escritores utilizaron la figura de una mujer
para representar al pueblo del pacto (Eze. 16; Ose. 2:19,20; Isa.
54:1-6). Los escritores del Nuevo Testamento sigue con la misma forma de
pensamiento (2 Cor. 11:2; Efe. 5:21-23). La iglesia es la “novia del
Cordero”. Pero no por esto existen dos pueblos de Dios o iglesias.
Existe sólo un pueblo, compuesto anteriormente por un grupo “racial y
local”, pero ahora integrado por un pueblo “multirracial y en todo el
mundo”.
La mujer vestida de sol es pues, un noble símbolo de la iglesia
cristiana, en su mejor momento (cf. Cant. 6:10). “La mujer representa a
la iglesia del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento”. Algunos han
visto en este pasaje una descripción simbólica de la virgen Maria, pero
estas descripciones no puede cumplirla una persona individual, es más
bien una figura sobrehumana. Además el contenido de los versículos 6 y
13-16 no reflejan la experiencia de una persona, señalan más bien a una
entidad religiosa completa que es perseguida por largo tiempo. Además,
nadie, que sepamos, ha sugerido, mucho menos demostrado que después de
la muerte de Jesús la virgen María sufriera persecuciones por parte de
Satanás como las que experimenta la mujer vestida de sol (cf. vers.
5,13). Sencillamente, María no cumple con estos detalles proféticos.
Que la mujer estaba encinta implica que Cristo nació de la iglesia ideal.
Sus “dolores de parto” constituyen una al ferviente anhelo y esperanza
que tenían los verdaderos adoradores en la llegada del Mesías, con la
misma intensidad que los presentes fieles de Dios anhelan su segunda
venida. Se observa además que la figura de una mujer embarazada y a
punto de dar a luz, es un símbolo de salvación (cf. Isa. 26:18). Lo que
Juan ve es que la iglesia estaba a punto de dar a luz al Salvador del
mundo (Mat. 1:21). La vestidura de la mujer representa la gloria y la
justicia de Dios tal y como se revela en el Evangelio (cf. Sal. 104:2;
Mal. 4:2; Isa. 61:10). Constituye además una reminiscencia de la gloria
que perdieron nuestros primeros padres, pues todo ser perfecto está
cubierto de un mato de luz resplandeciente (cf. Hech. 10:30; Apoc.
19:15), que refleja la gloria de Dios. Nos anuncia también la mañana
gloriosa, cuando habiendo alcanzado la victoria sobre las fuerzas del
mal, el pueblo de Dios será vestido nuevamente de esta manto de luz puro
(Apoc. 3:5; 19:7,8), como una evidencia externa de glorificación (Apoc.
7:9).
La luna, según algunos es una referencia a las leyes rituales del antiguo
pueblo de Dios. Estas leyes ceremoniales eran un reflejo de la luz del
Evangelio, así como la luna refleja la luz del sol (cf. Heb. 10:1; 4:2).
“El hecho de que estos símbolos están todavía acompañando a la iglesia
indica su extendida utilidad para hacernos comprender la obra redentora
de Cristo y su ministerio celestial”.
También la luna puede ser vista como un símbolo de la permanencia del
reino mesiánico, pues la Escritura – según se observa – “considera al
sol y al luna como símbolos de permanencia” (cf. Sal. 89:35-37). Otra
idea propone que la luna puede ser vista como un símbolo de las
Escrituras hebreas, sobre la cual está fundamentada la iglesia y que
señala a Cristo, en quien alcanza su pleno cumplimiento (cf. Juan 5:39;
Luc. 24:27,44-48). La luna reflejaría la promesa contenida en las
Escrituras hebreas; y el sol, su cumplimiento.
Las doce estrellas de la corona, son vistas como un símbolo de los 12
apóstoles, los padres de la iglesia cristiana. Y parece razonable porque
Juan ve la iglesia en un contexto histórico específico, el tiempo cuando
el Mesías ha des ser introducido en el mundo. Otros, tomando en cuenta
las estrellas representan en algunos pasajes de las Escrituras al pueblo
de Dios (Dan. 8:10; 12:3; Gén. 37:9),
consideran que constituyen “un símbolo de la totalidad del pueblo de
Dios fiel”.
