El Mensaje a Laodicea

   
  Por: Héctor A. Delgado
   
 
Introducción
 
ESTUDIAREMOS EL MENSAJE de Cristo al ángel de la iglesia de Laodicea por separado. Este mensaje se aplica a todos los que dicen ser cristianos,[1] pero con fuerza especial, representa la condición espiritual del pueblo de Dios desde 1844 hasta el fin mismo del tiempo.[2] También este mensaje tiene su aplicación en la experiencia personal de cada creyente.[3] Como podremos ver, el contendió de este mensaje es de vital importancia para cada hijo de Dios que vive en este tiempo. El desafío es entonces, comprenderlo cabalmente en todas sus dimensiones, y evitar por todos los medios posibles ser coparticipe del estado de tibieza e indiferencia espiritual que deshonra a Cristo y le niega el derecho de recibir la recompensa de su supremo sacrificio: un pueblo preparado para la eternidad. 
De la iglesia de Laodicea se observa “que tiene la triste distinción de ser la única iglesia con respecto a la cual el Cristo resucitado no puede decir nada positivo”.[4] Otros hacen una observación igualmente negativa al decir que la condenación de Laodicea es “absoluta y total” en cuanto a la reprensión aunque no a su destino final. “El Señor no puede encontrar en [ella] ni siquiera un remanente como lo hizo en Sardis, la iglesia a punto de morir”.[5] ¿Es posible encontrar una cura para la enfermedad espiritual de Laodicea? ¿Existe un remanente que haga su aparición en medio de la crisis? Esto lo veremos en el desarrollo del estudio de este relevante mensaje.
En la Biblia encontramos evidencias de que la carta del apóstol Pablo a los Colosenses también fue enviada a la iglesia de Laodicea (Col. 2:1, cuatro veces se refiere Pablo en esta carta a los laodicenses). Los colosenses reciben instrucción para que intercambien su carta con los cristianos de Laodicea. La carta que le escribió a los laodicenses desgraciadamente se ha perdido (Col. 4:16). Según Col. 4:17 Pablo amonestó a “Arquipo”, posiblemente el pastor de la iglesia de Laodicea, para que considerara (“cumpla” NRV 2000) seriamente el “ministerio que recibió del Señor”. Hay quienes ven en esta declaración del Apóstol “un severo reproche” al pastor local y siguiere que ya hacía años (unos 30) que “la infección” se había instalado en la iglesia de Laodicea, y que un pastor indigno con “un ministerio insatisfactorio habían sembrado la semilla de la degeneración”.[6] Esto hacía que el mensaje de Cristo a esta languideciente iglesia fuera más urgente y oportuno.
El nombre Laodicea significa “juicio del pueblo”, “vindicación del pueblo” o “pueblo justo”. Laodicea, es, pues, la iglesia que vive bajo el período del juicio. En su aplicación histórica el significado de este nombre revela la realidad de la evaluación del Señor a sus profesos seguidores. El les advierte con precisión y severidad la realidad de su experiencia, y los exhorta con la necesidad de un cambio urgente, o serán confrontados con el juicio divino. Como pueblo juzgado debe aceptar la evaluación de su Señor para que pueda llegar a ser un pueblo justo y vindicado. Por otro lado, en su aplicación profética el significado primario del nombre (“juicio del pueblo”, “vindicación del pueblo”) “revela la realidad del tiempo escatológico bajo el cual le ha tocado a vivir a los santos que componen este período eclesiástico, mientras que el significado último puede entenderse en el contexto del resultado de la obra de ‘vindicación’ y ‘juicio’ divino a ‘favor de los santos del Altísimo’ (Dan. 7:22, VRV 2000)”.[7]
 
Escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el Testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (cap. 3:14-16).
 
He aquí el Amén
          Como a todas las demás iglesias, Cristo también se dirige a Laodicea con títulos peculiares y distintos a todos los demás (observe en el siguiente recuadro una lista de los títulos con los que Cristo se presenta a cada congregación). Estos títulos, como ya hemos enfocado, tienen directa relación con las problemáticas particulares de cada iglesia. El primer calificativo con el que Cristo se presenta a Laodicea es “el Amén”. La palabra griega amén proviene del hebreo ‘amen que significa “seguro”, “firme”, “establecido”. Y por lo tanto “fiel”, “digno de confianza” (cf. Deut. 7:9), recalcando así la idea de una confiabilidad total. Cristo usaba frecuentemente la frase “de cierto, de cierto”. Esto significaba una respuesta enfática de lo que una persona expresaba (1 Cor. 14:16). Con este mismo sentido se usaba en el Antiguo Testamento (Deut. 27:15-16, Núm. 5:22). “El Amén”, como Juan lo usa aquí es una reminiscencia de Isa. 65:16 donde encontramos la expresión “Dios del Amén” (BJ).
 
Congregación
 
Títulos de Cristo 

 

 

 

 Éfeso
 
“El que tiene (literalmente ‘sujeta’ o ‘retiene’) las siete estrellas, y anda entre los siete candeleros de oro dice”. 

 

 

 

 Esmirna 
 
"El Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió, dice”.

 

 

 

 Pérgamo 
 
 "El que tiene la espada aguda de dos filos, dice”. 

 

 

 

 Tiatira
 
"El Hijo de Dios, que tiene ojos como llama de fuego, y pies semejantes al bronce bruñido, dice”. 

 

 

 

 Sardis
 
"El que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas, dice”. 

 

 

 

 Filadelfia
 
"Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre”. 

 

 

 

 Laodicea
 
"Así dice el Amén, el Testigo fiel y verdadero, el principio (origen) de la creación de Dios”. 
 
 “El Amén” es usado por Juan como nombre para Cristo, para resaltar la veracidad de sus palabras porque Él es digno de confianza. Es otra manera de expresar que el mensaje que hablará al ángel de la iglesia de Laodicea lleva la autoridad y la fidelidad de Dios. Por lo tanto, desde su mismo comienzo este mensaje denota suprema importancia.
 
