La Cronología Profética más Extraordinaria
70 semanas y 2300 días
 
 

Sección 5:

 
   
     
 
 El calendario post-exílico de los judíos de Elefantina
 
Los papiros de Elefantina que se publicaron en 1911 probaron que los judíos de Elefantina usaban dos calendarios, uno egipcio y otro que traducía esa datación al calendario babilónico-persa de primavera o al judío de otoño. Por ejemplo, en uno de esos documentos se lee: “en el tercero de Chislev [mes judío], año ocho, esto es en el duodécimo día de Thoth [mes egipcio], año nueve de Darío el rey”. Esta era ya una prueba contundente para confirmar que, según ambos sistemas de cómputo, podía haber un año de diferencia dependiendo de cuál sistema se usaba para contar los años del rey. Pero ninguno de estos papiros permitía saber aún cómo computaban esos años, si según el calendario de primavera persa, o el de otoño en boga entre los judíos desde la época de Salomón.
 
Una nueva sorpresa estaba preparada por la Providencia, lista para caer sobre el mundo crítico y sapiente de entonces, de parte de Aquel que lee todo con absoluta claridad desde el mismo principio. En 1947, Teodora, la hija de Wilbour, murió en Nueva York. El baúl que poseía de su padre fue entonces entregado al museo de Brooklyn junto con los demás restos de Wilbour. En 1953, Emil G. Kraeling publicó esos documentos que habían quedado sepultados en un baúl desde 1893 hasta 1947. Por primera vez se podía obtener la clave en el uso de los calendarios que los judíos utilizaban en tiempos post-exílicos.
 
En uno de esos documentos de última hora, conocido hoy como Kraeling 6 en honor a quien los publicó, se puede armonizar el calendario egipcio y el judío únicamente si se asume que usó un calendario que comenzaba en otoño, computando los años aún de los reyes persas según el antiguo calendario judío. De manera que si los judíos en Elefantina computaban los años de los reyes extranjeros según el calendario judío, a pesar de que vivían en un contexto geográfico en el que la gente computaba esos años con el calendario egipcio, ¡cuánto más no lo harían los ortodoxos Esdras y Nehemías que regresaron de Babilonia! Se pudo saber así que, según el calendario persa, el séptimo año de Artajerjes fue de la primavera del año 458 a la primavera del año 457 AC, mientras que para los judíos tuvo lugar del otoño del año 458 al otoño del año 457 AC.
 
El Canon de Ptolomeo, la tableta de Ur y los papiros de Elefantina
 
Los milleritas se basaron enteramente en el canon de Ptolomeo que confirma que el séptimo año de Artajerjes tuvo lugar en el año 457 AC. Esa fue su única fuente histórica. Lo notable es que los milleritas no cometieron el error de muchos intérpretes modernos que ignoran hasta hoy que Ptolomeo contó los años de acuerdo con la Era de Nabonasar, es decir, con el calendario egipcio que comienza en Thoth 1. No se dan el trabajo de traducir ese cómputo al sistema de cómputo judío.
 
Ahora bien, el Canon de Ptolomeo ha sido corroborado en general por diferentes tabletas cuneiformes babilónicas y persas antiguas, aunque en algunos casos debió hacerse pequeñas correcciones. Para fundamentar mejor los años de reinado de Artajerjes se requería, por consiguiente, una fundamentación adicional. Esa fundamentación la trajo el descubrimiento de los papiros de Elefantina que prueban que Esdras y Nehemías usaron un calendario judío, y no persa. Prueban también que los judíos en la época post-exílica computaban los años de los reyes persas también con el sistema de “año ascensional” y basado en un calendario otoñal. En efecto, confirman que el primer año de Artajerjes (según nuestra manera de computar), no se lo contaron como primer año porque subió al poder después del otoño y, en su lugar, lo fecharon como “año ascensional de Artajerjes”. Hoy, los autores que asumen que el séptimo año de Artajerjes tuvo lugar en el año 458 AC, tienen que restar valor abiertamente a esos papiros de Elefantina para mantener esa posición, presumiendo que el escriba que dio la información cometió un error.
 
Gracias a ciertas tabletas babilónicas se han podido establecer los años de reinado de Artajerjes según el calendario persa, con una precisión notable. Junto con los documentos judíos de Elefantina nos informan que Jerjes, padre de Artajerjes, habría muerto después de Tishri 1 (nuevo año según el cómputo judío), y antes de Thoth 1 (nuevo año egipcio, 17 de Diciembre), en el año 465 AC. Esto significa que Artajerjes habría comenzado su año ascensional entre octubre y diciembre, y su primer año de reinado se lo habría computado no antes de octubre del año siguiente, 464 AC. El séptimo año de Artajerjes habría comenzado en el otoño del año 458 AC y terminado en el otoño del año 457 AC. El primer mes al que refiere Esdras como punto de partida de su viaje hacia Jerusalén debía corresponder, por consiguiente, al mes de Nisán (primavera) en el año 457 AC, cuando con su comitiva viajó a Jerusalén con el propósito de promulgar el decreto del rey. Recordemos que la Biblia cuenta los meses a partir de la primavera, y los años a partir del otoño.
 
c) La Biblia.
 
En la Biblia encontramos pruebas adicionales y contundentes para mostrar cómo computaban los años de los reyes no sólo de Israel, sino también extranjeros. En los anales de Babilonia se informa que el rey Joaquín fue capturado juntamente con Jerusalén, su capital, en el séptimo año del reino de Nabucodonosor (597 AC). Pero la Biblia informa el mismo evento como habiendo tenido lugar en el octavo año (2 Rey 24:12). Esto no prueba que uno de los dos informes es correcto y el otro no. Simplemente nos muestra que había dos maneras de computar los años de los reyes antiguos, basado en dos calendarios diferentes.
 
