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El Juicio -II

   
  Por: M. L. Andreasen
   
 
Hay una tendencia creciente a no creer en una resurrección corporal. Los partidarios de la alta crítica han descartado esta idea hace mucho, y muchos cristianos propenden a hacer lo mismo. No pueden ver ninguna necesidad de la resurrección del cuerpo; para ellos la existencia futura es completamente espiritual. Por la misma razón, consideran innecesario un juicio futuro. Si el alma está ya disfrutando de la felicidad de una existencia etérea, o si ya está experimentando las torturas de los réprobos, parecería absurdo interponer un juicio. Este debe haberse realizado antes que se haya decidido el estado futuro, y no después.
 
La creencia en la bienaventuranza o condenación inmediata después de la muerte hace que un juicio futuro, al fin del mundo, no sea solamente innecesario, sino inconsecuente.
 
La Biblia es muy clara en sus declaraciones acerca de estos dos temas. Hay una resurrección corporal. Hay un juicio. Como aquí nos preocupa mayormente el juicio, le dedicaremos ahora nuestro estudio, observando tan sólo, de paso, que parece mucho más satisfactoria la idea de que la existencia de los salvos se ajustara al plan original del huerto de Edén. Parece razonable pensar que Dios no lo ha abandonado. Y si no lo ha hecho, deberá haber una resurrección del cuerpo.
 
La idea de un juicio al fin del mundo presupone que los hombres no reciben su castigo o recompensa al morir. Esto parece lógico. Además está apoyado por evidencias bíblicas. Consideremos el asunto un poco más en detalle.
 
Dando por sentado la creencia en el castigo y la recompensa, observemos primero que el registro de ningún hombre puede completarse al morir. Su vida terminó, pero su influencia continúa, "sus obras con ellos siguen". Si somos responsables de nuestra influencia, y creemos que así debe ser, el registro no puede ser completado hasta el fin del tiempo.
 
Al decir esto no deseamos dar a entender que un hombre no haya sellado su destino cuando muere. Creemos que sí. Todo lo que queremos afirmar es que a menos que el juicio presuponga el mismo castigo o recompensa para todos, el registro no puede cerrarse al morir. Puede sí argüirse que se sabe si una persona está salva o perdida, y que por lo tanto, es admitida provisionalmente en un lugar u otro.
 
Pero esto no resuelve la dificultad. Aun en los tribunales terrenales, el resultado de un crimen cometido tiene que ser aguardado antes que se pronuncie el juicio. Si en una pelea a tiros un hombre queda herido, el juicio no se basa en el efecto inmediato, sino en el resultado final de los tiros. El herido quizá muera al cabo de una o dos semanas. El heridor no puede exigir un juicio inmediato, basado en el hecho de que el herido vive aún, y que, por lo tanto, no es culpable de homicidio en caso de la muerte de su víctima.
 
El hombre es responsable de más que el efecto inmediato de sus actos. Por consiguiente parece lógico que el juicio se postergue hasta que todos los hechos estén reunidos, y llegar así a una apreciación justa.
 
Si admitimos que algunos serán castigados de muchos azotes y otros con pocos (Lucas 12:48), el juicio no puede realizarse hasta que todos los factores puedan ser considerados. Esto será hecho únicamente en el tiempo designado por Dios: el fin del mundo, lo cual armoniza con la declaración de que Dios reserva "a los injustos para ser castigados en el día del juicio" (2 Pedro 2:9).
 
Los impíos han de ser juzgados por los justos. "Los santos han de juzgar al mundo" (1 Corintios 6:2). Así como los ángeles tienen su obra que hacer en el cielo, los redimidos tendrán la suya. Dios revela sus planes a los redimidos, y les confía responsabilidades.
 
