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Desde
el mismo principio de la Gran Controversia, cuando se delinearon los
primeros elementos que conformarían la rebelión del “querubín cubridor”,
quedó claro que la contienda sería feroz y prolongada. Desde entonces, las
fuerzas del mal
han procurado sobreponerse excluyendo
a las
del bien. A esta
contienda entró a formar parte la raza humana. La caída de nuestros
primeros padres en el pecado nos colocó en las filas del gran rebelde. Con
su rebelión abrieron las compuertas a toda una secuela interminable de
dolor y sufrimiento que no se detendría sino hasta el día glorioso en que
el “señorío primero” le sea restaurado a la familia humana. Ahora, nos
encontramos en la etapa intermedia de esta gran confrontación.
Esto revela que los grandes hechos de Dios, así como la
manifestación del pecado han sido una realidad histórica palpable en el
contexto del devenir humano. Las fuerzas del bien y de mal han dejado su
huella marcada indeleblemente en cada hecho grande o pequeño ejecutado por
los seres humanos. Somos parte y conjunto de esta contienda, y un elemento
importante en la misma. Sencillamente no podemos cruzarnos de brazos y
decir que no tenemos nada que ver en esto o aquello. Como nuestros
primeros padres, hemos elegido servir a alguien, ya sea en el mejor de los
casos, al Príncipe de la vida, o en el peor de ellos, al Príncipe de las
tinieblas.
En su santa Palabra, Dios ha revelado con asombrosa
exactitud los principios involucrados en la Gran Controversia, de manera
que nadie necesite extraviar la senda del deber, excepto aquellos que
insisten en seguir sus propios dictámenes en lugar de los del reino de
Dios. En visiones, Dios les dio a sus siervos una revelación abarcante de
los sucesos del futuro. Delineó las estrategias del gran engañador en su
lucha contra el gobierno divino. Esta revelación es asombrosa, pues
desenmascara las estrategias de falsificación maestra que ha puesto en
marcha el archienemigo de Dios. Su obra, de acuerdo a esta revelación,
consiste en reproducir y falsificar los mas exacto posible cada una de las
acciones divinas. El apóstol Pablo ya nos advirtió que “no es de extrañar,
porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor. 11:14). Sus
“ministros” también lo hacen (vers. 15).
Elena de White, en Primeros Escritos nos dirá: “Me fue
mostrado un tren de coches de ferrocarril que iba con la rapidez del rayo.
El ángel me invitó a mirar cuidadosamente. Fijé los ojos en el tren.
Parecía que el mundo entero iba a bordo de él, y que no quedaba nadie sin
subir. Dijo el ángel: ‘Se los está atando en gavillas listas para ser
quemadas’. Luego me mostró al conductor, que parecía una persona de porte
noble y hermoso aspecto, a quien todos los pasajeros admiraban y
reverenciaban. Yo estaba perpleja y pregunté a mi ángel acompañante quién
era. Dijo: ‘Es Satanás. Es el conductor que asume la forma de un ángel de
luz. Ha tomado cautivo al mundo. Se han entregado a poderosos engaños,
para creer una mentira, y ser condenados. Este agente, el que le sigue en
orden, es el maquinista, y otros de sus agentes están empleados en
diferentes cargos según los necesite, y todos se dirigen hacia la
perdición con la rapidez del rayo’” (PE: 89).
En esta ocasión veremos a manera de comparación la
diferencia abismal que existe entre los elementos divinos puestos en
marcha para la redención del hombre y la vindicación de su carácter, con
los del reino de las tinieblas. Veremos que sólo a partir de lo que nos
revela la Sagrada Escritura es como únicamente podemos tener un
entendimiento claro de lo que concierne a nuestro bienestar presente y
eterno.
