| |
| |
|
El
Mensaje a Laodicea |
| |
|
| |
Por:
Héctor A. Delgado |
| |
|
| |
Introducción
ESTUDIAREMOS EL MENSAJE de Cristo al ángel de la iglesia de Laodicea
por separado. Este mensaje se aplica a todos los que dicen ser
cristianos,
pero con fuerza especial, representa la condición espiritual del
pueblo de Dios desde 1844 hasta el fin mismo del tiempo.
También este mensaje tiene su aplicación en la experiencia personal
de cada creyente.
Como podremos ver, el contendió de este mensaje es de vital
importancia para cada hijo de Dios que vive en este tiempo. El
desafío es entonces, comprenderlo cabalmente en todas sus
dimensiones, y evitar por todos los medios posibles ser coparticipe
del estado de tibieza e indiferencia espiritual que deshonra a
Cristo y le niega el derecho de recibir la recompensa de su supremo
sacrificio: un pueblo preparado para la eternidad.
De la iglesia de Laodicea se observa “que tiene la triste distinción
de ser la única iglesia con respecto a la cual el Cristo resucitado
no puede decir nada positivo”.
Otros hacen una observación igualmente negativa al decir que la
condenación de Laodicea es “absoluta y total” en cuanto a la
reprensión aunque no a su destino final. “El Señor no puede
encontrar en [ella] ni siquiera un remanente como lo hizo en Sardis,
la iglesia a punto de morir”.
¿Es posible encontrar una cura para la enfermedad espiritual de
Laodicea? ¿Existe un remanente que haga su aparición en medio de la
crisis? Esto lo veremos en el desarrollo del estudio de este
relevante mensaje.
En la Biblia encontramos evidencias de que la carta del apóstol
Pablo a los Colosenses también fue enviada a la iglesia de Laodicea
(Col. 2:1, cuatro veces se refiere Pablo en esta carta a los
laodicenses). Los colosenses reciben instrucción para que
intercambien su carta con los cristianos de Laodicea. La carta que
le escribió a los laodicenses desgraciadamente se ha perdido (Col.
4:16). Según Col. 4:17 Pablo amonestó a “Arquipo”, posiblemente el
pastor de la iglesia de Laodicea, para que considerara (“cumpla” NRV
2000) seriamente el “ministerio que recibió del Señor”. Hay quienes
ven en esta declaración del Apóstol “un severo reproche” al pastor
local y siguiere que ya hacía años (unos 30) que “la infección” se
había instalado en la iglesia de Laodicea, y que un pastor indigno
con “un ministerio insatisfactorio habían sembrado la semilla de la
degeneración”.
Esto hacía que el mensaje de Cristo a esta languideciente iglesia
fuera más urgente y oportuno.
El nombre Laodicea significa “juicio del pueblo”, “vindicación del
pueblo” o “pueblo justo”. Laodicea, es, pues, la iglesia que vive
bajo el período del juicio. En su aplicación histórica el
significado de este nombre revela la realidad de la evaluación del
Señor a sus profesos seguidores. El les advierte con precisión y
severidad la realidad de su experiencia, y los exhorta con la
necesidad de un cambio urgente, o serán confrontados con el juicio
divino. Como pueblo juzgado debe aceptar la evaluación de su Señor
para que pueda llegar a ser un pueblo justo y vindicado. Por otro
lado, en su aplicación profética el significado primario del nombre
(“juicio del pueblo”, “vindicación del pueblo”) “revela la realidad
del tiempo escatológico bajo el cual le ha tocado a vivir a los
santos que componen este período eclesiástico, mientras que el
significado último puede entenderse en el contexto del resultado de
la obra de ‘vindicación’ y ‘juicio’ divino a ‘favor de los santos
del Altísimo’ (Dan. 7:22, VRV 2000)”.
Escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el
Testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice
esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá
fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni
caliente, te vomitaré de mi boca (cap. 3:14-16).
He aquí el Amén
Como a todas las demás iglesias, Cristo también se dirige
a Laodicea con títulos peculiares y distintos a todos los demás
(observe en el siguiente recuadro una lista de los títulos con los
que Cristo se presenta a cada congregación). Estos títulos, como ya
hemos enfocado, tienen directa relación con las problemáticas
particulares de cada iglesia. El primer calificativo con el que
Cristo se presenta a Laodicea es “el Amén”. La palabra griega amén
proviene del hebreo ‘amen que significa “seguro”, “firme”,
“establecido”. Y por lo tanto “fiel”, “digno de confianza” (cf. Deut.
7:9), recalcando así la idea de una confiabilidad total. Cristo
usaba frecuentemente la frase “de cierto, de cierto”. Esto
significaba una respuesta enfática de lo que una persona expresaba
(1 Cor. 14:16). Con este mismo sentido se usaba en el Antiguo
Testamento (Deut. 27:15-16, Núm. 5:22). “El Amén”, como Juan lo usa
aquí es una reminiscencia de Isa. 65:16 donde encontramos la
expresión “Dios del Amén” (BJ).
|
Congregación
|
|
Títulos de Cristo
|
|
|
|
|
|
Éfeso
|
|
“El que tiene (literalmente ‘sujeta’ o ‘retiene’) las siete
estrellas, y anda entre los siete candeleros de oro dice”.
|
|
|
|
|
|
Esmirna
|
|
"El Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió,
dice”.
|
|
|
|
|
|
Pérgamo
|
|
"El que tiene la espada aguda de dos filos, dice”.
|
|
|
|
|
|
Tiatira
|
|
"El Hijo de Dios, que tiene ojos como llama de fuego, y pies
semejantes al bronce bruñido, dice”.
|
|
|
|
|
|
Sardis
|
|
"El que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete
estrellas, dice”.
|
|
|
|
|
|
Filadelfia
|
|
"Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de
David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre”.
|
|
|
|
|
|
Laodicea
|
|
"Así dice el Amén, el Testigo fiel y verdadero, el principio
(origen) de la creación de Dios”.
|
“El Amén” es usado por Juan como nombre para Cristo, para resaltar
la veracidad de sus palabras porque Él es digno de confianza. Es
otra manera de expresar que el mensaje que hablará al ángel de la
iglesia de Laodicea lleva la autoridad y la fidelidad de Dios. Por
lo tanto, desde su mismo comienzo este mensaje denota suprema
importancia.
