La Última Advertencia Divina

 

El Mensaje de los Tres Ángeles

   
  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Introducción

En el presente análisis veremos que Apoc. 14 constituye “la contraparte positiva” de Apoc. 13. Este capítulo es de tal importancia que ha sido visto como “el punto más elevado, formal y substancial” de todo el libro. Se nos ha dicho con profunda percepción: “El capítulo 14 del Apocalipsis es del más profundo interés. Pronto será comprendido en todos sus alcances, y los mensajes dados a Juan el revelador serán repetidos con claridad”.[1] En esta parte veremos que no importa cuantas artimañas pueda emplear el dragón contra el pueblo de Dios, éste siempre es llevado al triunfo por medio de la fe en la sangre de su Señor (cf. 2 Cor. 2:14; Rom. 8:35-39; Apoc. 12:11). Satanás es un enemigo vencido, y lo será una y otra vez hasta que llegue el momento de ser destruido completamente (Eze. 28:18-19). Pero la lucha es real e implica grandes riesgos, pues no podemos confiarnos en nuestra propia fortaleza sino en la de Dios, y mientras lo hagamos se nos asegura que “mediante los méritos de la sangre de Cristo, podéis ser vencedores, sí, más que vencedores”.[2] Veamos pues el mensaje de este interesante capítulo.
 
Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el Evangelio Eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas (cap. 14:6-7).
 
El primer mensaje angelical
Desde el versículo seis hasta el 12 tenemos los tres mensajes angélicos que nos presentan “la relación del remanente con la estructura mundo-Babilonia en función del mensaje que el remanente debe predicarle”. Estos mensajes están dirigidos a dos tipos de personas: 1) A los “moradores de la tierra”, los adoradores del dragón y el Anticristo (Apoc. 13:8; 17:8); y 2) A los habitantes de la tierra organizados en naciones, tribus, lenguas y pueblo (Apoc. 14:6). “En todas las épocas la humanidad ha estado organizada en estructuras de poder, pero estas estructuras son mucho más formales en el tiempo del fin. Los individuos están bajo el poder de las estructuras. En estos mensajes aparecen dos estructuras superiores: el Estado y Babilonia”.[3] La profecía nos advierte que el control que ejercen las organizaciones sobre las gentes irá en aumento a medida que la guerra del dragón irá en aumento. El control será tan grande que un día nadie podrá comprar ni vender sino se identifica con la marca de la bestia (Apoc. 13:17). En este contexto, la evangelización será determinante pues demandará valor y dinamismo. La expresión “el Evangelio... para predicarlo” describe el anuncio de las Buenas Nuevas con “total autoridad y poder”. “Babilonia dictará las reglas del juego y el Estado forzará su cumplimiento. La libertad individual tendrá un espacio de acción muy reducido. Por eso es importante que el remanente se ocupe en esta tarea con diligencia, mientras exista libertad de acción para la persona”.[4]
Los elementos que estarán activos en la contienda se hacen cada vez más claros. 1) El tema de la adoración. 2) La evangelización mundial. 3) La formación de la imagen de la bestia. 4) La imposición de la marca de la bestia (el domingo como día de reposo establecido por ley sobre todos los hombres). 4) El llamado del remanente a la adoración del verdadero Dios. 5) El anuncio del juicio en relación con las Buenas Nuevas de salvación. 5)  El anuncio de la caída de Babilonia por sus errores doctrinales y morales; y 6), la proclamación cada vez más clara de la verdad del sábado como verdadero día de reposo ordenado por el Señor como señal de su poder creador y redentor (Gén. 2:1-3; Exo. 31:17; Deut. 5:15). Este último punto está implicado directamente por el mensaje del primer ángel. En su llamado a la adoración usa la siguientes palabras: “Adorad a Aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7). Estas palabras son casi idénticas a las que usó Moisés para describir la razón por la que Dios nos manda a reposar el séptimo día: “Porque en seis días hizo Jehovah los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día, por tanto, Jehovah bendijo el día de sábado y lo santificó” (Exo. 20:11, la cursiva es nuestra). ¡No podía Dios dar un mensaje más claro!
Existe estrecha conexión entre Apoc. 14:1-5 y los versos 6-12. Esta relación puede ser considerada como “una descripción del proceso y los medios por los cuales Dios reúne al remanente escatológico. El capítulo comienza mostrándonos a ese grupo reunido ante el trono de Dios. Luego nos informa cómo los llamó Dios de entre los habitantes de la tierra”.[5] Se reconoce que de la misma manera que Apoc. 13 revela el plan mundial del dragón, para unir al mundo contra Cristo y su pueblo remanente, Apoc. 14 nos provee un vistazo en grande rasgos del plan mundial de Dios y sus propósitos. Existen dos fuerzas reales que luchan por lograr la adoración y la lealtad de los seres humanos, por lo que no puede haber nada más importante para nosotros que estar seguros de qué lado estamos en la contienda. Dios utiliza a tres ángeles que representan sus escogidos anunciando al mundo las Buenas Nuevas, la hora del juicio, la caída de Babilonia, y advirtiendo dramáticamente sobre las implicaciones de recibir la marca de la bestia. Por el otro lado, tenemos a Satanás que utiliza a tres espíritus inmundos a manera de ranas que son enviados a los reyes de la tierra para reunirlos para la batalla de aquel gran día de Dios todopoderoso. Estos tres seres demoníacos constituyen la contraparte de los tres ángeles, una parodia de ellos.
 
Evangelio y juicio juntamente
Este ángel, al igual que los dos siguientes, representa al pueblo de Dios en el cumplimiento de su misión. El símbolo es adecuado porque en el proceso de evangelización participan como colaboradores de ellos los ángeles del cielo (cf. Heb. 1:14; Sal. 34:7). Como ya vimos, el primer ángel va con el “Evangelio Eterno” para predicarlo a “gran voz” a todos los habitantes de la tierra. El contenido del mensaje es definido: “Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. En medio de la amalgama de confusión que impera en el tiempo final, el mensaje es preciso y oportuno: hay que adorar al Dios verdadero y no a ninguna entidad humana. Adorar cualquier cosa aparte de Dios es adorar al dragón (Apoc. 13:4,15). Esto está implicado en la expresión “temed a Dios y dadle gloria”, pues en las Escrituras el temor a Dios está relacionado con la obediencia (Exo. 20:20; Deut. 5:29; 6:13-17; Isa. 8:13; Fil. 2:12-13). Dios es glorificado en su santos que le obedecen alegre y libremente (1 Cor. 6:20). Vez tras vez se hace claro que el tema dominante en el conflicto final es la adoración. El contenido del mensaje angélico tiene un significado histórico palpable en la proclamación del Evangelio por parte del remanente, pero también un sentido escatológico que confronta a los hombres con la necesidad de tomar una decisión definitiva en la última hora de la gran prueba que ha de venir sobre el mundo entero (Apoc. 3:10).
El Evangelio que lleva el ser celestial es “eterno”. Es la primera vez en toda las Escrituras que al Evangelio se le designa en término temporal. Siempre que se habla de él se hace en términos de calidad o procedencia. Por ejemplo: “el Evangelio de la gracia de Dios” (Hech. 20:24), “el Evangelio de la gloria de Cristo” (2 Cor. 4:4), “el evangelio del reino” (Mat. 4:23), “el Evangelio de Jesús” (Hech. 8:35), “el Evangelio de Dios” (Rom. 1:1), “el Evangelio de vuestra salvación” (Efe. 1:13), “el Evangelio de paz.” (Efe. 6:15). La expresión “eterno” denota la inalterabilidad del Evangelio. La última generación no tendrá un Evangelio modificado, adaptado a sus antojos y mañas como un traje hecho a la medida; tendrá lo único que siempre tiene en grado absoluto “poder de Dios para salvación” (Rom. 16). En el Evangelio Eterno Dios revela su “justicia... por fe de principio a fin” (Rom. 1:17, NVI). Y en esta justicia puede alcanzar plenitud de vida todo aquél que lo desee y quiera. Estas Buenas Nuevas que lleva el pueblo de Dios a todas las naciones es “la comunicación de una experiencia salvífica”, es una invitación a caminar por los caminos de la justicia y la salvación, por lo tanto, es una “persuasiva invitación para transitar juntos por él”.[6]
Cabe destacar además, que la verdad del Evangelio y la del juicio no se contradicen así mismas, no están en tensión como algunos teólogos modernos proponen. En las Escrituras, el juicio es parte y conjunto de la proclamación del Evangelio de la gracia (Hech. 17:30-31; Rom. 2:16). “La proclamación del juicio y de las Buenas Nuevas están” indisolublemente “unidas, al igual que el nuevo nacimiento y el arrepentimiento” (Mat. 1:15; Isa. 57:15)”.[7] Pero aunque estas verdades han existido como las dos caras de una moneda, en los tiempos apostólicos y anteriores a 1844, toda proclamación del juicio tendía a señalar hacia el fin del milenio. Pero ahora, desde 1844, ambas verdades se complementan y desarrollan conjuntamente. Ya no es que el juicio de Dio se realizará un día, es que ya ¡ha llegado su hora! Se reconoce que el primer mensaje angélico contiene dos elementos intrínsico, uno de advertencia y otro de consecuencia. “La advertencia es: Temed a Dios porque la hora de su juicio ha llegado… y este es el contenido de consecuencias. Si tenéis temor a Dios y sois fieles a Él, tan fieles que Él puede libraros de la condenación del juicio, adoradlo”.[8]
 
