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“Cinco – cuatro – tres – dos – uno...” La nave espacial es lanzada
al momento exacto preestablecido para surcar el espacio sideral.
Nada queda sin medirse desde que sale de la tierra hasta que
regresa. Aunque siempre cuentan con diferentes alternativas que
dejan abiertas por si algo inesperado sucede de camino, los
científicos que exploran el espacio interestelar se esfuerzan por
determinar cada detalle que deberá ser cumplido en la travesía.
Algunos proyectos de la NASA se preparan durante años. No están en
condiciones de lanzarlos ya, pero de acuerdo al plan trazado,
calculan la fecha en que podrán llevarlos acabo. Todo exige una
cuidadosa preparación. Cuando esos proyectos de largo alcance se
completan, la alegría y la satisfacción de haber logrado las metas
propuestas se manifiestan por doquiera.
Algo
semejante podemos ver en la planificación que la Deidad hizo para
traer la salvación a este mundo. Pero en lugar de hacer contar los
segundos con los dígitos de una mano, el Dios del cielo se anticipó
en más de dos milenios al evento que debía vindicar el reino divino
en su santuario celestial (2300 días-años: Daniel 8:14), y en casi
medio milenio al evento que debía inaugurar ese santuario. Todo se
cumplió, sin embargo, de acuerdo a un plan más vasto y más extenso
que Dios había trazado desde “antes de la fundación del mundo, pero
revelado en estos postreros tiempos por amor a” nosotros (1 Pedro
1:20).
Lo
que no entendía Daniel
Daniel se enfermó tratando de entender la profecía del capítulo 8.
Esa profecía lo dejó “espantado”, en especial la parte que tenía que
ver con la fecha y, en relación con ella, el papel que le tocaba
cumplir a su pueblo (véase Daniel 8:27). En lugar de explicársela,
el ángel Gabriel le dio la indicación de guardarla, porque era para
un futuro muy distante, para “muchos días”-años (versículo 26), esto
es, 2300 años (versículo 14).
¿Qué
es lo que no entendía Daniel? Las fechas exactas que involucraban la
pregunta de Daniel 8:13. La pregunta del ángel que se apareció al
concluir la visión fue: “¿Hasta cuando [será] la visión (hazôn),
[hasta cuándo] el continuo (tamîd), [hasta cuándo]...”, etc.?
Muchas versiones modernas traducen incorrectamente “la visión del
continuo”, buscando relacionar la visión con la obra del rey
seléucida Antíoco Epífanes. Para ello se atreven a corregir el texto
hebreo de Daniel, ya que esos dos nombres o sustantivos tienen un
artículo cada uno, hahazôn hatamîd, lo que hace
imposible una construcción genitiva. El profeta supo que el largo
período de la visión —dentro del cual y en su parte final se
pisotearía el santuario y al pueblo de Dios— debía comenzar en algún
punto del reino persa que correspondía a la primera parte de la
visión (Daniel 8:13; cf. versículo 2: hazôn, “visión”). Pero
no sabía cuánto tiempo se extendería el reino medo-persa ni en qué
momento de ese reino debía comenzar el largo tiempo de descuento de
más de dos milenios de duración.
En
efecto, el pasaje que deja perplejo a Daniel, más que ningún otro,
tiene que ver con el ultraje que recibe el gobierno divino en manos
de un reino impostor y opresor, y el tiempo lejano en que ese
ultraje con tan nefastas consecuencias para el pueblo de Dios se
revertirá (Daniel 8:13-14). En esa época, el santuario del nuevo
pacto sería purificado, vindicado, y su pueblo recibiría el reino
eterno (Daniel 7:22, 26-27). Si ese santuario iba a ser purificado y
vindicado en tiempos tan lejanos, era obvio que debía ser precedido
por una inauguración, de la que nada se le dice en la visión del
capítulo 8.
