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Hay
una tendencia creciente a no creer en una resurrección corporal.
Los partidarios de la alta crítica han descartado esta idea hace
mucho, y muchos cristianos propenden a hacer lo mismo. No pueden
ver ninguna necesidad de la resurrección del cuerpo; para ellos la
existencia futura es completamente espiritual. Por la misma razón,
consideran innecesario un juicio futuro. Si el alma está ya
disfrutando de la felicidad de una existencia etérea, o si ya está
experimentando las torturas de los réprobos, parecería absurdo
interponer un juicio. Este debe haberse realizado antes que se
haya decidido el estado futuro, y no después.
La creencia en la bienaventuranza o condenación inmediata después
de la muerte hace que un juicio futuro, al fin del mundo, no sea
solamente innecesario, sino inconsecuente.
La Biblia es muy clara en sus declaraciones acerca de estos dos
temas. Hay una resurrección corporal. Hay un juicio. Como aquí nos
preocupa mayormente el juicio, le dedicaremos ahora nuestro
estudio, observando tan sólo, de paso, que parece mucho más
satisfactoria la idea de que la existencia de los salvos se
ajustara al plan original del huerto de Edén. Parece razonable
pensar que Dios no lo ha abandonado. Y si no lo ha hecho, deberá
haber una resurrección del cuerpo.
La idea de un juicio al fin del mundo presupone que los hombres no
reciben su castigo o recompensa al morir. Esto parece lógico.
Además está apoyado por evidencias bíblicas. Consideremos el
asunto un poco más en detalle.
Dando por sentado la creencia en el castigo y la recompensa,
observemos primero que el registro de ningún hombre puede
completarse al morir. Su vida terminó, pero su influencia
continúa, "sus obras con ellos siguen". Si somos responsables de
nuestra influencia, y creemos que así debe ser, el registro no
puede ser completado hasta el fin del tiempo.
Al decir esto no deseamos dar a entender que un hombre no haya
sellado su destino cuando muere. Creemos que sí. Todo lo que
queremos afirmar es que a menos que el juicio presuponga el mismo
castigo o recompensa para todos, el registro no puede cerrarse al
morir. Puede sí argüirse que se sabe si una persona está salva o
perdida, y que por lo tanto, es admitida provisionalmente en un
lugar u otro.
Pero esto no resuelve la dificultad. Aun en los tribunales
terrenales, el resultado de un crimen cometido tiene que ser
aguardado antes que se pronuncie el juicio. Si en una pelea a
tiros un hombre queda herido, el juicio no se basa en el efecto
inmediato, sino en el resultado final de los tiros. El herido
quizá muera al cabo de una o dos semanas. El heridor no puede
exigir un juicio inmediato, basado en el hecho de que el herido
vive aún, y que, por lo tanto, no es culpable de homicidio en caso
de la muerte de su víctima.
El hombre es responsable de más que el efecto inmediato de sus
actos. Por consiguiente parece lógico que el juicio se postergue
hasta que todos los hechos estén reunidos, y llegar así a una
apreciación justa.
Si admitimos que algunos serán castigados de muchos azotes y otros
con pocos (Lucas 12:48), el juicio no puede realizarse hasta que
todos los factores puedan ser considerados. Esto será hecho
únicamente en el tiempo designado por Dios: el fin del mundo, lo
cual armoniza con la declaración de que Dios reserva "a los
injustos para ser castigados en el día del juicio" (2 Pedro 2:9).
Los impíos han de ser juzgados por los justos. "Los santos han de
juzgar al mundo" (1 Corintios 6:2). Así como los ángeles tienen su
obra que hacer en el cielo, los redimidos tendrán la suya. Dios
revela sus planes a los redimidos, y les confía responsabilidades.
