Mil Años de Dicha Inmortal

 

El Apresamiento de Satanás y el Juicio Final

 

(1era. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 
Introducción
En esta sección estudiaremos los detalles que siguen inmediatamente a los del cap. 19 de Apocalipsis, en donde vimos el apresamiento de la bestia y el falso profeta. Apoc. 20 nos revela que Satanás también será “apresado” y atado – según la declaración de Juan – para que ya no actúe más en contra de las naciones de la tierra. Esta visión es importante por varias razones: 1) “Amplía nuestra comprensión de la vindicación definitiva del carácter de Dios y del Gran Conflicto”, y 2) nos “permite conocer cuál será el galardón de los justos, y qué harán éstos luego de la segunda venida de Cristo”.[1] 
El período de mil años que menciona Juan ha sido objeto de muchos debates. Algunos hasta han tildado este pasaje de sostener una doctrina que forma parte de “las excentricidades de la fe cristiana”. Por lo tanto, se sostiene que la doctrina del milenario “hace mucho que ha dejado atrás las corrientes principales del cristianismo”. Pero es necesario que analicemos esta parte de la profecía pues está en un contexto importante de la conclusión del Gran Conflicto en la tierra. Por medio de impresionantes símbolos Juan llama nuestra atención a los acontecimientos que nos revelan el apresamiento de Satanás y al papel que desempeñarán los santos una vez sean liberados por Cristo. Pero antes de entrar en detalles sobre esta profecía debemos ver algunas corrientes de pensamientos que existen sobre el milenario.
 
Premilenialismo
Esta escuela sostiene que Cristo regresará a la tierra antes del comienzo del milenio. Al final de los mil años, Satanás “será desatado, se rebelará contra Cristo, y finalmente será vencido, juzgado y condenado junto con todos los injustos, al inaugurarse el orden eterno”.[2] Según se sabe, “la mayor parte de los autores cristianos de los primeros tres o cuatro siglos pueden ser clasificados como premilenialistas”.[3] Se reconoce además que una de las razones principales (sino la principal) por la que este punto de vista floreció entre los cristianos se debió al contexto histórico en el que vivieron: Las duras persecuciones del Imperio Romano pagano. Era normal que se alentara la esperanza del establecimiento del reino de Cristo en esta tierra que subyugara al imperio opresor. Debe tomarse en cuenta que existen dos grupos dentro de los premilenialistas, los que ven el reinado de mil del Mesías aquí en la tierra y los que entienden que será en la patria celestial.
 
Amilenialismo
Dos fechas importantes marcan el contexto histórico de esta corriente de pensamiento. El 313 y 380-381. La primera fecha marca el año en que Constantino promulgó su decreto de libertad religiosa para la iglesia cristiana. La segunda constituye el tiempo en que “el emperador Teodosio el Grande exigió que los ciudadanos romanos fueran cristianos trinitarios. A comienzos del siglo V se esperaba que el ejército estuviera constituido únicamente por soldados cristianos... en ese ambiente, primero Ticonio, un ‘hereje’ donatista, y después el gran San Agustín (354-430), enseñaron que el milenio ya había comenzado. Los obispos de la iglesia, observaba San Agustín, ya estaban sentados sobre tronos episcopales para juzgar, en cumplimiento – según él decía – de Apocalipsis 20:4; de manera que no había necesidad de esperar un milenio futuro”.[4] En este contexto, San Agustín completó su cuadro diciendo que el Anticristo iba a ser un individuo que lanzaría su persecución en el futuro, al final del milenio y antes de la segunda venida literal de Cristo a esta tierra, por un período de tres años y medios. Así que, los amilenialistas no ven la necesidad de un milenio en el futuro, porque ya lo están viviendo. Para estos intérpretes el milenio “es la era entre los dos advenimientos o era cristiana”. No entendemos como armonizan esta idea con el apresamiento y el encadenamiento de Satanás, puesto que el sigue obrando y causando terribles desgracias todavía.
Se reconoce que “la mayor parte de los autores protestantes en los primeros años de la era de la Reforma (es decir, del siglo XVI), eran todavía amilenialistas, pero no exactamente al estilo de San Agustín”.[5] A diferencia de la posición de San Agustín sobre el Anticristo, ellos lo veían no como un individuo futurista, sino como un sistema que estaba obrando en sus días: el sistema papal.
 
