| |
En
1981, uno de los seminarios teológicos Evangélico-Protestante
mayores de África, escribió a nuestra Unión del África del Este, a
fin de que enviásemos a alguien para exponer y defender algunos
puntos doctrinales de nuestra iglesia. Este seminario estaba
enseñando sobre las cuatro sectas más influyentes en África: "los
Testigos de Jehová, la Iglesia de la Cienciología Cristiana, los
Mormones, y los Adventistas del Séptimo Día" (así lo creen ellos).
El profesor que dirigía esta clase dijo a sus estudiantes, gente
avanzada y adulta, "en vuestro ministerio encontraréis muy pocos
Testigos de Jehová porque este país prácticamente los ha expulsado a
todos dado que se niegan a saludar la bandera nacional. No
encontraréis Mormones aquí, puesto que todavía en sus planes
evangelísticos no han llegado al África. Tampoco encontraréis a
ninguno de la Cienciología Cristiana. Sin embargo, allí donde
vayáis, encontraréis Adventistas del Séptimo Día. Han tenido mucho
éxito." El profesor siguió diciéndole a la clase, "¿queréis que
invite a uno de sus pastores de manera que le podáis interrogar
acerca de lo que creen?", los estudiantes dijeron, "¡sí!". Así que
la Unión me envió a mí.
Las
dos horas antes de mi cita con ellos, las dediqué a visitar la
biblioteca del seminario e investigar qué clase de libros tenían
sobre nuestra iglesia. La verdad es que quedé muy sorprendido, ya
que tenían prácticamente todos los libros de la Hna. White. Tenían
el libro, "Questions on doctrine" (Cuestiones sobre doctrina).
Tenían también, "Movement of Destiny" (Movimiento del Destino), de
Leroy E. Froom, y nuestra revista "Ministry" (Ministerio). También
tenían los libros de Desmond Ford.
Cuando
vi todo aquello, pensé, "si estos estudiantes tienen y han leído
todos estos libros, prácticamente lo saben todo sobre nosotros". Fui
entonces al profesor, y él me dijo, "al saber que usted venía, no
sólo la clase que yo dirijo, sino el resto del seminario, me ha
pedido poder participar en el debate. Así que, si me permite, le
ruego que nos reunamos en la capilla, puesto que asistirá
prácticamente todo el colegio, un aforo de unas cuatrocientas
personas". Yo le dije, "de acuerdo".
Cuando
llegué a la capilla, estaba tan llena, que no cabía ni un alfiler.
No solamente había allí estudiantes. Había profesores, misioneros,
evangelistas, etc. Eran Luteranos, Bautistas, Anglicanos y
Presbiterianos. Miré a la congregación, y le dije al profesor,
"visto así, parecen un pelotón de fusilamiento". El profesor me
contestó, "van a ser muy duros con usted". Yo le respondí, "quizá
sí, pero yo puedo ser también muy duro con ellos".
Después de haberme presentado a la congregación, uno de los
estudiantes se levantó, y os diré la pregunta que me hizo. Era una
pregunta muy importante: "¿Puede usted defender la doctrina
adventista del juicio investigador, a la luz de la justificación por
la fe?"
Buena
pregunta, ¿no? No tenía problemas para responder la pregunta, pero
os confieso que me molestó mucho la manera y el tono en que me la
hizo. Él formuló la pregunta de forma sarcástica, llena de ironía.
Se vio claramente su intención de ponerme en un aprieto, y de dejar
en ridículo nuestra enseñanza. Así que le contesté, "joven, hay algo
que este seminario todavía no te ha enseñado, y es a respetar a las
demás personas que piensan diferente a ti. Ahora voy a hacer que te
sientas humillado delante de todos, con el objeto de que aprendas
esa lección, que en realidad es para tu bien". El joven respondió
airado, "¡inténtelo!" Le dije con calma: "ahora mismo".
