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Introducción
En esta sección
estudiaremos los detalles que siguen inmediatamente a los del cap. 19 de
Apocalipsis,
en donde vimos el apresamiento de la bestia y el falso profeta. Apoc. 20
nos revela que Satanás también será “apresado” y atado – según la
declaración de Juan – para que ya no actúe más en contra de las naciones
de la tierra. Esta visión es importante por varias razones: 1) “Amplía
nuestra comprensión de la vindicación definitiva del carácter de Dios y
del Gran Conflicto”, y 2) nos “permite conocer cuál será el galardón de
los justos, y qué harán éstos luego de la segunda venida de Cristo”.
El período de mil años que menciona Juan ha sido objeto de muchos
debates. Algunos hasta han tildado este pasaje de sostener una doctrina
que forma parte de “las excentricidades de la fe cristiana”. Por lo
tanto, se sostiene que la doctrina del milenario “hace mucho que ha
dejado atrás las corrientes principales del cristianismo”. Pero es
necesario que analicemos esta parte de la profecía pues está en un
contexto importante de la conclusión del Gran Conflicto en la tierra.
Por medio de impresionantes símbolos Juan llama nuestra atención a los
acontecimientos que nos revelan el apresamiento de Satanás y al papel
que desempeñarán los santos una vez sean liberados por Cristo. Pero
antes de entrar en detalles sobre esta profecía debemos ver algunas
corrientes de pensamientos que existen sobre el milenario.
Premilenialismo
Esta escuela sostiene que Cristo regresará a la tierra antes del
comienzo del milenio. Al final de los mil años, Satanás “será desatado,
se rebelará contra Cristo, y finalmente será vencido, juzgado y
condenado junto con todos los injustos, al inaugurarse el orden eterno”.
Según se sabe, “la mayor parte de los autores cristianos de los primeros
tres o cuatro siglos pueden ser clasificados como premilenialistas”.
Se reconoce además que una de las razones principales (sino la
principal) por la que este punto de vista floreció entre los cristianos
se debió al contexto histórico en el que vivieron: Las duras
persecuciones del Imperio Romano pagano. Era normal que se alentara la
esperanza del establecimiento del reino de Cristo en esta tierra que
subyugara al imperio opresor. Debe tomarse en cuenta que existen dos
grupos dentro de los premilenialistas, los que ven el reinado de mil del
Mesías aquí en la tierra y los que entienden que será en la patria
celestial.
Amilenialismo
Dos fechas importantes marcan el contexto histórico de esta corriente de
pensamiento. El 313 y 380-381. La primera fecha marca el año en que
Constantino promulgó su decreto de libertad religiosa para la iglesia
cristiana. La segunda constituye el tiempo en que “el emperador Teodosio
el Grande exigió que los ciudadanos romanos fueran cristianos
trinitarios. A comienzos del siglo V se esperaba que el ejército
estuviera constituido únicamente por soldados cristianos... en ese
ambiente, primero Ticonio, un ‘hereje’ donatista, y después el gran San
Agustín (354-430), enseñaron que el milenio ya había comenzado. Los
obispos de la iglesia, observaba San Agustín, ya estaban sentados sobre
tronos episcopales para juzgar, en cumplimiento – según él decía – de
Apocalipsis 20:4; de manera que no había necesidad de esperar un milenio
futuro”.
En este contexto, San Agustín completó su cuadro diciendo que el
Anticristo iba a ser un individuo que lanzaría su persecución en el
futuro, al final del milenio y antes de la segunda venida literal de
Cristo a esta tierra, por un período de tres años y medios. Así que, los
amilenialistas no ven la necesidad de un milenio en el futuro, porque ya
lo están viviendo. Para estos intérpretes el milenio “es la era entre
los dos advenimientos o era cristiana”. No entendemos como armonizan
esta idea con el apresamiento y el encadenamiento de Satanás, puesto que
el sigue obrando y causando terribles desgracias todavía.