Postmilenialismo
Esta escuela de pensamiento debe su existencia a Daniel Whitby (1638-1726), un clero de la iglesia anglicana. Se reconoce que lo que San Agustín fue para el amilenialismo, lo fue Daniel Whitby para el postmilenialismo. Este último “reunió, sistematizó y popularizó algunas ideas que habían surgido previamente en otras mentes”. Whitby creía que el milenio sería anterior a la segunda venida de Cristo (en esto estaba en total acuerdo con Agustín), pero a diferencia de Agustín, insistía que el milenio estaba en el fututo, aunque de forma similar que Agustín, creyó que el Anticristo haría su aparición al final del milenio. Esto, se reconoce además, distanció a Daniel Whitby de la reforma protestante.[6] El postmilenialismo involucra la idea de que al comienzo del milenio (anterior a la segunda venida de Cristo) cesarán las “guerras y sus males”, se establecerán “gobiernos cristianos”, se convertirá “la mayoría de humanidad por medio de las iglesias, el Espíritu Santo y el Evangelio...” y otros acontecimientos escatológicos. [7]
 
Detalles adicionales sobre las creencias del Milenio
Se ha observado que la idea de un reinado extenso del Mesías era ya una idea acariciada por los judíos desde el año 100 a.C. Esto tenía fundamento en las Escrituras hebreas. El profeta Daniel había predicho que el reinado del Mesías duraría para siempre y por la eternidad (Dan. 2:44; 7:14,27). Pero en los escritos apocalípticos del siglo I d.C. se encuentra la idea de que el reinado del Mesías sería limitado. En Esdras 7:28 se dice que el Mesías reinaría por 400 años. En 2 Baruc se vaticina la destrucción de las fuerzas del mal y entonces se establece el reino del Mesías. Los mismos rabinos discutían ampliamente la duración de la era mesiánica. Unos hablaban de 7,000 años, otros de 2,000, otros de 1,000, y otros de 600, 100 y hasta 40 años.[8] Todas estas ideas nos inducen a preguntarnos: ¿Constituyen los mil años de Juan el revelador una readaptación sutil de estas esperanzas mesiánicas existentes en la época? Es cierto que los escritos de aquella época revelan que los judíos habían llegado a pensar que el reinado del Mesías sería limitado (no importa el tiempo que le asignaran). Pero esto no implica necesariamente que Juan tomara su profecía del milenario de estas ambiguas y desacertadas ideas. Debe recordarse que el reinado del Mesías estaba predicho como de duración eterna.
Las variadas y contrapuestas ideas de los rabinos responden más bien a un intento fallido de precisar la realidad del reino mesiánico expresada en las profecías del Antiguo Testamento. La visión apocalíptica de Juan revela el tiempo de ese reino que ya habían profetizado los santos hombres de Dios del pasado. Especifica un tiempo y resuelve de una vez y por todas el lapso real que durará bajo las condiciones expresadas en la profecía de Apoc. 20:1-6. Debe tomarse en cuenta además que el hecho de que Daniel expresara que el reinado del Mesías sería eterno (Dan. 2:44; 7:14,27) y que Juan revele que durará mil años no quiere decir que Juan expresó una idea ajustada a la realidad apocalíptica de la época, más bien que acorde a la realidad de la revelación de Dios. Esto no sólo sería cuestionar la inspiración divina del Apocalipsis bajo los rayos X de la alta crítica, sino que es pasar por alto el contexto en que Juan traza estas declaraciones. El mensaje armónico del Apocalipsis (tanto como el Daniel) enfatiza claramente el establecimiento del reino eterno de Dios y de su Cristo (caps. 21-22). El milenario está dentro de los designios eternos de Dios, y durante él se desarrollarán ciertos eventos que son necesarios para la conclusión del Plan de Salvación como veremos más adelante.
Otro detalle interesante es el reconocimiento de que el capítulo 12 del Apocalipsis es importante para comprender correctamente el capítulo 20.[9] 1) En el cap. 12 Satanás es arrojado “a la tierra”, mientras que en el cap. 20 es arrojado “al abismo”. 2) En el cap. 12 Satanás desciende a la tierra con gran ira para engañar al mundo, mientras que en el cap. 20 es “atado” para que no engañe más a las naciones. 3) En el cap. 12 se menciona la exposición de los cristianos a la muerte, pero en el cap. 20 se menciona su resurrección. 4) En Apoc. 12 se enfatiza un tiempo de maldición, mientras que en Apoc. 20 se resalta un tiempo de bendición. 5) En Apoc. 12 vemos al dragón actuando con ira renovada contra la iglesia, pero en Apoc. 20 encontramos que su rebelión y guerra llega a su final. Por consiguiente no es correcto decir que “Apocalipsis 20:1 vuelve al comienzo de la era cristiana”. Ambos capítulos enfocan diferentes acontecimientos. En realidad, “Apocalipsis 12 revela la actividad del diablo en la historia de la iglesia, mientras que Apocalipsis 20 revela el juicio que Dios hace al diablo en la consumación final”.[10]
Para tener una idea acabada sobre la doctrina del milenario de Cristo con sus santos, también debemos ver el cuadro completo que nos presentan los escritores inspirados. Ya dijimos más arriba que la visión de Apoc. 20 es importante por varias razones: 1) “Amplía nuestra comprensión de la vindicación definitiva del carácter de Dios y del Gran Conflicto; 2) Nos permite conocer cuál será el galardón de los justos, y qué harán éstos luego de la segunda venida de Cristo”.[11] Aunque este es el único lugar donde se menciona la expresión “mil años” no quiere decir necesariamente que es el único pasaje profético que hace alusión a milenio. Veamos esta importante profecía manteniendo presente la idea de que este pasaje describe “los detalles que siguen inmediatamente a los del cap. 19”.
 
Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo (cap. 20:1-3).
 
Satanás es atado por 1,000 años
Juan ve a un ángel que desciende del cielo con la “llave del abismo y una gran cadena en la mano”. Acto seguido es apresado al dragón, atado por mil años y arrojado al abismo. Allí fue encerrado y poniéndole “un sello sobre él”. Esto pone fin a sus engaños sobre las naciones que reunió en contra del que montaba a caballo: Jesús. Después que los mil años se cumplan Satanás será suelto de su prisión. Estos versículos denotan que ciertos acontecimientos les quitarán hegemonía a Satanás, pero que otros se la devolverá. ¿Qué significados tienen la “llave”, la “cadena”, el “abismo” y el “sello” que es puesto sobre él? Debe recordarse que estamos viendo ahora el apresamiento del tercer poder rebelde y opositor (de hecho, el poder instigador) de los que obraron contra el pueblo de Dios en procura de su destrucción. Los dos primeros (la bestia y el falso profeta) ya vimos como terminaron en el capítulo anterior, lanzados al lago de fuego y azufre (Apoc. 19:20). Juan revela que entre el apresamiento de los dos primeros poderes y el tercero media un período de tiempo que el denomina “mil años”. Algunas cosas interesantes deben suceder durante este lapso de tiempo. Debemos ver ahora en el mejor orden posible los acontecimientos que anteceden al milenio, así como los que suceden durante y después de él (ver diagrama). Sólo así podremos entender porqué aunque el reino de Cristo será eterno implica un periodo de mil años. 
 
La predicación del Evangelio. Antes del regreso de Cristo a esta tierra todo el mundo debe ser confrontado con la necesidad de aceptar las Buenas Nuevas del Evangelio Eterno (Mat. 24:14; Rom. 10:15,18). Como el tiempo del fin implica peligros específicos y nunca antes vistos para el pueblo de Dios, debe darse una seria advertencia y amonestación contra esos engaño (Apoc. 14:6-12). Verdades singulares probarán a los hombres y mujeres quienes serán llamados a elegir entre la adoración del Anticristo y la adoración del Dios verdadero (Apoc. 13:11-18, cf. 14:6-7).
 
La maduración de la cosecha. La proclamación del Evangelio por parte del remanente hará madurar a la humanidad para la cosecha final del Evangelio (Apoc. 14:14-20; 19:7-9). Toda la raza humana habrá quedado dividida en dos grandes grupos: los fieles y los infieles (Apoc. 22:11, cf. Mat. 25:31-46).
 
Cristo regresa a la tierra. Entonces Cristo regresará con gran gloria y majestad como un guerrero victorioso y con Él todos sus santos ángeles (Apoc. 14:14; 19:11-16, cf. Mat. 24:27,30; 25:31) Los fieles recibirán la recompensa de la vida eterna y los injustos son destruidos por el resplandor de la gloria de Cristo (Apoc. 14:14-16; 22:12, cf. 19:21; Mat. 16:27; 2 Tes. 2:8).
 
