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La purificación del
Santuario iniciada en 1844 es una
verdad adventista irrenunciable, el fundamento de nuestra existencia.
Tiene también un profundo significado ético.
¿Por qué el Día "antitípico" de expiación en el cielo, implica una
experiencia especial para el pueblo de Dios de los últimos días en la
tierra? ¿Acaso Dios ha negado arbitrariamente esa singular bendición a
generaciones precedentes? ¿Sería justo que otorgase a la última generación
algo que deliberadamente ha negado a otros en el tiempo pasado?
No es que Dios lo negase, sino que las generaciones anteriores no fueron
capaces de aprovechar la plenitud de la gracia que el Cielo anhelaba
conceder. No que Dios rehusase otorgar, sino que el hombre no estaba
dispuesto a recibir en esa medida, fue la causa de la prolongada demora de
miles de años. La historia ha tenido que seguir su curso. No hubo otra
manera en la que la raza humana, "Adán", pudiese aprender.
El antiguo Israel nos ofrece un buen ejemplo de ello. El Señor estaba
dispuesto y deseoso, en el monte Sinaí, a darles la misma justificación
por la fe que disfrutó Abraham cuando "creyó a Jehová, y le fue contado
por justicia" (Gén. 15:6), y la misma experiencia maravillosa que describe
la epístola de Pablo a los Romanos. Pero la incredulidad de ellos lo hizo
imposible en esa ocasión, y la ley tendría que ser su "ayo" o "tutor" para
guiarlos a través de un gran rodeo en la historia, hasta la misma
situación de Abraham, a fin de que fuesen "justificados por la fe" (Gál. 3:24).
La declaración profética "hasta dos mil y trescientos días de tarde y
mañana; y el santuario será purificado" (Dan. 8:14), predice que durante
la última era de la historia humana, la fe del pueblo de Dios será madura,
haciendo posible que reciban la plenitud de la gracia divina. La profecía
de Daniel abarca el desarrollo espiritual de su pueblo hasta "la medida de
la edad de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13).
Dios no retuvo nada arbitrariamente a Abraham, que le impidiese estar en
la compañía de los 144.000. Fue su propia falta de madurez espiritual la
que hizo imposible que se apropiase de toda la gracia que un Dios infinito
le habría otorgado, incluso entonces. Dios hubiese podido purificar su
santuario en lo antiguo, si el desarrollo espiritual del hombre lo hubiese
permitido. No debemos limitar los recursos infinitos de Dios; la
deficiencia ha estado siempre de nuestra parte. Dios llama a cada
generación a arrepentirse, "por cuanto todos pecaron" (Rom. 3:23). "Por la
ley es el conocimiento del pecado" (Rom. 3:20). El Espíritu Santo imparte
ese saludable conocimiento de su culpa a todo hombre. Su "luz verdadera"
no ha pasado de largo a ningún hombre (Juan 1:9). Pero la última
generación recibirá el don del arrepentimiento, la metanoia, un
cambio de rumbo en vista de lo revelado por el pasado, una profunda
contrición, tal como la hace posible el análisis retrospectivo de la
historia. Se podrá entonces decir, "gocémonos y alegrémonos y démosle
gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha
aparejado".
¿Cómo tiene lugar el arrepentimiento?
El doble crimen de adulterio y asesinato del rey David, ilustra la forma
en la que el Espíritu Santo convence de pecado. El que el Espíritu Santo
abandonase a David en aquella desesperada situación, habría constituido el
castigo más cruel que pueda imaginarse. No: Dios le seguía amando. El
Espíritu Santo le aguijoneaba con gravosa convicción. "De día y de noche
se agravó sobre mí tu mano", dice David. Metafóricamente hablando, el
Señor "envejeció" sus "huesos". Entonces, David añade, "mi pecado te
declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis
rebeliones a Jehová. Y tú perdonaste la maldad de mi pecado"
(Sal. 32:3-5). Eso fue genuino arrepentimiento.