Comencé diciéndole: "En primer lugar, te haré una pregunta: ¿crees
en el juicio?" Él me contestó, "¡si!". Luego continué: "En segundo
lugar, ¿crees que los creyentes tendrán que comparecer ante el
tribunal de Cristo?" Entonces comenzó a dudar.
Le
dije: "¿puedo citarte al gran campeón de la justificación por la
fe?" Entonces le hice leer Romanos 14:10, que dice, "Pero tú,
¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a
tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo."
Después de leer esto, él dijo, "Sí. Lo creo. Lo acepto."
Le
dije entonces, "ahí va la siguiente pregunta: ¿crees que seremos
juzgados y recompensados de acuerdo con nuestras obras?" Él me dijo,
"No, ¡de ninguna forma!"
"¿Puedo citarte a dos hombres? –le dije–, no estoy seguro de que
conozcas al primero de ellos." Él me contestó, "¿quién es? Le
respondí, "Jesucristo". Le dije, "lee en tu propia Biblia, y en el
idioma que tú quieras, ya sea griego o inglés, Juan 5:28-29, que
dice: "No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos
los que están en los sepulcros oirán su voz..." Le dije: "es
Jesús quien habla". Y continué, "versículo 29: ‘y los que
hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que
hicieron lo malo, a resurrección de condenación’".
El
joven respondió, "nunca había leído este versículo anteriormente..."
Le dije, "¿Acaso no te da la sensación en estos versículos de algo
así como si fuésemos salvos por las obras?" Él respondió, "parece
que sí... nunca me había fijado en estos versículos". Le dije, "te
voy a citar otro versículo. Está en 2 Corintios 5:10. Espero que
éste sí lo conozcas: ‘porque es necesario que todos nosotros
comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba
según lo que haya hecho mientras que estaba en el cuerpo, sea bueno
o sea malo.’ ¿Qué te parece?"
Así
que -le dije- "en el Nuevo Testamento hay dos grupos de textos que
de una forma superficial parecen estar en contradicción unos con
otros. Hay un grupo de textos que enseñan claramente que somos
justificados por la fe, al margen de las obras, a parte de la
observancia de la ley. En cambio, hay otro grupo de textos que
enseña que somos juzgados y recompensados de acuerdo con nuestras
obras. Y esto pareciera ser un problema. Pero cuando hay textos que
aparentemente se contradicen unos a otros, hay una tendencia a
elegir un grupo de textos solamente, y menospreciar al otro. Ahora
seré franco contigo: Vosotros, los evangélicos, habéis elegido un
grupo de textos. Y algunas veces, desgraciadamente, nosotros los
adventistas, nos hemos inclinado hacia el otro grupo solamente.
Vosotros menospreciasteis el grupo de textos que elegimos nosotros,
y nosotros ignoramos voluntariamente vuestro grupo de textos. Pero
la verdad exige que aceptemos ambos." Luego continué preguntándole,
"¿puedes tú unir y reconciliar estos dos grupos de textos?, ¿puedes
hacer que armonicen unos con otros?" Me respondió: "lo siento... no
puedo..." Le pregunté entonces, "¿te importaría que este pastor
adventista te ayudara?" Toda la congregación se echó a reír.
Cuando
terminé mi exposición, el profesor, que estaba sentado detrás de mí,
me dijo, "¿Es eso lo que está enseñando su iglesia?" Os he de
confesar que no sabía si decir sí, o no. Pero reaccioné, y le dije,
"¿Acaso no soy yo un pastor adventista?" Él respondió: "Tiene razón,
y si su iglesia está enseñando esto, no tenemos ningún derecho a
llamarlos ‘secta’. Acepte mis disculpas". Y me dió la mano ante toda
la congregación.
Os he
contado todo esto para que comprendáis que no tenemos que
avergonzarnos de ninguna de nuestras doctrinas. Pero debemos
presentarlas todas en el contexto de la justificación por la fe, con
Cristo como centro. Y desgraciadamente, no siempre lo hemos sabido
hacer claramente, y más cuando se trata del juicio investigador.
