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La literatura apocalíptica hace su aparición entre el siglo II a.C. y el
siglo I d.C. Este tipo de literatura tiene particularidades
escatológicas y literarias similares. El principal equipo de la
apocalíptica lo constituyen los símbolos. El uso de esta técnica le deja
en libertad para bosquejar los grandes acontecimientos históricos y
escatológicos sin tener la necesidad de usar “nombres históricos”. En
este contexto encontraremos el uso de una vasta cantidad de imágenes y
figuras irreales: monstruos multifacéticos (Dan. 7:2-7; Apoc. 12:3;
13:1; 17:3) truenos que emiten voces (Apoc. 10:4), animales que hablan y
obran con inteligencia humana (Apoc. 13:1,5-6), etc. Se entiende que el
patrón a seguir por estos escritores (en su mayoría desconocidos) fue el
conocido libro del profeta Daniel (trataron de imitarlo), y como veremos
más adelante, la apocalíptica incluye todo un panorama bien amplio en la
elaboración de sus descripciones. En relación con el libro de Daniel,
descrito por algunos como “el primero de los apocalipsis”, se observa
que como muchos de sus rasgos guardan fuertes similitudes con los
escritos de los demás profetas, es preferible verlo como perteneciente
al tipo de literatura “profética y apocalíptica”.
Los profetas de Dios habían predicho a
Israel una prosperidad extraordinaria si como nación cumplían las claras
prescripciones divinas (Deut. 7). Ningún reino podría vencerlos y
estarían a la “cabeza y no en la cola” de las demás naciones (Deut.
28:7,10,13). Pero la historia de Israel, desde muy temprano fue un
derrotero de fracasos y apostasías (Véase por ejemplo Juec. 1-3). A
pesar de todo, se aferraron con gran fuerza a la esperanza de una
liberación definitiva de sus opresores aun no cumpliendo con los
mandamientos de Dios. “La Historia era para los judíos un catalogo de
desastres por lo que se iba haciendo claro [cada vez más] que ningún
libertador humano podría rescatarlos”.1
Debe observarse que después de la liberación babilónica se suponía que
Israel volvería a ocupar el privilegiado lugar que Dios le había
prometido a la cabeza de las demás naciones, sin embargo, lo que los
judíos vieron fue un derrotero de conflictos políticos en el que,
fuerzas extrañas dominaban el ambiente político mientras ellos quedaban
rezagados. Dios no los libraba de forma tan milagrosa como en tiempos
pasados y como consecuencias eran tratados de formas caprichosas por los
poderes paganos en boga de aquel entonces. Esto se torna más
interesante aun, cuando tomamos en cuenta que por medio del profeta
Daniel Dios había dado una descripción panorámica de los grandes hechos
de la historia que tomarían lugar por los poderes en pugna en busca del
dominio mundial (ver especialmente Dan. 11). Lo que el futuro reflejaba
era más bien una compleja amalgama de conflictos entre las naciones
paganas, con un pueblo de Israel como victima más que como protagonista,
que no cesarían sino hasta la manifestación del reino eterno de Dios.
Hasta se había bosquejado la suerte que correría el Mesías y el
dramático final del pueblo elegido (Dan. 9:24-27)
Entonces, los judíos procuraron ajustarse a los hechos de la Historia
desarrollando “un esquema propio de la Historia”. La dividieron en dos
grandes tiempos o eras. La primera, la edad presente que era entendida
como completamente malvada, mala e irreparable. Para esta época sólo
podía esperarse la destrucción. Estaba también la edad futura, la época
por venir, llamada también como la “edad de oro de Dios” la cual estaría
caracterizada por la justicia, la paz duradera, la prosperidad sin fin.