Aunque durante su cautiverio los israelitas adoptaron los nombres de los meses babilónicos, no hicieron lo mismo con el sistema de cómputo puesto que, en relación con los meses, debían hacerlos partir según la ley en la primavera pascual (Ex 12:1), mientras que en relación con el cómputo anual, debían hacerlo partir en relación con el otoño cuando concluía la cosecha y concluían también las fiestas religiosas (Lev 25:3-4,9-13; Deut 31:10-13). Esto se ve claramente en el registro de Nehemías, contemporáneo de Esdras, quien computó igualmente los años de los reyes extranjeros con un calendario otoñal.
 
Comparemos Neh 1:1 con 2:1. El mes de quisleu (equivalente a diciembre), y el mes de nisán (el primer mes de primavera que iniciaba el calendario de fiestas judías con la pascua), son computados como perteneciendo al mismo año veinte de Artajerjes. Si Nehemías hubiera estado usando el calendario babilónico o persa, hubiera tenido que referirse al primer mes de primavera (nisán) como siendo el año 21 de Artajerjes. El hecho de que lo hace aparecer todavía como año 20 prueba que computaba los años de Artajerjes con el típico calendario anual otoñal de los judíos. De manera que arqueológica, histórica y bíblicamente, no queda duda alguna sobre la manera en que los judíos computaban los años de los reyes no sólo judíos, sino también paganos, antes y después del cautiverio.
 
Ante este hecho irrefutable, podemos volver a preguntarle a nuestro hermano brasileño, ¿para qué arrojar cierta incertidumbre a la fecha de partida de la profecía que estamos estudiando? ¿Para valorar más sus descubrimientos astronómicos con respecto a la fecha de la pasión? También astronómicamente hay confirmaciones adicionales para la fecha del año 457 AC como refiriéndose al 7mo. año del reinado de Artajerjes, según él mismo lo confirma. Es probable que para muchos sea más sólida la documentación sobre la fecha del comienzo (457 AC) que la de la pasión (31 AC), dependiendo de qué ángulo lo miren.
 
¿Por qué están divididos los autores modernos sobre la fecha en que Esdras partió de Babilonia para Jerusalén? Mientras que algunos proponen hasta hoy, como los milleritas, que la fecha fue en el año 457 AC, otros establecen la fecha del año 458 AC. Los que así lo hacen prefieren ignorar el cómputo judío (otoño a otoño) para adoptar el cómputo persa (primavera a primavera), así como también ignorar no sólo la evidencia arqueológica irrefutable que nos traen los papiros de Elefantina, sino también este pasaje de Nehemías que acabamos de mencionar, o presumir que ambos textos son “corruptos” (alterados por un copista posterior o dañado), o que “la fecha es aparentemente incorrecta”. Esto deben saberlo nuestros hermanos. Uno puede preguntarse sobre la seriedad de tales autores modernos al forzar una documentación histórica definida para mantener sus convicciones personales pre-asumidas sobre la manera de contar que habrían tenido los antiguos.
 
Si mantenemos el principio de que la Biblia debe ser su propio intérprete, y en este caso alguien como Nehemías que fue contemporáneo con Esdras, no hay duda posible sobre la fecha del séptimo año del rey Artajerjes. El hecho de que E. de White ponga énfasis en la fecha de la pasión en el año 31 DC, no debe ser interpretado como dando a entender que la fecha inicial de la profecía no es tan segura, y que la fecha reguladora debía ser la de la pasión. En los días de los milleritas y los pioneros adventistas no se contaba con todos los datos históricos que tenemos hoy. Por consiguiente, es normal que tanto ellos como E. de White hubiesen puesto énfasis en la fecha de la pasión, teniendo en cuenta que Dan 9:24 declaraba que su cumplimiento iba a sellar, afirmar de manera inamovible, la profecía de las 70 semanas y la de los 2300 días.
 
e) Documentos de la era seléucida y de la Mishnah confirman el sistema de cómputo otoñal judío y bíblico para los reyes hebreos y extranjeros.
 
Datos bíblicos y astronómicos adicionales
 
a) El relato de la partida. El relato de Esdras es más completo. Nos informa que llegaron de Babilonia junto al río que conducía a Ahava, donde permanecieron tres días (Esd 8:15). El día 12 del primer mes reiniciaron la marcha hacia Jerusalén. Si se hubiese tratado del año 458 AC, astronómicamente esa información que nos da Esdras nos llevaría a fechar el momento de su partida de Ahava para el 7/8 de abril (de la puesta del sol del viernes a la puesta del sol del sábado). Esto es inverosímil, porque significaría que habrían reiniciado el viaje en sábado.  Esdras era conocido como siendo celoso por la ley (Esd 7:6,10). Nehemías también, poco más tarde, iba a tomar medidas severas contra los que llevasen cargas en sábado (Neh 13:15ss). A menos que se hubiese tratado del año 457 AC, Esdras hubiera aparecido con un relato que violaba el sábado, ya que fueron cargados de plata y oro, además de otros utensilios que llevaron (Esd 8:33-34).
 
Si requerimos la información astronómica para el año 457 AC, suponiendo que en ese año agregaron un décimotercer mes, encontramos que Nisán 1 que marca el punto de partida de Babilonia corresponde a Abril 25/26, un viernes de puesta de sol del jueves a puesta de sol del viernes. El relato dice que luego de llegar reposaron por tres días, lo que concuerda con el día en que habrían llegado (véase Juan 2:19; Mat 12:40; Luc 11:30; cf. Jon 2:1). Al llegar a las márgenes del río ese mismo viernes, descansaron el sábado en un proceso que involucraba al día de preparación para el sábado (Juan 19:31), el sábado mismo y la mañana del domingo (véase también Lev 25:21, en relación con el impacto del año sabático que se extendía por tres años).
 
b) El relato de la llegada a Jerusalén
 
¿Por qué debemos suponer que en el año 457 AC debió agregarse, al concluir el invierno, un décimotercer mes, haciendo que en ese año, el primer mes de primavera cayese en abril, y el séptimo de otoño en octubre? Porque de lo contrario, astronómicamente hablando, hubieran tenido que pesar la plata, el oro y los demás utensilios en Jerusalén el 27 de julio, en un día de sábado (Esd 8:32-34).
 
