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Introducción
En Apocalipsis 18 se resaltan las lamentaciones de los dependes de
Babilonia la Grande, aquí en el cap. 19 se destacan las alabanzas de los
redimidos y las inteligencias celestiales. Este capítulo destaca también
el destino final de los seres humanos bajo la figura de dos cenas: “la
cena de las bodas del cordero” (vers. 9) en la que participarán todos
los salvados y “la gran cena de Dios”, en la que se comerán – según el
lenguaje simbólico – “carnes de reyes y de capitanes, de fuertes, carnes
de caballos y de sus jinetes, y carnes de todos, libres y esclavos,
pequeños y grandes” (vers. 17-18). Esta vida es la oportunidad que el
Cielo nos da para elegir con quién vamos a cenar en el último gran día,
si con Cristo o con el enemigo de toda justicia.
Bien podemos dividir este capítulo en dos partes. La primera (vers.
1-10) se centra en las alabanzas que se elevan a Dios por sus salvación
y la cena del cordero. La segunda parte (vers. 11-21), se centra en la
segunda venida de Cristo a esta tierra como Rey de reyes y la cena de
las aves. Se observa que la visión del “Armagedón de Apoc. 19 constituye
tanto la expansión final de Apocalipsis 16 al 18 como la introducción a
Apocalipsis 20”.
Veamos ahora el desarrollo de esta interesante visión.
Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía:
¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro;
porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran
ramera que ha, corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado
la sangre de sus siervos de la mano de ella. Otra vez dijeron:
¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos. Y los
veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en
tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían:
¡Amén! ¡Aleluya! Y salió del trono una voz que decía: Alabad a nuestro
Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes (cap.
19:1-5).
Alabanzas en el cielo
Después que Juan fue testigo de las escenas de los caps. 17 y
18 es llevado a ver la acción de la “gran multitud” en el cielo que
alaba a Dios por haberlos salvados. Esta nueva escena le fue presentada
sin interrupción. Se reconoce que la “antífona del capítulo 19:1-7 se
canta en estrecha relación con los acontecimientos que acompañan la
segunda venida de Cristo”.
La Inspiración nos revela que este canto será entonado inmediatamente
después que haya terminado la obra del séptimo ángel, el portador de la
última plaga.
Pero “la atención no se concentra en los redimidos que alaban a Dios por
castigar a los impíos como si el sufrimiento de los impíos les produjera
placer. El Creador no se complace en la muerte de los impíos [Eze.
18:23; 33:11], tampoco las multitudes angélicas del cielo ni los
redimidos. El pasaje señala más allá de los individuos a ‘la gran
ramera’, a todo el sistema del mal y la apostasía que ha corrompido la
tierra”.
Dios es alabado porque “sus juicios son verdaderos y justos, y ha
vengado la sangre de sus siervos de la mano de” Babilonia. Es decir, sus
hechos de juicios en relación con la Gran Babilonia y las plagas que
cayeron sobre ella, es un acto de justicia. Cada una de las virtudes
mencionadas aquí que se le atribuyen a Dios está precedida en el
original por el artículo definido. Bien podríamos traducir este pasaje
de la siguiente manera: “La salvación, la honra, la gloria y el poder…”.
Esto remarca “la plenitud, la suma total de cada atributo”. Si, ¡Dios es
digno de ser alabado por toda la eternidad! Se reconoce que estas
virtudes que se le atribuyen a Dios deberían despertar la alabanza y la
adoración en el corazón humano. “La salvación de Dios debe despertar la
gratitud; la gloria de Dios debe despertar la reverencia; el poder de
Dios es siempre ejercido en amor, y debe por lo tanto despertar la
confianza en nosotros. La gratitud, la reverencia y la confianza son los
tres elementos constitutivos de la verdadera alabanza”.
En Apoc. 12:10 encontramos que las voces celestiales alaban a Dios
porque el gran Acusador fue lanzado fuera del cielo definitivamente, hay
salvación de las garras del dragón. Aquí, en el texto que nos ocupa, la
salvación es de las garras de la moderna Babilonia simbólica. La primera
salvación hace alusión a lo que se logró con el primer advenimiento; la
segunda, señala a lo que “se obtendrá con el segundo advenimiento”.
Esta escena nos recuerda además la visión del trono de Apoc. 4 y 5. Aquí
está los mismos elementos: el “Señor Dios nuestro”, los “veinticuatro
ancianos y los cuatro seres vivientes” postrados en adoración ante el
gran Dios. En Apoc. 4:10-11 leemos: “Los veinticuatro ancianos se
postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive
por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono,
diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder;
porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron
creadas”. De igual manera, en Apoc 5:13 leemos: “Y a todo lo creado que
está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar,
ya todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el
trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder,
por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y
los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al
que vive por los siglos de los siglos”. La similitud es interesante.
Algo más. Se notará que la voz que sale del trono ordena a una clase
particular de persona para que adoren a Dios: “Alabad a nuestro Dios
todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes”. Esto
es importante, pues se reconoce que en el Apocalipsis se denomina
siervos a dos clases de personas. 1) A los santos hombres de Dios, los
profetas (cap. 10:7; 11:18; 22:6); y 2) a los mártires (7:3; 19:2).
“Entonces, esta es la alabanzas de los profetas y de los mártires que
han dado testimonio de Dios con sus voces y con sus vidas”.
La otra clase de personas a quienes se le hace el llamado para adorar a
Dios es a los que temen a Dios, sean grandes o pequeños. Según se ha
observado “esta frase inclusiva abarca ‘a los cristianos de todas las
capacidades intelectuales y categorías sociales, y de todas las etapas
de progreso en la vida de Cristo’ [cf. Apoc. 11:18]”.
En Apoc. 13:16; 19:18 y 20:12 los pequeños y grandes representan a todas
las jerarquías de personas impías que tendrán que hacer frente al juicio
de Dios.
Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas
aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el
Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle
gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha
preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio
y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los
santos. Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son
llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas cosas son
palabras verdaderas de Dios (vers. 6-9).
El canto de la gran multitud
Juan oye una vez más la voz de una gran multitud que parecía
“el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos”. La
expresión “estruendo de muchas aguas” es frecuente en el Apocalipsis (cap.
1:15; 14:2). Del mismo modo, es frecuente la expresión “grandes truenos”
(Apoc. 4:5; 6:1, cf. Job 37:4-5; Sal. 29:3-4). Se observa que en ningún
otro lugar “el estruendo de muchas aguas” (cap. 14:2; 19:6) es más
hermoso que en la isla de Patmos. Ya descubrimos que la palabra “mar” se
menciona 26 veces en el Apocalipsis. Vimos además que “en los días de
Juan el estruendo del océano y el estrépito del trueno eran los sonidos
más fuertes e intensos que conocía el hombre. Su profundidad y majestad
aún no han sido sobrepujados como símbolos de la voz del Creador” (cf.
Eze. 43:2; Dan. 10:6). Juan usa estas impresionantes imágenes para
darnos una grandiosa representación de la majestuosidad de la escena
celestial.
Resulta interesante notar que Juan llama a Dios en este pasaje una vez
más “todopoderoso”, y esto tiene maravillosas implicaciones para su
pueblo remanente. El Apocalipsis es precisamente la revelación de los
sucesos que estarán en estrecha relación con la iglesia de Cristo en
toda su historia, desde los días del profeta hasta el fin mismo del
tiempo. El Apocalipsis es velo descorrido que nos permite mirar lo que
sólo está totalmente expuesto al conocimiento ilimitado de Dios. Los
poderes que se oponen al pueblo de Dios durante toda su historia son
desenmascarados ante la vista del remanente. Nuca tuvo la iglesia de
Cristo tanta posibilidad de perecer, pues nunca fueron tan feroces y
bien organizadas las fuerzas hostiles que lucharon contra ellas. Pero
Dios es el Todopoderoso. Él vive y reina por los siglos de los siglos.
Él tiene el control absoluto del curso de la historia. ¡Él tiene la
última palabra!
La palabra “todopoderoso” significa literalmente “el que controla todas
las cosas”. Y de todas la veces que se usa en el Nuevo Testamento, diez
veces en total, nueve veces aparece en el Apocalipsis (cap. 1:8; 4:8;
11:17; 15:3; 16:7,14; 19:6,15; 21:22). La excepción está en 2 Cor. 6:18,
que a la vez constituye una cita del Antiguo Testamento. Se puede decir
que “todopoderoso” es un “título de Dios que es característico del
Apocalipsis” y recalca la omnipotencia de nuestro Dios. Con razón nos
dice el salmista: “Venid a ver las obras sorprendentes, que Jehovah el
Señor ha hecho en la tierra. Hace cesar las guerras hasta los fines de
la tierra. Quiebra el arco, corta la lanza, y quema los carros en el
fuego. Estad quietos, y conoced que Yo Soy Dios. Exaltado seré entre las
naciones, enaltecido seré en la tierra” (Sal. 46:8-10). Dios no sólo
tiene un conocimiento absoluto de los acontecimientos del futuro, sino
que con su omnipotencia dirige tales asuntos para la ejecución de sus
santos y justos propósitos. “Estad quietos, y conoced que Yo Soy Dios”.
La esposa del Cordero
La imagen de la relación entre esposos como una figura del trato de Dios
con su pueblo es una idea común en los escritos inspirados (Jer. 3:14;
Ose. 2:19; Isa. 54:5; Juan 3:29; Mar. 2:19; Mat. 22:2,10; 25:1). Este es
un tema interesante: el Cordero se va a casar y su esposa es la iglesia
que Él compró con su propia sangre (Hech. 20:28). ¡Y ella está
preparada! Es por eso que “ha llegado (o ‘ya llegó’) la boda del
Cordero”, de otra manera ese momento se habría prolongado. La imagen de
una mujer como símbolo de la iglesia también la vimos en nuestro
análisis de Apoc. 12:1. El apóstol Pablo se expresó de la iglesia de
Corintios en la siguiente forma: “Porque os he desposado con un solo
esposo, con Cristo; para presentaros a Él como una virgen pura” (2 Cor.
11:2). El tiempo en que se hace el anuncio de la boda del Cordero es
posterior a la preparación de la iglesia para el encuentro con Cristo.
Si el Armagedón hubiera llegado sin la iglesia estar lista para la
traslación, habría perecido junto con los impenitentes en medio de los
juicios de Dios contenidos en las plagas.
Hermosas vestiduras
Juan ve a la iglesia vestida “de lino fino, limpio y resplandeciente”.
Alcanzó un carácter puro por el poder y la gracia de Dios (cf. caps.
3:5; 6:11). Cristo ve en ella un reflejo perfecto de su carácter. Bien
se ha observado que es “el carácter lo que forma el vestido de la Esposa
del Cordero”. El lino fino ha sido visto como una referencia a la
perfecta justicia de Cristo con la cual Él viste a su pueblo en la
experiencia de la Justificación por la Fe (Gál. 3:28; Rom. 13:14; Isa.
61:10). Esta justicia inmaculada no sólo cubre externamente al pueblo
remanente, también es depositada internamente en su corazón por medio de
la dádiva del Espíritu Santo (Rom. 5:5; 10:10; Tit. 3:5-7). La justicia
de Cristo es tanto imputada (acreditada a la cuenta del pecador) como
impartida (otorgada poco a poco). Es así como la vida justa de Cristo,
que por medio de la fe constituye la vida del remanente, se expresa en
actos externos de justicia que honran y glorifican a Dios. “El lino fino
representa las obras justas de los santos” (NRV 2000). Esta declaración
tiene que ver con el sello que ha sido puesto en la frente de los
siervos de Dios precisamente antes del cierre de gracia (Apoc. 7:1-3).
