La Cronología Profética más Extraordinaria 70 semanas y 2300 Días
 

Sección 4:

  Por: Dr.  Alberto R. Treiyer
   
 
Registros históricos
 
Es lamentable que no tengamos registros históricos que nos muestren cómo los israelitas guardaron los años sabáticos antes de la primera destrucción de Jerusalén en el año 586 AC. Los únicos registros que nos llegan son básicamente las declaraciones de los profetas condenando el reinado por no cumplirlos (Isa 58:6ss; 2 Rey 19:29; Isa 37:30; Jer 34:8-22; Eze 7:13), y revelando el castigo divino que haría descansar la tierra por todos los años que no le permitieron descansar conforme a lo predicho (2 Crón 36:21). Tampoco conozco ningún dato histórico preciso sobre la manera en que intercalaron los décimotercer meses extras durante la vida del segundo templo, el de Zorobabel que más tarde llegó a ser identificado también con Herodes y que fue destruido en el año 70 DC. La manera de contar luego los meses y los años alteró la práctica antigua y original, según puede verse en las discusiones rabínicas posteriores. Esto lo consideraremos al discutir la experiencia millerita que descubrió que en 1844, el verdadero Día de la Expiación caía el 22 de Octubre.
 
Otro de los problemas que tenemos para comenzar a contar se da con nuestra imposibilidad para determinar el año en que los israelitas comenzaron a contar su calendario de cosecha. Es probable que al haber entrado en la tierra prometida en la primavera, cuando comenzaba la siega y el Jordán desbordaba por el deshielo de las montañas (Jos 3:15; PP, 517), hubiesen comenzado a computar ese año como el primero en la serie de siete. La ley levítica era clara para decir que “cuando entréis en la tierra que os doy, y cosechéis [la cebada], traeréis al sacerdote la primera gavilla, primicia del primer fruto de vuestra cosecha” (Lev 23:10). Siendo que en la creación Dios no comenzó descansando, sino que el descanso se dio en el séptimo día, es lógico suponer que la primera cosecha al entrar en la tierra prometida hubiese correspondido al primer año. Aunque los israelitas no sembraron, otros lo hicieron y ellos entraron en sus labores para la cosecha, y lo recibieron como un don de Dios.
 
En tal contexto histórico que marcó la entrada del pueblo de Dios a la tierra prometida, es de suponer que para cuando comenzaron a celebrar la pascua en su primer mes de primavera, y a comer los panes sin levadura, hubiesen contado con una buena cantidad de días en su favor en relación con la cosecha (Jos 5:10-12). De lo contrario hubieran podido encontrar muy pocos granos maduros para todo un pueblo recién llegado del desierto. No ignoremos que, a diferencia del año que seguía al sabático, los israelitas no contaron para entonces con el producto superbendecido y almacenado de un sexto año (Lev 25:20-22). [No descarto la posibilidad de que Dios hubiese hecho un milagro con la cosecha semejante al del maná, y al que Jesús hizo luego al alimentar a los 5000 hombres que fueron a escucharlo, con cinco panes y dos peces].
 
En la actualidad, los cálculos históricos que se hacen con respecto al calendario hebreo y los décimotercer meses ofrecidos, se basan en los informes babilónicos y los papiros de Elefantina que documentaron la costumbre de algunos judíos que vivieron en esa colonia egipcia. Aunque la manera en que lo hacían no garantiza que los judíos de Jerusalén habrían comenzado el año en el mismo momento que en la Mesopotamia y en el delta del Nilo, sirve como referencia adicional útil ya que todos ellos desarrollaron un calendario lunar semejante.
 
Lamentablemente, los judíos que volvieron del cautiverio babilónico reiniciaron los años sabáticos, pero su implementación encontró grandes obstáculos porque las circunstancias y condiciones eran diferentes. Nunca se pusieron de acuerdo sobre cuándo debían comenzar los años sabáticos, ni tampoco en su interpretación de cuándo habría comenzado antes del cautiverio. Al no descender la gloria de Dios sobre el nuevo templo ni estar en posesión de toda la tierra ni existir todas las tribus de Israel, sintieron muy probablemente que la imposición de un año sabático era arbitraria. Por tal razón tampoco festejaron jubileos, con la restitución de la propiedad inmueble al dueño original. La tierra no había sido repartida después del cautiverio por Dios, como lo hizo a través de Josué, en forma ideal, por lo cual nadie sentía que debía devolver ninguna propiedad al primero que habría tomado posesión de la tierra al regresar del cautiverio, ni a su familia posteriormente. Para evitar tener que cancelar las deudas en el año sabático, los judíos inventaron además el prosbul, que consistía en un documento en donde el deudor renunciaba a la liberación de su deuda en el año de la libertad. Tampoco cumplieron con la liberación de los esclavos.
 
La septuagésima semana
 
Algunos han querido sugerir que en la última semana profética de años, en cuya mitad murió el Señor según lo profetizado por Daniel (9:27), debe encontrarse una proyección tipológica basada en los años sabáticos que se habría cumplido en forma literal al comenzar Jesús su ministerio terrenal. Nuestro problema consiste en saber cuál año correspondería con ese año sabático. Si aceptamos que el punto de partida de esa semana final de años fue el otoño del año 27 AC cuando, como lo veremos luego en detalle, Jesús fue bautizado y comenzó su ministerio profético, entonces el año sabático tendría que haber comenzado en el año anterior, el 26 AC, y el siguiente año sabático hubiera correspondido al año 34 AC con el que esa semana profética llega a su fin. Esto, si queremos incluir en la última semana de años un cuadro tipológico que culmina con un año sabático. De ser así, el primer año de esa última semana no podía ser computado como el séptimo.
 
