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Una
organización laica que publica libros de autores adventistas
denominada Remnant Publications, puso cuatro millones de
La Pasión (los últimos capítulos del Deseado de Todas las
Gentes) en los negocios de Walt-Mart. El interés despertado en
la historia de la cruz por la película de Gibson, titulada La
Pasión, hizo que cientos de personas solicitasen estudios
bíblicos. Ahora han colocado los primeros capítulos del DTG
bajo el título Nacido Para Morir, y esperan poder completar
cinco tomos extraídos de ese libro inicial en un futuro cercano. El
éxito de esta empresa nos muestra que Dios no está interesado
simplemente en revelarnos los impresionantes hechos del futuro.
Quiere que este mundo lo conozca tal como se reveló en la persona de
su Hijo hace 2.000 años atrás.
Buscando La Pasión de E. de White en Walt-Mart, encontré otro
libro titulado de una manera semejante, basado en las presuntas
visiones de una monja alemana que le permitieron al Vaticano
presentarlas como evidencia de que Dios dio a la Iglesia Católica
revelaciones sobre la Historia de la Salvación. Siendo que el libro
era un comentario de ciertas declaraciones de esa monja me pregunté
por qué nadie publica sus “sueños” en forma completa? Una lectura
rápida de algunas páginas muestra ciertas extravagancias y pude
imaginarme cuánto más extravagantes serían las otras descripciones
que no se publicaron. Gibson mismo sintió la necesidad últimamente
de aclarar que él no basó la película en las visiones de esa monja.
¡Qué
diferencia cuando venimos a leer la Historia de la Salvación en la
serie del Gran Conflicto de E. de White! Sorprendentemente,
encontramos a veces cierto desprecio a esa historia magnífica que el
Señor mismo nos legó para estos postreros tiempos. Esto es lo que un
historiador suizo ex-adventista hizo cuando vino a nuestro seminario
teológico francés mientras yo enseñaba teología en ese lugar, hace
20 años atrás. Parecieran algunos no entender el propósito de tal
revelación divina. En la Historia de la Salvación no se cuenta todo
lo que la curiosidad humana podría pretender como importante, sino
lo que a Dios le interesa respecto al plan de salvación.
Especialmente en relación con el último tomo de la serie, titulado
en castellano El Conflicto de los Siglos, E. de White
escribió lo siguiente:
“Al
revelarme el Espíritu de Dios las grandes verdades de su Palabra, y
las escenas del pasado y de lo por venir, se me mandó que diese a
conocer a otros lo que se me había mostrado, y que trazase un
bosquejo de la historia de la lucha en las edades pasadas, y
especialmente que la presentase de tal modo que derramase luz
sobre la lucha futura que se va acercando con tanta rapidez... En
esos anales podemos ver un anticipo del conflicto que nos espera.
Considerándolos a la luz de la Palabra de Dios y por la iluminación
de su Espíritu, podemos ver descubiertos las estratagemas del
maligno y los peligros que deberán evitar los que quieran ser
hallados ‘sin mancha’ ante el Señor a su venida...
“El
objeto de este libro no consiste tanto en presentar nuevas
verdades relativas a las luchas de pasadas edades como en hacer
resaltar hechos y principios que tienen relación con acontecimientos
futuros. Sin embargo, cuando se considera los tales hechos y
principios como formando parte de la lucha empeñada entre las
potencias de la luz y las de las tinieblas, todos esos relatos del
pasado cobran nuevo significado; y se desprende de ellos una
luz que proyecta rayos sobre el porvenir, alumbrando el
sendero de los que, como los reformadores de los siglos pasados,
serán llamados, aun a costa de sacrificar todo bien terrenal, a
testificar ‘de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo’” (CS,
13-15).
Un
propósito semejante tuvo el Señor al revelarle a Daniel un bosquejo,
más reducido por supuesto, de esa gran lucha entre el bien y el mal,
teniendo como objetivo su consumación en el fin del mundo. En el
caso de Daniel, esa Historia de la Salvación tuvo que ver con hechos
futuros que Dios escogió en relación con la crisis final del pueblo
de Dios y de la humanidad en general. Será entonces, en ese “tiempo
del fin”, cuando esa guerra milenaria sin cuartel entre ambos
poderes alcanzará su intensidad máxima. Por tal motivo el ángel le
dijo: “He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo
en los postreros días; porque la visión es para esos días” (Dan
10:14).