“Testigo fiel y verdadero”
Este título también se aplica a Cristo en Apoc. 11:19. En el cap. 1:5 aparece junto a la designación “primogénito de los muertos y de los reyes de la tierra“. En el Antiguo Testamento, los judíos, en el tiempo del profeta Jeremías, proclamaron a Jehovah Dios como “testigo veraz y fiel” (Jer. 42:5, NRV 2000). En el libro de Apocalipsis, este título se le atribuye también a los fieles seguidores de la verdad, bajo la figura de “Antipas” (Apoc. 2:13). Un incidente registrado en el evangelio de Juan resulta iluminador para una comprensión más amplia del título “Testigo fiel y verdadero”.
 
“Jesús les dijo [a los fariseos]: Yo Soy la luz del mundo. El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio de ti mismo. Tu testimonio no es válido. Respondió Jesús: Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy. Pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es válido, porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió. En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos hombres es válido” (Juan 8:12-17).
 
Aunque la expresión “Testigo fiel y verdadero” no aparece citada de forma directa en este pasaje, está implícita en las afirmaciones de Jesús. Cuando Él dijo que era la “Luz del mundo” los fariseos entendieron esto como un testimonio sin valor que Jesús daba sobre sí mismo y su obra. A lo que Él le respondió: “Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy”. Y un argumento convincente usado por Jesús fue: “Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy”. Note que Cristo terminó ambas declaraciones con la siguiente admonición: “sé de dónde he venido y adónde voy”. Y basado en las Escrituras antiguas concluyó: “En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos hombres es válido" (cf. Deut. 19:15). Así que, el mensaje de Cristo a la nación judía y sus infieles dirigentes era el testimonio del Padre también. Igualmente, el argumento del “Testigo fiel y verdadero” a la iglesia de Laodicea, es también el mensaje del Padre. Es el testimonio de dos, por lo tanto, un testimonio verdadero.
Es probable que cuando Juan escuchara a Cristo aplicarse el título “Testigo fiel y verdadero”, llegara vívidamente a su mente el incidente que acabamos de ver y que ya había registrado en su evangelio. Como Cristo es la representación fiel y cabal del carácter, la mente y la voluntad del Padre ante los seres humanos (cf. Juan 1:1,14,18; 10:38), hay quienes ven en esta expresión una alusión a su divinidad, pues sólo uno igual al Padre puede darlo a conocer en forma plena y cabal. "Yo y el Padre una cosa somos". “Porque agradó al Padre que en Él habitara toda plenitud”. “Porque en Cristo Jesús habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 10:30; Col. 1:19; 2:9, el énfasis es nuestro).
 
El Principio de la Creación
          Esta expresión, más que cualquiera de las anteriores ha sido motivo de muchos desacuerdos. Algunos, al compararla con Col. 1:15 (“el primogénito de la creación”) la ven como una categórica declaración de que Cristo es un ser creado, con un origen en el remoto pasado de la eternidad de Dios. Pero el contenido y el contexto del mensaje a Laodicea no permiten tal interpretación. Se notará que el pasaje no dice “el principio de la creación por Dios”, sino “de Dios”, que es una palabra diferente en el original. Es un craso error elaborar doctrinas tomando pasajes aislados de las Escrituras sin evaluarlos en su contexto inmediato y mediato. Enterarse de que Jesús es un ser creado no beneficia en nada a los moribundos miembros de la iglesia de Laodicea, pues sumidos como están en la indiferencia y la apatía espiritual, ¿cuál es la ayuda que le proporciona la declaración de que un ser creado quiere ayudarles, cuando su solución sólo puede remediarla el Todopoderoso?
          La voz griega que se traduce por “principio” (griego arjê) puede ser correctamente traducida como “origen”. Esta palabra, en su sentido activo, se refiere “a lo que comienza una acción, la primera causa o motor”. “En los primeros escritos cristianos leemos que Satanás es el arjê de la muerte; es decir: la muerte tiene su origen en él; y que Dios es el arjê  de todas las cosas; es decir: que todas las cosas tienen en Él su origen”.[8] Desde esta perspectiva, arjê alude a Cristo como el originador, fuente o motor “de la creación de Dios”. Y éste es precisamente el testimonio unánime de las Escrituras: “Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada de cuanto existe fue hecho sin Él”. “Por Él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, visibles e invisibles...; Todo fue creado por medio de Él y para Él” (Juan 1:2; Col. 1:16, cf. Heb. 1:1). Y más aún, no sólo creó Cristo “todas las cosas”, sino que la “sostiene... con su poderosa Palabra” (Heb. 1:2, cf. Col. 1:17).
          Partiendo entonces de estas evidencias bíblicas, “el principio de la creación de Dios”, “el Amén” y el “Testigo fiel y verdadero” son expresión usadas como nombres de Cristo, revelando así diferentes aspectos y funciones de su obra y personalidad. Que Cristo es “el principio de la creación de Dios”, es, otra manera de llamarlo Creador y Sustentador de todas las cosas, de manera especial de su pueblo, que habita entre los hostiles “moradores de la tierra”.
 