Según esta visión, en esa edad dorada el pueblo de Israel sería
vindicado como nación y ocuparía entonces el lugar que Dios le asignó en
sus planes. Pero este dramático cambio no sería producto del hombre,
sino de Dios. Dios mismo intervendría en el curso de la Historia (ese
tiempo era llamado “el día del Señor”) poniendo fin a la presente era de
dolor y sufrimiento, para dar lugar entonces a la época de la justicia y
la paz. Esta era una esperanza que había que compartir, pero debía ser
hecho bajo una forma que no fuera fácil de entender por sus enemigos y
opresores. Estos mensajes eran pues, transmitidos en “códigos,
revistiéndose a propósito en un lenguaje ininteligible para los de
afuera”.
La literatura apocalíptica se compone “exclusivamente de sueños y
visiones del fin del mundo, lo que hace que toda literatura apocalíptica
sea críptica por necesidad. Siempre está tratando de describir lo
indescriptible, de decir lo indecible”.2
A este tipo de literatura corresponde el Apocalipsis cristiano de Juan.
Pero se reconoce acertadamente que entre la literatura apocalíptica en
boga en el siglo I d.C. y el Apocalipsis de Juan existen marcadas
diferencias. La vibrante esperanza mesiánica de los judíos estaba
concentrada en la aparición de “un Rey-Mesías poderoso, de la casa de
David, quien mataría al dragón romano con su poder militar ayudado por
el poder divino. Entonces el Mesías restauraría la nación de Israel a la
suprema grandeza política como el reino mesiánico sobre la tierra”.3
Estas esperanzas mesiánicas estaban latentes en el corazón de los
fariseos. Pero Israel estaba dominado primariamente por una fiebre de
liberación política, en forma similar a la liberación de Egipto. De
hecho, los zelotes (fanáticos), apoyaron una guerra de guerrillas contra
Roma en la falsa seguridad de que Dios habiendo eliminado a sus
enemigos, crearía un mundo donde Satanás y el sufrimiento no existirían.
En la literatura apocalíptica se alimentó la idea de que el Mesías era
una figura preexistente de grande poder y majestad, ante quien la tierra
temblaría de terror. El abatiría a sus enemigos, destruiría a los reyes
malvados y “rompería los dietes a los pecadores”. Este tipo de Mesías,
era en muchos aspectos un diseño de manufactura humana, como un traje
hecho a la media de las aspiraciones políticas y desacertadas de los
líderes judíos. Parece ser que estos escritores afiebrados con una falsa
esperanza tomaron los elementos ya existentes de las profecías clásicas
de profetas tales como Amós, Sofonías, Joel, Isaías, Ezequiel, etc. y lo
mezclaron con los elementos apocalípticos de Daniel. La imaginación de
estos apocaliptistas completó el cuadro de estas visiones futuristas. El
resultado es una gama de literatura que precisa ciertas declaraciones
teológicas bien coordinadas a veces, pero que carece de la verdadera
orientación divinamente inspirada de la que son característicos el libro
de Daniel y el Apocalipsis de Juan.
En este contexto es bueno recordar que los judíos no
pudieron reconocer en Jesús, el verdadero enviado del Padre, “lleno de
gracia y verdad” por sus ideas preconcebidas sobre el papel del Mesías.
El mismo Juan, en su evangelio, nos dice: “A los suyos vino y los suyos
no le recibieron” (Juan 1:12). Y no podían recibirle, pues los rabinos
leían las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento “con una mente
prejuiciada que les impidió ver la revelación de la plenitud de la
misión del Mesías para salvar del pecado a todos los hombres”.4
Es en este contexto que podemos entender porqué en algunas ocasiones el
Hijo de Dios se tornó renuente para que se le reconociera públicamente
como el Cristo (cf. Mat. 16:20). Los mismos que le negaron le desafiaron
a que demostrara que era realmente el Cristo haciendo una demostración
de su poder cuando pendía de la cruz (Luc. 23:39). En otro contexto era
necesario dar a conocer su verdadera identidad, entonces, Cristo mismo
confesó ser el Mesías (Mat. 26:63,64; Juan 20:3). En última instancia,
Él no podía negar su identidad y misión aun al costo de su propia vida.