“Testigo fiel y verdadero”
Este título también se aplica a Cristo en Apoc. 11:19. En el cap.
1:5 aparece junto a la designación “primogénito de los muertos y de
los reyes de la tierra“. En el Antiguo Testamento, los judíos, en el
tiempo del profeta Jeremías, proclamaron a Jehovah Dios como
“testigo veraz y fiel” (Jer. 42:5, NRV 2000). En el libro de
Apocalipsis, este título se le atribuye también a los fieles
seguidores de la verdad, bajo la figura de “Antipas” (Apoc. 2:13).
Un incidente registrado en el evangelio de Juan resulta iluminador
para una comprensión más amplia del título “Testigo fiel y
verdadero”.
“Jesús les dijo [a los fariseos]: Yo Soy la luz del mundo. El que me
sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio de ti mismo. Tu
testimonio no es válido. Respondió Jesús: Aunque yo doy testimonio
de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y
adónde voy. Pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni adónde voy.
Vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie. Y si yo
juzgo, mi juicio es válido, porque no soy yo solo, sino yo y el
Padre que me envió. En vuestra Ley está escrito que el testimonio de
dos hombres es válido” (Juan 8:12-17).
Aunque la expresión “Testigo fiel y verdadero” no aparece citada de
forma directa en este pasaje, está implícita en las afirmaciones de
Jesús. Cuando Él dijo que era la “Luz del mundo” los fariseos
entendieron esto como un testimonio sin valor que Jesús daba sobre
sí mismo y su obra. A lo que Él le respondió: “Aunque yo doy
testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde
he venido y adónde voy”. Y un argumento convincente usado por Jesús
fue: “Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido,
porque sé de dónde he venido y adónde voy”. Note que Cristo terminó
ambas declaraciones con la siguiente admonición: “sé de dónde he
venido y adónde voy”. Y basado en las Escrituras antiguas concluyó:
“En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos hombres es
válido" (cf. Deut. 19:15). Así que, el mensaje de Cristo a la nación
judía y sus infieles dirigentes era el testimonio del Padre también.
Igualmente, el argumento del “Testigo fiel y verdadero” a la iglesia
de Laodicea, es también el mensaje del Padre. Es el testimonio de
dos, por lo tanto, un testimonio verdadero.
Es probable que cuando Juan escuchara a Cristo aplicarse el título
“Testigo fiel y verdadero”, llegara vívidamente a su mente el
incidente que acabamos de ver y que ya había registrado en su
evangelio. Como Cristo es la representación fiel y cabal del
carácter, la mente y la voluntad del Padre ante los seres humanos (cf.
Juan 1:1,14,18; 10:38), hay quienes ven en esta expresión una
alusión a su divinidad, pues sólo uno igual al Padre puede darlo a
conocer en forma plena y cabal. "Yo y el Padre una cosa somos".
“Porque agradó al Padre que en Él habitara toda plenitud”. “Porque
en Cristo Jesús habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”
(Juan 10:30; Col. 1:19; 2:9, el énfasis es nuestro).
El Principio de la Creación
Esta expresión, más que cualquiera de las anteriores ha
sido motivo de muchos desacuerdos. Algunos, al compararla con Col.
1:15 (“el primogénito de la creación”) la ven como una categórica
declaración de que Cristo es un ser creado, con un origen en el
remoto pasado de la eternidad de Dios. Pero el contenido y el
contexto del mensaje a Laodicea no permiten tal interpretación. Se
notará que el pasaje no dice “el principio de la creación por Dios”,
sino “de Dios”, que es una palabra diferente en el original. Es un
craso error elaborar doctrinas tomando pasajes aislados de las
Escrituras sin evaluarlos en su contexto inmediato y mediato.
Enterarse de que Jesús es un ser creado no beneficia en nada a los
moribundos miembros de la iglesia de Laodicea, pues sumidos como
están en la indiferencia y la apatía espiritual, ¿cuál es la ayuda
que le proporciona la declaración de que un ser creado quiere
ayudarles, cuando su solución sólo puede remediarla el Todopoderoso?
La voz griega que se traduce por “principio” (griego arjê)
puede ser correctamente traducida como “origen”. Esta palabra, en su
sentido activo, se refiere “a lo que comienza una acción, la primera
causa o motor”. “En los primeros escritos cristianos leemos que
Satanás es el arjê de la muerte; es decir: la muerte tiene su origen
en él; y que Dios es el arjê de todas las cosas; es decir: que
todas las cosas tienen en Él su origen”.
Desde esta perspectiva, arjê alude a Cristo como el originador,
fuente o motor “de la creación de Dios”. Y éste es precisamente el
testimonio unánime de las Escrituras: “Todas las cosas fueron hechas
por Él. Y nada de cuanto existe fue hecho sin Él”. “Por Él fueron
creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están
en la tierra, visibles e invisibles...; Todo fue creado por medio de
Él y para Él” (Juan 1:2; Col. 1:16, cf. Heb. 1:1). Y más aún, no
sólo creó Cristo “todas las cosas”, sino que la “sostiene... con su
poderosa Palabra” (Heb. 1:2, cf. Col. 1:17).
Partiendo entonces de estas evidencias bíblicas, “el
principio de la creación de Dios”, “el Amén” y el “Testigo fiel y
verdadero” son expresión usadas como nombres de Cristo, revelando
así diferentes aspectos y funciones de su obra y personalidad. Que
Cristo es “el principio de la creación de Dios”, es, otra manera de
llamarlo Creador y Sustentador de todas las cosas, de manera
especial de su pueblo, que habita entre los hostiles “moradores de
la tierra”.
Yo conozco tus obras
Laodicea no es una iglesia carente de obras, el problema real está
en la clase de obras que produce. No son frías ni caliente como
preferirían Cristo que fueran, sino tibias, y por lo tanto,
nauseabundas. Esta figura debió tener algún significado especial
para los cristianos laodicenses, pues, según se sabe en uno de los
lugares de interés de Laodicea, existían unas piletas de aguas
tibias que eran apreciadas por los turistas, y según se creía
poseían cualidades curativas. Pero si bien estas aguas eran
formidables para el baño, eran horriblemente desagradables al
paladar por su contenido mineral.
