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Calendario solar corriente
Por O entiéndase Otoño. Por CAS entiéndase Comienzo Año Sabático.
Por FAS Fin Año Sabático.
360
I
O 360 II O 360 III O
360 IV O 360 V O 360
VI CAS 390 VII FAS
El año sabático revolucionaba el ciclo de la cosecha no sólo
durante el séptimo año, sino también durante todo el octavo año de
tal manera que sólo en el comienzo del noveno año se disponía en
pleno de la primera cosecha del nuevo ciclo (Lev 25:20-22). Por
tal razón, era más apropiado reajustar el año solar vigente o
corriente de 360 días en esa época. Esto es lo que sugiere la
profecía de Daniel cuando menciona un período de 3 años y medio de
390 días, es decir, con un mes adicional (tres otoños más un
cuarto invierno alargado por un mes adicional). Esos tres años y
medio debían corresponder a la segunda mitad del ciclo sabático de
siete años.
En la época de los reyes, los años de reinado los computaban
haciéndolos partir, como veremos más tarde, en el comienzo del
otoño del calendario lunar que caía en el séptimo mes. ¿Para qué
servía, entonces, ese calendario solar corriente de 360 días
rígidos? Para referencia adicional que pudiera ayudarles en
cómputos que requerían cifras más estables ya sea para los
negocios o para poder computabilizar mejor ciertos hechos
históricos (sin necesidad de tener que sacar tantas cuentas). Así
como a la hora de computar proféticamente los tiempos indicados
por el Señor se requerían cifras fijas y estables para evitar la
especulación y caer en la anarquía interpretativa, así también
para otros menesteres tales cifras les permitirían a los antiguos
contabilizar o regularizar mejor ciertas actividades anuales.
La mitad o el número 3
Daniel anticipa en su profecía un período de tres años y medio de
un calendario solar más un mes intercalario adicional. Esto
significa la mitad de una semana de años, que puede explicarse
fácilmente por un comienzo otoñal con un mes bisiesto en la cuarta
primavera. Llama la atención que el Pentateuco asigna al número 3
también un valor significativo. Así como Dios puso en la mente del
pueblo la noción de un séptimo día, de un séptimo mes, de un
séptimo año, de un séptimo año sabático (el 49 ó 50 del jubileo:
Lev 25), lo que reforzó con tantas prescripciones de sacrificios
que incluían siete corderos, amén de siete fiestas anuales
festejadas en siete meses (Lev 23; Núm 28-29); así también,
aunque con menos énfasis, involucró el número tres (la mitad) en
ciertas actividades.
¿Hay pruebas bíblicas de un énfasis también en la mitad, esto es,
en el número 3? Sí, las hay, y bien definidas. Tal vez
inconcientemente heredamos el mismo principio al tener los cultos
de mitad de semana, los martes o miércoles, para buscar al Señor
en un punto intermedio también.
a) La purificación del impuro.
En Núm 19:12, por ejemplo, se requiere que el impuro se purifique
al tercer y séptimo días de la semana de purificación (véase v.
11). De no purificarse en el tercer día tampoco quedaría limpio en
el séptimo. En otras palabras, no alcanzaba con purificarse en el
séptimo día. Se requería el ajuste en ambos períodos, al tercer y
al séptimo días.
b) En las fiestas israelitas.
También en las fiestas judías el Señor requería que al tercer mes
se celebrase la fiesta de las semanas o primicias del trigo (49 ó
50, de allí Pentecostés: Ex 23:16a; 34:22a-b; Lev 23:15-22; Núm
28:26-31; Deut 16:9-12,16-17), y en el séptimo mes de otoño la
fiesta de los tabernáculos o cabañas, concluyendo el calendario de
cosecha (Ex 23:16b; 34:22c; Lev 23:34-43; Núm 29:12-38; Deut
16:13-17). Vemos así que otra vez, en el tercer mes, debía
participarse de una fiesta de primicias de la cosecha del año que
no se completaría hasta llegar la fiesta de las cabañas en el
séptimo mes. Así también, al concluir tres inviernos y luego al
final de otros tres inviernos (en el sexto invierno que caía en la
mitad del año sabático), se recomponía el calendario solar vigente
con el astronómico también.
c) El año del diezmo u ofrenda especial.