A los santos se les da el privilegio de juzgar. Hablando humanamente, Dios no quiere correr ningún riesgo de descontento o dudas. Es concebible que se perderán algunas personas a quienes otras consideraban dignas de salvarse. Al echárselas de menos en el cielo, podría surgir en la mente de los que las conocieron alguna duda acerca de por qué falta. Quizá se trate de una persona muy querida para nosotros, a quien amamos, y por quien hemos orado. Ahora está perdida. No conocemos las circunstancias; no sabemos por qué. Si tenemos parte en el juicio; si nosotros mismos examinamos el caso y las pruebas; si después de pesar todos los factores, llegamos por fin a la conclusión de que esa persona no quiso ser salva y no se hallaría feliz en el cielo, ninguna duda se levantará jamás en nuestra mente en cuanto a la justicia de lo que se hizo. Además, este arreglo asegura un juicio justo y misericordioso.
 
Habremos amado a algunos de los que se perderán. Habremos orado por ellos. Seremos bondadosos para con ellos hasta el fin. Ninguno será castigado más de lo que merece. El plan de Dios nos asegura esto.
 
Debe notarse también este hecho. Puesto que si parte del propósito de Dios al darnos participación en el juicio consiste en asegurarse de que no se levantará duda jamás en nuestra mente, los santos tienen que juzgar a su propia generación y a sus propios conocidos. Esto es a la vez terrible y bueno. Dios no debe correr el riesgo de que alguien diga o piense: "Algunos de mis amigos se han perdido, y nunca tuve oportunidad de averiguar exactamente lo que sucedió. Pensaba que debían salvarse. Los comprendía mejor que cualquier otra persona. Me gustaría haber conocido algo más de su caso". Eso no podrá suceder nunca. Dios cuidará de ello. Cada uno quedará convencido de su justicia y su misericordia. El plan divino está debidamente ordenado. Sabremos por qué ciertas personas se pierden, pues tendremos parte en su juicio.
 
Si lo dicho es correcto, no puede haber juicio al morir. Un grupo de cristianos ora por un joven extraviado. Día tras día, año tras año, pero sin resultado. Luego el joven muere repentinamente. ¿Qué diremos de su juicio? Los que lo conocen, los que han orado por él, están todavía vivos. Si el joven ha de ser juzgado por los santos inmediatamente, tendrían que morir todos enseguida también para tener parte en su juicio. De otra manera, tendría que ser juzgado por otros que no lo conocieron. Esto se aplica a todos los impíos que vivieron alguna vez. No podrían ser sometidos a juicio ordinariamente hasta una generación después de su muerte, si es que han de ser juzgados por los santos. Pero, si no son juzgados por los santos, o lo son por otras personas desconocidas de ellos, frustraría el plan de Dios. Por lo tanto, sostenemos que el juicio de los impíos no ocurre al morir. Dios dice que están reservados para el juicio al fin del mundo.
 
Aunque es verdad que cada generación comprende mejor a la suya y tiene que ser juzgada a la luz de sus propios conocimientos, de manera que un pecador del Antiguo Testamento no debe ser medido por las normas del Nuevo, es también verdad que antes de que pueda realizarse cualquier juicio justo es necesario que haya cierto conocimiento de las reglas y los principios guiadores generales de la conducta. La muerte de Cristo debe ser tenida en cuenta, como también su expiación y enseñanza. En vista de esto, ¿cómo podrían los santos de las primeras generaciones que vivieron en la tierra haber juzgado a los impíos de su generación?
 
La idea de que los santos tengan parte en el juicio debe ser abandonada si el juicio se realiza al morir. Es un plan admirable el que Dios ha concedido. Hace del cielo un lugar seguro y levanta una barrera eficaz contra cualesquiera dudas ulteriores.
 
¿Y qué diremos del juicio de los justos? Es evidente que tiene que realizarse alguna investigación antes de que se les permita entrar en la bienaventuranza eterna. Debe decidirse si su vida y actitud justifican que se les confíe la vida inmortal; y ha de llegarse a esta decisión antes que venga el Señor para llevarlos al cielo. No es más razonable salvar a los justos y tener luego el juicio que condenar a los impíos y emplazarlos luego ante el tribunal. Pero hay una diferencia. Los impíos no son destruidos hasta el fin de los mil años (Apocalipsis 20:4 y 5). Eso da abundante tiempo para juzgarlos después que el Señor venga.
 