En este respecto, nuestro hermano brasileño corrige a Horn y al Comentario Bíblico Adventista como adoptando una fecha ligeramente diferente que no puede mantenerse desde la perspectiva astronómica. Astronómicamente también, afirma Juarez Rodríguez de Oliveira, el año 1844 es compatible con el año 457 AC, lo que supone también el requerimiento de un mes adicional para la conclusión de los 2300 días-años. Igualmente compatible es ese año con el 31 DC, fecha de la pasión, el que por el relato de los evangelios mismos y por confirmación astronómica, requiere un mes adicional también. El cuadro sería octubre (457 AC), abril (31 DC) y octubre (1844 DC).
 
Los documentos babilónicos y los de los judíos de Elefantina que registran un segundo Adar prueban también que, en años compatibles metónicamente con el 457 AC  (por ciclos de 19 años en donde la posición de la luna en torno a la tierra y la tierra en torno al sol recobran su lugar o tiempo original), debieron agregar un décimotercer mes. Aunque los años 457 AC y 31 AC se corresponden metódicamente, debemos recordar que dentro de los 19 años había varios años que requerían otro décimotercer mes. Esto es lo que ocurre, según los datos astronómicos, con el año 1844 que requería un mes adicional. Este aspecto será conveniente guardar en mente para cuando lleguemos a la discusión de la última fecha, el fin de los 2300 días-años. (Para los que quieran encontrar referencias astronómicas de los años y sus relaciones con la luna, la tierra y el sol, pueden verificar no solamente los cuadros que ofrece de Oliveira en su libro, sino también las páginas de Internet que refiere).
 
Conclusión
 
Dan 9:25 suministra los datos históricos que debían darse para comenzar a fechar los 2300 días-años y las 70 semanas de años de las profecías de Dan 8 y 9. “Desde que salga la orden [entre en vigencia el decreto] de restaurar y reedificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe...” Esd 7:13 refiere el “decreto” u orden que emitió el rey. Esdras fue comisionado por el rey para promulgar su decreto, razón por la cual tal decreto no se registró o no quedó referencia al mismo en la corte persa. Ese decreto lo “entregó” o hizo oficialmente público Esdras luego de llegar a Jerusalén y celebrar la fiesta de las trompetas al comenzar el otoño (Tishri 1), o luego del Día de la Expiación (Tishri 10) (Esd 8:35-36). Fue entonces que el decreto correspondiente a la restauración y reconstrucción de Jerusalén entró en vigencia.
 
¿En qué año ocurrió todo esto? En el séptimo año del rey Artajerjes, esto es, en el año 457 AC. ¿Cómo podemos estar seguros de esa fecha? Porque todos los años del reinado de Artajerjes están claramente confirmados por las tabletas babilónicas y persas que se han encontrado, de acuerdo al calendario de primavera que usaron esos dos reinos. Siendo que la referencia al séptimo año de ese rey persa la dio Esdras, debemos convertir esas fechas al calendario judío. Tanto los testimonios bíblicos anteriores al cautiverio babilónico como los posteriores son unánimes en contabilizar los años de los reyes judíos y paganos según un calendario otoñal. Fuentes extrabíblicas como los papiros de Elefantina confirman esa datación bíblica mantenida por los judíos que vivían aún en medio de una cultura egipcia y persa.
 
Fuera de este punto que no puede ponerse más en discusión está el saber en qué momento murió Jerjes, el padre de Artajerjes. Según el calendario egipcio usado en los papiros de Elefantina, Jerjes murió antes del 17 de diciembre (Toth 1) del año 465 AC, de lo contrario, los egipcios hubieran comenzado a fechar sus documentos en su año 22, lo que no ocurrió (en este punto, de Oliveira corrige a W. Shea). Si Jerjes hubiera muerto antes de Tishri 1 (18 de octubre), los escribas de Elefantina no hubieran comenzado a contabilizar desde entonces su año 21, como realmente lo hicieron.
 
El papiro AP 6, fechado en el 2/3 de Enero del 464 AC, dice claramente “año 21” de Jerjes y “comienzo de reino (o año ascensional)” de Artajerjes. La frase r’s mlkwt’, “comienzo de reino”, es el equivalente arameo exacto de la fórmula de año ascensional acadia res sarruti, que designa el tiempo que precede al comienzo del primer año entero de reinado. Para el año primero el arameo usa otra fórmula, según se ve en los mismos papiros de Elefantina (véase documentación en S. Horn, Chronology of Ezra 7, 137). De manera que los papiros de Elefantina nos confirman que luego de la muerte de su padre Jerjes, los judíos contaron un año ascensional de Artajerjes que debía llegar hasta el otoño (Tishri 1) del año 464 AC para comenzar a contar los años de su reinado.
 
Las demás referencias históricas fechadas por Esdras pueden ser rastreadas también astronómicamente. De acuerdo a tales referencias, los judíos deben haber agregado en ese año un décimotercer mes antes de comenzar la primavera. De no escoger el año 457 AC como el punto de partida y de llegada del viaje de Esdras de Babilonia a Jerusalén, y preferir como lo hacen muchos críticos el año 458, Esdras y sus acompañantes hubieran transgredido el sábado. De manera que histórica, arqueológica, bíblica y astronómicamente, la fecha de octubre del año 457 AC para el comienzo de las dos profecías que estamos estudiando de Dan 8 y 9, no puede ser negada.
 