Poco después de ser bautizado y haber ayunado por 40 días, Jesús fue a Nazaret donde se había criado, y declaró que en ese día se había cumplido lo prometido por Dios a través del profeta Isaías (Luc 4:16-21). Con su venida y ministerio público había llegado “el año favorable del Señor” (Isa 61:1-2). Si se quiere vincular literalmente ese año con el comienzo del ministerio de Jesús, quedamos descolocados con respecto a la última presunta semana tipológica, ya que cuando Jesús se expresó así estaba en el primer año de esa semana final de años. Por consiguiente, debemos descartar un simbolismo adyacente escondido adicional en el primer año de esa semana de años profética si queremos hacer cuadrar la declaración de Jesús con un año sabático literal o, a la inversa, debemos interpretar esa declaración de Jesús como puramente simbólica.
 
Lamentablemente, las elucubraciones rabínicas posteriores no nos ayudan demasiado en la determinación de los años sabáticos, ya que nunca estuvieron de acuerdo. Por ejemplo, el Talmud afirma que tanto para la destrucción de Jerusalén por los Babilonios como por los Romanos más de medio milenio después, los enemigos del pueblo de Dios escogieron el final de un año sabático, cuando se habrían comido la mayor parte de las reservas obtenidas durante el sexto año. De acuerdo a los datos históricos de los que dispongo (586 AC y 70 DC), no puede encontrarse una cifra divisible en siete entre esas dos destrucciones.
 
Si la afirmación talmúdica fuese verdad, resultaría obvio que para comenzar a celebrar de nuevo los años sabáticos (al menos en lo referente al abandono agrario), debían hacerlos partir luego de siete años de haber regresado de Babilonia. Siendo que el cautiverio duró 70 años, tal cifra debiera haber concordado con la destrucción de Babilonia. Pero, ¿cuándo correspondería que iniciasen los años sabáticos? ¿Correspondería que tal recuento comenzase con la inauguración del templo de Zorobabel en el año 516 AC, aunque ni se encontró el arca ni descendió la gloria de Dios por la cual todos debían mirar hacia adelante? (Ag 2:6-9; Zac 2:5,10,12; Mal 3:1). ¿Podría inferirse que, más bien, tal recuento debiera darse en relación con la orden anunciada proféticamente para restaurar a Jerusalén, y la resurgiente nación pudiese comenzar a operar oficialmente como una entidad político-religiosa? (Dan 9:25). ¿Qué decir del hecho de que los repatriados judíos nunca más tuvieron rey, y no lo tendrían hasta que viniese el prometido mesías y le quitasen la vida? (Dan 9:26; véase Eze 21:25-27; PR, 332).
 
Nehemías nos cuenta, con todo, que prometieron después de un tiempo guardar las leyes divinas, inclusive las del año sabático (Neh 10:31). Esto tiene que ver con un deseo que implícitamente revela cierta dificultad para cumplirlo. The Jewish Encyclopedia (605), nos informa, sin embargo, que “el año exacto de la shemittah (“abandono agrario”) está en disputa, y se han dado diferentes fechas”. Para muchos judíos, tanto el abandono agrario de la tierra como la cancelación de las deudas después del cautiverio babilónico, descansaban únicamente en la autoridad de los rabinos, no en la Biblia, ya que no estaban en posesión de toda la tierra. Tampoco fueron capaces de determinar cuándo habrían hecho comenzar el año sabático en la época del primer templo (véase detalles en A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización, cap 13).
 
Del relato del evangelio de Juan se puede ver que justo antes de comenzar la primavera del año 29 DC—o a lo sumo el año anterior (el 28) pero cuyos efectos se podían todavía percibir en el siguiente año—los judíos habían agregado un décimotercer mes o segundo Adar, ya que los campos habían madurado en forma prematura para ese entonces (Juan 4:35). Esa historia de Juan nos lleva a suponer que, dos o a lo sumo tres años más tarde, debían tener otro décimotercer mes agregado o segundo Adar (“a la mitad de la semana” final de años de la profecía de Dan 9:27), más definidamente, en el año 31 DC. Esto en relación con un calendario lunisolar fundamentado en las cosechas.
 
Gracias a los relatos precisos de los evangelios en relación con los días de la semana en que se dieron los hechos relativos a la Pascua y la crucifixión, hoy se puede saber astronómicamente si para esa tercer Pascua se dio un décimotercer mes o segundo Adar. De acuerdo a la posición de la luna y el sol (en relación con el equinoxio de primavera), se puede determinar con bastante precisión cuándo debían haber comenzado el primer mes en el año de la crucifixión. El SDABC (V, 252), llega a la conclusión de que en el año 31 DC, la Pascua debe haber caído el 27 de abril, algo que únicamente podía suceder con un décimotercer mes adicional en ese año. A una conclusión semejante llega nuestro hermano brasileño, Juárez Rodríguez de Oliveira, pero sobre la base de que la Pascua hubiese caído en ese año en jueves, como lo confirman los Sinópticos, y no en viernes (como se lo habría deducido erróneamente malinterpretando a Juan).
 