El aparato de la literatura apocalíptica
Veamos ahora algunos detalles sobre la composición de la
apocalíptica. Ya dijimos que este tipo de literatura se vale mayormente
de figuras e imágenes irreales para transmitir su mensaje. Dentro de
este tipo estarían el león con dos alas, el leopardo con cuatro cabezas
y cuatro alas, la bestia “espantosa y terrible” con diez cuernos, el
cuerno con ojos y boca de hombre que emite blasfemias, la bestia
multifacético de siete cabezas y diez cuernos, etc. (Dan. 7; Apoc. 13).
En algunas ocasiones se usan animales y cosas reales (un carnero, un
macho cabrío, un oso, o un león y un cordero y cuernos, etc.) para
prefigurar a ciertos poderes o personajes históricos/terrenales o
divinos (cf. Dan. 8:4-9; Apoc. 5:5,6). En la literatura apocalíptica es
usual la descripción de personajes o cosas bajo descripciones inusuales
o sobrenaturales. Por ejemplo, Cristo es descrito como teniendo “ojos
como llamas de fuego” y “pies semejantes a bronce bruñido”, un “rostro
como el sol cuando brilla en toda su fuerza” y como saliéndole de su
boca “una espada a aguda de doble filo” (Apoc. 1:13-16). También es
descrito bajo el símbolo de un “cordero como inmolado que tenía siete
cuernos, y siete ojos” (Apoc. 5:6).
Satanás es descrito por medio de la figura de una
“serpiente antigua” o “dragón rojo de siete cabezas y diez cuernos” (Apoc.
12:3-9). La primera descripción apela a Gén. 3, mientras que la segunda
se vale de un monstruo mitológico ampliamente conocido en el antiguo
Cercano Oriente. El Apocalipsis de Juan (a diferencia de los apocalipsis
apócrifos), y al igual que algunas cartas apostólicas, nombra al
Evangelio de Cristo como un “misterio” (Apoc. 10:7, cf. Rom. 16:25; Efe.
3:1-6,9; 6:19) que debe consumarse, pero también lo define directamente
como “buenas nuevas que son eternas” (cap. 6:7, DHH), o “Evangelio
Eterno”. A diferencia de los apocalipsis no inspirados, el Apocalipsis
cristiano dedica tiempo y espacio a la obra redentora de Cristo (caps.
1:5,18; 5:9,12; 7:14; 8:3; 12:4,5; 13:8; 19:13; 22:17), y a la obra de
intercesión y comunicación del Espíritu Santo (caps. 1:4; 4:5; 22:17).
Uno de los símbolos usados por el apóstol Juan para hablar de un mensaje
agudo y penetrante es “una espada aguda de doble filo” (Apoc. 1:16;
2:12). Hasta la manifestación del juicio de Dios se presenta bajo esta
figura de lenguaje (cap. 2:16; 19:15). En el capítulo 10, las verdades
especiales relacionadas contenidas en los mensajes de los tres ángeles
están representadas por “siete truenos que emitieron sus voces” (v. 4),
y el mismo remanente está prefigurado por el profeta Juan (vv. 8-11).5
La segunda venida de Cristo que trae liberación a su
pueblo es presentada, por lo menos, de tres formas en la literatura
apocalíptica. Como “levantándose” para liberar a su pueblo, viniendo
sentado sobre las nubes y regresando con todos sus ángeles montados
sobre caballos blancos (Dan. 12:1; Apoc. 1:7; 14:14; 19:11-15). Pero
estas declaraciones no son contradictorias en sí mismas, más bien se
complementan entre sí, pues describen en diferentes detalles los
variados elementos que conforman la liberación final que será ejecutada
por el Hijo de Dios.
Los símbolos que usan
los apocalipsistas no son propios de ellos necesariamente, no son
creados por ellos originalmente. Esto es verdad incluso del libro de
Daniel que es llamado “el primero de los apocalipsis”. Pero es un
recurso que a partir de los escritos de Daniel, sería explotado al
máximo entre el siglo II a.C. y 1 d.C. Cuando el profeta Daniel utiliza
el león con alas de águilas para representar a Babilonia se está
valiendo de un recurso común de la literatura profética, que auque no
empleado en la misma forma en la apocalíptica, ya había sido utilizado.