Sobre la corona de la mujer y las del dragón debemos observar algo ahora.
Lo primero es la diferencia en números. La mujer tiene una y el dragón,
doce. Dios tiene un reino, el de su amado Hijo, y un grupo en la tierra
que lo representa fielmente, su pueblo remanente. Pero Satanás imita
este reino, pero por medio de muchos reinos corruptos y pasajeros, los
reinos seculares de este mundo. Estos reinan por algún tiempo, pero el
de Dios lo hará por la eternidad (Dan. 7:27). En los días de Juan
existían dos coronas y cada una tenía un uso y significado especial.
Estaba la corona de los reyes, diadema. Esta corona representaba
el poder político del gobernante. Y estaba la corona que usaban los
atletas en sus victorias, stéfanos. Esta corona representa
victoria, gozo, dignidad y paciencia. “Un modo de ser, en contraste con
un modo de mandar. Los reyes ordenaban, exigían, obligaban. La iglesia
persuadía con ejemplo y esfuerzo: persistente piedad, atractivo
irresistible”.
Stefanos es la corona que exhibe la iglesia. Hay buenas noticias en
esto: ¡La iglesia triunfará y se nos dice por adelantado!
En términos generales, estos símbolos luminosos, creaciones de Dios,
representan la hermosa realidad de que la iglesia, está vestida,
adornada y apoyada en las obras de Dios, y no en las suyas propias. Las
obras de origen humano no tienen ningún valor a la vista de un Dios que
exige justicia perfecta, una justicia que sólo Él puede otorgar y obrar
en la vida de su iglesia.
También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata,
que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas;
y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las
arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba
para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese. Y
ella dio a luz un hijo, que regirá con vara de hierro a todas las
naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono (vers.
3-5).
El gran dragón rojo
Juan vio “otra señal” en el cielo, observó a un “gran dragón escarlata,
que tenía siete cabezas y diez cuernos”. En su cabeza “siete coronas”, y
arrastraba con su cola la “tercera parte de las estrellas arrojándolas
sobre la tierra”. El dragón se paró delante de la mujer que estaba por
dar a luz “a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese”. Pero
Juan contempló que el niño era poderoso, no era un niño común y
corriente: “regirá con vara de hierro a todas las naciones”. Este hijo
fue “arrebatado para Dios y su trono”. La identidad del niño que acaba
de nacer es clara: es Jesucristo, el Mesías, quien regirá o gobernará a
todas las naciones por la eternidad (cf. Mat. 1:21; Sal. 2:8-9; Apoc.
19:13-16). Su “arrebatamiento” es una referencia a su ascensión (Hech.
1:3; Heb. 1:3; 10:12). La identidad del dragón también queda claramente
establecida en el vers. 9. Es “la serpiente antigua, que se llama diablo
y Satanás”.
La imagen del dragón es tomada por Juan de algunos pasajes del Antiguo
Testamento (Isa. 51:9; 27:1; Sal. 74:12-14), pero añade a su descripción
ciertos detalles pintorescos que le permiten armar su propio cuadro de
este siniestro monstruo. Ya el profeta Daniel en el cap. 7 menciona “una
bestia espantosa, terrible y en gran manera fuerte... y tenía diez
cuernos” (Dan. 7:7). Esta bestia espantosa es el mismo poder pagano
representado por el dragón. La actitud violenta y los diez cuernos de
ambos monstruos establecen la relación.
Juan nos dice que el “gran dragón” es escarlata o rojo. El color rojo, en
el Apocalipsis está asociado con la muerte (cap. 6:4), lo que revela la
violenta naturaleza del dragón. Está pintado de “la mancha de sus
persecuciones, teñido con la sangre de sus muertes”. Se reconoce que la
figura de “una serpiente escarlata reluciente” existía en el templo del
dios creador Marduk, en Babilonia. “El dragón que es el archienemigo de
Dios es una figura corriente y terrible en el pensamiento oriental. Es
la conexión del dragón con el mar lo que explica las riadas de agua que
vomita para anegar a la mujer (vers. 15)”.