Estos aspectos los consideraremos en la siguiente sección donde abordaremos los aspectos relacionados con las fechas proféticas de las 70 semanas y de los 2300 años. Concluyamos aquí que, lo más que podría indicarnos tipológicamente la última semana profética de años, con un sentido adyacente o escondido, es que Jesús, siendo rico, dio su vida en ofrenda por el pecado, para que nosotros, siendo pobres, por su riqueza fuésemos enriquecidos (2 Cor 8:9; 9:9ss). Esto estaba en consonancia con lo que debía ocurrir luego de tres años con el diezmo u ofrenda especial para los desheredados (Deut 26:12-15). Con su muerte el Señor nos aseguró una herencia incorruptible e inmarcesible que ni la polilla ni el óxido podrán corromper (Mat 6:20).
 
Otras profecías nos llevan también a ver en su muerte, el cumplimiento inicial del año sabático de liberación que Jesús mismo hizo partir ya en el primer año de su ministerio, pero que se concretó al morir sobre la cruz (Isa 60:1-2; Luc 4:16-22). Nada sugiere un cumplimiento literal que debía caer en un año sabático vigente en sus días.
 
Nuevamente parecemos encontrarnos ante una decisión predeterminada por la Providencia de evitar que su pueblo especulase con la fecha de un año sabático que marcase el jubileo final. Así como la profecía de los 1290 días-años no debía interpretársela como cayendo en un año sabático literal;  tampoco la última semana profética debía vérsela necesariamente en términos literales de años sabáticos. Nuestra misión es predicar el evangelio del reino hasta que nuestro Señor vuelva, apreciando las señales que anuncian su pronto regreso, pero sin vivir bajo fechas definidas con respecto a ese evento final. 
 
LAS 70 SEMANAS DE AÑOS
 
Cuando estudiaba alemán en la ciudad de Estrasburgo, Francia (ciudad bilingue que linda con Alemania y cuyo territorio siempre estuvo en disputa entre las dos naciones), nos hicieron leer en alemán una leyenda sobre un conejo y un puerco espín. Los dos decidieron apostar para una carrera. El premio iba a ser un cajón con botellas de cerveza. Luego de establecer el punto de partida y el punto de llegada, declararon que la carrera iba a darse 70 veces ida y vuelta. Cuando se lanzó la carrera, el conejo pensó que se iba a ganar fácilmente ese cajón de cerbeza. ¡Cuál no fue su sorpresa al llegar y ver que el puerco espín estaba ya allí diciéndole:  “Ich bin schon da” (“ya estoy acá”). Decidido a ganarle el regreso corrió con más fuerza para otra vez sorprenderse con el puerco espín diciéndole de nuevo:  “Ich bin schon da”. Más desesperadamente aún fue por la segunda vuelta con el mismo resultado. Con todas sus energías volvió a emprender el regreso, y así sucesivamente hasta cumplir la septuagésima vuelta y caer muerto, súbitamente, sin poder llegar antes que el puerco espín que anticipadamente le repetía, riéndose:  “Ich bin schon da”. Entonces el puerco espín agarró la botella de cerveza y, llamando a su esposa que estaba en el otro extremo le dijo:  “vamos de fiesta”.
 
El propósito fundamental de nuestro estudio es el de las 70 semanas de años de la profecía de Dan 9:24-27 que daba el punto de partida del servicio del nuevo templo con su inauguración en los cielos, y la de los 2300 días de Dan 8:14 que daba su conclusión o cierre en un Día de la Expiación antitípico en el “tiempo del fin”. Como el puerco espín de la leyenda, podemos decir desde la perspectiva de la llegada:  “Ich bin schon da”. Nuestra mirada a esa profecía es, por consiguiente, retrospectiva. Claro está, no hemos recibido el premio aún, porque la venida del Señor no se ha consumado todavía. Pero el hecho de que estamos en una recta final que no tiene cómputo profético no significa que ese premio no esté a las puertas. En lugar de un cajón de cerveza, nos concederá el Señor el fruto del árbol de la vida, y el maná o “pan del cielo” que los ángeles prepararon para los errantes hijos de Dios en el pasado (Apoc 2:7,17; 22:1-2).
 
La larga introducción que dimos a la cronología profética más extraordinaria podrá habernos ayudado a familiarizarnos con los problemas de computación de los diferentes años. Consideremos, en primer lugar, los datos históricos correspondientes al punto de partida de ambas profecías, anunciado en Dan 9:24.
 
El punto de partida
 
Comencemos ahora con el punto de partida para la cronología de las 70 semanas y los 2300 días-años. Los milleritas, los pioneros adventistas, E. de White y los teólogos adventistas historicistas hasta el día de hoy fueron y son unánimes en afirmar que el punto de partida de esas dos profecías, es el año 457 AC. En lo que respecta a la profecía de las 70 semanas de años, la única que da el punto de partida en forma precisa, los adventistas no estuvieron ni están solos. Otros autores antiguos y modernos llegaron y llegan a la misma conclusión. En lo que respecta al punto de llegada al cabo de los 2300 días-años, fuera de la Iglesia Adventista después del chasco millerita en 1844, no conozco a nadie que le de a esa profecía un significado equivalente representado en años, y ligado a la profecía de las 70 semanas.
 