Esto no es todo. Al cabo del tercer año Dios había ordenado un
diezmo adicional especial que no era el diezmo regular ni un
segundo diezmo que solían dar como ofrenda, sino otro que tenía en
cuenta a los que no tenían herencia como los levitas y huéspedes
extranjeros, así como a las viudas, a los huérfanos y a los pobres
(Deut 14:28-29; 26:12). Se lo llamaba “el año del diezmo” porque
los israelitas debían dar un diezmo especial, tal vez en gratitud
a Dios por darles un mes más de vida en ese año (Deut 14:28-29;
26:12). Para todo aquel que para esa época podía estar al borde de
sucumbir bajo una deuda y llegar al punto de tener que venderse a
sí mismo hasta el año sabático, esta era una medida anticipada que
Dios requería para evitar tal medida extrema.
Así como nuestro cuerpo fue hecho aún antes de la entrada del
pecado con tantos recursos para hacer frente a la tremenda
emergencia que iba a darse con sus secuelas de enfermedad y
muerte, evitando que sucumbiésemos antes de la cuenta; así
también vemos el mismo principio divino en relación con la vida
social, de ayudar a evitar lo peor a la mitad de la semana. Aún
así, iban a contar en el año sabático con una liberación no sólo
de deudas, sino también de la esclavitud en el caso en que la
bendición del tercer año no hubiera sido suficiente.
Llama la atención que el año sabático, al completarse los
siguientes tres años, iba a tener en cuenta también a los pobres y
esclavos, con una liberación mayor (Deut 15); y el año del
jubileo luego de siete años sabáticos seguidos, con una liberación
completa mediante la devolución de la herencia que hubiesen
perdido durante ese período jubilatorio (Lev 25). El tercer año
era, así, la medida más pequeña que anticipaba la liberación más
grande del año sabático, el que a su vez anticipaba la liberación
final cuando no sólo se obtenía la libertad, sino también la
herencia. Así, vemos de nuevo que el segundo tercer año caía en el
año sabático cuando debían dejarse los productos del campo para
los pobres, de una manera más completa que lo que se lo había
hecho en el primer tercero según Deut 26:12-13.
¿Por qué elegir el año sabático como referencia básica de
regulación?
Porque en esa dirección apuntaban las leyes que dictó el Señor a
su pueblo. Fue con el propósito de recomponer no sólo el deterioro
de la sociedad en el tiempo de intervalo, sino también la
desproporción de los diferentes calendarios, que se dio la ley del
año sabático y del jubileo. Durante los años sabáticos los
israelitas debían comer lo que encontrasen para cada día sin
almacenar lo que la tierra diese de por sí (Lev 25:5-7). A su
pueblo en un mundo turbulento en donde tendría que vagar como
extranjero y peregrino (Lev 25:23; Heb 11:13), Jesús también le
refirió la necesidad de depender de Dios día a día, confiando en
que así como Dios alimenta a los pájaros que ni plantan ni siegan,
también cuidará de sus hijos como en la antigüedad lo hacía
también en cada año sabático cuando, como los pájaros, su pueblo
tampoco plantaba ni segaba (Mat 6:25-34).
La ley del año sabático y del jubileo
Consideremos ahora más de cerca la manera en que la ley levítica
se refiere al calendario del año sabático. Ha habido mucha
confusión con respecto a la fecha indicada para el año sabático y
de jubileo en Lev 25:9-10, y en los v. 20-22. Eso se ve aún en
muchas Biblias comentadas, entre ellas la Católica de Jerusalén.
