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El Edén Santuario
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Por: Hermes Tavera B. |
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Al igual que el santuario, el Edén fue el lugar de encuentro de Dios con el hombre (Cf. Gén. 3:8; Éxo. 25:8). Algunos datos del texto bíblico nos sugieren que el Edén cumplió las funciones de un santuario. La Biblia nos dice que “en medio del huerto” estaba el árbol de la vida (Gén. 2:9)… Este árbol tenía el objeto de enseñar a Adán y a Eva que la vida depende de Dios. Tenían que comer constantemente de él para poder vivir. ¿No sería este el lugar donde debían encontrarse con Dios? El lugar céntrico del árbol y la obligación de “depender” de él sugieren que así era. Una evidencia externa nos la provee el libro del Apocalipsis. En el Edén restaurado, la santa ciudad celestial, el árbol de la vida se sitúa al lado del trono (Apoc. 22:1,2). En el Apocalipsis encontramos que de la Santa Ciudad, y específicamente del trono, corre un río de agua cristalina (Apoc. 22:1). Del templo que vio Ezequiel, salía agua cristalina desde la entrada (Eze. 47:1). Esto se debe a que en la mentalidad hebrea Dios es la “fuente de agua viva” (Jer. 2:13). Los justos que están plantados, como un árbol, “junto a corrientes de aguas” (Sal. 1:3) en realidad están “plantados en la casa de Jehová” (Sal. 92:13). Jeremías, que al igual que el salmista presenta al justo como “plantado junto a las aguas” (Jer. 17:8), exclama luego: “Trono de gloria, excelso desde el principio, es el lugar de nuestro santuario.” (Jer. 17:12). En este contexto del santuario es que Dios llama “a todos los sedientos, ¡venid a las aguas! (Isa. 55:1). Es interesante observar que el Edén también se presenta como una fuente de agua. “Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos” (Gén. 2:10). Esta referencia a un rió en el Edén nos sugiere que este debe estudiarse dentro del contexto del santuario; más aun, los santuarios de Dios son una actualización del Edén. Un intento de recuperar lo perdido. Una simple mirada a Éxodo 27:9-19 nos comprobará que el atrio del tabernáculo construido por Moisés en el desierto era rectangular (Éxo. 27:18), y tenía su entrada hacia el Oriente o Este (Exo. 27:13-16). De la misma manera la entrada del Edén estaba “al oriente” (Gén. 3:24). Así, la estructura exterior tanto del Edén como del tabernáculo israelita era semejante a esta: El Edén quedó en la tierra por algún tiempo después de la caída del hombre. Esto es evidente porque mucho tiempo después, cuando Caín ya era un hombre y huyó de la presencia divina, se menciona al Edén como punto de referencia (Gén. 4:16) “El Edén permaneció en la tierra por mucho tiempo después que el hombre fuera expulsado de sus agradables senderos” (PP: 46). Génesis 4:3-4 nos muestra a Caín y a Abel trayendo una ofrenda. Se nos dice que Caín “trajo”, y que Abel también “trajo”. Para entender este verbo hay que ubicar un punto de referencia. Ellos trajeron la ofrenda a Jehová. (Gen. 4:4), por lo tanto Dios es ese punto. ¿A qué lugar trajeron ellos sus ofrendas a Dios? Génesis 3:24 nos muestra que en la puerta del Edén había “querubines”. Es interesante saber que los querubines se mencionan en la Biblia relacionados con la presencia de Dios. En el tabernáculo Dios ordenó construir “dos querubines de oro macizo” (Éxo. 25:8), lo mismo se hizo en el templo de Salomón (1 Rey. 6:23-28). Dios dijo que “de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio” (Éxo. 25:22). Constantemente se repite en la Biblia la idea de que Dios “mora entre querubines” (1 Sam. 4:4; 2 Sam. 6:2; 22:11; 2 Rey. 19:15; Sal. 80:2; 99:1; Cf. Eze. 1:5,22-28; 10:20) De modo que la presencia de querubines en la puerta del Edén sugiere que Dios se manifestaba en esa puerta. “En la puerta del paraíso, custodiada por querubines, se revelaba la gloria divina.” (PP: 46,47). Fue entonces a esa puerta “donde Caín y Abel habían llevado sus sacrificios y Dios había condescendido a comunicarse con ellos.” (PP: 70). Pero, los sacrificios se hacen en altares (GÉn. 8:20; 22:9). ¿En qué altar presentó Abel su sacrificio? Se nos dice que en la puerta del Edén “iban los primeros adoradores a levantar sus altares y a presentar sus ofrendas” (PP: 71). De modo que los sacrificios se realizaban en la misma presencia de Dios. Así vemos que en la puerta del Edén se encontraba, al menos, un altar. Esto guarda relación con el tabernáculo de Moisés dónde los sacrificios se hacían “en la presencia de Jehová”, “sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión” (Lev. 1:5). Podemos agregar un elemento más a nuestra visión del aspecto exterior del Edén y del tabernáculo. Antes de terminar esta sección debemos reflexionar un poco sobre el significado de que Dios se manifestara en la puerta del Edén. Conocí la historia de una familia en la que el hijo mayor, fuerte y rebelde, faltó el respeto a su madre. El padre quiso darle una lección y lo expulsó de la casa. Pasaron unos días y el hijo no se acercó. Pero un día, al parecer el hambre lo hizo regresar a la hora de la comida. Como no podía entrar a la casa, se colocó enfrente mirando hacia adentro. La madre, conmovida, quiso invitar al hijo a comer, pero el padre le dijo que no lo hiciera. Entonces trató ella de salir hacia su hijo, pero el padre de nuevo le dijo que no era lo correcto. Impedida de otra cosa, la madre se acercó a la puerta e invitó al hijo a hacer lo mismo. Ni ella había salido ni él había entrado pero tuvieron un encuentro en la puerta. El pecado había separado al hombre de Dios. Ya no podían encontrarse “en medio del huerto” (Gén. 2:9). Al hombre tocaría mantenerse afuera. Por esta razón, el Dios que hizo al hombre para amarlo, condescendió con este y llevó su gloria hacia fuera, para tener un encuentro “en la puerta”. Esto ocurriría también en el tabernáculo israelita (Lev. 1:5)… Debemos tocar el tema de los sacrificios. Ya estudiamos que con el sacrificio realizado por Dios, Adán comenzó a comprender el significado del sistema de sacrificios, que “la paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23), que “sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados” (Heb. 9:22), y que necesitaba un Sustituto. “El sacrificio de animales fue ordenado por Dios para que fuese para el hombre un recuerdo perpetuo, un penitente reconocimiento de su pecado y una confesión de su fe en el Redentor prometido. Tenía por objeto manifestar a la raza caída la solemne verdad de que el pecado era lo que causaba la muerte.” (PP: 54). Ahora le tocaba a Adán realizar él mismo un sacrificio. “Para Adán el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar. Por primera vez iba a presenciar la muerte, y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido el hombre ni las bestias. Mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su trasgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se admiró de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los culpables. Una estrella de esperanza iluminaba el tenebroso y horrible futuro, y le libraba de una completa desesperación” (PP: 54,55). |