La Cronología Profética más Extraordinaria 70 semanas y 2300 Días
 

Sección 3:

  Por: Dr.  Alberto R. Treiyer
   
 
Calendario solar corriente
 
Por O entiéndase Otoño. Por CAS entiéndase Comienzo Año Sabático. Por FAS Fin Año Sabático.
 
   360   I O    360    II O    360    III O    360    IV O    360    V O    360    VI CAS   390  VII  FAS
 
El año sabático revolucionaba el ciclo de la cosecha no sólo durante el séptimo año, sino también durante todo el octavo año de tal manera que sólo en el comienzo del noveno año se disponía en pleno de la primera cosecha del nuevo ciclo (Lev 25:20-22). Por tal razón, era más apropiado reajustar el año solar vigente o corriente de 360 días en esa época. Esto es lo que sugiere la profecía de Daniel cuando menciona un período de 3 años y medio de 390 días, es decir, con un mes adicional (tres otoños más un cuarto invierno alargado por un mes adicional). Esos tres años y medio debían corresponder a la segunda mitad del ciclo sabático de siete años.
 
En la época de los reyes, los años de reinado los computaban haciéndolos partir, como veremos más tarde, en el comienzo del otoño del calendario lunar que caía en el séptimo mes. ¿Para qué servía, entonces, ese calendario solar corriente de 360 días rígidos? Para referencia adicional que pudiera ayudarles en cómputos que requerían cifras más estables ya sea para los negocios o para poder computabilizar mejor ciertos hechos históricos (sin necesidad de tener que sacar tantas cuentas). Así como a la hora de computar proféticamente los tiempos indicados por el Señor se requerían cifras fijas y estables para evitar la especulación y caer en la anarquía interpretativa, así también para otros menesteres tales cifras les permitirían a los antiguos contabilizar o regularizar mejor ciertas actividades anuales.
 
La mitad o el número 3
 
Daniel anticipa en su profecía un período de tres años y medio de un calendario solar más un mes intercalario adicional. Esto significa la mitad de una semana de años, que puede explicarse fácilmente por un comienzo otoñal con un mes bisiesto en la cuarta primavera. Llama la atención que el Pentateuco asigna al número 3 también un valor significativo. Así como Dios puso en la mente del pueblo la noción de un séptimo día, de un séptimo mes, de un séptimo año, de un séptimo año sabático (el 49 ó 50 del jubileo: Lev 25), lo que reforzó con tantas prescripciones de sacrificios que incluían siete corderos, amén de siete fiestas anuales festejadas en siete meses (Lev 23; Núm 28-29);  así también, aunque con menos énfasis, involucró el número tres (la mitad) en ciertas actividades.
 
¿Hay pruebas bíblicas de un énfasis también en la mitad, esto es, en el número 3? Sí, las hay, y bien definidas. Tal vez inconcientemente heredamos el mismo principio al tener los cultos de mitad de semana, los martes o miércoles, para buscar al Señor en un punto intermedio también.
 
a) La purificación del impuro. En Núm 19:12, por ejemplo, se requiere que el impuro se purifique al tercer y séptimo días de la semana de purificación (véase v. 11). De no purificarse en el tercer día tampoco quedaría limpio en el séptimo. En otras palabras, no alcanzaba con purificarse en el séptimo día. Se requería el ajuste en ambos períodos, al tercer y al séptimo días.
 
b) En las fiestas israelitas. También en las fiestas judías el Señor requería que al tercer mes se celebrase la fiesta de las semanas o primicias del trigo (49 ó 50, de allí Pentecostés:  Ex 23:16a; 34:22a-b; Lev 23:15-22; Núm 28:26-31; Deut 16:9-12,16-17), y en el séptimo mes de otoño la fiesta de los tabernáculos o cabañas, concluyendo el calendario de cosecha (Ex 23:16b; 34:22c; Lev 23:34-43; Núm 29:12-38; Deut 16:13-17). Vemos así que otra vez, en el tercer mes, debía participarse de una fiesta de primicias de la cosecha del año que no se completaría hasta llegar la fiesta de las cabañas en el séptimo mes. Así también, al concluir tres inviernos y luego al final de otros tres inviernos (en el sexto invierno que caía en la mitad del año sabático), se recomponía el calendario solar vigente con el astronómico también.
 
c) El año del diezmo u ofrenda especial. Esto no es todo. Al cabo del tercer año Dios había ordenado un diezmo adicional especial que no era el diezmo regular ni un segundo diezmo que solían dar como ofrenda, sino otro que tenía en cuenta a los que no tenían herencia como los levitas y huéspedes extranjeros, así como a las viudas, a los huérfanos y a los pobres (Deut 14:28-29; 26:12). Se lo llamaba “el año del diezmo” porque los israelitas debían dar un diezmo especial, tal vez en gratitud a Dios por darles un mes más de vida en ese año (Deut 14:28-29; 26:12). Para todo aquel que para esa época podía estar al borde de sucumbir bajo una deuda y llegar al punto de tener que venderse a sí mismo hasta el año sabático, esta era una medida anticipada que Dios requería para evitar tal medida extrema.
 
