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No se sabe “ni el día ni la hora”
Aquí cabe hacerse algunas
preguntas. Si la destrucción de Jerusalén por los babilonios tuvo
lugar en un año sabático en cumplimiento a las advertencias
divinas por no haberlos guardado como Dios lo había indicado (Lev
26:34-35: 2 Crón 36:21), y si el cumplimiento
de las fiestas debía darse no sólo en cuanto al acontecimiento
sino también en cuanto al tiempo (CS,
450-451), ¿no habría de suceder lo mismo con la venida de Cristo
para venir a destruir a este mundo por sus seis mil años de
pecado? Siendo que el día exacto en que caía esa fecha otoñal
dependía de la luna que variaba de año en año, nadie podría saber
“ni el día ni la hora” hasta que Dios mismo indicase desde el
cielo que ése iba a ser el año en que iba a tener lugar.
La oración del pueblo de Dios, como la de los cristianos judíos
que estuviesen en Jerusalén poco antes de su segunda destrucción,
debía tener en cuenta la importancia de que ese día no cayese ni
en sábado, ni en invierno (Mat 24:20), algo que de no cumplirse
ese ruego, afectaría la huída del pueblo de Dios de las ciudades
poco antes de su destrucción final, en el hemisferio que para esa
época del año se viese más desfavorecido. El otoño del norte
correspondiente a la primavera del sur, no es tan inclemente como
el invierno [Véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual
Judío (Bs.As., 1999)]. [En este respecto debo ser claro en que es
imposible determinar cualquier año de jubileo, ya que no se lo
celebró en Israel desde la primera destrucción de Jerusalén, ni se
sabe si llegó a celebrárselo antes ni en qué momento se habría
comenzado a celebrárselo, por lo cual es inútil tratar de
imaginarse cuál podría ser el año: véase A. R. Treiyer, Jubileo y
Globalización. La Intención Oculta (1999), cap 13].
El cómputo de los meses buscó enmarcárselo en tiempos
post-bíblicos y cristianos en forma más rígida y astronómica,
creando otro conflicto dentro del judaísmo debido a que en algunos
años esos cómputos no coincidían adecuadamente con la cosecha.
Debido a esto se veían a veces confrontados al problema de tener
que celebrar las fiestas cuando los granos no estaban
suficientemente maduros. Por tal razón, una rama del judaísmo (los
caraítas), mantuvo su propio calendario que no coincidía en todo
con el de Palestina. Sobre esto volveremos al discutir la fecha
del 22 de octubre de 1844, lo que a su vez nos permitirá ver cómo
hacían entonces para determinar el día exacto en que debían
comenzar el primero de los meses y, desde allí, determinar los
demás días y meses de fiesta anual.
La respuesta de Jesús a sus discípulos sobre si iba a restaurar
“el reino a Israel” en sus días fue que no les tocaba a ellos
“saber los tiempos o las épocas [estaciones] que el Padre puso en
su sola potestad”. Con esto Jesús parece haberse referido a que
ellos, tanto como Daniel, debían guardar su mensaje sellado hasta
el “tiempo del fin” cuando Dios aclararía ese punto (Dan 12:4).
Por otro lado, la referencia de Jesús a “estaciones” podría tener
que ver con los calendarios y sus variaciones que se daban cada
año, y que no permitirían conocer en forma exacta ni el día ni la
hora en que ese evento tendría lugar. Al no conocerse en qué día
preciso debían comenzar las estaciones de la cosecha en el año de
la venida del Señor, tampoco podría conocerse en forma exacta en
qué día ni en qué hora definidos volvería a vérselo.
