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La Última Advertencia Divina
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El Mensaje de
los Tres Ángeles |
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Por:
Héctor A. Delgado |
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Introducción
En
el presente
análisis veremos que Apoc. 14 constituye “la contraparte
positiva” de Apoc. 13. Este capítulo es de tal importancia que ha sido
visto como “el punto más elevado, formal y substancial” de todo el
libro. Se nos ha dicho con profunda percepción: “El capítulo 14 del
Apocalipsis es del más profundo interés. Pronto será comprendido en
todos sus alcances, y los mensajes dados a Juan el revelador serán
repetidos con claridad”.
En esta parte veremos que no importa cuantas artimañas pueda emplear el
dragón contra el pueblo de Dios, éste siempre es llevado al triunfo por
medio de la fe en la sangre de su Señor (cf. 2 Cor. 2:14; Rom. 8:35-39;
Apoc. 12:11). Satanás es un enemigo vencido, y lo será una y otra vez
hasta que llegue el momento de ser destruido completamente (Eze.
28:18-19). Pero la lucha es real e implica grandes riesgos, pues no
podemos confiarnos en nuestra propia fortaleza sino en la de Dios, y
mientras lo hagamos se nos asegura que “mediante los méritos de la
sangre de Cristo, podéis ser vencedores, sí, más que vencedores”.
Veamos pues el mensaje de este interesante capítulo.
Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el Evangelio
Eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación,
tribu, lengua y pueblo, a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque
la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel hizo el cielo y la
tierra, el mar y las fuentes de las aguas (cap. 14:6-7).
El primer mensaje angelical
Desde el versículo seis hasta el 12 tenemos los tres mensajes angélicos
que nos presentan “la relación del remanente con la estructura
mundo-Babilonia en función del mensaje que el remanente debe
predicarle”. Estos mensajes están dirigidos a dos tipos de personas: 1)
A los “moradores de la tierra”, los adoradores del dragón y el
Anticristo (Apoc. 13:8; 17:8); y 2) A los habitantes de la tierra
organizados en naciones, tribus, lenguas y pueblo (Apoc. 14:6). “En
todas las épocas la humanidad ha estado organizada en estructuras de
poder, pero estas estructuras son mucho más formales en el tiempo del
fin. Los individuos están bajo el poder de las estructuras. En estos
mensajes aparecen dos estructuras superiores: el Estado y Babilonia”.
La profecía nos advierte que el control que ejercen las organizaciones
sobre las gentes irá en aumento a medida que la guerra del dragón irá en
aumento. El control será tan grande que un día nadie podrá comprar ni
vender sino se identifica con la marca de la bestia (Apoc. 13:17). En
este contexto, la evangelización será determinante pues demandará valor
y dinamismo. La expresión “el Evangelio... para predicarlo” describe el
anuncio de las Buenas Nuevas con “total autoridad y poder”. “Babilonia
dictará las reglas del juego y el Estado forzará su cumplimiento. La
libertad individual tendrá un espacio de acción muy reducido. Por eso es
importante que el remanente se ocupe en esta tarea con diligencia,
mientras exista libertad de acción para la persona”.
Los elementos que estarán activos en la contienda se hacen cada vez más
claros. 1) El tema de la adoración. 2) La evangelización mundial. 3) La
formación de la imagen de la bestia. 4) La imposición de la marca de la
bestia (el domingo como día de reposo establecido por ley sobre todos
los hombres). 4) El llamado del remanente a la adoración del verdadero
Dios. 5) El anuncio del juicio en relación con las Buenas Nuevas de
salvación. 5) El anuncio de la caída de Babilonia por sus errores
doctrinales y morales; y 6), la proclamación cada vez más clara de la
verdad del sábado como verdadero día de reposo ordenado por el Señor
como señal de su poder creador y redentor (Gén. 2:1-3; Exo. 31:17; Deut.
5:15). Este último punto está implicado directamente por el mensaje del
primer ángel. En su llamado a la adoración usa la siguientes palabras:
“Adorad a Aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de
las aguas” (Apoc. 14:7). Estas palabras son casi idénticas a las que usó
Moisés para describir la razón por la que Dios nos manda a reposar el
séptimo día: “Porque en seis días hizo Jehovah los cielos y la tierra,
el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día,
por tanto, Jehovah bendijo el día de sábado y lo santificó” (Exo. 20:11,
la cursiva es nuestra). ¡No podía Dios dar un mensaje más claro!
Existe estrecha conexión entre Apoc. 14:1-5 y los versos 6-12. Esta
relación puede ser considerada como “una descripción del proceso y los
medios por los cuales Dios reúne al remanente escatológico. El capítulo
comienza mostrándonos a ese grupo reunido ante el trono de Dios. Luego
nos informa cómo los llamó Dios de entre los habitantes de la tierra”.
Se reconoce que de la misma manera que Apoc. 13 revela el plan mundial
del dragón, para unir al mundo contra Cristo y su pueblo remanente, Apoc.
14 nos provee un vistazo en grande rasgos del plan mundial de Dios y sus
propósitos. Existen dos fuerzas reales que luchan por lograr la
adoración y la lealtad de los seres humanos, por lo que no puede haber
nada más importante para nosotros que estar seguros de qué lado estamos
en la contienda. Dios utiliza a tres ángeles que representan sus
escogidos anunciando al mundo las Buenas Nuevas, la hora del juicio, la
caída de Babilonia, y advirtiendo dramáticamente sobre las implicaciones
de recibir la marca de la bestia. Por el otro lado, tenemos a Satanás
que utiliza a tres espíritus inmundos a manera de ranas que son enviados
a los reyes de la tierra para reunirlos para la batalla de aquel gran
día de Dios todopoderoso. Estos tres seres demoníacos constituyen la
contraparte de los tres ángeles, una parodia de ellos.
Evangelio y juicio juntamente
Este ángel, al igual que los dos siguientes, representa al pueblo de
Dios en el cumplimiento de su misión. El símbolo es adecuado porque en
el proceso de evangelización participan como colaboradores de ellos los
ángeles del cielo (cf. Heb. 1:14; Sal. 34:7). Como ya vimos, el primer
ángel va con el “Evangelio Eterno” para predicarlo a “gran voz” a todos
los habitantes de la tierra. El contenido del mensaje es definido:
“Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y
adorad a aquel hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las
aguas”. En medio de la amalgama de confusión que impera en el tiempo
final, el mensaje es preciso y oportuno: hay que adorar al Dios
verdadero y no a ninguna entidad humana. Adorar cualquier cosa aparte de
Dios es adorar al dragón (Apoc. 13:4,15). Esto está implicado en la
expresión “temed a Dios y dadle gloria”, pues en las Escrituras el temor
a Dios está relacionado con la obediencia (Exo. 20:20; Deut. 5:29;
6:13-17; Isa. 8:13; Fil. 2:12-13). Dios es glorificado en su santos que
le obedecen alegre y libremente (1 Cor. 6:20). Vez tras vez se hace
claro que el tema dominante en el conflicto final es la adoración. El
contenido del mensaje angélico tiene un significado histórico palpable
en la proclamación del Evangelio por parte del remanente, pero también
un sentido escatológico que confronta a los hombres con la necesidad de
tomar una decisión definitiva en la última hora de la gran prueba que ha
de venir sobre el mundo entero (Apoc. 3:10).
El Evangelio que lleva el ser celestial es “eterno”. Es la primera vez
en toda las Escrituras que al Evangelio se le designa en término
temporal. Siempre que se habla de él se hace en términos de calidad o
procedencia. Por ejemplo: “el Evangelio de la gracia de Dios” (Hech.
20:24), “el Evangelio de la gloria de Cristo” (2 Cor. 4:4), “el
evangelio del reino” (Mat. 4:23), “el Evangelio de Jesús” (Hech. 8:35),
“el Evangelio de Dios” (Rom. 1:1), “el Evangelio de vuestra salvación”
(Efe. 1:13), “el Evangelio de paz.” (Efe. 6:15). La expresión “eterno”
denota la inalterabilidad del Evangelio. La última generación no tendrá
un Evangelio modificado, adaptado a sus antojos y mañas como un traje
hecho a la medida; tendrá lo único que siempre tiene en grado absoluto
“poder de Dios para salvación” (Rom. 16). En el Evangelio Eterno Dios
revela su “justicia... por fe de principio a fin” (Rom. 1:17, NVI). Y en
esta justicia puede alcanzar plenitud de vida todo aquél que lo desee y
quiera. Estas Buenas Nuevas que lleva el pueblo de Dios a todas las
naciones es “la comunicación de una experiencia salvífica”, es una
invitación a caminar por los caminos de la justicia y la salvación, por
lo tanto, es una “persuasiva invitación para transitar juntos por él”.