Así como nuestro cuerpo fue hecho aún antes de la entrada del pecado con tantos recursos para hacer frente a la tremenda emergencia que iba a darse con sus secuelas de enfermedad y muerte, evitando que sucumbiésemos antes de la cuenta;  así también vemos el mismo principio divino en relación con la vida social, de ayudar a evitar lo peor a la mitad de la semana. Aún así, iban a contar en el año sabático con una liberación no sólo de deudas, sino también de la esclavitud en el caso en que la bendición del tercer año no hubiera sido suficiente.
 
Llama la atención que el año sabático, al completarse los siguientes tres años, iba a tener en cuenta también a los pobres y esclavos, con una liberación mayor (Deut 15);  y el año del jubileo luego de siete años sabáticos seguidos, con una liberación completa mediante la devolución de la herencia que hubiesen perdido durante ese período jubilatorio (Lev 25). El tercer año era, así, la medida más pequeña que anticipaba la liberación más grande del año sabático, el que a su vez anticipaba la liberación final cuando no sólo se obtenía la libertad, sino también la herencia. Así, vemos de nuevo que el segundo tercer año caía en el año sabático cuando debían dejarse los productos del campo para los pobres, de una manera más completa que lo que se lo había hecho en el primer tercero según Deut 26:12-13.
 
¿Por qué elegir el año sabático como referencia básica de regulación?
 
Porque en esa dirección apuntaban las leyes que dictó el Señor a su pueblo. Fue con el propósito de recomponer no sólo el deterioro de la sociedad en el tiempo de intervalo, sino también la desproporción de los diferentes calendarios, que se dio la ley del año sabático y del jubileo. Durante los años sabáticos los israelitas debían comer lo que encontrasen para cada día sin almacenar lo que la tierra diese de por sí (Lev 25:5-7). A su pueblo en un mundo turbulento en donde tendría que vagar como extranjero y peregrino (Lev 25:23; Heb 11:13), Jesús también le refirió la necesidad de depender de Dios día a día, confiando en que así como Dios alimenta a los pájaros que ni plantan ni siegan, también cuidará de sus hijos como en la antigüedad lo hacía también en cada año sabático cuando, como los pájaros, su pueblo tampoco plantaba ni segaba (Mat 6:25-34).
 
La ley del año sabático y del jubileo
 
Consideremos ahora más de cerca la manera en que la ley levítica se refiere al calendario del año sabático. Ha habido mucha confusión con respecto a la fecha indicada para el año sabático y de jubileo en Lev 25:9-10, y en los v. 20-22. Eso se ve aún en muchas Biblias comentadas, entre ellas la Católica de Jerusalén. La exégesis moderna ha concluido, sin embargo, que los tres años referidos en esos pasajes son, traducidos a nuestro cómputo moderno, el 6/7/8 y el 48/49/50.
 
La sexta cosecha iba a dar para comer durante todo el año sabático (el séptimo), hasta que viniese la cosecha del octavo año en primavera (el primero del nuevo ciclo) y en verano (Lev 25:20-22). Siendo que en el otoño de ese octavo (o primer) año comenzaba el noveno (o segundo año), y era en ese momento que se completaba la recolección de los frutos (en especial de las vides), la sexta recolección de frutos iba a alcanzar para mantenerse hasta que llegase la recolección final de ese octavo/noveno año (la cosecha terminaba en el séptimo mes que iniciaba el noveno año, unos días después de completarse el octavo año en el sexto mes: Lev 23:39).
 
