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Registros históricos
Es lamentable que no tengamos registros históricos que nos
muestren cómo los israelitas guardaron los años sabáticos antes de
la primera destrucción de Jerusalén en el año 586 AC. Los únicos
registros que nos llegan son básicamente las declaraciones de los
profetas condenando el reinado por no cumplirlos (Isa 58:6ss; 2
Rey 19:29; Isa 37:30; Jer 34:8-22; Eze 7:13), y revelando el
castigo divino que haría descansar la tierra por todos los años
que no le permitieron descansar conforme a lo predicho (2 Crón
36:21). Tampoco conozco ningún dato histórico preciso sobre la
manera en que intercalaron los décimotercer meses extras durante
la vida del segundo templo, el de Zorobabel que más tarde llegó a
ser identificado también con Herodes y que fue destruido en el año
70 DC. La manera de contar luego los meses y los años alteró la
práctica antigua y original, según puede verse en las discusiones
rabínicas posteriores. Esto lo consideraremos al discutir la
experiencia millerita que descubrió que en 1844, el verdadero Día
de la Expiación caía el 22 de Octubre.
Otro de los problemas que tenemos
para comenzar a contar se da con nuestra imposibilidad para
determinar el año en que los israelitas comenzaron a contar su
calendario de cosecha. Es probable que al haber entrado en la
tierra prometida en la primavera, cuando comenzaba la siega y el
Jordán desbordaba por el deshielo de las montañas (Jos 3:15; PP,
517), hubiesen comenzado a computar ese año como el primero en la
serie de siete. La ley levítica era clara para decir que “cuando
entréis en la tierra que os doy, y cosechéis [la cebada], traeréis
al sacerdote la primera gavilla, primicia del primer fruto de
vuestra cosecha” (Lev 23:10). Siendo que en la creación Dios no
comenzó descansando, sino que el descanso se dio en el séptimo
día, es lógico suponer que la primera cosecha al entrar en la
tierra prometida hubiese correspondido al primer año. Aunque los
israelitas no sembraron, otros lo hicieron y ellos entraron en sus
labores para la cosecha, y lo recibieron como un don de Dios.
En tal contexto histórico que marcó la entrada del pueblo de Dios
a la tierra prometida, es de suponer que para cuando comenzaron a
celebrar la pascua en su primer mes de primavera, y a comer los
panes sin levadura, hubiesen contado con una buena cantidad de
días en su favor en relación con la cosecha (Jos 5:10-12). De lo
contrario hubieran podido encontrar muy pocos granos maduros para
todo un pueblo recién llegado del desierto. No ignoremos que, a
diferencia del año que seguía al sabático, los israelitas no
contaron para entonces con el producto superbendecido y almacenado
de un sexto año (Lev 25:20-22). [No descarto la posibilidad de que
Dios hubiese hecho un milagro con la cosecha semejante al del
maná, y al que Jesús hizo luego al alimentar a los 5000 hombres
que fueron a escucharlo, con cinco panes y dos peces].
En la actualidad, los cálculos históricos que se hacen con
respecto al calendario hebreo y los décimotercer meses ofrecidos,
se basan en los informes babilónicos y los papiros de Elefantina
que documentaron la costumbre de algunos judíos que vivieron en
esa colonia egipcia. Aunque la manera en que lo hacían no
garantiza que los judíos de Jerusalén habrían comenzado el año en
el mismo momento que en la Mesopotamia y en el delta del Nilo,
sirve como referencia adicional útil ya que todos ellos
desarrollaron un calendario lunar semejante.
Lamentablemente, los judíos que volvieron del cautiverio
babilónico reiniciaron los años sabáticos, pero su implementación
encontró grandes obstáculos porque las circunstancias y
condiciones eran diferentes. Nunca se pusieron de acuerdo sobre
cuándo debían comenzar los años sabáticos, ni tampoco en su
interpretación de cuándo habría comenzado antes del cautiverio. Al
no descender la gloria de Dios sobre el nuevo templo ni estar en
posesión de toda la tierra ni existir todas las tribus de Israel,
sintieron muy probablemente que la imposición de un año sabático
era arbitraria. Por tal razón tampoco festejaron jubileos, con la
restitución de la propiedad inmueble al dueño original. La tierra
no había sido repartida después del cautiverio por Dios, como lo
hizo a través de Josué, en forma ideal, por lo cual nadie sentía
que debía devolver ninguna propiedad al primero que habría tomado
posesión de la tierra al regresar del cautiverio, ni a su familia
posteriormente. Para evitar tener que cancelar las deudas en el
año sabático, los judíos inventaron además
el prosbul, que consistía en un documento en donde el deudor
renunciaba a la liberación de su deuda en el año de la libertad.
Tampoco cumplieron con la liberación de los esclavos.
La septuagésima semana
Algunos han querido sugerir que en la última semana profética de
años, en cuya mitad murió el Señor según lo profetizado por Daniel
(9:27), debe encontrarse una proyección tipológica basada en los
años sabáticos que se habría cumplido en forma literal al comenzar
Jesús su ministerio terrenal. Nuestro problema consiste en saber
cuál año correspondería con ese año sabático. Si aceptamos que el
punto de partida de esa semana final de años fue el otoño del año
27 AC cuando, como lo veremos luego en detalle, Jesús fue
bautizado y comenzó su ministerio profético, entonces el año
sabático tendría que haber comenzado en el año anterior, el 26 AC,
y el siguiente año sabático hubiera correspondido al año 34 AC con
el que esa semana profética llega a su fin. Esto, si queremos
incluir en la última semana de años un cuadro tipológico que
culmina con un año sabático. De ser así, el primer año de esa
última semana no podía ser computado como el séptimo.