¿Por
qué este joven me hizo la pregunta de la forma en que me la hizo? Al
leer nuestros materiales, llegó quizá a la conclusión de que cuando
uno llega a Cristo por primera vez, somos justificados por la fe.
Pero en el juicio, son nuestras buenas obras las que nos justifican
para ir al cielo.
Hay un
libro, en inglés, escrito por un teólogo famoso que falleció ya. Se
titula, "El reino de las sectas". No nos incluye a nosotros entre
las sectas, pero manifiesta muchos puntos de vista negativos hacia
nuestras doctrinas. Una de ellas, el juicio investigador. El nombre
del autor, quizá lo conozcáis, es Walter Martin. Y ahora ved lo que
dice en cuanto al juicio investigador. Pag. 469. "Defensores como
son, de la doctrina del juicio investigador, es extremadamente
difícil para nosotros comprender como pueden experimentar el gozo de
la salvación".
Trataré de ser muy claro. Tanto mi esposa como yo procedemos de
lugares muy distantes el uno del otro. Yo vengo de Nairobi, Kenya. Y
ella, de Inglaterra. Ambos llegamos a esta iglesia motivados por el
miedo al juicio. Os explicaré algo de mi experiencia.
Los
evangelistas me habían mostrado, mediante las diversas imágenes de
Daniel 2, que el juicio investigador comenzó en 1844. Cuando me
explicaban esto, corrían los años 70 aproximadamente. Me dijeron, "a
estas alturas, el juicio debe haber comenzado ya con los creyentes
vivos. O sea, en cualquier momento, nuestro caso puede comenzar a
ser juzgado, y juzgado por la ley. Y cualquiera que transgreda algún
mandamiento, se perderá". Allí estaba yo, un católico-romano
practicante, guardando el domingo. Esos mismos evangelistas me
demostraron que el sábado del cuarto mandamiento era el verdadero
día de reposo. Así que, después de quedar completamente atemorizados
por lo que nos dijeron, preguntaron a los que asistíamos a las
conferencias en el llamamiento final, "¿cuántos de ustedes quieren
unirse al pueblo que guarda los mandamientos de Dios?" Esta era una
de las campañas evangelísticas habituales de aquellos tiempos. Y
como dije, allí estaba yo, temblándome las piernas, y me levanté en
el llamado.
Pero
os confieso algo, desde aquel entonces sigo deseando encontrar un
pueblo que guarda verdaderamente los mandamientos de Dios. Ya que,
en el Nuevo Testamento, el guardar los mandamientos, no es sinónimo
de gente que mecánicamente observa unas normas, como los fariseos,
sino que se refiere a un pueblo que ama a Dios, y que se aman unos a
otros incondicionalmente. A lo largo de todo el Nuevo Testamento, el
amor es el cumplimiento de la ley. Y cuando veo celos, calumnias,
disensión, orgullo, envidia y persecución me pregunto, ¿dónde está
el pueblo que guarda los mandamientos de Dios?
Volvamos ahora a la cuestión del juicio investigador, ya que forma
parte del ministerio sumosacerdotal de Jesucristo, y esto son buenas
nuevas, no malas nuevas. Eso es lo que hoy os quiero demostrar.
El
capítulo que más nos habla del juicio investigador es el séptimo del
libro de Daniel. El problema es que hemos puesto todo el énfasis en
solamente una parte de Daniel 7.
Pero
Daniel 7 nos muestra tres partes del juicio. Descubramos estas tres
partes juntos. Repito, deseo mostraros que el mensaje del juicio son
buenas nuevas.
En
todo juicio, hasta en los juicios actuales, existen tres partes.
-
1ª
parte. La investigación, o instrucción.
-
2ª
parte. El veredicto, declarar si la persona es culpable o
inocente.
-
3ª
parte. La ejecución del veredicto. Si la persona es culpable, el
castigo.
Si es inocente,
la absolución.
Estos
tres elementos están en Daniel 7. La investigación está en los
versículos 9-10, esto nos gusta presentarlo. Estos millones que
servían, son ángeles. Dice la Escritura que, "El Juez se sentó, y
los libros fueron abiertos..." y podríamos añadir, " y los
adventistas comenzaron a temblar..."