Se reconoce que “la mayor parte de los
autores protestantes en los primeros años de la era de la Reforma (es
decir, del siglo XVI), eran todavía amilenialistas, pero no exactamente
al estilo de San Agustín”.
A diferencia de la posición de San Agustín sobre el Anticristo, ellos lo
veían no como un individuo futurista, sino como un sistema que estaba
obrando en sus días: el sistema papal.
Postmilenialismo
Esta escuela de pensamiento debe su existencia a Daniel Whitby
(1638-1726), un clero de la iglesia anglicana. Se reconoce que lo que
San Agustín fue para el amilenialismo, lo fue Daniel Whitby para el
postmilenialismo. Este último “reunió, sistematizó y popularizó algunas
ideas que habían surgido previamente en otras mentes”. Whitby creía que
el milenio sería anterior a la segunda venida de Cristo (en esto estaba
en total acuerdo con Agustín), pero a diferencia de Agustín, insistía
que el milenio estaba en el fututo, aunque de forma similar que Agustín,
creyó que el Anticristo haría su aparición al final del milenio. Esto,
se reconoce además, distanció a Daniel Whitby de la reforma protestante.
El postmilenialismo involucra la idea de que al comienzo del milenio
(anterior a la segunda venida de Cristo) cesarán las “guerras y sus
males”, se establecerán “gobiernos cristianos”, se convertirá “la
mayoría de humanidad por medio de las iglesias, el Espíritu Santo y el
Evangelio...” y otros acontecimientos escatológicos.
Detalles adicionales sobre las creencias del Milenio
Se ha observado que la idea de un reinado extenso del Mesías era ya una
idea acariciada por los judíos desde el año 100 a.C. Esto tenía
fundamento en las Escrituras hebreas. El profeta Daniel había predicho
que el reinado del Mesías duraría para siempre y por la eternidad (Dan.
2:44; 7:14,27). Pero en los escritos apocalípticos del siglo I d.C. se
encuentra la idea de que el reinado del Mesías sería limitado. En Esdras
7:28 se dice que el Mesías reinaría por 400 años. En 2 Baruc se vaticina
la destrucción de las fuerzas del mal y entonces se establece el reino
del Mesías. Los mismos rabinos discutían ampliamente la duración de la
era mesiánica. Unos hablaban de 7,000 años, otros de 2,000, otros de
1,000, y otros de 600, 100 y hasta 40 años.
Todas estas ideas nos inducen a preguntarnos: ¿Constituyen los mil años
de Juan el revelador una readaptación sutil de estas esperanzas
mesiánicas existentes en la época? Es cierto que los escritos de aquella
época revelan que los judíos habían llegado a pensar que el reinado del
Mesías sería limitado (no importa el tiempo que le asignaran). Pero esto
no implica necesariamente que Juan tomara su profecía del milenario de
estas ambiguas y desacertadas ideas. Debe recordarse que el reinado del
Mesías estaba predicho como de duración eterna.
Las variadas y contrapuestas ideas de los rabinos responden más bien a
un intento fallido de precisar la realidad del reino mesiánico expresada
en las profecías del Antiguo Testamento. La visión apocalíptica de Juan
revela el tiempo de ese reino que ya habían profetizado los santos
hombres de Dios del pasado. Especifica un tiempo y resuelve de una vez y
por todas el lapso real que durará bajo las condiciones expresadas en la
profecía de Apoc. 20:1-6. Debe tomarse en cuenta además que el hecho de
que Daniel expresara que el reinado del Mesías sería eterno (Dan. 2:44;
7:14,27) y que Juan revele que durará mil años no quiere decir que Juan
expresó una idea ajustada a la realidad apocalíptica de la época, más
bien que acorde a la realidad de la revelación de Dios. Esto no sólo
sería cuestionar la inspiración divina del Apocalipsis bajo los rayos X
de la alta crítica, sino que es pasar por alto el contexto en que Juan
traza estas declaraciones. El mensaje armónico del Apocalipsis (tanto
como el Daniel) enfatiza claramente el establecimiento del reino eterno
de Dios y de su Cristo (caps. 21-22). El milenario está dentro de los
designios eternos de Dios, y durante él se desarrollarán ciertos eventos
que son necesarios para la conclusión del Plan de Salvación como veremos
más adelante.
