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Soplan nuevos vientos en el ámbito cristiano,
con potencial como para transformar el movimiento ecuménico. ¿Cómo
deberíamos los adventistas —siempre interesados en los eventos del fin—
relacionarnos con ellos?
Del 6 al 9 de noviembre de 2007, unos 250 líderes cristianos de más
de setenta naciones acudieron a Limuru, Kenia. Este grupo extremadamente
diverso, que se reunió bajo el título de Foro Cristiano Mundial (GCF),
fue parte de un encuentro por demás significativo. Por primera vez, pentecostales y evangélicos se sentaron a dialogar con católicos,
protestantes, ortodoxos y representantes de las iglesias africanas.
Muchos calificaron a este encuentro como histórico ya que fue algo sin
precedentes.
El evento se produjo en vísperas del sexagésimo aniversario del
Concilio Mundial de Iglesias (WCC). Desde 1948, cuando se creó con la
esperanza de unir a las iglesias, han ocurrido grandes cambios en el
mundo cristiano:
♦ El centro de gravedad se ha desplazado.
Europa y los Estados Unidos han dejado de ser un eje y se han estancado,
mientras que el cristianismo está creciendo velozmente en África y Asia.
En la actualidad, en el hemisferio sur hay cuatro veces más cristianos
que en el norte (u “Occidente”). Los misioneros del sur también ya han
superado a sus colegas occidentales.
Sin embargo, deberíamos notar un cambio aún más importante. El
cristianismo “del sur” es mucho más conservador que el de las iglesias
“principales” –que conforman la mayor parte del WCC. Otorga mayor
autoridad a las Escrituras, posee una comprensión integral del mundo
natural y sobrenatural, y brinda un papel mucho más prominente a la
doctrina y experiencia del Espíritu Santo.
♦ El movimiento evangélico ha llegado a ser una fuerza mundial,
traspasando las barreras denominacionales.
Los evangélicos, más
allá de su iglesia en particular, están unidos por su creencia en la
confiabilidad de la Biblia, en la obra expiatoria de Cristo por su
muerte en la cruz, en la necesidad de conversión y evangelismo, y en la
segunda venida. La Alianza Evangélica Mundial afirma estar conformada
por 420 millones de cristianos.
♦ Los pentecostales crecen con mayor rapidez.
En su manifestación moderna, el movimiento comenzó en 1904 en Los
Ángeles, Estados Unidos, como una franja marginal dentro del
cristianismo. Era un movimiento de reavivamiento que apelaba a los
pobres y era despreciado por la sociedad, pero se extendió a todo el
mundo. No tiene estructura u organización unificada, sino más bien se
centra en la congregación, enfatizando la experiencia personal del
Espíritu Santo. Como es difícil definir con claridad lo que significa
ser pentecostal, las estimaciones de la fortaleza del movimiento varían
mucho. Sin embargo, en general los observadores están de acuerdo en que
los pentecostales-carismáticos suman más de quinientos millones.
♦ El cristianismo ha tenido un crecimiento
explosivo en el África. El movimiento carismático ha dado origen
a nuevas iglesias autóctonas conocidas como las Iglesias Instituidas
Africanas; cuentan con congregaciones más allá de sus fronteras
nacionales, llegando inclusive a Europa y América. Ofrecen una religión
de celebración, y utilizan símbolos, música y danzas que reflejan la
cultura africana. Es probable que este movimiento cuente con cien
millones de seguidores.
Estos cambios sustanciales se produjeron debido a que los evangélicos
se desencantaron cuando en la asamblea mundial de 1968, llevada a cabo
en Upsala, Suecia, la organización giró bruscamente hacia la acción
social y la política. Los pentecostales, inicialmente despreciados por
las iglesias tradicionales, albergan hostilidad hacia el movimiento
ecuménico representado por el WCC; las nuevas iglesias africanas y el WCC tienen muy poco en común.
Hoy día, sesenta años después de su fundación, el WCC está en
búsqueda de su identidad. En los últimos veinte años, tanto su personal
como su presupuesto se han visto drásticamente reducidos. La
organización no ha logrado atraer a grupos que representen a cantidades
importantes de cristianos y a pesar de sus más sinceros esfuerzos, las
iglesias que lo conforman no han podido alcanzar el requisito básico de
aceptarse mutuamente en el amor de Cristo.
Con este trasfondo, en 1998 se concibió el concepto de Foro Cristiano
Mundial (GCF). Hubert van Beek, que trabajó largo tiempo en el WCC, pasó
los siguientes nueve años como planificador y organizador del evento que
finalmente se llevó a cabo en noviembre pasado. Fue asistido por una
comisión directiva conformada básicamente por voluntarios pertenecientes
a diversas tradiciones. Mel Robeck, un pentecostal que es profesor de
historia eclesiástica del Seminario Fuller en California, tuvo un papel
clave para convencer a muchos líderes pentecostales que debían asistir
al GCF.
Las ideas del GCF fueron probadas en primer lugar en encuentros
regionales en diversas partes del mundo. La comisión directiva concluyó
que la única forma en que los pentecostales se sentirían cómodos como
miembros, sería en caso que se garantizara que ellos y los evangélicos
conformaran al menos el cincuenta por ciento de todos los presentes.