En el antiguo Cercano Oriente el dragón es la fuente del mal y el caos.
Algunos detalles que Juan describe sobre el dragón rojo encaja con
algunos pasajes del Antiguo Testamento del temible Leviatán. Isaías
habla de este monstruo mitológico como “la serpiente veloz... [y]
tortuosa...; dragón que está en el mar” (Isa. 27:1; cf. cap. 51:9-10).
El salmista aporta otro detalle que conforma el cuadro del dragón
apocalíptico: “Magullaste las cabezas del Leviatán, y lo pusiste por
comida a los moradores del desierto” (Sal. 74:14). Es interesante saber
que en “la mitología cananea el Leviatán era un monstruo que luchaba
contra los dioses principales con la intención de destruir la creación”.
El Leviatán era descrito “en la forma de una serpiente de muchas
cabezas”.
Pero el hecho de que Juan llama primariamente a este dragón “la serpiente
antigua” una vez (vers. 9) y “serpiente” dos veces (cf. vers. 15-16),
más la mención de la mujer vestida de sol, nos revela que Juan está
enmarcado en un contexto escritural bien sólido. Juan hace referencia a
Gén. 3 dónde aparece por primera vez la serpiente en relación con la
mujer. Allí se predice la enemistad y el conflicto que existiría en el
transcurso del tiempo entre la serpiente y la mujer, y entre la
descendencias de ambas; un conflicto dramáticamente real (Gén. 3:15).
Apocalipsis 12, refleja precisamente la realidad de esta confrontación
milenial.
Juan ve coronas (griego “diademas”) específicamente en las cabezas
del dragón. Una alusión a un reino político que gobernaba en aquel
entonces: Roma pagana. Así, el dragón es primeramente un símbolo de
Satanás y en sentido derivado, una representación del Imperio Romano.
Que las coronas están sobre las cabezas y no sobre los cuernos como es
el caso de la bestia de Apoc. 13, es una evidencia de que “en el momento
en que ocurrían los eventos descriptos en el pasaje, el Imperio Romano
aún no se había fragmentado”.
El dragón está en espera del nacimiento del niño para destruirlo,
devorarlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Cuando Jesús
nació, inmediatamente fue objeto del primer ataque de Satanás por medio
del Imperio Romano (Mat. 2:1-18).
Las siete cabezas aparecen nuevamente en las bestias de los capítulos 13 y
17, y según se observa, las siete cabezas representan la plenitud del
“extraordinario poder” empleado por el dragón contra el pueblo de Dios.
Como en el capítulo 17:9-10 las siete cabezas representan “siete montes”
y “siete reyes”, la opinión de los eruditos es que resulta “razonable
concluir que las siete cabezas del dragón representan poderes políticos
que han fomentado la causa del dragón, y por medio de los cuales este ha
ejercido su poder perseguidor”.
Los diez cuernos, que también poseen las bestias de los capítulos 13 y
17, son considerados como “una designación más general de los poderes
políticos menos importantes, por medio de los cuales ha obrado Satanás,
en contraste con las siete cabezas, que pueden considerarse como una
representación de los principales poderes políticos”.
Estos poderes seguirán las directrices establecida por los poderes
dominantes del momento (cf. Apoc. 13:11-17; 17:12-14,17). Al estudiar el
tema de los 144,000 descubrimos que los números apocalípticos tienen un
significado simbólico. El número 10, entonces, puede ser visto como un
número redondo que representa una cantidad mayor.
Juan ve además que el dragón arrastraba “la tercera parte de las
estrellas del cielo” con su cola, y las arrojaba “sobre la tierra”. Las
estrellas, como ya vimos, representan en algunos pasaje de las
Escrituras a los ángeles (cf. Job 38:7). La expresión “tercera parte” la
analizamos también en el capítulo 9 y vimos que simboliza una cantidad
limitada del total. En Apoc. 5:11 y Dan. 7:10 se nos dice que la
cantidad de ángeles que pueblan el cielo es innumerable: “millones de
millones”. En su rebelión, Satanás conquistó la simpatía de una cantidad
considerable de estos ángeles, los cuales se le unieron en su rebelión
contra el gobierno divino. “Su cola arrastraba la tercera parte de las
estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra”.
Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para
que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días (vers. 6).
La mujer huye al desierto
Juan ve que la mujer escapa del ataque homicida del dragón, por lo
tanto, este versículo resume la “experiencia de la mujer y luego la
desarrolla en los versos 13-16”. No pudiendo destruir a Cristo, el
dragón dirige sus ataques en contra de su iglesia, los seguidores del
Mesías. Es interesante notar que en este pasaje el énfasis no está
centrado en la severidad del ataque del dragón contra la iglesia, sino
sobre “el cuidado providencial de Dios sobre ella”. Dios preparó un
lugar para su iglesia en el desierto y allí la cuidó. Es cierto que
sufrió mucho, que muchos fieles murieron, pero no fue posible que el
dragón la destruyera por completo. Se reconoce que el lenguaje que Juan
usa aquí para describir la protección de Dios sobre su iglesia “parece
provenir” del éxodo de Israel de la tierra de Egipto (cf. Deut. 8:15,16;
32:10-11; Ose. 11:1; Exo. 19:4; 15:12).
Los mil doscientos sesenta días
Aquí tenemos nuevamente la unidad de tiempo que ya encontramos en el
análisis del capítulo 11. Aunque se usan diferentes designaciones para
describirlo podemos estar seguros que, tanto Juan como Daniel están
haciendo referencia al mismo período de tiempo. Veamos algunos detalles
para corroborar esto. En Apoc. 12:6 se nos dice que la mujer huyó al
desierto y que allí fue sustentada por “1,260 días”. Este versículo
establece un nexo con Apoc. 11:3 donde se habla del mismo periodo en los
mismos términos. Pero cuando leemos Apoc. 12:14 descubrimos que los
1,260 días son “tiempo, y tiempos y la mitad de un tiempo”. Así este
pasaje establece un nexo con Dan. 7:25 y 12:7 donde se usa la misma
descripción temporal. En la profecía bíblica el término “tiempo” señala
claramente un “año” de 12 meses (Dan. 4:16, obviamente meses de 30 días
cada uno para poder sumar exactamente 1,260 días o tres años y medio).
Al leer Apoc. 13:5 encontramos nuevamente que el pueblo de Dios es
perseguido por “42 meses”. Una clara referencia a las acciones del
“cuerno pequeño” de Daniel, a partir de la comparación de las acciones
de este con las de la primera bestia de Apoc. 13 (véase nuestro
comentario sobre Apoc. 13:1-2). Los 42 meses constituyen 1,260 días.
¿Cómo podemos saber que es el mismo período de tiempo? Fácil, si se toma
en cuenta que el ataque del dragón a la mujer cuando huyó al desierto
fue por medio de la bestia multifacética de Apoc. 13:1. Por
consiguiente, Apoc. 12:6 y 14 no pueden referirse a dos períodos de
persecuciones diferentes, pues los versículos 13-16 constituyen la
explicación del verso 6. Ambas referencias temporales son una y la misma
cosa en estos pasajes y en todos los demás.
Para poder entender adecuadamente esta referencia temporal debe usarse
el principio de “día por año”, según el cual un día profético equivale a
un año literal. Tendríamos entonces 1,260 años literales. Los estudiosos
de las profecías fechan esta unidad de tiempo entre el 538 y el 1798
d.C. “A través de este período de 1,260 años, el papado era
eclesiásticamente soberano en algunos de los países europeos... Los
cristianos que decidieron obedecer la Palabra de Dios fueron perseguidos
por su fe. La Iglesia y el Estado se combinaron para destruirlos”.
“La persecución se desencadenó sobre los fieles con furia jamás conocida
hasta entonces, y el mundo vino a ser un vasto campo de batalla.
Por centenares de años la iglesia de Cristo no halló más refugio que en
la reclusión y en oscuridad”.
Sobre la fecha del 538 como comienzo de este período de tiempo, se
reconoce que es una fecha importante, aunque naturalmente la apostasía
en el seno de la iglesia no ocurrió de un golpe en una fecha específica.