Otro detalle interesante es el reconocimiento de que el capítulo 12 del
Apocalipsis es importante para comprender correctamente el capítulo 20.
1) En el cap. 12 Satanás es arrojado “a la tierra”, mientras que en el
cap. 20 es arrojado “al abismo”. 2) En el cap. 12 Satanás desciende a la
tierra con gran ira para engañar al mundo, mientras que en el cap. 20 es
“atado” para que no engañe más a las naciones. 3) En el cap. 12 se
menciona la exposición de los cristianos a la muerte, pero en el cap. 20
se menciona su resurrección. 4) En Apoc. 12 se enfatiza un tiempo de
maldición, mientras que en Apoc. 20 se resalta un tiempo de bendición.
5) En Apoc. 12 vemos al dragón actuando con ira renovada contra la
iglesia, pero en Apoc. 20 encontramos que su rebelión y guerra llega a
su final. Por consiguiente no es correcto decir que “Apocalipsis 20:1
vuelve al comienzo de la era cristiana”. Ambos capítulos enfocan
diferentes acontecimientos. En realidad, “Apocalipsis 12 revela la
actividad del diablo en la historia de la iglesia, mientras que
Apocalipsis 20 revela el juicio que Dios hace al diablo en la
consumación final”.
Para tener una idea acabada sobre la doctrina del milenario de Cristo
con sus santos, también debemos ver el cuadro completo que nos presentan
los escritores inspirados. Ya dijimos más arriba que la visión de Apoc.
20 es importante por varias razones: 1) “Amplía nuestra comprensión de
la vindicación definitiva del carácter de Dios y del Gran Conflicto; 2)
Nos permite conocer cuál será el galardón de los justos, y qué harán
éstos luego de la segunda venida de Cristo”.
Aunque este es el único lugar donde se menciona la expresión “mil años”
no quiere decir necesariamente que es el único pasaje profético que hace
alusión a milenio. Veamos esta importante profecía manteniendo presente
la idea de que este pasaje describe “los detalles que siguen
inmediatamente a los del cap. 19”.
Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una
gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que
es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y
lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las
naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe
ser desatado por un poco de tiempo (cap. 20:1-3).
Satanás es atado por 1,000
años
Juan ve a un ángel que desciende del cielo con la “llave del abismo y
una gran cadena en la mano”. Acto seguido es apresado al dragón, atado
por mil años y arrojado al abismo. Allí fue encerrado y poniéndole “un
sello sobre él”. Esto pone fin a sus engaños sobre las naciones que
reunió en contra del que montaba a caballo: Jesús. Después que los mil
años se cumplan Satanás será suelto de su prisión. Estos versículos
denotan que ciertos acontecimientos les quitarán hegemonía a Satanás,
pero que otros se la devolverá. ¿Qué significados tienen la “llave”, la
“cadena”, el “abismo” y el “sello” que es puesto sobre él? Debe
recordarse que estamos viendo ahora el apresamiento del tercer poder
rebelde y opositor (de hecho, el poder instigador) de los que obraron
contra el pueblo de Dios en procura de su destrucción. Los dos primeros
(la bestia y el falso profeta) ya vimos como terminaron en el capítulo
anterior, lanzados al lago de fuego y azufre (Apoc. 19:20). Juan revela
que entre el apresamiento de los dos primeros poderes y el tercero media
un período de tiempo que el denomina “mil años”. Algunas cosas
interesantes deben suceder durante este lapso de tiempo. Debemos ver
ahora en el mejor orden posible los acontecimientos que anteceden al
milenio, así como los que suceden durante y después de él (ver
diagrama). Sólo así podremos entender porqué aunque el reino de Cristo
será eterno implica un periodo de mil años.
La predicación del Evangelio.
