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Introducción
En este estudio nos concentraremos en las descripciones finales que el
ángel está revelando a Juan de las glorias futuras en Apoc. 22. En el capítulo
anterior el mensajero celestial había descrito las glorias externas de la
Ciudad de Dios, ahora llama la atención del profeta a ciertos detalles
interiores. Sobre la forma que Juan utiliza para describirnos la era
dorada se observa que es la más interesante, pues lo hace en términos
negativos:
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Capítulo 21 |
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Capítulo 22 |
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“El mar ya no existía más”; “ya no habrá muerte, ni habrá más
llanto, ni clamor, ni dolor“; “la ciudad no tiene necesidad de sol
ni de luna”; “sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no
habrá noche; “no entrará en ella ninguna cosa inmunda”. |
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“No habrá más maldición”; “No habrá allí más noche; y no tienen
necesidad de luz de lámpara”.
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Esta forma descriptiva cobra mayor significado cuando tomamos en cuenta
que los destinatarios originales del Apocalipsis sufrían crueles
persecuciones y eran constantemente amenazados por poderes hostiles. De
ahí que se reconoce acertadamente que “Juan no escribe sencillamente para
informarnos de los acontecimientos futuros o para satisfacer nuestra
curiosidad acerca de las realidades futuras. Su propósito práctico es
alentar a los creyentes que debían pasar por pruebas a perseverar en la
Palabra de Dios y en el testimonio de Jesús a pesar de la cruel
oposición”.
Veamos, pues estas maravillosas descripciones:
Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como
cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle
de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que
produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran
para la sanidad de las naciones (cap. 22:1-2).
Un río limpio de agua de vida
El ángel mostró a Juan un “un río limpio”, pero no un río común, sino un
río de “agua de vida”. Ya el profeta Ezequiel nos había hablado de un río
que salía del Templo (cap. 47:1). Se reconoce que la referencia de Juan al
río de agua de vida puede tener un trasfondo mucho más amplio. El salmista
nos dice: “Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el Santuario
de las moradas del Altísimo” (Sal. 46:4). Y en los escritos de Joel, tanto
como de Zacarías, encontramos las siguientes declaraciones: “Saldrá una
fuente de la casa de Jehovah”. “Acontecerá en aquel día, que saldrán de
Jerusalén aguas vivas” (Joel 3:18; Zac. 14:8). La idea aquí referida es
sencilla. Es una alusión a la vida abundante que Dios proveerá
gratuitamente para su pueblo redimido (Apoc. 21:6; 22:17, cf. Juan 4:10).
El “río limpio de agua de vida” es una referencia a la vida eterna que
Cristo proporciona a todo aquel que cree en Él (Juan 7:37; 1 Juan 5:11-12;
Jer. 2:13). Esta idea queda remarcada por la declaración que le sigue:
“salía del trono de Dios y del Cordero”. De la Deidad es que mana la vida
(cf. Sal. 36:8-9; Juan 14:6).
Allí está también el Árbol de la Vida, y Juan contempla que está “en medio
de la calle de la Ciudad, y a uno y otro lado del río”. Según los sueños
de la edad futura que tenían los rabinos, “Dios hará brotar del Lugar
Santísimo un río a cuyas orillas crecerán toda clase de frutos delicados
[seguramente basados en Eze. 47:7,12]”.
Parece ser que el Árbol de la Vida “crece a ambos lados y forma un alto y
magnífico arco sobre aquella majestuosa corriente, pero extiende lejos por
ambos lados sus ramas cargadas de frutos y hojas vivificantes”.
Además el Árbol produce “doce frutos cada mes”, mejor “doce clases de
frutos”.
Y sus hojas son para “la sanidad de las naciones”. No hay restricciones
aquí para quienes han de participar, excepto, las mencionadas en el vers.
15 y 21:27. Los redimidos de todas las naciones tendrán libre acceso a los
frutos y las hojas del Árbol de la Vida.
Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella,
y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus
frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara,
ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los
siglos de los siglos. Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y
el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel,
para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto. ¡He aquí,
vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de
este libro (vers. 3-7).
No más maldición
En el vers. 5 termina la descripción de la Nueva Jerusalén. ¡Ya no habrá
más maldición! Por fin, se ha ido el mal en todas sus formas, reina la paz
duradera y la felicidad plena. De esto profetizaron Zacarías e Isaías: “Y
morarán en ella [los redimidos], y no habrá nunca más maldición, sino que
Jerusalén será habitada confiadamente”. “Y habitará la justicia en el
desierto, y en el campo labrado morará la rectitud. Y el resultado de la
justicia será paz; y el efecto de la rectitud, reposo y seguridad para
siempre. Y mi pueblo habitará en albergue de paz, en habitaciones seguras
y en residencias tranquilas” (Zac. 14:11; Isa. 32:16-18).
Entonces, libres ya de la cadena de la mortalidad, los siervos de Dios “le
servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”. Ellos
“reinarán por los siglos de los siglos”. Pero el tipo de servicio que aquí
se describe por parte de los redimidos hacia Dios, no es el servicio
oficial (griego “leitourgéo”), que se rinde en un puesto señalado (cf.
Ex. 29:30), es más bien el servicio normal (griego “latréuo”), el
que se hace en forma natural y espontánea. Dios no desea el servicio
obligatorio de los seres humanos, Él desea un servicio voluntario nacido
de un corazón agradecido y rebosante de gozo por las tiernas misericordias
prodigadas.