1. Misterio de la Piedad vs. Misterio de la iniquidad.
La Biblia nos dice: “Sin discusión, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto por los
ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido en gloria”
(1 Tim. 3:16). Por otro lado nos advierte: “Porque el misterio de
iniquidad ya está obrando, sólo espera que sea quitado de en medio el
que ahora lo detiene. Entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el
Señor matará con el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de
su venida. La aparición de ese inicuo es obra de Satanás, con gran poder,
señales y prodigios mentirosos” (2 Tes. 7-9). El misterio de iniquidad
consiste en la aparición y obra de apostasía del Anticristo en el seno
de la iglesia cristiana (cf. vers. 3 y 4). Algo interesante consiste en
que el espíritu del anticristo niega la realidad de la persona de Cristo
en dos direcciones: 1) Se niega a reconocer que Jesús, el Hijo de Dios
fuera el Cristo (1 Juan 2:23), y 2) Niega que el Cristo asumió realmente
la naturaleza humana (1 Juan 4:2,3). Es comprensible la negación de la
persona y la obra de Cristo por parte del Anticristo, pues representa su
mayor esfuerzo por oscurecer o negar el hecho de que en la encarnación,
del Hijo de Eterno, realizó una obra doble: 1) Ha redimido a la raza
humana del poder del pecado; y 2) ha derrotado al archiengañador
asegurando su ruina eterna (Rom. 8:2,3; Heb. 2:9,14,15).
2. La consumación de misterio de Dios vs. el misterio de
iniquidad.
Desde sus mismos orígenes la iglesia cristiana ha estado proclamando el
Evangelio de salvación a los seres humanos. Pero esta predicación ha sido
estorbada repetidas veces por las persecuciones y la apostasía espiritual
(Apoc. 12:6,13-16). Pero el Apocalipsis de Juan nos revela que en la etapa
final de la historia de este mundo, cuando la séptima trompeta emita su
sonido “el misterio de Dios se consumará, como el anunció a sus siervos
los profetas” (Apoc. 10:7). Es por eso que al pueblo remanente del tiempo
del fin, después de pasar por el Gran Chasco (vers. 8-10), se le dice que
“es necesario que profetice otra vez sobre muchos pueblos, naciones,
lenguas y reyes” (vers. 11). En esto consiste la consumación del misterio
de Dios, en la proclamación final del Evangelio Eterno a todas las
naciones de la tierra (Apoc. 14:6-12). Y esta divulgación de las Buenas
Nuevas vindicará el carácter de Dios y lo restaurará en un pueblo, que
estará listo para la traslación en el día final (Apoc. 14:14-18).
De la misma forma, en ese tiempo final, el misterio de
iniquidad habrá llegando a su máxima expresión. “Nadie os engañe en
ninguna manera, porque ese día no vendrá sin que antes venga la apostasía,
y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Tes. 2:3,
cf. vers. 4-11). En el Apocalipsis, un ángel le dijo a Juan que le iba a
explicar el “misterio de la mujer y de la bestia” que está sentada sobre
ella (Apoc. 17:7-12). La Mujer representa la iglesia institucionalizada y
en general a todas las corrientes religiosas del fin. Este capítulo
descubre el punto extremo hasta el que avanzó la apostasía. Juan vio a la
bestia, que representa aquí al poder ideológico que domina el mundo
inspirado en Satanás mismo, “llena de nombres de blasfemia”. Pero el
Apóstol vio al mismo tiempo cómo ese misterio de maldad llegaría a su
final por medio de la intervención del Reye de reyes y Señor de señores en
los asuntos humanos (Apoc. 19:11-21).