La exégesis moderna ha concluido, sin embargo, que los tres años
referidos en esos pasajes son, traducidos a nuestro cómputo
moderno, el 6/7/8 y el 48/49/50.
La sexta cosecha iba a dar para comer durante todo el año sabático
(el séptimo), hasta que viniese la cosecha del octavo año en
primavera (el primero del nuevo ciclo) y en verano (Lev 25:20-22).
Siendo que en el otoño de ese octavo (o primer) año comenzaba el
noveno (o segundo año), y era en ese momento que se completaba la
recolección de los frutos (en especial de las vides), la sexta
recolección de frutos iba a alcanzar para mantenerse hasta que
llegase la recolección final de ese octavo/noveno año (la cosecha
terminaba en el séptimo mes que iniciaba el noveno año, unos días
después de completarse el octavo año en el sexto mes: Lev 23:39).
Otra posibilidad es que el 49 fuese también el 50, si el 50 lo
computamos desde el punto de partida del año, no desde su
cumplimiento. A esta segunda manera de computar se la conoce hoy
como “cómputo inclusivo”. [Hoy un niño cumple un año después de
haberlo vivido. El “cómputo inclusivo” comenzaría a computarle ese
año desde el momento en que nació. Pero, ¿cómo haríamos, en ese
caso, con la explicación de Lev 25:21-22? La única alternativa
para una posibilidad tal sería que el profeta estuviese
yuctaponiendo un calendario lunar de primavera con el que
comenzaba en otoño. Si esta fue la intención del escritor bíblico,
el octavo año sería el de la siembra que seguía al séptimo año
sabático, y el noveno una referencia al calendario de primavera
que iniciaba la cosecha con las primicias de la cebada, en este
caso, la primera después del año sabático (Lev 25:21-22). En este
contexto, el pasaje de Lev 25:9-10 implicaría que el año 49 y el
año 50 se yuxtapondrían en la mitad. Mientras que el año 49 sería
completo, de otoño a otoño; el año 50 tendría que ver con la
quincuagésima primavera de un calendario lunar.
Los 1290 días y el año sabático
Bajo este enfoque que tiene tanto soporte bíblico y astronómico en
su favor, los 1290 días de la profecía de Daniel debían concluir
en la mitad de un año sabático. ¿Qué implicaciones implícitas
tendría este hecho? Que en 1798, cuando la autoridad política del
gran impostor romano que en el año 508 impuso la “abominación” o
idolatría detestable del papado en medio de la iglesia (Dan 12:11;
cf. 8:11; 2 Tes 2:3-4), se consumaría una liberación como la que
se daba de los deudores y de los esclavos en cada año sabático (Ex
21:2; Deut 15).
El año sabático comenzaba seis meses antes del segundo Adar o
décimotercer mes, fecha en que debían concluir los 1290 días en su
proyección simbólica. Así también, la liberación que trajo la
Biblia mediante el protestantismo comenzó a mediados del S. XVI,
tres siglos antes del golpe decisivo de 1798 que produjo la
liberación secular. Por eso anticipó Jesús que ese tiempo
profético de gran tribulación para el pueblo de Dios (1260 y 1290
años) sería acortado (Mat 24:21-22). Así como durante el año
sabático el pueblo de Dios debía dirigirse al santuario de
Jerusalén (en su cumplimiento ahora al santuario celestial de la
Nueva Jerusalén, en un acercamiento espiritual de fe: Ef 2:6,18;
Heb 12:22-24; Apoc 11:1-2), para leer la Biblia en plena libertad
y reposo espiritual (Deut 31:9-13), así también una liberación
equivalente a la que se dio en los tiempos evangélicos tendría
lugar en relación con la época del “tiempo del fin” (Dan 7:25;
12:4,7,9).