Todo
santuario debe ser primero inaugurado, algo que en la historia de
Israel se dio primero bajo Moisés en lo referente al Tabernáculo del
Testimonio, y luego bajo Salomón en relación con su templo estable
en Jerusalén. No se ungía el santuario cada año, ni tampoco luego
que sus servicios se interrumpían (el “continuo”), por algunos años,
como sucedió algunas veces en el templo de Salomón en épocas de más
profunda apostasía y paganización del pueblo (2 Crónicas 28:24;
29:3,6-7). Así, el tabernáculo del testimonio duró en operación
cerca de medio milenio, y el templo de Salomón por otro período de
tiempo semejante, terminando en el fracaso porque la gloria de Dios
finalmente se retiró, y el templo quedó a merced del reino opresor
que lo destruyó.
Cuando Daniel recibió la visión, ninguno de esos dos santuarios
existía. El templo de Salomón yacía en ruinas, y el arca había
desaparecido. Se le muestra a Daniel entonces los imperios
medo-persa, griego y romano (“el cuerno”). Luego ve un príncipe
celestial que lleva a cabo un tamîd o “continuo” ministerio
sacerdotal, y que un poder suplantador (“el cuerno”), busca
arrebatarle desde la tierra. Para Daniel, es obvio que se trata de
un nuevo templo. ¿Cuándo sería inaugurado el santuario en el que ese
príncipe celestial ejerce su ministerio sacerdotal? ¿Qué relación
tendría ese santuario con el que Daniel esperaba volver a ver
levantado otra vez en Jerusalén con el retorno de los cautivos?
¿Duraría ese santuario y ministerio 2300 años en operación? Ve que
ese templo no termina en fracaso, sino que “en el tiempo del fin” es
vindicado. Pero, ¿cuánto tiempo pasaría tal templo siendo ultrajado
por otro reino blasfemo y opresor, soportando la rebelión
desoladora? (Daniel 8:11-13). ¿Por el mismo tiempo en que los
“santos del Altísimo” son perseguidos y vencidos? (Daniel 7:25). [No
es sino al final del libro que se le da respuesta más definida a
este último punto (Daniel 12:11)].
Finalmente cae Babilonia y se instaura en esa ciudad el reino
medo-persa. Daniel recuerda la profecía de Jeremías que anunciaba el
retorno de la cautividad babilónica para 70 años después (Daniel
9:2). Si los cautivos regresaban a la tierra prometida, iba a ser
para reconstruir el templo y su ciudad. ¿Tendría el comienzo de los
2300 años algo que ver con la inauguración de ese templo que
finalmente sería purificado y vindicado a escala universal “en el
tiempo del fin”, antes de recibir “los santos del Altísimo” el reino
eterno? (véase Daniel 7:22,26-27). Si eso fuese así, entonces la
reconstrucción e inauguración del templo y de la ciudad de Jerusalén
podría darse pronto, y podrían conocerse las fechas exactas en que
los dos eventos más sobresalientes del templo del nuevo pacto
tendrían lugar, a saber, su inauguración y su purificación final a
escala cósmica.
Daniel se aflige porque sabe que la mayoría de los judíos había
logrado superar su estado inferior inicial de cautividad, y le iba
bien en los negocios allí en Babilonia. Aparecen nombres judíos
inscritos en la antigua ciudad de Babilonia, lo que muestra que
muchos prefirieron quedarse allí, no regresar a la tierra de la que
habían salido. Cuanto menos cautivos regresasen —podía razonar
Daniel— más iría a tardarse la reconstrucción e inauguración del
templo de Jerusalén que para entonces yacía en ruinas. ¿Se airaría
Dios otra vez con su pueblo como se airó al decidir retirarse del
templo de Salomón y entregarlo en manos enemigas? ¿Cuánto tiempo
iban a tener que esperar hasta que pudiesen gozar otra vez de
independencia y vivir en paz, con el pacto renovado, y con Dios
habitando en su medio?
Es
obvio que Daniel se pregunta, además, cómo iba a vincularse el
templo que los cautivos debían reconstruir en Jerusalén con ese
templo en el que el príncipe del santuario celestial ejerce su
“continuo” ministerio sacerdotal. ¿Tan brutalmente sería perseguido
su pueblo y por tan largo tiempo, así como el santuario divino, por
un poder blasfemo y destructor? ¿Cómo lograría subsistir tal templo
ante semejante invasión enemiga, hasta el día en que fuese
definitiva y eternamente vindicado?