3. La Trinidad divina vs. La trinidad demoníaca.
En el desarrollo del misterio de la piedad están involucrados los tres
grandes poderes de cielo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así
mismo, su último mensaje de salvación y advertencia a todas las naciones
es proclamado por medio de tres mensajeros celestiales, que prefiguran la
obra de su pueblo remanente sobre la tierra (Apoc. 14:6-12). Igualmente y
en forma paralela, en la última gran crisis, el misterio de iniquidad es
el producto de la obra mancomunada de tres poderes hostiles: el dragón; la
bestia y el falso profeta (Apoc. 16:13a). El dragón sería la antítesis de
Dios Padre, la bestia constituye una caricatura del Hijo Eterno, y la
bestia que sube de la tierra, o falso profeta, sería la contraparte del
Espíritu. Este trío de rebeldes, en un intento por contrarrestar e imitar
la obra de los tres ángeles, emplea tres espíritus mensajeros que salen de
sus bocas y van a los reyes de la tierra “para reunirlos a la batalla del
gran día del Dios Tododeroso” (vers. 13b). Juan los describe como
“espíritus inmundos, a manera de rana”, “espíritus de demonios que hacen
señales” (vers. 14a). Desde el mismo comienzo de la rebelión, la Trinidad
divina está involucrada abiertamente en la prosecución de sus propósitos
rendentivos (Juan 3:16; Heb. 9:14). Apocalipsis nos revela que la obra de
estos seis poderes antitéticos, avanza paralelamente como las vías de un
tren hacia el desenlace final: la batalla del Armegedón.
4. el carácter de Cristo vs. El carácter de la bestia.
La perfección del carácter de Cristo constituye la marca de sus
credenciales divinas. “Viene el príncipe de este mundo y nada tiene en mi”
(Juan 14:30). Cristo “es el resplandor” de la gloria del Padre, “la misma
imagen de su ser real” (Heb. 1:3). Por esto, el carácter del Padre quedó
perfectamente representado en los hechos de Cristo. “Jesús respondió: …El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre… Las palabras que os hablo, no las
hablo de mí mismo; sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras”
(Juan 14:9,10).
En forma análoga, pero contraria, la bestia o el Anticristo
es un reflejo perfecto de los atributos grotesco del dragón. Es hostil,
blasfema, perseguidora e intolerante. Su carácter y el del dragón son
indistintos. “Hablaba palabras arrogantes y blasfemias…, Y abrió su boca
en blasfemias contra Dios, para blasfemar su Nombre y su Santuario, a
saber, los que viven en el cielo. Y se le permitió combatir a los santos,
y vencerlos” (Apoc. 13:5-7).
5. La autoridad de Cristo vs. la autoridad del Anticristo.
Dios el Padre dotó de absoluta autoridad y poder a su Hijo para la
ejecución del Plan de Salvación (Mat. 3:17; 28:18). A Él le dio el Padre
un “nombre que es sobre todo nombre”, un lugar en su trono, y en el obra
final de restauración de todas las cosas, el Hijo será reconocido y
adorado por todas las criaturas del universo (Apoc. 3:21; Fil. 2:9-11). La
profecía de Apoc. 12 nos dice que Cristo fue “arrebatado para Dios y su
trono” (Apoc. 12:5b). En forma paralela, el dragón a dado a su vice-regente,
el Anticristo, “su poder, su trono, y grande autoridad” (Apoc. 13:2). El
propósito es desviar la atención de los seres humanos de Cristo a su
representante terrenal. Por eso leemos: “Toda la tierra se maravilló, y
siguió a la bestia. Y adoraron al dragón que había dado autoridad a la
bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién es como la bestia, y
quién podrá luchar contra ella?” (vers. 3,4). Por medio de sus mensajes
engañosos, los tres “espíritus inmundos” que salen de la boca del dragón,
la bestia y el falso profeta, persuaden a los reyes de la tierra para que
apoyen al Anticristo. “Los diez cuernos que viste son diez reyes, que aún
no han recibido reino; pero por una hora recibirán autoridad como reyes
con la bestia. Estos tienen un mismo propósito, y darán su poder y
autoridad a la bestia” (Apoc. 17:12,13). Estos pasajes revelan que en la
crisis final, los líderes de la tierra serán seducidos por los engañó de
los demonios para considerar al Anticristo, como el único que es digno de
regir los destinos de las naciones de la tierra. Mientras tanto, en las
cortes celestiales, se estará llevando a cabo la coronación del Hijo de
Dios al finalizar el juicio: “Y miré, y oí la voz de muchos ángeles
alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos. Su número
era miles de millares, y diez mil veces diez mil. Y decían a gran voz: El
Cordero que fue muerto es digno de recibir poder y riquezas, sabiduría y
fortaleza, honra, gloria y alabanza. Y a todos los que estaban en el
cielo, en la tierra, en el mar y debajo de la tierra, y a todas las cosas
que hay en ellos, les oí cantar: Al que está sentado en el trono y al
Cordero, sean la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos
de los siglos (Apoc. 5:11-13).