A los santos se les da el privilegio de juzgar. Hablando
humanamente, Dios no quiere correr ningún riesgo de descontento o
dudas. Es concebible que se perderán algunas personas a quienes
otras consideraban dignas de salvarse. Al echárselas de menos en
el cielo, podría surgir en la mente de los que las conocieron
alguna duda acerca de por qué falta. Quizá se trate de una persona
muy querida para nosotros, a quien amamos, y por quien hemos
orado. Ahora está perdida. No conocemos las circunstancias; no
sabemos por qué. Si tenemos parte en el juicio; si nosotros mismos
examinamos el caso y las pruebas; si después de pesar todos los
factores, llegamos por fin a la conclusión de que esa persona no
quiso ser salva y no se hallaría feliz en el cielo, ninguna duda
se levantará jamás en nuestra mente en cuanto a la justicia de lo
que se hizo. Además, este arreglo asegura un juicio justo y
misericordioso.
Habremos amado a algunos de los que se perderán. Habremos orado
por ellos. Seremos bondadosos para con ellos hasta el fin. Ninguno
será castigado más de lo que merece. El plan de Dios nos asegura
esto.
Debe notarse también este hecho. Puesto que si parte del propósito
de Dios al darnos participación en el juicio consiste en
asegurarse de que no se levantará duda jamás en nuestra mente, los
santos tienen que juzgar a su propia generación y a sus propios
conocidos. Esto es a la vez terrible y bueno. Dios no debe correr
el riesgo de que alguien diga o piense: "Algunos de mis amigos se
han perdido, y nunca tuve oportunidad de averiguar exactamente lo
que sucedió. Pensaba que debían salvarse. Los comprendía mejor que
cualquier otra persona. Me gustaría haber conocido algo más de su
caso". Eso no podrá suceder nunca. Dios cuidará de ello. Cada uno
quedará convencido de su justicia y su misericordia. El plan
divino está debidamente ordenado. Sabremos por qué ciertas
personas se pierden, pues tendremos parte en su juicio.
Si lo dicho es correcto, no puede haber juicio al morir. Un grupo
de cristianos ora por un joven extraviado. Día tras día, año tras
año, pero sin resultado. Luego el joven muere repentinamente. ¿Qué
diremos de su juicio? Los que lo conocen, los que han orado por
él, están todavía vivos. Si el joven ha de ser juzgado por los
santos inmediatamente, tendrían que morir todos enseguida también
para tener parte en su juicio. De otra manera, tendría que ser
juzgado por otros que no lo conocieron. Esto se aplica a todos los
impíos que vivieron alguna vez. No podrían ser sometidos a juicio
ordinariamente hasta una generación después de su muerte, si es
que han de ser juzgados por los santos. Pero, si no son juzgados
por los santos, o lo son por otras personas desconocidas de ellos,
frustraría el plan de Dios. Por lo tanto, sostenemos que el juicio
de los impíos no ocurre al morir. Dios dice que están reservados
para el juicio al fin del mundo.
Aunque es verdad que cada generación comprende mejor a la suya y
tiene que ser juzgada a la luz de sus propios conocimientos, de
manera que un pecador del Antiguo Testamento no debe ser medido
por las normas del Nuevo, es también verdad que antes de que pueda
realizarse cualquier juicio justo es necesario que haya cierto
conocimiento de las reglas y los principios guiadores generales de
la conducta. La muerte de Cristo debe ser tenida en cuenta, como
también su expiación y enseñanza. En vista de esto, ¿cómo podrían
los santos de las primeras generaciones que vivieron en la tierra
haber juzgado a los impíos de su generación?
La idea de que los santos tengan parte en el juicio debe ser
abandonada si el juicio se realiza al morir. Es un plan admirable
el que Dios ha concedido. Hace del cielo un lugar seguro y levanta
una barrera eficaz contra cualesquiera dudas ulteriores.
¿Y qué diremos del juicio de los justos? Es evidente que tiene que
realizarse alguna investigación antes de que se les permita entrar
en la bienaventuranza eterna. Debe decidirse si su vida y actitud
justifican que se les confíe la vida inmortal; y ha de llegarse a
esta decisión antes que venga el Señor para llevarlos al cielo. No
es más razonable salvar a los justos y tener luego el juicio que
condenar a los impíos y emplazarlos luego ante el tribunal. Pero
hay una diferencia. Los impíos no son destruidos hasta el fin de
los mil años (Apocalipsis 20:4 y 5). Eso da abundante tiempo para
juzgarlos después que el Señor venga.
