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Reseña Critica del Libro de Roy Adams

 
(El Santuario)
 

1era. Parte

  Por: Dr. Alberto R. Traiyer
   
 
La razón por la cual presentamos esta reseña crítica del libro de Adams, es porque se ha estado difundiendo su libro por doquiera, en varios idiomas, y por las casas publicadoras de nuestra iglesia, sin que nadie se dé el trabajo de mostrar la confusión que levanta sobre nuestras creencias básicas relacionadas con el tema del santuario. Últimamente su obra se ha traducido al español, y se la está anunciando a la hermandad hasta en los folletos de la Escuela Sabática en los Estados Unidos, como revelando la esencia del pensamiento adventista. En más de un lugar me he encontrado con gente alarmada por lo que lee, en abierta contradicción al testimonio de la Palabra de Dios y del Espíritu de Profecía.
Al analizar esta obra, sin embargo, no me propongo ser exhaustivo en la explicación de sus problemas. Siendo que he abordado todos estos temas en obras anteriores, en algunos casos vi oportuno referirme a esas obras para que el lector que anhele una respuesta más abarcante, sepa donde obtenerla. Esperamos que, movidos por el Espíritu de Dios y el anhelo de conocer más a fondo la verdad para estos tiempos, este trato abierto y franco de los problemas que vemos en la obra de Adams, pueda ayudar a muchos a interesarse en estos temas vitales, y afirmar su fe en la verdad que Dios nos dio.
El libro pretende ser una expansión de la tesis doctoral que el autor completó “antes de la crisis sobre la doctrina del santuario en la Iglesia Adventista”, que tuvo lugar al comenzar los años 80 (7). Sin embargo, no tiene en cuenta lo que los autores adventistas aportaron después de esa crisis, por lo que el autor sigue con los mismos problemas que encontró entonces, y que no supo resolver. Su inseguridad con respecto a muchas cosas se ve a lo largo de todo el libro. Ya desde el comienzo procura cubrirse diciendo:  “Yo no me veo como proveyendo, en ningún sentido, una formulación definitiva (o aún reformulación) de la posición Adventista del santuario…” “Nadie debe esperar concordar conmigo en cada punto. Eso sería imposible e innecesario” (14).
 
El modelo 
Al no poder descubrir ciertos principios bíblicos básicos que nos permiten entender la proyección tipológica de las sombras o símbolos del santuario terrenal, Adams piensa encontrar en un “sentido común santificado” (46,75,81) o “iluminado” (50), o en cierto “instinto espiritual” particular (49), la clave para descartar la correspondencia espacial del santuario terrenal con el celestial. Compara, por ejemplo, el altar de los holocaustos que Dios reveló a Moisés en el monte, con la cruz de Cristo donde murió como Cordero de Dios, para concluir afirmando que entre la representación simbólica (el altar) y la realidad (la cruz), la “forma física” cambia drásticamente (46-47). Pero, ¿debiera este hecho llevarnos a creer que toda forma física cambia, especialmente en los muebles interiores? Debemos recordar que Dios reveló a Moisés algo más que un modelo o copia de lo que hay en el cielo. Moisés tuvo también una revelación de la obra que el Hijo de Dios iba a cumplir en la tierra, y es allí donde encontramos algunos cambios.
El problema de Adams en este respecto, es que adopta una lógica personal a la que considera “santificada”, pero que no se sujeta a todo el contenido de la Palabra de Dios. Al encontrarse con ciertos contrastes como el del altar exterior y la cruz del Calvario, Adams piensa obtener un principio hermenéutico que le permita corregir, desde allí, toda la correspondencia espacial terrenal-celestial que nuestros pioneros vieron en los muebles interiores del santuario en ambas dispensaciones. Se da cuenta, sin embargo, que no todo es contraste, pero para ser consistente con su lógica peculiar, recurre al método más fácil y cómodo que usaron los antiguos alejandrinos para explicar lo que no entendían, esto es, la alegoría. En efecto, Adams termina negando la realidad literal de lo que hay en el templo celestial para quedarse con una correspondencia únicamente conceptual, funcional y teológica (48).
Adams sabe que su análisis es subjetivo. Por eso tiene que reconocer que en la búsqueda de correspondencias y contrastes bíblicos, le resulta “frustrante” no poder encontrar “ninguna regla hermenéutica (interpretativa) fija para seguir” (50). Esto lo lleva a renunciar a un análisis científico del simbolismo de la Escritura (50). En su lugar, prefiere apoyarse en un “instinto espiritual” que, según ya vimos, reconoce que no todos tienen.
 