Uno puede no haber oído jamás el nombre de Cristo, pero siente en su
corazón que ha pecado, y que está destituido de la gloria de Dios. Se
produce un despertar, por exiguo que sea, de la perfecta norma de la ley
divina, tal cual es en Cristo. El Espíritu Santo atraviesa el corazón con
la convicción "de pecado, y de justicia" (Juan 16:8-10).
La culpa, como el dolor, es señal de que algo va mal
Una herida en cualquier parte del cuerpo, despierta mensajes de dolor que
el cerebro procesa. Si bien un analgésico puede aliviar de forma temporal
la molestia, no provee curación para el mal. Una enfermedad más grave, o
incluso la muerte, pueden ser el resultado de la negligencia y supresión
artificial de la sintomatología. Así, cuando el pecador rechaza el dolor
de la misericordiosa convicción de pecado producida por el Espíritu Santo,
el resultado es la enfermedad y muerte espiritual. El dolor físico nos
lleva a buscar la curación. En África hay leprosos que carecen del sentido
del dolor, y pierden sus dedos al ser inadvertidamente comidos por las
ratas, mientras ellos duermen de noche sin notar nada. Si el sentido del
dolor nos es valioso, cuánto más vital es para nosotros la dolorosa
convicción de pecado que produce el Espíritu Santo.
El agradecido pecador, ora así, ‘Gracias Señor, por amarme tanto como para
convencerme de mi pecado. Confieso toda la verdad. Tú has provisto un
Sustituto que lleva la penalidad en mi lugar, y su amor me motiva a
separarme del pecado que lo crucificó’. Ese milagro se dio en el corazón
de David, al orar, "por tanto, denunciaré mi maldad; me congojaré por mi
pecado" (Sal. 38:18).
Un arrepentimiento tal, no solamente demuestra pesar por el pecado y sus
resultados, sino un genuino aborrecimiento del mismo. Produce un
apartamiento efectivo del pecado. La ley no puede obrar eso por nadie. Ese
milagro viene solamente por la gracia. "Porque la ley obra ira",
impartiendo solamente terror al juicio, pero cuando la gracia obra el
arrepentimiento, "las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas
nuevas" (Rom. 4:15; 2 Cor. 5:17). El pecado que una vez se amara, es ahora
aborrecido; y la justicia que se odiaba en el pasado, se ama ahora. "Su
benignidad te guía a arrepentimiento" (Rom. 2:4).
Un tal arrepentimiento, incluye efectivamente "la remisión de pecados" (Luc. 24:47).
El término empleado en el Nuevo Testamento para "perdón", significa
separación del pecado, liberación de su poder. El verdadero
arrepentimiento hace, pues, imposible para el creyente en Cristo el
continuar viviendo en el pecado. El amor de Cristo provee la gran
motivación, un cambio en la vida (2 Cor. 5:15).
Encontramos un gozo inenarrable en esa experiencia:
"Pues la tristeza que se soporta de manera agradable a Dios,
conduce a una conversión que da por resultado la salvación, y no hay nada
que lamentar. ¡La tristeza del mundo es la que produce muerte! Vosotros
soportasteis la tristeza como a Dios agrada, ¡y ved ahora los resultados!…
Os hizo enojar, y también sentir miedo…" (2 Cor. 7:10,11. Dios Habla Hoy).
Pedro demostró arrepentimiento genuino. Nos podemos identificar con Él, ya
que él también cayó miserablemente, sin embargo, aceptó el precioso don
del arrepentimiento que Judas rehusó. Tras haber negado vilmente a su
Señor con maldición, Pedro "lloró amargamente" (Mar. 14:71; Luc. 22:62).
Su arrepentimiento no cesó jamás. Las lágrimas manarían ya por siempre de
sus ojos cada vez que recordase su pecado, por contraste con la bondad del
Señor hacia él. Pero se trataba de lágrimas de felicidad. La tormenta de
la contrición trae siempre el arco iris del perdón divino. Hasta la
ciencia médica reconoce el efecto terapéutico de las lágrimas de
contrición. Arruinamos nuestra salud y acortamos nuestra vida cuando
reprimimos o suprimimos la influencia entrañable y subyugadora del
Espíritu de Dios, que trata de enternecer nuestros endurecidos corazones.