Yo conozco tus obras
Laodicea no es una iglesia carente de obras, el problema real está en la clase de obras que produce. No son frías ni caliente como preferirían Cristo que fueran, sino tibias, y por lo tanto, nauseabundas. Esta figura debió tener algún significado especial para los cristianos laodicenses, pues, según se sabe en uno de los lugares de interés de Laodicea, existían unas piletas de aguas tibias que eran apreciadas por los turistas, y según se creía poseían cualidades curativas. Pero si bien estas aguas eran formidables para el baño, eran horriblemente desagradables al paladar por su contenido mineral.
El equivalente de estos tres tipos de obras mencionadas por Juan en este pasaje puede ser encontrado en los escritos paulinos. El primer tipo son “las obras de la carne”. Pablo les habló a los corintios en su primera carta en los siguientes términos: “Hermanos, no puedo hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo... porque todavía sois carnales, pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, no sois carnales y andáis a lo humano?” (1 Cor. 3:1,3). Antes de expresarle esto, en el cap. 2:14-15 les dijo: “Pero el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios, porque le son necedad; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio, el hombre espiritual discierne todas las cosas”. Ellos estaban actuando, mientras profesaban el cristianismo, de la misma manera que los incrédulos, o peor que ellos debido a su profesión de fe. Por eso el reclamo en forma de pregunta: “¿No sois carnales y andáis a lo humano?”. Este es el resultado inevitable de las obras “frías”.
El segundo tipo de acciones a la que el Apóstol hace referencia y que constituyen el equivalente de las obras calientes son las “obras de fe”. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión. Lo que vale es la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6, NRV 2000, cf. 1 Tes. 1:3; Sant. 2:18,20,22). La Versión Reina-Valera 1977 traduce la última parte de este versículo de la siguiente manera: “La fe que actúa mediante el amor”, literalmente: “que se reactiva por el amor”. Estas son las únicas obras agradables a Dios, pues no están manchadas por el egoísmo natural del corazón humano. Estas acciones justas suben como dulce aroma a la presencia de Dios, pues son generadas por el creyente que aprecia profunda y sinceramente el costo de la Salvación (cf. Juan 3:16; Rom. 5:6-10). Cuando comparamos Gál. 5:6 con el cap. 6:15, y 1 Cor. 5:19 nos damos cuenta que las obras de fe, realizadas por amor, sólo pueden ser producidas por el individuo que ha pasado por la experiencia del nuevo nacimiento (Juan 3:3-5; 2 Cor. 5:17; Tito 3:5). Las obras de fe, realizadas “por amor”, son a las que Cristo se refirió como “calientes” en Apoc. 3:15. Los privilegios espirituales que poseen los laodicenses demandan este tipo de obras y no las que están produciendo.
El tercer tipo de obras, las tibias, debemos ver ahora. En los escritos de Pablo sólo nos queda un tipo de obras, y son las únicas que podemos equiparar con las obras tibias: “Las obras de la Ley” (Gál. 2:16; Rom. 3:28, cf. Hech. 13:38-39). Esta frase “las obras de la Ley”, literalmente, “obra de Ley” indica “origen o procedencia”. Se refiere a las obras producidas por el individuo que impulsado por temor al castigado o el amor a la recompensa, procura alcanzar la norma trazada por la Ley. Pero estas motivaciones egocéntricas están destinadas al fracaso, pues el origen de ellas es la carne y no Cristo. En el juicio serán condenadas como “obras de iniquidad” (cf. Mat. 7:21-23).
 
Justicia propia vs. Justicia de Dios
En la experiencia religiosa del apóstol Pablo anterior a su encuentro con Cristo, tenemos una ilustración gráfica de la inutilidad de “las obras de la Ley”. Pablo confesó que en cuanto a confianza “en la carne” el tenía bastante y más que cualquiera. Estas eran sus credenciales: “Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos. En cuanto a la Ley, fariseo. En cuanto al celo, perseguidor de la iglesia (Fil. 3:5-6). ¿Qué decir de la “justicia que es en la Ley”? Tenía de que gloriarse también. Esperaríamos una respuesta humilde, pero esta es la que recibimos: “En cuanto a la justicia de la Ley, irreprensible”. Entonces, Pablo, en su vida de fariseo, ¡estaba listo para la traslación! Eso pensaba él y todos los que como él se empeñaban con sus propios esfuerzo por alcanzar la norma perfecta de la Ley de Dios. Pero cuando Cristo iluminó el corazón y la mente del Apóstol con la verdad del Evangelio, el tono de sus palabras cambiaron radicalmente.
 
“Pero lo que para mí era ganancia, lo he considerado pérdida por amor de Cristo. Y más aún, considero todas las cosas como pérdida por el sublime valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo; y ser hallado en él, no en mi propia justicia, que viene por la Ley, sino en la que es por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe” (vers. 7-9).
 
          Pablo admite francamente que estaba equivocado, que vivía atrapado en un falso evangelio, envuelto en el “trapo de inmundicia” de su propia justicia (Isa. 64:6). Estaba lleno de todo lo que ante los hombres le daba gloria personal y recomendación, pero estaba desprovisto de todo lo necesario para ser considerado digno de la vida eterna y de la verdadera justicia. Él confiesa que estuvo tratando de asegurase la salvación sobre la base de su propia justicia, fruto de su obediencia a la Ley sin Cristo, la verdadera fuente de justicia. De hecho odiaba y perseguía a Cristo en la persona de sus santos (Hech. 7:58; 8:1,3; 9:1-6, cf. Mat. 25:40,45). Pero cuando vio a Cristo en toda su hermosura, como a su Salvador personal, todos sus logros y su justicia propia, las consideró como “pérdidas”, “basura” (literalmente “estiércol”).
Es importante que podamos percibir la fuerza de las siguientes expresiones de la manera que son contrastada por el Apóstol: “Ser hallado en él, no en mi propia justicia, que viene por la Ley, sino en la que es por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe”.
 
Mi justicia propia que viene por la Ley 
La justicia que viene de Dios por la fe

 

 