“La
visión es para... los postreros días”
A
diferencia de las visiones anteriores, Daniel pudo entender el
mensaje que Dios le dio “en el año tercero de Ciro rey de Persia”
(Dan 10:1). Comprendió que “el conflicto era grande”, y “tuvo
inteligencia en la visión”. Su aflicción por tres semanas tuvo que
ver, esta vez, no con una falta de comprensión, sino con la
captación de la magnitud de la lucha que se entablaría entre el bien
y el mal (v. 2-3). Sucede que muchas veces no captamos la naturaleza
del conflicto en el que tomamos parte, porque el Señor, en su
misericordia, pone un cerco protector alrededor de sus hijos (Job
1:9-10). Pero cuando el Señor decide quitar la venda de nuestros
ojos para que veamos cuán intensa es la lucha entre el bien y el
mal, entonces captamos el peligro y nos afligimos en gran manera,
como Daniel.
Daniel
estaba junto al gran río Hidekel, es decir, al este de
Babilonia, probablemente cerca de su desembocadura en el Golfo
Pérsico, dentro del área correspondiente a la capital persa de Susa
(cf. Dan 8:2; Neh 1:1; Est 1:2). Ve cómo Ciro, el Rey persa del
Oriente que había permitido la liberación anunciada por Isaías del
pueblo de Dios, estaba cambiando de actitud (cf. 10:1,13). En su
angustia, sin embargo, se le revela al personaje central de todo el
libro de Daniel en su calidad de sumo sacerdote, señalándole “los
postreros días” cuando consumará su obra de intercesión en favor de
su pueblo, y se revelará como el verdadero rey del oriente que viene
a liberar a su pueblo de la opresión de la Babilonia de los últimos
días (“el rey del norte”: Dan 11:40-12:1; cf. Apo 16:12).
Llama
la atención que en Dan 8 Dios no le revele la inauguración del
templo del nuevo pacto, sino su “continuo” ministerio sacerdotal y
por último, su vindicación final en “el tiempo del fin” (Dan
8:11,14,17,19). En respuesta a la angustia de Daniel entonces, Dios
decide enviarle al ángel Gabriel de nuevo para darle el punto de
partida de esa visión, así como ciertos detalles básicos sobre la
inauguración de ese templo (Dan 9:24-27). Pero en Dan 10 y 11 el
Señor se propone mostrarle otra vez, como en Dan 7 y 8, que habrá un
fin, y que por encima de los grandes emperadores del mundo está el
Señor quien liberará a su pueblo, consumando su obra de justicia.
Algunos autores adventistas—como parece ser el caso del autor del
folleto de la lección—no han entendido la relación de la visión que
Dios le dio a Daniel con los postreros días, debido a que no han
visto la conexión de las vestimentas del “varón” majestuoso con las
que usaba el sumo sacerdote en el Día de la Expiación. En ese día,
el sumo sacerdote consumaba en el lugar santísimo la obra de
expiación que había estado efectuando el sacerdocio durante el año
en el lugar santo. Así también, con esa revelación final, el Señor
le muestra a Daniel que el Dios del cielo consumará su obra de
liberación y salvación. ¿Cuándo? En “los postreros días”, en “el
tiempo del fin” (Dan 10:14; 8:17,19; 11:40; 12:1,4).
Vestido como en el Día de la Expiación
Si
prestamos atención, en el libro del Apocalipsis los personajes que
componen la corte celestial que aparece en los capítulos 4 y 5,
vuelven a aparecer en el resto del libro únicamente en el tiempo del
fin. Los cuatro seres vivientes, los ancianos, el trono de Dios, el
personaje central en su identificación como “Cordero”, aún los
cantos y alabanzas revelados en esos dos capítulos, están todos
conectados con las escenas finales de este mundo. Algo semejante
vemos aquí en relación con la descripción del “varón vestido de
lino”. Vuelve a mencionárselo únicamente en relación con el fin,
destacando su vestidura típica de sumo sacerdote en su oficio
exclusivo del Día de la Expiación (Dan 12:5-7).
Veamos
primeramente la conexión de las ropas de ese personaje
extraordinario y majestuoso con el Día de la Expiación y los eventos
del fin. Durante el año, el sumo sacerdote usaba ropas inferiores de
“lino fino” (ses: Ex 39:27-28). En el Día de la Expiación,
sin embargo, se ponía las ropas inferiores de “lino” sencillo para
usarlas en su obra de expiación o purificación final del santuario (bad:
Lev 16:4,23,33). Encima de esas cuatro ropas inferiores que usaba en
común con los demás sacerdotes, el Sumo Sacerdote se ponía sus
cuatro atuendos superiores de oro (Ex 28). Por tal razón Daniel ve
que “el varón vestido de lino” tenía sus lomos o cintura ceñidos (hagurim)
de oro (Dan 10:5), en referencia probablemente al cinto de oro del
sumo sacerdote (Ex 28:8; Lev 8:6[7]: hagar), o a su doble
carácter de sumo sacerdote y rey.
