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A lo largo de toda la historia
del cristianismo, en todos los siglos y con representantes de
prácticamente todos los movimientos religiosos principales,
incluyendo católicos y protestantes, la profecía de Dan 9 acerca
de la fecha de la venida del Señor ha sido defendida como una
prueba extraordinaria de la capacidad de Dios para anunciar
eventos precisos, concretos y en una fecha determinada, con tanto
tiempo de anticipación. Esto se ve al leer un estudio sobre las 70
semanas que preparó el Dr. Gerhard Hasel y que el Biblical Research Institute
publicó hace poco más de una década atrás.
Jesús mismo declaró, cuando comenzó su ministerio, “el tiempo se
ha cumplido” (Marcos 1:15). Y Pablo agregó: “Pero cuando se
cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo...” (Gálatas 4:4). ¿A cuál
profecía se refirieron tanto el Hijo de Dios como Pablo? La única
que daba una fecha precisa para la aparición pública del Mesías
prometido era la de Dan 9. De manera que la ola de fe en la
palabra profética “más segura” que Dios dio a su Iglesia nunca se
desvaneció desde entonces ni se volvió difusa, al menos en lo que
respecta a esta profecía. Hasta hoy sigue teniendo adherentes de
todas las iglesias y credos principales, aunque su
representatividad ha disminuido con los años.
Los críticos
¿Por qué cada vez hay menos que se aferran a la “segura palabra
profética”, a la cual haríamos bien en estar “atentos como una
antorcha que alumbra en lugar oscuro”? Por varias razones. Entre
ellas mencionemos dos que, por su importancia para nuestra
iglesia, convendrá tenerlas en cuenta:
a.
Crítica moderna con su típico escepticismo que no trabaja con la
hipótesis de la existencia de Dios y, por consiguiente, a muchos
les resulta ridículo que haya predicciones tan extraordinarias y
con tanto tiempo de anticipación. Siendo que el texto hebreo no
poseía vocales, éstas le fueron suplidas entre los S. VII al IX de
nuestra era por los judíos Masoretas, con puntos y rayas. Para
evitar desembocar en los días de Cristo, los teólogos modernos
liberales, aún pretendiendo ser cristianos, retoman la puntuación
viciada de los judíos para negar que se trató de una profecía
mesiánica. Pero no ofrecen nada serio en cambio, de manera que se
puede decir con certeza que no hay ninguna otra interpretación que
se haya podido proponer que pueda aceptarse. La única cuyo
cumplimiento es admirable es la que nos viene desde los días de
Jesús mismo, en una línea ininterrumpida hasta hoy.
b.
Crítica de quienes procuran destruir la profecía de los 2300 días
(Daniel 8), y se dan cuenta que para ello deben poder derrumbar
también la profecía de las setenta semanas (Dan 9). Esto se ha
visto en páginas de Internet contra los adventistas, a menudo de
ex adventistas o de ciertos evangélicos que retoman las críticas
de ex adventistas. En su lugar, no proponen ninguna otra
interpretación de la profecía de Dan 9 o Daniel 8. Su propósito es
simplemente destruir el adventismo que basa su fe profética en
esos dos capítulos. Siendo que el estudio de la cronología antigua
es complicada, y muchos que no están compenetrados de todos los
elementos que entran en juego en su análisis se enredan
fácilmente, esos adversarios que tenemos encuentran por allí cómo
hacer su agosto para derrumbar nuestra fe y nuestra iglesia. (Por
ejemplo, es cierto que los judíos contaban muchas veces de otoño a
otoño (año civil), pero los meses los numeraban de primavera a
primavera (año litúrgico). Encima debemos colocar las fechas en un
calendario juliano-gregoriano).
Alguien me escribió por vía privada la semana pasada diciendo que
yo era valiente y dejaba siempre una cuota de reprensión en mis
contribuciones. Nunca me sentí valiente ni tampoco me esfuerzo por
reprender a nadie. Cuando me expreso en forma clara sobre una
interpretación u otra y quien o quienes la asumen, lo hago con la
libertad de aquel que cree saber de lo que habla. Un principio
académico que debimos aprender en la Universidad nos hizo ver que
quien quiere escribir o hablar de algo sobre determinado tema debe
dar muestras de estar enterado de otras posiciones contrarias, de
lo contrario nadie tiene interés en escucharlo. Por otro lado,
siendo que pocas cosas han sido atacadas tanto como estas
profecías, no podemos ignorar lo que algunos han dicho y hecho
minando la fe de tantos hermanos nuestros. Ellos necesitan saber
que no somos santos ilusos.