Poco después de ser bautizado y haber ayunado por 40 días, Jesús
fue a Nazaret donde se había criado, y declaró que en ese día se
había cumplido lo prometido por Dios a través del profeta Isaías
(Luc 4:16-21). Con su venida y ministerio público había llegado
“el año favorable del Señor” (Isa 61:1-2). Si se quiere vincular
literalmente ese año con el comienzo del ministerio de Jesús,
quedamos descolocados con respecto a la última presunta semana
tipológica, ya que cuando Jesús se expresó así estaba en el primer
año de esa semana final de años. Por consiguiente, debemos
descartar un simbolismo adyacente escondido adicional en el primer
año de esa semana de años profética si queremos hacer cuadrar la
declaración de Jesús con un año sabático literal o, a la inversa,
debemos interpretar esa declaración de Jesús como puramente
simbólica.
Lamentablemente, las elucubraciones rabínicas posteriores no nos
ayudan demasiado en la determinación de los años sabáticos, ya que
nunca estuvieron de acuerdo. Por ejemplo, el Talmud afirma que
tanto para la destrucción de Jerusalén por los Babilonios como por
los Romanos más de medio milenio después, los enemigos del pueblo
de Dios escogieron el final de un año sabático, cuando se habrían
comido la mayor parte de las reservas obtenidas durante el sexto
año. De acuerdo a los datos históricos de los que dispongo (586 AC
y 70 DC), no puede encontrarse una cifra divisible en siete entre
esas dos destrucciones.
Si la afirmación talmúdica fuese verdad, resultaría obvio que para
comenzar a celebrar de nuevo los años sabáticos (al menos en lo
referente al abandono agrario), debían hacerlos partir luego de
siete años de haber regresado de Babilonia. Siendo que el
cautiverio duró 70 años, tal cifra debiera haber concordado con la
destrucción de Babilonia. Pero, ¿cuándo correspondería que
iniciasen los años sabáticos? ¿Correspondería que tal recuento
comenzase con la inauguración del templo de Zorobabel en el año
516 AC, aunque ni se encontró el arca ni descendió la gloria de
Dios por la cual todos debían mirar hacia adelante? (Ag 2:6-9; Zac
2:5,10,12; Mal 3:1). ¿Podría inferirse que, más bien, tal recuento
debiera darse en relación con la orden anunciada proféticamente
para restaurar a Jerusalén, y la resurgiente nación pudiese
comenzar a operar oficialmente como una entidad
político-religiosa? (Dan 9:25). ¿Qué decir del hecho de que los
repatriados judíos nunca más tuvieron rey, y no lo tendrían hasta
que viniese el prometido mesías y le quitasen la vida? (Dan 9:26;
véase Eze 21:25-27; PR, 332).
Nehemías nos cuenta, con todo, que prometieron después de un
tiempo guardar las leyes divinas, inclusive las del año sabático
(Neh 10:31). Esto tiene que ver con un deseo que implícitamente
revela cierta dificultad para cumplirlo. The Jewish Encyclopedia
(605), nos informa, sin embargo, que “el año exacto de la
shemittah (“abandono agrario”) está en disputa, y se han dado
diferentes fechas”. Para muchos judíos, tanto el abandono agrario
de la tierra como la cancelación de las deudas después del
cautiverio babilónico, descansaban únicamente en la autoridad de
los rabinos, no en la Biblia, ya que no estaban en posesión de
toda la tierra. Tampoco fueron capaces de determinar cuándo
habrían hecho comenzar el año sabático en la época del primer
templo (véase detalles en A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización,
cap 13).
Del relato del evangelio de Juan se puede ver que justo antes de
comenzar la primavera del año 29 DC—o a lo sumo el año anterior
(el 28) pero cuyos efectos se podían todavía percibir en el
siguiente año—los judíos habían agregado un décimotercer mes o
segundo Adar, ya que los campos habían madurado en forma prematura
para ese entonces (Juan 4:35). Esa historia de Juan nos lleva a
suponer que, dos o a lo sumo tres años más tarde, debían tener
otro décimotercer mes agregado o segundo Adar (“a la mitad de la
semana” final de años de la profecía de Dan 9:27), más
definidamente, en el año 31 DC. Esto en relación con un calendario
lunisolar fundamentado en las cosechas.
Gracias a los relatos precisos de los evangelios en relación con
los días de la semana en que se dieron los hechos relativos a la
Pascua y la crucifixión, hoy se puede saber astronómicamente si
para esa tercer Pascua se dio un décimotercer mes o segundo Adar.
De acuerdo a la posición de la luna y el sol (en relación con el
equinoxio de primavera), se puede determinar con bastante
precisión cuándo debían haber comenzado el primer mes en el año de
la crucifixión. El SDABC (V, 252), llega a la conclusión de que en
el año 31 DC, la Pascua debe haber caído el 27 de abril, algo que
únicamente podía suceder con un décimotercer mes adicional en ese
año. A una conclusión semejante llega nuestro hermano brasileño,
Juárez Rodríguez de Oliveira, pero sobre la base de que la Pascua
hubiese caído en ese año en jueves, como lo confirman los
Sinópticos, y no en viernes (como se lo habría deducido
erróneamente malinterpretando a Juan).
