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Hace unos años atrás me encontraba en la ciudad de Estrasburgo,
Francia, preparando mi tesis doctoral. Esa ciudad histórica fue
famosa por su identificación temprana y de largo trayecto con la
Reforma Protestante. El pastor local nos llevó un día a la
catedral que fue devuelta a los católicos a comienzos del siglo XX.
Un enorme reloj pasa a ser el centro de atención de los turistas a
las 12 horas del día porque salen los apóstoles y giran en torno
al Señor que los bendice. En la base de ese reloj espectacular el
pastor Kempf descubrió entonces, asombrado, las figuras algo
borradas por los siglos de los cuatro animales de Daniel 7 con la
inscripción de los reinos de Babilonia, Medo-Persia, Grecia y
Roma. Averiguando, descubrimos que esa sección fue agregada en la
época de la Reforma.
Los protestantes entendieron desde sus comienzos que las cuatro
bestias de Daniel 7 correspondían a los cuatro imperios antiguos
que cualquier libro o manual de historia antigua y secular
reconocen. Antes que los protestantes, una comprensión semejante
fue sostenida por los así llamados padres de la Iglesia en los
primeros siglos de cristianismo. Cuando la Roma pagana cayó en el
año 476, algunos cristianos comenzaron a rogar para que Dios los
librase del anticristo que se iba a instalar luego en Roma,
conforme a lo representado por el cuerno pequeño que salió de la
cuarta bestia correspondiente a ese imperio. Corresponde enfatizar
el hecho de que, durante todo el segundo milenio, ese anticristo
fue identificado por todos los movimientos reformadores con el
papado romano.
Puede decirse, por consiguiente, que durante casi dos milenios de
historia cristiana, nadie adoptó la propuesta pagana de Porfirio
que identifica el libro de Daniel con un autor del siglo II AC y
la obra del cuerno pequeño de Daniel 7 y 8 con el rey seléucida
pagano Antíoco Epífanes. Siendo que los cristianos recurrían a las
profecías de Daniel para probar la autenticidad de los evangelios,
los autores paganos como Celso y Porfirio recurrieron al fraude
histórico para tratar de frenar el avance incontenible del
cristianismo.
El siglo de las luces
Los tiempos modernos se vieron marcados especialmente en los
siglos XVIII y XIX por una ola de incredulidad que, en el
cristianismo protestante primero, fue negando la inspiración
divina de la Biblia y todo aspecto sobrenatural. Como resultado de
ese racionalismo escéptico se terminó por vindicar a los autores
paganos que en los cinco primeros siglos atacaron al cristianismo
procurando desvirtuar especialmente las profecías de la Biblia, en
particular las de Daniel que más impactaban al mundo de entonces.
Como resultado, en la mayoría de los centros teológicos
protestantes, católicos y judíos, se enseña hoy la visión
escéptica de esos autores paganos que tanto daño hicieron al
cristianismo en sus comienzos. Hoy, esa visión torcida
antiguo-moderna ayuda más que ninguna otra a vindicar al papado
romano de las acusaciones protestantes que, durante el segundo
milenio, lo acusaron de ser el anticristo predicho en las
profecías del cuerno pequeño de Daniel y en las bestias
apocalípticas de Apocalipsis 13 y 17.
Vivimos, en esencia, en la época que anticipó el Espíritu de
Profecía. "La falsa ciencia de nuestros días, que mina la fe en la
Biblia, preparará tan seguramente el camino para el triunfo del
papado con su formalismo agradable, como el obscurantismo lo
preparó para su engrandecimiento en la Edad Media” (El conflicto
de los siglos, p. 630).
Los cuatro imperios y el cuerno pequeño
Del paralelismo innegable de las profecías de Daniel 2 y 7 se
puede afirmar que los cuatro imperios conocidos como mundiales
allí profetizados comenzarían con Babilonia. El hecho de que
Daniel le dijera a Nabucodonosor, "tú eres esa cabeza de oro"
(Daniel 2:38), no niega el hecho de que la cabeza era su reino (v.
37), el de Babilonia. Así también, el hecho de que la profecía de
Daniel 7 se refiera a esos reinos, además, por la referencia de
"cuatro reyes" (Daniel 7:17), no niega en lo más mínimo el hecho
de que se trató de reinos reconocidos en la historia como
universales (versículo 23).