Más sobre la profecía de los 1290 días
Las únicas referencias que conozca a un calendario solar de 30
días rígidos cada mes, y 12 meses dando un total de 360 días, se
encuentran en el libro de Daniel y el Apocalipsis. Ese calendario
solar de 360 días podía servirles, tal vez, como un punto
adicional de referencia que les permitiese regular, de tanto en
tanto, el calendario lunar con el movimiento de la tierra en torno
al sol. Que los israelitas medían también el movimiento del sol, y
no solamente el de la luna, se puede ver en la mención al reloj de
Acaz que su hijo Ezequías continuaba utilizando, y al que Dios
mismo recurrió para permitirle a Ezequías ver la señal que pedía
(2 Rey 20:8-11). El año sabático basado en las cosechas se
encargaba de por sí en poner en regla ese calendario solar también
con el astronómico de 365 días, con un décimotercer mes que, como
el lunar, correspondía intercalárselo al concluir el invierno,
antes de comenzar la cosecha en el primer mes de primavera.
En efecto, el cómputo de 1290 días que nos ofrece Daniel está
teniendo en mente un calendario solar que incluía un décimotercer
mes adicional al cabo de seis años, tal como solía hacérselo con
el calendario lunar cada tres años, y a veces cada dos años.
Recordemos que los cómputos de los años se los hacía partir del
calendario otoñal, esto es, en el séptimo mes del calendario
religioso que comenzaba en primavera. Era entonces, en ese séptimo
mes, que concluía la cosecha (Lev 25:3-12). Pues bien, el
décimotercer mes que solía agregarse al tercer año para no
alejarse demasiado del calendario solar, caía en el mes de Adar.
Ese mes de Adar se daba después que había concluido el año
litúrgico y con él las cosechas del año, y era más específicamente
el mes doce de ese año lunilitúrgico. En otras palabras, el
“segundo Adar” o décimotercer cambio de luna precedía al mes de
Abib con el que comenzaba la primavera y se daban, en la segunda
mitad de ese primer mes primaveral, las primicias de la cosecha
del año con el ofrecimiento en el templo de las primeras gavillas
de cebada.
Resulta obvio que los israelitas escogieron ese último mes lunar
para agregar un décimotercero porque ese mes terminaba el
invierno, y para entonces podían ver si las plantas de cebada iban
a poder madurar a tiempo o no para el primer mes de primavera.
Cuando les resultaba obvio que eso no iba a ser posible, agregaban
ese “segundo Adar”. Los 1290 días de Daniel abarcan, por
consiguiente, esos tres años y medio de un año otoñal (tres
septiembres/octubres más un cuarto Adar [febrero/marzo] doble,
haciendo que el nuevo año lunilitúrgico comenzase en abril (abib)
y terminase en octubre (etanim o tishri)).
¿Qué nos dice esto con respecto a la profecía de los 1260 ó 1290
días o, más simple, 3 años y 1/2? Que ese período de dominio del
anticristo romano anunciado por Daniel en esa profecía, iba a
abarcar un período completo, luego de lo cual comenzaría una nueva
época, una nueva primavera donde todo comenzaría a brotar otra vez
(Dan 7:25; 12:7,9,11).
No podemos detenernos a considerar aquí los otros detalles dados
por la profecía, por lo que inferimos que el lector sabe ya que
históricamente, fue en 1798 que concluyeron los 1260 y 1290 días
(símbolo de años), con la herida mortal que recibió el papado
romano a su autoridad y despotismo políticos. Para entonces se
levantaron dos movimientos de liberación que fueron el secularismo
ateo y el protestantismo norteamericano. Una nueva era de libertad
brotaba entonces que permitiría levantar un pueblo que con su
mensaje, madurase al mundo para la última gran cosecha. Esa era
había sido anunciada como siendo la del “tiempo del fin” (Dan
7:25; 12:4,7,9), y culminaría al final con la destrucción del
mundo y la segunda venida de Cristo. El movimiento adventista
nació con ese “tiempo del fin” y es inseparable de él. Surgió
repentinamente por toda la tierra señalando ese cambio de era y
anunciando el pronto regreso del Señor.
Llama la atención en este contexto, la interpretación de E. de
White con respecto al nuevo poder que surgiría de la tierra con
rasgos de nobleza que al principio se compararían a los de un
cordero (Apoc 13:11). Esos rasgos tienen que ver con la libertad
emanada de la Biblia que asumió especialmente el protestantismo
norteamericano.