Lecciones del Día de Expiación judío
Veamos un poco más de cerca la interesante mezcla del Evangelio y el juicio. Juan escucha al ángel proclamar: “Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado”. Luego hace un llamado: “Adorad a aquel hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. Esto es fascinante, porque lo que tenemos aquí es la revelación del Día de Expiación antitípico. Sólo en el Día de Expiación que realizaba el pueblo hebreo encontramos estas dos verdades combinadas. Durante las ceremonias regulares del año, el sacerdote hacía expiación por los pecados del pueblo y estos, a su vez eran transferidos simbólicamente al Santuario. Así se lograba la reconciliación del pecador y la expiación o perdón por el pecado (Lev. 1-5). Lo más cerca que llegaba el sacerdote a la presencia de Dios en el ministerio diario era cuando entraba al Lugar Santo. Pero una vez al año, se realizaba una ceremonia especial llamada el “día las expiaciones”, para poner fin a la serie anual de los servicios. Este ceremonial tenía como fin limpiar el Santuario de todos los pecados y abominaciones de los hijos de Israel, pues se entendía que la sangre asperjada de los sacrificios diarios iba haciendo como una especie de registro que contaminaba el Santuario y que necesitaba ser eliminado de allí (Lev. 16:15-16,18). Lo primero que el sumo sacerdote hacía en ese solemne día era ofrecer el holocausto continuo (compuesto por el sacrificio matutino y vespertino), que era realizado por toda la nación (Exo. 29:38-40).
Habiendo elegido dos “machos cabríos” de entre el pueblo, uno para Jehovah y otro para Azazel (Lev. 16:5,8), el sumo sacerdote tenía acceso al Lugar Santísimo con la sangre del animal sacrificado “por Jehovah” (vers. 14). Se hacía la purificación de los lugares santos y de los altares, entonces el sacerdote transfería simbólicamente todos los pecados del pueblo allí acumulado durante el año sobre la cabeza del animal que cayó en suerte para Azazel. El animal era llevado y desterrado al desierto por un hombre designado para ello con el propósito de que muriera haciendo desaparecer así la culpabilidad (Lev. 16:21-22). El Día de Expiación era una ocasión solemne, y a parte de la obra de reconciliación y limpieza de pecado (Lev. 16:30), implicaba además un día de juicio, en el que se decidía el destino de muchos de los del pueblo de Dios (Lev. 23:28-30). Tenemos entonces en este día, una extraordinaria mezcla de Evangelio y juicio. El Evangelio provee perdón, reconciliación, purificación y limpieza de pecados, y finalmente, al fin de los tiempos la erradicación de los registros de ellos (cf. 1 Juan 1:9; Heb. 9:14; Hech. 3:19-20). El juicio determinaba que el que no había enviado por adelantado sus pecados al Santuario durante los servicios diarios, quedaba separado de los privilegios y beneficios del pueblo del pacto; en el lenguaje bíblico, era “cortado” de entre su pueblo (Lev. 23:29-30, cf. Apoc. 22:11; Sof. 2:1-3). En el “día de las expiaciones”, quedaban limpios y reconciliados tanto el Santuario como el pueblo. Así tenía el pueblo judío una ilustración grafica del gran Plan de la Salvación que Dios realizaría por medio de Cristo.
El autor de la carta a los Hebreos nos informa que tanto el Santuario mismo como los servicios que allí se realizaban, eran “figuras y sombras de las cosas celestiales”, “un símbolo para el tiempo presente” (Heb. 8:5; 9:9). Este mismo libro nos revela que Jesucristo, desde su ascensión al cielo está desempeñando el papel de Sumo Sacerdote a favor de su pueblo, en el verdadero Santuario que el Señor levantó y no el hombre (Heb. 8:1-2; 9:12,24).
Al llegar a esta parte de la profecía del Apocalipsis somos confrontados con los mismos elementos del Día de Expiación que se registran en los capítulos 16 y 23 del libro de Levítico: Evangelio y juicio. De ahí que se es coherente al concluir que Apoc. 14:6-7 trata sobre la proclamación del Evangelio durante la realización del juicio escatológico. Debe notarse que la palabra juicio (krísis), que aquí se usa señala “la acción de juzgar”, en contraste con kríma, que señala “la sentencia del juicio”. Tenemos aquí el anuncio de que el juicio escatológico ¡ya comenzó!
Según la profecía de Dan. 8:14, el tiempo de comenzar la purificación del Santuario celestial, la obra de juicio del tiempo del fin, es 1844. De este juicio pre-advenimiento, llamado también Juicio Investigado, nos habla el profeta Daniel en el cap. 7:9-10,13-14. En la época de 1844 el gran moviendo Adventista ya estaba predicando el pronto advenimiento de Cristo a esta tierra. El resultado, después del chasco, fue un movimiento religioso bien estructurado con un programa mundial de evangelización nunca visto. Desde entonces, se han estado proclamando al mundo el mensaje de los tres ángeles, el Evangelio Eterno y la verdad acerca del juicio escatológico de Dios.
 
Las etapas del juicio: la primera fase
          Se ha observado que el “juicio de Dios” está dividido en cuatro partes o fases que conforman un todo armónico. La primera es anterior a su advenimiento. Esta fase también es llamada Juicio Investigador. Es cuando Cristo comparece ante el Anciano de días, el Padre (Dan. 7:9-14,26,27), para purificar el Santuario celestial (Dan. 8:14; Heb. 9:23-24) a fin de vindicar a los que han de vivir en las mansiones celestiales (Dan. 7:10,22). Se determina que, en virtud de su arrepentimiento y fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, son dignos de la vida eterna (Rom. 1:17; Apoc. 22:11). Debe recordarse que mientras el pueblo de Dios peregrina sobre la tierra, son acusados incesantemente de ser indignos de morar en el cielo (Apoc. 12:10-11; 3:5), y muchas veces estas acusaciones estaban basadas en argumentos reales, pues el pueblo de Dios ha cometido errores que, a no ser por la obra del Espíritu Santo que los conduce al arrepentimiento y la confesión, perecerían. En este contexto se nos dice:
 
“Mientras Jesús intercede por los súbditos de su gracia, Satanás los acusa ante Dios como transgresores. El gran seductor procuró arrastrarlos al escepticismo, hacerles perder la confianza en Dios, separarse de su amor y transgredir su ley. Ahora él señala la historia de sus vidas, los defectos de carácter, la falta de semejanza con Cristo, lo que deshonró a su Redentor, todos los pecados que les indujo a cometer, y a causa de éstos los reclama como sus súbditos.
“Jesús no disculpa sus pecados, pero muestra su arrepentimiento y su fe, y, reclamando el perdón para ellos, levanta sus manos heridas ante el Padre y los santos ángeles, diciendo: Los conozco por sus nombres. Los he grabado en las palmas de mis manos... Y al acusador de su pueblo le dice: Jehovah te reprenda, oh Satán; Jehovah, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?’ (Zac. 3:2)”.[9]
 