Cabe mencionar que “los reyes de la tierra” no dan su apoyo
inocentemente a la bestia, pues según ya vimos en Apoc. 10:11 y 14:6,7, el
mensaje de amonestación y advertencia se estará proclamando en todos los
“pueblos, naciones, lenguas” y esta proclamación llagará hasta los reyes y
poderosos. Por eso, la drástica advertencia: “Si alguno adora a la bestia
y a su imagen, y recibe su marca en su frente o en su mano, éste también
beberá del vino de la ira de Dios, vaciado puro en la copa de su ira. Y
será atormentado con fuego y azufre ante los santos ángeles y ante el
Cordero” (Apoc. 14:9,10).
6. La glorificación de Cristo vs. la glorificación de la
bestia.
El Hijo Eterno, como enviado de Dios honró al Padre en
todas las cosas. “Yo te he glorificado en la tierra. He acabado la obra
que me encargaste… He manifestado tu Nombre a los hombres que del mundo me
diste” (Juan 17:4,6). “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi
voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). Esto también es
cierto acerca de Cristo en relación con la obra del Espíritu Santo. La
tercera Persona de la Trinidad no se glorifica así mismo, sino que
glorifica y exalta al Hijo Eterno ante los seres humanos. “Cuando venga el
Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará de sí
mismo, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que ha de
venir. El me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo comunicará”
(Juan 16:13, cf. 15:26).
De igual forma, la antítesis del Espíritu, es “el falso
profeta”, quien no llama la atención del mundo hacia sí mismo, sino hacia
la bestia. “Con las señales que se le permitió realizar en presencia de la
primera bestia, engaña a los habitantes de la tierra, y les manda que
hagan una imagen de la bestia que tuvo la herida de espada y vivió” (Apoc.
13:14, cf. vers. 15-18).
7. La manifestación del Espíritu vs. la manifestación del
falso profeta.
La llegada del Espíritu en su plena manifestación fue prefigurada por el
fuego. El registro inspirado nos dice: “Aparecieron lenguas como de fuego,
que se repartieron, y se posaron sobre cada uno de ellos, y todos quedaron
llenos del Espíritu Santo” (Hech. 2:4). En otros pasajes, la presencia y
la acción del fuego ha sido utilizada para representar la presencia y la
acción de la Divinidad (cf. Gén. 15:17; Éxo. 3:2; 14:21,22; 19:18). De
igual manera, la caída de fuego desde el cielo ha sido visto como prueba
de la intervención divina (Gén. 19:24,25; Éxo. 9:23,24; 1 Rey. 18:24,38).
La falsificación llevada a cabo por el poder denominado
falso profeta está acompañada de un extraño fuego que desciende del cielo
ante los hombres. Esto procura certificar sus demandas de sumisión al
Anticristo. Lo que se procura con esta falsa, pero poderosa señal, es dar
credibilidad a sus demandas, como si fueran provenientes del mismo Dios,
pero sólo logrará persuadir a los “moradores de la tierra”, pero no al
remanente de Dios (Apoc. 13:13). Este fuego, según el verso 14 parece ser
una referencia a todas “las señales” que serán hechas por el falso profeta
“para engañar a los que recibieron la marca de la bestia” (cap. 19:20). En
este contexto, el descenso de fuego desde cielo, no significa nada para el
pueblo de Dios. Las evidencia de la presencia y aprobación divina, en la
última gran crisis, no se juzga a partir de grandes manifestaciones de
poder, sino, por un apego estricto e inamovible a los mandamientos de Dios
(Apoc. 12:11,17; 14:12).