En los libros de Isaías y Jeremías la invasión babilónica es presentada
bajo la figura de un “león que sube de su guarida” y como de “águila que
subirá y volará” (Jer. 4:7; Jer. 49:19-22; Isa. 5:29, cf. Lam. 4:19 y
Eze. 17:3,12). La figura del León ya había sido utilizada por Moisés
para representar a Judá y Dán (Gén. 49:9; Deut. 33:22). Así mismo se
habla de Egipto como de “leoncillo de las naciones” y hasta como una
“becerra hermosa” (Eze. 32:2; Jer. 46:20).
Más interesante aun lo constituyen las figuras de los cuatro metales que
usó Dios para ilustrar el surgimiento sucesivo de los imperios
mundiales. Nabucodonosor recibió un sueño que le revelaba el destino de
las naciones desde su reino, Babilonia, hasta el establecimiento del
reino eterno de Cristo (cap. 2). Se reconoce que por más asombroso que
parezca este relato, la “mayoría de los detalles del sueño son realistas
y no surrealista”, pues en la antigüedad “las estatuas de elementos
combinados no eran algo fuera de lo común”.6
La bestia “espantosa e indescriptible” de diez cuernos que surge del mar
(Dan. 7:2,7), tiene su antecedente también en declaraciones de otros
escritores bíblicos, tales como el autor del Salmo 74, Isaías y Ezequiel.7
En Isaías se habla del leviatán “serpiente veloz, serpiente tortuosa…,
dragón que está en el mar” (Isa. 27:1).8
Por el contexto (26:20,21), este monstruo marino representa las fuerzas
del caos y del mal que serán eliminadas por Dios “en aquel día” (27:1),
el día de su ira. El profeta Ezequiel menciona también este monstruo y
lo llama “dragón que está en medio de sus ríos”, una clara referencia a
Egipto (29:3). Ambos presentan al dragón en relación con el agua, Isaías
lo presenta como estando en “medio del mar” y Ezequiel como habitando en
“medio de sus ríos”. El autor del salmo 74, siguiendo la idea de una
dragón/serpiente tortuosa y de las aguas, nos dirá: “Tú dividiste el mar
con tu poder, quebrantaste cabezas de monstruos marinos, magullaste las
cabezas del leviatán, y lo diste por comida al pueblo del desierto” (vv.
13,14).
El mismo Juan nos presentará luego al dragón de siete
cabezas en relación con el agua (Apoc. 12:3,4,15,16), incluso, nos
presentará al mismo monstruo de diferentes formas, pero siempre en
relación con el agua (Apoc. 13;1; 17:3,15).9
Y al igual que Isaías lo llamará “dragón” y “serpiente”. Aunque, se
entiende que, por la mención de la mujer, el hijo que nace de ella y la
gran confrontación que presenta el capítulo 12, es claro que Juan está
enmarcado en un contexto escritural bien sólido (y que considera hechos
históricos reales) más que mitológico (cf. Gén. 3:1-15). Pero,
indiscutiblemente se está valiendo de los recursos de la apocalíptica
para transmitir su revelación. Por eso no debe asombrarnos que haga una
combinación ingeniosa y magistral.
Hay algunas cosas más que debemos ver ahora. En la
literatura histórica/profética del Antiguo Testamento se utilizan las
langostas y los truenos tanto en forma literal como simbólica. Por
ejemplo, la plaga de langosta que cayó sobre Egipto fue real y terrible
(Éxo. 10:4-6). Pero en la invasión de langosta que menciona Joel que
caería sobre el pueblo hebreo, podemos ver una combinación de ambas
cosas: una plaga de langosta (combinada con sequía), y al mismo, tiempo,
esta plaga de langosta prefiguraba una invasión de un pueblo enemigo
(Joel 1, especialmente el vv. 6,15). En otros pasajes de las Escrituras
se usan las langostas para hablar de un gran ejército (Juec. 6:5; 7:12;
Jer. 51:27). El ejército babilónico en su ataque contra Egipto se
considerado como siendo “mas numerosos que langostas” (Jer. 46:23). Los
mismos habitantes de la tierra son considerados “como langostas” en Isa.