Aunque podemos agradecerle a nuestro hermano brasileño de Oliveira por la información mejor documentada que nos ofrece en algunos respectos, y su aguda crítica a algunas posturas historicistas y no historicistas más recientes, su esfuerzo por relativizar esa fecha desde la perspectiva histórica con la idea de que es mejor defendible desde la perspectiva de la llegada (la pasión de Cristo en el año 31 en la mitad de la última semana profética), es exagerado e innecesario. Las evidencias son sólidas, bien documentadas e irrefutables. El lenguaje científico usado por Siegfried Horn no debe ser interpretado como revelando falta de seguridad, o cierta incertidumbre referente a los datos que tenemos. Sólo alguien no acostumbrado a ese lenguaje científico que usa la duda metódica como medio de llegar a certidumbres o, en el lenguaje de Descartes, a conclusiones “indubitables”, puede deducir de tales expresiones cierta relatividad en los argumentos presentados.
 
También estoy de acuerdo con de Oliveira en que el comienzo de las 70 semanas y los 2300 días de la profecía no se dio al partir Esdras de Babilonia, ni apenas llegado a Palestina como algunos teólogos nuestros lo sugieren, sino luego que festejaron una de las dos primeras fiestas de otoño. Esdras dio a conocer el decreto a los gobernadores del otro lado del río después que celebraron la primera fiesta de otoño, la de las trompetas, o a lo sumo, luego de concluido el Día de la Expiación diez días más tarde. No fue antes de ese momento que los gobernadores de alrededor se dispusieron a obedecer el decreto. Por consiguiente, el lenguaje utilizado por E. de White es más apropiado. La puesta en marcha del decreto que autorizase la restauración y reconstrucción de Jerusalén debe datárselo en el otoño del año 457 AC, lo que en términos históricos corresponde al octavo año del rey Artajerjes.
 
Si la exposición de la cronología bíblica e histórica que ofrecieron los milleritas en la primera mitad del S. XIX no pudo ser rebatida desde la perspectiva científica por el mundo sapiente de entonces, ¿cuánto menos podrán destruir hoy la fecha a la que ellos legaron, sin duda guiados por Dios, con toda la documentación adicional y más precisa que tenemos nosotros?
 
El texto del rey Artajerjes es significativo, porque invita a ir con Esdras a todos los que quisieran cumplir con la ley del Dios de Israel (Esd 7:11-26). En otras palabras, la misión de Esdras tenía que ver con la restauración de la ley del Eterno que por desobedecerla—según la oración intercesora de Daniel—el pueblo de Israel había sido deportado y su templo y su ciudad destruidos (Dan 9:4-19). La respuesta del ángel Gabriel a Daniel sobre la restauración de Jerusalén, tiene que ver con la puesta en marcha de su aparato legal o jurídico que había sido destruido por la rebelión de su pueblo. Se ha hecho notar también que luego del decreto arameo del rey Artajerjes, Esdras comienza a escribir en Hebreo, dando a entender que la restauración comenzó.
 
Las primeras siete semana de años
 
¿Cómo serían los tiempos en los que se reconstruirían la plaza y la muralla durante las primeras 7 semanas o 49 años? (Dan 9:25úp). ¿Quién debió intervenir para evitar que el príncipe de este mundo impidiese el regreso y la reconstrucción del templo y de Jerusalén? (Dan 10:1,13,20).
 
La manera en que Daniel señala las “siete semanas y sesenta y dos semanas” es típica de la manera de sistematizar la cuenta de los israelitas, en este caso, para resaltar espacios semanales destacando el siete. Toda la ley relativa a las fiestas judías y los años sabáticos están enmarcados en una sistematización de sacrificios y ritos que resalta al número siete. Un esfuerzo semejante de sistematización en el Nuevo Testamento, que destaca múltiplos de siete, se lo ve en la manera en que Mateo refirió la genealogía de Jesús en períodos de 14 generaciones. Su genealogía se adapta, de esta manera, a esa manera de contar sistematizada típica hebrea, abarcando el período patriarcal (14 generaciones), real (14 generaciones), y post-exílico hasta la primera venida del Señor (14 generaciones) (Mat 1:17). En el caso de Daniel, 7 más 62 conducirían también, en el cómputo hasta el Mesías Príncipe (Dan 9:25). También el Apocalipsis refiere siete períodos de tiempo que abarcan toda la extensión del cristianismo desde la primera venida de Cristo hasta la segunda.
 
El contexto de las primeras siete semanas de años parece sugerir también que tendrían que ver con la reedificación de “la plaza y la muralla en tiempos angustiosos” (Dan 9:25úp). Aunque sabemos que la reconstrucción de Jerusalén se dió bajo enconada oposición y peligros, no tenemos fechas históricas definidas que marquen el final de esa situación. Para la reconstrucción del templo, anterior a la reconstrucción de Jerusalén, hubo también problemas de oposición. Posteriormente los repatriados judíos tuvieron situaciones conflictivas también con los monarcas de los siguientes imperios.
 
En los libros históricos de Esdras y de Nehemías, vemos que el obstáculo para construir el templo y la ciudad de Jerusalén no siempre provino de los reyes persas, sino también de los gobernadores que habitaban en las comarcas circundantes, en especial de los samaritanos. Esos opositores locales escribían cartas a los reyes persas para tratar de disuadirlos en su apoyo a la obra de reconstrucción que se llevaba a cabo en Jerusalén (Esd 4-5). En esas cartas resaltaban la historia más negativa de los judíos que se rebelaron contra los reyes caldeos en lo pasado, justificando la opresión y destrucción de la cual fueron objeto los judíos. Advertían, en base a esos hechos, sobre el peligro que implicaba para el rey medo-persa la autorización de reconstruir su templo y su ciudad.
 