Muy
amado por todo el cielo
La
indicación del ángel de guardar la profecía de los 2300 días-años no
detuvo a Daniel en su esfuerzo por entender la visión. Tampoco el
cielo vio mal que, a pesar del consejo divino, Daniel continuase
esforzándose por entenderla. Por el contrario, cuando el ángel
Gabriel vino de nuevo unos años después, mientras Daniel repasaba la
profecía de los 70 años de cautividad anunciados por Jeremías y
confesaba las faltas de su pueblo, lo alentó (felicitó) de parte del
cielo por ese interés, diciéndole que en el cielo era “muy amado”
(Daniel 9:22-23).
Algunos han argumentado que en las visiones de Daniel el pueblo de
Dios no es condenado y que, por consiguiente, los únicos pecados a
los que hacen referencia sus visiones tienen que ver con los del
poder opresor. Las súplicas de Daniel en el capítulo 9 y el
testimonio de todos los profetas del cautiverio muestran que eso no
es tan así (véase Daniel 11:30-32; Miqueas 7:8-10; Zacarías 3:1-7,
etc.). Es cierto que los autores bíblicos reconocen que las
desgracias provienen del imperio opresor y claman por su
vindicación. Pero todos admiten también que ante Dios nadie puede
considerarse digno de ninguna justicia. Lo único que les queda por
hacer es reclamar la misericordia divina basándose en su pacto de
amor y misericordia, bajo arrepentimiento y confesión de pecados de
su pueblo (Jeremías 14:20-21). La vindicación divina sobre su pueblo
nunca proviene de las justicias propias de ese pueblo, sino de la
“justicia perdurable” que Dios le confiere y que el ángel Gabriel va
a revelarle de parte del cielo a Daniel en la siguiente visión, la
de las setenta semanas (Daniel 9:24).
Llama
la atención que Daniel se identifique con el pecado de su pueblo, y
pida perdón aunque él no hubiese participado en forma abierta de su
apostasía (Daniel 9:5ss). Daniel no hizo con ello sino lo mismo que
otros hombres de Dios en la Biblia, más específicamente Esdras algo
después de Daniel (Esdras 9). Aunque los profetas reprenden el
pecado de su pueblo con valor y osadía, a la hora de tener que
suplicar el perdón divino se identifican con él.
Este
es un modelo digno de imitar por todos nosotros al momento de
considerar los pecados del pueblo de Dios hoy. En lugar de acusar
ante Dios al pueblo que el Señor ha levantado para advertir al mundo
su pronta destrucción, harían mejor los de ánimo presto en clamar a
Dios por misericordia y perdón, identificándose de tal manera con la
misión de ese pueblo, que sus pecados los presenten como suyos.
Obrar diferente delante de Dios sería transformarse torpemente en
“acusador de los hermanos” (Apocalipsis 12:10).
El
ángel vino “a la hora del sacrificio de la tarde”. ¿Por qué? ¿No
estaba acaso destruido el templo de Jerusalén? ¿No se habían
interrumpido los sacrificios regulares ya desde hacía muchos años?
Es evidente que Daniel confía en la intercesión celestial que no
cesa, aunque los sacrificios terrenales no puedan continuar
ofreciéndose. Más que en la intercesión terrenal que no se da por no
haber hijos de Aarón oficiando durante esa época en Jerusalén,
Daniel confía en la ministración celestial que se lleva a cabo en
virtud del futuro sacrificio que el Príncipe celestial ofrecería por
su pueblo, ratificando las antiguas ofrendas que lo representaban.
Aunque los antiguos no entendieron todo lo referente a la obra
futura del Mesías prometido, adoraron a Dios confiando en su venida
para dar inicio a esa justicia perdurable, y confiaron también en la
promesa divina de consumar finalmente su obra de redención (véase
Lucas 10:24; Juan 8:56; Hebreos 3:5; 8:5; 11:39-40).
Esdras también se dirigió al Señor años después, “a la hora del
sacrificio de la tarde”, en gran “aflicción” porque la
reconstrucción de la ciudad se estaba demorando. También pidió a
Dios perdón por su pueblo vinculándose con sus pecados en términos
semejantes a los de Daniel. Y Dios lo bendijo al conducir a su
pueblo al arrepentimiento y a una reforma cabal que permitió
completar la reconstrucción de las murallas de Jerusalén (Esdras 9:5
y subsiguientes).