40:22. Juan, en su descripción apocalíptica de una de las siete
trompetas usa las figuras de un ejército de langosta y los “dientes de
león” para describir la ferocidad de la invasión de un ejercito (Apoc.
9:1-12). La literatura apocalíptica lleva al máximo los recursos
literarios figurados que usan ocasionalmente los escritores en la
profecía clásica para dar forma a su mensaje escrito. Quien esté
familiarizado con la profecía clásica estará también en buen terreno
para comenzar a comprender el significado de los símbolos de las
profecías apocalípticas.
En sus muchos y variados
recursos la apocalíptica nos envuelve en un mundo fascinante de
declaraciones. Pero nos hace saber al mismo tiempo que está jugando con
imágenes y figuras simbólicas y nos invita a investigarlas y
comprenderlas. Algunos de los ejemplos más notables están en la visión
de las siete trompetas del Apocalipsis. En su descripción se encuentran
frecuentemente expresiones tales como: “algo semejante a un gran monte
ardiendo fue arrojado al mar” (Apoc. 8:8). “Y cayó del cielo una gran
estrella, ardiendo como una antorcha” (v. 10). “Subió humo de pozo [del
abismo] como el humo de un gran horno” (9:2). “Las langostas eran
semejantes a caballos preparados para la guerra. Sobre sus cabezas
tenían como coronas de oro, y sus caras eran como caras de hombres.
Tenían cabello como cabello de mujer, y dientes como dientes de león.
Tenían corazas como corazas de hierro. El ruido de sus alas era
semejante al estruendo de carros con muchos caballos que corren a la
batalla” (vv. 7-9). “Tenían colas y aguijones semejantes a los
escorpiones…” (v. 10). Las expresiones “semejante a” y “como… de”.
Denotan el simbolismo de las declaraciones (cf. Joel 1:6, 2:4,5).
Un punto interesante
Hasta ahora hemos visto que la
apocalíptica se nutre de las figuras y símbolos que son comunes (pero no
muy frecuente) en la literatura profética, pero debemos observar (y esto
es algo ampliamente reconocido) que muchos de los símbolos que utilizan
los apocalicistas ya existían en escritos extrabíblicos. Por
consiguiente, el escritor bíblico no sólo acude a las fuentes inspiradas
para encontrar ideas para transmitir su mensaje, también acude a fuentes
históricas o relatos extrabíblicos para revestir y dar forma a la
revelación divina. Por ejemplo, sobre el uso de diferentes metales para
representar los reinos de la tierra, se sabe que Hesíodo, poeta griego
del siglo VIII a.C., en su obra El Trabajo y los Días, ya había hablado
de cuatro metales (oro, plata, bronce, hierro) para representar las
edades de la tierra. Realmente Hesíodo habló de cinco imperios
temporales de los cuales cuatro fueron representados por los metales ya
mencionados.10
Por consiguiente, Dios se estaba valiendo de un recurso (o “una
tradición común”) para transmitirle un mensaje al monarca del gran
imperio babilónico. Cada uno se apropió de esta tradición a su manera.
De igual manera, las bestias
fantásticas que aparecen en el capítulo 7 de Daniel, guardan cierta
relación con otros relatos antiguos. En una obra de nombre Shumma Izbu que contiene una serie de
augurios babilónicos, se menciona una criatura que como el oso de del v.
5 “se levanta sobre un costado”, y que como la del v. 7 tiene múltiples
cuernos, pero parece ser que estas descripciones se limitan a ovejas o
cabras. Lo que parece indicar que Daniel “en verdad ve algunas bestias
temibles del caos”.11
Con todo, se observa que “diversas fuentes mitológicas ofrecen
similitudes con las imágenes de las bestias que usa Daniel. Una obra
acadia del siglo VII, llamada Una Visión del Mundo de los Muertos,
incluye a 15 seres divinos con forma de diversas bestias híbridas… [pero
se reconoce acertadamente que] Hay muchas diferencias importantes entre
esta visión y la de Daniel, pero las similitudes en las imágenes
proporcionan un trasfondo útil”.12
Era común en los mitos cósmicos
presentar a las fuerzas del bien y del mal combatiendo en las
embravecidas aguas del mar, lugar de la moradas del caos y el desorden.