Estos aspectos los consideraremos en la siguiente sección donde
abordaremos los aspectos relacionados con las fechas proféticas de
las 70 semanas y de los 2300 años. Concluyamos aquí que, lo más
que podría indicarnos tipológicamente la última semana profética
de años, con un sentido adyacente o escondido, es que Jesús,
siendo rico, dio su vida en ofrenda por el pecado, para que
nosotros, siendo pobres, por su riqueza fuésemos enriquecidos (2
Cor 8:9; 9:9ss). Esto estaba en consonancia con lo que debía
ocurrir luego de tres años con el diezmo u ofrenda especial para
los desheredados (Deut 26:12-15). Con su muerte el Señor nos
aseguró una herencia incorruptible e inmarcesible que ni la
polilla ni el óxido podrán corromper (Mat 6:20).
Otras profecías nos llevan también a ver en su muerte, el
cumplimiento inicial del año sabático de liberación que Jesús
mismo hizo partir ya en el primer año de su ministerio, pero que
se concretó al morir sobre la cruz (Isa 60:1-2; Luc 4:16-22). Nada
sugiere un cumplimiento literal que debía caer en un año sabático
vigente en sus días.
Nuevamente parecemos encontrarnos ante una decisión predeterminada
por la Providencia de evitar que su pueblo especulase con la fecha
de un año sabático que marcase el jubileo final. Así como la
profecía de los 1290 días-años no debía interpretársela como
cayendo en un año sabático literal; tampoco la última semana
profética debía vérsela necesariamente en términos literales de
años sabáticos. Nuestra misión es predicar el evangelio del reino
hasta que nuestro Señor vuelva, apreciando las señales que
anuncian su pronto regreso, pero sin vivir bajo fechas definidas
con respecto a ese evento final.
LAS 70 SEMANAS DE AÑOS
Cuando estudiaba alemán en la ciudad de Estrasburgo, Francia
(ciudad bilingue que linda con Alemania y cuyo territorio siempre
estuvo en disputa entre las dos naciones), nos hicieron leer en
alemán una leyenda sobre un conejo y un puerco espín. Los dos
decidieron apostar para una carrera. El premio iba a ser un cajón
con botellas de cerveza. Luego de establecer el punto de partida y
el punto de llegada, declararon que la carrera iba a darse 70
veces ida y vuelta. Cuando se lanzó la carrera, el conejo pensó
que se iba a ganar fácilmente ese cajón de cerbeza. ¡Cuál no fue
su sorpresa al llegar y ver que el puerco espín estaba ya allí
diciéndole: “Ich bin schon da” (“ya estoy acá”). Decidido a
ganarle el regreso corrió con más fuerza para otra vez
sorprenderse con el puerco espín diciéndole de nuevo: “Ich bin
schon da”. Más desesperadamente aún fue por la segunda vuelta con
el mismo resultado. Con todas sus energías volvió a emprender el
regreso, y así sucesivamente hasta cumplir la septuagésima vuelta
y caer muerto, súbitamente, sin poder llegar antes que el puerco
espín que anticipadamente le repetía, riéndose: “Ich bin schon
da”. Entonces el puerco espín agarró la botella de cerveza y,
llamando a su esposa que estaba en el otro extremo le dijo:
“vamos de fiesta”.
El propósito fundamental de nuestro estudio es el de las 70
semanas de años de la profecía de Dan 9:24-27 que daba el punto de
partida del servicio del nuevo templo con su inauguración en los
cielos, y la de los 2300 días de Dan 8:14 que daba su conclusión o
cierre en un Día de la Expiación antitípico en el “tiempo del
fin”. Como el puerco espín de la leyenda, podemos decir desde la
perspectiva de la llegada: “Ich bin schon da”. Nuestra mirada a
esa profecía es, por consiguiente, retrospectiva. Claro está, no
hemos recibido el premio aún, porque la venida del Señor no se ha
consumado todavía. Pero el hecho de que estamos en una recta final
que no tiene cómputo profético no significa que ese premio no esté
a las puertas. En lugar de un
cajón de cerveza, nos concederá el Señor el fruto del árbol de la
vida, y el maná o “pan del cielo” que los ángeles prepararon para
los errantes hijos de Dios en el pasado (Apoc 2:7,17; 22:1-2).
La larga introducción que dimos a la cronología profética más
extraordinaria podrá habernos ayudado a familiarizarnos con los
problemas de computación de los diferentes años. Consideremos, en
primer lugar, los datos históricos correspondientes al punto de
partida de ambas profecías, anunciado en Dan 9:24.
El punto de partida
Comencemos ahora con el punto de partida para la cronología de las
70 semanas y los 2300 días-años. Los milleritas, los pioneros
adventistas, E. de White y los teólogos adventistas historicistas
hasta el día de hoy fueron y son unánimes en afirmar que el punto
de partida de esas dos profecías, es el año 457 AC. En lo que
respecta a la profecía de las 70 semanas de años, la única que da
el punto de partida en forma precisa, los adventistas no
estuvieron ni están solos. Otros autores antiguos y modernos
llegaron y llegan a la misma conclusión. En lo que respecta al
punto de llegada al cabo de los 2300 días-años, fuera de la
Iglesia Adventista después del chasco millerita en 1844, no
conozco a nadie que le de a esa profecía un significado
equivalente representado en años, y ligado a la profecía de las 70
semanas.
Antes del chasco de 1844, diferentes intérpretes historicistas
entendieron que esa fecha llegaba a la década del 40 en el S. XIX,
así como otras profecías relacionadas como las de los 1335
días-años y los 391 días-años de la sexta trompeta (a la que
hicieron llegar a 1844 también, partiendo de la caída de
Constantinopla en el año 1453).