Cuando esto no dio resultados por que Dios, mediante sus profetas, alentaba a los judíos (Esd 5:1-2), e intervenía mediante sus ángeles en las cortes medo-persas (Dan 10:13,20), los samaritanos, amonitas y árabes comenzaron a burlarse y a complotarse para atacar a los que construían la ciudad, y matarlos (Neh 2:10,19-20; 4; 6). Los samaritanos provenían de los que habían quedado de las diez tribus de Israel pero se habían mezclado con pueblos extranjeros que Asiria introdujo en Palestina para hacerles perder su identidad (2 Rey 17). Los amonitas provenían de un hijo de Lot, sobrino de Abraham. Y los árabes de Ismael, hijo de Abraham también. Los peores enemigos de los judíos, por consiguiente, eran pueblos emparentados con el pueblo de Dios, pero a quienes Dios nunca identificó como su pueblo. Como hijos o parientes de Abraham, el padre de los judíos, creían tener los mismos derechos sobre la tierra que Dios había prometido a Abraham, y ser los auténticos herederos de la revelación divina. Los judíos—pensaban ellos—habían sido descartados por Dios al llevarlos cautivos a Babilonia, y no debía permitírseles agruparse otra vez en su ciudad destruida.
 
Para evitar ser aniquilados, los judíos que vivían fuera de las murallas avisaban a los trabajadores cuando veían acercarse a estos pueblos enemigos, con suficiente tiempo como para que los constructores pudiesen juntarse y protegerse (Neh 4:12,16-18,20-23). Finalmente intentaron acabar con Nehemías tendiéndole una celada. Lo invitaron a reunirse con ellos, cinco veces y de diferentes maneras, pero Nehemías les mandó decir siempre lo mismo:  “Estoy realizando una gran obra, y no puedo ir;  porque la obra cesaría si la dejara para ir a vosotros” (Neh 6:3). Una actitud semejante adoptaron los repatriados en Jerusalén luego, ante el pedido de los judíos de Elefantina que solicitaron autorización para reconstruir un templo en esa isla del Nilo. No les respondieron, y buscaron de esa manera no enredarse en los problemas de aquellos que se habían alejado de los mandamientos de Dios.
 
Esto me hace recordar una leyenda árabe. Dos árabes se dirigieron hacia la Meca para adorar a su Dios. Uno llegó y al volver, encontró a mitad de camino a su compañero. A ambos les habían salido perros a ladrar. Mientras que uno no les hizo caso ni se detuvo y logró su objetivo, el otro se enredó tirándoles piedras y peleándose con ellos. Aunque puede requerirse a veces que respondamos ante falsas acusaciones, calumnias y todo tipo de improperios, para aclarar malos entendidos, a menudo es más sabio hacer como hicieron Nehemías y sus colaboradores más allegados. Tiene que ver con lo que los franceses llaman la política de la bicicleta. Agachar la cabeza y el lomo y seguir pedaleando por debajo.
 
Todo tipo de estratagema inventaron para atemorizar a Nehemías y a los que construían con él, pero sin que se dejaran engañar ni perdieran ánimo (Neh 6). “Así, el 23 de elud (septiembre), la muralla quedó terminada en 52 días. Cuando lo oyeron nuestros enemigos, temieron todas las naciones vecinas, se abatió su ánimo y reconocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra” (v. 15-16).
 
¡Qué noble ejemplo el de Nehemías, para nosotros que vivimos en la época en la que deben restablecerse en todo el mundo las verdades de antiguas generaciones, en especial la que toca a la restauración de los mandamientos de Dios! (véase Isa 58:12-14). No podemos unirnos con quienes nos invitan a unirse en otra obra diferente, ni aceptar la intromisión de quienes no tienen nuestra visión para completar la obra que el Señor nos dio. Nada debe distraernos de completar la tarea que se nos asignó para esta época. Ni tampoco podemos hacer depender en todo nuestro ministerio del ministerio diferente que Dios dio a otros. No debemos permitirle a nadie que nos haga renunciar al ministerio que el Señor nos dio, ni dejarnos amilanar por la falta de comprensión de otros a quienes Dios les dio otro ministerio, pero no el nuestro.
 
La lucha espiritual
 
Daniel captó en grandes rasgos y anticipadamente esta situación de emergencia, al recibir del ángel Gabriel una vislumbre de lo que su pueblo iba a padecer mientras reedificaba las ruinas antiguas. El ángel vuelve a decirle que en el cielo él es “muy amado” porque se afana por entender la visión divina, y se angustia ante la oposición que ve en los reyes de sus días que no quieren permitir el regreso de los cautivos.
 
“En el tercer año de Ciro rey de Persia, fue revelada Palabra a Daniel... La Palabra era verdadera, y el conflicto grande. El prestó atención y entendió la visión. En aquellos días, yo, Daniel, estuve triste durante tres semanas. No comí alimento delicado, ni entró carne ni vino en mi boca, ni me ungí, hasta que se cumplieron tres semanas enteras” (Dan 10:1-3).
 
“Y Gabriel me dijo:  ‘Daniel, varón muy amado, atiende las palabras que te hablaré. Levántate sobre tus pies, porque he sido enviado a ti... No temas. Desde el primer día que aplicaste tu corazón a entender, y a humillarte ante tu Dios, fueron oídas tus palabras, y a causa de ellas yo he venido. Pero el príncipe del reino de Persia se puso contra mí 21 días. Entonces, Miguel, uno de los principales príncipes, vino en mi ayuda, y yo quedé allí con los reyes de Persia... ¿Sabes por qué he venido a ti? Porque tengo que volver a combatir al príncipe de los persas. Y cuando yo me vaya, vendrá el príncipe de Grecia... Ninguno me ayuda contra ellos, sino Miguel, vuestro Príncipe” (Dan 10:11-13,20-21).
 
Estos pasajes nos muestran que, aunque Dios anuncia de antemano lo que va a hacer, e interpone fechas para afirmar la fe de su pueblo en sus promesas, se da una lucha que sobrepasa el marco terrenal. La batalla real se lleva a cabo en la esfera espiritual. Siendo que Dios respeta el libre albedrío, el diablo procura ejercer su influencia opositora en las mentes de los príncipes de este mundo para que no cumplan con el designio divino. A veces la batalla es grande, como se ve en estos pasajes. Pero Dios envía ángeles poderosos ante los cuales los ángeles de las tinieblas no tienen poder. Miguel es uno de esos mensajeros espirituales, mejor aún, el principal, ya que es el Príncipe por excelencia del pueblo de Dios. Su nombre prueba que es un ser comparable a Dios:  “¿Quién como Dios?”. Así como Emanuel, “Dios con nosotros”.
 