Otro punto a destacar es que todas las escuelas de interpretación,
inclusive las críticas modernas, reconocen en esta profecía el
principio día por año. La intención de Daniel les resulta clara a
todos en este respecto. Mientras que los críticos preteristas han
buscado infructuosamente hacer desembocar su cumplimiento en el
Siglo II a.C. (con el general seléucida Antíoco Epífanes), y los
futuristas dispensacionalistas se han enredado en sus
interpretaciones queriendo despegar la última semana para el fin
del mundo con la Segunda Venida de Cristo, la posición adventista
mantiene la línea tradicional historicista que concluye las 70
semanas de años el año 34 d.C.
Estima especial del cielo hacia Daniel
Varios años pasaron desde que Daniel tuvo la visión anterior y
ésta del capítulo 9. Esto nos muestra que aún los profetas no
reciben toda la información de una vez al recibir una visión, por
más que se enfermen por querer comprenderla (Daniel 8:27). Y Dios
tampoco satisface en el acto su genuino deseo de entenderla. Esto
nos enseña también a ser pacientes cuando no podemos encontrar
todas las respuestas, y esperar por más luz, sin renunciar a lo
que aparece claro en la Palabra de Dios.
Cae finalmente el reino de Babilonia. Sube un nuevo rey extranjero
y todos los judíos se agitan. Saben que llega el tiempo predicho
de regresar a la tierra prometida. Daniel decide estudiar lo que
Dios había revelado a través del profeta Jeremías sobre su pueblo,
y entiende que, efectivamente, había llegado la hora de regresar
al hogar. Pero, ¿por qué tendría que venir luego el terrible y
largo cuadro de desolamiento sobre el pueblo de Dios que se le
había revelado en el capítulo 8? Siendo que la visión de los 2300
días debía comenzar en el período persa, y conforme a lo que Dios
le había revelado cerca de 70 años antes ya habían asumido el
poder los medos y persas, ¿qué es lo que debían esperar ahora los
judíos de ellos? Viendo la apostasía de muchos judíos que fueron
asimilados a las costumbres de Babilonia y prosperado grandemente
en el comercio, ¿continuaría Dios airado contra su pueblo o
cumpliría realmente la promesa de regresar?
Daniel se angustia e intercede por su pueblo. Como Moisés y Esdras
más tarde, se identifican con el pecado de su pueblo aunque ellos
mismos no hubiesen sido culpables de su desvarío. ¡Qué noble
ejemplo para los movimientos contrarrevolucionarios que pretenden
provenir de la extrema-derecha, radicales, de nuestra iglesia! En
lugar de levantarse con el dedo acusador como el “acusador de los
hermanos” (Apocalipsis 12:9), harían bien en identificarse con su
pueblo y confiar pacientemente en la intervención divina. Esto no
significa que no se mencionen los pecados y se los denuncie, pero
en una actitud que no produzca un cisma y lleve a una acción de
tipo revolucionaria. ¡Reforma y reavivamiento sí, no revolución!
Aunque el templo estaba destruido y no se efectuaban sacrificios
allí, Daniel continuaba orando hacia ese lugar (6:11), y a la hora
misma en que debía efectuarse el sacrificio de la tarde (9:21),
Dios respondió a su clamor enviándole a Gabriel. ¿Por qué a esa
hora? Tal vez para hacerle notar que aunque la sombra terrenal no
estuviese en operación, las realidades celestiales no pueden ser
destruidas, y Dios mantiene un permanente contacto con sus hijos
que claman a él confiando en la obra que se lleva a cabo en el
templo celestial. Era evidente que con la destrucción de su templo
terrenal y el cautiverio, Dios estaba llevando a su pueblo a poner
más su mira en las realidades celestiales que en las sombras
terrenales.
Interesa destacar aquí algo en especial. El ángel dice al profeta:
“Tú eres muy amado” por todo el cielo. Como lo explica la Biblia
de Jerusalén, no se trata aquí de los deseos de Daniel, como lo
entendió la Vulgata, sino del reconocimiento que el Cielo tiene
para con un hombre que se preocupa por su pueblo, y por entender
los misterios de la palabra profética. ¿No debía servirnos esto de
estímulo para preocuparnos más por entender en forma clara lo que
Dios tiene para decirnos hoy en forma específica, con respecto a
nuestra época? ¿No se sentirán tristes los ángeles de Dios, y Dios
mismo, al notar indiferencia hacia una revelación tan maravillosa,
única y exclusivamente dada a entender al pueblo adventista, en lo
que tiene que ver con el juicio investigador y todo lo implicado
en él, en una época en la que toda suerte de teorías quiere
destruir una fe tan preciosa como la que se nos legó?