Cabe destacar además, que la verdad del Evangelio y la del juicio no se
contradicen así mismas, no están en tensión como algunos teólogos
modernos proponen. En las Escrituras, el juicio es parte y conjunto de
la proclamación del Evangelio de la gracia (Hech. 17:30-31; Rom. 2:16).
“La proclamación del juicio y de las Buenas Nuevas están”
indisolublemente “unidas, al igual que el nuevo nacimiento y el
arrepentimiento” (Mat. 1:15; Isa. 57:15)”.
Pero aunque estas verdades han existido como las dos caras de una
moneda, en los tiempos apostólicos y anteriores a 1844, toda
proclamación del juicio tendía a señalar hacia el fin del milenio. Pero
ahora, desde 1844, ambas verdades se complementan y desarrollan
conjuntamente. Ya no es que el juicio de Dio se realizará un día, es que
ya ¡ha llegado su hora! Se reconoce que el primer mensaje angélico
contiene dos elementos intrínsico, uno de advertencia y otro de
consecuencia. “La advertencia es: Temed a Dios porque la hora de su
juicio ha llegado… y este es el contenido de consecuencias. Si tenéis
temor a Dios y sois fieles a Él, tan fieles que Él puede libraros de la
condenación del juicio, adoradlo”.
Lecciones del Día de Expiación judío
Veamos un poco más de cerca la interesante mezcla del Evangelio y el
juicio. Juan escucha al ángel proclamar: “Temed a Dios y dadle gloria,
porque la hora de su juicio ha llegado”. Luego hace un llamado: “Adorad
a aquel hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”.
Esto es fascinante, porque lo que tenemos aquí es la revelación del Día
de Expiación antitípico. Sólo en el Día de Expiación que realizaba el
pueblo hebreo encontramos estas dos verdades combinadas. Durante las
ceremonias regulares del año, el sacerdote hacía expiación por los
pecados del pueblo y estos, a su vez eran transferidos simbólicamente al
Santuario. Así se lograba la reconciliación del pecador y la expiación o
perdón por el pecado (Lev. 1-5). Lo más cerca que llegaba el sacerdote a
la presencia de Dios en el ministerio diario era cuando entraba al Lugar
Santo. Pero una vez al año, se realizaba una ceremonia especial llamada
el “día las expiaciones”, para poner fin a la serie anual de los
servicios. Este ceremonial tenía como fin limpiar el Santuario de todos
los pecados y abominaciones de los hijos de Israel, pues se entendía que
la sangre asperjada de los sacrificios diarios iba haciendo como una
especie de registro que contaminaba el Santuario y que necesitaba ser
eliminado de allí (Lev. 16:15-16,18). Lo primero que el sumo sacerdote
hacía en ese solemne día era ofrecer el holocausto continuo (compuesto
por el sacrificio matutino y vespertino), que era realizado por toda la
nación (Exo. 29:38-40).
Habiendo elegido dos “machos cabríos” de entre el pueblo, uno para
Jehovah y otro para Azazel (Lev. 16:5,8), el sumo sacerdote tenía acceso
al Lugar Santísimo con la sangre del animal sacrificado “por Jehovah” (vers.
14). Se hacía la purificación de los lugares santos y de los altares,
entonces el sacerdote transfería simbólicamente todos los pecados del
pueblo allí acumulado durante el año sobre la cabeza del animal que cayó
en suerte para Azazel. El animal era llevado y desterrado al desierto
por un hombre designado para ello con el propósito de que muriera
haciendo desaparecer así la culpabilidad (Lev. 16:21-22). El Día de
Expiación era una ocasión solemne, y a parte de la obra de
reconciliación y limpieza de pecado (Lev. 16:30), implicaba además un
día de juicio, en el que se decidía el destino de muchos de los del
pueblo de Dios (Lev. 23:28-30). Tenemos entonces en este día, una
extraordinaria mezcla de Evangelio y juicio. El Evangelio provee perdón,
reconciliación, purificación y limpieza de pecados, y finalmente, al fin
de los tiempos la erradicación de los registros de ellos (cf. 1 Juan
1:9; Heb. 9:14; Hech. 3:19-20). El juicio determinaba que el que no
había enviado por adelantado sus pecados al Santuario durante los
servicios diarios, quedaba separado de los privilegios y beneficios del
pueblo del pacto; en el lenguaje bíblico, era “cortado” de entre su
pueblo (Lev. 23:29-30, cf. Apoc. 22:11; Sof. 2:1-3). En el “día de las
expiaciones”, quedaban limpios y reconciliados tanto el Santuario como
el pueblo. Así tenía el pueblo judío una ilustración grafica del gran
Plan de la Salvación que Dios realizaría por medio de Cristo.
El autor de la carta a los Hebreos nos informa que tanto el Santuario
mismo como los servicios que allí se realizaban, eran “figuras y sombras
de las cosas celestiales”, “un símbolo para el tiempo presente” (Heb.
8:5; 9:9). Este mismo libro nos revela que Jesucristo, desde su
ascensión al cielo está desempeñando el papel de Sumo Sacerdote a favor
de su pueblo, en el verdadero Santuario que el Señor levantó y no el
hombre (Heb. 8:1-2; 9:12,24).
Al llegar a esta parte de la profecía del Apocalipsis somos confrontados
con los mismos elementos del Día de Expiación que se registran en los
capítulos 16 y 23 del libro de Levítico: Evangelio y juicio. De ahí que
se es coherente al concluir que Apoc. 14:6-7 trata sobre la proclamación
del Evangelio durante la realización del juicio escatológico. Debe
notarse que la palabra juicio (krísis), que aquí se usa señala “la
acción de juzgar”, en contraste con kríma, que señala “la sentencia del
juicio”. Tenemos aquí el anuncio de que el juicio escatológico ¡ya
comenzó!
Según la profecía de Dan. 8:14, el tiempo de comenzar la purificación
del Santuario celestial, la obra de juicio del tiempo del fin, es 1844.
De este juicio pre-advenimiento, llamado también Juicio Investigado, nos
habla el profeta Daniel en el cap. 7:9-10,13-14. En la época de 1844 el
gran moviendo Adventista ya estaba predicando el pronto advenimiento de
Cristo a esta tierra. El resultado, después del chasco, fue un
movimiento religioso bien estructurado con un programa mundial de
evangelización nunca visto. Desde entonces, se han estado proclamando al
mundo el mensaje de los tres ángeles, el Evangelio Eterno y la verdad
acerca del juicio escatológico de Dios.
Las etapas del juicio: la primera fase
Se ha observado que el “juicio de Dios” está dividido en
cuatro partes o fases que conforman un todo armónico. La primera es
anterior a su advenimiento. Esta fase también es llamada Juicio
Investigador. Es cuando Cristo comparece ante el Anciano de días, el
Padre (Dan. 7:9-14,26,27), para purificar el Santuario celestial (Dan.
8:14; Heb. 9:23-24) a fin de vindicar a los que han de vivir en las
mansiones celestiales (Dan. 7:10,22). Se determina que, en virtud de su
arrepentimiento y fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, son dignos
de la vida eterna (Rom. 1:17; Apoc. 22:11). Debe recordarse que mientras
el pueblo de Dios peregrina sobre la tierra, son acusados incesantemente
de ser indignos de morar en el cielo (Apoc. 12:10-11; 3:5), y muchas
veces estas acusaciones estaban basadas en argumentos reales, pues el
pueblo de Dios ha cometido errores que, a no ser por la obra del
Espíritu Santo que los conduce al arrepentimiento y la confesión,
perecerían. En este contexto se nos dice:
“Mientras Jesús intercede por los súbditos de su gracia, Satanás los
acusa ante Dios como transgresores. El gran seductor procuró
arrastrarlos al escepticismo, hacerles perder la confianza en Dios,
separarse de su amor y transgredir su ley. Ahora él señala la historia
de sus vidas, los defectos de carácter, la falta de semejanza con
Cristo, lo que deshonró a su Redentor, todos los pecados que les indujo
a cometer, y a causa de éstos los reclama como sus súbditos.
“Jesús no disculpa sus pecados, pero muestra su arrepentimiento y su fe,
y, reclamando el perdón para ellos, levanta sus manos heridas ante el
Padre y los santos ángeles, diciendo: Los conozco por sus nombres. Los
he grabado en las palmas de mis manos... Y al acusador de su pueblo le
dice: Jehovah te reprenda, oh Satán; Jehovah, que ha escogido a
Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?’ (Zac.