La naturaleza de los contrastes y de las correspondencias
En la tipología bíblica del santuario hay contrastes y correspondencias. Contrariamente a lo que Adams quiere entender, tales contrastes y correspondencias se dan tanto en lo espacial como en lo funcional. Y así como no podemos negar las correspondencias por los contrastes, tampoco podemos negar los contrastes por las correspondencias. En relación con esto, Adams no parece darse cuenta que de la misma manera con que niega las correspondencias espaciales y físicas de los lugares interiores del templo celestial, otros han terminado negando también la correspondencia funcional y teológica que el trata de rescatar. No ve que para evitar caer en la trampa que tiende a menudo la lógica moderna, debemos ajustar nuestra lógica a los contenidos que nos da la Biblia misma, y aceptarlos por fe.
Veamos algunos ejemplos. Para algunos autores católicos, Jesús aparece en la Epístola a los Hebreos sentado a la diestra de Dios (Heb 10:12-13), una posición cuyo significado teológico interpretan como el de ceder su sacerdocio a otros, esto es, al sacerdocio romano. El argumento es que un sacerdote no oficia sentado. Así procuran abrir tales autores, un espacio para justificar un sacerdocio terrenal que suplante al sacerdocio celestial del Hijo de Dios.
Otros autores modernos enfatizan tanto los contrastes tipológicos espaciales y funcionales que existen entre el sistema de culto antiguo y el nuevo (cf. Heb 7:23-24,27-28), que terminan negando toda correspondencia. El único propósito que tendría el apóstol en la Epístola a los Hebreos, según estos autores, es de mostrar la inutilidad del culto antiguo. Al no haber, según esta opinión, lugares correspondientes en el templo celestial, Jesús se habría sentado a la diestra de Dios de una vez por todas, para efectuar un sacerdocio (aspecto funcional), sin ninguna relación con el servicio efectuado por el sacerdocio antiguo (por referencias, véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement and the Heavenly Sanctuary. From the Pentateuch to Revelation (Siloam Springs, 1992), 369-448.
Volvamos, sin embargo, a lo que nos interesa destacar. Comencemos afirmando que lo espacial y lo funcional está entrelazado, y que algunos contrastes les compiten a ambos. Por ejemplo, el Hijo de Dios no usa sangre en su ministerio celestial. Su mismo cuerpo, glorificado, se lo ve como inmolado (Apoc 5:6), y la seña que presenta ante el Padre para probar que se efectuó el sacrificio en favor del pecador, son las llagas que quedaron en sus manos. El desempeño de Jesús, por consiguiente, varía algo también en relación con el papel que desempeñaban los sacerdotes terrenales.
 