Sobre la base de la Ley
Sobre la base de la fe 
 
No es posible reconciliar estas declaraciones. La salvación no es “sobre la base de la Ley” (el equivalente de “justicia propia”, “logros personales”), sino “sobre la base de la fe”. Esta es la misma verdad que fue predicada a los cristianos de Roma: “Porque en el Evangelio la justicia que viene de Dios se revela de fe en fe, como está escrito: El justo vivirá por la fe (Rom. 1:17, la cursiva es nuestra). Pero esto no significa que la verdadera justicia está divorciada o en un área periférica a la de la Ley. ¡No! La verdadera justicia de Dios implica perfecta conformidad con su Ley (Sal. 119:172). Los que conocen verdaderamente la justicia son aquellos en cuyos corazones está la Ley (Isa. 51:6,7). La Ley de los Diez Mandamientos es la “medida de la justicia de Dios. Desde que es la Ley de Dios, y es justicia, debe ser la justicia de Dios. No hay en verdad, ninguna otra justicia”.[9] La justicia de Cristo no es otra cosa que su perfecta obediencia a la Ley de Dios en su vida terrenal (Juan 15:10). La palabra justicia involucra una victoria que se ha alcanzado por medio de una lucha cuerpo a cuerpo con el pecado en la carne (Rom. 8:3, cf. Apoc. 19:7-8). Por lo tanto, la “justicia de Cristo” es la misma justicia de la Ley.
La pregunta que debe ser contestada correctamente es esta: ¿Cómo obtiene el cristiano esta justicia? Según Pablo, el diablo ha engañado a casi todos los creyentes durante todas la épocas para que procuren alcanzar la justicia que le justifica delante de Dios y que le dará entrada al reino de los cielos por medio de sus propios esfuerzos, “sobre la base de la Ley” (Fil. 3:9, cf. Rom. 3:28; Gál. 2:16). Pero este no es el medio establecido por Dios para obtener su justicia. Por esto, el pueblo de Dios ha fracasado miserablemente el dar al mundo la luz correcta sobre la Justificación por la Fe. La única forma de obtener la “justicia que viene de Dios”, la justicia que “se revela” en el Evangelio (Rom. 1:16,17) es por medio de la fe en Cristo. Es “sobre la base de la fe” como se logra alcanzar completa justicia, que nos califica para el cielo ahora y en el juicio (Fil. 3:9, cf. Hech. 13:38,39).
Ahora bien, ¿que sucede con la Ley en la experiencia de la Justificación por la Fe, en el momento en que se recibe la justicia como un don? Está presente y activa, pero no como el medio justificador como en el reino legalista, sino como el elemento testificador de la justicia. ¿Cómo así? El apóstol Pablo dice que la justicia de Dios (que es la misma de Cristo) “imputada” al creyente es una justicia que aunque se manifiesta “aparte de la Ley”, es “atestiguada por la Ley” (Rom. 3:21, RVA, BJ). La Ley es quien confirma que la justicia con la que Dios cubre y llena al individuo es una justicia válida ante ella. La Ley “atestigua” que la justicia de Cristo es “buena en gran manera”, que es genuina justicia, y que en el sentido pleno de la palabra es perfecta y absoluta obediencia a sus demandas sobre el pecador.
Los cristianos de la iglesia de Laodicea tienen que llegar a comprender urgentemente por experiencia personal que sus obras tibias son una forma patética y nauseabunda de justicia propia que causa terrible pesar al Testigo fiel. “Vuestra justicia propia produce náuseas al Señor Jesucristo”. “Muchos son laodicenses que viven en un estado de autoengaño espiritual. Se visten con las vestiduras de su propia justicia, imaginándose que son ricos y están enriquecidos y no necesitan nada, cuando [lo que] necesitan [es] aprender de Jesús diariamente, de su humildad y mansedumbre; de lo contrario se encontrarán en quiebra y toda su vida habrá sido una mentira”.[10] No es posible mientras nos negamos a aceptar la reprensión de Cristo que seamos prosperados en las cosas espirituales y que seamos vestidos con el manto perfecto de su justicia. Avanzaremos en todo, menos en la dirección correcta. Esta absurda peregrinación por el desierto tiene que terminar, debemos entrar en la tierra prometida con la ayuda y el poder de nuestro tierno y amante Dios.
 
Te vomitaré de mi boca
Esta declaración ha sido interpretada por muchos como una sentencia irrevocable, señalando así la suerte inevitable de la iglesia de Laodicea. Pero esta es una conclusión apresurada y está basada en una mala interpretación del texto. Una mejor traducción de la frase “te vomitaré de mi boca” es la siguiente: “Estoy por vomitarte de mi boca” (RVA, NRV 2000). Se ve entonces que no se hace alusión aquí a la suerte definitiva de Laodicea, sino más bien a la advertencia divina que procura despertar en ella el arrepentimiento de su pecado de justicia propia. La palabra “por” en el original de Apoc. 3:16 es mello y su significado queda aclarado cuando leemos Apoc. 10:4: “Después que los siete truenos emitieron sus voces, yo iba a escribir, y oí una voz del cielo que decía: sella las cosas que los siete truenos han hablado, y no las escribas”. Nótese que Juan “iba a escribir” lo que los siete truenos dijeron, pero una voz del cielo se lo impidió. De la misma manera, Cristo “iba a vomitar” a la iglesia de Laodicea por causa de su tibieza, pero “algo ocupó el lugar de este hecho: un arrepentimiento genuino. La verdadera razón por la que Cristo lucha con la iglesia de Laodicea no es porque ella es mejor o más santa que las demás iglesias, sino porque en la agenda divina se vislumbra el glorioso momento en que el arrepentimiento tan largamente esperado por Dios finalmente tomará lugar. Laodicea finalmente responderá”.[11]
 
Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas (vers. 17-18).
 