Bueno,
hasta aquí, "la investigación". Ahora, ¿dónde está el veredicto, la
sentencia, en Daniel 7? ¿En qué versículo?
¿Lo
encontráis? Quizá es algo más difícil, ¿verdad?... La respuesta: en
el vers. 22, "...se dio el juicio a los santos (o en favor de los
santos) del Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos poseyeron (o
recibieron) el reino." ¿Habéis visto?, el juicio no es algo
en contra de los santos, sino a favor de ellos. ¿Son esto
buenas nuevas? ¡Ciertamente, sí!
Expliquemos ahora el problema. Cuando Jesús viene a llevarnos al
cielo, no se encuentra con hombres impecables, sino con pecadores. Y
Satanás le dice a Jesús, "Alto!, no tienes derecho a llevarlos al
cielo" (ver Zac. 3:1) Así que, antes de que Jesús pueda llevarnos al
cielo, nos ha de vindicar, o lo que es lo mismo, ha de demostrar
nuestra justicia. Y para eso está el juicio investigador. El
propósito del juicio investigador, no es saber quién va a ir al
cielo y quién no, sino prepararnos para tan maravilloso lugar.
Bueno,
hemos leído que el veredicto es a nuestro favor. Entonces leamos
acerca de la ejecución de ese veredicto (vers. 26-27) ¿Son estos
versículos buenas nuevas también? Ciertamente lo son.
Pero
volvamos al punto clave, ¿Cómo nos vindica Jesús?
Consideremos juntos esos dos grupos de textos de los que hemos
hablado antes. Quizá no podamos leerlos todos, pero leamos
algunos...
Estos
son algunos de los textos que claramente enseñan que somos
justificados por la fe, sin las obras. Rom. 3:28: "Concluimos,
pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la
ley". Fue Pablo quien escribió esto, inspirado por el Espíritu
Santo.
Rom.
4:5: "Pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al
impío, su fe le es contada por justicia". La palabra "impío"
significa malvado, y al malvado es al que Dios justifica.
Efe.
2:8 y 9: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y
esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que
nadie se gloríe". ¿Qué os parece?
Tito
3:5: "Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos
hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la
regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo".
Estos
son unos pocos de los muchos versículos que hay, que claramente
enseñan que somos justificados por la fe, aparte de las obras (o sin
las obras).
Pero
como os dije antes, hay otro grupo de textos, de los cuales ya he
mencionado alguno anteriormente, que dice que nuestras obras son
importantísimas: Juan 5:28-29; Rom. 14:10; 2 Cor. 5:10; Apoc. 22:12.
Estos textos enseñan claramente que somos juzgados y recompensados
según nuestras obras.
¿Cómo
podemos reconciliar estos dos grupos de textos?
Uno
dice que somos justificados por la fe, sin las obras. Y el otro dice
que somos juzgados y recompensados de acuerdo con las obras. En
realidad la respuesta es muy simple, y es que hay un tercer grupo de
textos que se entrelazan con estos dos y lo unen todo. Este tercer
grupo dice que: LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE GENUINA, SIEMPRE PRODUCE
OBRAS. Las obras no nos salvan, sino que son la evidencia de que
nuestra fe es verdadera. Si no hay obras de obediencia, en realidad
es porque ¡la fe está ausente!
Dos
ejemplos: Efe. 2:8 y 9: "Porque por gracia sois salvos por medio
de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras,
para que nadie se gloríe". Hasta aquí, vemos que las obras no
nos salvan. Ahora el versículo 10: "Pues somos hechura suya,
creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó
de antemano para que anduviéramos en ellas".