No habrá más noche
La declaración de que “no habrá allí más noche” (vers. 5; 21:25) debe ser
entendida. ¿Significa que el ciclo normal de los días como lo conocemos
ahora compuesto por “tarde y mañana” (noche y día) ya no existirán? Qué
decir entonces de las siguientes declaraciones: “Y los cuatro seres
vivientes... no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el
Señor Dios Todopoderoso”. “[Los redimidos] están delante del trono de
Dios, y le sirven día y noche en su Templo” (Apoc. 4:8; 7:15). De forma
similar, Juan nos dijo que en la Nueva Jerusalén “no habrá Templo” y al
mismo tiempo nos dice que los redimidos le brindarán servicio a Dios en su
Templo (cf. Apoc. 21:22; 7:15, ver comentario respectivo). Creemos
que la aparente contradicción se resuelve si nos damos cuenta que
la expresión “día y noche” es una expresión figurada que en algunos textos
tiene el sentido de “por la eternidad” o “para siempre”.
Así mismo, la expresión “no habrá allí más noche” también es figurada y
queda explicada por la idea que le sigue: “no tienen necesidad de luz de
lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará”. En el
“día y la noche” no hay nada malo, pues originalmente iban a existir (Gén.
1), y no vemos razones por lo que en la tierra renovada no puedan
existir. Pero debemos reconocer que ante la presencia de nuestro glorioso
Dios (“el Padre de las luces” – Sant. 1:17), y el Cordero (“la estrella
resplandeciente de la mañana” - Apoc. 22:16), la descripción “no habrá más
noche” es una hermosa forma de expresión para trazar “un cuadro vívido que
destaca la insignificancia de las luminarias creadas ante la presencia de
Dios. Palidecerán hasta desaparecer en la presencia de la gloria del Ser
supremo” (cf. Apoc. 21:23).
Los salvados reinan por siempre
Hay una declaración aquí que debemos ver ahora brevemente, y es aquella
que describe a los redimidos como reinando “por los siglos de los siglos”.
Se podrían preguntar, ¿sobre quiénes reinarán los salvados? Algunos han
dividido el conjunto total de los redimidos en dos grupos: La “gran
multitud” y los 144,000. Partiendo entonces de una interpretación literal
de la declaración “reinarán por los siglos de los siglos”, han concluido
que los 144,000 constituirán una clase gobernante sobre los demás
salvados. Pero en nuestro análisis de Apoc. 7 (ver capítulo 8) vimos que
la “gran multitud” está compuesta de los redimidos de todas épocas,
incluyendo a “los 144,000 santos vivientes” de la última generación.
Además, la expresión “reinarán” aplicada a los salvados en este texto no
es una frase difícil de entender. En el contexto del Evangelio se entiende
como una declaración que incluye a todos los que aceptan la muerte
expiatoria de Cristo: “Porque, si por el delito de uno reinó la muerte,
mucho más reinarán en vida por uno solo, por Jesucristo, los que
reciben la abundancia de la gracia y del don gratuito de la justicia” (Rom.
5:17, la cursiva es nuestra, cf. Apoc. 5:9; 20:6). En el salmo 89
leemos que los descendientes de David “reinarán para siempre, y su trono
durará como los días del cielo” (vers. 29, NRV 2000). Así que, la promesa
de reinar por siempre aplicada a los redimidos “no significa que reinarán
unos sobre otros, ni sobre otros mundos. Es una figura de lenguaje para
describir la felicidad eterna de los redimidos. Ya no estarán bajo la mano
opresora de un poder perseguidor, sino que gozarán de la libertad y la
abundancia de los reyes”.
El nombre de Dios en la frente
El hecho de que el nombre de Dios está sobre la frente de los redimidos
(también el de Cristo lo estará, Apoc. 14:1), significa que su carácter
fue restaurado a la semejanza divina y ya nada lo borrará. También
significa que son la pertenencia eterna de Dios (cf. Lev. 25:55). Esta es
la razón por la que “verán su rostro”. “Bienaventurados los de limpios
corazón – dijo Cristo –, porque ellos verán a Dios” (Mat. 5:8). Y para que
no dudemos de estas promesas, una vez más escuchamos la firme declaración:
“Estas palabras son fieles y verdaderas” (cf. Apoc. 21:5). Se reconoce
además que la expresión “verán su rostro” denota “relaciones estrechas con
otra persona y confianza mutua” (Sal. 17:15; Heb. 12:14; 1 Juan 3:2, cf.
Ex. 33:20-23).
La visión de Dios que tienen los redimidos se refleja en dos grandes
experiencias. La primera es una vida de adoración. “Donde se ve
siempre a Dios toda la vida se vuelve un acto de culto”.
Esta es la razón por la que se nos dice que los redimidos están delante
del trono de Dios y le sirven “día y noche”, es decir, para siempre (Apoc.
7:15). Y esta adoración no sólo constituirá la vida de los redimidos, sino
también la de las inteligencias celestiales (Apoc. 4:8-11; 5:8-14; 7:9-12;
14:3; 15:3; 19:1-6). Es imposible estar ante la presencia de Dios y no
adorarle. La segunda experiencia de los redimidos es el de la
consagración a Dios. La promesa que Cristo hiciera a los cristianos de la
iglesia de Filadelfia, y que abarca a los creyentes de todas la épocas,
otorgaba al vencedor los siguientes privilegios: “Al que venciere, yo lo
haré columna en el Templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y
escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la Ciudad de mi
Dios, la Nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi
nombre nuevo” (Apoc. 3:12-13). Sólo los consagrados a Dios sin reservas
disfrutarán estos maravillosos privilegios.
El Señor Dios de los Profetas
Encontramos aquí una información importante para nuestra fe. El
Apocalipsis no es el producto de la imaginación de Juan, como es el caso
de una gran cantidad de predicciones espurias pasadas y actuales, es el
fruto de la revelación divina. Aquí se menciona al ángel Gabriel
nuevamente. Él es el encargado especial de asistir a Juan en sus visiones.
Él es el portador de la “revelación de Jesucristo” (ver comentario en
el cap. 1). Esta dinámica ya es familiar para nosotros.