¿Por qué entonces esta fecha? En el 538 ocurrió algo interesante que
puede ser considerado como el punto de decisivo para el proceso de la
apostasía.
“En dicho año, Belisario, general encargado de los ejércitos del
emperador Justiniano, ganó una victoria decisiva sobre los ostrogodos y
los hizo alejarse definitivamente de la ciudad de Roma. Cinco años
antes, en el 533, Justiniano había escrito una carta dotando al obispo
de romano de autoridad tanto religiosa como secular y política, pero
dicha carta no pudo tener efecto debido a que en ese año, o sea en el
533, la ciudad de Roma y la mayor parte de Italia estaban en poder de
los ostrogodos y de otros pueblos germánicos que habían invadido desde
el norte. Estos invasores eran cristianos, pero de la secta de los
arrianos, y de ninguna manera estaban dispuestos a reconocer que el
dirigente de la iglesia tuviera derecho o autoridad para administrar en
los asuntos del gobierno civil, ni tampoco consideraban ellos a
Justiniano, escribiendo desde su capital oriental de Constantinopla,
pudiera otorgarle al papa semejante autoridad. De modo, pues, que la
autoridad política conferida al papa por Justiniano no se hizo efectiva
sino hasta el momento cuando fueron derrotados los ostrogodos y esto
ocurrió en el 538.
“Con esto, principió el período de 1,260 años de preponderancia política
de la jerarquía romana, que llegó a su fin el año de 1798”.
El principio “día por año”
Se observa que el Antiguo Testamento “usa el término ‘días’ como una
equivalencia de ‘año’ más de 850 veces... La mente hebrea empleaba los
términos ‘días’ y ‘año’ intercambiablemente”.
Sobre el origen de esta forma de computo se cree que pudo haber surgido
“en la idea de la repetición de los días individuales de cada año el
siguiente año, así que los ‘días (del año)’ podrían representar al año
mismo”.
Algunos pasajes donde se usa este principio son los siguientes (las
cursivas han sido añadidas):
1 Samuel 27:9.
“Fue el número de los días que David habitó en tierra de los filisteos,
un año y cuatro meses”. Aquí “un año y cuatro meses” son los “días
que David habitó” en tierra extraña”.
1 Samuel 29:3.
“¿No es este David, el siervo de Saúl rey de Israel, que ha estado
conmigo por días y años, y no he hallado falta en él...?” En este
pasaje, la frase “por días y años” puede significar “un año o dos”.
Génesis 6:3.
“Y dijo Jehovah: No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre,
porque ciertamente él es carne; más serán sus días ciento veinte años”.
Los “días” de los antidiluvianos que Dios le concedió en prueba en este
texto fueron “120 años”.
Levítico 25:2.
“Cuando hayáis entrado a la tierra que yo os doy, la tierra guardará
sábados para Jehovah”. Aquí el nombre de un día, el sábado, es usado
para hacer alusión a un año completo.
Resulta interesante saber que según se reconoce, Lev. 25:1-7 es “el
primer pasaje bíblico donde se aplica la ecuación días por años”.
Otros textos que dejan entrever este principio directamente son Núm.
14:34 (“cuarenta días..., un año por cada día”) y Eze. 4:5-6 (“cuarenta
días..., cada día por un año”). Estos son sólo unos ejemplos de muchos
que podemos mencionar. Desde esta perspectiva, estamos en terreno firme
cuando interpretamos los 1,260 días proféticos como 1,260 años
literales. El valor y significado histórico de esta unidad de tiempo
todavía será objeto de estudio en el próximo capítulo.
Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban
contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no
prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue
lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo
y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y
sus ángeles fueron arrojados con él (vers. 7-9).
La gran batalla en el cielo
La mente de Juan fue dirigida ahora al principio de la gran
controversia. Y es natural que esto sucediera porque hasta el momento ha
visto sólo al gran dragón tratando de destruir al Mesías y a su iglesia.
La razón y el origen de su odio se le presentan ahora vividamente. Juan
ve que la enemistad del dragón contra Dios y su Cristo es muy antigua.