El Señor mismo, que de tal manera amó "al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito" por él, preparó el camino para su evangelio. Dotó a la
humanidad con esa capacidad para sentir el dolor personal de la convicción
de pecado. ¡Es una clara evidencia de su amor!
Pero el legalismo, o un evangelio "pervertido", cortocircuita esa obra del
Espíritu Santo en los corazones humanos. Como consecuencia, millones son
incapaces de experimentar el arrepentimiento, que es lo único que puede
sanar ese mal que reconocen en el fondo de sí mismos. Pero la Escritura
predice un tiempo en el que el evangelio será restaurado a su prístina
pureza, y toda la tierra será alumbrada de su gloria (Apoc. 18:1-4). Será
algo así como restablecer una conexión eléctrica interrumpida hasta
entonces. El circuito resultará completado: la convicción del Espíritu
Santo será complementada por un evangelio puro, y la corriente del perdón
divino fluirá a través de cada alma arrepentida.
Eso se traduce en auténtica felicidad
Lejos de ser una experiencia negativa, un arrepentimiento tal es el
fundamento de toda verdadera felicidad. De igual forma en que cada "debe"
tiene que corresponderse con un "haber" en el balance de los libros de
contabilidad, así las sonrisas de gozo y felicidad por la vida abundante,
para poseer significado abundante, deben estar fundadas en las lágrimas de
Alguien, de Otro, sobre el que se puso "el castigo de nuestra paz", por la
llaga del cual "fuimos nosotros curados" (Isa. 53:5).
No son nuestras lágrimas de arrepentimiento y pesar lo que equilibra el
balance del libro de la vida. Pero nuestra apreciación de lo que
costó a Jesús llevar nuestros dolores y soportar nuestras enfermedades,
pone a nuestro alcance la salvación.
"Cuanto más nos acerquemos a Jesús y cuanto más claramente discernamos la
pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria
gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltarnos a
nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a
Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una
humillación del corazón ante Él. En cada paso de avance que demos en la
experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo" (Los
Hechos de los Apóstoles, p. 448).
"En cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará el
arrepentimiento. A aquellos a quienes el Señor ha perdonado y a quienes
reconoce como su pueblo, Él les dice: ‘Os acordaréis de vuestros malos
caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de
vosotros mismos por vuestras iniquidades" [Eze. 36:31] (Palabras de
Vida del Gran Maestro, p. 125).
Está más allá de nuestro alcance el producir, inventar o
iniciar un arrepentimiento tal; ha de venir como un don de lo alto. Dios
exaltó a Cristo "para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados"
(Hech. 5:31). Y "también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para
vida" (Id., 11:18). ¿Es hoy menos generoso con nosotros? La capacidad para
ese cambio de mente y corazón es un preciado tesoro, más valioso que toda
la riqueza del mundo. Incluso la voluntad de arrepentirnos es un don de
Dios, ya que en su ausencia, estábamos muertos en "delitos y pecados" (Efe. 2:1).
Una experiencia como la descrita parece totalmente fuera de lugar en este
tramo final de la última década del siglo XX. ¿Puede una sofisticada
iglesia moderna como la nuestra recibir tal experiencia de
arrepentimiento?
¿Qué hace posible el arrepentimiento?
La Biblia relaciona el "arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro
Señor Jesucristo" (Hech. 20:21). El arrepentimiento no es un frío cálculo
de opciones y consecuencias. No es la elección egoísta de la recompensa
eterna, ni de escapar a las penas del infierno. Es una profunda
experiencia del corazón, consecuencia de apreciar el sacrificio de Cristo.
No puede ser impuesta por el miedo o el terror, como tampoco por la
esperanza de la inmortalidad. Solamente "su benignidad te guía a
arrepentimiento".