Antes del chasco de 1844, diferentes intérpretes historicistas entendieron que esa fecha llegaba a la década del 40 en el S. XIX, así como otras profecías relacionadas como las de los 1335 días-años y los 391 días-años de la sexta trompeta (a la que hicieron llegar a 1844 también, partiendo de la caída de Constantinopla en el año 1453). Véase A. R. Treiyer, The Seals and the Trumpets. Biblical and Historical Studies (2005) [Saldrá de la prensa el mes que viene, con mucha mayor documentación que su primera versión en castellano, y con un capítulo adicional sobre la historia de la interpretación preparada por mi tío, Humberto Raúl Treiyer, que extrajo en forma resumida de la obra voluminosa de Leroy Froom].
 
El decreto decisivo
 
Los judíos debían esperar la puesta en marcha (“salida”) del decreto de un rey persa que permitiese la restauración y reconstrucción de la ciudad de Jerusalén para conocer el punto de partida de la profecía de Daniel (Dan 9:25; cf. Dan 8:2,13: “la visión” comenzó en la época persa). El libro de Esdras da cuenta de tres decretos que los reyes medo-persas emitieron para que los judíos pudiesen regresar a su tierra. Esos decretos aparecen resumidos en Esd 6:14:  “Y los ancianos de los judíos edificaron y prosperaron, conforme a la profecía de los profetas Ageo y Zacarías... Edificaron y acabaron por orden del Dios de Israel, y por el mandato de Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia”.
 
Los dos primeros decretos tuvieron que ver con la reconstrucción del templo (Esd 1:2-4; 6:6-13), que se terminó e inauguró en el año 516/15 AC, exactamente 70 años después de haber sido destruido por los babilonios (2 Crón 36:21-23;  Zac 1:12-16). La ciudad de Jerusalén, sin embargo, continuaba en ruinas, y se requería el tercer decreto que emitió el rey Artajerjes medio siglo después para reconstruírsela. Ese tercer decreto no podía referirse, por consiguiente, a la reconstrucción del templo, porque Esdras declara categóricamente que “la casa fue terminada... en el sexto año del reinado de Darío” (Esd 6:15). ¿Qué “edificaron y acabaron” los judíos, entonces, según el pasaje citado más arriba, por “mandato de... Artajerjes”? La ciudad de Jerusalén.
 
La orden anunciada por el ángel Gabriel a Daniel tendría que ver no solamente con la reconstrucción de Jerusalén, sino también con su restauración civil, jurídica y administrativa. Esto es lo que se ve en el decreto de Artajerjes que dio autoridad a Esdras no sólo sobre Jerusalén, sino también sobre las personas y el territorio fuera de Judea (Esd 7:21-22). Esa autoridad, así como el dinero que pudieron obtener según el decreto, les permitió comenzar la reconstrucción de la ciudad (Esd 4:7-16), como se ve por la carta de protesta que escribieron los que quisieron detener la obra:  “Sea notorio al rey, que los judíos que partieron de ti a nosotros, vinieron a Jerusalén, y edifican la ciudad rebelde y mala. Ya han levantado las murallas y reparado los cimientos” (Esd 4:12; cf. v. 7).
 
Artajerjes otorgó a Esdras, además, autoridad legal y judicial para establecer cortes de juicio (Esd 7:25-26). Esto involucraba el establecimiento de lugares de juicio en las “puertas” de las murallas de la ciudad, donde los jueces se reunían para resolver los litigios que se les presentaban (véase Deut 21:19;  22:15;  25:7;  Prov 31:23).  En otras palabras, la autoridad legal y jurídica que Artajerjes le dio a Esdras implicaba la reconstrucción de Jerusalén y sus muros.
 
El decreto de Artajerjes dio lugar al segundo regreso oficial de largo alcance de los judíos, desde que los persas habían conquistado Babilonia. El primero tuvo lugar bajo Ciro (Esd 1:1-2, 7-8). Así como un decreto oficial de regreso dio lugar al inicio de la reconstrucción del templo, el segundo decreto oficial de repatriación alentó el comienzo de la reconstrucción de Jerusalén. Así como hubo un decreto inicial de Ciro para reconstruir el templo (Esd 1), que requirió una autorización adicional del rey Darío (Esd 6); así también el primer decreto de Artajerjes para restaurar y edificar la ciudad de Jerusalén sirvió para dar inicio a esa obra, y reforzarla con otra orden suplementaria posterior dada por el mismo rey (Neh 2). [En Isa 44:24-27 se profetiza de Ciro que diría de Jerusalén que fuese reconstruida, en referencia más específica al templo, pero no dice que su tarea sería “restaurar” Jerusalén tal como se describe en Dan 9:25. Su decreto dio lugar, de todas maneras, a la reconstrucción futura de Jerusalén así como a su restauración jurídica que se cumplió bajo el rey Artajerjes. Pero no predice Isaías que Ciro iba a restaurar un estado político autónomo en Jerusalén].
 
Cuándo comenzar
 
Mientras que los milleritas y los pioneros adventistas, incluyendo E. de White, interpretaron en el S. XIX que la profecía de Daniel se refería a la puesta en efecto del decreto del rey Artajerjes por Esdras una vez llegado a Palestina, los teólogos adventistas a partir del arqueólogo alemán, Siegfried Horn, hicieron comenzar la fecha desde el momento en que Esdras con los judíos que lo acompañaron, partieron de Babilonia para Palestina o apenas llegaron a Jerusalén. Para nuestro hermano brasileño, Juárez Rodrígues de Oliveira, ese es un gran error que, en lugar de afirmar el cumplimiento profético de las dos profecías de Daniel que estamos estudiando, lo debilita. Consideremos el texto bíblico:
 
Esd 7:7-9:  “En el séptimo año del rey Artajerjes, vinieron con él a Jerusalén algunos israelitas, incluyendo sacerdotes, levitas, cantores, porteros y servidores del templo. Esdras llegó a Jerusalén en el quinto mes del séptimo año del rey. El primer día del primer mes partió de Babilonia, y el primer día del quinto mes llegó a Jerusalén, porque la buena mano de su Dios estuvo con él”.
 