En este mismo tenor se nos dice también:
 
“Satanás tiene un conocimiento exacto de los pecados que por sus tentaciones ha hecho cometer a los hijos de Dios e insiste en sus acusaciones contra ellos; declara que por sus pecados han perdido el derecho a la protección divina y reclama el derecho de destruirlos. Los declara tan merecedores como él mismo de ser excluidos del favor de Dios. ‘¿Son éstos ­ dice ­ los que han de tomar mi lugar en el cielo, y el lugar de los ángeles que se unieron a mí?... Mira los pecados que han señalado su vida. Contempla su egoísmo, su malicia, su odio mutuo. ¿Me desterrará Dios a mí y a mis ángeles de su presencia, y sin embargo recompensará a los que fueron culpables de los mismos pecados? Tú no puedes hacer esto con justicia, oh Señor. La justicia exige que se pronuncie sentencia contra ellos’.
“Sin embargo, aunque los seguidores de Cristo han pecado, no se han entregado al dominio de los agentes satánicos. Se han arrepentido de sus pecados, han buscado al Señor con humildad y contrición, y el Abogado divino intercede en su favor... Pueden tener imperfecciones de carácter, pueden haber fracasado en sus esfuerzos; pero se han arrepentido y las he perdonado y aceptado’”.[10]
 
El Juicio Investigador no tiene porqué atemorizar a nadie, y si causa algún temor, es una evidencia de que se le está malentendiendo; porque aunque es cierto que en el juicio saldrán a relucir los pecados cometidos - pecados que el mismo Cristo no disculpa - Él le representa fiel y efectivamente. Jesús hecha mano de la obra del Espíritu Santo en los creyentes, señala su “arrepentimiento y su fe”, e intercede a su favor y obtiene el perdón de sus pecados. La Biblia nos dice que la clave para no temer al juicio es tener la plenitud del amor de Dios en nuestros corazones, y cuando el amor de Dios “se perfecciona en nosotros”, tenemos “plena confianza en el día del juicio. Porque como Él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor. Antes el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor mira el castigo. De donde el que teme, aún no está perfecto en el amor” (1 Juan 4:17-18, la cursiva es nuestra). Por lo tanto, el cristiano que conoce por experiencia la misericordiosa de Dios no tiene temor del juicio, al contrario, anhela ser juzgado por él (Deut. 32:36; Sal. 35:24; 7:8; Apoc. 6:10). ¡En el juicio, Dios está obrando nuestra vindicación y liberación!
Una evidencia de que el carácter de los santos será evaluado anterior a la segunda venida está en los siguientes pasajes bíblicos (Mat. 22:1-14; Rom. 8:1; 14:10; Heb. 10:30; 1 Ped. 4:17). Es natural pensar que si a cada uno se le recompensará conforme hayan sido sus obras en ocasión de la segunda venida de Cristo (Mat. 16:27; Apoc. 22:12), es porque de alguna manera se determinó con anterioridad en el tribunal celestial. Esto es claro en las Escrituras: “En aquel tiempo serán salvados todos los que de tu pueblo se hallen inscritos en el libro [de la vida]” (Dan. 12:1, VRV 1977, la cursiva es nuestra; cf. Apoc. 3:5; Jer. 50:20). Cristo hizo claro que los que han estar de pie ante el Hijo del Hombre en su gloriosa manifestación, habrán sido considerados “dignos” de participar de las delicias del mundo venidero (Luc. 20:35; 21:36, cf. 2 Tes. 1:5). La determinación de cuánto se le dará a cada ser humano antecede al otorgamiento de la recompensa (Luc. 12:8-9; 47-48). Esta idea está ligada a la siguiente fase.
 
La segunda fase del juicio
Esta se realiza en ocasión de la segunda venida de Cristo. Lo que sucederá en esta ocasión no es propiamente una obra judicial, sino la ejecución de la primera fase o lo resultados de ella. Se otorgará el galardón a los que fueron encontrados “dignos” de la vida eterna (Luc. 20:30); es decir, se dará la recompensa a cada uno conforme hayan sido sus acciones (Mat. 16:27; 1 Ped. 5:4; 2 Tim. 4:8). El apóstol Pablo es claro en este asunto: “Cuando Dios manifieste su justo juicio... pagará a cada uno según sus obras: Vida eterna a los que perseveran en bien hacer, y buscan gloria, honra e inmortalidad; pero ira y enojo a los que son contenciosos, y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia. Tribulación y angustia sobre toda persona que obra lo malo; primero al judío y también al griego” (Rom. 2:5-9).
 
La tercera fase del juicio
Esta etapa ocurre en el transcurso del milenio. Cuando Cristo regrese por segunda vez, cumplirá su promesa de llevar consigo a las mansiones celestiales a los que le esperaron para salvación (Heb. 9:28; Juan 14:1-3). “Pero nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos ansiosamente al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20). Juan ve a los salvados, “una multitud que nadie podía contar de todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos delante del trono de Dios y en la presencia del Cordero” (Apoc. 7:9, la cursiva es nuestra). ¡Los redimidos estarán de pie sobre el mar de cristal! (Apoc. 15:2). Los mil años es el período de tiempo que Dios ha asignado al juicio de los impíos. En este juicio milenial, que también puede llamarse el juicio investigador de los perdidos, participan los santos. Juan nos dice: “Y vi tronos. Y se sentaron sobre ellos los que recibieron autoridad para juzgar. Y vi las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y por la Palabra de Dios, que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y no habían recibido la marca en su frente ni en su mano. Estos volvieron a vivir, y reinaron con Cristo mil años“ (Apoc. 20:4, la cursiva es nuestra). ¿Quiénes son los que reciben “autoridad para juzgar”? Pablo nos responde: “¿No sabéis que los santos han de juzgar al mundo?... ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Cor. 6:2-3). En el juicio milenial se determinará el grado de castigo que cada perdido, incluyendo a los ángeles caídos, recibirá al final del milenio, y esto se hace sobre la base de los registros celestiales (Luc. 12:47-48). 
 
La cuarta fase del juicio
Esta última fase del juicio se realizará al finalizar los mil años de Apocalipsis 20. Esta etapa se conoce como juicio ejecutivo, constituye el momento de ejecutar la sentencia ya determinada por Dios y los santos en el juicio milenial. Nos dice el Revelador: “Entonces vi un gran trono blanco y al que estaba sentado sobre él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, y no fueron hallados más. Y vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono. Los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el Libro de la Vida. Y los muertos fueron juzgados, según sus obras, por las cosas que estaban escritas en los libros. El mar dio los muertos que estaban en él, y la muerte y el sepulcro dieron los muertos que estaban en ellos. Y cada uno fue juzgado según sus obras. Y la muerte y el sepulcro fueron lanzados en el lago de fuego. Esta es la segunda muerte. El que no fue hallado escrito en el Libro de la Vida, fue lanzado en el lago de fuego” (Apoc. 20:12-15). El fuego que destruye a Satanás, sus ángeles rebeldes y a los malvados, purificará la tierra de todas sus impurezas (1 Ped. 3:7,10-11). Y Dios, habiendo concluido esta obra, creará un cielo nuevo y una tierra nueva donde morará la justicia conforme sus divinas promesas (1 Ped. 3:13).
Así que, según el mensaje del primer ángel, el Evangelio Eterno tiene que ser anunciado en el contexto del juicio y el llamado a la adoración del Creador en medio de la última gran crisis. Es una experiencia única, distinta y singular, ¡maravillosa!
 
Otro ángel le siguió, diciendo: Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación (vers. 8).
 