Recordemos, además, que Daniel había sido honrado por la corte
babilónica primero (Daniel 2:48; 5:29), y luego por la persa una vez
que fue tomada la ciudad de Babilonia (Daniel 6:28). El profeta
podía conformarse con terminar sus días en esa ciudad junto con
tantos otros judíos que decidieron no volver. Pero a pesar de lo
bien que le iba en la corte babilónica del reino medo-persa, Daniel
nunca dejó de soñar con aquella tierra lejana, y miraba con ansias
el día de su restauración.
Por
esta razón, cuando el ángel viene a revelarle el mensaje profético
divino, lo alienta y le dice que en el cielo él es muy querido por
todos. Lejos de desprenderse de su pueblo y de conservar amarguras
por haber tenido que sufrir tanto por la infidelidad de los hijos de
Judá, Daniel prefiere identificarse con su pueblo hasta el final, y
el cielo aprecia esa disposición. Daniel cuenta que el ángel lo
instruyó y le dijo: “‘Daniel, ahora he venido para darte sabiduría y
entendimiento. Tan pronto como empezaste a orar, fue dada la
respuesta, y yo he venido a enseñártela, porque tú eres muy amado.
Entiende, pues, la palabra, y entiende la visión [mar’eh]’” (Daniel
9:22-23).
Conviene recordar aquí que el último libro del Apocalipsis anuncia
una bendición especial para todo aquel que manifieste interés en
leer y entender las profecías contenidas en ese libro. Todo el cielo
está esperando que aquellos a quienes Dios hace depositarios de su
Palabra se interesen no sólo en conocerla, sino también en
expandirla. “¡Dichoso el que lee las palabras de esta profecía, y
dichosos los que la oyen, y guardan lo que está escrito en ella,
porque el tiempo está cerca!” (Apocalipsis 1:3).
Así
también hoy se encuentra cada vez más apatía por las profecías
relativas al fin, aún entre el mismo pueblo al que Dios levantó para
dar el último mensaje de amonestación al mundo. Muchos ministros y
pastores prefieren quedarse con los “rudimentos” del evangelio,
ofreciendo únicamente “leche” y no “alimento sólido” (Hebreos 5:12).
Los que de entre ellos despierten, sin embargo, y den el mensaje
profético de la hora, descubrirán que son muy amados por el cielo, y
recibirán nueva vida de lo alto para proclamar el mensaje final de
Dios.
Luz
del cielo para que Daniel pueda entender algo más
Siendo que la preocupación de Daniel se centra en la liberación y
regreso de los cautivos de su pueblo, y la reconstrucción de su
templo y de su ciudad (Dan 9:16-19), el mismo ángel, Gabriel, quien
le había explicado la visión del capítulo 8, viene ahora a
explicarle la parte de esa larga profecía de 2300 años que tiene que
ver con el pueblo judío. Para tranquilidad de Daniel, el ángel
confirma lo que Daniel investigó en el Pentateuco (la ley de Moisés:
Daniel 9:11-13) y en los Profetas (en especial el libro de Jeremías:
Daniel 9:2). Dios tendría misericordia y haría volver a los cautivos
en el tiempo previsto. Pero —sin duda para sorpresa de Daniel—aunque
la reconstrucción del templo y de la ciudad ciertamente tendrían
lugar con el regreso de los cautivos, la inauguración del nuevo
templo que finalmente sería vindicado según la profecía anterior
(Daniel 8), no tendría lugar hasta que viniese el Mesías prometido,
casi medio milenio más tarde (Daniel 9.24-27).
Siendo que la inauguración y vindicación finales del santuario del
príncipe celestial tendrían que ver con el santuario del cielo, el
ángel no menciona una inauguración inminente del templo terrenal con
el que soñaba Daniel, sino simplemente la reconstrucción de la
ciudad que presupone, por supuesto, la reconstrucción de su templo y
su inauguración. Los reyes medo-persas darían una orden para
reconstruir la ciudad (Daniel 9:25), dando inicio al largo período
de 2300 años, luego de lo cual el templo de Dios sería definitiva y
eternamente vindicado. Pero con respecto a la inauguración del
santuario que le reveló en la visión anterior, el ángel es claro al
proyectarla para prácticamente medio milenio más tarde, en la última
semana de años de un cronograma profético que abarcaría exactamente
490 años.