Antes
de decir nada más, vayamos a Tito 3:5: "Nos salvó, no por obras
de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia,
por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el
Espíritu Santo". Está claro que incluso nuestras buenas obras no
nos salvan. Pero leamos ahora el versículo 8: "Palabra fiel es
esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los
que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son
buenas y útiles a los hombres". ¿Os habéis fijado?, al final del
versículo dice que esas buenas obras son útiles y buenas, no a los
creyentes únicamente, sino a todo el género humano. Aún podríamos
añadir más. Juan 14:8-9, 11: "Felipe le dijo: –Señor, muéstranos
al Padre y nos basta. Jesús le dijo: –Tanto tiempo hace que estoy
con vosotros y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto as mí
ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?...
Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera,
creedme por las mismas obras". De alguna manera, Jesús dice (en
el vers. 11), "si no puedes creerme por mis palabras, créeme por las
obras. Las obras dan evidencia de que el Padre que mora en mí es él
que las realiza". Y aún hay más, en el versículo 12, Jesús añade,
"...las obras que yo hago, si creéis en mí, vosotros las haréis
también". Esas obras no nos salvan, pero son la evidencia de la
salvación , la evidencia de que hemos sido justificados por la fe.
Mat.
5:14: "Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre
un monte no se puede esconder". Fijaos que dice, "vosotros sois
(plural) LA LUZ (singular)" La traducción es correcta porque aunque
nosotros somos muchos, la Luz es una sola. Y, ¿quién es la Luz que
alumbra a todo hombre que ha venido al mundo? Juan 1:4, 9: "En él
estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... La luz
verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo".
Volvamos a Mateo 5:16: "Así alumbre vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro
Padre que está en los cielos". Hermanos: ¿Qué han de ver los
hombres? Nuestras buenas obras. Pero, ¿a quién han de glorificar? A
nosotros no. A nuestra denominación tampoco. Es al Padre a quien han
de glorificar.
Pero
ahora surge un problema. ¿Por qué trae Dios a los creyentes a
juicio? Lo preguntaré de otra forma. ¿Por qué acude alguien a un
juzgado, o un juicio? Porque hay alguien que presenta una acusación,
¿no es cierto?
¿Quién
acusa a los creyentes día y noche? (Apoc. 12:10; Zac. 3:1; Job 1:6;
2:1). Satanás es el acusador. Pero debéis saber que el Padre, el
Hijo, y el Espíritu Santo –los tres– están de nuestra parte.
Rom.
8:16 y 17: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu,
de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos
de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con
él, para que juntamente con él seamos glorificados". El Espíritu
nos dice que somos hijos de Dios y herederos con Jesús.
Rom.
8:31: "¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros,
¿quién contra nosotros?" ¿Cómo sabemos que Dios esta a nuestro
favor? Vedlo en los siguientes versículos (32-34): "El que no
escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién
acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es
el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también
resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también
intercede por nosotros". Comprendamos esto claramente. El Padre
no nos acusa, sino que nos justifica. El Hijo no nos condena, ya que
murió, resucitó e intercede por nosotros. Hermanos, ¡La Deidad esta
de nuestra parte!
Ahora
voy a responder a una pregunta típica que surge al presentar este
tema.
¿Cómo
entender Santiago 2:24? Este texto, tomado aisladamente, da la
impresión de que contradiga a los textos de Pablo. Lutero, por
ejemplo, así lo entendió. Por un tiempo llegó a pensar que Santiago
no estaba inspirado, aunque luego cambió.
Como
siempre, hay que analizar el versículo en su contexto. Hay que
averiguar, ¿qué problema estaba tratando Santiago en este capítulo?
El tema de discusión en Santiago, no es "las obras de la ley". Ese
es precisamente el tema que trata Pablo. El término "las obras de la
ley", significa "legalismo".
Santiago trata con otro problema diferente, llamado "antinomianismo"
o "gracia barata", que es desprecio hacia la ley.
Veamos
en Santiago 2:14, 17: "Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si
alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarlo?...
Así también la fe, si no tiene obras, está completamente muerta".