La lucha inicial que Miguel entabla con los príncipes de este mundo para que cumplan los designios favorables de Dios para con su pueblo Israel, abarca en Dan 10 todo el tiempo de ingerencia medo-persa sobre el pueblo de Dios. Esto se ve también en el hecho de que la actuación de Miguel en favor de Israel iba a extenderse al período de dominio del siguiente imperio, el de Grecia. Si tomamos en cuenta todas las visiones de Daniel, vemos que el Príncipe celestial está con su pueblo aún más adelante, “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat 28:20).
 
Aunque no lo sepamos, ángeles del bien y del mal luchan por apoderarse del control de la mente humana. Ejerciendo el poder de la voluntad humana que Dios ha libertado mediante su redención en la cruz, podemos ponernos bajo la influencia de los ángeles más poderosos de Dios para no caer en tentación. “Resistid al diablo, y huirá de vosotros”, dijo Santiago (4:7; véase 1 Ped 5:9). Si nos vestimos con toda la armadura espiritual que el Señor nos ofrece (Ef 6:10-18), podremos vencer sobre toda potestad de las tinieblas, espiritual o terrenal, que se atreva a interponerse entre nosotros y nuestro Dios.
 
La última semana
 
La última semana profética de años está partida en el medio por el evento más significativo de toda la cronología profética. A quienes les correspondió decir “Ich bin schon da”, al comenzar esa semana, fueron al Señor y a los apóstoles. Partiendo del año 457 AC, más definidamente en el otoño de ese año, el Señor debió haber comenzado su ministerio público también en el otoño del año 27, luego de ser bautizado, diciendo:  “El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. ¡Arrepentíos, y creed las buenas nuevas” (Mar 1:15). Más tarde Pablo iba a escribir a los gálatas diciéndoles:  “Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gál 4:4).
 
Esa última semana debía comenzar teniendo como protagonista al Mesías (Dan 9:25). La expresión “hasta el Mesías Príncipe”, significa que, a partir de ese momento, el Mesías comenzaría su obra, su misión. El título que se le refiere es el de “Príncipe Ungido” o “Cristo Príncipe”, ya que Cristo es el término griego equivalente a Mesías en hebreo, y “Ungido” en castellano. A diferencia de los títulos conferidos al personaje central del libro de Daniel, la palabra “Príncipe” usada en hebreo aquí es nagîd, un término que nunca se usó en la Biblia para un personaje celestial. Mientras que en los demás casos, el príncipe del pueblo de Dios es reconocido como sar, “príncipe”, que en algunos pasajes se refiere al verdadero príncipe de Israel, identificándolo con su misión celestial (Dan 8:11; 10:21; 12:1; cf. Jos 5:14-15);  por el término nagîd se destaca su misión terrenal al punto de señalar la prueba más contundente de su humanidad, su muerte (Dan 9:26).
 
El pasaje no refiere, en un primer momento, el momento exacto en que moriría el “Príncipe” a venir. Simplemente dice que su muerte tendría lugar “después” de las 7 más 62 semanas. Resulta obvio que su muerte no debía tener lugar antes de cumplir su misión que se iniciaría al comenzar esa última semana profética. Dice también el pasaje que ese “Mesías Príncipe” no se suicidaría, sino que le quitarían la vida (Dan 9:26). El hecho de que su misión principal en la tierra iba a estar ligada a su muerte, y que nadie podría quitársela sin su consentimiento (Juan 10:17-18), no debía interpretársela como una autoincineración, típica de las religiones orientales en momentos de crisis. El hecho de que moriría en cumplimiento de lo que el concejo celestial había determinado de antemano (Hech 4:28), no disminuiría la inculpación de quienes asumirían la responsabilidad de su muerte. Esa inculpación caería primeramente sobre los dirigentes de la nación judía que lo entregaron a los romanos (Mat 27:25; Hech 5:28; véase 23:35; 21:40-41,43; Hech 28:28), y en última instancia, a toda la humanidad rebelde que habría de negarlo rechazando su evangelio de salvación (Rom 3:9; Heb 10:29).
 
La muerte del Mesías Príncipe prometido se daría a la mitad de esa última semana profética, y estaría vinculada al sacrificio típico de animales limpios que debían morir en expiación por el pecado (Dan 9:27). Con el rasgamiento del velo de arriba a abajo, la Deidad demostró su rechazo por ese sistema de culto antiguo (Mat 27:51; Heb 10:19-22). Aunque por un corto tiempo, los sacerdotes judíos continuasen con el sistema de sacrificios de animales, su suerte estaría sellada con la muerte de Aquel a quien todos los sacrificios señalaban. Toda ministración sacerdotal terrenal antigua caducaría. Es en este sentido que debe entenderse la declaración:  “hará cesar el sacrificio y la ofrenda” (Dan 9:27; véase Heb 8:13; 9:9-10; 10:8-10). En cuanto a la concretización material de esa anulación divina de los servicios del templo de Jerusalén que ya había perdido vigencia con la muerte del Señor, tendría lugar más tarde, sin fecha definida, con el advenir de los asolamientos romanos (Dan 9:27; Mat 24:15).
 
El año 27
 
Varios pasajes del Nuevo Testamento, acompañados de otros datos históricos ofrecidos por el historiador Josefo y otras fuentes, nos permiten ubicarnos en relación con los eventos más importantes que tuvieron lugar en esa semana final de las 70 anunciadas por Daniel. Uno de ellos es el de Juan 2:20, que tuvo lugar poco antes de la celebración de la primera pascua después que Jesús fue bautizado.
 
a) Juan 2:20
 
Jesús purificó el templo expulsando a los que comerciaban en él, dando a enteder que él era el verdadero representante de la casa de Dios. Sólo uno como Moisés podía tener autoridad para obrar así (véase Núm 16:28-35). Los discípulos recordaron un salmo de David, y entendieron que estaba obrando como un segundo David (Juan 2:17; cf. Sal 69:10). Pero más que Moisés y David, entendieron después que había venido como la “gloria” o shekinah que había descendido en la antiguedad sobre el antiguo tabernáculo del desierto, ya no más escondida en una nube, sino cubierta en la carne humana (Juan 1:1,9,14; véase DTG, 130ss, CS, 26-27).
 