[La liberación de los esclavos negros en los EE.UU. y otros
lugares del mundo no serían sino un reflejo de la verdadera
liberación producida por la Palabra de Dios. La esclavitud racial
fue introducida por España luego que los sacerdotes teólogos de
Valladolid en el S. XVI, llegasen a la conclusión que el indígena
era un ser humano y, por tanto, cristianizable. Para la labor de
esclavitud que los nuevos propietarios de grandes extensiones de
tierra en el Nuevo Mundo necesitaban, decidieron entonces traer
negros del Africa que estaban, según el criterio de entonces, en
un nivel inferior. No debemos olvidar que el papado heredó de la
antigua Roma la trata de esclavos, y mantuvo la esclavitud durante
la mayor parte de la Edad Media].
“Los ‘cuarenta y dos meses’ y los ‘mil doscientos sesenta días’
designan el mismo plazo, o sea el tiempo durante el cual la
iglesia de Cristo iba a sufrir bajo la opresión de Roma... La
persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1260
años. Dios, usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo
de tan horribles pruebas... (Mat 24:22). Debido a la influencia de
los acontecimientos relacionados con la Reforma, las persecuciones
cesaron antes del año 1798” (CS, 309-310; véase también 351).
“Valiéndose Roma de la ambición de los reyes y de las clases
dominantes, había ejercido su influencia para sujetar al pueblo en
la esclavitud, pues comprendía que de ese modo el estado se
debilitaría y ella podría dominar completamente gobiernos y
súbditos. Por su previsora política advirtió que para esclavizar
eficazmente a los hombres necesitaba subyugar sus almas y que el
medio más seguro para evitar que escapasen de su dominio era
convertirlos en seres impropios para la libertad... Despojado el
pueblo de la Biblia y sin más enseñanzas que la del fanatismo y la
del egoísmo, quedó sumido en la ignorancia y en la superstición y
tan degradado por los vicios que resultaba incapaz de gobernarse
por sí solo” (CS, 324-325).
“El espíritu de libertad acompañaba a la Biblia. Doquiera se le
recibiese, el evangelio despertaba la inteligencia de los hombres.
Estos empezaban por arrojar las cadenas que por tanto tiempo los
habían tenido sujetos a la ignorancia, al vicio y a la
superstición. Empezaban a pensar y a obrar como hombres” (CS,
320). “Dios había permitido que viniesen pruebas sobre su pueblo
con el fin de habilitarlo para la realización de los planes
misericordiosos que él tenía preparados para ellos. La iglesia
había sido humillada para ser después ensalzada. Dios iba a
manifestar su poder en ella e iba a dar al mundo otra prueba de que
él no abandona a los que en él confían. El había predominado sobre
los acontecimientos para conseguir que la ira de Satanás y la
conspiración de los malvados redundasen para su gloria y llevaran
a su pueblo a un lugar seguro. La persecución y el destierro
abrieron el camino de la libertad” (CS, 335).
“El Evangelio hubiera dado a Francia la solución de estos
problemas políticos y sociales que frustraron los propósitos de su
clero, de su rey y de sus gobernantes... Los ricos no tenían quien
los reprendiera por la opresión con que trataban a los pobres, y a
éstos nadie los aliviaba de su degradación y servidumbre... La
carga del sostenimiento de la iglesia y del estado pesaba sobre
los hombros de las clases media y baja del pueblo, las cuales eran
recargadas con tributos por las autoridades civiles y por el
clero” (CS, 322-323). La liberación de 1793 y 1798 liberaron al
pueblo de las deudas y esclavitud ejercidas durante tanto tiempo
por la opresión del clero y de la nobleza (véase Deut 15:1ss).
Con la liberación protestante norteamericana por esa misma época
se estableció un principio de libertad en donde todos son iguales
ante la ley, y en donde la libertad de conciencia estuvo
completamente asegurada (CS, 337-8). “Su principio fundamental—la
libertad civil y religiosa—llegó a ser la piedra angular de la
república americana de los Estados Unidos” (CS, 339). “La Biblia
era considerada como la base de la fe, la fuente de la sabiduría y
la carta magna de la libertad. Sus principios se enseñaban
cuidadosamente en los hogares, en las escuelas y en las
iglesias...” (CS, 341).