Antes del regreso de Cristo a esta tierra todo el mundo debe ser
confrontado con la necesidad de aceptar las Buenas Nuevas del Evangelio
Eterno (Mat. 24:14; Rom. 10:15,18). Como el tiempo del fin implica
peligros específicos y nunca antes vistos para el pueblo de Dios, debe
darse una seria advertencia y amonestación contra esos engaño (Apoc.
14:6-12). Verdades singulares probarán a los hombres y mujeres quienes
serán llamados a elegir entre la adoración del Anticristo y la adoración
del Dios verdadero (Apoc. 13:11-18, cf. 14:6-7).
La maduración de la cosecha.
La proclamación del Evangelio por parte del remanente hará madurar a la
humanidad para la cosecha final del Evangelio (Apoc. 14:14-20; 19:7-9).
Toda la raza humana habrá quedado dividida en dos grandes grupos: los
fieles y los infieles (Apoc. 22:11, cf. Mat. 25:31-46).
Cristo regresa a la tierra.
Entonces Cristo regresará con gran gloria y majestad como un guerrero
victorioso y con Él todos sus santos ángeles (Apoc. 14:14; 19:11-16, cf.
Mat. 24:27,30; 25:31) Los fieles recibirán la recompensa de la vida
eterna y los injustos son destruidos por el resplandor de la gloria de
Cristo (Apoc. 14:14-16; 22:12, cf. 19:21; Mat. 16:27; 2 Tes. 2:8).
El planeta quedará desolado.
Con la caída de los juicios de Dios (las siete plagas) todos los
elementos de la tierra será destruidos (Apoc. 16). Los profetas nos
dicen que la tierra quedará asolada, vacía y sin luz solar. Los montes
tiemblan en extrema destrucción. No habrá aves ni hombre alguno sobre la
superficie de la tierra. El campo fértil se convertirá en un desierto y
todas las ciudades serán desoladas. Pero aunque la tierra será desolada,
no será destruida totalmente, pero quedará como un inmenso abismo sin
luz y seres vivos (Jer. 4:23-27; 25:33; Isa. 24:1,3,5-6). Isaías vio que
“en aquel día, Jehovah castigará en el cielo, al ejército del cielo; y
en la tierra, a los reyes de la tierra. Y serán amontonados como se
amontona a los encarcelados en mazmorra. Y en prisión quedarán
encerrados, y serán castigados después de muchos días” (Isa. 24:21-22).
Los “muchos días” es una referencia al milenio
Los santos son traslados al reino de los cielos.
Mientras los impíos son destruidos por la gloria de Cristo (Apoc. 19:21,
cf. 2 Tes. 2:8; Isa. 11:4b.), los santos muertos resucitados y los que
estén vivos son transformados en incorruptibles (1 Cor. 15:51-55) y son
tomados por los ángeles (Mat. 24:31) para recibir a su amado Señor y
Libertador “en el aire” (1 Tes. 4:13-17). ¡Así estarán para siempre con
el Señor! La Biblia es clara al decir que el destino de todos los hijos
de Dios es ir a la patria celestial. Cristo lo prometió (Juan 14:1-3) ¡y
lo cumplió! (Apoc. 7:9-10,15-17; 19:1). Mientras ellos gozan de las
dichas celestiales Satanás queda recluido al planeta tierra como un
general sin ejércitos (Apoc. 20:1-3). Estará solo y desterrado con la
compañía de sus ángeles asociados rebeldes. Tendrán tiempo para meditar
en los funestos y frustrados resultados de su injustificada rebelión
contra el gobierno divino. “Durante mil años, Satanás andará errante de
un lado para otro en la tierra desolada, considerando los resultados de
su rebelión contra la Ley de Dios. Todo este tiempo, padece
intensamente. Desde su caída, su vida de actividad continua sofocó en él
la reflexión; pero ahora, despojado de su poder, no puede menos que
contemplar el papel que desempeñó desde que se rebeló por primera vez
contra el gobierno del cielo, mientras que, tembloroso y aterrorizado,
espera el terrible porvenir en que habrá de expiar todo el mal que ha
hecho y ser castigado por los pecados que ha hecho cometer”.