Una
visión semejante Dios le reveló al profeta Ezequiel. Un varón
vestido de lino (bad), como lo estaba siempre el sumo
sacerdote en el Día de la Expiación, tiene allí la tarea de poner
una marca en la frente de los que gimen a causa de las abominaciones
cometidas por los que se apartaron de la ley del Señor (Eze 8-10).
Esas escenas finales para el pueblo judío que precedieron la
destrucción de su templo en manos de los babilonios, aparecen
proyectados para el fin del mundo en el Apocalipsis en relación con
la nueva Babilonia, la Roma Papal. Dios promete poner, esta vez
sobre el remanente final, un sello sobre su frente para protegerlo
de la ira final de Dios. Este sello lo otorga la corte celestial
luego de una sesión final para terminar con el pecado de este
planeta, y que precede al fin del mundo mismo y a la redención final
(Apoc 14).
Podemos ver así que, en conexión con el fin, Dios quiere revelar a
Daniel y, a través de él a su pueblo en “el tiempo del fin” en
especial, o “postreros días”, la obra de juicio y purificación
finales que se propone llevar a cabo para con su pueblo. Hay un
juicio delante del universo que vindica a los santos antes de
otorgarles la herencia eterna, así como el carácter de Dios cuyo
nombre estaba en su santuario (Dan 7:9-10,13-14,22,26-27; 8:14;
12:1-4). Ese juicio y purificación de la sede del gobierno de Dios
(su santuario), precede a su venida. Cuando concluya esa obra de
juicio investigador previo a la venida del Señor, Miguel liberará a
todos los que se encuentren “registrados en el libro” de la vida
(Dan 12:1).
La
revelación del gran conflicto de los siglos
En ese
contexto del juicio final que Dios pone no solamente delante del
remanente final, sino también delante de su pueblo fiel a lo largo
de la historia, Dios le revela también a Daniel la destrucción de
los que se unieron a Satanás a lo largo de los siglos, procurando
estorbar e impedir la obra de intercesión y redención del príncipe
celestial. En medio de ese conflicto revelado en forma anticipada,
“el pueblo que conoce a su Dios” deberá saber que su deber es
mantenerse “firme y activo”, e impartir la Palabra de Dios aunque
caigan bajo la espada del poder impostor y opresor (Dan 11:32-33;
cf. v. 36-39). También deben saber los que sigan al Señor que no
serán abandonados en esa lucha, sino que recibirán cierta ayuda,
mientras se aferran al Señor para ser “depurados, limpiados y
emblanquecidos” por el crisol de la prueba, “hasta el tiempo del
fin” (Dan 11:35; 12:10).
La
visión del “Príncipe del Pacto” (v. 22) precede a ese gran conflicto
que había angustiado a Daniel ya en la visión del capítulo 8. El
Señor no necesita ahora decirle mucho sobre el “Príncipe del Pacto”
porque ya le había revelado en el capítulo 9 los detalles básicos de
su obra y misión en la tierra. Ese Príncipe celestial ocupa un lugar
central en todo el libro de Daniel y, como ciertos autores modernos
aún “liberales” admiten, se trata del mismo personaje en todas sus
visiones.
El
conflicto final
Es
notable que la opresión causada al pueblo de Dios por el poder
opresor—más definidamente por el papado romano según se vio en la
historia—tiene cierto espacio de duración que en el resto del libro
de Daniel se extiende por “tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo”,
es decir, por 1260 días-años (Dan 11:35; cf. Dan 7:25; 12:7; véase
Apoc 12:6,14; 13:5). Esto sugiere que habría un oasis de libertad en
donde el pueblo de Dios podría prepararse para la contienda final
que caería sobre él en forma intempestiva al final de ese espacio,
denominado en su libro “tiempo del fin” (Dan 8:17,19; 11:40; 12:4) o
“postreros días” (Dan 10:14).
La
revelación de esa larga lucha medieval de 1260 días-años debía
arrojar luz sobre la contienda final, ya que los mismos elementos
que la habrían causado recobrarían fuerza otra vez, pero para ser
destruidos eternamente y para siempre (Dan 11:41-45). En toda esa
contienda no debía olvidarse al personaje central del libro de
Daniel, para que la fe de su pueblo en tiempos de prueba no
desmayase, sino que se mantuviese firme hasta el fin.