El segundo mensaje angelical
 Juan ve ahora a otro ángel que sigue al que proclamó las Buenas Nuevas a todas las naciones. La estrecha relación de este ángel, al igual que del tercero (vers. 9) con el primero, está implícita en la palabra “acompañó” que aquí se traduce como “siguió”. En Mat. 19:27-28 y Mar. 1:18 tiene el sentido de “acompañar” personalmente. Esto implica que la nueva proclamación también debe ir a todo el mundo habitado, y será dada en forma cronológica en relación con el primer mensaje y además en forma simultáneamente. Mientras el segundo ángel proclama la caída de Babilonia, el primero continúa su obra de evangelización juntamente con él. Esto revela que estos tres mensajes angélicos no pueden ser aislados el uno del otro, no podemos enfatizar uno a expensa del otro; pues se correría el riesgo de sacarlos de su respectivo contexto. La relación del mensaje del segundo ángel con el primero revela que tanto los verdaderos adoradores como los falsos en el tiempo del fin, estará identificado teológicamente por su relación con el Evangelio Eterno.
 
La Caída de Babilonia
El mensaje del segundo ángel es claro y contundente: “Ha caído, ha caído Babilonia”. ¿La razón? “Porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación”. Esta es la primera mención de Babilonia en todo el libro del Apocalipsis, y para comprenderla correctamente no debe aislarse del contexto que le sigue (Apoc. 16-18) y su conexión con el Antiguo Testamento. En este versículo Juan utiliza imágenes de Isa. 21:9 y Jer. 51:7: “Cayó, cayó Babilonia. Y todos los ídolos de sus dioses quedaron quebrados en tierra”. “Copa de oro fue Babilonia... Ella embriagó a toda la tierra. De su vino bebieron todos los pueblos, se aturdieron las naciones” (cf. Jer. 51:8). “Así como la antigua Babilonia fue la perseguidora de Israel, así también ‘Babilonia’ en el Apocalipsis es la perseguidora del Israel de Dios en el tiempo del fin”.[11] Babilonia es “la gran ciudad” (Apoc. 17:8, cf. 16:19) y constituye una parodia de Jerusalén, la Ciudad santa de Dios (Apoc. 21:2.10). Esta gran ciudad es el símbolo del gran sistema grotesco de error que ha montado Satanás en el tiempo del fin y que agrupa a todos los sistemas corruptos de la tierra.
Se reconoce que la “intención básica de Babilonia de representar a Dios sobre la tierra según ‘su voluntad’ (Dan. 11:36) es el más fundamental. Esta inspiración demoníaca se enfatiza en la profecía del ‘cuerno pequeño’ del profeta Daniel (caps. 7 y 8) y del ‘rey del norte’ (11:36-45)”.[12] Por lo que Juan nos describe, “la ambición de Babel es idéntica a la del cuerno pequeño. Es de una naturaleza religiosa y está dirigida a la oposición al Sumo Sacerdote en relación con la purificación y el juicio”.[13] En la antigüedad, el conflicto entre Babilonia y el pueblo de Dios se desarrolló en una escala limitada y regional; pero según el libro de Apocalipsis, esta guerra entre la moderna Babilonia y el Israel espiritual de Dios ocurrirá en una escala universal. En este tiempo, Babilonia “es la confusión institucionalizada. Una institución puesta al servicio de la confusión... Esta es la razón de su caída”.[14] Esta vez, el Dios de Israel vencerá definitivamente a Babilonia (Apoc. 19:11-21). “Oí una gran voz de una inmensa multitud en el cielo, que decía: “¡Alabad al Señor! ¡Salvación y honra, gloria y poder a nuestro Dios! Porque sus juicios son verdaderos y justos. El ha juzgado a la gran ramera, que corrompía la tierra con su fornicación, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos” (Apoc. 19:1-2, cf. el cap. 18:19-21).
La Babilonia apocalíptica es un símbolo adecuado y “abarcante que Juan utiliza para describir a todas las organizaciones y los movimientos religiosos que se han apartado de la verdad. Este hecho nos obliga a considerar esta ‘caída’ como progresiva y también acumulativa. Esta profecía de la caída de Babilonia ha hallado su cumplimiento en el alejamiento de la pureza y sencillez del Evangelio que se ha generalizado en el protestantismo”.[15] Ciertamente, la caída de Babilonia es progresiva, pues en una época más distante a la señalada por Apoc. 14:8, se nos dice nueva vez: “¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia! Y se ha vuelto habitación de demonios, guarida de todo espíritu impuro, y albergue de toda ave sucia y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación. Los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su excesiva lujuria” (Apoc. 18:2-3). Lo que denunciaba el segundo ángel y que muchos resistieron creer, fue lo que realmente sucedió, y ahora, ya no hay punto de retorno. La suerte de la cristiandad apostata está echada con el Anticristo: Luchará contra el Cordero en la personas de sus santos (Apoc. 19:11; 17:14, cf. el cap. 13:1-17). Por consiguiente, su caída es definitiva. Babilonia colmó la copa de la paciencia de Dios al llenar la copa de su iniquidad, “sus pecados se amontonaron hasta el cielo” (Apoc. 18:5; Jer. 51:9). Ha caído para jamás levantarse y se ha hecho para siempre “habitación de demonios, guarida de todo espíritu impuro, y albergue de toda ave sucia y aborrecible”.
Resulta conveniente aclarar que la caída final y definitiva del sistema de error de Babilonia que señala Apoc. 14:8 aún no ha ocurrido. Se nos ha dicho que “la caída de Babilonia no será completa sino cuando la iglesia se encuentre” en el estado de confusión registrado en 2 Tes. 2:9-11, “y la unión de la iglesia con el mundo se haya consumado en toda la cristiandad. El cambio es progresivo, y el cumplimiento perfecto de Apocalipsis 14:8 está aún reservado para lo por venir”.[16]
La apostasía que encarna la Babilonia apocalíptica será universal, pues leemos que ella hace “beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación”. “Hacer beber” implica el uso de la fuerza, lo que tiene relación con el decreto de muerte que se emite en Apoc. 13:16-17. El vino que aquí se menciona representa las falsas enseñanzas y políticas de Babilonia. “Al ofrecer su vino a las diversas naciones, Babilonia no tiene el propósito de causar furor, pues ella afirma que el beber de su vino traerá paz a las naciones [cf. Apoc. 17:12,17]; sin embargo, beber de él traerá sobre las naciones la ira de Dios”.[17] Hablaremos más sobre Babilonia en nuestro análisis de Apoc. 17 y 18.
Pero hay una nota positiva en medio de toda esta tragedia. ¡Dios tiene hijos sinceros que aun están en Babilonia! “¡Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas! Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó de sus maldades” (Apoc. 18:4-5). Entonces, cuando el pueblo de Dios salga de sus filas, Babilonia enfrentará los juicios retributivos de Dios sin mezcla de misericordia (Apoc. 16:19; 19:1-2; cap. 18).
 
Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre. Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. (vers. 9-12).
 