Al comparar Apoc. 7:3 con Apoc. 14:1 descubrimos que el sello de Dios
tiene que ver con el carácter de Dios Padre y del Cordero reproducido en
los creyentes. Por consiguiente, una vez se reproduzca el carácter de
Dios en la vida de su iglesia Él vendrá a reclamarla como su posesión.
En este contexto se nos ha dicho: “Cristo espera con un deseo anhelante
la manifestación de Sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo
sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para
reclamarlos como suyos”.
La idea de una preparación indispensable para el encuentro con Cristo
está explícitamente expresada también en Apoc. 14:14-18. Allí se hace
claro que la proclamación del triple mensaje angélico (vers. 6-12) hace
madurar a los habitantes de la tierra para la gran siega final. Tanto
justos como injustos están completos en sus aptitudes y actitudes hacia
Dios. Unos con un carácter semejante al de Cristo (por eso tienen el
sello de Dios) y otros con un carácter semejante al de Satanás, el gran
adversario (por eso tienen la marca de la bestia). Ambos grupo están
listos para cosechar lo que han sembrado (Gál. 6:7; Apoc. 22:11). La
cosecha puede realizarse porque está madura. Esta misa idea es la que
nos presenta Apoc. 19: “Ha llegado la boda del Cordero, y su novia se ha
preparado” (NRV 2000).
Debemos observar algo más sobre este particular. En el texto que ahora
nos ocupa la esposa del Cordero es la iglesia. Pero en el cap. 21:9-10,
la “novia, la esposa del Cordero” es la Santa Ciudad de Dios, la Nueva
Jerusalén. Según el vers. 2 esta deslumbrante Ciudad desciende del cielo
“engalanada como una novia para su esposo”. ¿Cómo explicar esto? Esta
aparente dificultad se resuelva fácilmente si se toma en cuenta que “la
Nueva Jerusalén será la capital de la Tierra Nueva, y como tal será
representante de ‘los reinos del mundo’, que ‘ha venido a ser de nuestro
Señor y de su Cristo’ (caps. 11:15; 21:1-5)… Estas bodas consisten en
que Cristo recibirá su reino, representado por la Nueva Jerusalén, y en
su coronación como Rey de reyes y Señor de señores en el cielo cuando
finalice su ministerio sacerdotal, antes de que se derramen las plagas”.
Este hecho, en lugar de confundirnos, nos revela adicionalmente que si
tanto la iglesia como la Nueva Jerusalén son consideradas como la
“novia” o “esposa” de Cristo, se debe a que “la Boda del Cordero” se
realizará en el cielo al finalizar la última fase de intercesión
sumosacerdotal de Cristo en el Santuario celestial. Tampoco debe
confundirnos que “la novia” sea llamada también “la esposa”, porque
según “la idea judía del compromiso, una mujer comprometida, es decir
una novia, podía ser considerada como una esposa”.
Jesús prometió preparar lugar para la iglesia en la “Casa” de su Padre,
el lugar de su morada, el Santuario celestial (cf. Juan 14:1-3). Cristo
recibirá entonces de forma definitiva no sólo el reino, el “dominio
eterno”, sino a su pueblo, quien fue considerado digno de la vida eterna
en el Juicio Pre-advenimiento o Juicio Investigador (cf. Dan. 7:14,
12:1).
La idea de una nación justa y una ciudad aparece en Isa. 52:1, de donde
parece que el simbolismo de Apoc. 19:7-8 fue extraído. Allí leemos:
“¡Despierta, despierta, Sión! Vístete tu fortaleza. Vístete tu hermosa
ropa, oh Jerusalén, ciudad santa; porque nunca más vendrá a ti
incircunciso ni impuro” (NRV 2000). La “ropa hermosa” con la que se le
ordena vestir a Jerusalén, representaría “a la gente justa que había
llegado a ser humilde y penitente porque había sido disciplinada en la
cautividad, y se había unido a Dios por el arrepentimiento y la
confesión de pecados.
“Del mismo modo, los santos justos de todas las edades que confían en
Dios son la gloria y el regocijo de la Nueva Jerusalén. ‘El hermoso
atavío de esta ciudad, consiste, por así decirlo, en las huestes de los
redimidos e inmortales que andan por sus calles de oro’ “.
Es interesante notar que aunque desde siempre la relación de Cristo con
su iglesia ha sido la de una pareja que se ha casado, la boda de
Apocalipsis 19:7 se presenta como un hecho futuro. Esto se debe a que
“Apocalipsis 19 se concentra en el estado de los redimidos y la
nueva relación que entablarán con Cristo en la eternidad, sin pecado (cf.
vers. 8) que está por comenzar”.
Juan nos dice además que son “bienaventurados (dichosos o felices) los
llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas cosas son
palabras verdaderas de Dios” (vers. 6-9). Esta cena se celebrará cuando
el largo y fastidioso día de la triste historia de este mundo haya
llegado a su final. Entonces, ese será el día más glorioso. ¡Gracias a
Dios que estas palabras son “verdaderas”!
Yo me postré a sus pies para adorarle. Y él me dijo: Mira, no lo hagas;
yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de
Jesús. Adora a Dios; porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la
profecía (vers. 10).
“Yo me postré para adorarlo”
Lleno de gozo porque las fuerzas del mal han sido vencidas Juan queda
lleno de intensa gratitud. Y movido por la profundidad del gozo que lo
conmovió se postra a los pies del ángel para adorarlo. Pero el ángel le
dice rápidamente: “Mira, no lo hagas” (cf. Hech. 10:26). Y añade: “Yo
soy consiervo tuyo (lit. ‘compañero de esclavitud’), y de tus hermanos
que retienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios…”. Esta declaración es
importante por dos razones básicas. 1) Nos enseña que los siervos de
Dios gozan en esta tierra del privilegio de ser colaboradores de los
ángeles y disfrutar de su compañerismo. 2) Nos advierte contra la
tendencia siempre presente de la adoración de los ángeles. La Biblia es
clara: “A tu Dios adorarás, y a Él sólo a servirás” (Mat. 4:10). En este
tiempo plagado por todo tipo de creencias es necesario tener una clara
comprensión de la verdad de Dios para nuestras vidas. Los ángeles son en
el menor de los casos “compañeros de esclavitud” de los siervos de Dios
en esta tierra, y en el mayor de los casos, “espíritus servidores
enviados, enviados para ayudar a los que han de heredar la salvación” (Heb.