¿Dice el pasaje que el rey emitió su decreto el primer día del primer mes de su séptimo año de reinado? No. Es más, puede haberlo escrito antes de ese primer mes. La tarea de promulgar oficialmente ese decreto fue confiada a Esdras quien, luego de celebrar una fiesta que los milleritas entendieron referirse al Día de la Expiación, entregó “los despachos del rey a sus gobernadores y capitanes del otro lado del río” (Esd 8:35-36; véase Núm 29:7-11). Fue entonces que tales gobernadores y capitanes obedecieron el decreto del rey que les entregó Esdras, y que llevaba implícita una pena de muerte en el caso de no cumplirla (Esd 7:25-26).
 
“Lo que condujo a este movimiento [el millerita] fue el haberse dado cuenta de que el decreto de Artajerjes en pro de la restauración de Jerusalén, el cual formaba el punto de partida del período de los 2300 días, empezó a regir en el otoño del año 457 AC, y no a principios del año, como se había creído anteriormente. Contando desde el otoño de 457, los 2300 años concluían en el otoño de 1844” (CS, 450).
 
Según esta declaración, la puesta en marcha o en efecto del decreto de Artajerjes no tuvo lugar en su séptimo año de reinado, sino al comenzar su octavo año. Recordemos que la numeración de los meses tenía siempre que ver con un calendario de primavera (Ex 12:1), mientras que los años comenzaban a computarse a partir del otoño (compárese Neh 1:1—quisleu: diciembre—con Neh 2:1—nisán: marzo, en el mismo año 20 del rey). En tal caso, Esdras con los judíos que lo acompañaron salieron el primero de Abib o Nisán (primer mes de privamera) de Babilonia, y llegaron cinco meses después hacia el fin del verano del año 457 AC. (Esd 7:7-9).
 
¿Por qué dedujeron los milleritas que la fiesta mencionada en Esd 8:35 tenía que ver con el Día de la Expiación? Porque el decreto no se puso en efecto enseguida, ya que primero celebraron una fiesta (Esd 8:35). Luego del Pentecostés que caía al comienzo del verano, esto es, bastante antes de la llegada de Esdras de Babilonia, los israelitas no tenían otra fiesta hasta que comenzaba el otoño en el primer día del séptimo mes (Tishri). Los sacrificios que ofrecieron Esdras y los suyos entonces entran dentro de las características señaladas para las fiestas que debían celebrarse a partir de entonces (véase Núm 29:1-11). Más definidamente, pueden haber celebrado la Fiesta de las Trompetas en el primer día del mes o el Día de la Expiación a los 10 días siguientes. No podemos saber a cuál de esas dos fiestas se habrá referido Esdras. Pero por cumplirse el punto de llegada de la profecía en un Día de la Expiación antitípico al final de los 2300 días, dado su vínculo con la “purificación del santuario” (Dan 8:14), los milleritas y pioneros adventistas dedujeron que el punto de partida debía ser el mismo, en un Día de la Expiación.
 
Nuestro hermano de Oliveira concuerda con los milleritas en el sentido de que el punto de partida de la profecía de Dan 8:14 debía ser exactamente el mismo que el de llegada. E. de White no confirma que el punto de partida hubiese sido en un Día de la Expiación, pero tampoco lo niega. Ella menciona simplemente el “otoño”. Esdras dice que luego de participar de esa fiesta, que puede haber sido la de las Trompetas diez días antes del Día de la Expiación, o el Día de la Expiación mismo, “entregaron los despachos del rey a sus gobernadores y capitanes del otro lado del río”, induciéndolos de esta forma a obedecer la ley medo-persa inalterable de aquellos días (Esd 8:36).
 
Sobre este punto volveremos al final al considerar esta fecha profética. Anticipemos que estamos de acuerdo con de Oliveira en que el punto de partida indicado por la historia Bíblica en corfirmación con la profecía de Daniel, se dio en el otoño del año 457 AC y no antes. Pero ni durante la Fiesta de las Trompetas ni durante el Día de la Expiación pueden haber entregado el decreto del rey con las demás órdenes a los gobernantes del otro lado del río, porque ambos días eran sábados ceremoniales, y la pena de muerte pesaba para el violador (Lev 23:24-25,28,30-31). En todo caso, el día siguiente a cualquiera de esas dos fechas podía haberse cumplido con esa misión. Y siendo que en el Día de la Expiación el pueblo de Dios reconsagraba su vida y reiniciaba un nuevo año renovando el pacto con Dios, es probable que hubiesen esperado hasta ese momento decisivo antes de iniciar la restauración nacional por la que había venido Esdras.
 
El séptimo año de Artajerjes
 
El pensamiento científico comenzó con el filósofo francés René Descartes. Descubrió su método haciéndose la pregunta sobre si realmente existía. Lo que quería era encontrar una manera de dar con conocimientos claros y distintos sobre los que no pudiera dudar. Para poder hacerse tal pregunta sobre la posibilidad de su existencia, razonó, debía poder pensar. Y si podía pensar, entonces podía probar sin lugar a dudas que existía. De allí su primer paso para obtener informaciones sólidas e inamovibles. “Pienso, luego existo”.
 