Autoengaño y justicia propia
Según se sabe, la ciudad de Laodicea fue devastada por un terremoto en el año 60 d. C. Y cuando el emperador Nerón le ofreció ayuda financiera, los líderes de la ciudad la rechazaron porque – según ellos – tenía recursos suficientes para reconstruirla sin la cooperación de nadie. ¡Orgullo! En términos espirituales Laodicea no es diferente. Su situación es desesperante. No admite la reprensión ni la ayuda de Cristo, y a pesar de que Él le describe claramente su situación espiritual asume una actitud temeraria negándose a reconocerla.[12] En toda la Escritura esta condición espiritual es natural en dos clases de personas. En los inconversos que, fruto de su incredulidad y negación de Dios asumen una aptitud desafiante ante las tiernas misericordias de Dios. El rey Nabucodonosor es un buen ejemplo de este tipo de personas. Este gran monarca recibió una revelación especial de la soberanía de Dios en la historia sobre los reinos de los hombres y un testimonio de su infinita sabiduría y conocimiento por medio de un asombroso sueño y la interpretación del profeta Daniel (Dan. 2). Esto debió inducirlo a retener la confesión de fe que había hecho (Dan 2:46-47). Pero tiempo después, mientras contemplaba las glorias de Babilonia, lleno de presunción expresó: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi poder, para residencia real y para gloria de mi majestad?” (Dan. 4:30). La Biblia nos dice que “aun estaban estas palabras en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: el reino ha sido quitado de ti;... hasta que reconozca que el Altísimo tiene el poder sobre la realeza de los hombres, y la da a quien Él quiere” (vers. 31-32). Durante siete años Nabucodonosor estuvo sujeto a una extraña enfermedad en la que se creía un animal y vivía como tal (vers. 32-33). La enfermedad que afectó al rey Nabucodonosor según el profeta Daniel, es conocida por los psiquiatras como “boantropía” (el que se cree buey). “Es una condición mental en la cual una persona cree que se ha convertido en animal y comienza actuar como si lo fuera”.[13]  “Siete tiempos”, es decir, siete años pasaría el rey en este estado (vers. 23). Pero al cabo de ellos volvería a recuperar su memoria y su reino (vers. 34).
Antes de su humillación Dios le advirtió a Nabucodonosor por medio de otra revelación (Dan. 4:10-26) lo que le sucedería si continuaba su actitud egocéntrica. Se le aconsejó lo siguiente: “Por tanto, oh rey, aprueba mi consejo. Renuncia a tus pecados y haz lo justo, renuncia a tu maldad y sé bondadoso con los oprimidos. Tal vez eso prolongue tu tranquilidad” (vers. 27). Pero el rey continuó en su activa rebelión desatendiendo al llamado de Daniel y fue confrontado por Dios, humillado y castigado en su arrogancia. Cumplido el tiempo, Nabucodonosor aprendió la lección y reconoció la Majestad divina: “En el mismo tiempo mi sentido me fue devuelto, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí. Mis gobernadores y mis consejeros me buscaron. Y fui restituido a mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora, yo Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdad, sus caminos justos, y puede humillar a los que andan con soberbia. (vers. 36-37).
El otro tipo de personas que se revela contra la voluntad de Dios, es aquella que asiste regularmente a la iglesia, tiene su nombre inscrito en sus libros y profesa servir a Cristo. Esta clase de cristiano adopta la misma actitud del rey Nabucodonosor sólo que en sentido pasivo, pues por su profesión de fe parece un verdadero siervo de Dios, pero en realidad no lo es. El fariseo de la parábola representa bien esta clase de cristiano. Cristo reveló el orgullo laodicense del fariseo en los siguientes términos: “El fariseo oraba de pie consigo mismo, de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, y doy el diezmo de todo lo que gano” (Luc. 18:11-12). No hay lugar la para justicia de Dios en este corazón. Aquí sólo hay suficiencia propia y orgullo espiritual. Hay tibieza, apatía e indiferencia. Este creyente autosuficiente, a diferencia del publicano, no pudo llegar a su casa “justificado” (cf. Vers. 13-14). El Espíritu de Profecía nos dice:
 
“El ensalzamiento propio es un elemento peligroso. Mancha todo lo que toca. Es el vástago del orgullo, y procede tan hábilmente que, a menos que se esté en guardia contra él, se posesionará de los pensamientos y regirá las acciones”.[14]
 
            Se reconoce que en relación con la misión (representada en la palabra “obras”) el ángel de la iglesia de Laodicea debería ser “celoso”, “lleno de entusiasmo, activo apasionado”, pero en realidad es “tibio, indiferente, apático, indolente... le falta el celo misionero porque su vida espiritual no está bien... Una condición espiritual de orgullo, autosuciencia, cinismo, y ceguera, requiere arrepentimiento. Abandona las ropas negras de tu propia industria. Despójate de tu vergüenza propia. Deja la arrogancia de tu propio adorno. Arrepiéntete”.[15]
 
“Y no sabes que eres”
Los laodicenses deben despertar de este letargo o serán disciplinados por el Testigo fiel y verdadero. Pero el problema es de proporciones enormes. Están atrapados en el terreno pantanoso de sus propias justificaciones. Hay pecado oculto, desconocido. Ellos, como el apóstol Pedro desconocen lo que realmente hay en sus corazones. “No saben”, desconocen lo que hay en su interior y de lo que son capaces de hacer por causa de esta ignorancia. El pecado de “y no sabes” es el último problema que ha ser vencido. Pero una vez quitado del medio, el terreno estará preparado para la reforma y el reavivamiento tan largamente esperado. El Espíritu de Profecía, en este contexto nos dice que las diferentes “circunstancias” por las que pasamos han servido para poner “en nuestro conocimiento” nuevos defectos de carácter, pero “no se ha revelado nada que no estuviera” en nosotros.[16] Y dice además que cada uno de nosotros “posee rasgos de carácter todavía ignorados y que deben ser puestos en evidencia por la prueba”. “El les revela en su misericordia sus defectos ocultos... Dios quiere que sus siervos se familiaricen con el mecanismo moral de su propio corazón”.[17]
Nótese lo que dice la siguiente cita: “En la terminación del gran  Día de Expiación... la iglesia militante será puesta en grave prueba y angustia... [Y] sus miembros serán completamente conscientes del carácter pecaminoso de su vidas, verán su debilidad e indignidad...”.[18]
Según la Biblia, la generación de judíos de los días de Cristo, los que tuvieron involucrados directamente con su rechazo y crucifixión fueron objetos también del pecado de “y no sabes”. Cuando la nación judía como turba frenética y endemoniada gritó: “¡Crucifícalo, Crucifícalo, Crucifícalo!”, escuchamos a Cristo antes de morir orando de la siguiente manera: “Padre, perdónalos, porque ellos no saben lo que hacen” (Luc. 23:34, el énfasis es nuestro). El primer “y no sabes” nos quitó a Cristo, lo expulsó de este mundo, mientras que el segundo temerariamente lo retiene fuera de nosotros, en el cielo, y le niega descaradamente el recibimiento de su corona y recompensa: su pueblo redimido, salvado por la eternidad.
Es por esto que la iglesia de Laodicea “no sabe” lo que realmente está despreciando al resistir el consejo del Testigo Fiel. Por su talante actitud de incredulidad está repudiando lo que es para su bien. No sabe que el día de su visitación ha llegado y que debe hacer su elección final ahora. ¡El tiempo se termina, el juicio del pueblo de Dios está llegando rápidamente a su final! Pero Laodicea aprenderá la lección y estará lista para la traslación. “El precio a pagar es grande, porque implica humillación total, pero una vez que Laodicea abra ‘la puerta’ de su corazón a la influencia del Espíritu Santo y sea movida por el ‘poder’ del Evangelio Eterno y la cruz de Cristo (Rom. 1:16; 1 Cor.1:18) nada detendrá ya el arrepentimiento corporativo del pueblo de Dios. Esto se conoce en el contexto de la doctrina del Santuario como ‘expiación final’ o ‘reconciliación final’. Y cuando esta maravillosa experiencia tome lugar llegará también a su fin toda rebelión de parte del pueblo de Dios”. [19] Esto está profetizado por el profeta Zacarías:
 