En realidad, lo que Santiago está queriendo explicar es que, si la
fe no lleva consigo sus obras inherentes, en realidad es que no hay
tal cosa llamada fe. Vers. 20: "¿Quieres saber, hombre vano, que la
fe sin obras está muerta?" ¿Existe, una cosa muerta? Mirad ahora la
ilustración, (vers. 21): "¿No fue justificado por las obras
Abraham nuestro Padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el
altar?" Abraham tenía aproximadamente entre unos 117-120 años
cuando ofreció a Isaac. Allí dice el versículo leído que fue
justificado por las obras.
Ahora
leamos el vers. 23: "Y se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham
creyó a Dios y le fue contado por justicia’, y fue llamado amigo de
Dios". Pero, ¿qué edad tenía cuando fue justificado por la fe?
Tenía 75 años, es decir, ¡muchos años antes de que ofreciera a
Isaac!
Abraham fue justificado por la fe, porque creyó en la promesa de
Dios. Al creer, eso le fue atribuido a justicia (imputado). Sin
ninguna obra. Y luego, a los cien años, Dios cumplió la promesa, y
nació Isaac. Entonces, unos diecisiete o dieciocho años después,
Dios dijo a Abraham, "sacrifica a tu hijo único". ¿Por qué? ¿Qué
estaba probando Dios en Abraham? ¿Su justicia, sus obras, su
rectitud? ¡No! Dios probaba su fe.
¿Cómo
podemos saberlo? Vedlo en Hebreos 11:17-19: "Por la fe Abraham,
cuando fue probado, ofreció a Isaac: el que había recibido las
promesas, ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: ‘En Isaac te
será llamada descendencia’, porque pensaba que Dios es poderoso para
levantar aún de entre los muertos, de donde, en sentido figurado,
también lo volvió a recibir". Así que, cuando Abraham levantó el
cuchillo para sacrificar a Isaac, ese acto fueron "obras", ¿no? Pero
decidme, ¿son las obras de la ley, o son obras de la fe? Son de la
fe. Eso está claro.
Volvamos a Santiago 2:22: "¿No ves que la fe actuó con sus obras
y que la fe se perfeccionó por las obras?" Una vez más repetimos
lo dicho anteriormente: la fe genuina lleva consigo las obras de
Dios. Eso sí, las obras pueden ser muy diferentes. ¿Recordáis la
parábola del sembrador, la semilla que fructificó? Una dio diez,
otra cien, y otra mil. La cuestión no es la cantidad, sino que la
verdadera justificación por la fe, siempre produce fruto.
También hay algo que debemos saber: cuando la fe produce obras, lo
más probable es que vosotros no os deis cuenta de ello, o que no le
prestéis atención. Pero, ¿cómo podemos saber esto? Porque en el
juicio, Cristo os dirá, "Tuve hambre, y me disteis de comer, tuve
sed, y me disteis de beber, fui forastero, y me recogisteis, estuve
desnudo, y me cubristeis, enfermo y en la cárcel, y me visitasteis."
(Mat. 25:35-36) Y, ¿qué diréis? 'Ah, pues sí, está todo registrado
en nuestras publicaciones, se presentó cada sábado, lo tenemos todo
apuntado...' ¿Diréis eso? ¿Verdad que no? Al contrario, diréis,
'¿pero cuándo hicimos todas esas cosas?' (vers. 37-39).
Y es
que, queridos amigos, las obras de la fe surgen de manera espontanea.
Forman parte de vuestra vida cotidiana; no las programáis, no sabéis
siquiera que las estáis haciendo, porque el amor de Cristo os
impulsa, os motiva.
Volvamos al juicio. Decíamos que Satanás nos acusa de ser pecadores.
Decidme: ¿Tiene razón, o no? Pues siento decíroslo, pero sí, tiene
toda la razón. Porque decidme, ¿alguno es de naturaleza impecable?
Concluimos que el diablo tiene razón, pero ¿qué hace Cristo? Él no
niega la acusación, no niega el cargo, pero trae al juicio nuestras
obras de la fe. No para probar nuestra justicia, sino para probar
nuestra fe, para dar a conocer nuestra fe. Y nuestra fe nunca está
puesta en nosotros, sino en Cristo. Así que, Jesús aporta nuestras
obras de fe para demostrar que esa fe es genuina, y entonces le dice
a Satanás: 'Estas personas dependen de mi justicia para ir al cielo.