1:14, comp. con Sal. 34:7).
La palabra de Dios no nos autoriza a adorar a los ángeles ni ha
establecer contacto con ellos. La adoración es algo que debe ser dado
por todo mortal al único que es digno de recibir toda la gloria, el
dominio y el poder por los siglos de los siglos (Apoc. 4:11; 5:12-13).
La caída del ángel más exaltado que Dios había creado sucedió cuando
este, cegado por la vanidad de su propia hermosura, deseó el
reconocimiento y la adoración que sólo pertenece a (Isa. 14:12-14; Eze.
28:12-19). Por esta razón fue arrojado del cielo (Apoc. 12:7-9).
El Espíritu de Profecía
Aquí tenemos de nuevo la expresión “el testimonio de Jesús”. Y el mismo
ángel declara que “es el espíritu de la profecía”. En nuestro estudio de
Apoc. 12:17 descubrimos que esta expresión tiene más de un significado.
Aparece cuatro veces en todo el Apocalipsis. En el cap. 1:2 hace
referencia a “la revelación de Jesucristo” (vers. 1) y por implicación a
todas las revelaciones que se les hace a los demás profetas (cf. cap.
22:9). En el segundo uso (cap. 1:10) se refiere a “la revelación como
contenido, como verdades, como hechos profetizados”. Las otras dos
menciones se encuentran en Apoc. 12:17 y aquí en el cap. 19:10, el texto
que nos ocupa ahora. Ambos textos están tan íntimamente relacionados que
“el uno definen al otro y los dos determinan el significado específico
del testimonio de Jesús para el remanente”. Vimos además que al comparar
el cap. 19:10 con el 22:9 descubrimos una idea más acabada del
significado de la expresión “el testimonio de Jesús”.
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“Yo me postré a sus pies para adorarle. Y él me dijo: Mira, no lo
hagas; yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el
testimonio de Jesús. Adora a Dios; porque el testimonio de Jesús
es el espíritu de la profecía” (Apoc. 19:9-10).
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“Me postré para adorar a los pies del ángel… Pero él me dijo: No
lo hagas. Porque yo soy siervo contigo, con tus hermanos los
profetas, y con los que guardan las Palabras de este libro. ¡Adora
a Dios!” (Apoc. 22:8-9).
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Estamos en terreno sólido cuando sostenemos que “los que tienen el
testimonio de Jesús pueden ser identificados con los profetas”.
Es cierto que muchos han entendido la frase el “testimonio de Jesús”
como el testimonio que da el cristiano acerca de Cristo y también como
el testimonio que da Jesús mismo a las personas. Pero esta idea es más
una interpretación del texto y no toma en cuenta la explicación puntual
que hace el ángel. Él es claro: “El testimonio de Jesús es el espíritu
de la profecía”. Y en la comparación que hicimos más arriba se ve que
esta frase está relacionada a los profetas.
Resulta interesante saber que “los judíos del tiempo de Juan había
entendido la expresión ‘espíritu de profecía’ como refiriéndose ya sea
al Espíritu Santo en sentido general, o más bien al espíritu dado a los
profetas”.
Se observa acertadamente que “el término ‘espíritu de profecía’ describe
una situación claramente delineada, a saber, el Espíritu Santo, enviado
de Dios, que imparte al hombre el don profético”.
Además se reconoce que la frase “espíritu de profecía” es de uso
“corriente en el judaísmo posbíblico: se la usa, por ejemplo, en
circunloquios targúmicos, para designar al Espíritu de Jehová que viene
sobre tal y cual profeta”.
El Espíritu Santo es enviado para dar testimonio de Jesús (Juan 15:26),
y él lo hace por medio de los profetas (cf. Mat. 11:9), y su testimonio
es equivalente al de Jesús en persona. El espíritu de profecía es uno de
los dones del Espíritu (cf. 1 Cor. 12:10; Efe. 4:11). Y la profecía es
clara, la manifestación del don de profecía sería una tangible realidad
en medio del pueblo de Dios en los últimos días. “Los adventistas del
séptimo día creen que el ministerio de Elena G. de White cumple en una
forma incomparable” el contenido de Apoc. 12:17 y 19:10.
Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo
montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus
ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y
tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba
vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS.
Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio,
le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para
herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él
pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en
su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y
Señor de señores (vers. 11-16).
El Jinete del caballo blanco
Desde este versículo y hasta el cap. 20:10 tenemos una secuencia
cronológica de acontecimientos. Esto queda establecido al comparar Apoc.
19:19 con Apoc. 20:10.
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“Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos,
reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su
ejército” (Apoc. 19:19). |
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“Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y
azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán
atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Apoc.
20:10). |
Se puede apreciar que los poderes hostiles que se oponen al Cordero en la
personas de sus santos en medio de la crisis final, son lanzados al lago
de fuego y azufre al finalizar la batalla del Armagedón. Tenemos aquí una
progresión histórica en la profecía. En esta parte del Apocalipsis Cristo
es descrito como viniendo montado en un caballo blanco y los ejércitos
celestiales les seguían en caballos blancos. Obviamente esta es una
representación simbólica de la llegada de Cristo en el Gran día del Dios
todopoderoso. El caballo representa la guerra de Dios por sus santos (cf.