El papel de los santos durante el milenio.
El profeta nos dice que vio tronos y que sobre ellos se sentaron los que
recibieron facultad de juzgar (Apoc. 20:4). Esto es el cumplimiento de
las palabras de Cristo: “Yo, pues, les asigno un reino, como mi Padre me
lo asignó a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os
sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel”
(Luc. 22:29-30, cf. Sal. 122:2-5; 132:11).
Pablo ve en todo su alcance esta declaración cuando dice: “¿O no sabéis
que los santos han de juzgar al mundo?... ¿O no sabéis que hemos de
juzgar a los ángeles?” (1 Cor. 6:2-3). Esta obra de juicio implica una
investigación cuidadosa de los registros de los impíos, “para que todos
queden completamente convencidos de la justicia de Dios cuando destruya
a los impíos”.
Este juicio de evaluación y sentencia les permite a los santos que
fueron salvados estar plenamente seguros y convencidos en la
manifestación de la justicia de Dios cuando los impíos (entre los cuales
habrán sin duda amigos y familiares conocidos) sean destruidos en el
lago de fuego y azufre (Apoc. 20:9-10). Toda boca confesará la justicia
de Dios (Fil. 2:10-11).
Al final del milenio Jesús regresa a la tierra.
Al finalizar los mil años Cristo regresa a la tierra en la Nueva
Jerusalén y con Él todos sus santos (Apoc. 3:12; 21:2,10, cf. Zac.
14:4-5). Cuando la santa Ciudad descienda sobre la superficie de la
tierra, tiene lugar la resurrección de los impíos, la segunda
resurrección, la de condenación (Juan 5:28-29; Apoc. 20:5a.). Los impíos
se levantan de las tumbas llenos del mismo espíritu de rebelión con el
que descendieron a ella. Tiene lugar entonces, el juicio final donde
serán confrontados con todas sus malas acciones según están consignadas
en los registros celestiales (Apoc. 20:11-15). Dirigidos por Satanás se
preparan para tomar la Ciudad de Dios donde están Cristo y sus santos (Apoc.
20:7-9). Entonces, en medio de esta dramática escena desciende fuego
sobre ellos que los consume (Apoc. 20:9, cf. Eze. 28:18-19; 2 Ped. 3:7;
Jud. 7).
Dios hará nuevas todas las cosas.
El mismo fuego que consume al pecado y a los pecadores (“raíz y rama” –
según el profeta Malaquías), es el que purifica la tierra de todo mal
(Mal. 4:1,3; 2 Ped. 3:9-12). Dios, entonces, de las cenizas que dejará
el fuego destructor y purificador creará ante los ojos atónitos de los
fieles, cielos nuevos y tierra nueva donde morará la justicia por todo
la eternidad (Apoc. 21:1,3-7; 2 Ped. 3:13, cf. Isa. 32:16-18). ¡Cuán
dichosos seremos!
Este cuadro de los acontecimientos
finales es el que, cuando se toma en cuenta, nos permite tener una idea
acabada y equilibrada sobre la doctrina del milenio.
De otra manera lo que tenemos es desorientación teológica y especulación
sin sentido. En este contexto podemos entender las expresiones
simbólicas que Juan usa para describir el apresamiento de Satanás y su
sellamiento en el gran abismo. Siendo que Satanás obra por medio de los
agentes humanos contra el pueblo de Dios, y siendo que los impíos son
destruidos y que los santos son llevados al cielo por Cristo, se
entiende porqué él estará “atado”.