Ahora, para poder condenar a una de ellas, has de señalar algún
pecado en mí. ¿Puedes hacerlo?' ¡NO! Entonces Cristo dice a Satanás,
'Jehová te reprenda. Tú no tienes derecho sobre estos. ¿No son acaso
como rescatados de un incendio?' (Zac. 3:2)
Hermanos, vosotros y yo pertenecemos al lago de fuego, pero la
justicia de Cristo, recibida en nosotros, y obrando en nosotros por
la fe, nos ha arrebatado de ese lago ardiente. Cristo nos defiende.
Él dirá a los ángeles, 'Quitadles esas vestiduras viles. Y vestidlos
con mi ropa de gala, y con mitra limpia' (Zac. 3:4 y 5). Es decir,
'Vestidlos de mi justicia'. Y todo esto, ¿para quién? Sólo para
aquellos que se han negado a sí mismos, y han reposado enteramente
en Cristo para su salvación. Para ellos, el tiempo del juicio
(ahora), es un tiempo precioso. No por lo que ellos hacen por
Cristo, sino por lo que Cristo hace con ellos. ¿Y qué hace Cristo
con ellos desde 1844, hasta que regresa a buscarlos? Los hace
justos. No que la justicia de Cristo cubre sus pecados, sino que la
justicia, la rectitud, la obediencia a la ley de Jesús les es dada,
es su posesión. Una justicia que no es de ellos, pero que les ha
sido imputada, de la misma manera que nuestro pecado le fue imputado
a Cristo. Eso sí, esa justicia imputada obró en ellos, puesto que la
recibieron con fe, y esa fe obró por el amor (Gál. 5:6; 2 Cor.
5:14).
Pero
si pretendéis obtener la salvación por vuestras buenas obras, y le
decís a Jesús, 'He echado demonios en tu nombre, he hecho milagros,
hice un montón de cosas buenas en tu nombre, di el diezmo, guardé el
sábado, acepté el mensaje de 1888, etc' ¿Sabéis lo que dirá Jesús?
'No fueron mis obras en ti, no fui yo quien las realizó. No quisiste
que yo viviera en ti. Ni siquiera te conozco. Has elegido tu propia
justicia, y a ella tengo que abandonarte. Vete, obrador de maldad'
(Mat. 7:22-23).
Pero
si reposáis de vuestras obras, y permitís que las obras de Cristo se
manifiesten en vosotros. Él terminará toda la obra que comenzó en
vosotros hasta el final. No temáis al juicio. Son buenas nuevas,
puesto que Cristo así lo desea, pues para eso planeó algo tan
importante y maravilloso como un juicio investigador.
¿Entendéis por qué aquel profesor dijo que no tenían derecho a
llamarnos secta? ¿Sabéis?, aquel profesor me llevó a su casa a
comer. Su esposa tuvo el detalle de prepararme una comida
vegetariana. Durante la comida, discutimos sobre el estado de los
muertos. Después de comer, le di el estudio bíblico completo acerca
de este tema. Tres meses más tarde me llamó para decirme: "Usted
también tenía razón con el asunto del estado de los muertos." Él era
Bautista, pero me dijo: "tengo que aceptar sus doctrinas, aunque eso
me cueste perder mi trabajo." Queridos amigos, como veis, hay mucho
pueblo "fuera". Y sólo está esperando que esta iglesia restaure el
mensaje de la justicia de Cristo tal y como el Señor nos lo dio en
1888. Que Dios nos bendiga y nos use para su gloria. Que podamos dar
el mensaje de "Cristo y su justicia", y si se nos vuelve a llamar
secta, en realidad, no nos importe. Que sólo nos importe realmente
él y su honor ante todo el universo, en este tiempo de juicio.
¡Amen! |