El equivalente de estos tres tipos de obras mencionadas por Juan en
este pasaje puede ser encontrado en los escritos paulinos. El primer
tipo son “las obras de la carne”. Pablo les habló a los corintios en
su primera carta en los siguientes términos: “Hermanos, no puedo
hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en
Cristo... porque todavía sois carnales, pues habiendo entre vosotros
celos, contiendas y disensiones, no sois carnales y andáis a lo
humano?” (1 Cor. 3:1,3). Antes de expresarle esto, en el cap.
2:14-15 les dijo: “Pero el hombre natural no percibe las cosas del
Espíritu de Dios, porque le son necedad; y no las puede entender,
porque se han de discernir espiritualmente. En cambio, el hombre
espiritual discierne todas las cosas”. Ellos estaban actuando,
mientras profesaban el cristianismo, de la misma manera que los
incrédulos, o peor que ellos debido a su profesión de fe. Por eso el
reclamo en forma de pregunta: “¿No sois carnales y andáis a lo
humano?”. Este es el resultado inevitable de las obras “frías”.
El segundo tipo de acciones a la que el Apóstol hace referencia y
que constituyen el equivalente de las obras calientes son las “obras
de fe”. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la
incircuncisión. Lo que vale es la fe que obra por el amor” (Gál.
5:6, NRV 2000, cf. 1 Tes. 1:3; Sant. 2:18,20,22). La Versión
Reina-Valera 1977 traduce la última parte de este versículo de la
siguiente manera: “La fe que actúa mediante el amor”, literalmente:
“que se reactiva por el amor”. Estas son las únicas obras agradables
a Dios, pues no están manchadas por el egoísmo natural del corazón
humano. Estas acciones justas suben como dulce aroma a la presencia
de Dios, pues son generadas por el creyente que aprecia profunda y
sinceramente el costo de la Salvación (cf. Juan 3:16; Rom. 5:6-10).
Cuando comparamos Gál. 5:6 con el cap. 6:15, y 1 Cor. 5:19 nos damos
cuenta que las obras de fe, realizadas por amor, sólo pueden ser
producidas por el individuo que ha pasado por la experiencia del
nuevo nacimiento (Juan 3:3-5; 2 Cor. 5:17; Tito 3:5). Las obras de
fe, realizadas “por amor”, son a las que Cristo se refirió como
“calientes” en Apoc. 3:15. Los privilegios espirituales que poseen
los laodicenses demandan este tipo de obras y no las que están
produciendo.
El tercer tipo de obras, las tibias, debemos ver ahora. En los
escritos de Pablo sólo nos queda un tipo de obras, y son las únicas
que podemos equiparar con las obras tibias: “Las obras de la Ley” (Gál.
2:16; Rom. 3:28, cf. Hech. 13:38-39). Esta frase “las obras de la
Ley”, literalmente, “obra de Ley” indica “origen o procedencia”. Se
refiere a las obras producidas por el individuo que impulsado por
temor al castigado o el amor a la recompensa, procura alcanzar la
norma trazada por la Ley. Pero estas motivaciones egocéntricas están
destinadas al fracaso, pues el origen de ellas es la carne y no
Cristo. En el juicio serán condenadas como “obras de iniquidad” (cf.
Mat. 7:21-23).
Justicia propia vs. Justicia de Dios
En la experiencia religiosa del apóstol Pablo anterior a su
encuentro con Cristo, tenemos una ilustración gráfica de la
inutilidad de “las obras de la Ley”. Pablo confesó que en cuanto a
confianza “en la carne” el tenía bastante y más que cualquiera.
Estas eran sus credenciales: “Circuncidado al octavo día, del linaje
de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos. En cuanto a
la Ley, fariseo. En cuanto al celo, perseguidor de la iglesia (Fil.
3:5-6). ¿Qué decir de la “justicia que es en la Ley”? Tenía de que
gloriarse también. Esperaríamos una respuesta humilde, pero esta es
la que recibimos: “En cuanto a la justicia de la Ley,
irreprensible”. Entonces, Pablo, en su vida de fariseo, ¡estaba
listo para la traslación! Eso pensaba él y todos los que como él se
empeñaban con sus propios esfuerzo por alcanzar la norma perfecta de
la Ley de Dios. Pero cuando Cristo iluminó el corazón y la mente del
Apóstol con la verdad del Evangelio, el tono de sus palabras
cambiaron radicalmente.
“Pero lo que para mí era ganancia, lo he considerado pérdida por
amor de Cristo. Y más aún, considero todas las cosas como pérdida
por el sublime valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo
perdí todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo; y ser
hallado en él, no en mi propia justicia, que viene por la Ley, sino
en la que es por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por
la fe” (vers. 7-9).
Pablo admite francamente que estaba equivocado, que vivía
atrapado en un falso evangelio, envuelto en el “trapo de inmundicia”
de su propia justicia (Isa. 64:6). Estaba lleno de todo lo que ante
los hombres le daba gloria personal y recomendación, pero estaba
desprovisto de todo lo necesario para ser considerado digno de la
vida eterna y de la verdadera justicia. Él confiesa que estuvo
tratando de asegurase la salvación sobre la base de su propia
justicia, fruto de su obediencia a la Ley sin Cristo, la verdadera
fuente de justicia. De hecho odiaba y perseguía a Cristo en la
persona de sus santos (Hech. 7:58; 8:1,3; 9:1-6, cf. Mat. 25:40,45).
Pero cuando vio a Cristo en toda su hermosura, como a su Salvador
personal, todos sus logros y su justicia propia, las consideró como
“pérdidas”, “basura” (literalmente “estiércol”).
Es importante que podamos percibir la fuerza de las siguientes
expresiones de la manera que son contrastada por el Apóstol: “Ser
hallado en él, no en mi propia justicia, que viene por la Ley, sino
en la que es por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por
la fe”.
|
Mi justicia propia que viene por la Ley
|
La justicia que viene de Dios por la fe
|
|
|
|
|
Sobre la base de la Ley
|
Sobre la base de la fe
|
No es posible reconciliar estas declaraciones. La salvación no es
“sobre la base de la Ley” (el equivalente de “justicia propia”,
“logros personales”), sino “sobre la base de la fe”. Esta es la
misma verdad que fue predicada a los cristianos de Roma: “Porque en
el Evangelio la justicia que viene de Dios se revela de fe en fe,
como está escrito: El justo vivirá por la fe (Rom. 1:17, la cursiva
es nuestra). Pero esto no significa que la verdadera justicia está
divorciada o en un área periférica a la de la Ley. ¡No! La verdadera
justicia de Dios implica perfecta conformidad con su Ley (Sal.