3:2)”.
En este mismo tenor se nos dice también:
“Satanás tiene un conocimiento exacto de los pecados que por sus
tentaciones ha hecho cometer a los hijos de Dios e insiste en sus
acusaciones contra ellos; declara que por sus pecados han perdido el
derecho a la protección divina y reclama el derecho de destruirlos. Los
declara tan merecedores como él mismo de ser excluidos del favor de
Dios. ‘¿Son éstos dice los que han de tomar mi lugar en el cielo, y
el lugar de los ángeles que se unieron a mí?... Mira los pecados que han
señalado su vida. Contempla su egoísmo, su malicia, su odio mutuo. ¿Me
desterrará Dios a mí y a mis ángeles de su presencia, y sin embargo
recompensará a los que fueron culpables de los mismos pecados? Tú no
puedes hacer esto con justicia, oh Señor. La justicia exige que se
pronuncie sentencia contra ellos’.
“Sin embargo, aunque los seguidores de Cristo han pecado, no se han
entregado al dominio de los agentes satánicos. Se han arrepentido de sus
pecados, han buscado al Señor con humildad y contrición, y el Abogado
divino intercede en su favor... Pueden tener imperfecciones de carácter,
pueden haber fracasado en sus esfuerzos; pero se han arrepentido y las
he perdonado y aceptado’”.
El Juicio Investigador no tiene porqué atemorizar a nadie, y si causa
algún temor, es una evidencia de que se le está malentendiendo; porque
aunque es cierto que en el juicio saldrán a relucir los pecados
cometidos - pecados que el mismo Cristo no disculpa - Él le representa
fiel y efectivamente. Jesús hecha mano de la obra del Espíritu Santo en
los creyentes, señala su “arrepentimiento y su fe”, e intercede a su
favor y obtiene el perdón de sus pecados. La Biblia nos dice que la
clave para no temer al juicio es tener la plenitud del amor de Dios en
nuestros corazones, y cuando el amor de Dios “se perfecciona en
nosotros”, tenemos “plena confianza en el día del juicio. Porque como Él
es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor. Antes el
amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor mira el castigo. De
donde el que teme, aún no está perfecto en el amor” (1 Juan 4:17-18, la
cursiva es nuestra). Por lo tanto, el cristiano que conoce por
experiencia la misericordiosa de Dios no tiene temor del juicio, al
contrario, anhela ser juzgado por él (Deut. 32:36; Sal. 35:24; 7:8; Apoc.
6:10). ¡En el juicio, Dios está obrando nuestra vindicación y
liberación!
Una evidencia de que el carácter de los santos será evaluado anterior a
la segunda venida está en los siguientes pasajes bíblicos (Mat. 22:1-14;
Rom. 8:1; 14:10; Heb. 10:30; 1 Ped. 4:17). Es natural pensar que si a
cada uno se le recompensará conforme hayan sido sus obras en ocasión de
la segunda venida de Cristo (Mat. 16:27; Apoc. 22:12), es porque de
alguna manera se determinó con anterioridad en el tribunal celestial.
Esto es claro en las Escrituras: “En aquel tiempo serán salvados todos
los que de tu pueblo se hallen inscritos en el libro [de la vida]” (Dan.
12:1, VRV 1977, la cursiva es nuestra; cf. Apoc. 3:5; Jer. 50:20).
Cristo hizo claro que los que han estar de pie ante el Hijo del Hombre
en su gloriosa manifestación, habrán sido considerados “dignos” de
participar de las delicias del mundo venidero (Luc. 20:35; 21:36, cf. 2
Tes. 1:5). La determinación de cuánto se le dará a cada ser humano
antecede al otorgamiento de la recompensa (Luc. 12:8-9; 47-48). Esta
idea está ligada a la siguiente fase.
La segunda fase del juicio
Esta se realiza en ocasión de la segunda venida de Cristo. Lo que
sucederá en esta ocasión no es propiamente una obra judicial, sino la
ejecución de la primera fase o lo resultados de ella. Se otorgará el
galardón a los que fueron encontrados “dignos” de la vida eterna (Luc.
20:30); es decir, se dará la recompensa a cada uno conforme hayan sido
sus acciones (Mat. 16:27; 1 Ped. 5:4; 2 Tim. 4:8). El apóstol Pablo es
claro en este asunto: “Cuando Dios manifieste su justo juicio... pagará
a cada uno según sus obras: Vida eterna a los que perseveran en bien
hacer, y buscan gloria, honra e inmortalidad; pero ira y enojo a los que
son contenciosos, y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la
injusticia. Tribulación y angustia sobre toda persona que obra lo malo;
primero al judío y también al griego” (Rom. 2:5-9).
La tercera fase del juicio
Esta etapa ocurre en el transcurso del milenio. Cuando Cristo regrese
por segunda vez, cumplirá su promesa de llevar consigo a las mansiones
celestiales a los que le esperaron para salvación (Heb. 9:28; Juan
14:1-3). “Pero nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos
ansiosamente al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20). Juan ve a
los salvados, “una multitud que nadie podía contar de todas las
naciones, tribus, lenguas y pueblos delante del trono de Dios y en la
presencia del Cordero” (Apoc. 7:9, la cursiva es nuestra). ¡Los
redimidos estarán de pie sobre el mar de cristal! (Apoc. 15:2). Los mil
años es el período de tiempo que Dios ha asignado al juicio de los
impíos. En este juicio milenial, que también puede llamarse el juicio
investigador de los perdidos, participan los santos. Juan nos dice: “Y
vi tronos. Y se sentaron sobre ellos los que recibieron autoridad para
juzgar. Y vi las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y
por la Palabra de Dios, que no habían adorado a la bestia ni a su
imagen, y no habían recibido la marca en su frente ni en su mano. Estos
volvieron a vivir, y reinaron con Cristo mil años“ (Apoc. 20:4, la
cursiva es nuestra). ¿Quiénes son los que reciben “autoridad para
juzgar”? Pablo nos responde: “¿No sabéis que los santos han de juzgar al
mundo?... ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Cor.
6:2-3). En el juicio milenial se determinará el grado de castigo que
cada perdido, incluyendo a los ángeles caídos, recibirá al final del
milenio, y esto se hace sobre la base de los registros celestiales (Luc.
12:47-48).
La cuarta fase del juicio
Esta última fase del juicio se realizará al finalizar los mil años de
Apocalipsis 20. Esta etapa se conoce como juicio ejecutivo, constituye
el momento de ejecutar la sentencia ya determinada por Dios y los santos
en el juicio milenial. Nos dice el Revelador: “Entonces vi un gran trono
blanco y al que estaba sentado sobre él. De su presencia huyeron la
tierra y el cielo, y no fueron hallados más. Y vi también a los muertos,
grandes y pequeños, de pie ante el trono. Los libros fueron abiertos, y
otro libro fue abierto, el Libro de la Vida. Y los muertos fueron
juzgados, según sus obras, por las cosas que estaban escritas en los
libros. El mar dio los muertos que estaban en él, y la muerte y el
sepulcro dieron los muertos que estaban en ellos. Y cada uno fue juzgado
según sus obras. Y la muerte y el sepulcro fueron lanzados en el lago de
fuego. Esta es la segunda muerte. El que no fue hallado escrito en el
Libro de la Vida, fue lanzado en el lago de fuego” (Apoc. 20:12-15). El
fuego que destruye a Satanás, sus ángeles rebeldes y a los malvados,
purificará la tierra de todas sus impurezas (1 Ped. 3:7,10-11). Y Dios,
habiendo concluido esta obra, creará un cielo nuevo y una tierra nueva
donde morará la justicia conforme sus divinas promesas (1 Ped. 3:13).
Así que, según el mensaje del primer ángel, el Evangelio Eterno tiene
que ser anunciado en el contexto del juicio y el llamado a la adoración
del Creador en medio de la última gran crisis. Es una experiencia única,
distinta y singular, ¡maravillosa!
Otro ángel le siguió, diciendo: Ha caído, ha caído Babilonia, la gran
ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de
su fornicación (vers. 8).
El segundo mensaje angelical
Juan ve ahora a otro ángel que sigue al que proclamó las Buenas Nuevas
a todas las naciones. La estrecha relación de este ángel, al igual que
del tercero (vers. 9) con el primero, está implícita en la palabra
“acompañó” que aquí se traduce como “siguió”. En Mat. 19:27-28 y Mar.