Pero no sucede así con los que profesan servir a Dios. Sus casos
deben ser decididos antes que venga el Señor, para saber si
merecen recibir el galardón, o no (Apocalipsis 22:12). De ahí que
su condición deba ser determinada de antemano.
Algunos se han opuesto a esta enseñanza. No creen que habrá un
juicio de los justos antes que venga el Señor. Sin embargo, esto
parece ser lo único consecuente. Sus casos tienen que ser
decididos antes del regreso de Jesús; de lo contrario, ¿cómo puede
saber quién se ha de salvar? Si se objeta la frase "juicio
investigador" debe hallarse otra mejor. Estamos dispuestos a
aceptarla. No es un juicio ejecutivo. La Biblia lo llama "la hora
de su juicio" en contraste con el "día en el cual juzgará al
mundo" (Apocalipsis 14:7; Hechos 17:31). Creemos que la expresión
"juicio investigador" se adapta mejor al caso del juicio de los
justos.
Parece perfectamente lógico que cuando se presenta la cuestión de
quiénes han de salvarse, los ángeles estén presentes para dar su
testimonio y seguir los procesos (Daniel 7:9 y 10). Han estado
vitalmente preocupados por nuestro "Bienestar; han sido espíritus
ministradores. Vamos a asociarnos con ellos y estar con ellos, y
tienen derecho a saber quiénes han de ser admitidos en las moradas
celestiales. Esto también es plan de Dios. Los ángeles han
experimentado algunos de los resultados del pecado. Han visto
apostatar a Lucifer, y a millones de ángeles irse con él. Han
visto al Salvador sufrir y morir, y conocen la miseria que el
pecado ha causado. Están vitalmente interesados en saber quiénes
han de recibir la vida eterna. No tienen intención de repetir el
experimento con el pecado por el cual han pasado. Es, por lo
tanto, un plan sabio de Dios que tengan parte en los procesos.
El día de las expiaciones es una figura adecuada del día del
juicio. Sería bueno que el lector repasara el capítulo16
que lo trata a la luz de estas consideraciones. En ese día se
hacía separación entre los justos y los impíos. La decisión
dependía enteramente de quiénes habían confesado sus pecados y
quiénes no. Eran borrados los pecados de los que habían traído sus
ofrendas y cumplido el ritual. Los otros eran "cortados".
No sabemos si en el santuario terrenal se llevaba un registro de
los que se presentaban con un sacrificio durante el año. Aunque es
posible, no es probable. Sabemos, sin embargo, que la sangre
asperjada constituía en sí misma un registro. Dios había ordenado
que se trajeran sacrificios. Creemos que él respetaba su propia
orden y tomaba nota de que le servían en verdad, justicia e
integridad. En su libro eran registrados como fieles.
Acerca del juicio del último día está escrito: "El que no se halló
inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego"
(Apocalipsis 20:15). Este texto habla definidamente del libro de
la vida, y dice, en efecto, que únicamente aquellos cuyos nombres
sean hallados en él serán salvos. Notemos lo que dice: "El que no
se halló inscrito en el libro de la vida". Esto significa un
examen del libro para descubrir cuáles son los nombres registrados
en él. ¿No es esto una investigación?
Es como si se diera la orden: "Mirad si este nombre se encuentra
en el libro". La expresión "el que no se halló inscrito",
justifica el argumento de que hay un examen del registro, que
tiene como resultado la separación para salvación o condenación.
Es tan claro que debe haber una investigación del registro llevado
en el cielo antes que venga el Señor, que parece extraño que
alguno pueda dudar seria o sinceramente de ello. Es cierto que si
Dios lo deseara podría decidir en un momento todas las cuestiones
acerca del destino futuro de cada uno con exactitud infalible.
Pero entonces, los ángeles ni los hombres participarían en el
juicio. Y esto es vital. Dios debe proteger en lo posible la
existencia futura. Los hombres, por su propia investigación,
tienen que estar seguros de la justicia del castigo impuesto. Los
ángeles que han sido espíritus ministradores, deben estar
presentes como testigos cuando los santos sean juzgados. Por esta
razón se llevan los libros. Por esta razón están presentes en el
juicio millones de ángeles (Daniel 7:10).