“¿Cuál era en 1798 la nación del nuevo mundo cuyo poder estuviera
entonces desarrollándose, de modo que se anunciara como nación
fuerte y grande, capaz de llamar la atención del mundo? La
aplicación del símbolo no admite duda alguna. Una nación, y sólo
una, responde a los datos y rasgos característicos de esta
profecía; no hay duda de que se trata aquí de los Estados Unidos
de Norteamérica. Una y otra vez el pensamiento y los términos del
autor sagrado han sido empleados inconscientemente por los
oradores e historiadores al describir el nacimiento y crecimiento
de esta nación. El profeta vio que la bestia “subía de la tierra”
y, según los traductores, la palabra dada aquí por ‘subía’
significa literalmente ‘crecía o brotaba como una planta’... Un
escritor notable, al describir el desarrollo de los Estados
Unidos... dice: ‘Como silenciosa semilla crecimos hasta llegar a
ser un imperio’... Un periódico europeo habló en 1850 de los
Estados Unidos como de un imperio maravilloso, que surgía y que
‘en el silencio de la tierra crecía constantemente en poder y
gloria” (CS, 493).
Más sobre los calendarios sabáticos
Cierta vez mientras vivía en California me paró la policía por ir
más rápido de lo permitido. Para evitar tener que pagar la multa y
quedar manchado el registro del seguro del auto, se daba entonces
la oportunidad de asistir a un curso de conducir que duraba un
día, todo de una vez, durante ocho horas. Se comenzaba ese curso
con un testimonio que pedía el que lo dictaba a cada uno de los
presentes sobre qué les había pasado para tener que hacer ese
curso. Con casi cada testimonio todos reían porque allí no había
ningún fariseo, todos éramos pecadores.
Me llamó la atención la filosofía que se buscaba inculcar en esas
clases. El pueblo no es el dueño de las rutas y calles del país,
sino el gobierno federal. Al pueblo se le da una concesión, un
permiso, para poder transitar por ellas, por lo que si no cumple
con las condiciones que se le dan del Estado para conducir, se le
puede quitar ese privilegio.
Algo semejante buscó inculcar el Señor con el calendario sabático,
el semanal, el de las fiestas anuales y el de los años sabáticos
(Lev 23; 25; Núm 28-29). En ese calendario temporal el Creador de
este planeta marcó su autoridad. Por no haberlo respetado se le
quitó al pueblo de Israel la concesión o privilegio divinos de
vivir en la tierra que les otorgó para llenarlos de bendición (Lev
26:34-35; 2 Crón 36:21; Eze 20:12,20; cf. v. 1-4,36; Jer
17:21-23,27; 34:8-16; Isa 58). “La tierra es mía, y para mí
vosotros sois peregrinos y huéspedes”, dijo el Señor (Lev
25:23-34).
La marca del anticristo romano y papal que por 1260 y 1290
días-años iba a procurar establecer durante todo el medioevo sobre
el mundo, tendría que ver con un cambio en “los tiempos y la ley”
(Dan 7:25). Mediante la imposición de un calendario diferente que
se enmarcase en su propia autoridad en contraposición con la del
Creador, el papado romano se erigió a sí mismo como el anticristo
perfecto anunciado por los profetas Daniel y Juan en el
Apocalipsis. No sólo cambió el sábado semanal que reconoce la
autoridad del Creador sobre esta creación, sino que también impuso
un calendario anual que sepultaba el calendario profético del
Señor. En lugar de conducir a todos, en esta época, a mirar hacia
la consumación final representada por las fiestas de cosecha final
del séptimo mes, el papado impuso sobre el mundo un calendario
basado únicamente en el pasado, culminando, incluso, con el
nacimiento del Hijo de Dios al concluir el calendario
juliano-gregoriano que lleva su nombre en honor al papa Gregorio.
Al hacer caer la pascua en domingo siempre, en forma artificial,
el papa Gregorio buscó además imponer y honrar el domingo por
encima de toda otra fiesta. Los papas de hoy están procurando
restablecer esa marca de autoridad no sólo con respecto al
domingo, sino también con respecto a las demás fiestas de la
Iglesia Católica Romana y a la imposición de un jubileo que oblige
a las naciones más ricas a perdonar la deuda a las más pobres
(véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío, y mi
libro Jubileo y Globalización).