1:18 tiene el sentido de “acompañar” personalmente. Esto implica que la
nueva proclamación también debe ir a todo el mundo habitado, y será dada
en forma cronológica en relación con el primer mensaje y además en forma
simultáneamente. Mientras el segundo ángel proclama la caída de
Babilonia, el primero continúa su obra de evangelización juntamente con
él. Esto revela que estos tres mensajes angélicos no pueden ser aislados
el uno del otro, no podemos enfatizar uno a expensa del otro; pues se
correría el riesgo de sacarlos de su respectivo contexto. La relación
del mensaje del segundo ángel con el primero revela que tanto los
verdaderos adoradores como los falsos en el tiempo del fin, estará
identificado teológicamente por su relación con el Evangelio Eterno.
La Caída de Babilonia
El mensaje del segundo ángel es claro y contundente: “Ha caído, ha caído
Babilonia”. ¿La razón? “Porque ha hecho beber a todas las naciones del
vino del furor de su fornicación”. Esta es la primera mención de
Babilonia en todo el libro del Apocalipsis, y para comprenderla
correctamente no debe aislarse del contexto que le sigue (Apoc. 16-18) y
su conexión con el Antiguo Testamento. En este versículo Juan utiliza
imágenes de Isa. 21:9 y Jer. 51:7: “Cayó, cayó Babilonia. Y todos los
ídolos de sus dioses quedaron quebrados en tierra”. “Copa de oro fue
Babilonia... Ella embriagó a toda la tierra. De su vino bebieron todos
los pueblos, se aturdieron las naciones” (cf. Jer. 51:8). “Así como la
antigua Babilonia fue la perseguidora de Israel, así también ‘Babilonia’
en el Apocalipsis es la perseguidora del Israel de Dios en el tiempo del
fin”.
Babilonia es “la gran ciudad” (Apoc. 17:8, cf. 16:19) y constituye una
parodia de Jerusalén, la Ciudad santa de Dios (Apoc. 21:2.10). Esta gran
ciudad es el símbolo del gran sistema grotesco de error que ha montado
Satanás en el tiempo del fin y que agrupa a todos los sistemas corruptos
de la tierra.
Se reconoce que la “intención básica de Babilonia de representar a Dios
sobre la tierra según ‘su voluntad’ (Dan. 11:36) es el más fundamental.
Esta inspiración demoníaca se enfatiza en la profecía del ‘cuerno
pequeño’ del profeta Daniel (caps. 7 y 8) y del ‘rey del norte’
(11:36-45)”.
Por lo que Juan nos describe, “la ambición de Babel es idéntica a la del
cuerno pequeño. Es de una naturaleza religiosa y está dirigida a la
oposición al Sumo Sacerdote en relación con la purificación y el
juicio”.
En la antigüedad, el conflicto entre Babilonia y el pueblo de Dios se
desarrolló en una escala limitada y regional; pero según el libro de
Apocalipsis, esta guerra entre la moderna Babilonia y el Israel
espiritual de Dios ocurrirá en una escala universal. En este tiempo,
Babilonia “es la confusión institucionalizada. Una institución puesta al
servicio de la confusión... Esta es la razón de su caída”.
Esta vez, el Dios de Israel vencerá definitivamente a Babilonia (Apoc.
19:11-21). “Oí una gran voz de una inmensa multitud en el cielo, que
decía: “¡Alabad al Señor! ¡Salvación y honra, gloria y poder a nuestro
Dios! Porque sus juicios son verdaderos y justos. El ha juzgado a la
gran ramera, que corrompía la tierra con su fornicación, y ha vengado en
ella la sangre de sus siervos” (Apoc. 19:1-2, cf. el cap. 18:19-21).
La Babilonia apocalíptica es un símbolo adecuado y “abarcante que Juan
utiliza para describir a todas las organizaciones y los movimientos
religiosos que se han apartado de la verdad. Este hecho nos obliga a
considerar esta ‘caída’ como progresiva y también acumulativa. Esta
profecía de la caída de Babilonia ha hallado su cumplimiento en el
alejamiento de la pureza y sencillez del Evangelio que se ha
generalizado en el protestantismo”.
Ciertamente, la caída de Babilonia es progresiva, pues en una época más
distante a la señalada por Apoc. 14:8, se nos dice nueva vez: “¡Ha
caído, ha caído la gran Babilonia! Y se ha vuelto habitación de
demonios, guarida de todo espíritu impuro, y albergue de toda ave sucia
y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino del furor
de su fornicación. Los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los
mercaderes de la tierra se han enriquecido con su excesiva lujuria” (Apoc.
18:2-3). Lo que denunciaba el segundo ángel y que muchos resistieron
creer, fue lo que realmente sucedió, y ahora, ya no hay punto de
retorno. La suerte de la cristiandad apostata está echada con el
Anticristo: Luchará contra el Cordero en la personas de sus santos (Apoc.
19:11; 17:14, cf. el cap. 13:1-17). Por consiguiente, su caída es
definitiva. Babilonia colmó la copa de la paciencia de Dios al llenar la
copa de su iniquidad, “sus pecados se amontonaron hasta el cielo” (Apoc.
18:5; Jer. 51:9). Ha caído para jamás levantarse y se ha hecho para
siempre “habitación de demonios, guarida de todo espíritu impuro, y
albergue de toda ave sucia y aborrecible”.
Resulta conveniente aclarar que la caída final y definitiva del sistema
de error de Babilonia que señala Apoc. 14:8 aún no ha ocurrido. Se nos
ha dicho que “la caída de Babilonia no será completa sino cuando la
iglesia se encuentre” en el estado de confusión registrado en 2 Tes.
2:9-11, “y la unión de la iglesia con el mundo se haya consumado en toda
la cristiandad. El cambio es progresivo, y el cumplimiento perfecto de
Apocalipsis 14:8 está aún reservado para lo por venir”.
La apostasía que encarna la Babilonia apocalíptica será universal, pues
leemos que ella hace “beber a todas las naciones del vino del furor de
su fornicación”. “Hacer beber” implica el uso de la fuerza, lo que tiene
relación con el decreto de muerte que se emite en Apoc. 13:16-17. El
vino que aquí se menciona representa las falsas enseñanzas y políticas
de Babilonia. “Al ofrecer su vino a las diversas naciones, Babilonia no
tiene el propósito de causar furor, pues ella afirma que el beber de su
vino traerá paz a las naciones [cf. Apoc. 17:12,17]; sin embargo, beber
de él traerá sobre las naciones la ira de Dios”.
Hablaremos más sobre Babilonia en nuestro análisis de Apoc. 17 y 18.
Pero hay una nota positiva en medio de toda esta tragedia. ¡Dios tiene
hijos sinceros que aun están en Babilonia! “¡Salid de ella, pueblo mío,
para que no participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas!
Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó de
sus maldades” (Apoc. 18:4-5). Entonces, cuando el pueblo de Dios salga
de sus filas, Babilonia enfrentará los juicios retributivos de Dios sin
mezcla de misericordia (Apoc. 16:19; 19:1-2; cap. 18).
Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la
bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano,
también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en
el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los
santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los
siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que
adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su
nombre. Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los
mandamientos de Dios y la fe de Jesús. (vers. 9-12).
El tercer mensaje angelical
Un tercer ángel se suma a los dos primeros y así se completa el cuadro.
Su mensaje es una definida advertencia contra la imposición de la marca
de la bestia. Este mensaje resuena en el contexto de la formación de la
imagen de la bestia y la imposición de su marca (Apoc. 13-14-17). Las
“correspondencias temáticas y verbales” son claras. El dragón le da
poder a la bestia que sube de la tierra para “hablar” y “mandar” a los
moradores de la tierra para que hagan una imagen de la bestia con cuerpo
de leopardo (Apoc. 13:11,15). Esto pondrá en aprieto a los santos. Pero
el remanente también recibe autoridad y poder para hablar con valor y
denuedo la Palabra de Dios, para anunciar el Evangelio Eterno, para
anunciar el comienzo del juicio escatológico, para denunciar la caída de
Babilonia y para advertir en contra de la marca que se quiere imponer so
pena de sufrir la ira de Dios (Apoc. 14:6-12). ¡Ellos tienen algo
dramático que decir! El pueblo de Dios, aunque amenazado y perseguido,
no es una víctima pasiva de la ira del dragón, al contrario, constituye
un agente activo en medio de la crisis. Hacen claro que si negarse a
beber de la copa de Babilonia implica privaciones y aún hasta la muerte,
quienes se someten a sus imposiciones y acepten sus enseñanzas, tendrán
que beber de la copa de la ira de Dios sin mezcla de misericordia.
En el Antiguo Testamento, “el cáliz de vino” representa la “justicia
punitiva de Dios”. “Porque el cáliz de la ira está en la mano de Jehovah,
y el vino está mezclado y fermentado. Cuando él derrame el vino, todos
los impíos de la tierra lo beberán hasta la última gota” (Sal. 75:8, cf.