El
personaje central del gran conflicto
“En
aquel tiempo [el del “tiempo del fin”: Dan 11:40] se levantará
Miguel”, literalmente, “se pondrá de pie” “el gran Príncipe que
protege a tu pueblo” [literalmente, “que se pone de pie por tu
pueblo”] (Dan 12:1). Es el mismo a quien nada menos que el rey
Nabucodonosor reconoció como siendo el “Hijo de Dios” que se puso en
medio de sus tres valientes hebreos que estuvieron dispuestos a dar
aún su vida antes que desobedecer la ley del Señor (Dan 3:25). Es el
mismo a quien Daniel vio también al final compareciendo ante la
corte más excelsa del universo como uno de nosotros, es decir, como
“Hijo del Hombre” para interceder por nosotros y obtener un fallo
favorable en nuestro favor (Dan 7:13-14,22,26-27). “El príncipe del
ejército” de su pueblo o “príncipe de los príncipes” no es otro que
Aquel que intercedió por su pueblo a lo largo de su ministerio en el
lugar santo del santuario celestial (Dan 8:11,25), y es ahora el que
al final de la historia se pone de pie de nuevo por su pueblo (Dan
12:1). ¡Sí, es “el Mesías [o Cristo] Príncipe que, al venir a este
mundo se identificó tanto con nosotros que hasta dio su vida por su
pueblo, trayendo así la justicia perdurable y obteniendo en nuestro
favor una redención de alcances eternos (Dan 9:24-25; 11:22).
En la
última visión del “varón vestido de lino” ese personaje majestuoso y
maravilloso se le revela vestido como en el Día de la Expiación,
para mostrarle al profeta la firme determinación que tiene de
terminar con el pecado de su pueblo y del mundo, y dar así una
solución definitiva al conflicto entre el bien y el mal (Dan 10:5-9;
12:6-7; cf. Dan 8:14). En ese gran conflicto el ángel Gabriel le
dice que ese personaje no es otro que “Miguel, vuestro Príncipe”,
alguien que como lo pudo percibir Josué, es “de los nuestros”, es
decir, no un príncipe enemigo como el gran impostor y anticristo
medieval iba a serlo al pretender ocupar su lugar (Dan 10:21; 11:36;
cf. Jos 5:13-15).
El
hecho de que se pone “de pie” “en aquel tiempo”, en “el tiempo del
fin” (Dan 8:17,19; 11:40; 12:1,4), nos lleva de nuevo al papel que
el prometido Príncipe cumpliría en el santuario celestial. No
tenemos tiempo para tratar este punto en detalle. Pero podemos
anticipar aquí que Jesús cumplió un ministerio de intercesión
“continua” en el lugar santo del templo celestial, “sentado a la
diestra de Dios” en cumplimiento de la profecía de Zac 6:13.
Dios
anticipó proféticamente algunos cambios en relación con el
cumplimiento del bosquejo que trazó en el santuario terrenal y que,
en estos detalles, se perciben de nuevo. Por ejemplo, el sumo
sacerdote del templo celestial no sería descendiente carnal de Aarón
sino de David (Sal 110:1,4; Heb 7), ni oficiaría con la sangre del
sacrificio de un animal (Sal 40; Isa 53; Heb 10). Tampoco oficiaría
de pie en el lugar santo del santuario celestial como en principio
lo hacían los demás sacerdotes en ese lugar en el santuario terrenal
(cf. Zac 6:13; Rom 8:34; Heb 8:1-2; 10:12). Pero en el “tiempo del
fin”, el príncipe sacerdote celestial pasaría al lugar santísimo
junto con su Padre para oficiar delante de él “de pie”, frente al
arca y el trono de Dios mismo, para consumar su salvación mediante
una obra de juicio y purificación finales (Dan 12:1; Apoc 5:6; cf.
Dan 8:14,17,19). Al concluir esa obra final de juicio volvería a
sentarse, esta vez para ser coronado como Rey de Reyes y Señor de
Señores, y venir en la gloria de su Padre a buscar a su pueblo (Apoc
14:14). Por detalles bíblicos y del Esp. de Profecía, véase A. R.
Treiyer, La Crisis Final en Apoc 4-5 (1998), cap 3.
Conclusión
Queridos hermanos y amigos, tenemos un Salvador maravilloso. Se
trata de alguien que “vive para interceder por nosotros” (Heb 7:25),
y que está con su pueblo en cada etapa tremenda que le toca vivir.
Se identificó con nosotros en la cruz del Calvario. Continuó
identificándose con nosotros durante todo su ministerio en el lugar
santo del santuario celestial, obrando de tal manera que no
necesitásemos vivir en angustia pensando en el juicio final (Rom
8:31-39). ¿Por qué razón? Porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy,
y por los siglos de los siglos” (Heb 13:8). El mismo prometió antes
de ascender a ese santuario en el cielo donde ministra por nosotros,
que a través de su Espíritu y el ministerio de sus ángeles poderosos
en fortaleza, iba a estar con nosotros “todos los días, hasta el fin
del mundo” (Mat 28:20). No tengamos temor de lo que nos pueda
acontecer, porque seguirá siendo uno con nosotros en la consumación
de la crisis entre el bien y el mal, y permanecerá de pie por
nosotros para obtener un fallo favorable en el juicio final. |