Lo que Daniel no había entendido
Hasta ese momento, Daniel había estado pensando solamente en su
pueblo judío. No conocía el momento exacto en que comenzaría la
visión de los 2300 días, ni tampoco la rebelión que quitaría el
continuo ministerio intercesor del príncipe celestial. Para
satisfacer su inquietud con respecto a su pueblo judío, Dios envió
Gabriel, el mismo ángel intérprete de la visión anterior (Daniel
8:16; 9:21), quien expresamente viene a responder a su inquietud
de una década atrás (Daniel 8:27; 9:23).
En lo que respecta a tu pueblo judío, debes saber que “setenta
semanas han sido cortadas [de los 2300 años] para tu pueblo y tu
santa ciudad...” (Daniel 9:24). ¡Qué oportunidad preciosa daba
Dios a su pueblo de construir una sociedad justa, santa y fiel
durante 490 años! Pero de nuevo, todo lo que pudiera poner el
orgullo en el hombre, en el propio pueblo de Dios, se ve sacudido
por el hecho de que “el pueblo de un príncipe que vendrá destruirá
la ciudad y el santuario” (9:26). ¿Quién es ese príncipe?
Tradicionalmente se ha pensado en el general romano que destruyó
Jerusalén en el año 70, pero se ha sugerido recientemente que los
responsables de la destrucción de Jerusalén habrían sido los
judíos mismos por entregar a muerte a su príncipe (Cristo Jesús).
En una época en la que tanta gente está desilusionada por los más
altos dignatarios de la Iglesia Romana por el escándalo sexual del
que se hicieron protagonistas, ¿qué debemos hacer? ¿Destacar
nuestra alta moralidad? Es el momento de dejar de poner nuestra
confianza y orgullo en figuras humanas, y de buscarla en el único
hombre fuerte que se nos dio, ese príncipe que torpemente los
judíos entregaron para ser crucificado destruyéndose a sí mismos.
Es el momento de llevar la vista de la gente al Señor, el único
Salvador, y quitarla de tantos presuntos santos y vicarios que
distraen la atención del Único que puede perdonar nuestros
pecados.
La inauguración del templo celestial
Así como la profecía de los 2300 días al concluir el más largo
período profético que Dios dio a su pueblo en toda la historia
humana, sería revelada a través de un chasco (véase Apocalipsis
10), también la profecía de las 70 semanas no podrían comprenderla
los judíos sino mediante el chasco de ver muerto a su príncipe
ungido. La gloria de Dios descendió cubierta no en una nube, sino
en la carne humana, y no para inaugurar el templo terrenal de
Jerusalén, sino para retirarse para siempre de allí. En lugar de
mirar hacia Jerusalén, como desde la época de Daniel, todos debían
comenzar a mirar hacia la Nueva Jerusalén y su templo, que ahora
era inaugurado mediante la sangre del Cordero de Dios.
¿Dónde ascendió Jesús luego de morir? Al lugar santísimo para
ungirlo, junto con los demás muebles del santuario celestial, y
efectuar la purificación inaugural que Moisés había prefigurado en
el templo terrenal aún sobre el arca del pacto, símbolo del lugar
del trono de Dios (Éxodo 30:26; véase Hebreos 3:1-6). ¿Cuándo?
Cuando fuese coronado como sacerdote y rey, en un reino de
mediación, a la diestra de Dios (Hechos 2:30-36; Hebreos 5:5-10;
8:1-2; 10:11-14). En efecto, el mismo aceite que debía ungir el
arca en el lugar santísimo, y los demás muebles en el lugar santo,
era el que debía ponerse en la misma ocasión sobre la cabeza de
los sacerdotes que iban a ser ungidos (Éxodo 30:22-33). Al ser
ungido Jesús a la diestra del trono de Dios sobre el arca del
pacto, iba a ungir al mismo tiempo y por el mismo acto ese mueble.
Una vez terminada la ceremonia de ungimiento, comenzaría su
ministerio en el lugar santo, conforme a lo predicho por el ritual
simbólico, y confirmado además por Dan 8 (versículo 11:
“continuo”), la Epístola a los Hebreos (6-12), y el Apocalipsis
(1-3; 8:4-5; 11:19). Por detalles, véase mis libros: Seminario II,
Los Cumplimientos Gloriosos del Santuario (lecciones 1-3, 7);
La Crisis Final en Apocalipsis 4 y 5 (capítulo 3).