Otra posibilidad es que el 49 fuese también el 50, si el 50 lo computamos desde el punto de partida del año, no desde su cumplimiento. A esta segunda manera de computar se la conoce hoy como “cómputo inclusivo”. [Hoy un niño cumple un año después de haberlo vivido. El “cómputo inclusivo” comenzaría a computarle ese año desde el momento en que nació. Pero, ¿cómo haríamos, en ese caso, con la explicación de Lev 25:21-22? La única alternativa para una posibilidad tal sería que el profeta estuviese yuctaponiendo un calendario lunar de primavera con el que comenzaba en otoño. Si esta fue la intención del escritor bíblico, el octavo año sería el de la siembra que seguía al séptimo año sabático, y el noveno una referencia al calendario de primavera que iniciaba la cosecha con las primicias de la cebada, en este caso, la primera después del año sabático (Lev 25:21-22). En este contexto, el pasaje de Lev 25:9-10 implicaría que el año 49 y el año 50 se yuxtapondrían en la mitad. Mientras que el año 49 sería completo, de otoño a otoño;  el año 50 tendría que ver con la quincuagésima primavera de un calendario lunar.
 
Los 1290 días y el año sabático
 
Bajo este enfoque que tiene tanto soporte bíblico y astronómico en su favor, los 1290 días de la profecía de Daniel debían concluir en la mitad de un año sabático. ¿Qué implicaciones implícitas tendría este hecho? Que en 1798, cuando la autoridad política del gran impostor romano que en el año 508 impuso la “abominación” o idolatría detestable del papado en medio de la iglesia (Dan 12:11; cf. 8:11; 2 Tes 2:3-4), se consumaría una liberación como la que se daba de los deudores y de los esclavos en cada año sabático (Ex 21:2; Deut 15).
 
El año sabático comenzaba seis meses antes del segundo Adar o décimotercer mes, fecha en que debían concluir los 1290 días en su proyección simbólica. Así también, la liberación que trajo la Biblia mediante el protestantismo comenzó a mediados del S. XVI, tres siglos antes del golpe decisivo de 1798 que produjo la liberación secular. Por eso anticipó Jesús que ese tiempo profético de gran tribulación para el pueblo de Dios (1260 y 1290 años) sería acortado (Mat 24:21-22). Así como durante el año sabático el pueblo de Dios debía dirigirse al santuario de Jerusalén (en su cumplimiento ahora al santuario celestial de la Nueva Jerusalén, en un acercamiento espiritual de fe: Ef 2:6,18; Heb 12:22-24; Apoc 11:1-2), para leer la Biblia en plena libertad y reposo espiritual (Deut 31:9-13), así también una liberación equivalente a la que se dio en los tiempos evangélicos tendría lugar en relación con la época del “tiempo del fin” (Dan 7:25; 12:4,7,9).
 
[La liberación de los esclavos negros en los EE.UU. y otros lugares del mundo no serían sino un reflejo de la verdadera liberación producida por la Palabra de Dios. La esclavitud racial fue introducida por España luego que los sacerdotes teólogos de Valladolid en el S. XVI, llegasen a la conclusión que el indígena era un ser humano y, por tanto, cristianizable. Para la labor de esclavitud que los nuevos propietarios de grandes extensiones de tierra en el Nuevo Mundo necesitaban, decidieron entonces traer negros del Africa que estaban, según el criterio de entonces, en un nivel inferior. No debemos olvidar que el papado heredó de la antigua Roma la trata de esclavos, y mantuvo la esclavitud durante la mayor parte de la Edad Media].
 
“Los ‘cuarenta y dos meses’ y los ‘mil doscientos sesenta días’ designan el mismo plazo, o sea el tiempo durante el cual la iglesia de Cristo iba a sufrir bajo la opresión de Roma... La persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1260 años. Dios, usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles pruebas... (Mat 24:22). Debido a la influencia de los acontecimientos relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año 1798” (CS, 309-310; véase también 351).
 
“Valiéndose Roma de la ambición de los reyes y de las clases dominantes, había ejercido su influencia para sujetar al pueblo en la esclavitud, pues comprendía que de ese modo el estado se debilitaría y ella podría dominar completamente gobiernos y súbditos. Por su previsora política advirtió que para esclavizar eficazmente a los hombres necesitaba subyugar sus almas y que el medio más seguro para evitar que escapasen de su dominio era convertirlos en seres impropios para la libertad... Despojado el pueblo de la Biblia y sin más enseñanzas que la del fanatismo y la del egoísmo, quedó sumido en la ignorancia y en la superstición y tan degradado por los vicios que resultaba incapaz de gobernarse por sí solo” (CS, 324-325).
 