El tercer mensaje angelical
Un tercer ángel se suma a los dos primeros y así se completa el cuadro. Su mensaje es una definida advertencia contra la imposición de la marca de la bestia. Este mensaje resuena en el contexto de la formación de la imagen de la bestia y la imposición de su marca (Apoc. 13-14-17). Las “correspondencias temáticas y verbales” son claras. El dragón le da poder a la bestia que sube de la tierra para “hablar” y “mandar” a los moradores de la tierra para que hagan una imagen de la bestia con cuerpo de leopardo (Apoc. 13:11,15). Esto pondrá en aprieto a los santos. Pero el remanente también recibe autoridad y poder para hablar con valor y denuedo la Palabra de Dios, para anunciar el Evangelio Eterno, para anunciar el comienzo del juicio escatológico, para denunciar la caída de Babilonia y para advertir en contra de la marca que se quiere imponer so pena de sufrir la ira de Dios (Apoc. 14:6-12). ¡Ellos tienen algo dramático que decir! El pueblo de Dios, aunque amenazado y perseguido, no es una víctima pasiva de la ira del dragón, al contrario, constituye un agente activo en medio de la crisis. Hacen claro que si negarse a beber de la copa de Babilonia implica privaciones y aún hasta la muerte, quienes se someten a sus imposiciones y acepten sus enseñanzas, tendrán que beber de la copa de la ira de Dios sin mezcla de misericordia.
En el Antiguo Testamento, “el cáliz de vino” representa la “justicia punitiva de Dios”. “Porque el cáliz de la ira está en la mano de Jehovah, y el vino está mezclado y fermentado. Cuando él derrame el vino, todos los impíos de la tierra lo beberán hasta la última gota” (Sal. 75:8, cf.  Sal. 11:6; Job 21:20). Es probable que esta sea la imagen que evoque el apóstol Juan en el contenido del pasaje que nos ocupa. En la antigüedad, algunas naciones paganas tuvieron que beber este vino hasta la saciedad, hasta su extinción (Jer. 25:27,33; Abd. 16). El mismo pueblo de Israel probó en algunas ocasiones del “cáliz de la ira de Dios” temporalmente (Sal. 60:3; Isa. 51:17,22). La razón por la que el pueblo remanente de Dios no tiene que beberla en la última gran crisis, se debe a que aceptaron a Cristo como su sacrificio y garante, quien la bebió por ellos (Mat. 20:22; 26:39,42). Al mismo tiempo, esta verdad revela porqué los impíos perecen en la crisis final. Ellos no aceptaron el don de la justicia de Dios revelado en el Evangelio Eterno (Rom. 1:16-7). Fueron invitados a entrar en el reposo espiritual que viene como fruto de aceptar y recibir a Cristo como Salvador personal. Para ellos, que rechazaron al único que podía salvarles, no pudo haber salvación del pecado y sus consecuencias.
En el tiempo del fin existen dos “copas” de las que los hombres pueden tomar. La primera, la copa de Babilonia, llena del vino de su fornicación, y la copa de la ira de Dios. La copa de Babilonia es hecha tomar por compulsión. El Señor no usa la coerción para que las naciones acepten su Evangelio y mucho menos para que sean partícipes de la copa de su ira. Pero el que en medio de la prueba, después de ser claramente advertido sobre la verdad, decida ir en contra de su voluntad, tendrá que hacer frente a la ira de Dios, que está contenida en las siete últimas plagas (Apoc. 16). Haber bebido de la copa del vino de Babilonia, desencadena en la segura desgracia de ser hecho participante de los juicios de Dios. Los réprobos tendrán que beber de la copa de la indignación divina por haber aceptado las sugestiones de Babilonia a sabiendas de las advertencias de Dios. El tercer ángel hace claro que someterse a los dictados de Babilonia antes que a los de Dios, constituye tomar la decisión final y última de la no hay retroceso. La rebelión se ha fijado en el carácter de los rebeldes, y aunque se le conceda un segundo período de gracia volverán a rebelarse contra la autoridad y la voluntad del Todopoderoso.
 
Atormentado con fuego y azufre
Debemos examinar detenidamente esta imagen ahora, pues se ha prestado para mucha confusión y especulación. El tercer ángel advierte claramente que “si alguno adora a la bestia y a su imagen y recibe la marca en su frente o en su mano...,  será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre”. La expresión “el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos” aparece nueva vez en Apoc. 19:3. Algunos ven en estas expresiones una alusión a la monstruosa doctrina del infierno de fuego donde serán torturados los réprobos por toda la eternidad. Pero antes de sacar conclusiones apresuradas debemos buscar el trasfondo de esta declaración juanina.
Es evidente que Juan toma estas imágenes de Isaías 34, donde se habla de la destrucción de Edom: “Porque es día de venganza del Señor, año de retribución en el pleito de Sión. Sus arroyos se convertirán en brea, su polvo en azufre, y su tierra en ardiente brea. No será apagada de noche ni de día, su humo subirá para siempre. De generación en generación quedará asolada, nadie más pasará por ella” (vers. 8-10). “La desolación y la extinción histórica de Edom es el modelo o el tipo de la suerte de Babilonia”. Nótese que el profeta habla de que el Señor convertiría los arroyos de Edom “en brea, su polvo en azufre, y su tierra en ardiente brea”, que “su humo subirá para siempre” y que quedaría asolada de “generación en generación”. Naturalmente estas expresiones no implican que la tierra de Edom ardería por los siglos de los siglos de la eternidad, sino que era una referencia a la completa destrucción de los enemigos del pueblo de Dios. Puesto que el espíritu de los profetas está sujeto al de los demás profetas (1 Cor. 14:32), es decir, no hay contradicción entre sus mensajes, Juan debe estar empleando estas imágenes con el mismo sentido que Isaías. Debe notarse que Isaías, después de hacer estas dramáticas descripciones de la destrucción de la ciudad de Edom, nos dice que animales salvajes y aves iban habitar esas tierras (vers. 11-17). Esto no podría ser posible en medio del azufre y el humo.
Juan también tomó parte de esta imagen de la destrucción de Sodoma y Gomorra. En Gén. 19:28 leemos: “y he aquí el humo subía de la tierra como el humo de un horno”. La Biblia nos dice que estas impías ciudades fueron destruidas completamente cuando cayó sobre ellas “azufre y fuego de parte de Jehovah desde los cielos” (Gen. 19:24,28). El apóstol Judas nombra a estas llamas destructoras “fuego eterno” (Jud. 7). Y Pedro nos dice que estas ciudades fueron reducidas a “cenizas” y puestas “como un ejemplo para los que habían de vivir impíamente” (2 Ped. 2:6). Pero debe notarse que se habla de “destrucción”, no de castigo permanente. El fuego es eterno en sus consecuencias. Una vez cumplida su misión, se apaga. Lo que queda es “cenizas” según las palabras del mismo Pedro. No puede ser de otra manera, porque, ¿cómo entenderemos entonces la frase “juicio eterno” en Heb. 6:2? ¿Durará el juicio en sesión por los siglos de los siglos? ¡Claro que no!, pero sus consecuencias sí serán eternas. El significado de la expresión “por los siglos de los siglos” no se deriva de sí misma, sino de aquello con lo que está asociada. Si está relacionada con Dios, envuelve el sentido de eternidad, pues Jehovah, es el Dios eterno (Gén. 21:33); pero cuando está relacionada con seres humanos, seres mortales (Isa. 51:12; Job 4:17; 1 Juan 5:12) tiene un sentido diferente.
Pero debemos admitir que la expresión “por los siglos de los siglos” implica mucho tiempo, y talvez la razón por la que Juan la usó se debe no sólo al hecho de que refleja consecuencias, sino porque la duración del castigo de los impíos en el lago de fuego y azufre quedará determinada por su grado de culpabilidad. Cristo mismo nos dice que “el siervo que conociendo la voluntad de su Señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes, más el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, recibirá pocos” (Luc. 12:47-48, la cursiva es nuestra). En perfecta armonía con esta solemne declaración se nos ha dicho:
 
“Llovió sobre ellos fuego de Dios desde el cielo, y consumió conjuntamente al magnate, al noble, al poderoso, al pobre y al miserable [Apoc. 21:9]. Vi que unos quedaban pronto aniquilados mientras que otros sufrían por más tiempo. A cada cual se le castigaba según las obras que había hecho con su cuerpo. Algunos tardaban muchos días en consumirse, y aunque una parte de su cuerpo estaba ya consumida, el resto conservaba plena sensibilidad para el sufrimiento. Dijo el ángel: ‘El gusano de la vida no morirá ni su fuego se apagará mientras haya una partícula que consumir’.
“Satanás y sus ángeles sufrieron largo tiempo. Sobre Satanás pesaba no sólo el castigo de sus propios pecados sino también el de todos los de la hueste redimida, que habían sido puestos sobre él. Además, debía sufrir por la ruina de las almas a quienes engañara. Después vi que Satanás y toda la hueste de los impíos estaban consumidos y satisfecha la justicia de Dios. La cohorte angélica y los santos redimidos exclamaron en alta voz: ‘¡Amén!’”.[18]
 
“Los impíos reciben su recompensa en la tierra (Prov. 11:31)... Algunos son destruidos como en un momento, mientras otros sufren muchos días. Todos son castigados ‘conforme a sus hechos’. Habiendo sido cargados sobre Satanás los pecados de los justos, tiene éste que sufrir no sólo por su propia rebelión, sino también por todos los pecados que hizo cometer al pueblo de Dios. Su castigo debe ser mucho mayor que el de aquellos a quienes engañó. Después de haber perecido todos los que cayeron por sus seducciones, el diablo tiene que seguir viviendo y sufriendo. En las llamas purificadoras, quedan por fin destruidos los impíos, raíz y rama, -Satanás la raíz, sus secuaces las ramas”.[19]
 