Aunque los demás pasos que dio no iban a satisfacer a todos para llegar a conocimientos inalterables y seguros, su “duda metódica” sirvió para que otros desarrollasen su principio y la ciencia se aumentase considerablemente. Ya bien entrado el S. XX, aparecieron los existencialistas que quisieron negar ese principio científico racionalista. Acusaron a Descartes de desvirtuar y hasta de arruinar la existencia por relegarla al pensamiento, a un segundo lugar. El principio debe ser, para los existencialistas, “existo, luego pienso” si quiero.
 
En su búsqueda de datos históricos y astronómicos inamovibles en la larga cadena profética de Dan 8 y 9, Juárez Rodríguez de Olivera pensó encontrarla en la muerte de Cristo en el año 31 DC. Según él, tal fecha confirma y afirma las demás fechas, tanto desde la perspectiva de la partida de la profecía como de la llegada y de sus especificaciones intermedias.
 
Personalmente creo que de Oliveira exagera cuando relativiza la solidez del año 457 AC. como punto de partida para la profecía de las 70 semanas y de los 2300 días. Si termina reconociendo categóricamente que no conoce ningún documento que pueda presentarse para negar que el séptimo año de Artajerjes se dio entre el otoño del 458 AC y el otoño del 457 AC., sino que por el contrario, los documentos que poseemos concuerdan en afirmar que esa es la fecha correcta, ¿qué necesidad tendría de relativizar la fundamentación del año 457 como no estando suficientemente documentada para hacer partir los dos períodos anunciados? De Oliveira destaca la terminología usada por Siegfried Horn que puede ser equiparada a la duda metódica científica, para concluir que sus deducciones se basan en supuestos. Pero tal terminología no implica necesariamente falta de solidez y fundamentación, sino un análisis deductivo que permita seguir el razonamiento en forma objetiva, sin dar saltos bruscos que atropellen la inteligencia del lector.
 
No parece captar de Oliveira que, así como para muchos el punto de partida filosófico debe ser “pienso, luego existo”, para otros puede resultarles más determinante comenzar diciendo “existo, luego pienso”. No veo mal que ponga todo su énfasis en la solidez que él encuentra en la fecha de la pasión, a “la mitad de la semana”, la última de las 70. Pero al querer poner más énfasis en la llegada o en el punto medio de la profecía que en el punto de partida, puede terminar involuntariamente debilitando la convicción de otros que tienen otra manera de razonar.
 
Esto es algo que sabemos todos los que vivimos pendientes de la lucha que se entabla entre la verdad y el error en nuestros esfuerzos evangelísticos. No todos se convencen con el mismo argumento, ni las evidencias presentadas en favor de la verdad satisfacen a todos de la misma manera. A menudo tenemos que admirarnos por la manera en que el Espíritu Santo trabaja en las mentes humanas, despertando el interés mediante puntos o aspectos de la verdad que a nosotros no nos tocan tanto. Mi testimonio personal como pastor, después de haber sido doctor en teología, es que si nos volvemos demasiado selectivos en la manera de presentar la verdad, exigiendo que las cosas se digan de tal o cual forma que pueda parecernos más atractiva, y quitando valor a los argumentos que para nosotros no tengan tanto peso, vamos a echar a perder innecesariamente en mucha gente la semilla de la verdad.
 
Documentación histórica
 
Varios documentos tenemos hoy para fechar con admirable precisión los años de reinado del rey Artajerjes. En este sentido, tenemos más fundamentación histórica que los milleritas y los pioneros de la Iglesia Adventista. Es lamentable que, con el propósito de fundamentar la cadena profética en la semana de la pasión, de Oliveira busque relativizar la solidez histórica que confirma que Esdras partió con su gente de Babilonia en la primavera del año 457 AC. El hecho de que había diferentes maneras de computar entre los antiguos no debe hacernos vacilar a la hora de determinar, mediante el sistema de cómputo hebreo claramente atestado en la Biblia, sobre la exactitud de la información que nos dejó Esdras.
 
a) El Canon de Ptolomeo en El Almagest.
 
Entre los documentos más autorizados está el Canon de Ptolomeo que preparó en el S. II DC el astrónomo Griego-Egipcio Claudio Ptolomeo, con los eclipses que tuvieron lugar durante los reinos de Babilonia, Persia, Macedonia y Roma, así como su correspondencia con los reyes que gobernaron esos imperios. Ptolomeo tuvo el privilegio de vivir en el lugar donde se estableció la biblioteca más significativa del mundo antiguo. Cuando en la ciudad de Pérgamo se quiso establecer otra biblioteca, los alejandrinos boicotearon la venta de papiros para evitar perder la hegemonía del conocimiento, y en su lugar los habitantes de Pérgamo inventaron los pergaminos, escritura en cuero fino. Lamentablemente la biblioteca de Alejandría fue destruida sucesivamente hasta desaparecer completamente.
 
En su obra El Almagest, Ptolomeo fechó los años de los reyes de la mesopotamia basado en el calendario egipcio que hacía comenzar el año en Diciembre. Gracias a los datos que agregó sobre los eclipses que ocurrieron en tal o cual año del reinado de tales o cuales reyes, se puede precisar astronómicamente la fecha de esos reyes antiguos. Por consiguiente, su obra continúa siendo de gran valor.
 