Pero no sucede así con los que profesan servir a Dios. Sus casos deben ser decididos antes que venga el Señor, para saber si merecen recibir el galardón, o no (Apocalipsis 22:12). De ahí que su condición deba ser determinada de antemano.
 
Algunos se han opuesto a esta enseñanza. No creen que habrá un juicio de los justos antes que venga el Señor. Sin embargo, esto parece ser lo único consecuente. Sus casos tienen que ser decididos antes del regreso de Jesús; de lo contrario, ¿cómo puede saber quién se ha de salvar? Si se objeta la frase "juicio investigador" debe hallarse otra mejor. Estamos dispuestos a aceptarla. No es un juicio ejecutivo. La Biblia lo llama "la hora de su juicio" en contraste con el "día en el cual juzgará al mundo" (Apocalipsis 14:7; Hechos 17:31). Creemos que la expresión "juicio investigador" se adapta mejor al caso del juicio de los justos.
 
Parece perfectamente lógico que cuando se presenta la cuestión de quiénes han de salvarse, los ángeles estén presentes para dar su testimonio y seguir los procesos (Daniel 7:9 y 10). Han estado vitalmente preocupados por nuestro "Bienestar; han sido espíritus ministradores. Vamos a asociarnos con ellos y estar con ellos, y tienen derecho a saber quiénes han de ser admitidos en las moradas celestiales. Esto también es plan de Dios. Los ángeles han experimentado algunos de los resultados del pecado. Han visto apostatar a Lucifer, y a millones de ángeles irse con él. Han visto al Salvador sufrir y morir, y conocen la miseria que el pecado ha causado. Están vitalmente interesados en saber quiénes han de recibir la vida eterna. No tienen intención de repetir el experimento con el pecado por el cual han pasado. Es, por lo tanto, un plan sabio de Dios que tengan parte en los procesos.
 
El día de las expiaciones es una figura adecuada del día del juicio. Sería bueno que el lector repasara el capítulo16 que lo trata a la luz de estas consideraciones. En ese día se hacía separación entre los justos y los impíos. La decisión dependía enteramente de quiénes habían confesado sus pecados y quiénes no. Eran borrados los pecados de los que habían traído sus ofrendas y cumplido el ritual. Los otros eran "cortados".
 
No sabemos si en el santuario terrenal se llevaba un registro de los que se presentaban con un sacrificio durante el año. Aunque es posible, no es probable. Sabemos, sin embargo, que la sangre asperjada constituía en sí misma un registro. Dios había ordenado que se trajeran sacrificios. Creemos que él respetaba su propia orden y tomaba nota de que le servían en verdad, justicia e integridad. En su libro eran registrados como fieles.
 
Acerca del juicio del último día está escrito: "El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego" (Apocalipsis 20:15). Este texto habla definidamente del libro de la vida, y dice, en efecto, que únicamente aquellos cuyos nombres sean hallados en él serán salvos. Notemos lo que dice: "El que no se halló inscrito en el libro de la vida". Esto significa un examen del libro para descubrir cuáles son los nombres registrados en él. ¿No es esto una investigación?
 
Es como si se diera la orden: "Mirad si este nombre se encuentra en el libro". La expresión "el que no se halló inscrito", justifica el argumento de que hay un examen del registro, que tiene como resultado la separación para salvación o condenación.
 
Es tan claro que debe haber una investigación del registro llevado en el cielo antes que venga el Señor, que parece extraño que alguno pueda dudar seria o sinceramente de ello. Es cierto que si Dios lo deseara podría decidir en un momento todas las cuestiones acerca del destino futuro de cada uno con exactitud infalible. Pero entonces, los ángeles ni los hombres participarían en el juicio. Y esto es vital. Dios debe proteger en lo posible la existencia futura. Los hombres, por su propia investigación, tienen que estar seguros de la justicia del castigo impuesto. Los ángeles que han sido espíritus ministradores, deben estar presentes como testigos cuando los santos sean juzgados. Por esta razón se llevan los libros. Por esta razón están presentes en el juicio millones de ángeles (Daniel 7:10).
 