Seis años microsabáticos concluían en el año macrosabático del
jubileo
Pero, ¿no representaba acaso el año sabático a la ocasión en que
los redimidos se encontrarán en la patria celestial, para juzgar
al mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, la Biblia? (PE, 52;
véase más citas en A. R. Treiyer, La Crisis Final en Apoc 4-5
[1998], 100-101; y más aún en Jubileo y Globalización. La
Intención Oculta [1999], cap 13). ¡Por favor, no tan rápido!
Los antiguos años sabáticos no producían una liberación completa
porque no restituían al esclavo sus antiguas propiedades. El
esclavo liberado entonces seguía hasta cierto punto dependiente,
trabajando como asalariado, y en algunos casos se veía compelido a
someterse de nuevo a la esclavitud (Ex 21; Deut 15). La liberación
total caía en el año del jubileo, en el séptimo año sabático,
cuando los esclavos recobraban, además, la herencia que una vez
les había pertenecido. Podemos definir, de esta manera, a los
primeros seis años sabáticos precedentes como microsabáticos, y al
séptimo del jubileo como macrosabático porque incluía la
restitución de las antiguas propiedades que, por el deterioro
social intermedio, los pobres y esclavos habían perdido (Lev
25:8ss).
El cumplimiento tipológico o simbólico del primer año
microsabático comenzó en el S. I con la primera venida de Cristo,
tal como lo había profetizado Isaías (61:1-3; Luc 4:16-22; Juan
8:31-33,36). Esa restauración proyectaba para adelante, además, el
retorno final de los cautivos y la restauración de su patria
prometida, algo que se ajusta más a un jubileo que a un año
sabático intermedio (Isa 61:4ss; Rom 6:22). La liberación y
reposos típicos del año sabático que nos trajo el Señor entonces
fue inicial y limitada a nuestra naturaleza espiritual (2 Cor
3:17; Mat 11:28-30). Nuestras tendencias heredadas y adquiridas
hacia el mal no son aniquiladas con su liberación espiritual
inicial ni suprimidas, sino puestas bajo control hasta el día de
la redención final en la que aún nuestra propiedad, la nueva
tierra prometida y el nuevo Edén, nos serán restituidos (Rom
7:15-8:4,21-23; Apoc 21-22). Hoy el Señor nos libra de la
penalidad y poder del pecado. En el gran jubileo nos librará de la
presencia misma del pecado que intenta, a través de las naciones,
someternos de nuevo a esclavitud. Será entonces que entraremos en
“su reposo” final (Heb 4:6-11).
No hay necesidad de buscar seis momentos de liberación intermedios
en la historia del cristianismo, para que se ajusten a los seis
años sabáticos que precedían al gran jubileo. Como tampoco es
necesario determinar cuáles son las siete cabezas de Apoc 17:9, ya
que Juan se interesa únicamente en la quinta, la sexta y la
séptima (cuyo octavo está incluido entre los siete). Así también
la profecía de Daniel y de Juan sobre los 1260 y 1290 días nos
anticipan una liberación que se daría en torno a una nueva época,
la del “tiempo del fin”, producida más que nada por un
levantamiento y ensalzamiento de la Palabra de Dios (los “dos
testigos”: Apoc 11:3,11-12).
Por tal razón, el intento actual del papado romano de suplantar el
verdadero día de liberación (Deut 5:15), aún mediante el almanaque
juliano-gregoriano que hace que la Pascua caiga siempre en
domingo, tiene como propósito imponer un falso día de reposo (el
domingo), y que honra la institución romana como su autora. El
intento papal, además, de imponer su propio jubileo que desvirtúa
y aparta la mirada del pueblo de Dios del verdadero jubileo que
está por venir, tiene que ver con el intento final del diablo, en
esta era del fin, de apoderarse de la creación del Señor.