Isa. 43:17; Jer. 8:6; Eze. 38:15; Zac. 10:3; Apoc. 6:2). En Apoc. 14:14-16
Juan nos presentó a Cristo como viniendo sentado sobre una nube con una
hoz aguda para segar la tierra (cf. cap. 1:7). La Biblia es clara en
cuanto a la forma que aparecerá Cristo en su segunda venida a esta tierra.
Vendrá con gran gloria y poder (Mat. 24:30). Vendrá con gran voz de
trompeta (Mat. 24:31; 1 Tes. 4:16). Será acompañado por todos sus santos
ángeles (Mat. 16:27). Será visto en las nubes de los cielos, tal y como
fue visto ascender al mismo (Mat. 24:30, cf. Hech. 1:9-11). Vendrá tan
visible como un relámpago que se muestra desde el oriente hasta el
occidente (Mat. 24:31). Su segunda venida es para juicio, se le pagará a
cada uno conforme hayan sido sus obras (Mat. 16:27; Apoc. 22:12). Y estos
son precisamente los elementos que tenemos aquí: nubes, ángeles, juicio,
recompensa.
Cristo posee “muchas diademas”.
El significado de las diademas o “coronas reales” que posee Cristo se
entienden mejor si se toma en cuenta que en el último gran conflicto
estarán involucrados todos los “reyes de la tierra” apoyando a la Gran
Babilonia en su lucha contra del pueblo de Dios (Apoc. 17:12-13;
16:13-16). Ellos son reyes terrenales, paganos, pero Cristo es el divino
Rey celestial. El hecho de que Jesús aparece coronado con varias coronas
nos puede parecer extraño, pero “en el tiempo de Juan – se nos dice –
era completamente natural. No era extraño que un monarca llevara más de
una corona para mostrar que era rey de más de un país. Por ejemplo:
cuado Tolomeo entró en Antioquia llevaba dos coronas o diademas – una
para mostrar que era el señor de Asia, y otra para mostrar que era señor
de Egipto (1 Macabeos 11:13)”.
Las muchas coronas reales de Cristo enfatiza la gran verdad de que Él es
“Rey de reyes y Señor de señores”.
“El Verbo de Dios”
Esta frase es bien conocida (Juan 1:1-3,14), aunque aquí su uso es más
sencillo y con un sentido diferente. Se nos dice además que su ropa está
empapada de sangre, pero de la suya propia, sino de sus enemigos. Como
Verbo de Dios que se encarnó en el cumplimiento del tiempo (Juan 1:14;
Gál. 4:4), Cristo derramó su sangre (su vida) por los pecados del mundo.
En un momento estuvo sucia su ropa, su cuerpo, su ser entero, de su
propia sangre, mientras redimía a la humanidad. Pero Apoc. 19:13 no
señala el día de la redención en la cruz, ese día ya pasó; señala el día
grande y terrible en que será manifestada la justa ira de Dios. Bajo la
figura del sexto sello leímos: “Y el cielo se replegó como un pergamino
que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los
reyes de la tierra, los grandes, los ricos, los capitanes, los
poderosos, todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y
entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed
sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre
el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha
llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Apoc. 6:14-17).
El pasaje que analizamos contiene una imagen conocida. Leemos en el
libro del profeta Isaías: “¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra
con vestidos rojos? ¿Este hermoso en su vestido, que marcha en la
grandeza de su poder? Yo, el que hablo con justicia, grande para salvar.
¿Por qué es rojo tu vestido, y tu ropa como la del que pisa el lagar? He
pisado el lagar solo. De los pueblos nadie estuvo conmigo. Los pisé con
mi ira, los hollé con mi furor. Y su sangre salpicó mi vestido y manchó
mi ropa. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y ha llegado
el año de mis redimidos. Miré, y no hubo quien ayudara. Y me maravillé
que no hubiera quien sostuviera. Y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi
ira. Y con mi ira hollé a los pueblos, los embriagué de mi furor, y
derramé su sangre en tierra" (cap. 63:1-6, NRV 2000). En realidad, Apoc.
19:21 es el cumplimiento perfecto de la profecía de Isaías.
Aquí tenemos al Cordero una vez más en relación directa con los asuntos
humanos, pero no para ser sacrificado otra vez, sino para ser el que
sacrifica a sus enemigos. Ya no viene a morir por ellos, viene a pagar a
cada uno según sean sus obras. ¡Llegó por fin el día de ajuste de
cuentas! Ahora las cosas serán como deben ser. ¡Todo será puesto en su
verdadero lugar! Donde siempre debieron permanecer. Pero nótese que aquí
la causa de todo terror es “el Verbo (palabra) de Dios”. Como es posible
que la Palabra de Dios sea capaz de tanto. ¡Así es! Para los escritores
de la Biblia, la Palabra de Dios no era sólo un sonido, era algo
dinámico que podía hacer cosas extraordinarias. “La Palabra hablada era
en hebreo aterradoramente viva. No era simplemente un vocablo o un
sonido que se deja caer descuidadamente de los labios. Era una unidad de
energía cargada de poder. Está cargada de poder para bien o para mal”.
Cristo será el Verbo de Dios en acción para castigar a los enemigos de
su pueblo (Apoc. 19:15), en la misma magnitud en que fue el Verbo de
Dios “lleno de gracia y de verdad” cuando vino a esta tierra como
Redentor y Salvador del mundo (Juan 1:1-3,14). “Cuando Juan llama aquí
al Cristo guerrero la Palabra de Dios quiere decir que aquí está en
acción todo el poder de la Palabra de Dios; todo lo que Dios ha dicho, y
advertido, y prometido, está incorporado en Cristo”.
Cristo es “Fiel y Verdadero”
Este título ya lo encontramos en el mensaje a la iglesia de Laodicea. En
las Escrituras el nombre de una persona describe su carácter (cf. Hech.