8. Dios el Padre vs. el dragón.
Quien recibe la Hijo y lo adora, recibe y adora al que lo envió. “El que
os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al
que me envió” (Mat. 10:40). Lo mismo es cierto en sentido contrario: “El
que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene
también al Padre” (1 Juan 2:23). Quien se somete a los dictámenes de la
bestia, adora a la bestia y también al dragón. “Y adoraron al dragón que
había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién
es como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?” (Apoc. 13:4).
9. El ministerio de Cristo vs. el ministerio de la bestia.
Según la profecía de las Escrituras el ministerio
activo de Cristo sería ejercido por 3 ½ años o 42 meses, luego moriría.
Cristo descendería a los abismos, es decir al sepulcro, el reino de la
muerte, pero saldría de allí triunfante. El profeta Daniel había
profetizado: “Después de las 62 semanas [en la última, la septuagésima
semana] se quitará la vida del Mesías, y no por él mismo…. confirmará el
pacto a muchos. Y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la
ofrenda” (Dan. 9:26,27). Y pablo nos dirá: “No digas, ¿quién descenderá al
abismo? Esto es, para volver a traer a Cristo de los muertos” (Rom. 10:7).
Jesús moriría, pero también resucitaría para ya no morir más y reinar para
siempre.
En un acto grotesco de falsificación, el Anticristo o la
bestia reina por 42 meses o 3 ½ años proféticos, sufre una herida de
muerte que la hace descender al abismo, pero resurge de allí, como si
resucitara de los muertos. A la bestia “le fue dada autoridad de obrar
durante 42 meses...”, pero recibió en una “de sus cabezas una herida de
muerte, pero su herida mortal fue sanada” (Apoc. 13:5,3). “La bestia que
viste, era, y ya no es, está por subir del abismo…” (Apoc. 17:8). Esta
resurrección, o recuperación de poder, es temporal, aunque se pretende que
sea permanente. “Y la bestia que era y ya no es..., y va a su destrucción”
(vers. 11, cf. 8b). El mal no reinará para siempre, sólo Cristo y sus
redimidos vivirán por los siglos de los siglos.
10. La Nueva Jerusalén vs. La gran babilonia.
El Apocalipsis menciona la Nueva Jerusalén como estando en el cielo, pero
descendiendo de allí al final del milenio. “La ciudad de mi Dios, la nueva
Jerusalén, que desciende del cielo adornada por mi Dios” (Apoc. 3:12;
21:2,10). La existencia de esta ciudad era conocida aún por los fieles de
la antigüedad. Pablo nos dice que Abrahán “habitó por la fe como
extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena. Y habitó en
tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Porque
esperaba la ciudad con fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”
(Heb. 11:9,10). Y de los otros creyentes también nos dice que “buscaban
una patria”. Y que “si hubieran estado pensando en la tierra de donde
salieron, hubieran tenido tiempo de volver a ella. Pero deseaban la mejor,
a saber, la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de llamarse Dios de
ellos, porque les había preparado una ciudad” (Heb. 11:14-16).
Basados en esta esperanza, los creyentes eran considerados
“ciudadanos de dos mundos”, porque, mientras vivían en esta tierra,
estaban conscientes de que su verdadera “ciudadanía estaba en el cielo”
(Fil. 3:20). Así que, por medio de la fe vivieron esta vida, pero la vida
futura e inmortal, aunque la miraban “de lejos”, la saludaban y confesaban
que “eran peregrinos y forasteros sobre la tierra” (Heb. 11:13).
Esta gloriosa verdad también tiene su antítesis en el campo
del misterio de iniquidad. En contraposición a la ciudad de Dios,
encontramos, desde muy antiguo la existencia de otra ciudad: Babilonia.