El año sabático del gran jubileo
En referencia a la Segunda Venida de Cristo, E. de White escribió:
“Entonces comenzó el jubileo, durante el cual la tierra debía
descansar. Vi al piadoso esclavo levantarse en triunfal victoria,
y desligarse de las cadenas que lo ataban, mientras que su malvado
dueño quedaba confuso sin saber qué hacer...” (PE, 34-35,286). “El
gran plan de la redención dará por resultado el completo
restablecimiento del favor de Dios para el mundo. Será restaurado
todo lo que se perdió a causa del pecado. No sólo el hombre, sino
también la tierra será redimida, para que sea la morada eterna de
los obedientes. Durante 6000 años, Satanás luchó por mantener la
posesión de la tierra. Pero se cumplirá el propósito original de
Dios al crearla” (PP, 335; véase Rom 8:21-23).
“El gran conflicto entre el bien y el mal aumentará en intensidad
hasta la consumación de los tiempos... Pero a medida que la
iglesia se va a cercando a su liberación final, Satanás obrará con
mayor poder... Por espacio de seis mil años esa inteligencia
maestra... no ha servido más que para el engaño y la ruina” (CS,
12). “Cuando la voz de Dios ponga fin al cautiverio de su
pueblo...” se oirá “un inmenso grito de victoria” (CS, 711,698).
“Durante seis mil años, la obra de rebelión de Satanás ‘hizo
temblar la tierra’. El ‘convirtió el mundo en un desierto, y
destruyó sus ciudades; y a sus prisioneros nunca los soltaba para
que volviesen a casa’. Durante seis mil años, su prisión [la
tumba] ha recibido al pueblo de Dios, y lo habría tenido cautivo
para siempre, si Cristo no hubiese roto sus cadenas y libertado a
los que tenía presos” (CS, 717-718; véase Heb 2:14-15).
A esta liberacion final representada por el séptimo año sabático
(el del jubileo), se refirió también el apóstol Pedro cuando
exhortó a sus compatriotas a arrepentirse y convertirse, en
vísperas de “los tiempos del refrigerio de la presencia del
Señor”. En esa ocasión, el Dios del cielo enviará “a Jesucristo,
designado de antemano; a quien es necesario que el cielo retenga
hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, que desde
la antiguedad Dios prometió por medio de sus santos profetas”
(Hech 3:19-21). “Pero todo en su debido orden: Cristo la
primicia; después los que son de Cristo, cuando el venga. Entonces
vendrá el fin, y Cristo entregará el reino a Dios y Padre, cuando
haya quitado todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque él
debe reinar hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Y el
último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Cor 15:23-26;
Apoc 20:14; 21:4).
¿Por qué también 1260?
Es claro que Daniel interpretó los tres años y medio como teniendo
que ver con un décimotercer mes en su cómputo del tiempo de
opresión y blasfemia del anticristo romano (Dan 12:11). Como
trasfondo este hecho nos permite percibir, como ya vimos, un año
de liberación hacia el final de ese período donde la Palabra de
Dios iba a tener una relevancia especial. Pero, ¿por qué Juan se
refirió siempre a 1260 días?
Una deducción que ya sugerimos es que Dios quiso reforzar el
cumplimiento de ese período con dos hechos de enorme trascendencia
para el levantamiento del papado romano. Dos hechos significativos
reforzarían el cumplimiento histórico de lo anunciado. Pero hay
también otro propósito velado en la insistencia del Apocalipsis en
1260 días, y no en 1290 días como en Daniel. Tal vez—podemos
interpretarlo—se esconde en ese hecho un intento de la Providencia
divina de evitar que se exagere demasiado una proyección simbólica
y tipológica a tal punto que su cumplimiento real e histórico en
años precisos quedase de lado.