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Capítulo 1:1 |
Capítulo 22:16 |
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“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para manifestar a sus
siervos las cosas que deben suceder pronto. La declaró enviándola
por medio de su ángel a su siervo Juan”. |
“Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su
ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder
pronto”. |
La declaración “el Dios de los espíritus de los profetas” tiene una
significación incisiva para muchos y puede prestarse para algunas
especulaciones. Algunos podrían pensar en la controversial doctrina de la
inmortalidad del alma, pero esto estaría muy lejos de la verdad que el
texto nos quiere transmitir. Bajo ninguna circunstancia se debe introducir
un elemento extraño en el texto sagrado. En las Escrituras, la palabra
“espíritu” aparece más de 800 veces con diferentes significados, pero
nunca envuelve la idea de una entidad inmaterial capaz de vivir separada
del cuerpo.
En algunos pasajes del Antiguo Testamento, la palabra “espíritu” (hebreo “ruach”)
denota “genio o ira” (Juec. 8:3), “valor” (Jos. 2:11), “carácter moral” (Eze.
11:19), “vitalidad” (Juec. 15:9), “disposición” (Isa. 59:6) y hasta el
asiento de las emociones (1 Sam. 1:15).
En la mayoría de veces la palabra “ruach” es traducida como “espíritu”,
“viento” o “aliento” (cf. Gén. 8:1). En los escritos del apóstol Pablo la
palabra “espíritu” evoluciona a un significado mucho más amplio. Para el
gran Apóstol, el “espíritu” era “la parte superior del hombre, la sede de
la inteligencia, de la razón y de la consciencia moral. A través del
espíritu [o consciencia] el hombre entra en contacto con Dios y se
comunica con El (2 Tim. 4:22). La esencia del espíritu es la
consciencia. Es a través de la consciencia que Dios nos convence y
dirige”.
Con este sentido es que podemos entender la frase: “Yo estaba en el
espíritu en el día del Señor” (Apoc. 1:10; 4:2). Es sólo cuando la parte
superior del hombre, cuando su consciencia está imbuida de la influencia
divina, que puede ser un fiel receptor de la Palabra de Dios.
Una Luz al final del túnel
Juan nos presenta una vez más el foco de la revelación apocalíptica: la
segunda venida del Mesías. “¡He aquí, vengo pronto!”. Pero una preparación
es necesaria y el Apocalipsis contribuye efectivamente para ese fin:
“Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro”.
Vez tras vez, se enfatiza la brevedad del tiempo en todo el libro (cf.
caps. 1:3; 3:11; 16:15; 22:7,12,20). El regreso de Cristo a esta tierra es
“la esperanza bienaventurada” que ha llenado de aliento a los creyentes en
todas las épocas (Tito 2:13). Y tomando en consideración el tiempo que nos
ha tocado vivir, bien haríamos en prestar atención a la siguiente
admonición: “Conociendo el tiempo, que ya es hora de levantarnos del
sueño; pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando creímos. La
noche está muy avanzada. El día casi ha llegado. Desechemos las obras de
las tinieblas, y vistámonos las armas de luz. Andemos como de día,
honestamente, no en comilonas y borracheras, no en lujurias y desenfrenos,
no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no
fomentéis los malos deseos de la carne” (Rom. 14:11-14, cf. Efe. 5:15-18).
Sí, hay una luz al final del túnel escabroso de este mundo decadente, es
un mensaje de esperanza que pregona a voz en cuello que las tinieblas
pasaran y que un mundo de luz se establecerá por el poder de Dios. ¡Cuán
dichosos seréis!
Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y
visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas
cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo,
de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este
libro. Adora a Dios. Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de
este libro, porque el tiempo está cerca (vers. 8-10).
Adoración sólo a Dios
Según su propio testimonio, Juan cayó a los pies de Gabriel para
adorarlo, talvez en un acto de homenaje. Pero el ser angelical lo detuvo
prontamente diciéndole: “No, cuidado; yo soy un siervo como tú y tus
hermanos los profetas y los que guardan las palabras de este libro” (BJ).
Es asombroso el grado de humildad de los seres celestiales, aun siendo de
elevada posición como este mensajero. Y pensar que en el transcurso de la
historia muchos hombres pecaminosos han exigido adoración como si fueran
dioses: Faraones, emperadores y papas. Pero el ángel es claro, la
adoración es un acto exclusivo que se debe a la Deidad.
Cuando Cornelio vio a Pedro que llegaba a su casa se postró a sus pies y
trató de adorarlo. La respuesta de Pedro no se hizo esperar: “Levántate,
pues yo mismo también soy hombre” (Hech. 10:25-26).
Es cierto que muchos hombres e instituciones políticas y religiosas han
abusado de sus poderes reales atribuyéndose prerrogativas divinas (ver
comentario en el capítulo 13), pero la Escritura contiene un registro
que nos sirve de advertencia. En el libro de los Hechos se narra el
lamentable incidente que protagonizó un rey pagano: “Herodes, vestido de
ropas reales, se sentó en el tribunal y les habló. Y el pueblo aclamaba
gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor le
hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos” (Hech.
12:21-23). El mismo Cristo, cuando fue tentado por Satanás en el desierto
para que le adorara, hizo totalmente claro: “Al Señor tu Dios adorarás y a
él sólo servirás” (Mat. 4:10). Esto no debe olvidarse nunca, so pena de
sufrir las más terribles consecuencias.
Siempre que algún individuo o institución se abrogan la prerrogativa de la
adoración que sólo merece Dios, demuestra cuan pobre es su conocimiento
del Dios verdadero, y cuando celoso es Dios con su gloria y honor: “Yo soy
Jehovah, éste es mi Nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a
esculturas” (Isa. 42:8). Todo esto lo comprenden los seres celestiales
tanto como los siervos terrenales de Dios que son leales a Él. Por lo
tanto, con su vida y actos no pueden más que decir: “Al que está sentado
en el trono y al Cordero, sean la alabanza, la honra, la gloria y el
poder, por los siglos de los siglos” (Apoc. 5:13).