El
otro aspecto de la visión que preocupaba a Daniel tenía que ver con
el pisoteamiento del templo del nuevo pacto (cf. Daniel 8:11-13).
Gabriel le dice que esa abominación espantosa se cumpliría luego que
se completasen las 70 semanas o 490 años cortadas/determinadas para
su pueblo (Daniel 9:26-27). En otras palabras, la desolación y
pisoteamiento del santuario de parte del anticristo descritos en la
visión de Daniel 8 no tendrían lugar antes de la venida del Mesías.
Por tal razón, cuando medio milenio más tarde vino el Mesías,
anticipó que “la abominación desoladora” tendría lugar en el futuro,
no en el pasado seléucida-macabeo como lo pretenden tantos
intérpretes escépticos modernos (Mateo 24:15), es decir, no antes de
la inauguración del nuevo templo que Dios quiere revelarle a
Daniel.
Llama
la atención el hecho de que Daniel usa para la conclusión de las 70
semanas, por única vez, el término “abominaciones” en plural.
Basándose en ese hecho, al interpretar las profecías de Daniel
acerca de la “abominación espantosa” que se impondría en medio del
pueblo de nuevo pacto, Jesús dijo “el que lee, entienda” (Mateo
24:15). Con esto daba a entender que la desolación del templo de
Jerusalén por parte de los césares romanos precedería a la
“abominación asoladora” de los papas romanos, y cuyo período
específico estaría marcado por 1290 días-años (Daniel 12:11).
Así
como habría un “continuo” ministerio sacerdotal que el príncipe
celestial llevaría a cabo en el lugar santo del santuario del nuevo
pacto, el del cielo, lo que requería su purificación final en el
lugar santísimo al cabo de los 2300 años o “tiempo del fin”; así
también presuponía ese hecho una inauguración de ese santuario.
¿Quién lo inauguraría? ¿Moisés? ¿Salomón? No, el “Cristo” o “Mesías”
o “Ungido” prometido que vendría con ese fin. De hecho, se
reconstruyó el templo de Jerusalén en los días finales de Daniel,
pero no se encontró el arca ni las tablas de la ley, por lo cual la
gloria de Dios no descendió sobre él. Todos fueron llevados a mirar
hacia adelante, hacia el tiempo en que ese príncipe celestial
vendría y con él, la gloria prometida para su confirmación celestial
(véase Juan 1:14).
En
los días del Mesías prometido sus discípulos no podían separar—como
parece haber sido el caso también de Daniel—“la restauración de
Israel” de la nación judía y de la antigua ciudad de Jerusalén
(Hechos 1:8). Les llevó más tiempo captar que el santuario que el
Hijo de Dios vino a inaugurar no fue el de Jerusalén que, por el
contrario y conforme a lo anunciado por Daniel, pasaría a ser
asolado otra vez. El santuario que debía ser inaugurado era el del
cielo, a donde el príncipe celestial prometido ascendió para
interceder por sus seguidores en la tierra (Hebreos 8:1-2). Y es ese
mismo santuario, el del cielo, el que debía ser vindicado
eternamente y para siempre al concluir los 2300 años (Daniel 8:14).
Resumiendo, medio milenio casi se extendió el ministerio efectuado
en el Tabernáculo del Testimonio inaugurado por Moisés. Casi otro
medio milenio duró en operación el Templo de Salomón después que fue
inaugurado conforme a la ley mosaica, y a pesar que en su momento
fueron interrumpidos sus servicios por varios años. El templo de
Zorobabel que reconstruyeron los cautivos también duró alrededor de
medio milenio (la corta interrupción de sus servicios en la época
macabea no cuentan para nada en la revelación divina). Ese templo
con el que soñaba Daniel perdió su validez delante del cielo al dar
el pueblo del pacto muerte al Mesías Príncipe prometido. Más de un
milenio y medio, 18 siglos, estaría en operación el templo celestial
que ungió e inauguró el Redentor de Israel anunciado, hasta que ese
ministerio “continuo” intercesor cediese su lugar al del juicio
final en el lugar santísimo. Esta vez, sin embargo, se trataba de un
santuario y de un ministerio definitivo que sería capaz de poner fin
al pecado (sin necesidad de repetir en forma cíclica o anual, como
en los templos antiguos, la intercesión sacerdotal: Hebreos
9:24-28).