Sal. 11:6; Job 21:20). Es probable que esta sea la imagen que evoque el
apóstol Juan en el contenido del pasaje que nos ocupa. En la antigüedad,
algunas naciones paganas tuvieron que beber este vino hasta la saciedad,
hasta su extinción (Jer. 25:27,33; Abd. 16). El mismo pueblo de Israel
probó en algunas ocasiones del “cáliz de la ira de Dios” temporalmente
(Sal. 60:3; Isa. 51:17,22). La razón por la que el pueblo remanente de
Dios no tiene que beberla en la última gran crisis, se debe a que
aceptaron a Cristo como su sacrificio y garante, quien la bebió por
ellos (Mat. 20:22; 26:39,42). Al mismo tiempo, esta verdad revela porqué
los impíos perecen en la crisis final. Ellos no aceptaron el don de la
justicia de Dios revelado en el Evangelio Eterno (Rom. 1:16-7). Fueron
invitados a entrar en el reposo espiritual que viene como fruto de
aceptar y recibir a Cristo como Salvador personal. Para ellos, que
rechazaron al único que podía salvarles, no pudo haber salvación del
pecado y sus consecuencias.
En el tiempo del fin existen dos “copas” de las que los hombres pueden
tomar. La primera, la copa de Babilonia, llena del vino de su
fornicación, y la copa de la ira de Dios. La copa de Babilonia es hecha
tomar por compulsión. El Señor no usa la coerción para que las naciones
acepten su Evangelio y mucho menos para que sean partícipes de la copa
de su ira. Pero el que en medio de la prueba, después de ser claramente
advertido sobre la verdad, decida ir en contra de su voluntad, tendrá
que hacer frente a la ira de Dios, que está contenida en las siete
últimas plagas (Apoc. 16). Haber bebido de la copa del vino de
Babilonia, desencadena en la segura desgracia de ser hecho participante
de los juicios de Dios. Los réprobos tendrán que beber de la copa de la
indignación divina por haber aceptado las sugestiones de Babilonia a
sabiendas de las advertencias de Dios. El tercer ángel hace claro que
someterse a los dictados de Babilonia antes que a los de Dios,
constituye tomar la decisión final y última de la no hay retroceso. La
rebelión se ha fijado en el carácter de los rebeldes, y aunque se le
conceda un segundo período de gracia volverán a rebelarse contra la
autoridad y la voluntad del Todopoderoso.
Atormentado con fuego y azufre
Debemos examinar detenidamente esta imagen ahora, pues se ha prestado
para mucha confusión y especulación. El tercer ángel advierte claramente
que “si alguno adora a la bestia y a su imagen y recibe la marca en su
frente o en su mano..., será atormentado con fuego y azufre delante de
los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los
siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que
adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su
nombre”. La expresión “el humo de su tormento sube por los siglos de los
siglos” aparece nueva vez en Apoc. 19:3. Algunos ven en estas
expresiones una alusión a la monstruosa doctrina del infierno de fuego
donde serán torturados los réprobos por toda la eternidad. Pero antes de
sacar conclusiones apresuradas debemos buscar el trasfondo de esta
declaración juanina.
Es evidente que Juan toma estas imágenes de Isaías 34, donde se habla de
la destrucción de Edom: “Porque es día de venganza del Señor, año de
retribución en el pleito de Sión. Sus arroyos se convertirán en brea, su
polvo en azufre, y su tierra en ardiente brea. No será apagada de noche
ni de día, su humo subirá para siempre. De generación en generación
quedará asolada, nadie más pasará por ella” (vers. 8-10). “La desolación
y la extinción histórica de Edom es el modelo o el tipo de la suerte de
Babilonia”. Nótese que el profeta habla de que el Señor convertiría los
arroyos de Edom “en brea, su polvo en azufre, y su tierra en ardiente
brea”, que “su humo subirá para siempre” y que quedaría asolada de
“generación en generación”. Naturalmente estas expresiones no implican
que la tierra de Edom ardería por los siglos de los siglos de la
eternidad, sino que era una referencia a la completa destrucción de los
enemigos del pueblo de Dios. Puesto que el espíritu de los profetas está
sujeto al de los demás profetas (1 Cor. 14:32), es decir, no hay
contradicción entre sus mensajes, Juan debe estar empleando estas
imágenes con el mismo sentido que Isaías. Debe notarse que Isaías,
después de hacer estas dramáticas descripciones de la destrucción de la
ciudad de Edom, nos dice que animales salvajes y aves iban habitar esas
tierras (vers. 11-17). Esto no podría ser posible en medio del azufre y
el humo.
Juan también tomó parte de esta imagen de la destrucción de Sodoma y
Gomorra. En Gén. 19:28 leemos: “y he aquí el humo subía de la tierra
como el humo de un horno”. La Biblia nos dice que estas impías ciudades
fueron destruidas completamente cuando cayó sobre ellas “azufre y fuego
de parte de Jehovah desde los cielos” (Gen. 19:24,28). El apóstol Judas
nombra a estas llamas destructoras “fuego eterno” (Jud. 7). Y Pedro nos
dice que estas ciudades fueron reducidas a “cenizas” y puestas “como un
ejemplo para los que habían de vivir impíamente” (2 Ped. 2:6). Pero debe
notarse que se habla de “destrucción”, no de castigo permanente. El
fuego es eterno en sus consecuencias. Una vez cumplida su misión, se
apaga. Lo que queda es “cenizas” según las palabras del mismo Pedro. No
puede ser de otra manera, porque, ¿cómo entenderemos entonces la frase
“juicio eterno” en Heb. 6:2? ¿Durará el juicio en sesión por los siglos
de los siglos? ¡Claro que no!, pero sus consecuencias sí serán eternas.
El significado de la expresión “por los siglos de los siglos” no se
deriva de sí misma, sino de aquello con lo que está asociada. Si está
relacionada con Dios, envuelve el sentido de eternidad, pues Jehovah, es
el Dios eterno (Gén. 21:33); pero cuando está relacionada con seres
humanos, seres mortales (Isa. 51:12; Job 4:17; 1 Juan 5:12) tiene un
sentido diferente.
Pero debemos admitir que la expresión “por los siglos de los siglos”
implica mucho tiempo, y talvez la razón por la que Juan la usó se debe
no sólo al hecho de que refleja consecuencias, sino porque la duración
del castigo de los impíos en el lago de fuego y azufre quedará
determinada por su grado de culpabilidad. Cristo mismo nos dice que “el
siervo que conociendo la voluntad de su Señor, no se preparó, ni hizo
conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes, más el que sin conocerla
hizo cosas dignas de azotes, recibirá pocos” (Luc. 12:47-48, la cursiva
es nuestra). En perfecta armonía con esta solemne declaración se nos ha
dicho:
“Llovió sobre ellos fuego de Dios desde el cielo, y consumió
conjuntamente al magnate, al noble, al poderoso, al pobre y al miserable
[Apoc. 21:9]. Vi que unos quedaban pronto aniquilados mientras que otros
sufrían por más tiempo. A cada cual se le castigaba según las obras que
había hecho con su cuerpo. Algunos tardaban muchos días en consumirse, y
aunque una parte de su cuerpo estaba ya consumida, el resto conservaba
plena sensibilidad para el sufrimiento. Dijo el ángel: ‘El gusano de la
vida no morirá ni su fuego se apagará mientras haya una partícula que
consumir’.
“Satanás y sus ángeles sufrieron largo tiempo. Sobre Satanás pesaba no
sólo el castigo de sus propios pecados sino también el de todos los de
la hueste redimida, que habían sido puestos sobre él. Además, debía
sufrir por la ruina de las almas a quienes engañara. Después vi que
Satanás y toda la hueste de los impíos estaban consumidos y satisfecha
la justicia de Dios. La cohorte angélica y los santos redimidos
exclamaron en alta voz: ‘¡Amén!’”.
“Los impíos reciben su recompensa en la tierra (Prov. 11:31)... Algunos
son destruidos como en un momento, mientras otros sufren muchos días.
Todos son castigados ‘conforme a sus hechos’. Habiendo sido cargados
sobre Satanás los pecados de los justos, tiene éste que sufrir no sólo
por su propia rebelión, sino también por todos los pecados que hizo
cometer al pueblo de Dios. Su castigo debe ser mucho mayor que el de
aquellos a quienes engañó. Después de haber perecido todos los que
cayeron por sus seducciones, el diablo tiene que seguir viviendo y
sufriendo. En las llamas purificadoras, quedan por fin destruidos los
impíos, raíz y rama, -Satanás la raíz, sus secuaces las ramas”.