La fuente última de la que mana ese don supremo, es la verdad del
sacrificio de Cristo en la cruz. Lo mismo que la fe es una apreciación
sincera del amor de Dios allí revelado, el arrepentimiento constituye el
ejercicio apropiado de esa fe que experimenta el alma del creyente.
Iluminados por la cruz, marchamos por el camino a donde la fe nos lleva,
postrados de rodillas. El llamamiento de Pedro, "Arrepentíos, y bautícese
cada uno", vino a continuación de la más convincente presentación que
jamás se haya hecho de la cruz (Hech. 2:16-38). La formidable respuesta de
Pentecostés fue un cumplimiento de la promesa de Jesús: "Y yo, si fuere
levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo" (Juan 12:32).
¿Por qué no vemos más de ese don precioso? ¿Acaso es el hombre moderno
demasiado sofisticado para responder positivamente? No, la naturaleza
humana no está fuera del alcance de la redención, incluso en estos últimos
días. El genuino arrepentimiento, seguido de las "obras dignas de
arrepentimiento" es un fenómeno escaso, solamente porque la genuina
predicación de la cruz es escasa (ver Hech. 26:20; 2 Cor. 5:14). La
memorable letra del himno compuesto por Isaac Watts, pone de relieve la
esencia del poder de la cruz:
Cuando miro a la magna cruz do murió el Príncipe de gloria,
cuento por pérdida mis más caras ganancias y aborrezco en el polvo todo mi
orgullo.
A lo largo de los años pasados, desde el Pentecostés, los pecadores que
creyeron, recibieron individualmente el don. Durmiendo en el polvo de la
tierra, esperan todos ellos la "primera resurrección". La suya ha sido
una fase del arrepentimiento. Cristo no puede regresar si falla la
preparación por parte de su pueblo en vida. Hasta que eso se produzca,
esos santos que yacen en el descanso y que se arrepintieron personalmente,
están "condenados" a permanecer prisioneros en el polvo de sus sepulcros.
Así, el "remanente" debe desbloquear la sucesión de esos eventos de los
últimos días mediante un arrepentimiento especial. Un acontecimiento como
ese, sin precedente en la historia, es la razón de la existencia de la
Iglesia Adventista del Séptimo Día.
¿Qué hace diferente el arrepentimiento de Laodicea?
Laodicea no es inherentemente peor que cualquiera de las otras seis
iglesias. Pero puesto que vive en los últimos días, que corresponden a la
purificación del santuario, una misión nueva y distinta de nuestro gran
Sumo Sacerdote en su ministerio en el Día de la expiación, demanda un tipo
nuevo y distinto de respuesta. En eso consiste la otra fase del
arrepentimiento.
Mientras que Cristo realiza su "expiación final" en el segundo
departamento del santuario celestial, ¿podemos continuar viviendo como si
Él continuase aún en el primero? La brecha existente entre las
oportunidades únicas de Laodicea, y su verdadero estado, se ha agrandado
de tal modo que la patética condición de ésta se ha convertido en el mayor
problema que se le haya planteado al Señor. Y a menos que actuemos
cuidadosamente, estamos en el mayor peligro de todas las edades. A E.
White se le dio una vislumbre del significado del traslado del ministerio
de Cristo desde el primer departamento del santuario celestial, al
segundo:
"Los que se levantaron con Jesús elevaban su fe hacia Él en el lugar
santísimo, y rogaban: ‘Padre mío, danos tu Espíritu’. Entonces Jesús
soplaba sobre ellos el Espíritu Santo. En ese aliento había luz, poder y
mucho amor, gozo y paz.
"Me di vuelta para mirar la compañía que seguía postrada delante del trono
y no sabía que Jesús la había dejado. Satanás parecía estar al lado del
trono, procurando llevar adelante la obra de Dios. Vi a la compañía alzar
las miradas al trono y orar: ‘Padre, danos tu Espíritu’. Satanás soplaba
entonces sobre ella una influencia impía; en ella había luz y mucho poder,
pero nada de dulce amor, gozo ni paz. El objeto de Satanás era mantenerla
engañada, arrastrarla hacia atrás y seducir a los hijos de Dios" (Primeros
Escritos, pp. 55,56).