Las
70 semanas de años
“Setenta semanas están cortadas para tu pueblo y tu santa ciudad”
(Daniel 9:24). El término hatak, “cortar”, que aparece por
única vez aquí en la Biblia, se usó siempre en el mundo antiguo con
el sentido de “cortar”. No fue sino entre los judíos del medioevo,
un milenio y medio después, que se extendió su significado al de
“determinar”. El hecho de que se lo use en este pasaje, refuerza la
idea de un período (70 semanas), que se extrae de otro más extenso
(2.300 días), y que se asigna al pueblo de Daniel.
Este
hecho muestra, al mismo tiempo, una característica definida de las
profecías apocalípticas fechadas. No dependen de la fidelidad del
pueblo de Dios para su cumplimiento, como otras profecías no
apocalípticas que fueron condicionales. Según se anticipa en el
cronograma profético de Daniel, el pueblo judío sería infiel y
rechazaría al Mesías, causando su muerte (Daniel 9:26: “el pueblo de
un príncipe que ha de venir” o “Mesías Príncipe” cf. versículo 25,
por su rechazo al Mesías sería el verdadero causante de la
destrucción “de la ciudad y del santuario”). Esa infidelidad no
anularía lo determinado, sino por el contrario, lo confirmaría.
También hay que afirmar que a lo largo de todos los siglos hasta
hoy, intérpretes de todos los credos judíos y cristianos entendieron
esta profecía como 70 semanas de años, es decir, como una referencia
a 490 años literales.
¿Qué
ocurriría en la última parte de las 70 semanas?
Al
concluir ese lapso menor de tiempo (490 años) otorgado al pueblo
judío, se daría un golpe decisivo a la rebelión y al pecado, y se
haría la expiación de la iniquidad, pues se revelaría “la justicia
de los siglos”. “Setenta semanas están cortadas para tu pueblo y tu
santa ciudad, para acabar la rebelión, poner fin al pecado, expiar
la iniquidad, traer la justicia de los siglos, sellar la visión y la
profecía, y ungir el lugar santísimo” (Daniel 9:24).
“Acabar la rebelión, poner fin al pecado, expiar la iniquidad”
Este
anuncio profético de Daniel está tomado no sólo de los rituales
figurativos antiguos, sino también, y más específicamente, del
anuncio de Isaías acerca del Siervo del Eterno que moriría como un
Cordero por las rebeliones, pecados e iniquidades de su pueblo. Los
mismos términos, “rebelión”, “pecado” e “iniquidad”, son empleados
en ambos pasajes. “Pero él fue herido por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados... El Señor cargó sobre él el pecado de
todos nosotros... Por la rebelión de mi pueblo le dieron muerte...
Con su conocimiento mi Siervo justo justificará a muchos, y llevará
las iniquidades de ellos... El llevó el pecado de muchos, y oró por
los transgresores” (Isaías 53:5-6, 8, 11-12).
“Traer la justicia de los siglos”.
Según
Isaías, la justicia perdurable sería traída por el Siervo Justo del
Señor, quien justificaría a muchos pecadores, dando su vida en
expiación por ellos (Isaías 53:10-11). El profeta Jeremías,
contemporáneo de Daniel en su primera parte, anunció que al Mesías
prometido que vendría de ese “Renuevo” de la descendencia de David,
llamarían “El Señor, justicia nuestra” (Jeremías 33:16; cf. Isaías
53:2). Esto se cumplió admirablemente en Cristo Jesús, cuando Dios
envió a su Hijo que nació de una mujer descendiente de David. “Al
que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que
nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21;
véase Romanos 3:21-26; 5:1).
“Sellar la visión y la profecía” [literalmente “el profeta”].