“El espíritu de libertad acompañaba a la Biblia. Doquiera se le recibiese, el evangelio despertaba la inteligencia de los hombres. Estos empezaban por arrojar las cadenas que por tanto tiempo los habían tenido sujetos a la ignorancia, al vicio y a la superstición. Empezaban a pensar y a obrar como hombres” (CS, 320). “Dios había permitido que viniesen pruebas sobre su pueblo con el fin de habilitarlo para la realización de los planes misericordiosos que él tenía preparados para ellos. La iglesia había sido humillada para ser después ensalzada. Dios iba a manifestar su poder en ella e iba a dar al mundo otra prueba de que él no abandona a los que en él confían. El había predominado sobre los acontecimientos para conseguir que la ira de Satanás y la conspiración de los malvados redundasen para su gloria y llevaran a su pueblo a un lugar seguro. La persecución y el destierro abrieron el camino de la libertad” (CS, 335).
 
“El Evangelio hubiera dado a Francia la solución de estos problemas políticos y sociales que frustraron los propósitos de su clero, de su rey y de sus gobernantes... Los ricos no tenían quien los reprendiera por la opresión con que trataban a los pobres, y a éstos nadie los aliviaba de su degradación y servidumbre... La carga del sostenimiento de la iglesia y del estado pesaba sobre los hombros de las clases media y baja del pueblo, las cuales eran recargadas con tributos por las autoridades civiles y por el clero” (CS, 322-323). La liberación de 1793 y 1798 liberaron al pueblo de las deudas y esclavitud ejercidas durante tanto tiempo por la opresión del clero y de la nobleza (véase Deut 15:1ss).
 
Con la liberación protestante norteamericana por esa misma época se estableció un principio de libertad en donde todos son iguales ante la ley, y en donde la libertad de conciencia estuvo completamente asegurada (CS, 337-8). “Su principio fundamental—la libertad civil y religiosa—llegó a ser la piedra angular de la república americana de los Estados Unidos” (CS, 339). “La Biblia era considerada como la base de la fe, la fuente de la sabiduría y la carta magna de la libertad. Sus principios se enseñaban cuidadosamente en los hogares, en las escuelas y en las iglesias...” (CS, 341).
 
Seis años microsabáticos concluían en el año macrosabático del jubileo
 
Pero, ¿no representaba acaso el año sabático a la ocasión en que los redimidos se encontrarán en la patria celestial, para juzgar al mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, la Biblia? (PE, 52; véase más citas en A. R. Treiyer, La Crisis Final en Apoc 4-5 [1998], 100-101; y más aún en Jubileo y Globalización. La Intención Oculta [1999], cap 13). ¡Por favor, no tan rápido!
 
Los antiguos años sabáticos no producían una liberación completa porque no restituían al esclavo sus antiguas propiedades. El esclavo liberado entonces seguía hasta cierto punto dependiente, trabajando como asalariado, y en algunos casos se veía compelido a someterse de nuevo a la esclavitud (Ex 21; Deut 15). La liberación total caía en el año del jubileo, en el séptimo año sabático, cuando los esclavos recobraban, además, la herencia que una vez les había pertenecido. Podemos definir, de esta manera, a los primeros seis años sabáticos precedentes como microsabáticos, y al séptimo del jubileo como macrosabático porque incluía la restitución de las antiguas propiedades que, por el deterioro social intermedio, los pobres y esclavos habían perdido (Lev 25:8ss).
 
El cumplimiento tipológico o simbólico del primer año microsabático comenzó en el S. I con la primera venida de Cristo, tal como lo había profetizado Isaías (61:1-3; Luc 4:16-22; Juan 8:31-33,36). Esa restauración proyectaba para adelante, además, el retorno final de los cautivos y la restauración de su patria prometida, algo que se ajusta más a un jubileo que a un año sabático intermedio (Isa 61:4ss; Rom 6:22). La liberación y reposos típicos del año sabático que nos trajo el Señor entonces fue inicial y limitada a nuestra naturaleza espiritual (2 Cor 3:17; Mat 11:28-30). Nuestras tendencias heredadas y adquiridas hacia el mal no son aniquiladas con su liberación espiritual inicial ni suprimidas, sino puestas bajo control hasta el día de la redención final en la que aún nuestra propiedad, la nueva tierra prometida y el nuevo Edén, nos serán restituidos (Rom 7:15-8:4,21-23; Apoc 21-22). Hoy el Señor nos libra de la penalidad y poder del pecado. En el gran jubileo nos librará de la presencia misma del pecado que intenta, a través de las naciones, someternos de nuevo a esclavitud. Será entonces que entraremos en “su reposo” final (Heb 4:6-11).
 