Véase A. R. Treiyer,
The Seals and
the Trumpets.
Biblical and Historical Studies
(2005) [Saldrá de la prensa el mes que viene, con mucha mayor
documentación que su primera versión en castellano, y con un
capítulo adicional sobre la historia de la interpretación
preparada por mi tío, Humberto Raúl Treiyer, que extrajo en forma
resumida de la obra voluminosa de Leroy Froom].
El decreto decisivo
Los judíos debían esperar la puesta en marcha (“salida”) del
decreto de un rey persa que permitiese la restauración y
reconstrucción de la ciudad de Jerusalén para conocer el punto de
partida de la profecía de Daniel (Dan 9:25; cf. Dan 8:2,13: “la
visión” comenzó en la época persa). El libro de Esdras da cuenta
de tres decretos que los reyes medo-persas emitieron para que los
judíos pudiesen regresar a su tierra. Esos decretos aparecen
resumidos en Esd 6:14: “Y los ancianos de los judíos edificaron y
prosperaron, conforme a la profecía de los profetas Ageo y
Zacarías... Edificaron y acabaron por orden del Dios de Israel, y
por el mandato de Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia”.
Los dos primeros decretos tuvieron que ver con la reconstrucción
del templo (Esd 1:2-4; 6:6-13), que se terminó e inauguró en el
año 516/15 AC, exactamente 70 años después de haber sido destruido
por los babilonios (2 Crón 36:21-23; Zac 1:12-16). La ciudad de
Jerusalén, sin embargo, continuaba en ruinas, y se requería el
tercer decreto que emitió el rey Artajerjes medio siglo después
para reconstruírsela. Ese tercer decreto no podía referirse, por
consiguiente, a la reconstrucción del templo, porque Esdras
declara categóricamente que “la casa fue terminada... en el sexto
año del reinado de Darío” (Esd 6:15). ¿Qué “edificaron y acabaron”
los judíos, entonces, según el pasaje citado más arriba, por
“mandato de... Artajerjes”? La ciudad de Jerusalén.
La orden anunciada por el ángel Gabriel a Daniel tendría que ver
no solamente con la reconstrucción de Jerusalén, sino también con
su restauración civil, jurídica y administrativa. Esto es lo que
se ve en el decreto de Artajerjes que dio autoridad a Esdras no
sólo sobre Jerusalén, sino también sobre las personas y el
territorio fuera de Judea (Esd 7:21-22). Esa autoridad, así como
el dinero que pudieron obtener según el decreto, les permitió
comenzar la reconstrucción de la ciudad (Esd 4:7-16), como se ve
por la carta de protesta que escribieron los que quisieron detener
la obra: “Sea notorio al rey, que los judíos que partieron de ti
a nosotros, vinieron a Jerusalén, y edifican la ciudad rebelde y
mala. Ya han levantado las murallas y reparado los cimientos” (Esd
4:12; cf. v. 7).
Artajerjes otorgó a Esdras, además, autoridad legal y judicial
para establecer cortes de juicio (Esd 7:25-26). Esto involucraba
el establecimiento de lugares de juicio en las “puertas” de las
murallas de la ciudad, donde los jueces se reunían para resolver
los litigios que se les presentaban (véase Deut 21:19; 22:15;
25:7; Prov 31:23). En otras palabras, la autoridad legal y
jurídica que Artajerjes le dio a Esdras implicaba la
reconstrucción de Jerusalén y sus muros.
El decreto de Artajerjes dio lugar al segundo regreso oficial de
largo alcance de los judíos, desde que los persas habían
conquistado Babilonia. El primero tuvo lugar bajo Ciro (Esd 1:1-2,
7-8). Así como un decreto oficial de regreso dio lugar al inicio
de la reconstrucción del templo, el segundo decreto oficial de
repatriación alentó el comienzo de la reconstrucción de Jerusalén.
Así como hubo un decreto inicial de Ciro para reconstruir el
templo (Esd 1), que requirió una autorización adicional del rey
Darío (Esd 6); así también el primer decreto de Artajerjes para
restaurar y edificar la ciudad de Jerusalén sirvió para dar inicio
a esa obra, y reforzarla con otra orden suplementaria posterior
dada por el mismo rey (Neh 2). [En Isa 44:24-27 se profetiza de
Ciro que diría de Jerusalén que fuese reconstruida, en referencia
más específica al templo, pero no dice que su tarea sería
“restaurar” Jerusalén tal como se describe en Dan 9:25. Su decreto
dio lugar, de todas maneras, a la reconstrucción futura de
Jerusalén así como a su restauración jurídica que se cumplió bajo
el rey Artajerjes. Pero no predice Isaías que Ciro iba a restaurar
un estado político autónomo en Jerusalén].
Cuándo comenzar
Mientras que los milleritas y los pioneros adventistas, incluyendo
E. de White, interpretaron en el S. XIX que la profecía de Daniel
se refería a la puesta en efecto del decreto del rey Artajerjes
por Esdras una vez llegado a Palestina, los teólogos adventistas a
partir del arqueólogo alemán, Siegfried Horn, hicieron comenzar la
fecha desde el momento en que Esdras con los judíos que lo
acompañaron, partieron de Babilonia para Palestina o apenas
llegaron a Jerusalén. Para nuestro hermano brasileño, Juárez
Rodrígues de Oliveira, ese es un gran error que, en lugar de
afirmar el cumplimiento profético de las dos profecías de Daniel
que estamos estudiando, lo debilita. Consideremos el texto
bíblico:
Esd 7:7-9:
“En el séptimo año del rey Artajerjes, vinieron con él a Jerusalén
algunos israelitas, incluyendo sacerdotes, levitas, cantores,
porteros y servidores del templo. Esdras llegó a Jerusalén en el
quinto mes del séptimo año del rey. El primer día del primer mes
partió de Babilonia, y el primer día del quinto mes llegó a
Jerusalén, porque la buena mano de su Dios estuvo con él”.