¡Comenzó en el cielo! (cf. Juan 8:44). Un extraordinario Personaje
enfrenta al gran dragón y sus ángeles rebeldes, cuando su rebelión
estalló por primera vez: Miguel, acompañado de sus séquitos de ángeles.
Satanás fue derrocado del cielo junto con la tercera parte de los
ángeles. Tres expresiones usadas por Juan enfatizan este hecho: 1) “No
se halló ya lugar para ellos en el cielo”; 2) “Fue lanzado fuera el gran
dragón”, y 3) “Fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados
con él” (vers. 8-9). Otros pasajes de las Escrituras que hablan de la
rebelión y caída de Satanás expresan esta misma idea (Isa. 14:12,15;
Eze. 28:16-17). La rebelión de Satanás le costó su elevada posición como
“querubín protector de alas desplegadas” ante la presencia de Dios (Eze.
28:14-15 VRV 1977). Este ángel exaltado poseía el mayor conocimiento
sobre el carácter de Dios que se había rebelado a algún ser creado, por
lo tanto, su caída fue definitiva. “Lucifer había pecado en el cielo en
la luz de la gloria de Dios. A él como a ningún otro ser creado se le
había dado una revelación del amor de Dios. Comprendiendo el carácter de
Dios y conociendo su bondad, Satanás decidió seguir su propia voluntad
egoísta e independiente. Su elección fue final. No había ya nada que
Dios pudiese hacer para salvarle”.
¡No hay perdón para semejante acto de rebelión!
El mismo Cristo, en una de sus declaraciones, reveló un detalle
espeluznante sobre la gran controversia entre Él y su archienemigo. En
medio de su rebelión, Satanás albergó en “su corazón” (Isa. 14:12) el
deseo de matar a Cristo y así tratar de establecerse en el trono de Dios
(Juan 8:44; Isa. 14:13-14). Entonces, Juan pudo ver en visión panorámica
la expresión del odio homicida de Satanás contra Cristo de forma
dramáticamente clara. La declaración “hubo una gran batalla en el
cielo”, es una exacta descripción de lo que le fue mostrado. La primera
táctica del enemigo fue el uso de argumentos engañosos (Eze. 28:16-18),
sugestiones que tendían a cuestionar el carácter amoroso de Dios y la
Ley que rige su gobierno universal. En el centro de toda rebelión contra
Dios está el odio hacia la Ley (Rom. 8:7). De ahí, que el pecado sea
definido por Juan como “transgresión de la Ley” (1 Juan 3:4).
El pecado, como transgresión de la Ley implica que se tiene un
conocimiento claro y definido de la Ley de Dios, y de forma contumaz se
decide ir en contra de ella. Estar en contra de la Ley es estar en
directa oposición a Dios, pues ella es un trasunto de su carácter
perfecto y santo (cf. Sal. 19:7; 119:172). El segundo paso que Satanás
dio, después de ser llamado a desistir de sus pretensiones, fue el uso
de la fuerza. Ya se le había unido una cantidad suficiente de ángeles
como para emprender la lucha, “la tercera parte”. Y en su ciega ambición
desató una “gran batalla” en los lugares celestes. “Se disoció de Dios y
poco a poco creció en la rebeldía hasta tornarse activo y violento,
condenador y prepotente”. Con su insubordinación dio origen a una“nueva
manera de sentir. El sentimiento contradictorio, triste y solitario del
mal. El sentimiento amargo, destemplado y solo de la culpa. El
torbellino angustiado y desastroso de la alocada venganza sin sentido.
La maquinación mental de lo perverso en una forma destructora de sí
mismo, sin quererlo”.