Dios da todos los pasos necesarios para asegurar el futuro. El
cielo y la tierra deben ser protegidos. Dios no admitirá
repentinamente a millones de seres humanos a la felicidad del
cielo y el privilegio de la vida eterna sin consultar a los
ángeles.
Volvemos a recalcar este pensamiento con reverencia. Los ángeles
han pasado por tristes vicisitudes a causa del pecado. Han visto a
millones de sus compañeros perderse. Han visto a Cristo morir en
la cruz. Han conocido algo del pesar del Padre por causa del
pecado. Lloraron de tristeza cuando un hijo de Dios pecaba y de
alegría cuando un pecador se redimía. ¿No estarán, entonces,
interesados en la concesión de la vida eterna a millones de
pecadores salvados? ¿No deben tener alguna seguridad de que el
admitir a los hombres en el cielo, su morada, no significa
introducir el pecado? Hablamos lenguaje humano. Creemos que deben
tener tal seguridad. Y creemos que Dios les da. Por eso están
presentes cuando los casos de los justos se definen. Así como los
santos participan en el juicio de los impíos, los ángeles
participan en el juicio de los justos. Esto constituye una
seguridad para lo futuro. Ninguna duda se levantará ni podrá jamás
levantarse en la mente de nadie. Dios cuida de que esto sea así.
Durante el milenio los ángeles tendrán oportunidad de conocernos
mejor y nosotros a ellos. Trabajaremos junto con ellos en el
juicio. Durante ese tiempo serán juzgados los hombres y los
ángeles malos. Nosotros participaremos en el juicio. Los ángeles
también. Los hombres y los ángeles tienen compañeros que se
perderán y en quienes tienen interés. Dios protege todos los
intereses de manera que el pecado no se levante por segunda vez.
Los ángeles han llevado el registro. Lo que está escrito en los
libros ha sido escrito por ellos. ¿No han de participar en el
examen del registro cuando se hacen las decisiones finales?
Tendrán una parte en la ejecución del juicio (Apocalipsis 20:1-3;
18:21; Ezequiel 9:1-11). Al concluir éste, darán su testimonio en
cuanto a la justicia de las decisiones hechas (Apocalipsis 16:5 y
7). Podrán hacerlo porque conocen los factores implicados. "El
Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano"
(Juan 3:35). Tal vez no estemos seguros de por qué el Padre ha
dado todas las cosas en las manos del Hijo. Pero se lo repite
tantas veces, que es claro que Dios desea que lo sepamos. Además
de la declaración ya citada, notemos lo siguiente: "Todo lo
sujetaste bajo sus pies" (Hebreos 2:8). "Todas las cosas me fueron
entregadas por mi Padre" (Mateo 11:27; Lucas 10:22). "Le has dado
potestad sobre toda carne" (Juan 17:2). Este poder incluye el de
juzgar. "El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al
Hijo" (Juan 5:22). Cristo es "puesto por Juez de vivos y muertos"
(Hechos 10:42). Dios "juzgará al mundo con justicia, por aquel
varón a quien designó" (Hechos 17:31). Esto incluye la ejecución
del juicio, porque el Padre "le dio autoridad de hacer juicio, por
cuanto es el Hijo del Hombre" (Juan 5:27).
De hecho, la concesión de la autoridad al Hijo puede resumirse en
la declaración abarcante de Cristo mismo: "Toda potestad me es
dada en el cielo y en la tierra" (Mateo 28:18). Esto no deja duda
alguna en cuanto al alcance del poder que se ha dado. Es toda
potestad en el cielo y en la tierra.
Estas declaraciones resultan muy interesantes en vista de las
palabras usadas. El Padre tenía todas estas potestades, pero por
alguna razón las legó al Hijo. Notemos cómo Dios ha "dado",
"sujetado", "entregado", "puesto", "designado". En algún tiempo
pasado, Dios puso todas las cosas bajo Cristo, le dijo que
reinase, que ejecutase el juicio y le dio toda potestad en el
cielo y en la tierra.
Toda la controversia revela un rasgo muy consolador del carácter
del Padre. Podría haber tratado a los rebeldes en forma diferente.