Así como la gloria divina fulguró entonces de entre la nube ejerciendo el juicio divino y causando temor en los transgresores, así también la primera intervención de Jesús en el templo de Jerusalén tuvo como propósito representar el juicio que caerá sobre los que traspasan la ley de Dios (DTG, 134). A todas luces, el Mesías Príncipe prometido había comenzado su ministerio público (DTG, 132), lo que desembocó en una discusión acerca de la autoridad de Jesús para obrar así en el templo del Señor, imponiéndose sobre todos los que allí oficiaban. ¿Qué más señal necesitaban que la que les dio expulsándolos por su sola presencia, algo imposible a menos que la divinidad no hubiese fulgurado sobre su humanidad, y la autoridad divina no se hubiese manifestado? Por lo cual Jesús les refirió la señal de su muerte y resurrección futuras, usando la figura del templo sobre el que acababa de revelarse como futuro Juez. “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19). Replicaron los judíos: ‘En 46 años fue reedificado este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días?’” (Juan 2:20).
 
El segundo templo construido bajo los auspicios de Zorobabel fue inaugurado en el año 516 AC. En los días de Jesús, sin embargo, se lo conocía como “templo de Herodes” porque ese rey había embellecido no sólo la ciudad, sino también el templo con enormes piedras de mármol que hizo traer, incluso, de Roma mismo. Por tal razón ese templo volvió a ser inaugurado, aunque sin contar tampoco, hasta el momento en que apareció el Señor para limpiarlo de sus traficantes, con la gloria de Dios en su interior.
 
El historiador judío llamado Josefo, escribiendo después de la destrucción de Jerusalén, declaró que Herodes comenzó a construir el templo “en el año 18 de su reino” (Ant. 15:11.1), corrigiendo aparentemente, una declaración anterior suya de haberlo comenzado en el año 15 de su reino. Herodes no quiso comenzar la reconstrucción hasta no tener todo preparado. También nos informa Josefo que su construcción duró un año y medio (Ant 15:11.6), aunque “por más de cuarenta años” se continuó embelleciéndolo con diferentes artes arquitectónicos (CS, 27).
 
Lamentablemente nuestra fuente principal para saber cuándo comenzó esa reconstrucción y se dio su inauguración, es Josefo quien no había nacido entonces y cometió errores históricos, como ya vimos. A esto se suma la dificultad para saber qué calendario usó ese historiador, y si tuvo en cuenta algún año ascensional en relación con los años de reinado de Herodes, lo que ha producido en tiempos modernos una considerable discusión. Tomando como referencia las declaraciones de Josefo, más los antecedentes de la construcción del templo de Salomón (1 Rey 6:1), y la reconstrucción por Zorobabel (Esd 3:8), se ha deducido que la reconstrucción del templo de Herodes comenzó en la primavera del 19 AC, y su inaguración tuvo lugar en el otoño del 18 AC. Si sumamos 46 años desde el momento en que comenzó a reconstruirse el templo de Herodes, llegamos al año 28 DC., al comenzar la primavera, cerca de la Pascua, cuando Jesús limpió el templo del comercio ilícito que se había desarrollado allí.
 
No olvidemos que entre los años AC y los años DC no existe en la historia un año 0 y que, por lo tanto, la cantidad de años no se la obtiene sumando 19 más 28, lo que daría 47, sino quitándole un número a esa cifra, lo que da 46 años. Esto se debe a que el año 1 AC se sigue por el año 1 DC. Pongamos como ejemplo el siguiente gráfico pequeño.
 
2AC____1AC____1DC____2DC ¿Cuántos años pasaron entre el 2 AC y el 2 DC? No cuatro años, sino tres años.
 
b) Luc 3:23
 
En la historia de Domingo Faustino Sarmiento—un prócer argentino de mediados del S. XIX que fue embajador en los EE.UU. y finalmente presidente de Argentina—hay una anécdota interesante. La vida de Sarmiento está ligada en Argentina a la educación. Nacido en la para entonces y aún hoy humilde provincia de San Juan, se esforzó por estudiar y aprender cuando las posibilidades eran pocas. En un pueblito aún pequeño e insignificante de la provincia de San Luis, cerca de San Juan, llamado San Francisco del Monte de Oro, levantó cierto tiempo después una escuelita de barro que aún se conserva en pie como monumento histórico. (Allí comencé mi primer verano de colportaje cuando estaba para cumplir 18 años, es decir, casi en la época de Sarmiento...). Sus alumnos provenían de todas las edades, y su enseñanza era la de leer y escribir. Un día, uno de los adultos, al verlo obrar con tanta autoridad siendo tan joven, le preguntó por su edad. Rápido como siempre lo fue para responder, replicó:  “Tengo 14 años, y hace dos que soy hombre”.
 
“Entre los judíos, el año duodécimo era la línea de demarcación entre la niñez y la adolescencia. Al cumplir ese año, el niño hebreo era llamado hijo de la ley y también hijo de Dios” (DTG, 56). Los 30 años marcaban, sin embargo, la edad en que un judío llegaba a su madurez como adulto, y era aceptado como en plenas facultades para ejercer su ministerio público. Por tal razón, tanto el ministerio de Juan el Bautista, mayor en seis meses en relación con Jesús (Luc 1:36), como el ministerio de Jesús, debía esperarse en principio hasta que cumpliesen los 30 años.
 