“Derramaré sobre la casa de David (los líderes del pueblo), y sobre los habitantes de Jerusalén (los miembros de la iglesia), espíritu de gracia y de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán sobre mí, como se llora por unigénito. Se afligirán sobre mí como quien se aflige por primogénito. En aquel día habrá un gran llanto en Jerusalén..., Y la tierra lamentará, cada familia de por sí... En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la inmundicia” (caps. 12:10-13:1, cf. Dan 8:14; Isa. 32:15).
 
La siguiente cita del Don Profético está en íntima relación con el mensaje de Cristo a la iglesia de Laodicea y con esta declaración bíblica de Zacarías. En realidad, esta declaración está estructurada con el lenguaje combinado de ambas. Veamos:
 
“Cuando las vidas del pueblo de Dios se limpien de toda contaminación moral, cuando sus ojos se unjan con el colirio celestial, verán que son pobres, desdichados, miserables, ciegos y desnudos. Se acercarán a la fuente que fue abierta a para Judá y Jerusalén y aplicarán la sangre purificadora de Cristo a sus almas pobres y enfermas por el pecado”.[20]
 
Las mercancías celestiales
El consejo de Cristo es definido y claro: Compra “oro refinado por fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (VRV 1977). Nada es más urgente y necesario. Puede ser humillante, pero es verdad. Puede herir nuestro orgullo espiritual, pero es cierto. Puede golpear fuertemente nuestro yo, pero es innegable. Al fin y al cabo, esta verdad trae salvación y liberación.
El oro refinado en fuego es “la fe que obra (o se reactiva) por el amor” (Gál. 5:6). Es la única manera de ser “rico” en términos espirituales. Pero note que no se nos ofrece sin nada a cambio. Aunque la fe y el amor son “dones” (cf. Efe. 2:8, Rom. 5:5), debemos  “comprarlos”. Esto nos recuerda el mensaje que el profeta Isaías le dirigió al antiguo pueblo de Israel: “¡Todos los sedientos, venid a las aguas! ¡Y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed! ¡Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche! ¿Por qué gastáis el dinero no en pan, y vuestro trabajo en lo que no satisface? Oídme con atención, y comed del bien, y os deleitaréis con algo sustancioso” (Isa. 55:1-2, la cursiva es nuestra). ¿Cómo es posible que gastemos todas nuestras mejores energías y esfuerzos en cosas que no son sustanciosas? Es como repetir la triste historia: “Sólo he hallado esto: Que Dios hizo al hombre recto, pero él se complicó con muchos artificios” (Ecl. 7:28, “se buscaron muchas artimañas”, VRV 1977). El hecho de que hay que “comprar” lo que Cristo nos ofrece es la mayor evidencia de que el precio a pagar para ser salvado de la derrota espiritual es la muerte al yo, la renuncia total a nuestros propios intereses.
Las “vestiduras blancas” son un símbolo de la perfecta justicia de Cristo. En las Escrituras se usa la imagen de un “manto” que es puesto sobre el creyente arrepentido para representar que la justicia de Cristo nos cubre al ser perdonados por Él (Gál. 3:27; Rom. 13:14; Mat. 22:11). Isaías nos dice: “En gran manera me gozaré en Jehovah, me alegraré en mi Dios, porque me vistió de vestidos de salvación, me rodeó de un manto de justicia, como a novio me atavió, como a novia adornada de sus joyas” (Isa. 61:10, la cursiva es nuestra). Sin esta vestidura estamos tan vergonzosamente desnudos delante de Dios como lo estuvieron nuestros primeros padres el día que pecaron y se ocultaron de su presencia (Gen. 3:8-11). Y no importa que nos hagamos “delantales de hojas de higueras”, estaremos desnudos ante la vista de Dios. Sólo la justicia de Cristo constituye verdadera vestimenta, de la misma manera en que su “carne y sangre” es verdadera comida. Y esta justicia, está a disposición del creyente como ya señalamos para ser puesta sobre él tanto como entronizada en su corazón, pues Dios no sólo absuelve del pecado al creyente en Cristo, sino que lo transforma en una nueva criatura para que ande en una nueva vida (2 Cor. 5:17; Efe. 2:10; cf. Isa. 51:6-7).
 