Creemos que es solo en este contexto que podemos entender plenamente el
significado de la expresión “por los siglos de los siglos”. El lago de
fuego y azufre es el lugar donde “todos los elementos ardiendo serán
desechos, y la tierra y las obras que en ellas hay serán quemadas” (2
Ped. 3:10, cf. vers. 12). Esto implica a los hombres y mujeres
perversos, todos quedarán “completamente destruidos y disipados ‘como
humo’ (Sal. 37:20). La orgullosa Babilonia, cuyo humo ‘sube por los
siglos de los siglos’ (Apoc. 19:3), ‘será quemada con fuego’ (Apoc.
18:8). El fuego del día final no dejará del impío ‘ni raíz ni rama’
(Mal. 4:1,3; cf. Sal. 37:9-10; Abd. 10), y los réprobos serán como si
nunca hubieran sido (Eze. 28:18-19; Abd. 16)”.
En este mismo tenor se reconoce que la expresión “fuego y azufre” es
“parte de la maldición del pacto, maldición que incluye extinción o
aniquilación (Deut. 29:23; Sal. 11:6)”.
Así que, esta incisiva frase es una declaración que refleja la
aniquilación total y definitiva de los impíos, una obra con claras
consecuencias que perdurará por los siglos sin fin (Prov. 24:20). Este
tema será retomado en nuestro análisis de Apoc. 20:9.
La perseverancia del remanente
Tenemos nuevamente otra clara mención del remanente final del Dios:
“Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los Mandamientos
de Dios y la fe de Jesús”. Ya vimos en Apoc. 12 que el dragón, después
de ser vencido en su lucha contra el Hijo de la mujer, persiguió a la
mujer misma, pero al no poder destruirla encausó su ira contra “el resto
de la descendencia de ella, los que guardan los Mandamientos de Dios y
tienen el Testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17). Juan nos confirma ahora
que el remanente está activo en la crisis final y que sigue siendo
victorioso por la sangre de Cordero (Apoc. 12:11). En Apoc. 12:17 se nos
dice que aparte de guardar los Mandamientos de Dios “tienen en
Testimonio de Jesús”, que como ya vimos es una referencia al “Espíritu
de Profecía”, el don profético manifestado entre ellos. Aquí Juan nos da
ciertos detalles breves pero precisos sobre el remanente. También tienen
la “paciencia“, “perseverancia” o “aguante” que le permite subsistir en
medio de la lucha, y salir victoriosos. La lucha es intensa contra la
bestia, su imagen y la imposición del falso día de reposo. Pero resisten
de la misma manera en la que “aguantó” su Señor en la hora más difícil
de su gran prueba (Heb. 12:2). La coerción y la mañas que se emplearán,
así como los falsos milagros y prodigios (Apoc. 13:13-17; 2 Tes. 2:10;
Mat. 24:24) que procurarán legitimazar el gran engaño no removerán su
firmeza en el Altísimo. Se mantendrán fieles.
También se nos dice que “tienen la fe de Jesús”. Esta fe es lo que hace
posible el aguante de los santos y la obediencia a los Mandamientos de
Dios. La “fe de Jesús” puede ser entendida como la fe en Él, tanto como
la fe que Él mismo manifestó en su Padre. Pensamos que el pasaje implica
ambas ideas, pues la fe que Jesús tuvo en su Padre es la fe que el
mensaje de tercer ángel le da al remanente para que, “puestos los ojos
en Jesús, el autor y consumador de la fe” se “despojen de todo el peso
del pecado que los asedia y corran “con paciencia” la carrera que tienen
por delante (Heb. 12:1-2). La fe que posee el remanente implica
confianza en su Señor, pero tiene que ver más con una profunda
apreciación del costo de la salvación (Juan 3:16). Esta profunda
apreciación será el resultado de contemplar a su Señor en toda su
hermosura (Zac. 12:10; Sal. 45:2; Cant. 5:10-16), una hermosura que no
podrá apagar ni aún la más fiera crisis. Como los apóstoles, el
remanente resultará constreñido y saturado por el poder del amor y nada
podrá detenerlo en su fiel servicio a Dios. No vivirán para sí sino para
Aquel que los amó y murió por ellos (2 Cor. 5:14-15).
Nadie debería acusar al remanente de ser legalista porque llamar la
atención de los hombres a la obediencia de los Mandamientos de Dios.
Pero así lo han hecho la mayoría de los cristianos. No logran entender
que la desobediencia de uno de los Diez Mandamientos los hace culpable
de todos (Sant. 2:10-12), y que al ignorar al cuarto mandamiento están
favoreciendo los designios del Anticristo. Pero el tiempo de actuar por
causa de la invalidación de la Ley ha llegado y nadie podrá detener el
avance vertiginoso del remanente (Sal. 119:142). El carácter de Dios
será vindicado por un pueblo que se niega a negociar con las falsas
concepciones de Babilonia, un pueblo que no caerá seducido por los
encantos diabólicos de la gran ramera, un pueblo que no se embriagará
con el vino del furor de su fornicación, un pueblo que no manchará sus
labios con la mentira de un evangelio adulterado, mientras profesa ser
el portaestandarte de la verdad. Un velo cubre peligrosamente el rostro
del protestantismo hoy, similar al que tenían los judíos del tiempo de
Cristo que le impedía ver en él al verdadero Mesías. No pueden ver hacia
donde dirige todo este juego. Ese velo será quitado del rostro de todo
aquél que quiera hacer la voluntad de Dios y honrarle porque Él es digno
de toda adoración (Apoc. 4:11; 5:12-13).
La declaración de que el remanente guarda los Mandamientos de Dios no es
casual. Debe recordarse que la bestia con cuerpo de leopardo, que es la
misma potencia llamada por Daniel “cuerno pequeño”, intentaría “cambiar
los tiempos y la Ley” (Dan. 7:25). El mandamiento que ha sufrido el peor
de los ataques es el cuarto, que ordena la observancia del sábado como
día de reposo. Este poder ha erigido su propio monumento, el primer día
de la semana en sustitución del sábado. El remanente denuncia este
atentado y al mismo tiempo ejemplifica en su propia vida un carácter que
es fiel a Dios. La proclamación del sábado como está implicada en el
mensaje del primer ángel (Apoc. 14:6), constituye la obra de reforma que
profetizó Isaías (cap. 58:12-14; 56:1-2). “La iglesia remanente honra
los Mandamientos de Dios y los observa, no con un sentido legalista sino
como una revelación del carácter de Dios y Cristo, que mora en el
corazón del verdadero creyente (Gál. 2:20)”.
Finalmente debemos decir que si este pasaje no hace alusión a una
iglesia específica como el verdadero pueblo de Dios, por lo menos, sí
revela que todas las agrupaciones religiosas que desmeritan el papel
perpetuo y obligatorio de la Ley, incluyendo el cuarto mandamiento, el
sábado, no constituyen el pueblo remanente de Dios señalado por la
profecía. Pero el pasaje es claro en cuanto a la identidad del remanente
y sólo puede ser cumplido por una iglesia que, aunque imperfecta
todavía, por ser una iglesia militante, exalta la Ley de Dios como norma
de conducta y vida. No puede ser de otra manera si vamos a ser
consistente en nuestra interpretación.
Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí
en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu,
descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen. Miré, y
he aquí una nube blanca; y sobre la nube uno sentado semejante al Hijo
del Hombre que tenía en la cabeza una corona de oro, y en la mano una
hoz aguda. Y del templo salió otro ángel proclamando a gran voz al que
estaba sentado sobre la nube: Mete tu hoz, y siega; porque la hora de
segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura. Y el que estaba
sentado sobre la nube metió su hoz en la tierra, y la tierra fue segada.
Salió otro ángel del templo que está en el cielo, teniendo también una
hoz aguda. Y salió del altar otro ángel que tenía poder sobre el fuego,
y llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz
aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están
maduras. Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la
tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios. Y fue pisado
el lagar fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los frenos
de los caballos, por mil seiscientos estadios (vers. 13-20).