119:172). Los que conocen verdaderamente la justicia son aquellos en
cuyos corazones está la Ley (Isa. 51:6,7). La Ley de los Diez
Mandamientos es la “medida de la justicia de Dios. Desde que es la
Ley de Dios, y es justicia, debe ser la justicia de Dios. No hay en
verdad, ninguna otra justicia”.
La justicia de Cristo no es otra cosa que su perfecta obediencia a
la Ley de Dios en su vida terrenal (Juan 15:10). La palabra justicia
involucra una victoria que se ha alcanzado por medio de una lucha
cuerpo a cuerpo con el pecado en la carne (Rom. 8:3, cf. Apoc.
19:7-8). Por lo tanto, la “justicia de Cristo” es la misma justicia
de la Ley.
La pregunta que debe ser contestada correctamente es esta: ¿Cómo
obtiene el cristiano esta justicia? Según Pablo, el diablo ha
engañado a casi todos los creyentes durante todas la épocas para que
procuren alcanzar la justicia que le justifica delante de Dios y que
le dará entrada al reino de los cielos por medio de sus propios
esfuerzos, “sobre la base de la Ley” (Fil. 3:9, cf. Rom. 3:28; Gál.
2:16). Pero este no es el medio establecido por Dios para obtener su
justicia. Por esto, el pueblo de Dios ha fracasado miserablemente el
dar al mundo la luz correcta sobre la Justificación por la Fe. La
única forma de obtener la “justicia que viene de Dios”, la justicia
que “se revela” en el Evangelio (Rom. 1:16,17) es por medio de la fe
en Cristo. Es “sobre la base de la fe” como se logra alcanzar
completa justicia, que nos califica para el cielo ahora y en el
juicio (Fil. 3:9, cf. Hech. 13:38,39).
Ahora bien, ¿que sucede con la Ley en la experiencia de la
Justificación por la Fe, en el momento en que se recibe la justicia
como un don? Está presente y activa, pero no como el medio
justificador como en el reino legalista, sino como el elemento
testificador de la justicia. ¿Cómo así? El apóstol Pablo dice que la
justicia de Dios (que es la misma de Cristo) “imputada” al creyente
es una justicia que aunque se manifiesta “aparte de la Ley”, es
“atestiguada por la Ley” (Rom. 3:21, RVA, BJ). La Ley es quien
confirma que la justicia con la que Dios cubre y llena al individuo
es una justicia válida ante ella. La Ley “atestigua” que la justicia
de Cristo es “buena en gran manera”, que es genuina justicia, y que
en el sentido pleno de la palabra es perfecta y absoluta obediencia
a sus demandas sobre el pecador.
Los cristianos de la iglesia de Laodicea tienen que llegar a
comprender urgentemente por experiencia personal que sus obras
tibias son una forma patética y nauseabunda de justicia propia que
causa terrible pesar al Testigo fiel. “Vuestra justicia propia
produce náuseas al Señor Jesucristo”. “Muchos son laodicenses que
viven en un estado de autoengaño espiritual. Se visten con las
vestiduras de su propia justicia, imaginándose que son ricos y están
enriquecidos y no necesitan nada, cuando [lo que] necesitan [es]
aprender de Jesús diariamente, de su humildad y mansedumbre; de lo
contrario se encontrarán en quiebra y toda su vida habrá sido una
mentira”.
No es posible mientras nos negamos a aceptar la reprensión de Cristo
que seamos prosperados en las cosas espirituales y que seamos
vestidos con el manto perfecto de su justicia. Avanzaremos en todo,
menos en la dirección correcta. Esta absurda peregrinación por el
desierto tiene que terminar, debemos entrar en la tierra prometida
con la ayuda y el poder de nuestro tierno y amante Dios.
Te vomitaré de mi boca
Esta declaración ha sido interpretada por muchos como una sentencia
irrevocable, señalando así la suerte inevitable de la iglesia de
Laodicea. Pero esta es una conclusión apresurada y está basada en
una mala interpretación del texto. Una mejor traducción de la frase
“te vomitaré de mi boca” es la siguiente: “Estoy por vomitarte de mi
boca” (RVA, NRV 2000). Se ve entonces que no se hace alusión aquí a
la suerte definitiva de Laodicea, sino más bien a la advertencia
divina que procura despertar en ella el arrepentimiento de su pecado
de justicia propia. La palabra “por” en el original de Apoc. 3:16 es
mello y su significado queda aclarado cuando leemos Apoc. 10:4:
“Después que los siete truenos emitieron sus voces, yo iba a
escribir, y oí una voz del cielo que decía: sella las cosas que los
siete truenos han hablado, y no las escribas”. Nótese que Juan “iba
a escribir” lo que los siete truenos dijeron, pero una voz del cielo
se lo impidió. De la misma manera, Cristo “iba a vomitar” a la
iglesia de Laodicea por causa de su tibieza, pero “algo ocupó el
lugar de este hecho: un arrepentimiento genuino. La verdadera razón
por la que Cristo lucha con la iglesia de Laodicea no es porque ella
es mejor o más santa que las demás iglesias, sino porque en la
agenda divina se vislumbra el glorioso momento en que el
arrepentimiento tan largamente esperado por Dios finalmente tomará
lugar. Laodicea finalmente responderá”.
Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa
tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable,
pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres
oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para
vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge
tus ojos con colirio, para que veas (vers. 17-18).
Autoengaño y justicia propia
Según se sabe, la ciudad de Laodicea fue devastada por un terremoto
en el año 60 d. C. Y cuando el emperador Nerón le ofreció ayuda
financiera, los líderes de la ciudad la rechazaron porque – según
ellos – tenía recursos suficientes para reconstruirla sin la
cooperación de nadie. ¡Orgullo! En términos espirituales Laodicea no
es diferente. Su situación es desesperante. No admite la reprensión
ni la ayuda de Cristo, y a pesar de que Él le describe claramente su
situación espiritual asume una actitud temeraria negándose a
reconocerla.