La solución de Pablo
Esta dificultad no es nueva. Los judíos del primer siglo también encontraron en el evangelio ciertos contrastes que no sabían cómo entenderlos entre lo que habían practicado hasta allí, y lo que las buenas nuevas les ofrecían. Muchos comenzaron a enfatizar tanto esos contrastes tipológicos, que no podían percibir la correspondencia entre el culto antiguo y el nuevo. El apóstol Pablo fue llamado para ayudarlos a entender, y haríamos mucho bien si, en lugar de proceder como los judíos de entonces, prestamos atención a la manera en que el apóstol resolvió el problema. El no emparejó todo el contenido tipológico a partir de los contrastes, negando las correspondencias claras que Dios dio entre ambos santuarios. Tampoco se esforzó por negar los contrastes al querer enfatizar su cumplimiento en el ministerio sacerdotal celestial de Cristo. Se basó en el testimonio ya revelado del Antiguo Testamento para determinar qué es diferente y qué es correspondiente.
Ante sus hermanos judíos que rechazaban el sacerdocio de Cristo en los cielos porque no era en todo igual al sacerdocio terrenal, Pablo se preocupó por destacar las correspondencias. Esto lo hizo de diferentes maneras. Una de ellas fue empleando la palabra “necesario”. Por ejemplo, siendo que todo sacerdote entraba al santuario para ofrecer la sangre de los sacrificios, Pablo entendió que “era necesario” que Jesús, como el sumo sacerdote de los “bienes venideros”, también tuviese un sacrificio que ofrecer, el suyo propio (Heb 8:3,11-12). En otras palabras, el ritual judío tenía un propósito, y era el de señalar su cumplimiento futuro en el ministerio sacerdotal del Hijo de Dios en el templo celestial (Heb 8:1-2).
Pablo alude también a la purificación de la copia terrenal (su santuario), que se requería anualmente por los pecados que se habían transferido allí por la sangre del sacrificio (Heb 9:22). Igualmente necesario era, según el apóstol, que la realidad celestial (su templo), fuese purificada con mejores sacrificios, el de Cristo mismo (Heb 9:23:  Biblia de Jerusalén).
Ahora bien, si Pablo quería mostrar la correspondencia entre los dos santuarios y su ministerio, ¿cómo se las arregló para explicar los contrastes innegables que aparecen entre las dos dispensaciones? No dando rienda suelta a la imaginación, ni a ningún “instinto espiritual” particular, sino recurriendo a la Palabra de Dios, y sometiendo su lógica a los límites impuestos por la revelación divina. En efecto, Pablo arguyó que tales contrastes estaban anticipados en ciertas profecías del Antiguo Testamento, con el propósito de que pudiésemos entender su significado.
Por ejemplo, en el Sal 40, Dios anticipó que en lugar de un animal moriría un descendiente de David (Heb 10:5-10). En lugar de la descendencia de Leví, el Salmo 110 anunciaba que el futuro sumo sacerdote sería descendiente de Judá, del cual provino también David, y cuyo ministerio sería más abarcante, ya que no sería sólo sacerdote, sino también rey como Melquisedec (Heb 7). A partir de allí, demostró también el apóstol que el sacrificio y ministerio de los bienes venideros sería definitivo, esto es, no repetible, permitiendo al sumo pontífice celestial ejercer su ministerio sin tener que estar saliendo del templo y volviendo a entrar, interminablemente, para volver a ofrecer sacrificios (Heb 10).
E. de White procedió de la misma manera. Tuvo al principio de su carrera una visión de Jesús sentado a la diestra de Dios en un trono en el lugar santo del templo celestial. Eso no lo encontramos en el ritual del Antiguo Testamento. Ella justificó su visión, sin embargo, en la visión de Zac 6. Aunque podemos admitir, como algunos autores católicos, que los sacerdotes terrenales no oficiaban sentados en el lugar santo, en el caso de nuestro sumo sacerdote celestial, Dios había anticipado proféticamente que sería “sacerdote sobre su trono” (Zac 6:13;  véase Heb 1:8;  8:1-2;  10:12-13;  Rom 8:34). Más detalles en A. R. Treiyer, La Crisis Final en Apoc 4 y 5, 1998, 125-126.
 