Mediante semejante engaño, ¿qué pasará con tanta gente que no
podrá conocer los tiempos ni las estaciones que marcarían la época
de la venida del Señor? (Mat 24:32-33). En otras palabras, ¿qué
pasará con tanta gente que no reconoce ni reconocerá las señales
que el Señor dejó aún en el sol y la luna para indicar la llegada
del “tiempo del fin”? Lo que el antiguo profeta declaró.
Terminarán diciendo con tristeza y dolor, “pasó la siega, se acabó
el verano, y nosotros no hemos sido salvados” (Jer 8:20).
“La siega es el fin del mundo” (Mat 13:39). “El que duerme en el
tiempo de la siega es indigno” (Prov 10:5). El Señor no les
permitirá más transitar en la tierra de su Creación, el día en que
venga para limpiarla y transformar aún sus cielos atmosféricos en
una nueva creación. Establecerá sobre ella únicamente a los que
miraban por fe hacia adelante, reconociendo que “eran peregrinos y
forasteros en la tierra”, y reconocían también la autoridad de
Aquel que por su sola majestad puede conceder el privilegio de
morar a quien quiere en su posesión (Heb 11:13-16). Aunque el
anticristo hubiese intentado apoderarse de ellos y de la tierra
del Señor haciéndolos andar errantes por la tierra, la patria que
el cielo les prometió les sería concedida para que pudiesen
transitar sobre ella libres, y para siempre (Heb 11:36-40).
Preguntas y reflexiones adicionales sobre los tres calendarios
A esta altura uno puede preguntarse si los judíos se habrán
referido a menudo a años por el término día debido a la confusión
que se podía presentar a la hora de determinar lo que implicaba el
año, si un año lunar de doce o trece meses como el que tenían en
relación con sus cosechas, un año solar de 360 días como el que
existía tal vez ya desde la época del rey Acaz, quien poseía un
reloj solar (2 Rey 20:10-11), o un año solar astronómico como el
que conocemos hoy con mayor precisión. El término día por año
podría referirse en un lenguaje aún no profético, a una manera
implícita de referirse al año sin entrar en la discusión (Núm
14:34; Eze 4:5-6). De allí que fuese fácil aún para los judíos
medievales entender que las profecías de Daniel en términos de
días se refiriesen a años. Estaban acostumbrados a referirse a los
años por el término “días”.
También podríamos preguntarnos si Daniel no recurrió al término
“tiempo” para referirse a un año, como otra manera de evitar
discutir la cantidad de días de un año y qué clase de años debían
tenerse en cuenta para su definición. “Tiempo, tiempos y la mitad
de un tiempo” fueron definidos al final como 1290 días, lo que
incluye medio año luego de tres, con un mes adicional. De todas
maneras, tanto Daniel y más tarde Juan en el Apocalipsis, fueron
suficientemente claros como para dar al año profético un valor
fijo de 360 días. El año no debía computárselo como refiriéndose a
354 días más 8 hs. (según un calendario estríctamente lunar y sin
un mes intercalario adicional), ni a 365 días más 5 hs. (según un
calendario astronómico solar), sino a 360 días (según el
calendario solar usado entonces). Aunque ambos profetas no usaron
el término años en esos casos, sino “tiempo”, “meses” y “días”,
los dos se refirieron a un año de 360 días. Pero al darle un
sentido profético de día por año, debía entenderse por año un
ciclo solar completo.
Calendario solar astronómico:
seis años (365 días y 5 hs. c/año) = 2.191 días y fracción.
Calendario solar vigente:
6 años de 12 meses (30 días c/u) suman 2.160 días (360 días c/año)
+ un décimotercer mes de 30 días = 2.190 días.
Calendario lunar:
6 años de 12 meses lunares suman alrededor de 2.126 días (354 días
y 8 hs. c/año) + dos décimotercer meses de 30 días agregados
c/tres años = 2.186 días.