3:16). En el Antiguo Testamento la palabra “nombre” (hebreo shem) se usa
con el sentido de carácter (Jer. 14:7,21). Esta es la razón por lo que
el nombre de una persona puede ser usado como sinónimo de la persona
misma (Sal. 18:49). A Cristo se le llama "Fiel y Verdadero" (vers. 11)
“porque ahora aparece, según su promesa (Juan 14:1-3), para liberar a
los suyos. A ellos les ha parecido que ha demorado su venida (ver com.
Apoc. 16:15), pero lo han ‘esperado’, y ahora aparece con el propósito
de salvarlos (Isa. 25:9; cf. Apoc 16:17)”.
La Espada aguda
Otro detalle interesante relacionado a Cristo en esta profecía es la
“espada aguda” que sale de su boca. Esta figura también es familiar para
nosotros. La encontramos por primera vez en el cap. 1:16 y luego en el
cap. 2:12,16. En Apocalipsis 1 la “espada aguda de doble filo”
representaba “la agudeza y a la fuerza del mensaje que se iba a impartir
al profeta”, pero aquí en el cap. 19 tiene un sentido mucho más
abarcante. La expresión “espada aguda” es sin duda una descripción
simbólica sobre el poder de la Palabra de Cristo para juzgar en ocasión
de su segunda venida. Es interesante saber que la palabra que Juan usa
aquí para “espada” es romfáia, que es la espada grande y pesada que
usaban los soldados para sus ataques en las guerras, en contraste con
májaria, que era la espada pequeña y corta que se usaba para la defensa.
Cristo no viene en actitud de defensa, viene para atacar a los poderes
hostiles que persiguen y procuran destruir a su pueblo. “Espada de doble
filo es una figura de dicción que “puede derivarse o del pensamiento de
que la espada de un hombre devora -el filo es su boca- a sus enemigos
(ver 2 Sam. 11:25; Isa. 1:20; Jer. 2:30), o por la forma de ciertas
espadas antiguas cuyos mangos parecían la cabeza de un animal, de cuya
boca salía la hoja del arma”.
Este pasaje de Apocalipsis cumple cabalmente la profecía de Isa. 11:1-4,
donde se profetiza que del “tronco de Isaí” saldría “una vara, y un
vástago” que retoñaría de sus raíces. Este descendiente directo de la
simiente de David (cf. Rom. 1:3) “no juzgará según la apariencia, ni
decidirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los
pobres, y decidirá con equidad en favor de los mansos de la tierra.
Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el aliento de sus labios
matará al impío”. El apóstol Pablo profetizó que el Anticristo, el
sistema de maldad del tiempo del fin (que es el mismo poder representado
por la primera bestia de Apoc. 13) sería destruido por Dios en “la
manifestación de su venida” con “el espíritu de su boca” (2 Tes. 2:8).
Fue la Palabra del Señor que llamó a la existencia la tierra y todo
cuanto hay en ella (Sal. 33:6,9), y será la misma Palabra de su boca que
concluirá en el fin del tiempo con esa existencia (Apoc. 19:20-21).
¡Solemne día!
Un Nombre escrito
Jesucristo tiene en su vestimenta un nombre escrito que nadie
conoce sino sólo Él. Esto debemos ver ahora. La idea de un nombre nuevo
que nadie conoce sino el que lo posee ya la hemos visto en nuestro
estudio de Apoc. 2:17. Allí se habla del nombre que recibirán los
redimidos cuando entren a la patria celestial. Vimos que esta figura
asociada a los salvados representa “el carácter y la experiencia de los
que sean redimidos”. “Será recibir las bendiciones prometidas por el
Señor. Será entender que han pasado de una experiencia a otra. De una
vida de confrontación a una vida de eterna paz. Su carácter perfecto
será retenido por los siglos sin fin”.
Pero en relación con el papel que Cristo desempeña en esta profecía
parece ser que esta figura tiene una connotación diferente.
Naturalmente, el significado exacto de este pasaje debe quedar
determinado por el contexto. Una buena interpretación parece ser esta:
“El ‘nombre escrito que ninguno conoció sino él mismo’ (vers. 12)
representa su función desconocida hasta este momento, pero ahora aparece
desempeñándola como el vengador de su pueblo (cf. cap. 16:1). En el
desempeño de esta ‘extraña obra’ (Isa 28:21) actúa en un papel nuevo
tanto para los hombres como para los ángeles”.
Aparte de los textos tratados en esta cita, la expresión “ojos como
llamas de fuego” (vers. 12), y “su ropa teñida de sangre” denota no sólo
el escrutinio de Cristo, sino su juicio y la manifestación de su justa
ira.
¡Tu ira oh Dios! El tiempo de tu ira habrá venido y nada puede
detenerla. ¿Por qué? Porque te han desechado. Hay males de injusticia
sobre el mundo. Hay impiedad. Tu propio ser tú nos revelas, y ¿qué han
hecho? Sin respeto por ti, dejaron tu Palabra en el olvido. Y olvidaron
que tienes voluntad y nos ordenas. Tu Ley quedó olvidada en el camino,
guijarro de los tiempos desechados, huella de tu pie que han suprimido.
Y el olvido de ti duele en el alma de cada adusto rostro solitario. ¿Y
para qué? Dime: ¿Qué logran, Señor, con su egoísmo? ¿Será que viven más
porque se mueren? ¿Será que mueren menos porque viven? Y todo lo que
saben, Señor, ¿de dónde viene? ¿Vendrá de la ignorancia, Señor? Porque
te ignoran. ¿Vendrá de la alabanza, porque se alaban? ¿Vendrá, Señor, de
su camino? Porque solo transitan en él, y sin destino”.
La escena descrita en los vers. 11-21 ha sido considerada como la
culminación de “la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso",
conocida además bajo la designación la gran batalla del Armagedón (cf.
cap. 16:12-19).