¿Dice el pasaje que el rey emitió su decreto el primer día del
primer mes de su séptimo año de reinado? No. Es más, puede haberlo
escrito antes de ese primer mes. La tarea de promulgar
oficialmente ese decreto fue confiada a Esdras quien, luego de
celebrar una fiesta que los milleritas entendieron referirse al
Día de la Expiación, entregó “los despachos del rey a sus
gobernadores y capitanes del otro lado del río” (Esd 8:35-36;
véase Núm 29:7-11). Fue entonces que tales gobernadores y
capitanes obedecieron el decreto del rey que les entregó Esdras, y
que llevaba implícita una pena de muerte en el caso de no
cumplirla (Esd 7:25-26).
“Lo que condujo a este movimiento [el millerita] fue el haberse
dado cuenta de que el decreto de Artajerjes en pro de la
restauración de Jerusalén, el cual formaba el punto de partida del
período de los 2300 días, empezó a regir en el otoño del año 457
AC, y no a principios del año, como se había creído anteriormente.
Contando desde el otoño de 457, los 2300 años concluían en el
otoño de 1844” (CS, 450).
Según esta declaración, la puesta en marcha o en efecto del
decreto de Artajerjes no tuvo lugar en su séptimo año de reinado,
sino al comenzar su octavo año. Recordemos que la numeración de
los meses tenía siempre que ver con un calendario de primavera (Ex
12:1), mientras que los años comenzaban a computarse a partir del
otoño (compárese Neh 1:1—quisleu: diciembre—con Neh 2:1—nisán:
marzo, en el mismo año 20 del rey). En tal caso, Esdras con los
judíos que lo acompañaron salieron el primero de Abib o Nisán
(primer mes de privamera) de Babilonia, y llegaron cinco meses
después hacia el fin del verano del año 457 AC. (Esd 7:7-9).
¿Por qué dedujeron los milleritas que la fiesta mencionada en Esd
8:35 tenía que ver con el Día de la Expiación? Porque el decreto
no se puso en efecto enseguida, ya que primero celebraron una
fiesta (Esd 8:35). Luego del Pentecostés que caía al comienzo del
verano, esto es, bastante antes de la llegada de Esdras de
Babilonia, los israelitas no tenían otra fiesta hasta que
comenzaba el otoño en el primer día del séptimo mes (Tishri). Los
sacrificios que ofrecieron Esdras y los suyos entonces entran
dentro de las características señaladas para las fiestas que
debían celebrarse a partir de entonces (véase Núm 29:1-11). Más
definidamente, pueden haber celebrado la Fiesta de las Trompetas
en el primer día del mes o el Día de la Expiación a los 10 días
siguientes. No podemos saber a cuál de esas dos fiestas se habrá
referido Esdras. Pero por cumplirse el punto de llegada de la
profecía en un Día de la Expiación antitípico al final de los 2300
días, dado su vínculo con la “purificación del santuario” (Dan
8:14), los milleritas y pioneros adventistas dedujeron que el
punto de partida debía ser el mismo, en un Día de la Expiación.
Nuestro hermano de Oliveira concuerda con los milleritas en el
sentido de que el punto de partida de la profecía de Dan 8:14
debía ser exactamente el mismo que el de llegada. E. de White no
confirma que el punto de partida hubiese sido en un Día de la
Expiación, pero tampoco lo niega. Ella menciona simplemente el
“otoño”. Esdras dice que luego de participar de esa fiesta, que
puede haber sido la de las Trompetas diez días antes del Día de la
Expiación, o el Día de la Expiación mismo, “entregaron los
despachos del rey a sus gobernadores y capitanes del otro lado del
río”, induciéndolos de esta forma a obedecer la ley medo-persa
inalterable de aquellos días (Esd 8:36).
Sobre este punto volveremos al final al considerar esta fecha
profética. Anticipemos que estamos de acuerdo con de Oliveira en
que el punto de partida indicado por la historia Bíblica en
corfirmación con la profecía de Daniel, se dio en el otoño del año
457 AC y no antes. Pero ni durante la Fiesta de las Trompetas ni
durante el Día de la Expiación pueden haber entregado el decreto
del rey con las demás órdenes a los gobernantes del otro lado del
río, porque ambos días eran sábados ceremoniales, y la pena de
muerte pesaba para el violador (Lev 23:24-25,28,30-31). En todo
caso, el día siguiente a cualquiera de esas dos fechas podía
haberse cumplido con esa misión. Y siendo que en el Día de la
Expiación el pueblo de Dios reconsagraba su vida y reiniciaba un
nuevo año renovando el pacto con Dios, es probable que hubiesen
esperado hasta ese momento decisivo antes de iniciar la
restauración nacional por la que había venido Esdras.
El séptimo año de Artajerjes
El pensamiento científico comenzó con el filósofo francés René
Descartes. Descubrió su método haciéndose la pregunta sobre si
realmente existía. Lo que quería era encontrar una manera de dar
con conocimientos claros y distintos sobre los que no pudiera
dudar. Para poder hacerse tal pregunta sobre la posibilidad de su
existencia, razonó, debía poder pensar. Y si podía pensar,
entonces podía probar sin lugar a dudas que existía. De allí su
primer paso para obtener informaciones sólidas e inamovibles.