En toda la Escritura esta condición espiritual es natural en dos
clases de personas. En los inconversos que, fruto de su incredulidad
y negación de Dios asumen una aptitud desafiante ante las tiernas
misericordias de Dios. El rey Nabucodonosor es un buen ejemplo de
este tipo de personas. Este gran monarca recibió una revelación
especial de la soberanía de Dios en la historia sobre los reinos de
los hombres y un testimonio de su infinita sabiduría y conocimiento
por medio de un asombroso sueño y la interpretación del profeta
Daniel (Dan. 2). Esto debió inducirlo a retener la confesión de fe
que había hecho (Dan 2:46-47). Pero tiempo después, mientras
contemplaba las glorias de Babilonia, lleno de presunción expresó:
“¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi
poder, para residencia real y para gloria de mi majestad?” (Dan.
4:30). La Biblia nos dice que “aun estaban estas palabras en la boca
del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey
Nabucodonosor: el reino ha sido quitado de ti;... hasta que
reconozca que el Altísimo tiene el poder sobre la realeza de los
hombres, y la da a quien Él quiere” (vers. 31-32). Durante siete
años Nabucodonosor estuvo sujeto a una extraña enfermedad en la que
se creía un animal y vivía como tal (vers. 32-33). La enfermedad que
afectó al rey Nabucodonosor según el profeta Daniel, es conocida por
los psiquiatras como “boantropía” (el que se cree buey). “Es una
condición mental en la cual una persona cree que se ha convertido en
animal y comienza actuar como si lo fuera”.
“Siete tiempos”, es decir, siete años pasaría el rey en este estado
(vers. 23). Pero al cabo de ellos volvería a recuperar su memoria y
su reino (vers. 34).
Antes de su humillación Dios le advirtió a
Nabucodonosor
por medio
de otra revelación (Dan. 4:10-26) lo que le sucedería si continuaba
su actitud egocéntrica. Se le aconsejó lo siguiente: “Por tanto, oh
rey, aprueba mi consejo. Renuncia a tus pecados y haz lo justo,
renuncia a tu maldad y sé bondadoso con los oprimidos. Tal vez eso
prolongue tu tranquilidad” (vers. 27). Pero el rey continuó en su
activa rebelión desatendiendo al llamado de Daniel y fue confrontado
por Dios, humillado y castigado en su arrogancia. Cumplido el
tiempo,
Nabucodonosor
aprendió la lección y reconoció la Majestad
divina: “En el mismo tiempo mi sentido me fue devuelto, y la
majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí. Mis
gobernadores y mis consejeros me buscaron. Y fui restituido a mi
reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora, yo Nabucodonosor,
alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus
obras son verdad, sus caminos justos, y puede humillar a los que
andan con soberbia. (vers. 36-37).
El otro tipo de personas que se revela contra la voluntad de Dios,
es aquella que asiste regularmente a la iglesia, tiene su nombre
inscrito en sus libros y profesa servir a Cristo. Esta clase de
cristiano adopta la misma actitud del rey Nabucodonosor sólo que en
sentido pasivo, pues por su profesión de fe parece un verdadero
siervo de Dios, pero en realidad no lo es. El fariseo de la parábola
representa bien esta clase de cristiano. Cristo reveló el orgullo
laodicense del fariseo en los siguientes términos: “El fariseo oraba
de pie consigo mismo, de esta manera: Dios, te doy gracias, que no
soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun
como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, y doy el diezmo de
todo lo que gano” (Luc. 18:11-12). No hay lugar la para justicia de
Dios en este corazón. Aquí sólo hay suficiencia propia y orgullo
espiritual. Hay tibieza, apatía e indiferencia. Este creyente
autosuficiente, a diferencia del publicano, no pudo llegar a su casa
“justificado” (cf. Vers. 13-14). El Espíritu de Profecía nos dice:
“El ensalzamiento propio es un elemento peligroso. Mancha todo lo
que toca. Es el vástago del orgullo, y procede tan hábilmente que, a
menos que se esté en guardia contra él, se posesionará de los
pensamientos y regirá las acciones”.
Se reconoce que en relación con la misión
(representada en la palabra “obras”) el ángel de la iglesia de
Laodicea debería ser “celoso”, “lleno de entusiasmo, activo
apasionado”, pero en realidad es “tibio, indiferente, apático,
indolente... le falta el celo misionero porque su vida espiritual no
está bien... Una condición espiritual de orgullo, autosuciencia,
cinismo, y ceguera, requiere arrepentimiento. Abandona las ropas
negras de tu propia industria. Despójate de tu vergüenza propia.
Deja la arrogancia de tu propio adorno. Arrepiéntete”.
“Y no sabes que eres”
Los laodicenses deben despertar de este letargo o serán
disciplinados por el Testigo fiel y verdadero. Pero el problema es
de proporciones enormes. Están atrapados en el terreno pantanoso de
sus propias justificaciones. Hay pecado oculto, desconocido. Ellos,
como el apóstol Pedro desconocen lo que realmente hay en sus
corazones. “No saben”, desconocen lo que hay en su interior y de lo
que son capaces de hacer por causa de esta ignorancia. El pecado de
“y no sabes” es el último problema que ha ser vencido. Pero una vez
quitado del medio, el terreno estará preparado para la reforma y el
reavivamiento tan largamente esperado. El Espíritu de Profecía, en
este contexto nos dice que las diferentes “circunstancias” por las
que pasamos han servido para poner “en nuestro conocimiento” nuevos
defectos de carácter, pero “no se ha revelado nada que no estuviera”
en nosotros.
Y dice además que cada uno de nosotros “posee rasgos de carácter
todavía ignorados y que deben ser puestos en evidencia por la
prueba”. “El les revela en su misericordia sus defectos ocultos...
Dios quiere que sus siervos se familiaricen con el mecanismo moral
de su propio corazón”.
Nótese lo que dice la siguiente cita: “En la terminación del gran
Día de Expiación... la iglesia militante será puesta en grave prueba
y angustia... [Y] sus miembros serán completamente conscientes del
carácter pecaminoso de su vidas, verán su debilidad e
indignidad...”.
Según la Biblia, la generación de judíos de los días de Cristo, los
que tuvieron involucrados directamente con su rechazo y crucifixión
fueron objetos también del pecado de “y no sabes”. Cuando la nación
judía como turba frenética y endemoniada gritó: “¡Crucifícalo,
Crucifícalo, Crucifícalo!”, escuchamos a Cristo antes de morir
orando de la siguiente manera: “Padre, perdónalos, porque ellos no
saben lo que hacen” (Luc. 23:34, el énfasis es nuestro). El primer
“y no sabes” nos quitó a Cristo, lo expulsó de este mundo, mientras
que el segundo temerariamente lo retiene fuera de nosotros, en el
cielo, y le niega descaradamente el recibimiento de su corona y
recompensa: su pueblo redimido, salvado por la eternidad.