Al
concluirse las 70 semanas simbólicas o 490 años literales, la visión
que preocupaba a Daniel de los 2300 años sería sellada, es decir,
asegurada o confirmada por el cumplimiento inicial. Una vez cumplida
esa profecía no podría ser removida ni cambiada. Este es el
significado del sello que sería puesto sobre la profecía, según lo
vemos en otro pasaje del mismo libro de Daniel. Al ser arrojado al
foso de los leones, se trajo “una piedra, y puesta sobre la entrada
del foso, el rey la selló con el anillo de sus príncipes, para que
no se cambiase el acuerdo acerca de Daniel” (Daniel 6:17).
Esto
ocurrió cuando Esteban se dirigió al pueblo de Israel de la misma
manera en que lo habían hecho los profetas en lo pasado. Como
mensajero del tribunal celestial, Esteban fue el último en dirigirse
al pueblo judío como pueblo escogido especialmente por Dios. Hizo
ver a su pueblo que Moisés anunció la venida de un profeta que, en
relación con su confirmación del pacto divino, sería equivalente a
Moisés (Hechos 7:37).
Al
apedrear a Esteban con furia infernal, la nación judía silenció la
voz profética que desde antaño se había dirigido al pueblo del
antiguo pacto. Desde entonces, nunca más Dios se dirigiría a esa
nación mediante un mensajero suyo. En su lugar, el Señor se
dirigiría de allí en adelante a la iglesia, formada por judíos y
gentiles que se convirtiesen al Señor. Felipe es llamado entonces a
predicar en Samaria y bautiza a un etíope. Pablo recibe la misión de
ser apóstol de los gentiles (Hechos 9). Todo esto ocurrió en el año
34 d.C. Si la primera parte de la larga profecía de 2.300 años fue
cumplida en las 70 semanas iniciales, también lo sería su
culminación.
“Ungir el lugar santísimo”
Hace
unos años atrás, un profesor colega en Colombia reaccionó en contra
de mi comprensión del término kodes kodasim como
significando, literalmente, “santísimo”, en referencia al “lugar
santísimo” del santuario prefigurativo de Israel. Basado en la
traducción tradicional de Reina Valera, le parecía que el ungimiento
del “Santo de los santos” debía referirse a Cristo en ocasión de su
bautismo. Según mi colega, así lo habría entendido también Elena de
White, y se entendió así durante mucho tiempo aún antes que ella y
fuera de nuestra Iglesia.
Siendo que yo contaba para ese entonces con un CD de todos los
escritos publicados de Elena de White, busqué las veces en que esta
autora hizo referencia a esa profecía de Daniel. Pude confirmar que,
efectivamente, esa autora se refirió al bautismo de Jesús como
cumplimiento de la profecía de Daniel 9. Pero, para mi sorpresa,
descubrí también que ella nunca citó la expresión mal traducida por
“Santo de los santos” para referirse al bautismo de Jesús, sino la
palabra “Mesías” que aparece en el siguiente versículo, y que
significa literalmente “Ungido”. ¡Quedé impresionado al ver—como
tantas otras veces en referencia a otros pasajes—que aunque esta
autora no conocía el hebreo, no cometió el error que tanta gente ha
hecho al interpretar esa expresión como una referencia al Hijo de
Dios!
Es
importante resaltar aquí que el santuario no era ungido en ocasión
de su purificación final en el Día de la Expiación. Esto se hacía
una sola vez sobre el santuario, al ser inaugurado (Éxodo 30:26-30).
De manera que la profecía de las 70 semanas de años debía desembocar
en la inauguración del santuario anunciado. Si el nuevo templo, el
del cielo en donde ministraría su tamîd sacerdotal el
“Príncipe del Ejército” (Daniel 8:11) o “Príncipe de los príncipes”
(versículo 25), iba a ser inaugurado en la última semana de años de
las 70 indicadas en esa profecía, era obvio que debía esperarse el
día final en que fuese purificado, como lo prefiguraba el antiguo
ritual del Día de la Expiación. La profecía de los 2.300 días-años,
justamente, no concluye con la inauguración de ese templo, sino con
su purificación “en el tiempo del fin”.