Por su significación histórica en relación con el pueblo de Dios, esta
poderosa metrópolis pasó ser una figura de la apostasía final contra el
gobierno de Dios. Por eso leemos: “… aquella gran ciudad que impera sobre
los reyes de la tierra” (Apoc. 17:18). Pero el Cielo decretó su ruina
eterna: “Un ángel poderoso alzó como una gran piedra de molino, y la echó
al mar, diciendo: "Con tanto ímpetu será derribada Babilonia, esa gran
ciudad, y nunca jamás será hallada” (vers. 21, cf. 16:19). De todos los
que tenían puestos sus ojos en esta ciudad, aquellos que vivían por ella,
y de ella, se dirá: “Se quedarán lejos por el temor de su tormento, y
dirán: ¡Ay, ay de la gran Babilonia, aquella fuerte ciudad! ¡En una hora
vino tu juicio!” (Apoc. 18:10). Solo, la “gran ciudad” de Dios (cap.
21:10) es duradera, y una morada de paz. Este punto nos lleva al
siguiente.
11. la mujer virtuosa vs. la mujer impura.
El Apocalipsis, siguiendo una antigua tradición escrituraria representa al
pueblo de Dios bajo la figura de una mujer (Apoc. 12:1, cf. Ose. 2:19,20;
Isa. 54:1-6; 2 Cor. 11:2; Efe. 5:21-23). Mientras que la iglesia de Dios
está simbolizada por una mujer vestida de sol, adornada con una corona de
12 estrellas y afirmada sobre la luna, las iglesias institucionalizadas
que ha caída de la verdad del Evangelio, están representada por una mujer
impura, infiel, prostituida (Apoc. 17:1,2). Ella, a diferencia de la mujer
virtuosa, está vestida de “púrpura y escarlata, y adornada de oro, de
piedras preciosas y perlas” (vers. 4). La primera mujer está comprometida
con Cristo, y se unirá a Él en matrimonio eterno (Apoc. 19:7,8). Mientras
que, la mujer infiel, llamada “Babilonia la grande, la madre de las
rameras y de las abominaciones de la tierra” se ha unido a los reyes de la
tierra en una relación ilícita (Apoc. 17:5). Por esto es que Dios la llama
“mujer infiel”.
En el punto anterior estudiamos el contaste entre la ciudad
de Dios y la ciudad de Babilonia, y en este contexto descubrimos
adicionalmente que ambas mujeres están asociada a estas dos ciudades, tan
íntimamente que, lo expresado de una, se dice de la otra. Veamos la
siguiente comparación:
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La Mujer virtuosa |
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La Nueva Jerusalén |
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¡Ha llegado la boda del Cordero, y su novia se ha preparado! Y le fue
dado que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente, porque el
lino fino representa las obras justas de los santos (19:7,8).
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Ven y te mostraré la desposada del Cordero… Y yo, Juan, vi la santa
ciudad, la Nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios,
engalanada como una novia para su esposo (21:9,2).
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La Mujer Infiel |
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La Gran Babilonia |
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La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, adornada de oro,
piedras preciosas y perlas (17:4). |
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¡Ay, ay de la gran ciudad, que vestía lino fino y escarlata, y se
adornaba de oro, piedras preciosas y perlas! (18:16).
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Y la mujer que viste es aquella gran ciudad que impera sobre los reyes
de la tierra (17:18). |
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Por esto, la ruina de la mujer infiel se presenta bajo la
figura de la destrucción de ciudad de Babilonia. La mujer encarna el
espíritu despótico y cruel, al punto que ambos símbolos son uno y el
mismo. En el caso de la Nueva Jerusalén, el simbolismo es más rico, pues
aunque la mujer virtuosa y la ciudad parecen una y la misma cosa,
realmente no lo son. Note que en ninguna parte se nos dice que la mujer
virtuosa es la Nueva Jerusalén, sino que ambas están vestidas “como una
novia para su esposo”. En Apocalipsis, la Nueva Jerusalén funciona como la
verdadera esposa del Cordero y la iglesia como los convidados a la boda.