Lo que no nos dice Ptolomeo, sin embargo, es si Esdras y su pueblo usaban para entonces otro calendario que computase los años a partir del otoño, y cuyo primer mes se daba en primavera. Esto ha llevado a muchos intérpretes a deducir que, por provenir Esdras de un reino medo-persa que contaba los años de primavera a primavera, los datos históricos que suministró en su libro debían seguir un cómputo semejante, no el de otoño a otoño. Bajo este criterio, tales intérpretes han fijado la fecha del séptimo año de Artajerjes para el año 458 AC, y no para el 457 AC como lo hicieron los milleritas y lo entendieron siempre los adventistas.
 
¿Cómo podemos saber hoy cuál calendario usaron Esdras y sus acompañantes para fechar los momentos de su histórico viaje a Jerusalén? Como veremos luego, por el testimonio de la Biblia misma que se vio a mediados del S. XX reforzado aún por el descubrimiento de unos papiros de Elefantina. Ni los milleritas ni los pioneros adventistas tuvieron esos documentos tan fortuitos que aparecieron hace unos 50 años atrás. Pero creyeron en la Biblia y la usaron como norma para sus cómputos, razón por la cual llegaron a la fecha adecuada. De acuerdo al cómputo semita y bíblico, el primer mes del séptimo año de Artajerjes en el que Esdras partió de Babilonia correspondió a la primavera del año 457 AC. ¿Por qué habría de relativizarse, entonces, la solidez de la datación histórica ofrecida?
 
b) Una tableta de Ur
 
Entre 1930 y 1931, en una excavación que se llevó a cabo en Ur se encontró una tableta que confirmó la muerte de Jerjes, padre de Artajerjes, como habiendo ocurrido en torno a diciembre del año 465 AC. Este descubrimiento dio un soporte adicional a la interpretación millerita original, mostrando que estaban en lo correcto en sus cálculos. Al haber muerto el padre de Artajerjes después del mes de Tishri (septiembre/octubre), significaba que lo que nosotros contaríamos como primer año de su hijo sucesor Artajerjes, los judíos que viajaron a Jerusalén iban a computárselo como año ascencional. Y no antes de Tishri (otoño) del siguiente año, 464 AC, podría comenzar a contarse su primer año de reinado.
 
Siendo que en 1953, una tableta cuneiforme posterior correspondiente al período helenístico, fue interpretada como indicando que Jerjes habría muerto en agosto, algunos han dejado de insistir en el valor de esa tableta de Ur. Pero la tableta del período helenístico es muy posterior y, hasta donde sepa, nunca se publicó. Lo que hizo el arqueólogo adventista Siegfried Horn fue, correctamente, desmerecer ese documento cuneiforme por ser muy tardío. Con el descubrimiento ese mismo año de los últimos papiros de Elefantina que faltaban, se confirmó que Jerjes no puede haber muerto antes del otoño ni después del 17 de diciembre del año 465 AC. [Lo más que puede revelar la tableta cuneiforme del período griego, si es que se la puede tomar como referencia seria siendo tan posterior, es que el escriba de Elefantina no computó el año ascensional de Artajerjes hasta que el tumulto que provocó la muerte de Jerjes terminó en la implantación de su hijo Artajerjes no antes de Diciembre de ese año].
 
Lo que para nosotros tiene más valor es un documento contemporáneo como el encontrado en Ur, y otros más que aparecieron luego y veremos seguidamente, confirmando el testimonio de esa tableta. De nuevo, ¿por qué relativizar la solidez de la datación bíblica y su confirmación histórica?
 
b) Los papiros de Elefantina
 
Así como Dios se adelanta al movimiento de los millones y millones de galaxias, soles, planetas y satélites con tantos años luz que ni las computadoras más poderosas que los hombres hayan inventado pueden contabilizar y controlar para que no se choquen entre sí y se forme un caos generalizado en todo el universo;  así también Dios se adelanta a las necesidades que su pueblo vaya a tener en épocas futuras, inclusive en la información histórica que iba a necesitar para afirmar su fe. Una reserva fortuita que el Señor tenía preparada para que su pueblo pudiese probar en esta era científica, la manera de computar los años aún de los reyes paganos que los judíos usaban en los días de Esdras, apareció a mediados del S. XX.
 
- Los hallazgos
 
En 1893, un negociante norteamericano y colector de antigüedades egipcias, llamado Carlos E. Wilbour, compró nueve rollos enteros de papiros, más algunos fragmentos, a tres mujeres nativas de la isla del Nilo conocida como Elefantina. Esa isla está ubicada a 600 millas al sur de El Cairo, en el centro del Nilo. Ocho de los rollos estaban todavía doblados y sellados. Al mostrarle uno de los fragmentos a un profesor llamado A. H. Sayce, Wilbour se enteró que tales papiros estaban escritos en arameo. Lamentablemente Wilbour guardó esos papiros en el fondo de uno de sus baúles. Al morir poco después, ese secreto iba a permanecer un buen tiempo guardado.
 