Por lo que leemos en Job 1:6-9; 2:1-6 y Zac. 3:1-2 parece ser que
Satanás tenía acceso como “príncipe de este mundo” a algún lugar de
reunión en el cielo, después que fue arrojado fuera y depuesto de su
posición original (cf. Juan 12:31; Luc. 4:6). Pero no podía habitar
permanentemente allí. Los eruditos reconocen que la rebelión de Satanás
ocurrió en “las edades pasadas”, en un tiempo anterior a la creación de
nuestro mundo. Esta parece ser la idea contenida en la siguiente
declaración: “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los
arrojó al abismo, a prisiones tenebrosas, para ser reservados para el
juicio” (2 Ped. 2:4; cf. Efe. 2:2). La tierra desde entonces, ha sido el
lugar donde estas fuerzas demoníacas han estado recluidas hasta su
destrucción. Sobre el destino final del gran adversario se nos dice: “Yo
pues saqué fuego de en medio de ti, que te consumió, te puse en ceniza
sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran... Espanto serás, y
para siempre dejarás de existir”. “Viene el día ardiente como un horno.
Y todos los soberbios, todos los malhechores serán estopa. Y ese día que
está por llegar los abrasará, y no quedará de ellos ni raíz (Satanás) ni
rama (sus seguidores) - dice Jehovah el Señor... Hollaréis a los malos,
que serán ceniza bajo la planta de vuestros pies, en el día que yo haga
esto —dice Jehovah, el Todopoderoso” (Eze. 28:18-19; Mal. 3:1,3, cf.
Apoc. 20:9). El mal no se levantará dos veces y la paz y la justicia
eterna continuarán su curso sin más interrupción por los siglos sin fin
(Nah. 1:9). Así llegará a su final el Gran Conflicto.
Miguel y sus ángeles
En el
cielo, el gran dragón es enfrentado por Miguel y sus ángeles. ¿Quién es
este poderoso Ser? Algunos lo ven como un ángel exaltado encargado de
comandar los ejércitos celestiales. “Miguel – según la nota sobre Apoc.
12:7 de la Biblia de Estudio Ryrie – es el único ángel designado en la
Biblia con el nombre de arcángel”.
La literatura judía veía a Miguel como el ángel más encumbrado del
cielo, “el verdadero representante de Dios”, y hasta era identificado
como el Ángel de Jehovah.
En el libro de Daniel, Miguel es “uno de los principales Príncipes”,
“vuestro Príncipe” (Dan. 10:13,21), “el gran Príncipe” (Dan.
12:1), y en el libro de Judas es llamado “el arcángel” (Jud. 9). Por
otro lado, Daniel presenta al ángel Gabriel en estrecha relación con la
obra de Miguel (caps. 8:16; 9:21-23; 10:10-13,21). Esto resulta claro en
los versos 5,6 y 9 del capítulo 10 donde el profeta recibe una visión de
Cristo (cf. Apoc. 1:13-15), e inmediatamente entra en acción Gabriel
(vers. 10-21). En estos versos Gabriel es presentado como un exaltado
ángel comisionado para cumplir una misión específica: transmitir el
mensaje divino-profético a Daniel y asistirlo en la comprensión del
mismo. De igual forma, en las visiones dadas a Juan en el Apocalipsis
Gabriel es presentado en íntima relación ya no a Miguel sino a Cristo
(Apoc. 1:1; 22:6,16). Esto da a entender que Miguel y el Hijo de
Dios son el mismo personaje. Evidentemente, el ángel que asistió a Juan
en sus visiones es el mismo que acompañó Daniel (cf. Apoc. 19:9-10;
22:6,9-11,16). Vale decir que es cierto que en ninguna parte se dice
directamente que Miguel es Cristo, sin embargo, tampoco se dice que no
lo sea, o que Miguel es un ángel. De igual manera, tampoco se dice
claramente que el Ángel de Jehovah” es el mismo Hijo de Dios, pero se
deduce por un análisis de los textos. Vamos más lejos aún, aunque Miguel
sea llamado “ángel” aun eso no negaría explícitamente su divinidad o
identificación con Cristo. ¿Por qué? Porque Jesús mismo es llamado
“Ángel” en muchos pasajes y no por eso se rebaja su divinidad (cf. Éxo.
3:2; Gén. 16:9,10; 31:11-13). Así mismo, el término “Ángel” ha sido
asociado al Padre en dos ocasiones y nadie ha sugerido que sea una
negación de su divinidad (Gén. 48:15,16; Juan 12:28,29).