No hay necesidad de buscar seis momentos de liberación intermedios en la historia del cristianismo, para que se ajusten a los seis años sabáticos que precedían al gran jubileo. Como tampoco es necesario determinar cuáles son las siete cabezas de Apoc 17:9, ya que Juan se interesa únicamente en la quinta, la sexta y la séptima (cuyo octavo está incluido entre los siete). Así también la profecía de Daniel y de Juan sobre los 1260 y 1290 días nos anticipan una liberación que se daría en torno a una nueva época, la del “tiempo del fin”, producida más que nada por un levantamiento y ensalzamiento de la Palabra de Dios (los “dos testigos”: Apoc 11:3,11-12).
 
Por tal razón, el intento actual del papado romano de suplantar el verdadero día de liberación (Deut 5:15), aún mediante el almanaque juliano-gregoriano que hace que la Pascua caiga siempre en domingo, tiene como propósito imponer un falso día de reposo (el domingo), y que honra la institución romana como su autora. El intento papal, además, de imponer su propio jubileo que desvirtúa y aparta la mirada del pueblo de Dios del verdadero jubileo que está por venir, tiene que ver con el intento final del diablo, en esta era del fin, de apoderarse de la creación del Señor.
 
El año sabático del gran jubileo
 
En referencia a la Segunda Venida de Cristo, E. de White escribió:  “Entonces comenzó el jubileo, durante el cual la tierra debía descansar. Vi al piadoso esclavo levantarse en triunfal victoria, y desligarse de las cadenas que lo ataban, mientras que su malvado dueño quedaba confuso sin saber qué hacer...” (PE, 34-35,286). “El gran plan de la redención dará por resultado el completo restablecimiento del favor de Dios para el mundo. Será restaurado todo lo que se perdió a causa del pecado. No sólo el hombre, sino también la tierra será redimida, para que sea la morada eterna de los obedientes. Durante 6000 años, Satanás luchó por mantener la posesión de la tierra. Pero se cumplirá el propósito original de Dios al crearla” (PP, 335; véase Rom 8:21-23).
 
“El gran conflicto entre el bien y el mal aumentará en intensidad hasta la consumación de los tiempos... Pero a medida que la iglesia se va a cercando a su liberación final, Satanás obrará con mayor poder... Por espacio de seis mil años esa inteligencia maestra... no ha servido más que para el engaño y la ruina” (CS, 12). “Cuando la voz de Dios ponga fin al cautiverio de su pueblo...” se oirá “un inmenso grito de victoria” (CS, 711,698). “Durante seis mil años, la obra de rebelión de Satanás ‘hizo temblar la tierra’. El ‘convirtió el mundo en un desierto, y destruyó sus ciudades; y a sus prisioneros nunca los soltaba para que volviesen a casa’. Durante seis mil años, su prisión [la tumba] ha recibido al pueblo de Dios, y lo habría tenido cautivo para siempre, si Cristo no hubiese roto sus cadenas y libertado a los que tenía presos” (CS, 717-718; véase Heb 2:14-15).
 
A esta liberacion final representada por el séptimo año sabático (el del jubileo), se refirió también el apóstol Pedro cuando exhortó a sus compatriotas a arrepentirse y convertirse, en vísperas de “los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor”. En esa ocasión, el Dios del cielo enviará “a Jesucristo, designado de antemano;  a quien es necesario que el cielo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, que desde la antiguedad Dios prometió por medio de sus santos profetas” (Hech 3:19-21). “Pero todo en su debido orden:  Cristo la primicia; después los que son de Cristo, cuando el venga. Entonces vendrá el fin, y Cristo entregará el reino a Dios y Padre, cuando haya quitado todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque él debe reinar hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Y el último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Cor 15:23-26; Apoc 20:14; 21:4).
 
¿Por qué también 1260?
 
Es claro que Daniel interpretó los tres años y medio como teniendo que ver con un décimotercer mes en su cómputo del tiempo de opresión y blasfemia del anticristo romano (Dan 12:11). Como trasfondo este hecho nos permite percibir, como ya vimos, un año de liberación hacia el final de ese período donde la Palabra de Dios iba a tener una relevancia especial. Pero, ¿por qué Juan se refirió siempre a 1260 días?
 