Creemos que es solo en este contexto que podemos entender plenamente el significado de la expresión “por los siglos de los siglos”. El lago de fuego y azufre es el lugar donde “todos los elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ellas hay serán quemadas” (2 Ped. 3:10, cf. vers. 12). Esto implica a los hombres y mujeres perversos, todos quedarán “completamente destruidos y disipados ‘como humo’ (Sal. 37:20). La orgullosa Babilonia, cuyo humo ‘sube por los siglos de los siglos’ (Apoc. 19:3), ‘será quemada con fuego’ (Apoc. 18:8). El fuego del día final no dejará del impío ‘ni raíz ni rama’ (Mal. 4:1,3; cf. Sal. 37:9-10; Abd. 10), y los réprobos serán como si nunca hubieran sido (Eze. 28:18-19; Abd. 16)”.[20] En este mismo tenor se reconoce que la expresión “fuego y azufre” es “parte de la maldición del pacto, maldición que incluye extinción o aniquilación (Deut. 29:23; Sal. 11:6)”.[21] Así que, esta incisiva frase es una declaración que refleja la aniquilación total y definitiva de los impíos, una obra con claras consecuencias que perdurará por los siglos sin fin (Prov. 24:20). Este tema será retomado en nuestro análisis de Apoc. 20:9.
 
La perseverancia del remanente
Tenemos nuevamente otra clara mención del remanente final del Dios: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los Mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. Ya vimos en Apoc. 12 que el dragón, después de ser vencido en su lucha contra el Hijo de la mujer, persiguió a la mujer misma, pero al no poder destruirla encausó su ira contra “el resto de la descendencia de ella, los que guardan los Mandamientos de Dios y tienen el Testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17). Juan nos confirma ahora que el remanente está activo en la crisis final y que sigue siendo victorioso por la sangre de Cordero (Apoc. 12:11). En Apoc. 12:17 se nos dice que aparte de guardar los Mandamientos de Dios “tienen en Testimonio de Jesús”, que como ya vimos es una referencia al “Espíritu de Profecía”, el don profético manifestado entre ellos. Aquí Juan nos da ciertos detalles breves pero precisos sobre el remanente. También tienen la “paciencia“, “perseverancia” o “aguante” que le permite subsistir en medio de la lucha, y salir victoriosos. La lucha es intensa contra la bestia, su imagen y la imposición del falso día de reposo. Pero resisten de la misma manera en la que “aguantó” su Señor en la hora más difícil de su gran prueba (Heb. 12:2). La coerción y la mañas que se emplearán, así como los falsos milagros y prodigios (Apoc. 13:13-17; 2 Tes. 2:10; Mat. 24:24) que procurarán legitimazar el gran engaño no removerán su firmeza en el Altísimo. Se mantendrán fieles.
También se nos dice que “tienen la fe de Jesús”. Esta fe es lo que hace posible el aguante de los santos y la obediencia a los Mandamientos de Dios. La “fe de Jesús” puede ser entendida como la fe en Él, tanto como la fe que Él mismo manifestó en su Padre. Pensamos que el pasaje implica ambas ideas, pues la fe que Jesús tuvo en su Padre es la fe que el mensaje de tercer ángel le da al remanente para que, “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” se “despojen de todo el peso del pecado que los asedia y corran “con paciencia” la carrera que tienen por delante (Heb. 12:1-2). La fe que posee el remanente implica confianza en su Señor, pero tiene que ver más con una profunda  apreciación del costo de la salvación (Juan 3:16). Esta profunda apreciación será el resultado de contemplar a su Señor en toda su hermosura (Zac. 12:10; Sal. 45:2; Cant. 5:10-16), una hermosura que no podrá apagar ni aún la más fiera crisis. Como los apóstoles, el remanente resultará constreñido y saturado por el poder del amor y nada podrá detenerlo en su fiel servicio a Dios. No vivirán para sí sino para Aquel que los amó y murió por ellos (2 Cor. 5:14-15).
Nadie debería acusar al remanente de ser legalista porque llamar la atención de los hombres a la obediencia de los Mandamientos de Dios. Pero así lo han hecho la mayoría de los cristianos. No logran entender que la desobediencia de uno de los Diez Mandamientos los hace culpable de todos (Sant. 2:10-12), y que al ignorar al cuarto mandamiento están favoreciendo los designios del Anticristo. Pero el tiempo de actuar por causa de la invalidación de la Ley ha llegado y nadie podrá detener el avance vertiginoso del remanente (Sal. 119:142). El carácter de Dios será vindicado por un pueblo que se niega a negociar con las falsas concepciones de Babilonia, un pueblo que no caerá seducido por los encantos diabólicos de la gran ramera, un pueblo que no se embriagará con el vino del furor de su fornicación, un pueblo que no manchará sus labios con la mentira de un evangelio adulterado, mientras profesa ser el portaestandarte de la verdad. Un velo cubre peligrosamente el rostro del protestantismo hoy, similar al que tenían los judíos del tiempo de Cristo que le impedía ver en él al verdadero Mesías. No pueden ver hacia donde dirige todo este juego. Ese velo será quitado del rostro de todo aquél que quiera hacer la voluntad de Dios y honrarle porque Él es digno de toda adoración (Apoc. 4:11; 5:12-13).
La declaración de que el remanente guarda los Mandamientos de Dios no es casual. Debe recordarse que la bestia con cuerpo de leopardo, que es la misma potencia llamada por Daniel “cuerno pequeño”, intentaría “cambiar los tiempos y la Ley” (Dan. 7:25). El mandamiento que ha sufrido el peor de los ataques es el cuarto, que ordena la observancia del sábado como día de reposo. Este poder ha erigido su propio monumento, el primer día de la semana en sustitución del sábado. El remanente denuncia este atentado y al mismo tiempo ejemplifica en su propia vida un carácter que es fiel a Dios. La proclamación del sábado como está implicada en el mensaje del primer ángel (Apoc. 14:6), constituye la obra de reforma que profetizó Isaías (cap. 58:12-14; 56:1-2). “La iglesia remanente honra los Mandamientos de Dios y los observa, no con un sentido legalista sino como una revelación del carácter de Dios y Cristo, que mora en el corazón del verdadero creyente (Gál. 2:20)”.[22]
Finalmente debemos decir que si este pasaje no hace alusión a una iglesia específica como el verdadero pueblo de Dios, por lo menos, sí revela que todas las agrupaciones religiosas que desmeritan el papel perpetuo y obligatorio de la Ley, incluyendo el cuarto mandamiento, el sábado, no constituyen el pueblo remanente de Dios señalado por la profecía. Pero el pasaje es claro en cuanto a la identidad del remanente y sólo puede ser cumplido por una iglesia que, aunque imperfecta todavía, por ser una iglesia militante, exalta la Ley de Dios como norma de conducta y vida. No puede ser de otra manera si vamos a ser consistente en nuestra interpretación.
 
Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen. Miré, y he aquí una nube blanca; y sobre la nube uno sentado semejante al Hijo del Hombre que tenía en la cabeza una corona de oro, y en la mano una hoz aguda. Y del templo salió otro ángel proclamando a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: Mete tu hoz, y siega; porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura. Y el que estaba sentado sobre la nube metió su hoz en la tierra, y la tierra fue segada. Salió otro ángel del templo que está en el cielo, teniendo también una hoz aguda. Y salió del altar otro ángel que tenía poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras. Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios. Y fue pisado el lagar fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios (vers. 13-20).
 