En la Epopeya Babilónica de la Creación, se describe a Marduk (deidad
babilónica) venció a Tiamat, la diosa del caos en forma de dragón. En la
leyenda ugarítica se señala la lucha entre Baal y Yam (dios del mar).
Baal se nos refiere en este tipo de leyenda como el subyugador de Litán,
“el dragón de siete cabezas”. Es coherente entonces, que Daniel,
utilizara (o que Dios le mostrara, pues el profeta no eligió la forma)
estas extrañas bestias híbridas para representar las fuerzas del caos
“que traen desorden al mudo de Dios y que necesitan ser vencidas”.13
Diferencia entre la profecía clásica y la apocalíptica
Es bueno
mirar brevemente la diferencia que existe entre las profecías clásicas y
las profecías apocalípticas. Dentro del esquema de las profecías
clásicas se encuentran los escritos de Isaías, Ezequiel, Amós, Sofonías
y otros. Estos profetas frecuentemente proclamaron sus mensajes en “voz
alta”, en procura de justicia social, política y económica. Sus mensajes
procuraban motivar a los líderes religiosos y políticos del pueblo de
Dios para que practicaran una mejor justicia social y una mejor y
reformada forma de adoración. El profeta vivía en la Historia. Por esto
algunos han señalado que “en cierto sentido, el profeta era optimista
porque, por muy seriamente que condenara las cosas como estaban, sin
embargo creía que se podían remediar si los hombres aceptaban la
voluntad de Dios”.14
Esto traería el reino de Dios “a la tierra en su historia futura”. “En
realidad, el ‘día del Señor’, o el ‘día de Jehová’ no vendría como
Israel lo habría anticipado popularmente”.15
En la profecía clásica los juicios de Dios tenían un alcance local y
limitado, pero eran al mismo tiempo un tipo, o símbolo del juicio
cósmico de Dios en el tiempo del fin (cf. Amos 5:18,20,27; 8:8-9; Sof.
1;2-3; Isa. 13:4,6,17,19-20; etc.). “Ambos juicios proceden del mismo
Dios, pero el juicio sobre la nación es un tipo o modelo profético que
garantiza que Dios juzgará finalmente a todo el mundo por los mismos
principios morales... el tipo histórico puede ser local e incompleto,
pero el antitipo escatológico será universal y completo en sus
resultados”.16
Con todo, el objetivo último de los acontecimientos revelados en la
profecía no es enfatizar las destrucciones y las catástrofes, sino la de
resaltar la completa restauración del paraíso perdido en nuestro planeta
tierra.
Por su lado, la profecía apocalíptica
no es dada en voz alta, sino en forma escrita siempre y a diferencia de
la profecía clásica, resalta la
incondicionalidad de los
propósitos determinados de Dios para salvación de los seres humanos. Es
frecuente encontrar en el Antiguo Testamento el modelo de profecía
condicional en que la respuesta de los individuos al mensaje anunciado
por los profetas determina el cumplimiento (Jer. 18:7-10; Isa. 38:1-2,
cf. libro de Jonás), aunque hay también profecías incondicionales (cf.