Dios da todos los pasos necesarios para asegurar el futuro. El cielo y la tierra deben ser protegidos. Dios no admitirá repentinamente a millones de seres humanos a la felicidad del cielo y el privilegio de la vida eterna sin consultar a los ángeles.
 
Volvemos a recalcar este pensamiento con reverencia. Los ángeles han pasado por tristes vicisitudes a causa del pecado. Han visto a millones de sus compañeros perderse. Han visto a Cristo morir en la cruz. Han conocido algo del pesar del Padre por causa del pecado. Lloraron de tristeza cuando un hijo de Dios pecaba y de alegría cuando un pecador se redimía. ¿No estarán, entonces, interesados en la concesión de la vida eterna a millones de pecadores salvados? ¿No deben tener alguna seguridad de que el admitir a los hombres en el cielo, su morada, no significa introducir el pecado? Hablamos lenguaje humano. Creemos que deben tener tal seguridad. Y creemos que Dios les da. Por eso están presentes cuando los casos de los justos se definen. Así como los santos participan en el juicio de los impíos, los ángeles participan en el juicio de los justos. Esto constituye una seguridad para lo futuro. Ninguna duda se levantará ni podrá jamás levantarse en la mente de nadie. Dios cuida de que esto sea así.
 
Durante el milenio los ángeles tendrán oportunidad de conocernos mejor y nosotros a ellos. Trabajaremos junto con ellos en el juicio. Durante ese tiempo serán juzgados los hombres y los ángeles malos. Nosotros participaremos en el juicio. Los ángeles también. Los hombres y los ángeles tienen compañeros que se perderán y en quienes tienen interés. Dios protege todos los intereses de manera que el pecado no se levante por segunda vez. Los ángeles han llevado el registro. Lo que está escrito en los libros ha sido escrito por ellos. ¿No han de participar en el examen del registro cuando se hacen las decisiones finales? Tendrán una parte en la ejecución del juicio (Apocalipsis 20:1-3; 18:21; Ezequiel 9:1-11). Al concluir éste, darán su testimonio en cuanto a la justicia de las decisiones hechas (Apocalipsis 16:5 y 7). Podrán hacerlo porque conocen los factores implicados. "El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano" (Juan 3:35). Tal vez no estemos seguros de por qué el Padre ha dado todas las cosas en las manos del Hijo. Pero se lo repite tantas veces, que es claro que Dios desea que lo sepamos. Además de la declaración ya citada, notemos lo siguiente: "Todo lo sujetaste bajo sus pies" (Hebreos 2:8). "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre" (Mateo 11:27; Lucas 10:22). "Le has dado potestad sobre toda carne" (Juan 17:2). Este poder incluye el de juzgar. "El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo" (Juan 5:22). Cristo es "puesto por Juez de vivos y muertos" (Hechos 10:42). Dios "juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó" (Hechos 17:31). Esto incluye la ejecución del juicio, porque el Padre "le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre" (Juan 5:27).
 
De hecho, la concesión de la autoridad al Hijo puede resumirse en la declaración abarcante de Cristo mismo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra" (Mateo 28:18). Esto no deja duda alguna en cuanto al alcance del poder que se ha dado. Es toda potestad en el cielo y en la tierra.
 
Estas declaraciones resultan muy interesantes en vista de las palabras usadas. El Padre tenía todas estas potestades, pero por alguna razón las legó al Hijo. Notemos cómo Dios ha "dado", "sujetado", "entregado", "puesto", "designado". En algún tiempo pasado, Dios puso todas las cosas bajo Cristo, le dijo que reinase, que ejecutase el juicio y le dio toda potestad en el cielo y en la tierra.
 