Bienaventurados los muertos en el Señor
Esta sección empieza con una de las siete bienaventuranzas del Apocalipsis. En todo el libro aparecen un total de siete bienaventuranzas (caps. 1:3; 14:13; 16:15; 19:9; 20:6; 22:7 y 22:14). La bienaventuranza de Apocalipsis 14:13 especifica un tiempo: “de aquí en adelante”. Esta declaración se refiere al lapso que media entre el tiempo de la proclamación de los tres ángeles, desde 1844 (vers. 6-12) hasta la segunda venida de Cristo (vers. 14-20). La muerte, lejos de ser una puerta de entrada a una nueva etapa de vida, un largo viaje al más allá; es más bien, según las Escrituras, “un descanso de la fatigosa labor de la vida”. Y no constituye para el hombre de fe, la caída al vacío de la desesperación, sino un descanso temporal en los brazos amorosos de su Señor. La clase de persona a la que hace alusión este pasaje es clara: “los que mueren en el Señor”, es decir, con su fe puesta en Él, “los que llegan al final todavía unidos a Cristo”[23] (cf. 1 Tes. 4:16; 1 Cor. 15:18). Y descansan de “sus trabajos”, o como específica mejor el original: “labor cansadora”, “esfuerzo agotador”. Merecen el descanso, pero, no quedan en el anonimato, sus “obras con ellos siguen”. Esto es una referencia a la influencia que dejan tras sí a la hora de morir.
 
“Cuando un hombre muere, su influencia no muere con él; sino que vive y se reproduce. La influencia del hombre que fue bueno, puro y santo vive después de su muerte, como el fulgor del sol poniente, proyectando sus glorias a través del cielo, iluminando los picos de las montañas mucho tiempo después que el sol se ha hundido detrás de la colina... ¡Pero qué contraste el de la vida de los que son terrenos, sensuales, diabólicos!  El placer sensual ha sido complacido. A la luz del juicio, el hombre aparece como es, despojado del manto del cielo. Está ante los demás como es a la vista de un Dios santo. Piense cada uno de nosotros seriamente si las obras que nos siguen serán la suave luz del cielo o las sombras de las tinieblas, y si los legados que dejamos son bendiciones o maldiciones”.[24] 
 
Apoc. 14:13 parece tener un significado mucho más abarcante aun. “Sucede muchas veces que los peligros que se esperan no resultan tan grandes como uno se los había imaginado; pero éste no es el caso respecto de la crisis que nos espera. La imaginación más fecunda no alcanza a darse cuenta de la magnitud de tan dolorosa prueba”.[25] Hay muchos fieles que han aceptado la verdad de Dios para este tiempo pero que, debido a algunas situaciones específicas no podrán hacer frente al tiempo de angustia. En su misericordia, Dios les permitirá descansar antes que permitirle el riesgo de pasar por esta hora crítica. “Muchos descenderán al descanso antes de que la prueba de fuego del tiempo de angustia llegue al mundo”.[26] Se nos ha dicho también que “muchos pequeñitos morirán antes del tiempo de angustia. [Pero] volveremos a ver a nuestros hijos. Los encontraremos y los reconoceremos en las cortes celestiales”.[27] Se nos anima a confiar en el Señor y a no temer.
 
La cosecha final de la tierra
Esta sección del 14:15-20 está dividida en dos partes y describe la gran siega o cosecha escatológica. Abarca dos eventos distintos: El primero está compuesto por los versos 15-17, donde se describe el acto de recoger a los fieles del Señor bajo el símbolo de un grano maduro, (“seco”, “marchito” según el original). Y el segundo evento se refiere a la ciega de los injustos, simbolizados por “uvas maduras”. Estas imágenes están tomadas de las cosechas agrícolas palestinas, donde, en términos generales, había dos épocas principales para la cosecha: 1) la cosecha cerealera de cebada y trigo, y 2) la cosecha de la fruta (uva y aceituna).[28] Aunque estas recogidas estaban separadas por varios meses, aquí en Apocalipsis Juan nos la presenta como si se realizaran conjuntamente. Es sólo un símbolo para hablarnos de la separación final entre los justos y los injustos.
Debe reconocerse que al tratar con profecías simbólicas, los detalles no son el aspecto predominante, sino el mensaje contenido en ellas. “En la profecía simbólica el profeta ve la representación de la realidad y no la realidad misma... Se debe tener cuidado de no entender literalmente lo que dice un profeta bíblico cuando no está hablando en forma literal... En lo que a interpretación de profecía simbólica se refiere, es importante permitir que el mismo Espíritu que dio la visión identifique sus símbolos... [Así] los diversos elementos de la presentación simbólica tienen diversos grados de significado y de importancia... Es posible que algunos lineamientos se introduzcan sólo para redondear la presentación o para establecer un marco de fondo adecuado”.[29] 
Después que se termina la proclamación del mensaje del tercer ángel, Juan ve a uno sentado “semejante al Hijo del Hombre” sobre una nube blanca. Es la aparición de Cristo en las nubes del cielo (Hech. 1:9-11; Mat. 24:30; Luc. 21:27; Apoc. 1:7). La expresión “Hijo del Hombre” hace alusión al parentesco de Cristo con la familia humana, el cual lo conserva aun estando glorificado. Pero ya no es el sumiso Cordero que voluntariamente y sin resistencia se somete ante sus trasquiladores (Isa. 53:3-4,7); ahora viene como Rey de reyes a ejecutar juicios sobre los habitantes de la tierra (Apoc. 19:11-21; Mat. 25:31). Juan nos presenta a Cristo como a un Segador que viene a recoger la cosecha. Se reconoce que las expresiones “Hijo del hombre” y “nube blanca” son imágenes adaptadas de la visión de Daniel cap. 7. También se nos dice que “la visión de la gran vendimia de Apocalipsis 14:17-20 amplía la descripción de la cosecha de uvas de Joel 3:13 y la vuelve a definir como un juicio que está centrado en Cristo”.[30] El pasaje de Joel nos dice: “Echad la hoz porque la mies está madura. Venid a pisar, porque el lagar está lleno. Rebosan las cubas, porque mucha es la maldad de ellos”. Cuando este momento llega, Joel ve a los hombres como estando en el valle de la decisión (vers. 14). Él también hace alusión a Dios como sentado sobre un trono dispuesto para el juicio (vers. 12). Este es un día terrible para los impíos, pero de gloria para los justos: “Jehovah rugirá desde Sión, tronará desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra; pero el Señor será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza del pueblo de Israel” (vers. 16).
Cristo tiene en su cabeza una corona y en su mano “una hoz afilada”, lo que indica que viene a ejecutar la segunda fase del juicio de Dios, a recompensar a cada uno conforme hayan sido sus obras (Mat. 3:12; 16:27). En la parábola del trigo y la cizaña leemos: “Dejad crecer juntos lo uno y lo otro hasta la siega. Y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla, pero juntad el trigo en mi granero”. (Mat. 13:24-30; Mar. 4:29). En su interpretación del contenido de esta parábola Cristo especificó:
 
“El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del maligno. El enemigo que la sembró es el diablo, la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así sucederá al fin de este mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles a juntar de su reino a todos los escandalosos, y a los que cometen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, oiga” (vers. 37-43).
 
 La escena de Cristo sentado haciendo separación entre justos e injustos nos recuerda también el pasaje referente al juicio de las naciones de Mat. 25:31-40. Lo que crea las condiciones para la aparición de Cristo es la proclamación del mensaje de los tres ángeles. Habiendo quedado preparado el terreno para el advenimiento del Hijo de Dios, la cosecha puede realizarse (Apoc. 19:7-9). La imagen de la cosecha enfatiza “el fin de la temporada de crecimiento, el fin del período de prueba”.[31] Juan ve a Cristo echar su hoz afilada sobre la tierra (vers. 16), pero también ve a un ángel hacerlo (vers. 18). Se reconoce que este es un pasaje de contenido difícil. Algunos proponen que la cosecha de los justos es hecha por Cristo, mientras que los ángeles siegan a “los que están destinados para el juicio”.[32] Esto parece estar de acuerdo con la declaración de Cristo que dice: “El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles a juntar de su reino a todos los escandalosos, y a los que cometen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mat. 13:40-41). Leemos que el ángel le dice a Cristo que siegue la mies de la tierra porque está madura (vers. 14), esto se refiere a los justos. Entonces, Cristo “echó su hoz sobre la tierra, y la tierra fue segada” (vers. 15), es decir, los justos fueron recogidos (Mat. 34:30-31; 2 Tes. 4:16-17). En el vers. 17 leemos que “del Santuario que está en el cielo salió otro ángel teniendo también una hoz afilada” (VRV 1977). “Otro ángel” que tenía potestad sobre el fuego salió del altar y “llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras. Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios”. La “gran voz” denota la autoridad con la que da la orden.
 