No necesitaba haber escuchado las acusaciones hechas contra él por
Satanás. Pero sometió su caso para que fuera decidido de acuerdo
con las evidencias presentadas. Podía aguardar y dejar que los
seres creados decidieran por su cuenta. Sabía que su caso era
justo y que podía resistir la investigación. Fue eminentemente
recto en todo.
Esto nos induce a creer que el juicio venidero se realizará de
acuerdo con nuestros más altos conceptos de justicia y rectitud,
sin mencionar la misericordia. Dios no es vengativo. No aguarda
una oportunidad para darnos el "merecido". El quiere que todos los
hombres se arrepientan y se salven. No se deleita en la muerte del
impío.
Hay, sin embargo, algunas cosas que Dios no puede hacer. Se
sentiría feliz de salvar a todos, pero no sería lo mejor hacerlo.
Hay varias razones para ello. Muchos no desean ser salvos en las
únicas condiciones que pueden asegurar la vida. Las reglas que
Dios ha trazado para nuestra dirección son las reglas de la vida,
y no decretos arbitrarios. La sociedad no puede existir ni aquí ni
en el cielo, si los hombres no dejan de matarse unos a otros. Esto
parece tan evidente que nadie intentaría discutirlo. El homicidio
tiene sus raíces en el odio. No sería seguro permitir a quién odia
a su hermano u odia a cualquier otro, vivir en el cielo con otras
personas. Sería una insensatez esperar paz y armonía en tales
condiciones. Los hombres han demostrado abundantemente que el odio
conduce al homicidio. Ello no necesita ya demostración. Si Dios
espera tener un
cielo pacífico, debe excluir a los homicidas. Eso significa, que
debe excluir a todos los que odian.
Pero significa más. El amor es el único antídoto eficaz contra el
odio. Únicamente el que ama está seguro. La ausencia de amor
significa odio tarde o temprano. De ahí que el amor venga a ser
una de las leyes de la vida. Únicamente el que ama cumple la ley,
y de ahí se desprende que sea el único que tiene derecho a vivir.
Ese derecho no debe ser puesto en peligro permitiendo que florezca
el odio. Los que lo acarician en su vida, violan la ley de la
vida. No sería seguro salvar a los tales, aun cuando quisieran ser
salvos. No debe haber homicidas en el cielo, ni violadores del
mandamiento que dice: "No matarás". El mismo argumento se aplica
con respecto a todos los demás mandamientos.
Por lo tanto, cuando Dios admite a los hombres y a los ángeles a
sentarse en el juicio, hace algo más que simplemente asociárselos.
Es necesaria la seguridad que dará una parte personal en el
juicio. Pero este asunto implica mucho más. Cuando Dios admite a
los santos y a los ángeles a participar en él, en realidad están
dictando sentencia acerca de la obra de Dios. Las reglas, los
principios, las leyes que gobiernan a hombres y ángeles, caen bajo
su escrutinio. En cierto sentido, están juzgando a Dios (Romanos
3:4).
A la luz de estas declaraciones, el hecho de que los hombres y los
ángeles expresan al fin de la controversia su creencia en la
justicia y rectitud de Dios, cobra un significado adicional. La
gran cuestión ha sido siempre: ¿Es Dios justo, o son veraces las
acusaciones de Satanás? Al fin del conflicto, el ángel dice:
"Justo eres tú, oh Señor". Otro ángel exclama: "Ciertamente, Señor
Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos". La "gran
multitud en el cielo", alaba con estas palabras: "¡Aleluya!
Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro;
porque sus juicios son verdaderos y justos". Los que han vencido
sobre la bestia y la imagen declaran: "Justos y verdaderos son tus
caminos, Rey de los santos". Y al reasumir Dios el gobierno en el
trono, "una gran multitud", "como la voz de grandes truenos"
exclama: "¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso
reina!" Pero Dios no quiere reinar solo. Cuando a "los reinos del
mundo" hayan "venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro
Dios, y la autoridad de su Cristo"; cuando el acusador quede
finalmente derribado, entonces el trono de Dios y del Cordero se
establecerá.
¡Gloriosa consumación de nuestra esperanza! (Apocalipsis 16:5 y 6;
19:1 y 2; 15:3; 19:6; 11:15; 12:10; 22:5).
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