No selles las palabras de esta profecía
Al profeta Daniel, a diferencia de Juan, se le dio la orden de cerrar
y sellar el libro “hasta el tiempo del fin” (Dan. 12:4,9; 8:26).
Esta orden implicaba que las profecías relativas al fin de la historia del
mundo estarían sin ser plenamente comprendidas, pero la orden no abarcaba
todo el contenido del libro. Algunas profecías de Daniel constituyeron una
gran bendición en el transcurso de la historia para los cristianos, pero
otras partes no pudieron ser comprendidas sino hasta hace breve tiempo.
Ver comentario adicional en el capítulo 10 de esta obra.
El ángel ordena a Juan que no selle las palabras de la profecía del
Apocalipsis. Estas palabras son significativas para todo estudiante
sincero de las profecías. En nuestro estudio de Apocalipsis cap. 5
descubrimos que en la mano derecha del que está sentado en el trono había
un libro sellado con siete sellos. Esto significaba que nadie podía
conocer su contenido, y que para revelarlo había que desatar sus sellos (Apoc.
5:1-9). Si sellar un libro significa no poder accesar a su mensaje, no
sellar un libro debe significar poder conocer su contenido. Esta es la
idea implícita en la orden del ángel a Juan. Podemos gozarnos en Dios
entonces, porque el Apocalipsis es un libro abierto. Está abierto al
entendimiento de todos los que desean conocer la voluntad divina para su
propia vida y cuál es su parte en el desenlace de la historia de este
mundo. Esta es la razón por la que se emite la siguiente bendición:
“¡Dichoso el que lee las palabras de esta profecía, y dichosos los que la
oyen, y guardan lo que está escrito en ella, porque el tiempo está cerca!”
(Apoc. 1:3). Si el Apocalipsis fuera un libro imposible de comprender,
estas palabras no tendrían sentido. Y si la primera de las siete
bienaventuranzas apocalípticas no es confiable, ¿cómo podrían ser ciertas
las otras seis?
Es cierto que el Apocalipsis requiere una sabia y cuidadosa consideración,
y que no todo método empleado para su comprensión es válido, pero no
estamos parados ante un laberinto sin salida. Para todo aquel que desea
profunda y fervientemente conocer la verdad de Dios, hay raudales de luz
celestial que le guiarán a una comprensión clara de estas maravillosas
profecías. El Espíritu Santo, que es el Agente inspirador de los profetas,
tiene como misión guiarnos a toda la verdad (Juan 16:13). Y lo hará si no
le estorbamos con nuestros prejuicios e indisposiciones.
El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo
todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es
santo, santifíquese todavía. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón
conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y
la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados
los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para
entrar por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los
hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel
que ama y hace mentira. Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio
de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la
estrella resplandeciente de la mañana (vers. 11-16).
El más solemne decreto de la historia
Se reconoce ampliamente que estas palabras se refieren “especialmente al
tiempo cuando se decidirá irrevocablemente el futuro de cada persona”.
Este decreto se emite al finalizar la última fase del juicio de Dios,
llamada “Juicio Investigador” o Juicio Pre-avenimiento. “Cuando se
promulgue esa decisión, todo caso estará ya decidido”.
Dios no impedirá que los seres humanos ejerzan su libre albedrío. Ellos
“deben vivir de acuerdo con sus propias elecciones para que manifiesten su
verdadero carácter. Cada persona de cada época manifestará en la segunda
venida de Cristo a cuál escogió pertenecer”.
Hasta ahora Dios ha permitido que los seres humanos vivan de acuerdo a los
criterios que hayan elegido, pero un día terminará el tiempo de
oportunidad otorgado a cada uno, y entonces tendrán que rendir cuentas al
Dios eterno. Él les ha dado leyes y mandamientos buenos, ¿Y qué han hecho?
Los han pisoteado y han establecido en su lugar sus propias leyes,
ignorando que Dios tiene voluntad y nos ordena someternos a ella. En ese
solemne día multitudes de hombres y mujeres, sin importar su posición
social, se darán cuenta del grave error de haber hecho a un lado la santa
e inmutable Ley de los Diez Mandamientos. Ese día, no podrán esgrimirse
más argumentos ni justificaciones para no obedecer. Y aunque se les dio la
oportunidad a todos por igual de ser salvados por medio de la fe en Cristo
(Efe. 2:8-9), serán juzgados por sus obras (cf. Rom. 2:5-6; Sant. 2:12).
El profeta Sofonías habla del cierre de gracia en los siguientes términos:
“Reuníos, congregaos..., antes que salga el decreto, y el día se pase como
el tamo; antes que venga sobre vosotros el furor de la ira del Jehovah,
antes que el día de la ira de Jehovah caiga sobre vosotros. Buscad al
Señor todos los humildes de la tierra, que obedecéis sus mandatos. Buscad
justicia, buscad mansedumbre. Quizá seáis protegidos en el día del enojo
de Jehovah” (Sof. 2:1-3). Con solemnes palabras se nos ha dicho:
“Los justos y los impíos continuarán viviendo en la tierra en su estado
mortal, los hombres seguirán plantando y edificando, comiendo y bebiendo,
inconscientes de que la decisión final e irrevocable ha sido pronunciada
en el Santuario celestial. Antes del Diluvio, después que Noé entró en el
arca, Dios lo encerró en ella, dejando fuera a los impíos; pero por
espacio de siete días el pueblo, al no saber que su suerte estaba
decidida, continuó en su vida descuidada y ávida de placeres, y se mofó de
las advertencias del juicio que lo amenazaba. ‘Así - dice el Salvador -
será también la venida del Hijo del Hombre’ (Mat. 24:39). Inadvertida como
ladrón a medianoche, llegará la hora decisiva que fija el destino de cada
uno cuando será retirado definitivamente el ofrecimiento de la gracia que
se dirige a los culpables.