Es por esto que la iglesia de Laodicea “no sabe” lo que realmente
está despreciando al resistir el consejo del Testigo Fiel. Por su
talante actitud de incredulidad está repudiando lo que es para su
bien. No sabe que el día de su visitación ha llegado y que debe
hacer su elección final ahora. ¡El tiempo se termina, el juicio del
pueblo de Dios está llegando rápidamente a su final! Pero Laodicea
aprenderá la lección y estará lista para la traslación. “El precio a
pagar es grande, porque implica humillación total, pero una vez que
Laodicea abra ‘la puerta’ de su corazón a la influencia del Espíritu
Santo y sea movida por el ‘poder’ del Evangelio Eterno y la cruz de
Cristo (Rom. 1:16; 1 Cor.1:18) nada detendrá ya el arrepentimiento
corporativo del pueblo de Dios. Esto se conoce en el contexto de la
doctrina del Santuario como ‘expiación final’ o ‘reconciliación
final’. Y cuando esta maravillosa experiencia tome lugar llegará
también a su fin toda rebelión de parte del pueblo de Dios”. Esto está profetizado por el
profeta Zacarías:
“Derramaré sobre la casa de David (los líderes del pueblo), y sobre
los habitantes de Jerusalén (los miembros de la iglesia), espíritu
de gracia y de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, y
llorarán sobre mí, como se llora por unigénito. Se afligirán sobre
mí como quien se aflige por primogénito. En aquel día habrá un gran
llanto en Jerusalén..., Y la tierra lamentará, cada familia de por
sí... En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de
David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la
inmundicia” (caps. 12:10-13:1, cf. Dan 8:14; Isa. 32:15).
La siguiente cita del Don Profético está en íntima relación con el
mensaje de Cristo a la iglesia de Laodicea y con esta declaración
bíblica de Zacarías. En realidad, esta declaración está estructurada
con el lenguaje combinado de ambas. Veamos:
“Cuando las vidas del pueblo de Dios se limpien de toda
contaminación moral, cuando sus ojos se unjan con el colirio
celestial, verán que son pobres, desdichados, miserables, ciegos y
desnudos. Se acercarán a la fuente que fue abierta a para Judá y
Jerusalén y aplicarán la sangre purificadora de Cristo a sus almas
pobres y enfermas por el pecado”.
Las mercancías celestiales
El consejo de Cristo es definido y claro: Compra “oro refinado por
fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para que te cubras,
y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez; y unge tus
ojos con colirio, para que veas” (VRV 1977). Nada es más urgente y
necesario. Puede ser humillante, pero es verdad. Puede herir nuestro
orgullo espiritual, pero es cierto. Puede golpear fuertemente
nuestro yo, pero es innegable. Al fin y al cabo, esta verdad trae
salvación y liberación.
El oro refinado en fuego es “la fe que obra (o se reactiva) por el
amor” (Gál. 5:6). Es la única manera de ser “rico” en términos
espirituales. Pero note que no se nos ofrece sin nada a cambio.
Aunque la fe y el amor son “dones” (cf. Efe. 2:8, Rom. 5:5),
debemos “comprarlos”. Esto nos recuerda el mensaje que el profeta
Isaías le dirigió al antiguo pueblo de Israel: “¡Todos los
sedientos, venid a las aguas! ¡Y los que no tenéis dinero, venid,
comprad y comed! ¡Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y
leche! ¿Por qué gastáis el dinero no en pan, y vuestro trabajo en lo
que no satisface? Oídme con atención, y comed del bien, y os
deleitaréis con algo sustancioso” (Isa. 55:1-2, la cursiva es
nuestra). ¿Cómo es posible que gastemos todas nuestras mejores
energías y esfuerzos en cosas que no son sustanciosas? Es como
repetir la triste historia: “Sólo he hallado esto: Que Dios hizo al
hombre recto, pero él se complicó con muchos artificios” (Ecl. 7:28,
“se buscaron muchas artimañas”, VRV 1977). El hecho de que hay que
“comprar” lo que Cristo nos ofrece es la mayor evidencia de que el
precio a pagar para ser salvado de la derrota espiritual es la
muerte al yo, la renuncia total a nuestros propios intereses.
Las “vestiduras blancas” son un símbolo de la perfecta justicia de
Cristo. En las Escrituras se usa la imagen de un “manto” que es
puesto sobre el creyente arrepentido para representar que la
justicia de Cristo nos cubre al ser perdonados por Él (Gál. 3:27;
Rom. 13:14; Mat. 22:11). Isaías nos dice: “En gran manera me gozaré
en Jehovah, me alegraré en mi Dios, porque me vistió de vestidos de
salvación, me rodeó de un manto de justicia, como a novio me atavió,
como a novia adornada de sus joyas” (Isa. 61:10, la cursiva es
nuestra). Sin esta vestidura estamos tan vergonzosamente desnudos
delante de Dios como lo estuvieron nuestros primeros padres el día
que pecaron y se ocultaron de su presencia (Gen. 3:8-11). Y no
importa que nos hagamos “delantales de hojas de higueras”, estaremos
desnudos ante la vista de Dios. Sólo la justicia de Cristo
constituye verdadera vestimenta, de la misma manera en que su “carne
y sangre” es verdadera comida. Y esta justicia, está a disposición
del creyente como ya señalamos para ser puesta sobre él tanto como
entronizada en su corazón, pues Dios no sólo absuelve del pecado al
creyente en Cristo, sino que lo transforma en una nueva criatura
para que ande en una nueva vida (2 Cor. 5:17; Efe. 2:10; cf. Isa.
51:6-7).
“Unges tus ojos con colirio”
El otro elemento necesario para resolver el problema de la tibieza
es el “colirio”. En la antigua ciudad de Laodicea los médicos
“preparaban los célebres ‘polvos frigios’ en tabletas cilíndricas,
para curar las enfermedades de la vista”.