“Unges tus ojos con colirio”
El otro elemento necesario para resolver el problema de la tibieza es el “colirio”. En la antigua ciudad de Laodicea los médicos “preparaban los célebres ‘polvos frigios’ en tabletas cilíndricas, para curar las enfermedades de la vista”.[21] Este pedido de Cristo era de fácil asimilación para los cristianos laodicenses que reaccionaban como ciegos espirituales ante sus dificultades en la fe. El gran Médico divino les dice que tiene la solución en sus manos, que tiene a disposición una porción especial del Espíritu Santo para guiarlos a toda verdad y al discernimiento especial del pecado de justicia propia en el que se encuentran sumidos (Juan 16:13). El “Espíritu de Dios todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios” (1 Cor. 2:10), por lo tanto, puede comunicarnos la voluntad plena de Dios para nuestra vida. Si Él tomara posesión completa de nuestros corazones nos daría liberación, “pues donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor. 3:17). Libertad del pecado, de la apatía y de la indiferencia que corrompe el alma.
Cuando vislumbramos el problema de Laodicea en todas sus fases, y lo relacionamos con el relato de la caída en el pecado y la restauración de nuestros primeros padres, encontramos ciertas similitudes interesantes. Veamos esto en el siguiente recuadro.  
 
 
EN EL GÉNESIS
 
EN EL APOCALIPSIS 
 

 

 

 

 
La primera conversación Creador-criatura caída después de la entrada del pecado.
 
La última conversación Creador-criatura caída después de la entrada del pecado. 
       
 
Adán y Eva no reconocieron su pecado inmediatamente. Se señalaron culpables unos a otro y se autojustificaron (Gén. 3:12-13).
 
Laodicea es objeto del pecado de autojustificación, y se niega a reconocer que es desventurada, pobre ciega y desnuda. 
       
 
Por causa de la caída nuestro primeros padres quedaron desnudos, desprovistos del manto de luz que los cubría y trataron de resolver su problema cociéndose unos delantales de hojas de higueras (Gén. 3:7).22 
 
Los laodicenses también están desnudos delante de Dios, pues carecen de la “vestiduras blancas” que Cristo les ofrece. Lo que queda al descubierto es “la vergüenza de su desnudez”.
       
 
Dios habló con Adán y Eva, y les advirtió de las consecuencias de su rebelión (vers. 16-19).
 
Dios también le ha advertido a Laodicea de las consecuencias de su apatía y de su ceguera espiritual. 
       
 
Para cubrir la desnudez de nuestros primeros padres, Dios hizo “túnicas de pieles” de un animal sacrificado y los cubrió con ellas (Gén. 3:21). Esta fue la solución. Con una vestidura elaborada sin su cooperación fueron vestidos.
 
Las “vestiduras” que Cristo les ofrece a los laodicenses es su propia justicia, una justicia labrada en su vida terrenal y muerte expiatoria sin ninguna hebra humana. Es el resultado de su supremo sacrificio en la cruz del Calvario. 
       
 
Dios realizó una especie de mini juicio investigador en el Edén. Hizo algunas preguntas que obviamente no buscaban información: “¿Dónde estás tú?”. “¿Quién te enseñó que estaba desnudo?”. “¿Has comido del  árbol que yo te prohibí que comieras?” (Gén. 3:9-11).
 
 
Laodicea significa “pueblo juzgado”, “juicio del pueblo”, es la iglesia que vive bajo el juicio pre-advenimiento o Juicio Investigador. Este juicio no se lleva a cabo para informar a Dios de algo que Él no conoce, sino para vindicar a sus santos y para beneficio de las inteligencias celestiales. 
       
 
Dios no sólo les advirtió de los drásticos cambio que se originaron y de los que serían víctimas en el futuro por causa de la desobediencia, también los sacó del Edén sabiamente para que no comieran en estado de rebelión del árbol de la vida y se inmortalizara el pecado (Gén. 3:23-24). 
 
A la iglesia de Laodicea Cristo le hace claro que de no producirse un cambio en su estilo de vida y profesión de fe se verá obligado a vomitarla de su boca. Pero antes les advierte que, sobre la base de su amor la castigará para moverle al arrepentimiento. 
       
 
Después de la entrada del pecado, los fieles seguidores de Dios iban a adorar y a realizar sus sacrificios frente a la puerta del Edén. Allí renovaban sus votos de fe y obediencia a la Ley de Dios (cf. Gén. 4:3-4,16; PP: 46,47).
 
 
A los laodicenses Cristo les dice: “He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta entraré a él y cenaré con él y él conmigo”. El encuentro está propuesto, la iglesia debe renovar su pacto de fe y voto de fidelidad con su Señor. 
       
 
Cuando Dios vistió a Adán y Eva con “las túnicas de pieles”, ese acto divino de amor los indujo a reconocer su pecado y a verlo no como el Dios egoísta que le dijo la serpiente, sino como un Dios amoroso aun de los caídos y pecadores. Se reconciliaron con Dios (cf. Gén. 3:21).23
 
El mensaje a la iglesia de Laodicea no termina diferente. Al final del camino se realiza la tan anhelada reconciliación entre el divino Señor y la novia que por fin se preparó para la boda. Habrá reconciliación, perdón y entrega eterna. 
 
Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (vers. 19-20).
 
La reprensión divina
          Las formas en la que Dios disciplina a sus hijos no es siempre la misma. Hasta la magnitud de la reprensión varía de acuerdo a la situación espiritual de la iglesia. Pero como hemos visto, el problema espiritual de Laodicea es de grandes proporciones, pero aun así no disponemos de elementos de juicio para precisar el tipo de castigo con el que Dios disciplinará a esta iglesia. Pero de que ciertamente lo hará, es un hecho. De otra manera llegará al punto de “vomitarla” de su boca. Apoc. 3:19 es una evocación de Prov. 3:11-12: “No menosprecie, hijo mío, la reprensión de Jehovah, ni te canses de su corrección; porque Jehovah al que ama reprende, como al hijo a quien el padre quiere”. ¡Gloria a Dios porque nos reprende por amor en nuestros malos caminos!, pues “al ser juzgados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Cor. 11:32, VRV 1977). Y si “soportamos la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?”. “Es verdad que ninguna disciplina parece al principio causa de gozo, pero después da fruto apacible de justicia a los que son ejercitados por medio de ella” (Heb. 12:7,11). ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por los siglos eternos! La disciplina del Señor tiene como propósito inducirnos a abandonar nuestra justicia propia y recibir la justicia verdadera, la justicia de Cristo. Por consiguiente, quien está a la puerta es Alguien lleno de simpatía y amor. Él nos corrige para redimirnos.
Es bueno mantener presente que la corrección no elimina la posibilidad del triunfo como se puede apreciar en la siguiente declaración:
 