‘¡Velad pues... no sea que viniendo de repente, os halle dormidos!’ (Mar.
13:35-36, VM). Peligroso es el estado de aquellos que, cansados de velar,
se vuelven a los atractivos del mundo. Mientras el hombre de negocios está
absorto en el afán de lucro, mientras el amigo de los placeres corre tras
ellos, mientras la esclava de la moda está ataviándose, puede llegar el
momento cuando el juez de toda la tierra pronuncie la sentencia: ‘Has sido
pesado en la balanza y has sido hallado falto’ (Dan. 5:27, VM)”.
La mayor prueba de que estas palabras de Apoc. 22:11 se refieren al cierre
de gracia o de oportunidad de salvación es que acto seguido de haber sido
dada esta advertencia se nos dice: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón
conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra... Bienaventurados
los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para
entrar por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los
hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel
que ama y hace mentira”.
El triple título de Cristo
La palabras “Alfa y Omega” ya son familiares para nosotros (Apoc.
1:8,11; 21:6, cf. 1:17; 2:8). Esta triple declaración revela la eternidad
de la divinidad. Aquí es Cristo mismo quien se aplica este triple título.
Por consiguiente, en la expresión “Alfa y Omega” tenemos una descripción
de que el Salvador ha existido desde la eternidad junto con el Padre: “En
el principio era el Verbo y Verbo estaba con Dios” (Juan 1:1, la
cursiva es nuestra). Como el Alfa y la Omega, Cristo tiene todo
absolutamente en Sí mismo, y “no necesita de nada de ninguna otra fuete”.
Él es el indicado para dar la primera y final revelación de Dios a los
hombres.
Como el Principio y el Fin Cristo se revela como el Creador de todas las
cosas, y todas ellas tienen su subsistencia en Él; y más aún, todas las
creación halla su fin en Él (Col. 1:16-17; Heb. 1:3). “Los griegos decían
que Zeus era el principio, el centro y el fin. Los rabinos judíos tomaban
esta idea y Se la aplicaban a Dios, con su propia interpretación. Decían
que, como Dios era el principio, no recibía Su poder de ningún otro; como
el centro, no compartía Su poder con nadie; y como era el fin, no le
pasaba Su poder a nadie”.
Como el Primero y el Último, Cristo es quien realiza el Plan de Salvación
desde el principio y lo hará hasta el final. “Entonces vendrá el fin, y
Cristo entregará el reino a Dios y Padre, cuando haya quitado todo
dominio, toda autoridad y potencia. Porque él debe reinar hasta poner a
todos sus enemigos bajo sus pies...
Cuando todas las cosas le sean sujetas, entonces también el mismo Hijo se
sujetará al que sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea el todo en
todos” (1 Cor. 15:24-25,28).
En consecuencia podemos decir que este triple título de Cristo resume sus
cualidades y actividades en relación con la salvación del ser humano.
Los que entran y no entran a la Ciudad de Dios
El Apocalipsis, en armonía con el mensaje completo de la Palabra
de Dios hace claro que no todos los seres humanos se salvarán, sólo
entrarán por la puerta de la Ciudad Celestial los que hallan lavado sus
ropas en la sangre del Cordero, es decir, purificado sus vidas con el
poder de Dios por medio de la fe. Algunas versiones no dicen “los que
lavan sus ropas”, sino “los que guardan los mandamientos”. Esto se ha
explicado satisfactoriamente en otros comentarios. Baste decir aquí que
entre lavar nuestras ropas y guardar los Mandamientos de Dios no existe
una diferencia real, pues ambas verdades constituyen las dos caras de una
misma moneda. Si bien los redimidos no se salvan sobre la base de su
propia obediencia, sino sobre la base de la obediencia y la justicia de
Cristo (Rom. 5:19; Fil. 3:9), ninguno de ellos habrá sido salvado mientras
mantuvieron una actitud de rebelión contra la Ley de los Diez
Mandamientos. Una actitud tal es prueba de un corazón irregenerado por la
gracia divina (Rom. 8:7), y por lo tanto, un reflejo de que el individuo
no está reconciliado con Dios plenamente. La reconciliación con Dios que
produce salvación, tal y como la Biblia la presenta, involucra no sólo
reconciliación con Dios, sino también con el espíritu de la Ley que es un
trasunto de su carácter perfecto (Rom. 3:21; 2:13). El siguiente
comentario es esclarecedor:
“Nuestro derecho a entrar en el cielo se debe a la justicia de Cristo que
se nos da sin merecerla; y nuestra idoneidad para el cielo, es el
resultado de la justicia que se nos imparte a medida que seguimos sus
pasos. Esta justicia está simbolizada por las ropas lavadas y
emblanquecidas. La evidencia externa de la justicia que imparte Cristo es
el cumplimiento perfecto de los mandamientos de Dios. Por eso la idea de
las vestiduras lavadas y la de la obediencia a los mandamientos, están
estrechamente vinculadas”.
Los que quedan fuera de la Nueva Jerusalén son precisamente
aquellos individuos cuyos caracteres no estuvieron en armonía con la Ley
de Dios. Cuatro de las descripciones en el texto en cuestión entran en
conflicto directo con algunos de los mandamientos de la Ley: 1) “Los
fornicarios” (Exo. 20:14). 2) “Los homicidas” (Exo. 20:13). 3) “Los
idólatras” (Exo. 20:3-6); y 4) “Todo aquel que ama y hace mentira” (Exo.