Este pedido de Cristo era de fácil asimilación para los cristianos
laodicenses que reaccionaban como ciegos espirituales ante sus
dificultades en la fe. El gran Médico divino les dice que tiene la
solución en sus manos, que tiene a disposición una porción especial
del Espíritu Santo para guiarlos a toda verdad y al discernimiento
especial del pecado de justicia propia en el que se encuentran
sumidos (Juan 16:13). El “Espíritu de Dios todo lo escudriña, aun
las profundidades de Dios” (1 Cor. 2:10), por lo tanto, puede
comunicarnos la voluntad plena de Dios para nuestra vida. Si Él
tomara posesión completa de nuestros corazones nos daría liberación,
“pues donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor. 3:17).
Libertad del pecado, de la apatía y de la indiferencia que corrompe
el alma.
Cuando vislumbramos el problema de Laodicea en todas sus fases, y lo
relacionamos con el relato de la caída en el pecado y la
restauración de nuestros primeros padres, encontramos ciertas
similitudes interesantes. Veamos esto en el siguiente recuadro.
|
|
EN EL GÉNESIS
|
|
EN EL APOCALIPSIS
|
|
|
|
|
|
|
|
La primera conversación Creador-criatura caída después de la
entrada del pecado.
|
|
La última conversación Creador-criatura caída después de la
entrada del pecado.
|
|
|
|
|
|
|
|
Adán y Eva no reconocieron su pecado inmediatamente. Se
señalaron culpables unos a otro y se autojustificaron (Gén.
3:12-13).
|
|
Laodicea es objeto del pecado de autojustificación, y se niega
a reconocer que es desventurada, pobre ciega y desnuda.
|
|
|
|
|
|
|
|
Por causa de la caída nuestro primeros padres quedaron
desnudos, desprovistos del manto de luz que los cubría y
trataron de resolver su problema cociéndose unos delantales de
hojas de higueras (Gén. 3:7).22
|
|
Los laodicenses también están desnudos delante de Dios, pues
carecen de la “vestiduras blancas” que Cristo les ofrece. Lo
que queda al descubierto es “la vergüenza de su desnudez”.
|
|
|
|
|
|
|
|
Dios habló con Adán y Eva, y les advirtió de las consecuencias
de su rebelión (vers. 16-19).
|
|
Dios también le ha advertido a Laodicea de las consecuencias
de su apatía y de su ceguera espiritual.
|
|
|
|
|
|
|
|
Para cubrir la desnudez de nuestros primeros padres, Dios hizo
“túnicas de pieles” de un animal sacrificado y los cubrió con
ellas (Gén. 3:21). Esta fue la solución. Con una vestidura
elaborada sin su cooperación fueron vestidos.
|
|
Las “vestiduras” que Cristo les ofrece a los laodicenses es su
propia justicia, una justicia labrada en su vida terrenal y
muerte expiatoria sin ninguna hebra humana. Es el resultado de
su supremo sacrificio en la cruz del Calvario.
|
|
|
|
|
|
|
|
Dios realizó una especie de mini juicio investigador en el
Edén. Hizo algunas preguntas que obviamente no buscaban
información: “¿Dónde estás tú?”. “¿Quién te enseñó que estaba
desnudo?”. “¿Has comido del árbol que yo te prohibí que
comieras?” (Gén. 3:9-11).
|
|
Laodicea significa “pueblo juzgado”, “juicio del pueblo”, es
la iglesia que vive bajo el juicio pre-advenimiento o Juicio
Investigador. Este juicio no se lleva a cabo para informar a
Dios de algo que Él no conoce, sino para vindicar a sus santos
y para beneficio de las inteligencias celestiales.
|
|
|
|
|
|
|
|
Dios no sólo les advirtió de los drásticos cambio que se
originaron y de los que serían víctimas en el futuro por causa
de la desobediencia, también los sacó del Edén sabiamente para
que no comieran en estado de rebelión del árbol de la vida y
se inmortalizara el pecado (Gén. 3:23-24).
|
|
A la iglesia de Laodicea Cristo le hace claro que de no
producirse un cambio en su estilo de vida y profesión de fe se
verá obligado a vomitarla de su boca. Pero antes les advierte
que, sobre la base de su amor la castigará para moverle al
arrepentimiento.
|
|
|
|
|
|
|
|
Después de la entrada del pecado, los fieles seguidores de
Dios iban a adorar y a realizar sus sacrificios frente a la
puerta del Edén. Allí renovaban sus votos de fe y obediencia a
la Ley de Dios (cf. Gén. 4:3-4,16; PP: 46,47).
|
|
A los laodicenses Cristo les dice: “He aquí yo estoy a la
puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta entraré
a él y cenaré con él y él conmigo”. El encuentro está
propuesto, la iglesia debe renovar su pacto de fe y voto de
fidelidad con su Señor.
|
|
|
|
|
|
|
|
Cuando Dios vistió a Adán y Eva con “las túnicas de pieles”,
ese acto divino de amor los indujo a reconocer su pecado y a
verlo no como el Dios egoísta que le dijo la serpiente, sino
como un Dios amoroso aun de los caídos y pecadores. Se
reconciliaron con Dios (cf. Gén. 3:21).23
|
|
El mensaje a la iglesia de Laodicea no termina diferente. Al
final del camino se realiza la tan anhelada reconciliación
entre el divino Señor y la novia que por fin se preparó para
la boda. Habrá reconciliación, perdón y entrega eterna.
|
Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y
arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo
(vers. 19-20).
La reprensión divina
Las formas en la que Dios disciplina a sus hijos no es
siempre la misma. Hasta la magnitud de la reprensión varía de
acuerdo a la situación espiritual de la iglesia. Pero como hemos
visto, el problema espiritual de Laodicea es de grandes
proporciones, pero aun así no disponemos de elementos de juicio para
precisar el tipo de castigo con el que Dios disciplinará a esta
iglesia. Pero de que ciertamente lo hará, es un hecho. De otra
manera llegará al punto de “vomitarla” de su boca. Apoc. 3:19 es una
evocación de Prov. 3:11-12: “No menosprecie, hijo mío, la reprensión
de Jehovah, ni te canses de su corrección; porque Jehovah al que ama
reprende, como al hijo a quien el padre quiere”. ¡Gloria a Dios
porque nos reprende por amor en nuestros malos caminos!, pues “al
ser juzgados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos
condenados con el mundo” (1 Cor. 11:32, VRV 1977). Y si “soportamos
la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel
a quien el padre no disciplina?”. “Es verdad que ninguna disciplina
parece al principio causa de gozo, pero después da fruto apacible de
justicia a los que son ejercitados por medio de ella” (Heb.