Toda la controversia revela un rasgo muy consolador del carácter del Padre. Podría haber tratado a los rebeldes en forma diferente. No necesitaba haber escuchado las acusaciones hechas contra él por Satanás. Pero sometió su caso para que fuera decidido de acuerdo con las evidencias presentadas. Podía aguardar y dejar que los seres creados decidieran por su cuenta. Sabía que su caso era justo y que podía resistir la investigación. Fue eminentemente recto en todo.
 
Esto nos induce a creer que el juicio venidero se realizará de acuerdo con nuestros más altos conceptos de justicia y rectitud, sin mencionar la misericordia. Dios no es vengativo. No aguarda una oportunidad para darnos el "merecido". El quiere que todos los hombres se arrepientan y se salven. No se deleita en la muerte del impío.
 
Hay, sin embargo, algunas cosas que Dios no puede hacer. Se sentiría feliz de salvar a todos, pero no sería lo mejor hacerlo. Hay varias razones para ello. Muchos no desean ser salvos en las únicas condiciones que pueden asegurar la vida. Las reglas que Dios ha trazado para nuestra dirección son las reglas de la vida, y no decretos arbitrarios. La sociedad no puede existir ni aquí ni en el cielo, si los hombres no dejan de matarse unos a otros. Esto parece tan evidente que nadie intentaría discutirlo. El homicidio tiene sus raíces en el odio. No sería seguro permitir a quién odia a su hermano u odia a cualquier otro, vivir en el cielo con otras personas. Sería una insensatez esperar paz y armonía en tales condiciones. Los hombres han demostrado abundantemente que el odio conduce al homicidio. Ello no necesita ya demostración. Si Dios espera tener un
cielo pacífico, debe excluir a los homicidas. Eso significa, que debe excluir a todos los que odian.
 
Pero significa más. El amor es el único antídoto eficaz contra el odio. Únicamente el que ama está seguro. La ausencia de amor significa odio tarde o temprano. De ahí que el amor venga a ser una de las leyes de la vida. Únicamente el que ama cumple la ley, y de ahí se desprende que sea el único que tiene derecho a vivir. Ese derecho no debe ser puesto en peligro permitiendo que florezca el odio. Los que lo acarician en su vida, violan la ley de la vida. No sería seguro salvar a los tales, aun cuando quisieran ser salvos. No debe haber homicidas en el cielo, ni violadores del mandamiento que dice: "No matarás". El mismo argumento se aplica con respecto a todos los demás mandamientos.
 
Por lo tanto, cuando Dios admite a los hombres y a los ángeles a sentarse en el juicio, hace algo más que simplemente asociárselos. Es necesaria la seguridad que dará una parte personal en el juicio. Pero este asunto implica mucho más. Cuando Dios admite a los santos y a los ángeles a participar en él, en realidad están dictando sentencia acerca de la obra de Dios. Las reglas, los principios, las leyes que gobiernan a hombres y ángeles, caen bajo su escrutinio. En cierto sentido, están juzgando a Dios (Romanos 3:4).
 
A la luz de estas declaraciones, el hecho de que los hombres y los ángeles expresan al fin de la controversia su creencia en la justicia y rectitud de Dios, cobra un significado adicional. La gran cuestión ha sido siempre: ¿Es Dios justo, o son veraces las acusaciones de Satanás? Al fin del conflicto, el ángel dice: "Justo eres tú, oh Señor". Otro ángel exclama: "Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos". La "gran multitud en el cielo", alaba con estas palabras: "¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos". Los que han vencido sobre la bestia y la imagen declaran: "Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos". Y al reasumir Dios el gobierno en el trono, "una gran multitud", "como la voz de grandes truenos" exclama: "¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!" Pero Dios no quiere reinar solo. Cuando a "los reinos del mundo" hayan "venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo"; cuando el acusador quede finalmente derribado, entonces el trono de Dios y del Cordero se establecerá. 
 
¡Gloriosa consumación de nuestra esperanza! (Apocalipsis 16:5 y 6; 19:1 y 2; 15:3; 19:6; 11:15; 12:10; 22:5).
 
 

CORTECIA DE: RECURSOS ESCUELA SABÁTICA

Rolando D. Chuquimia – rdchuquimia@ciudad.com.ar

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