Isa. 44:28; 45:1-6). Pero en la apocalíptica el profeta nos revela “el
Plan universal de Dios par la raza humana y su pueblo; y son, por lo
tanto, incondicionales... la profecía apocalíptica tiene un elemento de
determinismo basado en el hecho de que el Plan de Dios triunfará a pesar
de cualquier oposición”.17
Otro de los contrastes de la profecía
apocalíptica con la profecía clásica es “el continuo apocalíptico en la
historia”, presenta un esquema amplio por adelantado de la historia de
la salvación, “cubren todo el período de la historia desde el tiempo del
profeta hasta el momento cuando Dios establece finalmente su reino sobre
la tierra... Ellas describen el Plan de Dios desde la época del profeta
hasta la consumación de la salvación al final de la gran controversia”.18
Pero la profecía apocalíptica nos “es exhibicionismo de la presciencia
de Dios. Más bien su interés es inspirar esperanza entre el oprimido
pueblo de Dios” en manos de las agencias hostiles del planeta.19
Ya observamos que la profecía apocalíptica era dada en forma escrita,
“es una producción literaria. Si se hubiera comunicado oralmente, nadie
habría entendido su mensaje. Es difícil, enrevesada, a menudo
ininteligible; hay que estudiarla y meditarla seriamente antes de poder
entenderla”.20
Pero el hecho de que la profecía apocalíptica está revestida de un
ropaje diferente la las profecías clásicas, no debe desanimarnos, pues
mientras más dramático y prominente sea el símbolo o figura que use el
profeta para comunicarnos el mensaje de Dios tiende a volvernos más
curiosos, pues experimentamos la necesidad de comprenderlo. Por
consiguiente, “el símbolo nos estimula a buscar el significado que éste
comunica. Dios usó el simbolismo apocalíptico para desafiarnos a pasar
tiempo con su Palabra, a explorar su significado y a entender el mensaje
que Él puso en ella para nuestro beneficio”.21
Mientras en la profecía clásica se percibe cierto sabor a optimismo,
en la profecía apocalíptica, se aprecia un gran pesimismo. Esto se
debe a que para el apocaliptista el mundo en el cual vive ya no tiene
remedio, debe quedar desplazado por uno mejor. Él no cree que las cosas de
la presente era tengan remedio o puedan sanarse; todo está mal y debe ser
destruido. Una nueva era tiene que surgir, de lo contrario todo está
perdido. Con todo, debemos ser suficientemente sabio como para distinguir
la diferencias que existe entre la literatura apocalíptica seudoepígrafe y
la que nos legaron los profetas Daniel y Juan. Todos los demás escritos
apocalípticos son puestos bajo la autoría de los grandes hombres del
pasado tales como Isaías, Enoc, Moisés, Esdras y otros. Con esto
procuraban darles una autoridad que ellos mismos no poseían. Parece ser
que en la mente de estos escritores existía “el sentimiento de que la
grandeza había desaparecido de la Tierra; desconfiaban demasiado de sí
mismos para dar sus nombres a sus escritos...”.22
¡El fin ya viene!
Pero Daniel y Juan tienen razón. El fin ya viene, y ocurrirá porque es
una necesidad moral. Ya debe terminar este triste drama de dolor,
muerte, desolación, de injusticia social, de descalabro moral. Nuestro
mundo ya no resiste más. “¿Hasta cuando, oh soberano Señor?” fue la
pregunta de las angustiadas almas debajo del altar (Apoc. 6:10, RVA). Y
esta pregunta también forma parte de nuestras incesantes oraciones a
Dios. “¿Hasta cuando, oh Jehovah, clamaré, y no oirás? – preguntó el
profeta Habacub a Dios -. La divina repuesta no se hizo esperar: “Mirad
en las naciones, ved y asombraos. Porque haré una obra en vuestros días,
que aun cuando se os contara, no la creeríais” (Hab. 1:1,5). Los libros
apocalípticos eran una necesidad, y no porque necesitamos una visión
pesimista de nuestro mundo, sino porque necesitábamos una visión
realista y más abarcante de lo que constituye nuestra presente
civilización. Necesitábamos certeza y seguridad, y saber a ciencia
cierta que aunque por momentos, parece que Dios “contempla a los
traidores y calla” aun “cuando el impío destruye al más justo que él”, o
cuando parece que los “hombres son como reptiles que no hay quien los
gobierne”, Dios está al control (Hab. 1:13; 2:1-5). Aunque las visiones
apocalípticas reflejan cierto pesimismo, no terminan contando la
historia de esa manera. Lo hacen en forma diferente, en forma gloriosa:
“Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y
la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existía más…
Entonces, el que estaba sentado en el trono [Dios el Padre] dijo: Yo
hago nuevas todas las cosas. Y agregó: Escribe, porque mis Palabras son
ciertas y verdaderas” (Apoc. 21:1,4). ¡Amén!