Bienaventurados los muertos en el Señor
Esta sección empieza con una de las siete bienaventuranzas del
Apocalipsis. En todo el libro aparecen un total de siete
bienaventuranzas (caps. 1:3; 14:13; 16:15; 19:9; 20:6; 22:7 y 22:14). La
bienaventuranza de Apocalipsis 14:13 especifica un tiempo: “de aquí en
adelante”. Esta declaración se refiere al lapso que media entre el
tiempo de la proclamación de los tres ángeles, desde 1844 (vers. 6-12)
hasta la segunda venida de Cristo (vers. 14-20). La muerte, lejos de ser
una puerta de entrada a una nueva etapa de vida, un largo viaje al más
allá; es más bien, según las Escrituras, “un descanso de la fatigosa
labor de la vida”. Y no constituye para el hombre de fe, la caída al
vacío de la desesperación, sino un descanso temporal en los brazos
amorosos de su Señor. La clase de persona a la que hace alusión este
pasaje es clara: “los que mueren en el Señor”, es decir, con su fe
puesta en Él, “los que llegan al final todavía unidos a Cristo”
(cf. 1 Tes. 4:16; 1 Cor. 15:18). Y descansan de “sus trabajos”, o como
específica mejor el original: “labor cansadora”, “esfuerzo agotador”.
Merecen el descanso, pero, no quedan en el anonimato, sus “obras con
ellos siguen”. Esto es una referencia a la influencia que dejan tras sí
a la hora de morir.
“Cuando un hombre muere, su influencia no muere con él; sino que vive y
se reproduce. La influencia del hombre que fue bueno, puro y santo vive
después de su muerte, como el fulgor del sol poniente, proyectando sus
glorias a través del cielo, iluminando los picos de las montañas mucho
tiempo después que el sol se ha hundido detrás de la colina... ¡Pero qué
contraste el de la vida de los que son terrenos, sensuales, diabólicos!
El placer sensual ha sido complacido. A la luz del juicio, el hombre
aparece como es, despojado del manto del cielo. Está ante los demás como
es a la vista de un Dios santo. Piense cada uno de nosotros seriamente
si las obras que nos siguen serán la suave luz del cielo o las sombras
de las tinieblas, y si los legados que dejamos son bendiciones o
maldiciones”.
Apoc. 14:13 parece tener un significado mucho más abarcante aun. “Sucede
muchas veces que los peligros que se esperan no resultan tan grandes
como uno se los había imaginado; pero éste no es el caso respecto de la
crisis que nos espera. La imaginación más fecunda no alcanza a darse
cuenta de la magnitud de tan dolorosa prueba”.
Hay muchos fieles que han aceptado la verdad de Dios para este tiempo
pero que, debido a algunas situaciones específicas no podrán hacer
frente al tiempo de angustia. En su misericordia, Dios les permitirá
descansar antes que permitirle el riesgo de pasar por esta hora crítica.
“Muchos descenderán al descanso antes de que la prueba de fuego del
tiempo de angustia llegue al mundo”.
Se nos ha dicho también que “muchos pequeñitos morirán antes del tiempo
de angustia. [Pero] volveremos a ver a nuestros hijos. Los encontraremos
y los reconoceremos en las cortes celestiales”.
Se nos anima a confiar en el Señor y a no temer.
La cosecha final de la tierra
Esta sección del 14:15-20 está dividida en dos partes y describe la gran
siega o cosecha escatológica. Abarca dos eventos distintos: El primero
está compuesto por los versos 15-17, donde se describe el acto de
recoger a los fieles del Señor bajo el símbolo de un grano maduro,
(“seco”, “marchito” según el original). Y el segundo evento se refiere a
la ciega de los injustos, simbolizados por “uvas maduras”. Estas
imágenes están tomadas de las cosechas agrícolas palestinas, donde, en
términos generales, había dos épocas principales para la cosecha: 1) la
cosecha cerealera de cebada y trigo, y 2) la cosecha de la fruta (uva y
aceituna).
Aunque estas recogidas estaban separadas por varios meses, aquí en
Apocalipsis Juan nos la presenta como si se realizaran conjuntamente. Es
sólo un símbolo para hablarnos de la separación final entre los justos y
los injustos.
Debe reconocerse que al tratar con profecías simbólicas, los detalles no
son el aspecto predominante, sino el mensaje contenido en ellas. “En la
profecía simbólica el profeta ve la representación de la realidad y no
la realidad misma... Se debe tener cuidado de no entender literalmente
lo que dice un profeta bíblico cuando no está hablando en forma
literal... En lo que a interpretación de profecía simbólica se refiere,
es importante permitir que el mismo Espíritu que dio la visión
identifique sus símbolos... [Así] los diversos elementos de la
presentación simbólica tienen diversos grados de significado y de
importancia... Es posible que algunos lineamientos se introduzcan sólo
para redondear la presentación o para establecer un marco de fondo
adecuado”.
Después que se termina la proclamación del mensaje del tercer ángel,
Juan ve a uno sentado “semejante al Hijo del Hombre” sobre una nube
blanca. Es la aparición de Cristo en las nubes del cielo (Hech. 1:9-11;
Mat. 24:30; Luc. 21:27; Apoc. 1:7). La expresión “Hijo del Hombre” hace
alusión al parentesco de Cristo con la familia humana, el cual lo
conserva aun estando glorificado. Pero ya no es el sumiso Cordero que
voluntariamente y sin resistencia se somete ante sus trasquiladores
(Isa. 53:3-4,7); ahora viene como Rey de reyes a ejecutar juicios sobre
los habitantes de la tierra (Apoc. 19:11-21; Mat. 25:31). Juan nos
presenta a Cristo como a un Segador que viene a recoger la cosecha. Se
reconoce que las expresiones “Hijo del hombre” y “nube blanca” son
imágenes adaptadas de la visión de Daniel cap. 7. También se nos dice
que “la visión de la gran vendimia de Apocalipsis 14:17-20 amplía la
descripción de la cosecha de uvas de Joel 3:13 y la vuelve a definir
como un juicio que está centrado en Cristo”.
El pasaje de Joel nos dice: “Echad la hoz porque la mies está madura.
Venid a pisar, porque el lagar está lleno. Rebosan las cubas, porque
mucha es la maldad de ellos”. Cuando este momento llega, Joel ve a los
hombres como estando en el valle de la decisión (vers. 14). Él también
hace alusión a Dios como sentado sobre un trono dispuesto para el juicio
(vers. 12). Este es un día terrible para los impíos, pero de gloria para
los justos: “Jehovah rugirá desde Sión, tronará desde Jerusalén, y
temblarán los cielos y la tierra; pero el Señor será la esperanza de su
pueblo, y la fortaleza del pueblo de Israel” (vers. 16).
Cristo tiene en su cabeza una corona y en su mano “una hoz afilada”, lo
que indica que viene a ejecutar la segunda fase del juicio de Dios, a
recompensar a cada uno conforme hayan sido sus obras (Mat. 3:12; 16:27).
En la parábola del trigo y la cizaña leemos: “Dejad crecer juntos lo uno
y lo otro hasta la siega. Y al tiempo de la siega yo diré a los
segadores: Arrancad primero la cizaña, y atadla en manojos para
quemarla, pero juntad el trigo en mi granero”. (Mat. 13:24-30; Mar.
4:29). En su interpretación del contenido de esta parábola Cristo
especificó:
“El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el
mundo, la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los
hijos del maligno. El enemigo que la sembró es el diablo, la siega es el
fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se arranca la
cizaña, y se quema en el fuego, así sucederá al fin de este mundo. El
Hijo del Hombre enviará a sus ángeles a juntar de su reino a todos los
escandalosos, y a los que cometen iniquidad, y los echarán en el horno
de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los
justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga
oídos, oiga” (vers. 37-43).
La escena de Cristo sentado haciendo separación entre justos e injustos
nos recuerda también el pasaje referente al juicio de las naciones de
Mat. 25:31-40. Lo que crea las condiciones para la aparición de Cristo
es la proclamación del mensaje de los tres ángeles. Habiendo quedado
preparado el terreno para el advenimiento del Hijo de Dios, la cosecha
puede realizarse (Apoc. 19:7-9). La imagen de la cosecha enfatiza “el
fin de la temporada de crecimiento, el fin del período de prueba”.
Juan ve a Cristo echar su hoz afilada sobre la tierra (vers. 16), pero
también ve a un ángel hacerlo (vers. 18). Se reconoce que este es un
pasaje de contenido difícil. Algunos proponen que la cosecha de los
justos es hecha por Cristo, mientras que los ángeles siegan a “los que
están destinados para el juicio”.
Esto parece estar de acuerdo con la declaración de Cristo que dice: “El
Hijo del Hombre enviará a sus ángeles a juntar de su reino a todos los
escandalosos, y a los que cometen iniquidad, y los echarán en el horno
de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mat. 13:40-41).