Hay un pasaje en forma especial que nos ayudará a comprender la
identidad de Miguel. Josué nos registra la aparición de un “varón” con
características particulares. “Un día, cuando Josué estaba cerca de
Jericó, alzó sus ojos y vio a un hombre ante él con una espada
desenvainada en la mano. Y yendo hacia él, le preguntó: ¿Eres de los
nuestros, o de nuestros enemigos? Y él respondió: No. Yo Soy el Príncipe
del ejército de Jehovah, que he venido. Entonces Josué se postró en
tierra, lo adoró y le dijo: ¿Qué manda mi señor a su siervo? Y el
Príncipe del ejército de Jehovah respondió a Josué: Quita el calzado de
tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué lo hizo así”
(Jos. 5:13-15).
Dos cosas importantes. 1) Este personaje es un miembro de la Deidad,
pues aceptó la adoración de Josué sin rechazo alguno. Algo que, ningún
ser creado por más exaltada posición que posea aceptaría (cf. Apoc.
19:10; 22:9). La divinidad del “varón” (“hombre’ NRV 2000) queda
remarcada por la orden que da a Josué de quitarse los calzados de sus
pies, porque el lugar había sido santificado con su gloria (cf. Éxo.
3:2-5; 29:43-46). 2) El “varón” se autodefine como “el Príncipe del
ejército de Jehovah”. Es un ser divino, pero desempeña un papel
subordinado dentro de la economía funcional de la Deidad. Dirige los
ejércitos celestiales y procura llevar a cabo el Plan de Dios para la
raza humana. Aquí cabe señalar que el título de “Arcángel” aplicado a
Miguel cuadra perfectamente con esta explicación, pues el significado de
“arcángel” es “cabeza de los ángeles”. Por eso se habla de “Miguel y sus
ángeles” o lo que sería lo mismo: “Príncipe de los ejércitos de Jehovah”
(cf. 1 Rey. 22:19). Indudablemente este “Príncipe” es Jesús, el Hijo de
Dios, aparecido a Josué bajo uno de los tantos nombres y formas que
asumió desde el principio para comunicarse con su pueblo. Él es el único
Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2:5).
Es interesante saber la que la palabra que Josué utilizó para “Príncipe”
(hebreo ñar) es la misma que usó Daniel para referirse a Miguel, “el
gran Príncipe” (cap. 12:1), indudablemente “de los ejércitos de
Jehovah”. Así, la función del “hombre” (“varón” VRV 1960) de Josué,
tanto como la de Miguel en el libro de Daniel como en el Apocalipsis son
idénticas. Por lo tanto, siendo de naturaleza divina, Miguel no puede
ser otro que Cristo, revelado bajo un nombre similares.
Otro detalle iluminador es el ataque de Satanás al niño recién nacido
hasta que es “arrebatado para Dios y su trono”. Parece razonable
entender que Satanás está tratando de destruir a un enemigo familiar
para él. No puedo vencerlo cuando aun poseía sus atributos divinos, pero
pensó que podría hacerlo al venir a este mundo y asumir la naturaleza
humana mortal. Entonces, Miguel es Cristo mismo. El nombre Miguel
significa “¿quién semejante a Dios?”. Y la implicación en este nombre es
obvia. Sólo Uno comparte con el Padre su poder y naturaleza: Cristo
(Juan 10:30; Heb. 1:3, Col. 2:9). El significado del nombre Miguel, le
echaba en cara a Satanás quién es el único que puede compartir con el
Padre su trono, gloria y majestad (cf. Apoc. 3:21; 4:11; 5:12-13; Juan
5:27).
El apóstol Pablo nos dice lo siguiente: “Haya en vosotros el mismo
sentir que hubo en Cristo Jesús. Quien, aunque era de condición divina,
no quiso aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí
mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y
al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios también lo
exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para
que, en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el
cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre” (Fil. 2:5-11,
NRV 2000, la cursiva es nuestra). La humillación de Cristo no inició con
la encarnación, tuvo comienzo tan pronto surgió la necesidad de hacerlo
en un pasado remoto y concluyó en la cruz.
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