Qodes qodasim
Este término tradicionalmente rendido por “santo de los santos” se
usa en la Biblia para referirse a cosas. Rara vez se lo usa para
referirse al “lugar santísimo”, ya que el Antiguo Testamento usa
diferentes términos para diferenciar ambos compartimentos del
templo terrenal. Si Daniel no usa el artículo aquí para referirse
al lugar santísimo, se debe probablemente porque tuvo en mente que
en la inauguración del santuario, se ungían también los demás
muebles del lugar santo, ya que ambos compartimentos estaban aún
unidos (en ocasión de la inauguración), sin velo que los separase.
Es cierto que E. de White aplica la profecía de las 70 semanas
para referir el ungimiento de Jesús en el río Jordán, en ocasión
de su bautismo. Pero jamás usa ella la expresión “santo de los
santos” para describir ese evento, sino “Mesías”, que significa
“Cristo”, “Ungido”.
Algunos términos
El término por “príncipe” en Daniel 9, es nagid, el que en la
Biblia hebrea se aplica siempre a un príncipe terrenal, nunca a
uno celestial. Esto contrasta con el término sar seba’ de Daniel
8:11, y sar sarim de Daniel 9:25, ya que sar se refiere, en
ocasiones, a un “príncipe” celestial (Josué 5:13-14). Véase
Alberto R. Treiyer, “The Priest-King Role of the Messiah”, in JATS
7 (1996), p. 64 ss. Mientras que en Daniel 8 el “Príncipe”
sacerdote oficia en el templo que está en el cielo, en Dan 9 se lo
vincula con su labor terrenal.
A menudo se recurre a los evangelios y las epístolas para hablar
de la misión del Hijo de Dios en su encarnación. Pero la síntesis
dada por Daniel en este pasaje profético es extraordinaria.
Vendría “para hacer cesar las transgresiones” o “rebeliones” (pesa’im),
para “poner fin a los pecados” (hatam) y “para expiar la
iniquidad” (‘awon), todo en un contexto inaugural. Ese sería el
fin, el propósito de su venida, y eso lo logró al morir una sola
vez y para siempre en expiación por el pecado (Hebreos 10:10-12).
También debía “traer la justicia eterna” o “la justicia de las
edades”, “sellar la visión y el profeta” (en sentido genérico este
último, algo que se cumplió con la muerte de Esteban ya que de
allí en adelante Dios nunca más se dirigiría a la nación de Israel
como lo hacía mediante los profetas de antaño. Fue entonces que
llamó a Pablo para ser apóstol de los gentiles). La visión (hazon)
del capítulo anterior que iba desde el imperio Persa hasta el fin
de los 2300 días-años, quedaría así sellada por su cumplimiento
inicial, de tal manera que nadie podría removerla. Esto quiere
decir que si alguna duda quedase sobre la fecha exacta del
comienzo de ese período, su cumplimiento la quitaría. La fecha
quedaría así, inamovible.
En esa última semana haría el Mesías “una alianza fuerte”, lo que
implica la confirmación del pacto que el Hijo de Dios hizo con la
iglesia, los únicos herederos de las promesas antiguamente dadas a
Israel. Al morir a la mitad de la semana, en el año 31, quitó
validez al sistema antiguo de sacrificios, lo que se confirmó al
rasgarse el velo que separaba el lugar santo del santísimo.
Finalmente, Daniel habla de las “abominaciones”, en plural. Sin
duda Jesús se refirió a este pasaje cuando habló de la abominación
de la que habló el profeta Daniel, en referencia a los estandartes
idolátricos que se pusieron sobre Jerusalén. Pero agregó, “el que
lee entienda”. Es decir, la “abominación” romana pagana en suelo
sagrado debía servir de parábola o ilustración de la “abominación”
más espantosa del papado que tendría lugar después (Daniel 11:30;
12:12; Apocalipsis 11:2). De allí que Daniel, al hablar sobre lo
que ocurriría después de las 70 semanas, menciona “abominaciones”
en plural, sin especificar los detalles que dará después al
describir la abominación papal en singular.
Conclusión
El tema es abarcante. Estoy impresionado por la justeza del
folleto en este sentido, que combina la erudición con mínimo
indispensable para que el estudio no se haga demasiado pesado para
las personas que no están entrenadas en la historia profética de
la Biblia.
Siendo que esta profecía tiene que ver con la inauguración del
reino espiritual de Cristo prometido, la actitud de Daniel es
sumamente significativa. Debía mostrar cuál es la actitud que todo
el cielo esperaba de los que viviesen en la época del cumplimiento
de los eventos tan importantes para el plan de redención. Así
también, la historia de los clamores, súplicas e intenso estudio
de la palabra profética de Daniel, fue incluida para que nosotros
entendamos que las profecías tocan a nuestra salvación, y que el
Cielo considera “muy amados” a quienes se dedican a estudiarla,
enseñarla y compartirla a los demás.
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