“Pienso, luego existo”.
Aunque los demás pasos que dio no iban a satisfacer a todos para
llegar a conocimientos inalterables y seguros, su “duda metódica”
sirvió para que otros desarrollasen su principio y la ciencia se
aumentase considerablemente. Ya bien entrado el S. XX, aparecieron
los existencialistas que quisieron negar ese principio científico
racionalista. Acusaron a Descartes de desvirtuar y hasta de
arruinar la existencia por relegarla al pensamiento, a un segundo
lugar. El principio debe ser, para los existencialistas, “existo,
luego pienso” si quiero.
En su búsqueda de datos históricos y astronómicos inamovibles en
la larga cadena profética de Dan 8 y 9, Juárez Rodríguez de
Olivera pensó encontrarla en la muerte de Cristo en el año 31 DC.
Según él, tal fecha confirma y afirma las demás fechas, tanto
desde la perspectiva de la partida de la profecía como de la
llegada y de sus especificaciones intermedias.
Personalmente creo que de Oliveira exagera cuando relativiza la
solidez del año 457 AC. como punto de partida para la profecía de
las 70 semanas y de los 2300 días. Si termina reconociendo
categóricamente que no conoce ningún documento que pueda
presentarse para negar que el séptimo año de Artajerjes se dio
entre el otoño del 458 AC y el otoño del 457 AC., sino que por el
contrario, los documentos que poseemos concuerdan en afirmar que
esa es la fecha correcta, ¿qué necesidad tendría de relativizar la
fundamentación del año 457 como no estando suficientemente
documentada para hacer partir los dos períodos anunciados? De
Oliveira destaca la terminología usada por Siegfried Horn que
puede ser equiparada a la duda metódica científica, para concluir
que sus deducciones se basan en supuestos. Pero tal terminología
no implica necesariamente falta de solidez y fundamentación, sino
un análisis deductivo que permita seguir el razonamiento en forma
objetiva, sin dar saltos bruscos que atropellen la inteligencia
del lector.
No parece captar de Oliveira que, así como para muchos el punto de
partida filosófico debe ser “pienso, luego existo”, para otros
puede resultarles más determinante comenzar diciendo “existo,
luego pienso”. No veo mal que ponga todo su énfasis en la solidez
que él encuentra en la fecha de la pasión, a “la mitad de la
semana”, la última de las 70. Pero al querer poner más énfasis en
la llegada o en el punto medio de la profecía que en el punto de
partida, puede terminar involuntariamente debilitando la
convicción de otros que tienen otra manera de razonar.
Esto es algo que sabemos todos los que vivimos pendientes de la
lucha que se entabla entre la verdad y el error en nuestros
esfuerzos evangelísticos. No todos se convencen con el mismo
argumento, ni las evidencias presentadas en favor de la verdad
satisfacen a todos de la misma manera. A menudo tenemos que
admirarnos por la manera en que el Espíritu Santo trabaja en las
mentes humanas, despertando el interés mediante puntos o aspectos
de la verdad que a nosotros no nos tocan tanto. Mi testimonio
personal como pastor, después de haber sido doctor en teología, es
que si nos volvemos demasiado selectivos en la manera de presentar
la verdad, exigiendo que las cosas se digan de tal o cual forma
que pueda parecernos más atractiva, y quitando valor a los
argumentos que para nosotros no tengan tanto peso, vamos a echar a
perder innecesariamente en mucha gente la semilla de la verdad.
Documentación histórica
Varios documentos tenemos hoy para fechar con admirable precisión
los años de reinado del rey Artajerjes. En este sentido, tenemos
más fundamentación histórica que los milleritas y los pioneros de
la Iglesia Adventista. Es lamentable que, con el propósito de
fundamentar la cadena profética en la semana de la pasión, de
Oliveira busque relativizar la solidez histórica que confirma que
Esdras partió con su gente de Babilonia en la primavera del año
457 AC. El hecho de que había diferentes maneras de computar entre
los antiguos no debe hacernos vacilar a la hora de determinar,
mediante el sistema de cómputo hebreo claramente atestado en la
Biblia, sobre la exactitud de la información que nos dejó Esdras.
a) El Canon de Ptolomeo en El Almagest.
Entre los documentos más autorizados está el Canon de Ptolomeo que
preparó en el S. II DC el astrónomo Griego-Egipcio Claudio
Ptolomeo, con los eclipses que tuvieron lugar durante los reinos
de Babilonia, Persia, Macedonia y Roma, así como su
correspondencia con los reyes que gobernaron esos imperios.
Ptolomeo tuvo el privilegio de vivir en el lugar donde se
estableció la biblioteca más significativa del mundo antiguo.
Cuando en la ciudad de Pérgamo se quiso establecer otra
biblioteca, los alejandrinos boicotearon la venta de papiros para
evitar perder la hegemonía del conocimiento, y en su lugar los
habitantes de Pérgamo inventaron los pergaminos, escritura en
cuero fino. Lamentablemente la biblioteca de Alejandría fue
destruida sucesivamente hasta desaparecer completamente.
En su obra El Almagest, Ptolomeo fechó los años de los reyes de la
mesopotamia basado en el calendario egipcio que hacía comenzar el
año en Diciembre. Gracias a los datos que agregó sobre los
eclipses que ocurrieron en tal o cual año del reinado de tales o
cuales reyes, se puede precisar astronómicamente la fecha de esos
reyes antiguos. Por consiguiente, su obra continúa siendo de gran
valor.