En una declaración posterior, la autora se refirió a aquellos "que no
tienen conocimiento del camino que lleva al lugar santísimo, y no pueden
beneficiarse de la intercesión de Jesús allí". Hemos supuesto a menudo que
"aquellos" eran los guardadores del domingo; pero hay ahora muchos en la
iglesia remanente, que carecen de tal "conocimiento del camino que lleva
al santísimo":
"Como los judíos, que ofrecieron sus sacrificios inútiles, ofrecen ellos
sus oraciones inútiles al departamento que Jesús abandonó; y Satanás, a
quien agrada el engaño, asume un carácter religioso y atrae hacia sí la
atención de esos cristianos profesos, obrando con su poder, sus señales y
prodigios mentirosos, para sujetarlos en su lazo… También viene como ángel
de luz y difunde su influencia sobre la tierra por medio de falsas
reformas. Las iglesias se alegran, y consideran que Dios está obrando en
su favor de una manera maravillosa, cuando se trata de los efectos de otro
espíritu" (Ibíd., p. 260,261).
La experiencia de Laodicea proveerá el potencial para el Día celestial de
la expiación, ya que el mensaje a Laodicea va paralelo a la purificación
del santuario. ¿Qué significa eso en términos prácticos, comprensibles?
El arrepentimiento y la purificación del Santuario
El ministerio "diario" del santuario incluye el perdón de los pecados,
pero el "anual" va más lejos. El borramiento de los pecados tiene lugar en
"los tiempos del refrigerio", es decir, en la purificación del santuario (Hech. 3:19).
El ministerio del Día de la expiación incluye el borramiento de los
pecados, y puede solamente ocurrir al final del tiempo, tras la conclusión
de los 2.300 años (ver El Conflicto de los Siglos,
pp. 473-475, 537).
En estos últimos días, hay algo que Laodicea ‘no conoce’, un nivel de
culpabilidad más profundo, que no ha sido discernido con anterioridad. Es
ahí donde entra en juego ese más profundo arrepentimiento.
No nos podemos desentender diciendo, ‘dejemos que las computadoras
celestiales hagan el trabajo: nuestros pecados serán borrados cuando
llegue el momento apropiado, sin necesidad de que sepamos acerca de él’.
No existe una cosa tal como un borramiento automático o computarizado de
nuestros pecados, sin nuestro conocimiento y participación. A nosotros
corresponde arrepentirnos individual e inteligentemente, no a los
ordenadores celestiales. "La expulsión del pecado es obra del alma misma"
(El Deseado de Todas las Gentes, p. 431).
Bastará un poco de reflexión para comprender que ningún pecado puede ser
borrado, a menos que lo reconozcamos y confesemos inteligentemente.
Debemos reconocer nuestro más profundo nivel de pecado y culpa, a fin de
que podamos apreciar el ministerio completo de nuestro Salvador. Nada
menor que eso puede constituir el arrepentimiento apropiado en el Día de
la expiación.
Por lo tanto, la experiencia de arrepentimiento de Laodicea es única en la
historia del mundo. Todo queda bloqueado si ésta falta. Nuestro avión
lleva la preciosa carga del fuerte clamor del mensaje de las Buenas
Nuevas, destinado a alumbrar toda la tierra. No hay tiempo para demorarlo
más. Ni siquiera para esperar a la persecución: cuando ésta venga, podría
ser demasiado tarde.
Numerosas declaraciones inspiradas clarifican el principio de esa capa
profunda de culpabilidad, oculta bajo la superficie. He aquí unos pocos
ejemplos:
"La obra de restauración nunca puede ser completa a menos que se llegue
hasta las raíces del mal. Vez tras vez han sido recortadas las ramas, pero
ha sido dejada la raíz de amargura para que resurja y contamine a muchos.
Pero debe llegarse hasta la profundidad misma del mal oculto. Los sentidos
morales deben ser juzgados, y juzgados otra vez a la luz de la presencia
divina" (E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, tomo V, p. 1125).