El pisoteo del lagar
La figura de un lagar pisoteado representa “el juicio de condenación de Dios (ver Isa. 63:2-6; Jer. 25:30,33). Isaías comparó a Edom y a Israel a una viña que sería pisoteada por el juicio de Dios (Isa. 5:1-7; ver también Sal. 80:8,12-13,16)”.[33] En Apocalipsis 19 tenemos una ilustración más amplia de esta imagen. Es el tiempo de la manifestación de la justa ira de Dios, que es llamada también la “ira del Cordero” (Apoc. 6:16, cf. 11:17-18).
El lenguaje que Juan utiliza aquí es altamente impresionista. Se nota que cuando “fue pisado el lagar fuera de la ciudad..., salió sangre hasta los frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios”. Lo primero que debemos notar es la frase “fuera de la ciudad”. Puesto que en el Apocalipsis sólo se mencionan dos ciudades, la nueva Jerusalén, la Ciudad de Dios (Apoc. 21:2,10) y Babilonia, la gran ciudad (Apoc. 14:8, 17:18), la expresión “fuera de la ciudad” debe hace referencia a la destrucción definitiva de los impíos al final del milenio los cuales estarán en la periferia de “la ciudad amada”, “el campamento de los santos” (Apoc. 20:9-10). El profeta Joel hace referencia a la destrucción de los impíos como ocurriendo fuera de Jerusalén (Joel 3:12-13). La gran cantidad de sangre que sale “hasta los frenos de los caballos” constituye “una figura literaria para indicar la tremenda matanza de las huestes de los impíos”, el “número de los cuales es como la arena del mar” (Apoc. 20:8).
Se observa que Apoc. 14 comienza con una cifra, 144,000 y termina con otra, 1,600. “Ambos pasajes (vers. 1 y 20) forman contrapartes simbólicas que describen destinos opuestos para justos y para los malvados. El verdadero Israel está con el Cordero sobre el Monte Sión dentro de la ciudad de Dios, y los perseguidores malvados están reunidos fuera de la ciudad [cf. Joel 2:32; 3:1-16.]”.[34]
 
La justa ira de Dios
Antes de concluir esta sección queremos hacer algunas breves observaciones sobre la manifestación de la ira de Dios. Para algunas personas resulta repugnante escuchar que Dios expresará su ira con tal magnitud sobre seres mortales e indefensos. Pero, si son tan indefensos, ¿por que no se someten a su señorío? ¿Por qué atentan contra lo que es de su propiedad? ¿Por qué se confabulan tan demoníacamente contra el remanente que procura vivir justamente? ¿Por qué insistir desenfrenadamente en el vicio, la corrupción y la maldad? Estas preguntas reclaman también respuestas satisfactorias.
Hay muchas cosas que nosotros los seres humanos no comprendemos a profundidad, porque hay verdades que nos negamos a creer. La Palabra de Dios nos revela la existencia de un enemigo real, con una mente infernal y llena de maldad y violencia que lucha despiadadamente contra el gobierno de Dios, a través de los sistemas corruptos de la tierra. Dios desea que todos estén claro en este asunto, por eso lo ha revelado en su Palabra. Nadie entonces, tiene excusas. Si los seres humanos de forma responsable y personal deciden creer las sugestiones de otras mentes (sean hombres o demonios) y modelan sus vidas sobre esos dictados, deben abstenerse a las consecuencias. Por su lado, Dios está dirigiendo las cosas a su consumación definitiva. Se propone eliminar la rebelión de este planeta, y lo hará sin importar los argumentos que se esgriman contra su forma de administrar las cosas. Dios es Soberano, y los hombres, en lugar de estar cuestionándolo deberían tratar de aprender de Él lo que es para su bien presente y futuro. Dios es claro: “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros - dice Jehovah -, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis... Me buscaréis y me hallaréis, cuando me busquéis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:11,13). Pero no es menos cierta la siguiente verdad:
 
“Los juicios de Dios caerán sobre los que traten de oprimir y aniquilar a su pueblo. Su paciencia para con los impíos da a éstos alas en sus transgresiones, pero su castigo no será menos seguro ni terrible por mucho que haya tardado en venir”.[35]
 
Todo ser humano debería mirar hacia sí mismo, en el sentido de que debe admitir que sea cual sea el resultado de esta contienda milenial, hubo un culpable y que el resultado no fue impuesto, sino que fue el fruto de su propia errada decisión. Somos responsables de nuestras elecciones, a menos que creamos en la doctrina de la predestinación, donde los hombres no tienen que elegir, pues Dios lo hizo por ello. Pero esta enseñanza no es bíblica (Isa. 1:18-20, Juan 3:14-21). Se nos ha dicho que “Dios no destruye a ningún hombre. Todo hombre que sea destruido se habrá destruido a si mismo”.[36] ¡Fue su decisión!
 
“No hemos de considerar a Dios como a alguien dispuesto a castigar al pecador por su transgresión. El pecador acarrea el castigo sobre sí mismo. Sus propias acciones ponen en marcha una serie de circunstancias que provocan un seguro resultado... Eligiendo pecar, los hombres se separan de Dios, se apartan del canal de bendiciones, y el seguro resultado son la ruina y la muerte”.[37]
 
Pero la ejecución final de los impíos es obra directa de Dios. Será el resultado inevitable de haber elegido el camino de la rebelión. Esta obra de destrucción es llamada por el profeta Isaías “extraño acto”: “Jehovah se levantará..., para hacer su obra, su obra extraña, y para ejecutar su acto, su acto extraño” (Isa. 28:21). En las siete plagas se “consuma la ira de Dios” contra un mundo impenitente (Apoc. 15:1). De la misma manera, la destrucción de los malvados es un acto directo de Dios (Apoc. 21:9). “El amor de Dios es un amor santo. El amor divino y la justicia divina son dos caras de la misma moneda. Ambos son atributos del mismo Dios. La justicia requiere un castigo adecuado de la transgresión, y no debe ser invalidada por la verdad igualmente válida de que el pecado se destruye así mismo”.[38]
Nosotros podemos elegir no creer estas verdades y seguir nuestros propios caminos, pero es una mala y lamentable elección, pues nuestros propios caminos sólo nos conducen a la soledad, a la separación cada vez mayor de nuestro amante Dios; y en este terreno sólo existe desesperanza, dolor y finalmente la muerte eterna. Dios no puede elegir por nosotros, y mucho menos forzarnos a creer en su Palabra. Pero nos anima a hacer la elección correcta, pues el tiempo es corto y el fin de todas las cosas se acerca: “Venid y razonemos, dice Jehovah. Aunque vuestros pecados sean como la grana, serán emblanquecidos como la nieve. Aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si queréis obedecer, comeréis el bien de la tierra” (Isa. 1:18-19, la cursiva es nuestra).
 
Notas y Referencias:
[1] Elena G. de White, Review and Herald, 13-10-1904.
[2] ---------, Youth's Instructor, 7-6-1894.
[3] Mario Veloso, El Apocalipsis y el Fin del Mundo, p. 173.
[4] ---------, Ibíd.
[5] Ángel M. Rodríguez, Fulgores de Gloria, p. 133.
[6] Veloso, Ibíd., p. 174.
[7] Hans  K. LaRodenlle, Las Profecías del Fin, p. 339.
[8] ---------, Ibíd., 174-175.
[9] White, El Conflicto de los Siglos, p. 538, la cursiva es nuestra.
[10] ---------, Profetas y Reyes, pp. 432-433, la cursiva es nuestra.
[11] LaRondelle, Ibíd., p. 351.
[12] ---------, Ibíd., p. 352.
[13] Jacques B. Doukhan, Daniel, The Vision of the End, p. 66.
[14] Veloso, Ibíd., p. 176.
[15] Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 842, la cursiva es nuestra.
[16] White, El Conflicto de los Siglos, pp. 440-441.
[17] Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 844.
[18] White, Primeros Escritos, pp. 293-294.
[19] ----------, El Conflicto de los Siglos, p. 733, la cursiva es nuestra.
[20] Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 270.