Lo que no nos dice Ptolomeo, sin embargo, es si Esdras y su pueblo
usaban para entonces otro calendario que computase los años a
partir del otoño, y cuyo primer mes se daba en primavera. Esto ha
llevado a muchos intérpretes a deducir que, por provenir Esdras de
un reino medo-persa que contaba los años de primavera a primavera,
los datos históricos que suministró en su libro debían seguir un
cómputo semejante, no el de otoño a otoño. Bajo este criterio,
tales intérpretes han fijado la fecha del séptimo año de
Artajerjes para el año 458 AC, y no para el 457 AC como lo
hicieron los milleritas y lo entendieron siempre los adventistas.
¿Cómo podemos saber hoy cuál calendario usaron Esdras y sus
acompañantes para fechar los momentos de su histórico viaje a
Jerusalén? Como veremos luego, por el testimonio de la Biblia
misma que se vio a mediados del S. XX reforzado aún por el
descubrimiento de unos papiros de Elefantina. Ni los milleritas ni
los pioneros adventistas tuvieron esos documentos tan fortuitos
que aparecieron hace unos 50 años atrás. Pero creyeron en la
Biblia y la usaron como norma para sus cómputos, razón por la cual
llegaron a la fecha adecuada. De acuerdo al cómputo semita y
bíblico, el primer mes del séptimo año de Artajerjes en el que
Esdras partió de Babilonia correspondió a la primavera del año 457
AC. ¿Por qué habría de relativizarse, entonces, la solidez de la
datación histórica ofrecida?
b) Una tableta de Ur
Entre 1930 y 1931, en una excavación que se llevó a cabo en Ur se
encontró una tableta que confirmó la muerte de Jerjes, padre de
Artajerjes, como habiendo ocurrido en torno a diciembre del año
465 AC. Este descubrimiento dio un soporte adicional a la
interpretación millerita original, mostrando que estaban en lo
correcto en sus cálculos. Al haber muerto el padre de Artajerjes
después del mes de Tishri (septiembre/octubre), significaba que lo
que nosotros contaríamos como primer año de su hijo sucesor
Artajerjes, los judíos que viajaron a Jerusalén iban a
computárselo como año ascencional. Y no antes de Tishri (otoño)
del siguiente año, 464 AC, podría comenzar a contarse su primer
año de reinado.
Siendo que en 1953, una tableta cuneiforme posterior
correspondiente al período helenístico, fue interpretada como
indicando que Jerjes habría muerto en agosto, algunos han dejado
de insistir en el valor de esa tableta de Ur. Pero la tableta del
período helenístico es muy posterior y, hasta donde sepa, nunca se
publicó. Lo que hizo el arqueólogo adventista Siegfried Horn fue,
correctamente, desmerecer ese documento cuneiforme por ser muy
tardío. Con el descubrimiento ese mismo año de los últimos papiros
de Elefantina que faltaban, se confirmó que Jerjes no puede haber
muerto antes del otoño ni después del 17 de diciembre del año 465
AC. [Lo más que puede revelar la tableta cuneiforme del período
griego, si es que se la puede tomar como referencia seria siendo
tan posterior, es que el escriba de Elefantina no computó el año
ascensional de Artajerjes hasta que el tumulto que provocó la
muerte de Jerjes terminó en la implantación de su hijo Artajerjes
no antes de Diciembre de ese año].
Lo que para nosotros tiene más valor es un documento contemporáneo
como el encontrado en Ur, y otros más que aparecieron luego y
veremos seguidamente, confirmando el testimonio de esa tableta. De
nuevo, ¿por qué relativizar la solidez de la datación bíblica y su
confirmación histórica?
b) Los papiros de Elefantina
Así como Dios se adelanta al movimiento de los millones y millones
de galaxias, soles, planetas y satélites con tantos años luz que
ni las computadoras más poderosas que los hombres hayan inventado
pueden contabilizar y controlar para que no se choquen entre sí y
se forme un caos generalizado en todo el universo; así también
Dios se adelanta a las necesidades que su pueblo vaya a tener en
épocas futuras, inclusive en la información histórica que iba a
necesitar para afirmar su fe. Una reserva fortuita que el Señor
tenía preparada para que su pueblo pudiese probar en esta era
científica, la manera de computar los años aún de los reyes
paganos que los judíos usaban en los días de Esdras, apareció a
mediados del S. XX.
- Los hallazgos
En 1893, un negociante norteamericano y colector de antigüedades
egipcias, llamado Carlos E. Wilbour, compró nueve rollos enteros
de papiros, más algunos fragmentos, a tres mujeres nativas de la
isla del Nilo conocida como Elefantina. Esa isla está ubicada a
600 millas al sur de El Cairo, en el centro del Nilo. Ocho de los
rollos estaban todavía doblados y sellados. Al mostrarle uno de
los fragmentos a un profesor llamado A. H. Sayce, Wilbour se
enteró que tales papiros estaban escritos en arameo.
Lamentablemente Wilbour guardó esos papiros en el fondo de uno de
sus baúles. Al morir poco después, ese secreto iba a permanecer un
buen tiempo guardado.
Posteriormente se envió el baúl a Norteamérica y se lo almacenó en
un depósito de Nueva York. Mientras tanto, la gente de Elefantina
encontró más papiros y los fue vendiendo en el mercado, sin
revelar el secreto del lugar, ya que lo consideraron una buena
fuente de negocio. Un agente de la Biblioteca de Estrasburgo
compró el primero de esos papiros en Luxor, en 1898. El profesor
Sayce consiguió otro rollo en 1900, y la Lady William Cecil compró
tres rollos en Aswan en 1904. Sir Robert Mond consiguió cinco más.