En
nuestro segundo seminario, titulado Los Cumplimientos Gloriosos del
Santuario, abordamos en detalle en la segunda lección, la
correspondencia entre ese ungimiento inaugural terrenal y el
ungimiento inaugural del santuario celestial. Eso está claro en los
Evangelios y en el Nuevo Testamento en general. Cuando Daniel habla
de ese futuro santuario, se refiere al santuario del Nuevo Pacto, el
celestial, puesto que menciona al “Príncipe” que será ungido y que
moriría en expiación por el pecado (Daniel 9:25). Ningún príncipe
vino a Israel que cumpliese con esa profecía en los días de Daniel,
ni tampoco a lo largo de los siglos, antes que llegase “la justicia
perdurable” en la persona de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Y esto
ocurrió en la última semana de las 70 que estamos estudiando. Todo
lo que ocurriría en esa semana, estaría ligado a la inauguración del
templo celestial.
“El
Mesías Príncipe” (Daniel 9:25)
Aunque Daniel menciona específicamente el ungimiento del lugar
santísimo del templo celestial (Daniel 9:24), por esa expresión
abarca todo el santuario, ya que cuando se lo inauguraba en la
tierra, todas las puertas del templo se abrían y se ungían también
los otros muebles (Éxodo 30:26-30). Además de ungirse los muebles,
se ungía en esa oportunidad también al sacerdocio (Éxodo 29:7-9,
21). Pablo entendió lo mismo cuando explicó a sus congéneres de raza
la manera en que todo el ritual del antiguo templo se cumplía en el
nuevo mediante el ministerio de Cristo (Hebreos 8:1-2). Del
ungimiento del príncipe que vino conforme a lo anunciado, registró
lo siguiente: “Al Hijo le dice: ‘Tu trono, oh Dios, es eterno y para
siempre; cetro de equidad el cetro de tu reino. Amaste la justicia,
y aborreciste la maldad. Por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de
alegría más que a tus compañeros” (Hebreos 1:8-9).
Conclusión
Aunque los judíos hubiesen estado ofreciendo sacrificios en
expiación por el pecado, Daniel admitió que la justicia perdurable
no había llegado aún en sus días. Esa expiación, esa justicia o
perdón obtenidos, debían ser ratificados o hechos válidos por la
justicia que traería el Príncipe del Pacto al llegar la última
semana anual decisiva (Daniel 9:27). Sólo entonces la justicia
buscada por los antiguos creyentes tendría validez eterna (véase
Hebreos 11:39-40).
Daniel y su pueblo aún cautivo en Babilonia podían entender mejor el
valor de las realidades celestiales, pues no contaban más con los
sacrificios del templo terrenal que yacía en ruinas en la antigua
Jerusalén. Más allá de esas ruinas, bien podían continuar mirando
hacia esa ciudad y hacia ese templo del futuro (Dan 6:10); bien
podían continuar orando especialmente en las horas en que solían
ofrecerse los sacrificios regulares (Daniel 9:21). ¿Qué es lo que
daban a entender al orar así? Que no miraban pura y simplemente al
momento presente, sino hacia adelante, hacia su restauración y, más
allá aún, a su cumplimiento final y definitivo en el Mesías que el
Señor había prometido.
Por
esa razón, el apóstol Pablo concluyó que “la sangre de los toros y
los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4).
“Esos presentes y sacrificios no pueden limpiar la conciencia del
adorador”, ya que eran sólo un “símbolo para el tiempo actual”,
“impuestos hasta el tiempo de la renovación” o cumplimiento (Hebreos
9:9-10). Los antiguos obtenían su perdón y purificación únicamente
en la medida en que mirasen, más allá de esos ritos, al Cordero de
Dios que quitaría los pecados del mundo (Juan 1:29).
Querido amigo o amiga que lees estas páginas, hoy no necesitamos
tampoco mirar a los sacrificios del pasado. Nuestra redención ya se
cumplió al morir el Hijo de Dios como un Cordero sin mancha ni
contaminación en nuestro lugar. ¿Quieres mirar al Cordero de Dios y
apropiarte así, por la fe, de esa “justicia perdurable” que nos da
vida eterna? |