20:16). “El pecado es trasgresión de la Ley” y es injusticia (1 Juan 3:4;
5:17). Vivir al margen de la Ley los colocó fuera de la Ciudad y los hizo
merecedores de la ira de Dios. En la Nueva Jerusalén no entrará nada que
mancille y haga pecado “no entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que
hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el
Libro de la Vida del Cordero” (Apoc. 21:27). “Sin santidad nadie verá al
Señor” (Heb. 12:14). “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mat. 5:8).
Cristo nuestra esperanza
Encontramos otros títulos de Cristo en este pasaje: “Yo soy la raíz y el
linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana” (vers. 16).
Cada nombre o título de Cristo describe diferentes aspectos de su obra y
Persona. Estos nuevos títulos de Cristo marcan de verdadera autenticidad
el libro del Apocalipsis. La expresión la “raíz de David” (cf. Apoc. 5:5)
es una referencia a Isa. 11:10: “En ese tiempo la Raíz de Isaí será la
bandera de los pueblos. Las naciones se juntarán a ella, y el lugar de su
reposo será glorioso”. En estas escenas apocalípticas que tienen a Cristo
como centro alcanza cumplimiento la predicción mesiánica del visionario
Isaías. En Cristo están centradas todas las esperanzas de los santos y
profetas.
También leemos que Jesús es “el linaje de David”. En la carta a los
Romanos leemos que el Hijo de Dios, “según la carne, era del linaje de
David” (Rom. 1:3; 2 Tim. 2:8). Según la profecía, el Mesías tendría
procedencia real (Isa. 11:1; Jer. 23:5). Con la expresión “linaje de
David” se remarca entonces la plena humanidad y la procedencia real del
Hijo de Dios. No sólo es Cristo como Ser pre-existente (Miq. 5:2) la
fuente eterna de la cual procedía David, sino que es, como Ser encarnado,
constituye su descendencia prometida. Hay aquí una preciosa verdad: Quien
nos redimió del pecado no fue más que el Verbo encarnado (Juan 1:14), el
pre-existente Hijo del Altísimo, el Santo de Dios (Luc. 1:35; Mar. 1:24;
Juan 6:69). Fue en su naturaleza humana que Cristo enfrentó al pecado en
todas sus formas y lo venció: “Porque lo que era imposible a la Ley, por
cuanto era débil por la carne; Dios, al enviar a su propio Hijo en
semejanza de carne de pecado, y como sacrificio por el pecado, condenó al
pecado en la carne” (Rom. 8:3, NRV 2000). “Después de efectuar la
purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en
las alturas” (Heb. 1:3).
Juan nos dice además que Cristo es la “estrella resplandeciente de la
mañana”. Esta es una figura que posiblemente Juan la tomó de la profecía
de Balaam (Núm. 24:17). El apóstol Pedro llama a Cristo también el “Lucero
de la mañana” (2 Ped. 1:19). Esta es otra manera de decir: “Yo soy la Luz
del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz
de la vida” (Juan 8:12). Bien se ha observado que “la estrella de la
mañana es el heraldo del día que destierra las tinieblas de la noche; ante
Cristo huye la noche del pecado y de la muerte”.
Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que
tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.
Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este
libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas
que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del
libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de
la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro. El que da
testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven,
Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros.
Amén (vers. 17-21).
La tierna invitación del Espíritu
Cristo nos dijo que cuando el Espíritu Santo viniera, su obra
iba a consistir en convencernos de pecado, de justicia y de juicio (Juan
16:8). Del pecado de la incredulidad, por cuanto no creemos en Cristo (vers.
9). Convencimiento de la justicia que carecemos, sin la cual no podremos
entrar al reino de Dios, y que sólo está en Cristo (vers. 10; Mat. 6:33;
Fil. 3:9). Convencimiento del juicio que fue hecho contra el diablo, el
cual fue encontrado culpable de homicidio, traición contra el gobierno
Divino, y digno de la muerte eterna (vers. 11; Heb. 2:14; Juan 8:44;
12:31). Juan nos presenta ahora la última tierna invitación que dirige el
Espíritu Divino a los mortales en procura de que se vuelvan de los vanos
placeres del mundo a las riquezas infinitas que pueden disfrutar junto a
Dios y su Cristo. A esta invitación se une la Iglesia de Dios, el
remanente fiel que resiste las embestidas del diablo y los poderes
hostiles del planeta (Apoc. 12:17; cap. 13). En fin, es una invitación a
la que puede unirse todo el que desee ser colaborador con Dios en la magna
obra de salvar a los perdidos. Todos podemos ser embajadores de Cristo
para llamar a los hombres y mujeres de este mundo a reconciliarse con Dios
(2 Cor. 5:18-20). No puede ser otorgado a un mortal mayor cometido que la
de ser un instrumento en las manos de Dios para salvar a los perdidos del
poder de las tinieblas.
Al que responda, se le ofrece el mejor de todos los dones: “El
que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”; es decir, reciba la
vida eterna, la inmortalidad. El cristiano vivirá una vida que se mide con
la vida misma de Dios.
Una seria advertencia
El mismo Jesús advierte a los seres humanos lo siguiente: “Yo
testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro:
Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que
están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del
libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de
la santa Ciudad y de las cosas que están escritas en este libro”. Siendo
que el Apocalipsis es la “revelación de Jesucristo de las cosas que deben
suceder pronto”, es vital que a todos les llegue esta revelación y la
puedan comprender. De otra manera queda sin efecto el esfuerzo divino. Una
manera sutil de anular tal esfuerzo es hacer una mala interpretación de
estas profecías y así enseñar erróneamente a los hombres y mujeres que se
esfuerzan por comprenderla. Hay aquí una seria advertencia contra todo
aquel que se empeña en interpretar estas predicciones apocalípticas. La
expresión “a todo aquel que oye” es una referencia a “al que oye y estudia
la importancia de los mensajes”, no necesariamente al “sonido físico de
las palabras de este libro en el oído de una persona”.