Correspondencia física y espacial
    ¿Podemos usar todos estos contrastes, como pretende Adams, para corregir nuestra comprensión espacial del santuario celestial, y negar su correspondencia física en referencia a los muebles y lugares en los que debían encontrarse? En absoluto. ¿Dónde está la profecía que habría anticipado tal cambio? Ni Adams, ni nadie ha podido encontrar alguna, ni podrá encontrarla, porque no existe ninguna. Al contrario, cuando somos llevados en la visión del apóstol Juan al interior del templo celestial, vemos sus muebles en los lugares santo y santísimo, tal como aparecían en el santuario terrenal. En lugar de descubrir algún cambio o profecía que lo justifique, vemos una correspondencia admirable que ningún israelita del primer siglo iba a negar.
En efecto, Pablo arguye que Jesús entró dentro del velo (Heb 6:19-20;  10:20), y Juan vio puertas que se abrían y cerraban en los distintos momentos del ministerio de Jesús en el cielo (Apoc 3:7-8;  4:1;  11:19;  15:5). En lugar de argumentar teológicamente como Pablo, Juan fue llevado a ver por sí mismo la realidad del templo celestial, y menciona sus puertas y muebles en perfecta correspondencia con el interior del templo terrenal (Apoc 1:13;  3:7-8; 4:1,5; 8:4;  9:13;  11:19, etc.). A diferencia de algunos símbolos a los que se refirió con términos de “como” o “semejante a” (Apoc 4:6-7;  5:6), describió lisa y llanamente los muebles del templo celestial como lo hubiera hecho al referirse a los muebles del templo terrenal.
 
Correspondencia espacial y funcional en el Espíritu de Profecía 
Algo semejante y más explícito aún encontramos en los escritos de E. de White. “Como el ministerio de Cristo se dividiría en dos grandes partes, ocuparía cada una un período y tendría un sitio distinto en el santuario celestial, así también el culto simbólico consistía en el servicio diario y el anual, y a cada uno de ellos se dedicaba una sección del tabernáculo”, PP, 371. “Los lugares santos del santuario celestial están representados por los dos departamentos del santuario terrenal”, CS, 466.
“Así como en el santuario terrenal había dos compartimentos, el santo y el santísimo, hay dos lugares santos en el santuario celestial. Y el arca que contiene la ley de Dios, el altar del incienso, y otros instrumentos de servicio que se encontraban en el santuario terrenal, tienen también su contraparte en el santuario de arriba”, Spirit of Prophecy, IV, 26. “También se me mostró en la tierra un santuario con dos departamentos. Se parecía al del cielo, y se me dijo que era una figura del celestial. Los enseres del primer departamento del santuario terrenal eran como los del primer departamento del celestial. El velo estaba levantado;  miré el interior del lugar santísimo y vi que el mueble era el mismo que el que se encuentra en el lugar santísimo del santuario celestial”, PE, 252.
 
Semejanzas en los templos paganos 
Llama la atención que Adams se esfuerce tanto en destacar los contrastes tipológicos del santuario terrenal con el celestial, y no muestre ninguna preocupación por distinguir los contrastes entre los templos paganos y el de Israel. Al contrario, da por sentada su semejanza para deducir que, al haber sido construidos antes que el templo de Israel, esos templos paganos no podrían entendérselos como habiendo sido construidos también conforme al modelo celestial (51). Tampoco percibe esta vez que, con la misma cara de la moneda, otros le espetarán igualmente que hay semejanzas en la funcionalidad de muchos ritos paganos con los levíticos y que, por consiguiente, tampoco podría argumentar Adams que Moisés recibió en el monte un modelo funcional del ministerio sacerdotal del Hijo de Dios (véase contrastes y semejanzas en los templos y rituales paganos en A. R. Treiyer, The Day of Atonement. From the Pentateuch to Revelation,1992, cap. 4).
No es éste el lugar para considerar en detalle este tema. Será tal vez suficiente afirmar aquí que, aún admitiendo ciertas semejanzas entre los templos paganos y el de Israel, hay diferencias que no podemos negar, y que revelan un mensaje diferente que es, en esencia, el del evangelio de Cristo. Por otro lado, debemos recordar que el diablo conoce el templo celestial, pues fue expulsado de allí. Bien podía inspirar de antemano esos cultos demoníacos del mundo pagano, adaptando su forma y servicio para ser honrado aquí en la tierra en lugar de Dios. ¿Habría algo extraño en que intentase hacer en la tierra una réplica de lo que quiso hacer en el templo celestial antes de ser expulsado?(1). ¿No es esto lo que hizo en épocas más recientes con el culto papal romano, en donde se ve una imitación y mezcla asombrosa y blasfema del culto pagano de los romanos y el del antiguo de Israel?.
 

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