El planeta quedará desolado. Con la caída de los juicios de Dios (las siete plagas) todos los elementos de la tierra será destruidos (Apoc. 16). Los profetas nos dicen que la tierra quedará asolada, vacía y sin luz solar. Los montes tiemblan en extrema destrucción. No habrá aves ni hombre alguno sobre la superficie de la tierra. El campo fértil se convertirá en un desierto y todas las ciudades serán desoladas. Pero aunque la tierra será desolada, no será destruida totalmente, pero quedará como un inmenso abismo sin luz y seres vivos (Jer. 4:23-27; 25:33; Isa. 24:1,3,5-6). Isaías vio que “en aquel día, Jehovah castigará en el cielo, al ejército del cielo; y en la tierra, a los reyes de la tierra. Y serán amontonados como se amontona a los encarcelados en mazmorra. Y en prisión quedarán encerrados, y serán castigados después de muchos días” (Isa. 24:21-22). Los “muchos días” es una referencia al milenio
 
Los santos son traslados al reino de los cielos. Mientras los impíos son destruidos por la gloria de Cristo (Apoc. 19:21, cf. 2 Tes. 2:8; Isa. 11:4b.), los santos muertos resucitados y los que estén vivos son transformados en incorruptibles (1 Cor. 15:51-55) y son tomados por los ángeles (Mat. 24:31) para recibir a su amado Señor y Libertador “en el aire” (1 Tes. 4:13-17). ¡Así estarán para siempre con el Señor! La Biblia es clara al decir que el destino de todos los hijos de Dios es ir a la patria celestial. Cristo lo prometió (Juan 14:1-3) ¡y lo cumplió! (Apoc. 7:9-10,15-17; 19:1). Mientras ellos gozan de las dichas celestiales Satanás queda recluido al planeta tierra como un general sin ejércitos (Apoc. 20:1-3). Estará solo y desterrado con la compañía de sus ángeles asociados rebeldes. Tendrán tiempo para meditar en los funestos y frustrados resultados de su injustificada rebelión contra el gobierno divino. “Durante mil años, Satanás andará errante de un lado para otro en la tierra desolada, considerando los resultados de su rebelión contra la Ley de Dios. Todo este tiempo, padece intensamente. Desde su caída, su vida de actividad continua sofocó en él la reflexión; pero ahora, despojado de su poder, no puede menos que contemplar el papel que desempeñó desde que se rebeló por primera vez contra el gobierno del cielo, mientras que, tembloroso y aterrorizado, espera el terrible porvenir en que habrá de expiar todo el mal que ha hecho y ser castigado por los pecados que ha hecho cometer”.[12]
 
El papel de los santos durante el milenio. El profeta nos dice que vio tronos y que sobre ellos se sentaron los que recibieron facultad de juzgar (Apoc. 20:4). Esto es el cumplimiento de las palabras de Cristo: “Yo, pues, les asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel” (Luc. 22:29-30, cf. Sal. 122:2-5; 132:11). Pablo ve en todo su alcance esta declaración cuando dice: “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo?... ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Cor. 6:2-3). Esta obra de juicio implica una investigación cuidadosa de los registros de los impíos, “para que todos queden completamente convencidos de la justicia de Dios cuando destruya a los impíos”.[13] Este juicio de evaluación y sentencia les permite a los santos que fueron salvados estar plenamente seguros y convencidos en la manifestación de la justicia de Dios cuando los impíos (entre los cuales habrán sin duda amigos y familiares conocidos) sean destruidos en el lago de fuego y azufre (Apoc. 20:9-10). Toda boca confesará la justicia de Dios (Fil. 2:10-11).
 
Al final del milenio Jesús regresa a la tierra. Al finalizar los mil años Cristo regresa a la tierra en la Nueva Jerusalén y con Él todos sus santos (Apoc. 3:12; 21:2,10, cf. Zac. 14:4-5). Cuando la santa Ciudad descienda sobre la superficie de la tierra, tiene lugar la resurrección de los impíos, la segunda resurrección, la de condenación (Juan 5:28-29; Apoc. 20:5a.). Los impíos se levantan de las tumbas llenos del mismo espíritu de rebelión con el que descendieron a ella. Tiene lugar entonces, el juicio final donde serán confrontados con todas sus malas acciones según están consignadas en los registros celestiales (Apoc. 20:11-15). Dirigidos por Satanás se preparan para tomar la Ciudad de Dios donde están Cristo y sus santos (Apoc. 20:7-9). Entonces, en medio de esta dramática escena desciende fuego sobre ellos que los consume (Apoc. 20:9, cf. Eze. 28:18-19; 2 Ped. 3:7; Jud. 7).
 