Notas y Referencias:
1-
William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, vol. 16, El
Apocalipsis I, p. 13.
2-
-------,
Ibíd., p. 14.
3-
Hans K. LaRondelle, Las Profecías del Fin, p. 1.
4-
----------, Ibíd., p. 3.
5-
“Estas cosas se refieren a sucesos futuros que serán revelados a su
debido tiempo. Daniel recibirá su heredad al fin de los días… La luz
especial que se le dio a Juan, expresada en los siete truenos, era
un bosquejo de sucesos que debían ocurrir bajo los mensajes de los
ángeles primero y segundo. No era lo mejor para la gente conocer
esos eventos, porque su fe debe necesariamente ser probada. El plan
de Dios era que se proclamaran verdades más maravillosas y
avanzadas. Los mensajes de los ángeles primero y segundo debían ser
proclamados; pero no había de revelarse mayor luz antes que esos
mensajes hubiesen hecho su obra específica” (Elena de White, MS 59,
1900).
6-
J.
H. Walton, V. H. Matthews y M. W. Chavalas, Comentario del Contexto
Cultural de la Biblia, Antigua Testamento, pp. 832,833.
7-
Resulta interesante notar que el salmo 74 fue escrito “probablemente
después que Nabucodonosor tomó la ciudad de Jerusalén”. Así que no
está lejos del tiempo en que estas extrañas figuras se utilizaron
para representar poderes hostiles.
8-
El leviatán es mencionado en otros textos de las Escrituras y es
presentado como creación de Dios, (cf. Sal. 104:26; Job 41). Elena
de White, nos dirá: “Toda criatura viviente era familiar para Adán,
desde el poderoso leviatán que juega entre las aguas hasta el
diminuto insecto que flota en el rayo del sol” (Patriarcas y
Profetas, p. 34). “La detallada descripción anatómica [que hace el
libro de Job] y los intentos del hombre por capturarlo parecen
llevar a la conclusión de que se trata de algún animal conocido en
los tiempos de Job” (Zucher, Comentario Bíblico Portavoz, Job, p.
203). Pero es probable que las características sobrenaturales que se
le atribuyen al leviatán en algunos pasajes de las Escrituras,
responda más bien a un creencia común provocada tal vez por el
comportamiento agresivo y poderoso de esta criatura. Si el leviatán
pereció en el diluvio, es comprensible que su descripción anatómica
y fiereza degenerara prontamente en lo que más tarde se conocería
como la leyenda de Litán de la literatura ugarítica. No sería el
único relato que ha degenerado en semejante forma.
9-
Y si vemos en la palabra “abismo” de Apoc. 11:7 una referencia a
las profundidades del mar (cf. Gén. 1:2; 7:11; 8:2; 49:25; Éxo.
15:5,8; Neh. 9:11; Sal. 139:8; Isa. 51:10; Eze. 26:19; Jon. 2:5),
tenemos una prueba adicional de la bestia en relación con el agua.
10-
------,
Ibíd., p. 833, véase también a Gerhald Pfandl, Daniel, Vidente de
Babilonia, pp. 18,19.
11-
J.
H. Walton, V. H. Matthews y M. W. Chavalas, Ibíd., pp. 841.
12-
-------,
Ibíd.
13-
-------,
Ibíd., p. 842.
14-
Barclay,
Ibíd., pp. 15-16.
15-
LaRondelle,
Ibíd., p. 6.
16-
---------,
Ibíd., p. 7.
17-
Ángel
Manuel Rodríguez, Fulgores de Gloria, p. 10.
18-
---------,
Ibíd., p. 15.
19-
Barclay,
Ibíd., p. 10.
20-
------,
Ibíd., p. 16.
21-
Rodríguez,
Ibíd., pp.8-9.
22-
Barclay, Ibíd.
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