La diferencia de alrededor de cuatro días entre el calendario
lunar y el calendario solar judío de 360 días, podía ser
fácilmente regulada cada seis años en el séptimo año sabático, lo
mismo que los cinco días adicionales del año astronómico que
correspondía a ese año sabático, así como la fracción de cinco
horas astronómicas solares adicionales que se acumulaban cada año,
toda vez que su acumulación lo hiciese necesario. El primer año
que seguía al año sabático habrían hecho comenzar el nuevo año
otoñal y solar judío de 360 días en correspondencia con el
calendario lunar de primavera de 354 días y fracción.
Recordemos que la luna y la cosecha (esta última al compás del
sol), eran el principio regulador mayor de los años lunares,
solares y astronómicos. Puede traerse a colación que Moisés fue
educado en Egipto en donde se desarrolló un calendario solar.
Inspirado por Dios habría tenido en cuenta de esta forma, la
dificultad que su pueblo hebreo esclavizado y privado de educación
por tanto tiempo, hubiera tenido para sincronizar el movimiento de
la luna con el sol. De una manera sencilla, regulada finalmente
por las cosechas y los años sabáticos y de jubileo, podían cumplir
con un calendario religioso agrícolo-ganadero-lunar y ofrecer a
las generaciones futuras una proyección profética del plan de Dios
para salvar al mundo.
Testimonio millerita
Los milleritas escribieron lo siguiente en Signs of the Times
(Señales de los Tiempos, 26 de abril de 1843, 58-61): “Doquiera
los hombres han computado el tiempo, los años de Dios fueron
siempre los mismos. Sin embargo, ha sido obra de los astrónomos,
matemáticos, cronólogos e historiadores, desde que los hombres
estuvieron sobre la tierra, la de procurar compatibilizar sus
cómputos defectuosos con el verdadero año natural—el tiempo
requerido por la tierra para pasar desde un punto particular en su
órbita redonda por el mismo punto, usualmente comenzando en los
equinoccios...
“Fue por tomar como referencia ese modelo regular sin variación
que se descubrió el año bisiesto... Así sucedió con los antiguos y
sus maneras de reconocer el año. Hay buena evidencia que permite
saber que conocían suficiente sobre astronomía como para conocer
cuándo el sol brillaba, y distinguir entre el día y la noche,
entre el invierno y el verano; y conocían suficiente como para
poder arreglar la deficiencia en sus años corrientes mediante
meses intercalarios o días, según el caso lo requería... Ellos
siempre tuvieron los verdaderos años solares como los tenemos
nosotros, independientemente de si sus años corrientes incluían un
año entero o no; y siempre se las arreglaron de alguna manera
para mantener en armonía sus cómputos de años corrientes con los
naturales...
“Aunque todas las naciones puedan no haber estado de acuerdo en la
manera de determinar sus años—algunas los regulaban por el
movimiento del sol, y otras por el de la luna—todas ellas, sin
embargo, usaban generalmente el año solar en su cronología... Las
naciones que usaban años lunares agregaban cierto número de días
intercalarios para hacerlos concordar con el año solar... Con tal
propósito los judíos agregaban un mes entero al año, tan a menudo
como fuese necesario; el que ocurría comúnmente una vez cada tres
o dos años...”
“Si entonces el año judío antiguo consistía en no más de 360 días,
y si tampoco se alargaba aumentándole cinco días, ni se lo
regulaba en ocasiones con meses intercalarios,” se hubiera dado un
descalabro en relación con las cosechas. “Igualmente claro resulta
que los antiguos judíos no podían haber contado con años de 360
días sin algún expediente para hacer coincidir esos años otoñales
con los años solares”.
Convendrá mantener fresca en la memoria la ilustración que
trajeron los milleritas del año bisiesto con un día extra que
debió integrarse cada cuatro años al calendario actual que
tenemos, una vez que se descubrió con mayor precisión astronómica
su necesidad. Nos ayudará a entender más fácilmente que los
antiguos, con calendarios más primitivos, debieron hacer algo
semejante no sólo con ciertos días, sino también con los meses, en
el caso de los que contaban los meses lunares naturales.