"El mensaje a Laodicea debe ser proclamado con poder, ya que ahora es
especialmente aplicable… No ver nuestra propia deformidad es no ver la
belleza del carácter de Cristo. Cuando estemos plenamente despiertos a
nuestra propia pecaminosidad, apreciaremos a Cristo… No ver el marcado
contraste entre Cristo y nosotros significa no conocernos a nosotros
mismos. El que no se aborrece a sí mismo no puede comprender el
significado de la redención… Hay muchos que no se ven a sí mismos a la luz
de la ley de Dios. No aborrecen el egoísmo, por lo tanto son egoístas" (Review
and Herald, 25 setiembre 1900).
El mensaje a la iglesia de Laodicea revela nuestra condición como pueblo…
Los pastores y miembros de iglesia están en peligro de permitir que el yo
ocupe el trono… Si pudiesen ver sus caracteres defectuosos y
distorsionados tal como están detalladamente reflejados en el espejo de la
palabra de Dios, se alarmarían de tal modo que caerían sobre sus rostros
ante Dios, en contrición de espíritu, y se desprenderían de los trapos de
su propia justicia" (Ibíd., 15 diciembre 1904).
El Espíritu Santo revelará faltas y defectos de carácter que debieron
haberse discernido y corregido… Está próximo el tiempo en el que será
plenamente revelada la vida interior. Todos contemplarán, como si fuese en
un espejo, la obra de los resortes ocultos de la motivación. Es la
voluntad del Señor que examinéis ahora vuestra propia vida, y comprobéis
cual es vuestro estado ante Él" (Ibíd., 10 noviembre 1896).
"Si tenemos defectos de carácter de los que no somos conscientes, Él nos
administra disciplina para que esos defectos vengan a nuestro
conocimiento, a fin de que podamos vencerlos… Vuestras circunstancias han
servido para traer a vuestro conocimiento nuevos defectos en vuestro
carácter; pero no se ha revelado ninguna cosa que no estuviese en
vosotros" (Ibíd., 6 agosto 1889).
No hay nada "negativo" en esos párrafos citados. Si estuviésemos afectados
de cáncer, agradeceríamos como extraordinarias buenas nuevas las
indicaciones del cirujano, a propósito del tratamiento necesario para
extirpar el tejido canceroso, salvando así la vida.
El mayor pecado de todos los tiempos
¿Qué fue lo que trajo la ruina al antiguo Israel? Rehusó aceptar el
mensaje del Mesías, que ponía en evidencia un más profundo nivel de
culpabilidad que el previamente reconocido. Los judíos de los días de
Cristo no eran por naturaleza más malvados que ninguna otra generación
anterior; simplemente les correspondió demostrar hasta la plenitud esa
misma enemistad contra Dios que comparten todos los hijos e hijas caídos
de Adán por naturaleza. "Por cuanto la intención de la carne es enemistad
contra Dios" (Rom. 8:7). Lo que hicieron fue sencillamente demostrar ese
hecho de forma patente, mediante el asesinato de su divino Visitante. Los
que crucificaron a Cristo levantaron un inmenso espejo en el que podemos
vernos a nosotros mismos.
Horatius Bonar comprendió esa realidad en un sueño en el que le parecía
estar contemplando la crucifixión. Con agónico frenesí, en la pesadilla de
su lucha, trataba de reconvenir a los crueles soldados que estaban a punto
de atravesar con clavos las manos y pies de Cristo. Puso su mano en el
hombro de uno de ellos para rogarle que desistiera. Cuando el soldado
asesino se giró para mirarle, Bonar reconoció en él su propio rostro.
El arrepentimiento de Laodicea alcanzará hasta las más profundas raíces de
esa natural "enemistad contra Dios". Ese nivel profundo de arrepentimiento
es el arrepentimiento de pecados que podemos no haber cometido
personalmente, pero que habríamos cometido de haber tenido la oportunidad.