Y vi a un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó a gran voz,
diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: Venid, y
congregaos a la gran cena de Dios, para que comáis carnes de reyes y de
capitanes, y carnes de fuertes, carnes de caballos y de sus jinetes, y
carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes. Y vi a la
bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para
guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su ejército. Y la
bestia fue apresada y con ella el falso profeta que había hecho delante
de ella las señales con las cuales había engañado a los que recibieron
la marca de la bestia, y habían adorado su imagen. Estos dos fueron
lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Y los
demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba
el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos (vers.
17-21).
La cena de Dios
La figura que Juan usa aquí para describir el castigo de los
impíos está tomada del libro del profeta Ezequiel (cap. 39:17-19). El
llamado del ángel que estaba de pie en el sol (posiblemente ante la
presencia luminosa de Cristo, cf. Apoc. 1:16; 10:1; 2 Tes. 2:8), se
dirige – según la figura usada por Juan – a las aves que vuelan en medio
del cielo para que participen de la cena de Dios comiendo “las carnes de
reyes y de capitanes, de fuertes, carnes de caballos y de sus jinetes,
carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes”. “La
presentación está hecha en la gráfica fraseología oriental de un desafío
a un combate personal (cf. 1 Sam. 17:44-46). Ser devorado por las aves
de rapiña era una de las maldiciones por la desobediencia, pronunciada
por Moisés en su discurso de despedida al pueblo de Israel (Deut.
28:26). La fraseología de Juan en Apoc. 19:17-18 parece basarse en las
palabras de Dios a las naciones paganas, como se registran en Eze.
39:17-22 (cf. Jer. 7:32-33)”.
Es una escena pavorosa, sombría. O se participa de la cena de
la boda del Cordero que implica aceptar su señorío sobre nuestras vidas,
con toda su secuela de bendiciones, o se participa de la cena de Dios,
su juicio de destrucción. No hay tiempo para términos medios, para las
apariencias de piedad, para el engaño. Ya no hay tiempo para ponerse un
vestido de oveja y aparentar serlo, mientras se es un lobo rapaz. Los
seres humanos que se niegan a aceptar “voluntariamente la bondadosa
invitación de Dios de estar presentes en la primera, tendrán que
responder obligadamente a su llamada imperativa para la segunda”. Allí
estarán igualmente las naciones confederadas de toda la orbe
(representadas por “los reyes”) que habrán actuado unidas contra el
pueblo de Dios y bajo la dirección de Satanás. Están también los jefes
que fueron cabezas de las fuerzas militares (representados por “los
capitanes”). Están además las fuerzas armadas organizadas, equipadas y
adiestradas (representadas por “los fuertes”). Están además todas las
otras personas que componen los extractos sociales de nuestro mundo
(representados por “los libres y los esclavos”). “Las cenas representan
dos destinos opuestos: el gozo más elevado del compañerismo con Cristo
en el cielo y la angustia indecible de la separación total de Dios en la
tierra”.
El fin de los poderes hostiles
Juan ve entonces que “la bestia fue apresada y con ella el falso profeta
que había hecho delante de ella las señales con las cuales había
engañado a los que recibieron la marca de la bestia, y habían adorado su
imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que
arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de
la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las
carnes de ellos”. Se observa acertadamente que “la fase de la batalla
después de la aparición de Cristo es corta y dramática, porque desde su
comienzo la ‘bestia’ y el ‘falso profeta’ son capturado [cf. Apoc.
16:17,19]”.
Hay un detalle en esta parte de la profecía que merece nuestra atención
ahora. Se observará que el fin último de la bestia y el falso profeta
(los sistemas corruptos del fin que ya identificamos en nuestro análisis
de los caps. 13 y 16:13-16) es el “lago de fuego y azufre”, mejor “el
lago que es fuego”. Es natural que pensemos que este lago es el mismo
que se menciona en Apoc. 20:10, pero no es correcto llegar a esta
conclusión. ¿Por qué? Porque el lago de Apoc. 19:20 está relacionado con
los acontecimientos que toman lugar en ocasión de la segunda venida de
Cristo a esta tierra y el de Apoc. 20:10 tiene que ver con los hechos
que ocurren al final del milenio. ¿Cómo explicar este detalle?
¿Significa esto que existe actualmente un lugar que pueda llamarse “lago
de fuego y azufre”, el llamado infierno? ¡NO! Se ha observado que
“existen dos lagos de fuego” uno al comienzo del milenio y otro al
final. Esto parece razonable pues en varios pasajes se nos dice que en
ocasión de la segunda venida de Cristo el fuego devorador es un elemento
activo:
“Vendrá nuestro Dios, y no callará. Fuego consumirá delante de él, y una
poderosa tempestad lo rodeará. Convocará a los altos cielos, y a la
tierra, para juzgar a su pueblo” (Sal. 50:3-4).
“Alcanzará tu mano a todos tus enemigos, tu diestra alcanzará a los que
te aborrecen. Los pondrás como en horno de fuego en el día de tu ira. El
Señor Jehovah los deshará en su furor, y el fuego los consumirá” (Sal.
21:9-10).
“…cuando el Señor Jesús aparezca desde el cielo con sus poderosos
ángeles, en llama de fuego, para dar la retribución a los que no
conocieron a Dios, ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Estos serán castigados de eterna destrucción por la presencia del Señor
y por la gloria de su poder” (2 Tes. 2:7-9, cf. Isa. 2:10,19,21).
“Mirad, el Nombre de Jehovah viene de lejos, su rostro encendido con
llamas devoradoras, sus labios llenos de ira, su lengua como fuego
consumidor… Y Jehovah hará oír su majestuosa voz, mostrará el descenso
de su brazo, con ira encendida y llama de fuego consumidor; con
torbellino, tempestad y granizo” (Isa. 30:27,30).