12. El sello de Dios vs. la marca de la bestia.
Según el Apocalipsis Dios coloca un sello en la frente de
su siervos antes de que los juicios de Dios caigan sobre el planeta (Apoc.
7:1-4). Este sello funciona como una señal de pertenencia: “el fundamento
de Dios permanece firme y tiene este sello: El Señor conoce a los suyos”
(2 Tim. 2:19). Representa también el carácter de Dios reproducido en la
vida de sus hijos: “Miré, y vi al Cordero de pie sobre el monte Sión, y
con él 144.000 que tenían el Nombre del Cordero y el nombre de su Padre
escrito en sus frentes” (Apoc. 14:1). El sello de Dios tiene que tiene
que ver también con su santa Ley y día de reposo (Deum. 6:6-8; Isa.
8:16; Eze. 20:12,20).
De igual manera, pero en sentido contrapuesto, la bestia
tiene su marca o distintivo con el que están marcados sus seguidores: “Y
ordenaba que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y
siervos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente” (Apoc.
13:16). Y al igual que el sello de Dios, tiene que ver con un nombre o
carácter. La profecía habla de “la marca o el nombre de la bestia”,
“la marca de su nombre” (vers. 17; 14:11). Tanto en la bestia como
en su propio carácter, la rebelión está estampada indeleblemente, por
consiguiente, sus segadores reflejan esa rebelión contra Dios y su pueblo.
La marca de la bestia constituye además una señal de
sumisión y pertenencia, ya que sólo los que tengan esta marca podrán tener
acceso a las provisiones necesarias para la vida: “Y que ninguno pueda
comprar ni vender, sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia, o
el número de su nombre” (Apoc. 13:17). Recibir la marca de la bestia,
implica haber rechazado a Dios y la autoridad de su Palabra. Es quedar
fuera del reino eterno de su amado Hijo por elección propia. Es haber
decidido quedar vestido con los trapos de inmundicia de nuestra propia
justicia terrena y permanecer en completo acuerdo con la muerte y el
sepulcro (cf. Isa. 28:15). Es por demás, haber rechazado de plano la
oferta final del amor de Dios. En pocas palabras, es la locura más grande
que algún ser humano pueda decidir y hacer.
Tener el sello de Dios, según las Escrituras, es estar
protegido contra los juicios de las plagas que castigarán y desarticularán
los poderes terrenales. Es quedar seguro para salvación y vida eterna, y
cubierto con el manto de la justicia de Cristo por la eternidad:
“¡Gocémonos, alegrémonos y démosle gloria; porque ha llegado la boda del
Cordero, y su novia se ha preparado! Y le fue dado que se vista de lino
fino, limpio y resplandeciente, porque el lino fino representa las obras
justas de los santos” (Apoc. 19:7,8). Recibir el sello de Dios constituye
el privilegio inmerecido de llegar ante el trono de Dios y, puesto allí de
pie, alabarlo por su redención: “Vi una gran multitud que ninguno podía
contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua. Estaban ante el trono y en
presencia del Cordero, vestidos de ropa blanca y con palmas en sus manos.
Y aclamaban a gran voz: La salvación se debe a nuestro Dios que está
sentado sobre el trono, y al Cordero” (Apoc. 7:9,10).
Muy pronto el Gran Conflicto llegará a su final (Rom.
16:20), y con él, todo el drama de dolor, muerte y sufrimiento que ha
azotado a nuestro mundo. Ese día glorioso veremos que valió la pena creer
en la Palabra de Dios. Entonces, “el resultado de la justicia será paz; y
el efecto de la rectitud, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo
habitará en albergue de paz, en habitaciones seguras y en residencias
tranquilas” (Isa. 32:17,18). ¡Cuan dichosos seremos! |