Leemos que el ángel le dice a Cristo que siegue la mies de la tierra
porque está madura (vers. 14), esto se refiere a los justos. Entonces,
Cristo “echó su hoz sobre la tierra, y la tierra fue segada” (vers. 15),
es decir, los justos fueron recogidos (Mat. 34:30-31; 2 Tes. 4:16-17).
En el vers. 17 leemos que “del Santuario que está en el cielo salió otro
ángel teniendo también una hoz afilada” (VRV 1977). “Otro ángel” que
tenía potestad sobre el fuego salió del altar y “llamó a gran voz al que
tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos
de la tierra, porque sus uvas están maduras. Y el ángel arrojó su hoz en
la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran
lagar de la ira de Dios”. La “gran voz” denota la autoridad con la que
da la orden.
El pisoteo del lagar
La figura de un lagar pisoteado representa “el juicio de condenación de
Dios (ver Isa. 63:2-6; Jer. 25:30,33). Isaías comparó a Edom y a Israel
a una viña que sería pisoteada por el juicio de Dios (Isa. 5:1-7; ver
también Sal. 80:8,12-13,16)”.
En Apocalipsis 19 tenemos una ilustración más amplia de esta imagen. Es
el tiempo de la manifestación de la justa ira de Dios, que es llamada
también la “ira del Cordero” (Apoc. 6:16, cf. 11:17-18).
El lenguaje que Juan utiliza aquí es altamente impresionista. Se nota
que cuando “fue pisado el lagar fuera de la ciudad..., salió sangre
hasta los frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios”. Lo
primero que debemos notar es la frase “fuera de la ciudad”. Puesto que
en el Apocalipsis sólo se mencionan dos ciudades, la nueva Jerusalén, la
Ciudad de Dios (Apoc. 21:2,10) y Babilonia, la gran ciudad (Apoc. 14:8,
17:18), la expresión “fuera de la ciudad” debe hace referencia a la
destrucción definitiva de los impíos al final del milenio los cuales
estarán en la periferia de “la ciudad amada”, “el campamento de los
santos” (Apoc. 20:9-10). El profeta Joel hace referencia a la
destrucción de los impíos como ocurriendo fuera de Jerusalén (Joel
3:12-13). La gran cantidad de sangre que sale “hasta los frenos de los
caballos” constituye “una figura literaria para indicar la tremenda
matanza de las huestes de los impíos”, el “número de los cuales es como
la arena del mar” (Apoc. 20:8).
Se observa que Apoc. 14 comienza con una cifra, 144,000 y termina con
otra, 1,600. “Ambos pasajes (vers. 1 y 20) forman contrapartes
simbólicas que describen destinos opuestos para justos y para los
malvados. El verdadero Israel está con el Cordero sobre el Monte Sión
dentro de la ciudad de Dios, y los perseguidores malvados están reunidos
fuera de la ciudad [cf. Joel 2:32; 3:1-16.]”.
La justa ira de Dios
Antes de concluir esta sección queremos hacer algunas breves
observaciones sobre la manifestación de la ira de Dios. Para algunas
personas resulta repugnante escuchar que Dios expresará su ira con tal
magnitud sobre seres mortales e indefensos. Pero, si son tan indefensos,
¿por que no se someten a su señorío? ¿Por qué atentan contra lo que es
de su propiedad? ¿Por qué se confabulan tan demoníacamente contra el
remanente que procura vivir justamente? ¿Por qué insistir
desenfrenadamente en el vicio, la corrupción y la maldad? Estas
preguntas reclaman también respuestas satisfactorias.
Hay muchas cosas que nosotros los seres humanos no comprendemos a
profundidad, porque hay verdades que nos negamos a creer. La Palabra de
Dios nos revela la existencia de un enemigo real, con una mente infernal
y llena de maldad y violencia que lucha despiadadamente contra el
gobierno de Dios, a través de los sistemas corruptos de la tierra. Dios
desea que todos estén claro en este asunto, por eso lo ha revelado en su
Palabra. Nadie entonces, tiene excusas. Si los seres humanos de forma
responsable y personal deciden creer las sugestiones de otras mentes
(sean hombres o demonios) y modelan sus vidas sobre esos dictados, deben
abstenerse a las consecuencias. Por su lado, Dios está dirigiendo las
cosas a su consumación definitiva. Se propone eliminar la rebelión de
este planeta, y lo hará sin importar los argumentos que se esgriman
contra su forma de administrar las cosas. Dios es Soberano, y los
hombres, en lugar de estar cuestionándolo deberían tratar de aprender de
Él lo que es para su bien presente y futuro. Dios es claro: “Yo sé los
pensamientos que tengo acerca de vosotros - dice Jehovah -, pensamientos
de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis... Me buscaréis y me
hallaréis, cuando me busquéis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:11,13).
Pero no es menos cierta la siguiente verdad:
“Los juicios de Dios caerán sobre los que traten de oprimir y aniquilar
a su pueblo. Su paciencia para con los impíos da a éstos alas en sus
transgresiones, pero su castigo no será menos seguro ni terrible por
mucho que haya tardado en venir”.
Todo ser humano debería mirar hacia sí mismo, en el sentido de que debe
admitir que sea cual sea el resultado de esta contienda milenial, hubo
un culpable y que el resultado no fue impuesto, sino que fue el fruto de
su propia errada decisión. Somos responsables de nuestras elecciones, a
menos que creamos en la doctrina de la predestinación, donde los hombres
no tienen que elegir, pues Dios lo hizo por ello. Pero esta enseñanza no
es bíblica (Isa. 1:18-20, Juan 3:14-21). Se nos ha dicho que “Dios no
destruye a ningún hombre. Todo hombre que sea destruido se habrá
destruido a si mismo”.
¡Fue su decisión!
“No hemos de considerar a Dios como a alguien dispuesto a castigar al
pecador por su transgresión. El pecador acarrea el castigo sobre sí
mismo. Sus propias acciones ponen en marcha una serie de circunstancias
que provocan un seguro resultado... Eligiendo pecar, los hombres se
separan de Dios, se apartan del canal de bendiciones, y el seguro
resultado son la ruina y la muerte”.
Pero la ejecución final de los impíos es obra directa de Dios. Será el
resultado inevitable de haber elegido el camino de la rebelión. Esta
obra de destrucción es llamada por el profeta Isaías “extraño acto”:
“Jehovah se levantará..., para hacer su obra, su obra extraña, y para
ejecutar su acto, su acto extraño” (Isa. 28:21). En las siete plagas se
“consuma la ira de Dios” contra un mundo impenitente (Apoc. 15:1). De la
misma manera, la destrucción de los malvados es un acto directo de Dios
(Apoc. 21:9). “El amor de Dios es un amor santo. El amor divino y
la justicia divina son dos caras de la misma moneda. Ambos son atributos
del mismo Dios. La justicia requiere un castigo adecuado de la
transgresión, y no debe ser invalidada por la verdad igualmente válida
de que el pecado se destruye así mismo”.
Nosotros podemos elegir no creer estas verdades y seguir nuestros
propios caminos, pero es una mala y lamentable elección, pues nuestros
propios caminos sólo nos conducen a la soledad, a la separación cada vez
mayor de nuestro amante Dios; y en este terreno sólo existe
desesperanza, dolor y finalmente la muerte eterna. Dios no puede elegir
por nosotros, y mucho menos forzarnos a creer en su Palabra. Pero nos
anima a hacer la elección correcta, pues el tiempo es corto y el fin de
todas las cosas se acerca: “Venid y razonemos, dice Jehovah. Aunque
vuestros pecados sean como la grana, serán emblanquecidos como la nieve.
Aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si
queréis obedecer, comeréis el bien de la tierra” (Isa. 1:18-19, la
cursiva es nuestra).
Notas y Referencias:
Elena G. de White, Review and Herald, 13-10-1904.
---------, Youth's Instructor, 7-6-1894.
Mario Veloso, El Apocalipsis y el Fin del Mundo, p. 173.
Ángel M.
Rodríguez, Fulgores de Gloria, p. 133.
Hans K.
LaRodenlle, Las Profecías del Fin, p. 339.
---------, Ibíd., 174-175.
White, El Conflicto de los Siglos, p. 538,
la cursiva es nuestra.
---------, Profetas y Reyes, pp. 432-433, la cursiva es nuestra.
LaRondelle, Ibíd., p. 351.
---------, Ibíd., p. 352.
Jacques B. Doukhan, Daniel, The Vision of the End, p. 66.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 842, la cursiva es
nuestra.
White, El Conflicto de los Siglos, pp. 440-441.
Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 844.
White, Primeros Escritos, pp. 293-294.
----------, El Conflicto de los Siglos, p. 733, la cursiva es
nuestra.
Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 270.
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