Jesús se opone enérgicamente a los cambios y añadiduras deliberadas del
libro del Apocalipsis. Hay aquí una evocación del mensaje del libro de
Deuteronomio: “No añadiréis nada a la palabra que os mando, ni quitaréis
de ella, para que guardéis los Mandamientos del Eterno vuestro Dios, que
os ordeno”. “Cuidarás de hacer todo lo que te mando, sin añadir ni quitar
nada” (Deut. 4:2; 12:32, cf. Prov. 30:5). Ya Pablo nos hizo una
advertencia parecida (Gál. 1:8-9). Toda persona que lucha por entender el
Apocalipsis bien puede prestar atención a la siguiente admonición: “Quita
el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo” (Jos. 5:15).
Y en plena justicia Dios dará a cada uno lo que se merece: “Si alguno
añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas
en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta
profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad
y de las cosas que están escritas en este libro”. Dios “pagará a cada uno
conforme a sus obras” (Rom. 2:6; Apoc. 22:12). Siguiendo esta antigua
costumbre bíblica de advertir contra la alteración del mensaje divino,
algunos escritores extrabíblicos expresaron ideas similares.
Lo cierto es que de cualquier forma que leamos el texto (algunos nos
advierten sobre un “literalismo absoluto”), se hace claro a nuestra mente
que no debemos jugar con la tergiversación de las verdades que contiene el
Apocalipsis.
Vengo en breve
El mismo Jesús ratifica lo que todos los santos profetas,
apóstoles y cristianos fieles han creído siempre: ¡que Él viene pronto!
Muchas mentes irreverente han burlado esta esperanza milenial y han
acusado a los escritores inspirados tanto como a los cristianos de
albergar una esperanza descontextualizada por creer en la cercanía del
segundo advenimiento. Pero es así como los hagiógrafos del Señor lo han
presentado siempre. El apóstol Pablo expresó: “Y haced esto conociendo el
tiempo, que ya es hora de levantarnos del sueño; pues ahora nuestra
salvación está más cerca que cuando creímos. La noche está muy avanzada.
El día casi ha llegado. Desechemos las obras de las tinieblas, y
vistámonos las armas de luz. (Rom. 13:11-12; cf. cap. 9:31; 2 Ped.
3:11-12,14). Lo que los escritores inspirados nunca quisieron fue que sus
declaraciones sobre la proximidad del día de Cristo fuera malinterpretada
(que se confundiera el “pronto” con la “inminencia”) sino que se
entendieran en su verdadero contexto: “Ante todo, sabed que en los últimos
días vendrán burladores, que sarcásticos, andarán según sus bajos deseos,
y dirán: ¿Dónde está la promesa de su venida? Desde que los padres
durmieron, todas las cosas siguen como desde el principio de la
creación... Pero, amados, no ignoréis esto: Para el Señor un día es como
mil años, y mil años como un día” (2 Ped. 3:3-4,8, NRV 2000).
“Sí, ven Señor Jesús”
Siendo que todas las injusticias de los poderes terrenales terminaran
definitivamente en ocasión de la segunda venida, y siendo que los
cristianos siempre han sido “muertos todo el tiempo”, y “contados como
ovejas de matadero” por su fe (Rom. 8:36), se logra entenderse por qué los
fieles de todos los siglos se han concentrado en la esperanza de la
segunda venida de Cristo. Pero la burla infernal de los impíos, de
escritores profanos e irreverentes, tanto como los discursos de
predicadores desubicados han querido robar esta esperanza a los creyentes
(Tito 2:13). Pero la fe de los fieles está fundada sobre un sólido “así
está escrito”. Por lo tanto, no pueden más que decir a voz en cuello:
“Amén; sí, ven, Señor Jesús”.
Bástate mi gracia
Las últimas palabras del apóstol Juan son las siguientes: “La gracia de
nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros” (cf. Rom. 16:20). ¿Sólo
la gracia es suficiente? Cuando el apóstol Pablo se fijó en su debilidad
como ser humano, vino la divina respuesta diciendo: “Bástate mi gracia,
porque mi poder se perfecciona en tu debilidad” (2 Cor. 12:9). Bien
expresó el Salmista que de los labios de Dios “fluye la gracia” (Sal.
45:2, NRV 2000). En todo tiempo la gracia de Dios ha sostenido la
esperanza de los justos y los ha capacitado para vencer. La gracia de Dios
es la fuente que proporciona todo buen don y el Evangelio eterno (Efe.
2:8; Heb. 2:9; Hech. 20:24). Es fuerza capacitadora (1 Cor. 15:10; Efe.
3:7). Es manto protector (Luc. 2:40). Es fuerza que impulsa hacer lo mejor
para Dios (Hech. 7:46; 14:26). Da gozo y alegría a los fieles (Hech.
11:23). La gracia incluye “el amor de Dios, y la comunión del Espíritu
Santo” (2 Cor. 13:13). Es, pues, nuestro privilegio “permanecer en la
gracia de Dios” (Hech. 13:43). Y si permanecemos fieles, esta misma gracia
nos traerá salvación (Tito 2:11). ¡Oh, bendita gracia!
Con razón el anciano Apóstol no desea nada más que “la gracia de nuestro
Señor Jesucristo” para los lectores del Apocalipsis.