“Cuando Jesús comenzó su ministerio tenía unos 30 años” (Luc 3:23). Si Lucas no se expresó en forma categórica sobre la edad exacta, es porque sabía que había diferentes maneras de contar y en relación con calendarios diferentes. “En los tumultos y cambios de 30 años” desde que Zacarías había profetizado “que su hijo sería el heraldo del Mesías”, pocos recordaban lo que había pasado entonces (DTG, 107). Las ilustraciones que dio Juan en su mensaje a la nación judía reflejan la estación del año en que comenzó su ministerio, en torno a la Pascua que iniciaba la cosecha de la cebada y a la que seguía la cosecha del trigo (Mat 3:7,12; Luc 3:15-18). Seis meses más tarde debía comenzar su ministerio Jesús, quien se dirigió con tal propósito hacia aquel que debía prepararle el camino, según las profecías de Isaías. No bien fue bautizado, y luego de los 40 días que pasó en el desierto, Jesús dio a entender a su madre en las bodas de Caná, con el mismo respeto de hijo amante que le había manifestado “durante 30 años”, que los derechos de Dios superan aún al del parentezco (DTG, 120).
 
El problema que tenemos aquí también, tiene que ver con la fecha en que Jesús habría nacido. Los historiadores hoy están divididos en relación con la fecha exacta. Los hay quienes dan la fecha del 6 AC, y lo más que podemos afirmar es que no ocurrió después del 4 AC., lo que nos lleva de nuevo al año 27 de nuestra era. La fuente mayor de información, en relación con su nacimiento, es otra vez el historiador Josefo, quien incluyó en su referencia histórica un eclipse de luna que tuvo lugar poco antes que muriese Herodes. Astronómicamente, hoy se puede saber que tal eclipse tuvo lugar el 12/13 de marzo del 4 AC. Los evangelios cuentan que Herodes murió poco después que Jesús nació (Mat 2:1-38; Luc 2:1-7), y Jesús nació también en torno a esa época del año, como lo prueba el hecho de que los pastores estaban a media noche en pleno campo (Luc 2:8).
 
Sin embargo, no se nos dice cuántos meses transcurrieron entre ese eclipse y aún entre la Pascua que se celebró antes de la muerte de Herodes, y la muerte misma de Herodes. Hubo un eclipse de luna también en el 3 AC que, aunque no fue visible en Jerusalén, puede haber sido usado como referencia por los astrónomos caldeos que desde la Mesopotamia pudieron verlo. Por lo cual las evidencias parecen apuntar en la dirección del 3 AC como el año en que murió Herodes. Todos estos datos históricos nos llevan de nuevo, en forma general, al año 27 DC como el año en que Jesús inició su ministerio.
 
c) Luc 3:1-3
 
De los cuatro evangelistas, Lucas es el que más se preocupó por fundamentar históricamente los hechos más importantes de la historia de Cristo (Luc 1:1-4). Los datos cronológicos más precisos se encuentran en su evangelio, en especial el que refiere el comienzo del ministerio de Juan el Bautista (Luc 3:1-3). En relación con ese hecho tan importante, Lucas puso como referencia histórica los años de reinado de varios personajes. Los dos nombres más significativos de la lista que da son Tiberio César y Pilato. Considerémoslos por separado.
 
Tiberio César
 
Juan el Bautista recibió el llamado del Señor para comenzar su ministerio en el desierto “en el año quince del gobierno de Tiberio César” (Luc 3:1-2). Ese emperador comenzó a reinar en el año 12 DC, en corregencia con el emperador Augusto, por decreto del Senado Romano y en ratificación del pedido del emperador Augusto que murió dos años después. Siendo que la referencia la da Lucas, la discusión se centra en la forma de contar que habría tenido el evangelista, si de acuerdo al método romano o al tradicional judío que adoptaron también los sirios desde la época seléucida, esto es, de otoño a otoño.
 
Los romanos solían contar los años de reinado desde el momento en que el emperador reinaba solo, no desde que era nombrado corregente (emperador conjuntamente con el que cede algunas de sus funciones vitalicias aún en vida). Si tomamos ese hecho como referencia, Tiberio César habría comenzado a reinar el 14 DC, y no el 12 cuando fue nombrado corregente. Esto nos llevaría al año 28-29 DC para su décimoquinto año de reinado, lo que haría a Jesús dos años más viejo de lo que Lucas dice (tomando como referencia el año 4 AC), o requeriría que hubiese nacido dos años más tarde (en el 2 AC), lo que tampoco coincide con los datos que dio Lucas sobre su nacimiento en época de Herodes (quien para el año 2 AC ya había muerto).
 
Siendo que Lucas vivió, fue educado y escribió en el oriente, debe haber usado el método de computar los años de los reyes que se usaba en toda Palestina, incluyendo a Siria. Por otro lado, los historiadores romanos Suetonio y Tácito refirieron la ley que los cónsules romanos decretaron luego de que Tiberio César volvió victorioso de su campaña militar en la región bárbara de Alemania y Panonia, precisando que Tiberio César debía gobernar las provincias conjuntamente con Augusto y tener un censo con él”. Tácito llega a describir a Tiberio como “collega imperii”, confirmando que algunos lo consideraron co-emperador desde esa época.
 
Teniendo en cuenta estos hechos, más el sistema de cómputo otoñal palestino judío y sirio que debe haber usado Lucas, podemos afirmar que el decimoquinto año de Tiberio César se habría dado entre el otoño del 26 DC al otoño del 27 DC., más definidamente aún con la ayuda de la astronomía y teniendo en cuento los meses bisiestos, entre el 01/02 de octubre de 26 DC al 20/21 de septiembre de 27 DC. (Juárez Rodríguez de Oliveira, 44). Juan el Bautista, según la información histórica dada por Lucas, habría comenzado su labor precursora en la primavera del 27 DC., y Jesús habría sido bautizado en el otoño de ese mismo año.
 
 

Continúa...

 
 

6 T A.    P A R T E

 
     
 

Cortesía de: http://www.tagnet.org/distinctivemessages