Todos estos papiros fueron publicados en 1906, asombrando al mundo
erudito de entonces con el conocimiento de una comunidad judía de
mercenarios militares que protegían la fortaleza de la Isla de
Elefantina durante el período persa.
El entusiasmo de los eruditos llevó finalmente a un equipo
arqueológico alemán a hacer excavaciones bajo la dirección de Otto
Rubensohn del Museo de Berlín. Esas excavaciones se dieron entre
1906 a 1908. Luego de ganar la confianza de la gente del lugar,
Otto Rubensohn descubrió la ubicación y logró desenterrar 62
rollos de papiros adicionales, amén de muchos fragmentos e
inscripciones. Todo esto se publicó en 1911, dando inicio a una
disciplina casi nueva, ya que hasta entonces, nadie conocía la
existencia de una comunidad judía en Egipto que fuese
contemporánea con Esdras y Nehemías.
- Los judíos de Elefantina
La Isla de Elefantina, llamada así por los griegos y Yeb por los
antiguos egipcios, sirvió como la fortaleza más al sur que
tuvieron los egipcios en el medio del Nilo, cerca de su límite con
Nubia (la bíblica Kush mencionada en Est 1:1; Isa 11:11). Era un
lugar de comercio con importación de marfil, pieles de león y
animales exóticos que traían del Africa. Algunos judíos que
emigraron del reino de Judá hacia Egipto durante la vigésimosexta
dinastía egipcia (663-525 AC), fue forzada a trabajar como
mercenarios para defender la frontera más al sur de Egipto. Estos
soldados construyeron un templo que dedicaron a Yahveh, aunque
sirvieron también a otros dioses como sus compatriotas preexílicos
lo habían estado haciendo en Judá.
Cuando el rey persa Cambises conquistó Egipto en el año 525
AC,destruyó el templo Khnum de Elefantina pero no tocó el templo
judío de Yahvé en la misma isla, tal vez porque como zoroastrista
monoteísta estuvo mejor dispuesto hacia los judísos que también
eran, en principio, monoteístas. Durante el dominio persa, los
judíos de Elefantina pudieron manejar por su cuenta sus propios
negocios y asunttos civiles. Sin embargo, mantuvieron siempre un
rango inferior ya que eran simples soldados bajo las órdenes de
los oficiales babilónicos y persas. El comandante general era
persa.
En el año 410, algunos soldados egipcios aprovecharon que el
gobernador persa de esa región, Arsames, había viajado para
entrevistar al rey, cruzaron el río desde Aswan y destruyeron el
templo judío en el año 410 AC, sin duda disgustados por el
favoritismo que gozaban esos judíos bajo las autoridades persas.
Cuando Arsames regresó, los judíos de Elefantina le pidieron
permiso para reconstruir el templo. Se cree que Arsames estaba
enterado de la posición centralista de dos conservadores de la
religión judía como lo fueron Esdras y Nehemías, por lo que, en
lugar de concederles lo pedido, les requirió que pidiesen permiso
a las autoridades de Jerusalén para reconstruirlo. De esa manera,
lograría que la negativa proviniese de Jerusalén mismo y, al mismo
tiempo, dejaría algo más tranquila la enemistad contra ellos que
había entre los egipcios.
Esos pobres judíos de Elefantina no tuvieron más remedio que
escribir, finalmente, a los dos oficiales de más alto rango de
Jerusalén, el gobernador persa Bigvai y el sumo sacerdote Johanan
mencionado en Neh 12:22-23. Aparentemente, las autoridades de
Jerusalén en esa época ignoraron su pedido, por lo que, luego de
dos años de espera, volvieron a insistir esta vez dirigiéndose más
definidamente a Bigvai, ofreciéndole una coima (soborno) y
notificándole también que habían escrito a los hijos de Sanbalat,
governador de Samaria, el enemigo principal de Nehemías (Neh
6:1ss). Dramáticamente insistieron ante Bigvai advirtiéndole que
si las autoridades de Jerusalén no les respondían, los samaritanos
que también poseían un culto rival, podían otorgarles tal
autorización.
Bigvai se reunió con Delaiah, hijo de Sanballat, luego de lo cual
les otorgó el permiso requerido de reconstruir su templo en
Elefantina, pero con la expresa indicación de que no ofreciesen
sacrificios. No hay registros de que Arsames les hubiera
finalmente autorizado a reconstruir ese templo, ni de si fueron
finalmente masacrados con la revuelta egipcia poco tiempo después,
que terminó con la expulsión y muerte de todos los extranjeros que
habían vivido en ese lugar.
Los papiros escritos por esos judíos de Elefantina terminaron
conformando el número más grande de documentos conocidos de la
lengua aramea oficial usada durante esa época. También sirvieron
para fortalecer los estudios lingüísticos de las secciones
escritas en ese idioma en los libros de Daniel y Esdras.
Permitieron conocer más acerca de la historia, cultura y religión
de esa comunidad judía. Por ejemplo, podemos enterarnos gracias a
esos papiros sobre casamientos, ventas de propiedades, contratos,
decretos gubernamentales, liberación de esclavos, cartas privadas
y oficiales y aún algo de piezas literarias que se desarrollaron
en esa comunidad judía. También permitieron conocer más acerca de
como computaban los judíos de entonces los años de los reyes de
Babilonia y de Persia, en relación con la clase de calendario que
usaban.
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