La sincronización de los tres calendarios (lunar, solar corriente
y solar astronómico)
Jesús dijo a los que lo acusaron de violar el sábado por sanar a
un hombre, que su Padre y él mismo siempre trabajan, aún en
sábado, especialmente en obras de redención (Juan 5:17). Así como
ni el mundo, ni el sol, ni la luna, ni el universo dejan de
moverse el día sábado, sino que Dios los sostiene para que la vida
pueda continuar, así también durante los años sabáticos ni la luna
ni el sol se detenían. Lo que se detenía era la siembra y la
cosecha. En el sábado semanal, además, la cesación tenía que ver
con el trabajo diario que para un pueblo agrícolo-ganadero, estaba
relacionado también con la siembra y la cosecha (Ex 20:8-11). Pero
ningún sábado debía en principio detenerse a la hora de comer (Lev
25:6; Mat 12:1-4), de librar un animal que había caído en un poso,
o de sanar a una persona cuando eso podía hacerse, librándolo así
de su miseria (Mat 12:10-13). El sábado tanto semanal como el
anual tenía en cuenta, así, también a los animales (Ex 20:10;
23:10-11; Lev 25:7).
Si el sol y la luna no iban a detenerse en el año sabático, ¿cómo
entonces, podía el año sabático ayudar a sincronizar los tres
calendarios, de tal manera que el nuevo ciclo semanal de años no
les quedase torcido de entrada? Ajustando el calendario lunar cada
tres años y a veces cada dos años en relación con la cosecha;
también ajustando el calendario solar cada seis años con el
calendario lunar, luego de concluir el año sabático, en el primer
año del nuevo ciclo de siete años.
Tenemos datos bastante claros con respecto a cómo computaban el
calendario lunar, lo que nos permite deducir cómo habrán tenido
que hacer para sincronizar ese calendario con el año solar
astronómico que dura, según podemos saber con preción hoy, 365
días y fracción. Mientras que hoy, con un calendario solar
astronómico, tenemos que usar meses artificiales de 30 ó 31 días,
antiguamente los que usaban como Israel un calendario lunar
natural de aproximadamente 29 ½ días, debían usar años de cómputo
artificial de 360 días. Tal vez les resultaba más fácil
redondearlo así ya que ni aún agregando cinco años les iba a
cuadrar siempre bien la geometría. Y así como febrero se quedó con
menos días porque no tuvo ningún emperador romano con ese nombre,
así también los antiguos años solares corrientes de 360 días
podían modificarse más fácilmente en algunos años sin exigirle ni
a la luna ni al sol que se detengan por unos días, porque su
cómputo debe haber sido tan artificial como nuestro cómputo
mensual de 31 días.
El calendario lunar primaveral
En la antigüedad no había almanaques como los que hoy todos
tenemos en nuestras casas. No existía el papel ni la imprenta. No
obstante, todos sabían contar ya que, de otra manera, no hubieran
podido hacer negocios, es decir, no hubieran podido ser judíos. De
hecho, conocían la regla de tres simple porque podían deducir el
diezmo, el segundo diezmo y hasta un tercer diezmo. De manera que
cada familia en su casa podía llevar también la cuenta de los
días, los meses y los años, sin importar si se hacían sus propios
almanaques (su propia cuenta) sobre madera, piedra, papiro o
cuero.
Así, entre unos y otros solían comentar cuántos meses faltaban
para el comienzo de la siega o la cosecha final. Además, esas
cuentas caseras tenían una confirmación oficial en el templo que
llamaba al son de trompetas a participar de las fiestas (Núm
10:10). A tal cuenta que todos llevaban se refirió Jesús cuando
dijo: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses hasta la
siega?” (Juan 4:35). Refiriéndose a una cosecha prematura, algo
anticipada tal vez porque en ese año o a lo sumo, en el año
anterior, habían tenido un segundo Adar o décimotercer mes
adicional, Jesús se refirió a las primicias de la cosecha
espiritual que en ese momento estaba lista para darse entre los
samaritanos y que debía ser mayor para cuando llegase el
Pentecostés (v. 30).