La “cadena” con la que Satanás es atado
al comienzo del milenio representa la sujeción de su poder ante la
acción poderosa de Dios, representa además las circunstancias ante las
cuales se ve obligado a quedar desterrado en el planeta. La “llave” que
tiene el ángel también es un símbolo que nos revela que el gran dragón,
por más poderoso que sea, no puede evitar ser confinado en esta tierra
por mil años. Si por él fuera, saldría del planeta a otros mundos para
continuar con sus planes malévolos. Esta “llave”, es además un símbolo
adecuado para señalarnos que el Cielo dirige todos los acontecimientos
de esta tierra para la ejecución fiel de sus propósitos.
El “abismo” al cual el dragón es arrojado
es esta tierra en su estado caótico fruto de la caída de los juicios
retributivo de Dios (Jer. 4:23-27; Apoc. 16:18-21). Todas estas
condiciones adversas tienen el propósito de revelar el objetivo del
encierro del dragón: “para que no engañase más a las naciones” (cap.
20:3). El mundo actual, lleno de seres humanos es un campo amplio de
acción para las fuerzas del mal, pero cuando esté desolado y vació será
la peor de todas las cárceles para los agentes satánicos.
Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de
juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de
Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni
a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus
manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos
no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la
primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la
primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos,
sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil
años (vers. 4-6).
Los santos viven y reinan con Cristo mil años
Necesitamos desarrollar ahora la idea de
que el milenio es un periodo de tiempo en el que el pueblo de Dios
morará con Él en el reino de los cielos. Ya vimos que el libro del
Apocalipsis nos revela que los santos (incluyendo el grupo especial
llamado 144,000) serán traslado al cielo en ocasión de la segunda venida
de Cristo. Más bien, el Apocalipsis los presenta como estando allí (Apoc.
7:9, 14:1-3; 15:2-3; 19:1, cf. Fil. 3:20-21; Col. 3:1-3). Cristo hizo la
promesa de preparar lugar en la casa de su Padre, el cielo, para sus
santos (Juan 14:1-3). Por medio de su segunda venida cumple su gloriosa
promesa (Mat. 24:31; 1 Tes. 4:13-17). Durante el milenio se verificará
el juicio de los impíos, y los santos – según Pablo y Juan –
participarán en esa obra de juicio: “Vi tronos y se sentaron sobre ellos
los que recibieron facultad de juzgar” (Apoc. 20:4, cf. 1 Cor. 6:2; Mat.
19:29-30). “La obra de juicio sin duda implicará una cuidadosa
investigación de los registros de los impíos, para que todos queden
completamente convencidos de la justicia de Dios cuando destruya a los
impíos”.
La Inspiración nos dice que los santos “junto con Cristo juzgan a los
impíos, comparando sus actos con el libro de la Ley, la Biblia, y
fallando cada caso en conformidad con los actos que cometieron por medio
de su cuerpo. Entonces lo que los malos tienen que sufrir es medido
según sus obras, y queda anotado frente a sus nombres en el libro de la
muerte”.
En este juicio también Satanás y sus ángeles son juzgados: “¿No sabéis
que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Cor. 6:3; Judas 6).
Es coherente creer entonces, que los
santos estarán en el reino de los cielos durante el transcurso del
milenio porque (a parte de lo que ya hemos dicho) la tierra no estará en
condiciones de vivir en ella, pues los juicios de Dios – como hemos
enfocado también – la dejarán totalmente desolada.
El apóstol Juan menciona sólo a dos tipos
de santos en este texto, “los decapitados por causa del testimonio de
Jesús y por la palabra de Dios, [y] los que no habían adorado a la
bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en
sus manos”. Pero esto no significa que ellos son los únicos que reinarán
con Cristo, pues todos los santos vivos (incluyendo los muertos
resucitados – Juan 5:28-29) participarán de las dichas celestiales (Apoc.
7:9,15-17). Se reconoce que “quizá se menciona específicamente a los
mártires y a los vencedores sobre la bestia porque representan a los que
sufrieron más”.
Juan nos dice que “los otros muertos no
volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”. Esto se refiere a
los impíos, pues según Cristo su resurrección será en una fecha
posterior a la de los justos, al final del milenio. Esto lo veremos más
en detalle en las próximas líneas.
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