Esto es lo que en efecto sucedió en Kenia. Los pentecostales fueron el
grupo más numeroso y tuvieron un papel principal en las sesiones
plenarias y grupos de discusión. Los dos trabajos principales
presentados en los plenarios pertenecieron a eruditos pentecostales.
El GCF se reunió durante cuatro días cerca de Nairobi, en un complejo
perteneciente al Concilio Nacional de Iglesias de Kenia. El WCC y sus
socios financiaron la mayor parte del evento y los organizadores pagaron
los gastos de muchos de los asistentes. Tres adventistas estuvieron
presentes: John Graz, director de Relaciones Públicas y Libertad
Religiosa de la Asociación General; John Kakembo, director Ministerial
de la División del África Central-Oriental con sede en Nairobi y quien
escribe este artículo.
El expreso propósito del GCF fue “crear un espacio donde los
representantes de una amplia gama de iglesias y organizaciones interdenominacionales, que confiesan al Dios de la Trinidad y a
Jesucristo como perfecto en su divinidad y humanidad, puedan juntarse
para fomentar el respeto mutuo y explorar y enfrentar juntos, desafíos
comunes”. A diferencia de las reuniones ecuménicas del pasado, en el GCF
el elemento afectivo (emocional) jugó una parte destacada. Los cultos de
adoración, a excepción del ortodoxo, fueron animados. Los africanos
brindaron un sabor distintivo al encuentro.
Para muchos, el punto culminante se produjo el primer día. Los
asistentes se dividieron en grupos preasignados de treinta personas y
cada uno tuvo quince minutos para dar un testimonio de su relación
personal con Cristo. Resultó muy poderoso y emocionante escuchar los
elementos comunes del llamado y la intervención divina, sin importar la
tradición religiosa de cada uno. En estos grupos se derribaron las
barreras denominacionales; los días restantes, la actividad se construyó
sobre la buena voluntad ya establecida.
El GCF pasó
su último día y medio evaluando lo que había sucedido y tratando de
determinar el rumbo a partir de esa instancia. Los asistentes expresaron
su aprecio por el evento, que consideraron un avance, e instaron a:
mantener las estructuras al mínimo, que el GCF evite llegar a ser una
nueva organización, que el proceso continúe en los niveles regionales y
locales, y que se reconstituya y agrande la comisión de planificación
del GCF. En el futuro se determinará si es preciso realizar otro
encuentro mundial.
La mayoría de los presentes se fueron entusiasmados. Sintieron que
habían sido parte de algo especial, acaso histórico. ¿Será el GCF visto
a partir de ahora como un hito frente al fracaso del WCC y del antiguo
ecumenismo, y como parte de un nuevo e impredecible ecumenismo? El
tiempo lo dirá.
La reacción de los adventistas a estos vientos de cambio requiere
estar alertas y realizar un cuidadoso análisis. Nunca hemos sido
miembros del WCC y nos hemos mantenido a distancia del ecumenismo
defendido por la organización. Para nosotros, el sentido de la misión a
todo el mundo, ordenada por Dios, no puede verse debilitada o
comprometida por la vinculación con otros organismos cristianos. No
asumimos el papel de jueces: simplemente nos concentramos en nuestra
misión y dejamos que otros respondan al Señor por el llamado recibido.
Es verdad que también deseamos la unidad de los creyentes por la cual
oró Cristo antes de ir a la cruz. Sin embargo, ésta debería ser una
unidad ¿sobre qué base? ¿A qué precio? Para nosotros, la unidad
cristiana solo puede producirse a partir de creencias compartidas
basadas en la Biblia.
Asimismo, nuestra comprensión de la historia y la profecía nos hace
dudar de las coaliciones cristianas. A menudo éstas han resultado en la
coerción de la conciencia, y Apocalipsis 13 señala un movimiento similar
justo antes de la venida de Cristo.
Felicitamos a los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el
mundo. Durante unos ochenta años, el reglamento de nuestra iglesia ha
declarado: “Reconocemos a los organismos que ensalzan a Cristo ante los
hombres como parte del plan divino de evangelización al mundo, y tenemos
en gran estima a los cristianos de otras comuniones que se dedican a
ganar almas para Cristo” (p. 110). Llevamos a cabo diálogos teológicos
con otras iglesias, buscando comprender y ser comprendidos. Cuando es
posible, trabajamos juntos en proyectos de libertad religiosa y ayuda a
los necesitados, así como Elena de White se unió en sus días con otros
organismos cristianos para luchar contra el tráfico del alcohol.
Con alegría adoramos junto a otros cristianos, orando con y por
ellos, y sus ministros. En esto los adventistas estamos mucho más
adelantados que las iglesias del WCC: todos son bienvenidos a la mesa
del Señor, no importa su denominación. Ese es el tipo de ecumenismo —y
solo ese— en el que nos sentimos libres de participar.
William G. Johnsson es asistente de
Relaciones Interreligiosas del presidente de la Iglesia Adventista. |