12:7,11). ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo
por los siglos eternos! La disciplina del Señor tiene como propósito
inducirnos a abandonar nuestra justicia propia y recibir la justicia
verdadera, la justicia de Cristo. Por consiguiente, quien está a la
puerta es Alguien lleno de simpatía y amor. Él nos corrige para
redimirnos.
Es bueno mantener presente que la corrección no elimina la
posibilidad del triunfo como se puede apreciar en la siguiente
declaración:
“El mensaje a los laodicenses se aplica a los Adventistas del Sétimo
Día que han tenido gran luz y no han caminado en la luz. Son
aquellos que han hecho gran profesión, pero que no se han mantenido
en el camino con su Dirigente, y que serán escupidos de sus boca a
menos que se arrepientan”.
Si alguno abre la puerta...
Juan usa aquí una figura de lenguaje maravillosa para expresar el
deseo que Cristo tiene de entrar en una comunión intima y prolongada
con su pueblo: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él,
y cenaré con él, y él conmigo”. En la mentalidad judía los goces de
la vida futura eran comparados con un festín (Luc. 14:15-16). La
palabra “cenar” proviene del griego deipneîn “con su correspondiente
deîpnon”. Esta palabra se refiere a la comida principal, la cena de
la tarde, “la que se alargaba agradablemente porque ya no se volvía
al trabajo”.
Cristo le propone a Laodicea, “cenar”, compartir sin prisa, larga e
íntimamente con ella en grata compañía. Pero Cristo no merece
permanecer afuera de la puerta como quedara Luis IV de Alemania en
el 1077 en medio de un penoso invierno cuando despreció el decreto
papal y luego fue en busca de perdón hasta Canosa. Dios no está
lejano de nosotros, sino “cercano, a la mano”, y aun “palpando”
puede ser encontrado (Hech. 17:27). Él no requiere de penitencias o
grandes sacrificios para aceptarnos en su familia. La correcta
apreciación de su amor incondicional es suficiente (2 Cor. 5:14-15).
La imagen de Cristo tocando a la puerta nos recuerda la gran verdad
de que la iniciativa de la salvación es divina (cf. Gén. 3:8-11).
Dios no espera a que apretemos el botón para iniciar el movimiento
de la maquinaria celestial. ¡No! Él da el primer paso, y si no lo
hiciera, nuestra indiferencia y tibieza laodicenses desencadenaría
en la ruina eterna de nuestras almas. Esta imagen nos recuerda
además los sacrificios de paz que eran realizados por los antiguos
adoradores en el Santuario del desierto (Lev. 3). El aspecto más
distintivo de esta actividad era la comida que se compartía dentro
del patio del Santuario entre los adoradores y los sacerdotes. No
era el momento para realizar la paz entre Dios y el adorador, la paz
ya existía, por lo tanto, se compartía y se celebraba. Esta
actividad estaba precedida por un sacrificio que proveía expiación
(reconciliación) por el pecado. Esta era la razón de la paz entre
Dios y el prójimo.
El sacrificio ofrecido se constituía en “una ofrenda de olor grato
para Jehová", y más aún, tan íntima era la comunión de Dios con el
adorador que la Biblia dice que en esta ocasión la parte quemada
sobre el altar (la grosura) era considerada como “vianda (‘manjar’,
NRV 2000)... ofrenda que se quema en olor grato a Jehová” (Lev.
3:16). Negarse a abrir la puerta, es negarle a Cristo la oportunidad
de curarnos y restaurarnos, es estar - como dijo alguien – “en
guerra con su propia bendición”, terminar siendo “el conquistador de
su desgracia”. El momento actual, es pues, oportuno para hacer la
paz, para reconciliarse con Dios y “cenar” con Él.
Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como
yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que
tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (vers.
21-22).
La promesa al vencedor
Esta promesa es extraordinaria. Sentarse con Cristo en su trono es
tener el privilegio de compartir con Él su gloria, poder y
autoridad, así como Él la comparte con su Padre (cf. Mat. 19:28; Luc.
22:30). Esta promesa incluye el ofrecimiento de la victoria total
sobre el dominio y el poder del pecado. Venceremos como Él venció.
Pero esta promesa no debe ser llevada más allá de donde debemos,
pues en muchas ocasiones ha sido matizada con ciertos rasgos
legalistas. Como las Escrituras nos dicen que Cristo ha vencido al
diablo (Juan 14:30), al poder del pecado en la carne (Rom. 8:3), y
al mundo con todos sus atractivos (Juan 16:33), muchos han llegado a
pensar que su constante victoria sobre estos elementos hasta cierto
punto les proporciona ciertos méritos. Como han vencido, con el
poder de Cristo, merecen la corana de la vida eterna.
Con todo, debe notarse que este pasaje de Apocalipsis “no alude a la
victoria de los santos desde la perspectiva de justicia imputada,
sino desde la perspectiva de justicia impartida... Sin embargo,
debemos aclarar que la victoria sobre el dominio y poder del pecado
en nosotros a través de la morada interior del Espíritu Santo no es
meritoria. Es sólo demostrativa. Se demuestra en nosotros el poder
del Evangelio para salvar al que cree (Rom. 1:16) de las garras del
pecado y restablecer en nosotros la imagen divina. La gracia es
superior al pecado (Rom. 5:20). Es sólo la victoria total y completa
de Cristo en su vida terrenal, su perfecta justicia, la que nos
califica para el cielo ahora y en el juicio. Y esta ‘victoria es
nuestra’ por medio de la fe”.
En el apartado anterior hicimos referencia al hecho de
que hay algunos que proponen un regreso al período profético de
Filadelfia, porque entienden que es ésta iglesia y no Laodicea la
que triunfa finalmente. Pero no podemos aceptar esta propuesta, pues
está fundada en una premisa equivocada al tiempo que no toma en
cuenta el hecho de que aunque cada iglesia tiene sus fuertes y
particulares problemas, la promesa que se le dirige, revela que
también hay creyentes que salen airosos. Laodicea no es la
excepción. En este respecto se observa acertadamente:
“La idea de que el cristiano puede mejorar sus perspectivas de
salvación recurriendo al escapismo de una emigraci | |