Una deducción que ya sugerimos es que Dios quiso reforzar el cumplimiento de ese período con dos hechos de enorme trascendencia para el levantamiento del papado romano. Dos hechos significativos reforzarían el cumplimiento histórico de lo anunciado. Pero hay también otro propósito velado en la insistencia del Apocalipsis en 1260 días, y no en 1290 días como en Daniel. Tal vez—podemos interpretarlo—se esconde en ese hecho un intento de la Providencia divina de evitar que se exagere demasiado una proyección simbólica y tipológica a tal punto que su cumplimiento real e histórico en años precisos quedase de lado.
 
En las profecías apocalípticas pueden apreciarse, de tanto en tanto, proyecciones simbólicas adicionales que se esconden detrás de las cifras dadas y de sus imágenes. Por ejemplo, el número 666 aplicado al anticristo, podría proyectar al mismo tiempo un cuadro de imperfección, teniendo en cuenta que el siete representa un número completo (Apoc 13:17-18). La marca de la bestia, representada en ese número imperfecto, le sería aplicada finalmente al mundo que se sometería, de buena o mala gana a la autoridad del anticristo romano. Lamentablemente, la tendencia a buscar simbolismos adyacentes o adicionales en las profecías apocalípticas, ha llevado a algunos, inclusive adventistas, a desestimar la gematría proyectada por ese número y tan conocida en los días de Juan. De todos los nombres que han buscado atribuirse al anticristo predicho, uno solo responde a todas las características de la profecía que incluyen el recuento del valor de sus letras. Es VICARIVS FILII DEI, porque cumple con las características indicadas en forma definida de un poder blasfemo (Apoc 13:1; véase Juan 5:18; Mat 9:2-6: pretende perdonar pecados como el Hijo de Dios).
 
En otras palabras, todo simbolismo adicional que se pueda apreciar como trasfondo de determinada visión, no debe ignorar la proyección real que, en el caso de la profecía del número 666, debe involucrar como punto fundamental el recuento de los números de un título blasfemo del anticristo. Así también, la profecía de los 1290 días, símbolo de años, debe vérsela en una proyección concreta de años y enmarcada en hechos históricos definidos.
 
En relación con las profecías fechadas, hay una tendencia moderna que ha tocado también a algunos teólogos adventistas de tendencia liberal, de negar su cumplimiento histórico definido por sus posibles vínculos con un simbolismo adyacente. Aunque no pueden encontrar ningún símbolo en el número dado para algunas fechas proféticas como las de los 2300 días y los 1335 días, parecieran tener una fe increíble en que algún día lo encontrarán. En ellos toda búsqueda histórica enmarcada en datos precisos por esos números de días debe desestimarse. Usan un trasfondo simbólico adicional como excusa para ignorar la verdadera proyección histórica de la profecía.
 
En este contexto, el hecho de que a través de Juan Dios haya decidido proyectar 1260 días y no enfatizar la proyección de Daniel en 1290 días con un décimotercer mes y su vínculo escondido con la liberación que antiguamente se daba en los años sabáticos, pareciera tener como propósito el evitar que pueda ponerse tanto énfasis en ese trasfondo tipológico escondido como para que su real cumplimiento histórico en fechas definidas quedase diluido. Un principio conductor claro para no caer en la trampa de debilitar o desvirtuar la proyección histórica definida por modelos o símbolos escondidos debe llevarnos, en primer lugar, a buscar comprender lo que el profeta proyectó en forma definida, sus especificaciones históricas concretas y en el orden que su cumplimiento histórico confirma.
 
En segundo lugar, si aparece en escena un marco tipológico escondido y adicional, podemos destacarlo pero sin extremar ese marco como para obliterar o disminuir los límites impuestos por la profecía misma. No es el marco o modelo o trasfondo tipológico el que debe poner límites a los detalles dados por la profecía, sino que tal trasfondo debe sujetarse y limitarse a lo proyectado por el profeta. Para los que revelasen una tendencia a ignorar la realidad histórica usando como excusa símbolos escondidos en la profecía de los 1290 días, la especificación divina dada a Juan de 1260 días debía servir como una nota de advertencia. Es como si Dios dijera:  “Hay un símbolo escondido de liberación en los 1290 días, sí, pero no muevan ni quiten las especificaciones concretas de la profecía por ese hecho, porque en lugar de afirmar la fe de esa manera, podrán terminar debilitándola”. El propósito de la profecía de los 1290 días es confirmar que habría una liberación significativa a la impostura oficial papal, equiparable a la que se daba en los años sabáticos, y nada más.
 

Continúa...

 

VEA LA 4TA. PARTE

 
 

Cortesía de: http://www.tagnet.org/distinctivemessages

 
 

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