Conclusión
A estas alturas hemos podido ver porqué el estudio del Apocalipsis es toda
una bendición, y también cómo será posible un reavivamiento y una reforma
espirituales en las filas de los que profesan se hijos de Dios. Es
imposible leer y escuchar estas profecías sin identificarse con ellas y
comprometerse con el Señor. Estas profecías están llenas de ánimo y
consuelo para los fieles del Señor y nos revelan que el mal no durará para
siempre, que en algún momento será erradicado; no sin lucha, pero con un
resultado seguro: el triunfo del reino eterno de Dios.
El tiempo presente constituye todo un desafío para el pueblo remanente de
Dios. Se experimentan movimientos temerarios, reavivamientos religiosos
espurios que cautivan los sentidos de los cristianos. Populan
interpretaciones contrapuestas de las grandes verdades de la fe cristiana,
pero no se verifica un reavivamiento de la piedad genuina. La apariencia
de piedad parece ser el traje hecho a la medida de los hombres y mujeres
de hoy, y como “sepulcros blanqueados” brillan con luz propia antes los
ojos despavoridos de una raza que perece, pero por dentro están llenos de
inmundicia. Hemos llegado a un tiempo en que la religión se ha convertido
“en un manto para cubrir las más bajas iniquidades”.
Por consiguiente, la línea divisoria entre los que sirven al Señor y los
que no le sirven debe ser más visible que nunca (cf. Mal. 3:16). Bien se
nos ha dicho:
“Dios pide nuestra cooperación. Sus demandas son razonables... Cuando
tomamos el nombre de Cristo, nos comprometemos a representarlo. Para que
seamos leales a nuestro voto, Cristo debe ser formado en nosotros como la
esperanza de gloria. La vida diaria debe llegar a ser más y más semejante
a la vida de Cristo. Debemos ser cristianos en hecho y en verdad. Cristo
no comulga con el fingimiento. Él dará la bienvenida a las cortes
celestiales sólo a aquellos cuyo cristianismo sea genuino. La vida de los
profesos cristianos que no viven la vida de Cristo es una burla a la
religión”.
“Muchos aceptan una religión intelectual, una forma de santidad, sin que
el corazón esté limpio. Sea vuestra oración: ‘¡Crea en mí, oh Dios, un
corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí!’ (Sal. 51:10).
Sed leales con vuestra propia alma. Sed tan diligentes, tan persistentes,
como lo seríais si vuestra vida mortal estuviera en peligro. Este es un
asunto que debe arreglarse entre Dios y vuestra alma; arreglarse para la
eternidad. Una esperanza supuesta, y nada más, llegará a ser vuestra
ruina”.
“Cuando la religión de Cristo sea más despreciada, cuando su ley sea más
menoscabada, entonces deberá ser más ardiente nuestro celo, y nuestro
valor y firmeza más inquebrantables. El permanecer de pie en defensa de
la verdad y la justicia cuando la mayoría nos abandone, el pelear las
batallas del Señor cuando los campeones sean pocos, ésta será nuestra
prueba. En este tiempo, debemos obtener calor de la frialdad de los demás,
valor de su cobardía, y lealtad de su traición”.
El Apocalipsis con su urgente mensaje de advertencia está destinado a
despertar la consciencia de los seres humanos de este tiempo, y de manera
especial la de los creyentes laodicenses (véase el capítulo 5).
Siendo que de ellos depende en gran medida la vindicación del carácter de
Dios, deben despertar. Antes de que los juicios de Dios, descritos
figuradamente como “grandes bolas de fuego [que] caían sobre las casas”
estallen sobre la tierra, debe producirse un reavivamiento de la piedad
primitiva en las filas del pueblo de Dios. Lo que viene segura y
furtivamente sobre este mundo malvado y rebelde es una “terrible
conflagración” que ha de llenar de pavor a sus descuidados habitantes. Si
no hacemos caso a las amonestaciones de Dios, tendremos que hacer frente a
los siguientes reclamos: “Vosotros que sabíais estas cosas, ¿por qué no
dijisteis nada? ¡Nosotros no lo sabíamos!”.
Oremos para nuestra respuesta no sea: “Sabíamos que los juicios de Dios
visitarían la tierra, más no pensábamos que vendrían tan pronto”.
Quiera el Dios Altísimo que despertemos a tiempo de nuestro sueño, apatía
e indiferencia espirituales. No es posible que tanta misericordia
prodigada sea desdeñada tan livianamente. No es justo tanta ingratitud
contra Dios. ¡Basta ya! Asumamos nuestro compromiso de fe y marchemos
hacia la patria celestial. Es nuestro privilegio vencer.
Notas y Referencias:
Hans K. LaRondelle, Las Profecías del Fin, p. 486.
Citado en William Barclay, Comentario del Nuevo Testamento, vol. 17,
El Apocalipsis II, p. 248.
Uriah Smith, Las Profecías de Daniel y el Apocalipsis, tomo II, p.
385.
Elena G. de White, Carta 3, 1898.
En Apoc. 12:10 se nos dice que el diablo acusa a los elegidos de
Dios “día y noche”, es decir, continuamente. En este texto no tiene
el sentido de eternidad como en Apoc. 4:8 y 7:15, pues la oposición
de Satanás no durará para siempre, un día será destruido (Eze.
28:18-19; Mal. 4:1,3). Con este sentido de “cierto tiempo” largo o
corto se usa en Apoc. 14:11; 20:10 (ver comentario respectivo).
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 908.
A. F. Vaucher, La Historia de la Salvación, p. 139.
White, Consejos para los Maestros Padres y Alumnos, Acerca de la
Educación Cristiana, p. 402.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 909.
White, El Conflicto de los Siglos, pp. 533-545
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 909.
Véase El Conflicto de los Siglos, p. 662.
White, Dios nos Cuida, p. 187.
-------, El Camino a Cristo, p. 35.
-------, Joyas de los Testimonios, tomo II, 31.
-------, Evangelismo, pp. 25-26.
-------, Joyas de los Testimonios, tomo III, p. 296.
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