Si el primero de esos imperios universales es el de Babilonia, el
segundo debía ser el de Medo-Persia, y el tercero de Grecia, según
lo entendió más tarde Daniel mismo (Daniel 8:20-21). ¿Podía
tratarse el cuarto reino de un rey griego como lo fue Antíoco
Epífanes, uno entre más de 20 que reinaron en la dinastía
seléucida? ¿Dónde colocamos, entonces, los cuatro cuernos que
salen del reino de Grecia? (Daniel 8:22; véase 7:6). El cuarto
reino, por consiguiente, no podía ser otro que el de Roma, el
último de los imperios universales que conoció la historia, y que
persistió a través de los siglos en sus diferentes fases, imperial
y papal. (Católico significa universal, un término entre tantos
otros que la Iglesia de Roma heredó del imperio).
Los diez cuernos o reinos, así, tampoco podían corresponder a uno
de esos cuatro reinos que salieron de Grecia, sino a otro imperio
posterior y del que iban a salir no solamente un cuerno de
comienzos pequeños, sino también diez cuernos entre ellos. Esto se
cumplió admirablemente en la historia con la invasión de los
reinos bárbaros y el surgimiento del papado romano en medio de
ellos. Por su cumplimiento histórico y la respuesta a quienes en
tiempos modernos han querido negar su cumplimiento, véase A. R.
Treiyer, The Seals and the Trumpets. Biblical and Historical
Studies (Remnant Publications, Michigan, 2005), excursus 1 (lo
recibiré de la imprenta al terminar el año).
Cumplimiento único
Un intérprete adventista, llamado Desmond Ford, pretendió en la
década de los 80 ver un cumplimiento parcial de las profecías
apocalípticas que habrían comenzado con el rey seléucida Antíoco
Epífanes. La Iglesia Adventista le pagó durante seis meses para
que preparase su tesis y la expusiese en un concilio que se reunió
con el fin de estudiar su propuesta "apotelesmática", como se dio
en llamar su posición por su convicción de que la profecía del
"cuerno pequeño" se cumplió parcialmente en diferentes épocas.
Actualmente, en el mundo hispano, otro doctor en teología que fue
quitado del ministerio y de la organización adventista pero que ha
encontrado refugio en centros católicos de enseñanza en Argentina,
llamado Carlos Enrique Espinosa, está recientemente tratando de
resucitar esa tesis de Desmond Ford que busca quedar bien con todo
el mundo. En primer lugar con la propuesta pagana de Porfirio que
reasumió la teología liberal escéptica de los tiempos modernos, y
en segundo lugar con la posición historicista que defendió el
cristianismo a lo largo de toda su historia, representado en el
segundo milenio especialmente por la iglesia protestante.
El problema para aceptar esa tesis es que, a diferencia de las
promesas que Dios dio al antiguo Israel a condición de que
permaneciesen fieles al pacto divino, las profecías apocalípticas
no dan lugar a condicionalidad alguna. Las visiones de las partes
de la estatua de Daniel 2 y de las diferentes bestias
apocalípticas de la segunda parte del libro, se cumplen en la
historia en forma definida y sólo una vez. Ninguna es tipo de otra
ni dependen de condicionalidad alguna para que se cumplan. Ninguna
aparece expresada en términos de "si" hacen esto o lo otro, como
por ejemplo en el Pentateuco (Levítico 26:3 y subsiguientes;
Deuteronomio 28-30; Jeremías 17:24, etc.), sino que definen el
trazado omnisciente de la historia que Dios anticipa como ancla
para que su pueblo pudiese reconocer dónde se encuentra a lo largo
de los siglos, y cuál es su papel a cumplir en la época que le
toca.
Conclusión
Es maravilloso saber que Dios tiene un plan del que podemos formar
parte si lo queremos, pero que se cumplirá independientemente de
que yo quiera identificarme con él o no a terreno individual. La
destrucción de este mundo y la redención de un remanente no
dependen de mí, sino de Dios que ha dispuesto las cosas así. Dios
sabe que su plan para redimir al mundo triunfará, y que ningún
poder podrá impedirle cumplir sus propósitos de salvación a todo
aquel que quiera creer en sus promesas, y formar parte de ellas.
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