El profeta Joel describe la llegada del día de Dios como un “día de
tinieblas y oscuridad” en el que habrá “delante de él fuego consumidor,
tras de él llama abrasadora. Como el huerto del Edén será la tierra
delante de él, y detrás de él como el desierto asolado. No hay quien
escape” (Joel 2:1-3). Una cosa es clara: cuando Jesús regrese con “poder
y gran gloria” (Mat. 24:30) los justos serán transformados por esa
gloria poderosa (1 Cor. 15:51-54; 1 Tes. 4:13-17; 1 Juan 3:2). Pero esa
misma gloria de santidad destruye a los impíos (Deut. 4:24; Isa. 29:6;
Heb. 12:29). El hombre en su estado de rebelión y enemistad natural
contra Dios no puede morar junto a su santa presencia: “¿Quién de
nosotros habitará con el fuego consumidor? ¿Quién habitará con las
llamas eternas?” (Isa. 30:14, cf. Sal. 15). La santidad inherente de
Dios no puede tolerar el pecado en ninguna de sus formas. Entonces,
podemos concluir que el fuego que acompaña a Jesús en su gloriosa
aparición es el que origina el lago de fuego que se menciona en Apoc.
19:20. Pero se extingue una vez queda concluida su obra de exterminio.
El profeta Malaquías hace la siguiente declaración: “Viene el día
ardiente como un horno. Y todos los soberbios, todos los malhechores
serán estopa. Y ese día que está por llegar los abrasará, y no quedará
de ellos ni raíz ni rama - dice Jehovah de los ejércitos. Pero para
vosotros que respetáis mi Nombre, nacerá el Sol de Justicia, y en sus
alas traerá sanidad... Hollaréis a los malos, que serán ceniza bajo la
planta de vuestros pies, en el día que yo haga esto - dice Jehovah de
los ejércitos” (Mal. 4:1-3). Este lago de fuego volverá a encenderse una
vez más al finalizar el milenio cuando de Dios “descienda fuego del
cielo” (Apoc. 20:9). Tenemos, pues, en ocasión de la segunda venida de
Jesús dos acontecimientos paralelos: 1) salvación de los justos, y 2)
destrucción de los impíos.
Hay quienes han interpretado el lago de fuego y azufre de Apoc. 19:20
como simbólico y el de Apoc. 20:10 como literal. La idea que expusimos
más arriba entiende a ambos lagos como literales pero distintos. Los
proponentes de este enfoque sugieren que tanto el lago de fuego y azufre
de Apoc. 19:20 como el de Apoc. 14:10-1, constituyen un “símbolo vívido
para describir lo muy terrible que será el castigo que recibirán los
enemigos de Dios cuando sus seguidores desengañados se vuelvan contra
ellos para destruirlos”.
Debe tomarse en cuenta que Apoc. 14:10-11 sólo dice que los que reciben
la marca de la bestia “será atormentado con fuego y azufre”, pero no
señala el tiempo cuando será. Con todo, la primera propuesta parece
tomar más en cuenta el contexto inmediato y mediato del texto.
Se nos pregunta que si este lago de fuego y azufre llega a existir
literalmente, por qué Satanás no es arrojado en él de una vez, pues allí
sólo son arrojados la bestia y el falso profeta. Respondemos que el lago
de fuego de Apoc. 19:20 no tiene como propósito la destrucción de
Satanás y sus ángeles rebeldes, estos deben continuar existiendo para
ciertos propósitos específicos que veremos en nuestro próximo capítulo.
La destrucción de ellos será al final del milenio. En ocasión de la
segunda venida de Cristo sólo son desarticulados y destruidos los
sistemas humanos corruptos y hostiles, pero no las inteligencias
espirituales malévolas que operan tras ellos. Como se le permitió a
Satanás sobrevivir a la destrucción del mundo antiguo por el diluvio
universal, así se le permitirá sobrevivir en ocasión de la destrucción
de los hombres impíos por el fuego. Pero su fin seguro es el lago de
fuego y azufre (cf. Mat. 25:41; Apoc. 20:10). Por lo que leemos en Apoc.
20 se hace claro que Satanás es astutamente sabio, y para evitar ser
destruido por el fuego del día del juicio se eleva a las alturas, se
suspende en el aire. Pero la Biblia es clara: “El diablo que los
engañaba fue lanzado al lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia
y el falso profeta” (Apoc. 20:10, la cursiva es nuestra).
Notas y Referencias:
Hans K. LaRondelle, Las Profecías del Fin, p. 445.
Vicuña Arrieta, Interpretación Histórica del Apocalipsis, p. 129.
Elena G. de White, Testimonio para los Ministros, p. 432.
Carl Coffman, Lecciones de la Escuela Sabática, parte II, Triunfo
Presente, Gloria Futura, p. 133, julio, agosto, septiembre, 1989).
William Barclay, El Apocalipsis, pp. 191-192, la cursiva está en el
original.
---------, Ibíd., p. 193.
---------, Ibid.,
pp. 193-194.
White, Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 47.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 885.
Graig S. Keener, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia,
Nuevo Testamento, p. 804.
Coffman, Ibíd., p. 136, la negrita está en el original. La idea
entre comillas con la que finaliza esta cita pertenece a Urías Smith,
Las Profecías de Daniel y el Apocalipsis, tomo II, p. 354.
---------, Ibíd.., p. 135, la negrita está en el original.
Ver Mario Veloso, El Apocalipsis y el Fin del Mundo, pp. 40-43.
Clifford Goldstein, El Remanente, ¿Realidad Bíblica o Ilusión sin
Base?, p. 77.
J. P. Schafer, Citado en
Simposium on Revelation, tomo VI, p. 317.
F. F. Bruce, Ibíd., p. 318.
Ver nota # 44 del cap. 12.
Barclay, Ibíd., p. 202, la cursiva está en el original.
John Paterson, The Book tha
Alive, citado en Barclay,
Ibíd, p. 204, la cursiva
está en el original.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 886.
Ver nuestro análisis de Apoc. 2:17.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 886.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 888.
LaRondelle, Ibíd., p. 448.
Laron Wade, El Futuro del Mundo Revelado en el Apocalipsis, p. 227.
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