“El mensaje a los laodicenses se aplica a los Adventistas del Sétimo Día que han tenido gran luz y no han caminado en la luz. Son aquellos que han hecho gran profesión, pero que no se han mantenido en el camino con su Dirigente, y que serán escupidos de sus boca a menos que se arrepientan”.[24]
 
 
Si alguno abre la puerta...
Juan usa aquí una figura de lenguaje maravillosa para expresar el deseo que Cristo tiene de entrar en una comunión intima y prolongada con su pueblo: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. En la mentalidad judía los goces de la vida futura eran comparados con un festín (Luc. 14:15-16). La palabra “cenar” proviene del griego deipneîn “con su correspondiente deîpnon”. Esta palabra se refiere a la comida principal, la cena de la tarde, “la que se alargaba agradablemente porque ya no se volvía al trabajo”.[25] Cristo le propone a Laodicea, “cenar”, compartir sin prisa, larga e íntimamente con ella en grata compañía. Pero Cristo no merece permanecer afuera de la puerta como quedara Luis IV de Alemania en el 1077 en medio de un penoso invierno cuando despreció el decreto papal y luego fue en busca de perdón hasta Canosa. Dios no está lejano de nosotros, sino “cercano, a la mano”, y aun “palpando” puede ser encontrado (Hech. 17:27). Él no requiere de penitencias o grandes sacrificios para aceptarnos en su familia. La correcta apreciación de su amor incondicional es suficiente (2 Cor. 5:14-15).
La imagen de Cristo tocando a la puerta nos recuerda la gran verdad de que la iniciativa de la salvación es divina (cf. Gén. 3:8-11). Dios no espera a que apretemos el botón para iniciar el movimiento de la maquinaria celestial. ¡No! Él da el primer paso, y si no lo hiciera, nuestra indiferencia y tibieza laodicenses desencadenaría en la ruina eterna de nuestras almas. Esta imagen nos recuerda además los sacrificios de paz que eran realizados por los antiguos adoradores en el Santuario del desierto (Lev. 3). El aspecto más distintivo de esta actividad era la comida que se compartía dentro del patio del Santuario entre los adoradores y los sacerdotes. No era el momento para realizar la paz entre Dios y el adorador, la paz ya existía, por lo tanto, se compartía y se celebraba. Esta actividad estaba precedida por un sacrificio que proveía expiación (reconciliación) por el pecado. Esta era la razón de la paz entre Dios y el prójimo.
El sacrificio ofrecido se constituía en “una ofrenda de olor grato para Jehová", y más aún, tan íntima era la comunión de Dios con el adorador que la Biblia dice que en esta ocasión la parte quemada sobre el altar (la grosura) era considerada como “vianda (‘manjar’, NRV 2000)... ofrenda que se quema en olor grato a Jehová” (Lev. 3:16). Negarse a abrir la puerta, es negarle a Cristo la oportunidad de curarnos y restaurarnos, es estar - como dijo alguien –  “en guerra con su propia bendición”, terminar siendo “el conquistador de su desgracia”. El momento actual, es pues, oportuno para hacer la paz, para reconciliarse con Dios y “cenar” con Él.
 
Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (vers. 21-22).
 
La promesa al vencedor
Esta promesa es extraordinaria. Sentarse con Cristo en su trono es tener el privilegio de compartir con Él su gloria, poder y autoridad, así como Él la comparte con su Padre (cf. Mat. 19:28; Luc. 22:30). Esta promesa incluye el ofrecimiento de la victoria total sobre el dominio y el poder del pecado. Venceremos como Él venció. Pero esta promesa no debe ser llevada más allá de donde debemos, pues en muchas ocasiones ha sido matizada con ciertos rasgos legalistas. Como las Escrituras nos dicen que Cristo ha vencido al diablo (Juan 14:30), al poder del pecado en la carne (Rom. 8:3), y al mundo con todos sus atractivos (Juan 16:33), muchos han llegado a pensar que su constante victoria sobre estos elementos hasta cierto punto les proporciona ciertos méritos. Como han vencido, con el poder de Cristo, merecen la corana de la vida eterna.
Con todo, debe notarse que este pasaje de Apocalipsis “no alude a la victoria de los santos desde la perspectiva de justicia imputada, sino desde la perspectiva de justicia impartida... Sin embargo, debemos aclarar que la victoria sobre el dominio y poder del pecado en nosotros a través de la morada interior del Espíritu Santo no es meritoria. Es sólo demostrativa. Se demuestra en nosotros el poder del Evangelio para salvar al que cree (Rom. 1:16) de las garras del pecado y restablecer en nosotros la imagen divina. La gracia es superior al pecado (Rom. 5:20). Es sólo la victoria total y completa de Cristo en su vida terrenal, su perfecta justicia, la que nos califica para el cielo ahora y en el juicio. Y esta ‘victoria es nuestra’ por medio de la fe”.[26]
           En el apartado anterior hicimos referencia al hecho de que hay algunos que proponen un regreso al período profético de Filadelfia, porque entienden que es ésta iglesia y no Laodicea la que triunfa finalmente. Pero no podemos aceptar esta propuesta, pues está fundada en una premisa equivocada al tiempo que no toma en cuenta el hecho de que aunque cada iglesia tiene sus fuertes y particulares problemas, la promesa que se le dirige, revela que también hay creyentes que salen airosos. Laodicea no es la excepción. En este respecto se observa acertadamente:
 
“La idea de que el cristiano puede mejorar sus perspectivas de salvación recurriendo al escapismo de una emigraci