El calendario solar otoñal corriente de 360 días
Los antiguos no tenían un punto fijo como un año antes de Cristo y
un año después de Cristo. Pero no por eso estaban desprovistos de
otras referencias estables y fijas para contar los años. En sus
referencias más cortas, solían contar los años teniendo como punto
de partida el comienzo del reinado de los reyes extranjeros y de
Israel mismo. También parecen haber llevado una computación fija
en años solares corrientes de 360 días más 30 adicionales al
concluir el período de 6 años en un año sabático, según ya vimos.
El reloj de sol que tenían y que marcaba la diferencia en la
sombra (2 Rey 20:11) no les dio, se ve, como para medir en forma
exacta 365 días y fracción. En el caso del calendario solar
corriente de 360 días debían ajustarlo de nuevo en el otoño de la
cosecha que seguía al año sabático. Eso les permitiría referirse
en forma equivalente al segundo o tercer año, o quinto, etc., en
referencia al año sabático (véase Lev 25:9-10,20-22; 2 Rey 19:29).
Algunas referencias fijas de mayor extensión que las que se daban
en un período corto y regular de siete años, o en el período de
determinado rey, las encontramos en ocasiones muy especiales en
relación con épocas anteriores a las del reinado. Se las
arreglaron, por ejemplo, de alguna manera para contar 480 años
desde la salida de Egipto hasta el comienzo de la edificación del
templo de Salomón (1 Rey 6:1). Anteriormente, Moisés registró los
cuatrocientos años de cautividad de Israel que Dios había
anticipado a Abraham varios siglos antes (Gén 15:13,16; Ex
12:40-41). Y entre la inauguración del templo de Salomón y su
destrucción se sumaron, según la profecía retrospectiva de
Ezequiel, 390 años (Eze 4:4-5). Los otros cuarenta años parecen
haberse referido al tiempo de reinado de Salomón cuya
responsabilidad en la apostasía de Israel y su destrucción
posterior fue mayor (Eze 4:6; véase A. R. Treiyer, The Day of
Atonement and the Heavenly Judgment, cap 6). 70 años de abandono
de Tiro y de Jerusalén formaron parte de las profecías de Isaías
(23:15-18) y de Jeremías (2 Crón 36:21; Jer 25:11; 29:10).
Para computar otras profecías más extensas Dios le dio a Daniel
como referencia un calendario fijo de 360 días con 12 meses
regulares de 30 días cada uno (Dan 7:25; 12:7; Apoc 11:2-5;
12:6,14; 13:5). ¿Cómo habrán hecho para coordinar el calendario
solar corriente de 360 días con la luna y el sol? Eso puede ser
materia de discusión. Aquí sugerimos algunas pautas que podrán
servir, a la hora de tener que explicarle la cronología bíblica y
profética a alguien que está confundido porque no sabe qué hacer
con esas cifras proféticas que dan al año un valor de 360 días,
ante un calendario lunisolar como era el de los israelitas (354
días y fracción), y ante el año solar astronómico y determinado
científicamente de 365 días y 5 hs. por el que se iban a regir las
cosechas.
Ya en la época del rey Acaz llevaban la cuenta, según se ve, del
movimiento del sol con un reloj que medía el recorrido de la
sombra durante los días (2 Rey 20:11). Por Daniel y Juan sabemos
que el año solar vigente (o corriente entre los judíos) duraba 360
días. Si iban a querer ajustar esos 360 días al año solar
astronómico dentro del período de 6 años, les iban a faltar 31
días y fracción. ¿Cuál año elegir para agregarle un mes más?
Indudablemente el año sabático, luego de concluida la sexta
cosecha, más definidamente en relación con el mes lunar de Adar
(el doce), antes del comienzo de la séptima cosecha que en ese año
no tenía lugar porque era el año sabático (no se sembraba ni se
cosechaba). La profecía de los 1290 días de Daniel parece
confirmar ese agregado de un mes adicional, porque es paralela a
la de tres años y medio que debían comenzar en el otoño y
desembocar en la primavera, según ya vimos (Dan 12:11).
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