Dios hará nuevas todas las cosas. El mismo fuego que consume al pecado y a los pecadores (“raíz y rama” – según el profeta Malaquías), es el que purifica la tierra de todo mal (Mal. 4:1,3; 2 Ped. 3:9-12). Dios, entonces, de las cenizas que dejará el fuego destructor y purificador creará ante los ojos atónitos de los fieles, cielos nuevos y tierra nueva donde morará la justicia por todo la eternidad (Apoc. 21:1,3-7; 2 Ped. 3:13, cf. Isa. 32:16-18). ¡Cuán dichosos seremos!
Este cuadro de los acontecimientos finales es el que, cuando se toma en cuenta, nos permite tener una idea acabada y equilibrada sobre la doctrina del milenio.[14] De otra manera lo que tenemos es desorientación teológica y especulación sin sentido. En este contexto podemos entender las expresiones simbólicas que Juan usa para describir el apresamiento de Satanás y su sellamiento en el gran abismo. Siendo que Satanás obra por medio de los agentes humanos contra el pueblo de Dios, y siendo que los impíos son destruidos y que los santos son llevados al cielo por Cristo, se entiende porqué él estará “atado”.
La “cadena” con la que Satanás es atado al comienzo del milenio representa la sujeción de su poder ante la acción poderosa de Dios, representa además las circunstancias ante las cuales se ve obligado a quedar desterrado en el planeta. La “llave” que tiene el ángel también es un símbolo que nos revela que el gran dragón, por más poderoso que sea, no puede evitar ser confinado en esta tierra por mil años. Si por él fuera, saldría del planeta a otros mundos para continuar con sus planes malévolos. Esta “llave”, es además un símbolo adecuado para señalarnos que el Cielo dirige todos los acontecimientos de esta tierra para la ejecución fiel de sus propósitos.
El “abismo” al cual el dragón es arrojado es esta tierra en su estado caótico fruto de la caída de los juicios retributivo de Dios (Jer. 4:23-27; Apoc. 16:18-21). Todas estas condiciones adversas tienen el propósito de revelar el objetivo del encierro del dragón: “para que no engañase más a las naciones” (cap. 20:3). El mundo actual, lleno de seres humanos es un campo amplio de acción para las fuerzas del mal, pero cuando esté desolado y vació será la peor de todas las cárceles para los agentes satánicos.

Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años (vers. 4-6).

Los santos viven y reinan con Cristo mil años
            Necesitamos desarrollar ahora la idea de que el milenio es un periodo de tiempo en el que el pueblo de Dios morará con Él en el reino de los cielos. Ya vimos que el libro del Apocalipsis nos revela que los santos (incluyendo el grupo especial llamado 144,000) serán traslado al cielo en ocasión de la segunda venida de Cristo. Más bien, el Apocalipsis los presenta como estando allí (Apoc. 7:9, 14:1-3; 15:2-3; 19:1, cf. Fil. 3:20-21; Col. 3:1-3). Cristo hizo la promesa de preparar lugar en la casa de su Padre, el cielo, para sus santos (Juan 14:1-3). Por medio de su segunda venida cumple su gloriosa promesa (Mat. 24:31; 1 Tes. 4:13-17). Durante el milenio se verificará el juicio de los impíos, y los santos – según Pablo y Juan – participarán en esa obra de juicio: “Vi tronos y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar” (Apoc. 20:4, cf. 1 Cor. 6:2; Mat. 19:29-30). “La obra de juicio sin duda implicará una cuidadosa investigación de los registros de los impíos, para que todos queden completamente convencidos de la justicia de Dios cuando destruya a los impíos”.[15] La Inspiración nos dice que los santos “junto con Cristo juzgan a los impíos, comparando sus actos con el libro de la Ley, la Biblia, y fallando cada caso en conformidad con los actos que cometieron por medio de su cuerpo. Entonces lo que los malos tienen que sufrir es medido según sus obras, y queda anotado frente a sus nombres en el libro de la muerte”.[16] En este juicio también Satanás y sus ángeles son juzgados: “¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Cor. 6:3; Judas 6).
            Es coherente creer entonces, que los santos estarán en el reino de los cielos durante el transcurso del milenio porque (a parte de lo que ya hemos dicho) la tierra no estará en condiciones de vivir en ella, pues los juicios de Dios – como hemos enfocado también – la dejarán totalmente desolada.
El apóstol Juan menciona sólo a dos tipos de santos en este texto, “los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, [y] los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos”. Pero esto no significa que ellos son los únicos que reinarán con Cristo, pues todos los santos vivos (incluyendo los muertos resucitados – Juan 5:28-29) participarán de las dichas celestiales (Apoc. 7:9,15-17). Se reconoce que “quizá se menciona específicamente a los mártires y a los vencedores sobre la bestia porque representan a los que sufrieron más”.[17] 
Juan nos dice que “los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”. Esto se refiere a los impíos, pues según Cristo su resurrección será en una fecha posterior a la de los justos, al final del milenio. Esto lo veremos más en detalle en las próximas líneas.
 

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