Posteriormente se envió el baúl a Norteamérica y se lo almacenó en un depósito de Nueva York. Mientras tanto, la gente de Elefantina encontró más papiros y los fue vendiendo en el mercado, sin revelar el secreto del lugar, ya que lo consideraron una buena fuente de negocio. Un agente de la Biblioteca de Estrasburgo compró el primero de esos papiros en Luxor, en 1898. El profesor Sayce consiguió otro rollo en 1900, y la Lady William Cecil compró tres rollos en Aswan en 1904. Sir Robert Mond consiguió cinco más. Todos estos papiros fueron publicados en 1906, asombrando al mundo erudito de entonces con el conocimiento de una comunidad judía de mercenarios militares que protegían la fortaleza de la Isla de Elefantina durante el período persa.
 
El entusiasmo de los eruditos llevó finalmente a un equipo arqueológico alemán a hacer excavaciones bajo la dirección de Otto Rubensohn del Museo de Berlín. Esas excavaciones se dieron entre 1906 a 1908. Luego de ganar la confianza de la gente del lugar, Otto Rubensohn descubrió la ubicación y logró desenterrar 62 rollos de papiros adicionales, amén de muchos fragmentos e inscripciones. Todo esto se publicó en 1911, dando inicio a una disciplina casi nueva, ya que hasta entonces, nadie conocía la existencia de una comunidad judía en Egipto que fuese contemporánea con Esdras y Nehemías.
 
- Los judíos de Elefantina
 
La Isla de Elefantina, llamada así por los griegos y Yeb por los antiguos egipcios, sirvió como la fortaleza más al sur que tuvieron los egipcios en el medio del Nilo, cerca de su límite con Nubia (la bíblica Kush mencionada en Est 1:1; Isa 11:11). Era un lugar de comercio con importación de marfil, pieles de león y animales exóticos que traían del Africa. Algunos judíos que emigraron del reino de Judá hacia Egipto durante la vigésimosexta dinastía egipcia (663-525 AC), fue forzada a trabajar como mercenarios para defender la frontera más al sur de Egipto. Estos soldados construyeron un templo que dedicaron a Yahveh, aunque sirvieron también a otros dioses como sus compatriotas preexílicos lo habían estado haciendo en Judá.
 
Cuando el rey persa Cambises conquistó Egipto en el año 525 AC,destruyó el templo Khnum de Elefantina pero no tocó el templo judío de Yahvé en la misma isla, tal vez porque como zoroastrista monoteísta estuvo mejor dispuesto hacia los judísos que también eran, en principio, monoteístas. Durante el dominio persa, los judíos de Elefantina pudieron manejar por su cuenta sus propios negocios y asunttos civiles. Sin embargo, mantuvieron siempre un rango inferior ya que eran simples soldados bajo las órdenes de los oficiales babilónicos y persas. El comandante general era persa.
 
En el año 410, algunos soldados egipcios aprovecharon que el gobernador persa de esa región, Arsames, había viajado para entrevistar al rey, cruzaron el río desde Aswan y destruyeron el templo judío en el año 410 AC, sin duda disgustados por el favoritismo que gozaban esos judíos bajo las autoridades persas. Cuando Arsames regresó, los judíos de Elefantina le pidieron permiso para reconstruir el templo. Se cree que Arsames estaba enterado de la posición centralista de dos conservadores de la religión judía como lo fueron Esdras y Nehemías, por lo que, en lugar de concederles lo pedido, les requirió que pidiesen permiso a las autoridades de Jerusalén para reconstruirlo. De esa manera, lograría que la negativa proviniese de Jerusalén mismo y, al mismo tiempo, dejaría algo más tranquila la enemistad contra ellos que había entre los egipcios.
 
Esos pobres judíos de Elefantina no tuvieron más remedio que escribir, finalmente, a los dos oficiales de más alto rango de Jerusalén, el gobernador persa Bigvai y el sumo sacerdote Johanan mencionado en Neh 12:22-23. Aparentemente, las autoridades de Jerusalén en esa época ignoraron su pedido, por lo que, luego de dos años de espera, volvieron a insistir esta vez dirigiéndose más definidamente a Bigvai, ofreciéndole una coima (soborno) y notificándole también que habían escrito a los hijos de Sanbalat, governador de Samaria, el enemigo principal de Nehemías (Neh 6:1ss). Dramáticamente insistieron ante Bigvai advirtiéndole que si las autoridades de Jerusalén no les respondían, los samaritanos que también poseían un culto rival, podían otorgarles tal autorización.
 
Bigvai se reunió con Delaiah, hijo de Sanballat, luego de lo cual les otorgó el permiso requerido de reconstruir su templo en Elefantina, pero con la expresa indicación de que no ofreciesen sacrificios. No hay registros de que Arsames les hubiera finalmente autorizado a reconstruir ese templo, ni de si fueron finalmente masacrados con la revuelta egipcia poco tiempo después, que terminó con la expulsión y muerte de todos los extranjeros que habían vivido en ese lugar.
 
Los papiros escritos por esos judíos de Elefantina terminaron conformando el número más grande de documentos conocidos de la lengua aramea oficial usada durante esa época. También sirvieron para fortalecer los estudios lingüísticos de las secciones escritas en ese idioma en los libros de Daniel y Esdras. Permitieron conocer más acerca de la historia, cultura y religión de esa comunidad judía. Por ejemplo, podemos enterarnos gracias a esos papiros sobre casamientos, ventas de propiedades, contratos, decretos gubernamentales, liberación de esclavos, cartas privadas y oficiales y aún algo de piezas literarias que se desarrollaron en esa comunidad judía. También permitieron conocer más acerca de como computaban los judíos de entonces los años de los reyes de Babilonia y de Persia, en relación con la clase de calendario que usaban.
 

Continúa...

 

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