En las profecías apocalípticas pueden apreciarse, de tanto en
tanto, proyecciones simbólicas adicionales que se esconden detrás
de las cifras dadas y de sus imágenes. Por ejemplo, el número 666
aplicado al anticristo, podría proyectar al mismo tiempo un cuadro
de imperfección, teniendo en cuenta que el siete representa un
número completo (Apoc 13:17-18). La marca de la bestia,
representada en ese número imperfecto, le sería aplicada
finalmente al mundo que se sometería, de buena o mala gana a la
autoridad del anticristo romano. Lamentablemente, la tendencia a
buscar simbolismos adyacentes o adicionales en las profecías
apocalípticas, ha llevado a algunos, inclusive adventistas, a
desestimar la gematría proyectada por ese número y tan conocida en
los días de Juan. De todos los nombres que han buscado atribuirse
al anticristo predicho, uno solo responde a todas las
características de la profecía que incluyen el recuento del valor
de sus letras. Es VICARIVS FILII DEI, porque cumple con las
características indicadas en forma definida de un poder blasfemo
(Apoc 13:1; véase Juan 5:18; Mat 9:2-6: pretende perdonar pecados
como el Hijo de Dios).
En otras palabras, todo simbolismo adicional que se pueda apreciar
como trasfondo de determinada visión, no debe ignorar la
proyección real que, en el caso de la profecía del número 666,
debe involucrar como punto fundamental el recuento de los números
de un título blasfemo del anticristo. Así también, la profecía de
los 1290 días, símbolo de años, debe vérsela en una proyección
concreta de años y enmarcada en hechos históricos definidos.
En relación con las profecías fechadas, hay una tendencia moderna
que ha tocado también a algunos teólogos adventistas de tendencia
liberal, de negar su cumplimiento histórico definido por sus
posibles vínculos con un simbolismo adyacente. Aunque no pueden
encontrar ningún símbolo en el número dado para algunas fechas
proféticas como las de los 2300 días y los 1335 días, parecieran
tener una fe increíble en que algún día lo encontrarán. En ellos
toda búsqueda histórica enmarcada en datos precisos por esos
números de días debe desestimarse. Usan un trasfondo simbólico
adicional como excusa para ignorar la verdadera proyección
histórica de la profecía.
En este contexto, el hecho de que a través de Juan Dios haya
decidido proyectar 1260 días y no enfatizar la proyección de
Daniel en 1290 días con un décimotercer mes y su vínculo escondido
con la liberación que antiguamente se daba en los años sabáticos,
pareciera tener como propósito el evitar que pueda ponerse tanto
énfasis en ese trasfondo tipológico escondido como para que su
real cumplimiento histórico en fechas definidas quedase diluido.
Un principio conductor claro para no caer en la trampa de
debilitar o desvirtuar la proyección histórica definida por
modelos o símbolos escondidos debe llevarnos, en primer lugar, a
buscar comprender lo que el profeta proyectó en forma definida,
sus especificaciones históricas concretas y en el orden que su
cumplimiento histórico confirma.
En segundo lugar, si aparece en escena un marco tipológico
escondido y adicional, podemos destacarlo pero sin extremar ese
marco como para obliterar o disminuir los límites impuestos por la
profecía misma. No es el marco o modelo o trasfondo tipológico el
que debe poner límites a los detalles dados por la profecía, sino
que tal trasfondo debe sujetarse y limitarse a lo proyectado por
el profeta. Para los que revelasen una tendencia a ignorar la
realidad histórica usando como excusa símbolos escondidos en la
profecía de los 1290 días, la especificación divina dada a Juan de
1260 días debía servir como una nota de advertencia. Es como si
Dios dijera: “Hay un símbolo escondido de liberación en los 1290
días, sí, pero no muevan ni quiten las especificaciones concretas
de la profecía por ese hecho, porque en lugar de afirmar la fe de
esa manera, podrán terminar debilitándola”. El propósito de la
profecía de los 1290 días es confirmar que habría una liberación
significativa a la impostura oficial papal, equiparable a la que
se daba en los años sabáticos, y nada más.
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