La raíz de todo pecado, su común denominador, es la crucifixión de Cristo.
Es apropiado un arrepentimiento de ese pecado, ya que los libros del cielo
lo registran ya junto a nuestros nombres; y el Espíritu Santo llevará a
nuestro conocimiento ese pecado desconocido hasta el presente:
"Esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al mundo. Abarcaba a todo
pecador que hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir
hasta el fin del tiempo. Sobre todos recae la culpabilidad de la
crucifixión del Hijo de Dios" (El Deseado de Todas las
Gentes,
p. 694. Ver también Testimonios para los Ministros, p. 38).
"La ley de Dios llega hasta los sentimientos y los motivos, tanto como a
los actos externos. Revela los secretos del corazón proyectando luz sobre
cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas. Dios conoce cada
pensamiento, cada propósito, cada plan, cada motivo. Los libros del cielo
registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido
oportunidad. Dios traerá a juicio toda obra, con toda cosa encubierta… Él
revela al hombre los defectos que echan a perder su vida, y lo exhorta a
que se arrepienta y se aparte del pecado" (E.G.W. Comentario Bíblico
Adventista, tomo V, p. 1061).
A otros les pueden haber sido dadas "oportunidades" en
forma de terribles y seductoras tentaciones, en circunstancias que
nosotros jamás hayamos experimentado. Ninguno de nosotros podría resistir
la plena conciencia de aquello que seríamos capaces de hacer bajo
suficiente presión (terrorismo, por ejemplo. La imposición de la "marca de
la bestia" proveerá la última "oportunidad", en ese sentido). Pero el caso
es que nuestro pecado potencial está ya registrado en los "libros del
cielo".
Un judío sobreviviente de un campo de concentración, en el Holocausto,
descubrió esa verdad de forma cruda e inesperada. Yehiel Dinur se dirigió
a la corte de Nuremberg en 1961, dispuesto a testificar contra el asesino
nazi Adolf Eichmann. Pero al ver a Eichmann en su humillante estado, Dinur
dio un grito, cayendo después al suelo. No era odio ni temor lo que le
sobrecogió. Comprendió de repente que Eichmann no era el superhombre que
la gente temía; era un hombre ordinario. Relata Dinur: "Me entró pánico
por mí mismo. Me di cuenta de que yo era capaz de lo mismo… Soy…
exactamente como él!". Mike Wallace explicó la historia en un programa de
TV. Lo resumió con estas palabras: "Eichmann está en todos nosotros". Sólo
la obra completa del Espíritu Santo puede traernos la plena convicción de
la realidad del pecado; pero en estos últimos días, cuando el pecado debe
ser "borrado" tanto como perdonado, esa es su especial y bendita obra.
Ninguna bacteria o virus oculto de pecado puede ser trasladado al reino
eterno de Dios.
El llamamiento de Dios al arrepentimiento dirigido a Laodicea, es la
esencia del mensaje de la justicia de Cristo. Otros pueden ser culpables
de lo que nos parece grandes pecados; evidentemente tuvieron la
"oportunidad" de cometerlos, y de alguna forma fueron vencidos por la
tentación. La visión profunda que el Espíritu Santo nos proporciona es que
no somos por naturaleza mejores que ellos. Cuando la Escritura dice "por
cuanto todos pecaron", significa que todos han pecado igualmente (Rom. 3:23).
Cavar, poner al descubierto las raíces, –eso es ahora "verdad presente".
No hay manera en la que podamos apreciar la altura de la
gloriosa justicia de Cristo, hasta que vengamos a reconocer la
profundidad de nuestra propia pecaminosidad. Por esa razón, reconocer
nuestro propio potencial de pecado significa ciertamente Buenas Nuevas.
Excelsa cruz, hago por siempre de tu sombra mi cobijo y morada;
No busco otra gloria que la del rostro divino coronado de espinas;
Soy feliz por morir al mundo, sin reparar en pérdidas ni ganancias,
El yo pecaminoso, mi única vergüenza. La cruz, mi única gloria.
–Elizabeth Clephane
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