| |
La razón por la cual presentamos esta reseña crítica del libro de Adams,
es porque se ha estado difundiendo su libro por doquiera, en varios
idiomas, y por las casas publicadoras de nuestra iglesia, sin que nadie
se dé el trabajo de mostrar la confusión que levanta sobre nuestras
creencias básicas relacionadas con el tema del santuario. Últimamente su
obra se ha traducido al español, y se la está anunciando a la hermandad
hasta en los folletos de la Escuela Sabática en los Estados Unidos, como
revelando la esencia del pensamiento adventista. En más de un lugar me
he encontrado con gente alarmada por lo que lee, en abierta
contradicción al testimonio de la Palabra de Dios y del Espíritu de
Profecía.
Al analizar esta obra, sin embargo, no me propongo ser exhaustivo en
la explicación de sus problemas. Siendo que he abordado todos estos
temas en obras anteriores, en algunos casos vi oportuno referirme a
esas obras para que el lector que anhele una respuesta más
abarcante, sepa donde obtenerla. Esperamos que, movidos por el
Espíritu de Dios y el anhelo de conocer más a fondo la verdad para
estos tiempos, este trato abierto y franco de los problemas que
vemos en la obra de Adams, pueda ayudar a muchos a interesarse en
estos temas vitales, y afirmar su fe en la verdad que Dios nos dio.
El libro pretende ser una expansión de la tesis doctoral que el
autor completó “antes de la crisis sobre la doctrina del santuario
en la Iglesia Adventista”, que tuvo lugar al comenzar los años 80
(7). Sin embargo, no tiene en cuenta lo que los autores adventistas
aportaron después de esa crisis, por lo que el autor sigue con los
mismos problemas que encontró entonces, y que no supo resolver. Su
inseguridad con respecto a muchas cosas se ve a lo largo de todo el
libro. Ya desde el comienzo procura cubrirse diciendo: “Yo no me
veo como proveyendo, en ningún sentido, una formulación definitiva
(o aún reformulación) de la posición Adventista del santuario…”
“Nadie debe esperar concordar conmigo en cada punto. Eso sería
imposible e innecesario” (14).
El modelo
Al no poder descubrir ciertos principios bíblicos básicos que nos
permiten entender la proyección tipológica de las sombras o símbolos
del santuario terrenal, Adams piensa encontrar en un “sentido común
santificado” (46,75,81) o “iluminado” (50), o en cierto “instinto
espiritual” particular (49), la clave para descartar la
correspondencia espacial del santuario terrenal con el celestial.
Compara, por ejemplo, el altar de los holocaustos que Dios reveló a
Moisés en el monte, con la cruz de Cristo donde murió como Cordero
de Dios, para concluir afirmando que entre la representación
simbólica (el altar) y la realidad (la cruz), la “forma física”
cambia drásticamente (46-47). Pero, ¿debiera este hecho llevarnos a
creer que toda forma física cambia, especialmente en los muebles
interiores? Debemos recordar que Dios reveló a Moisés algo más que
un modelo o copia de lo que hay en el cielo. Moisés tuvo también una
revelación de la obra que el Hijo de Dios iba a cumplir en la
tierra, y es allí donde encontramos algunos cambios.
El problema de Adams en este respecto, es que adopta una lógica
personal a la que considera “santificada”, pero que no se sujeta a
todo el contenido de la Palabra de Dios. Al encontrarse con ciertos
contrastes como el del altar exterior y la cruz del Calvario, Adams
piensa obtener un principio hermenéutico que le permita corregir,
desde allí, toda la correspondencia espacial terrenal-celestial que
nuestros pioneros vieron en los muebles interiores del santuario en
ambas dispensaciones. Se da cuenta, sin embargo, que no todo es
contraste, pero para ser consistente con su lógica peculiar, recurre
al método más fácil y cómodo que usaron los antiguos alejandrinos
para explicar lo que no entendían, esto es, la alegoría. En efecto,
Adams termina negando la realidad literal de lo que hay en el templo
celestial para quedarse con una correspondencia únicamente
conceptual, funcional y teológica (48).
Adams sabe que su análisis es subjetivo. Por eso tiene que reconocer
que en la búsqueda de correspondencias y contrastes bíblicos, le
resulta “frustrante” no poder encontrar “ninguna regla hermenéutica
(interpretativa) fija para seguir” (50). Esto lo lleva a renunciar a
un análisis científico del simbolismo de la Escritura (50). En su
lugar, prefiere apoyarse en un “instinto espiritual” que, según ya
vimos, reconoce que no todos tienen.
La naturaleza de los contrastes y de las correspondencias
En la tipología bíblica del santuario hay contrastes y
correspondencias. Contrariamente a lo que Adams quiere entender,
tales contrastes y correspondencias se dan tanto en lo espacial como
en lo funcional. Y así como no podemos negar las correspondencias
por los contrastes, tampoco podemos negar los contrastes por las
correspondencias. En relación con esto, Adams no parece darse cuenta
que de la misma manera con que niega las correspondencias espaciales
y físicas de los lugares interiores del templo celestial, otros han
terminado negando también la correspondencia funcional y teológica
que el trata de rescatar. No ve que para evitar caer en la trampa
que tiende a menudo la lógica moderna, debemos ajustar nuestra
lógica a los contenidos que nos da la Biblia misma, y aceptarlos por
fe.
Veamos algunos ejemplos. Para algunos autores católicos, Jesús
aparece en la Epístola a los Hebreos sentado a la diestra de Dios
(Heb 10:12-13), una posición cuyo significado teológico interpretan
como el de ceder su sacerdocio a otros, esto es, al sacerdocio
romano. El argumento es que un sacerdote no oficia sentado. Así
procuran abrir tales autores, un espacio para justificar un
sacerdocio terrenal que suplante al sacerdocio celestial del Hijo de
Dios.
Otros autores modernos enfatizan tanto los contrastes tipológicos
espaciales y funcionales que existen entre el sistema de culto
antiguo y el nuevo (cf. Heb 7:23-24,27-28), que terminan negando
toda correspondencia. El único propósito que tendría el apóstol en
la Epístola a los Hebreos, según estos autores, es de mostrar la
inutilidad del culto antiguo. Al no haber, según esta opinión,
lugares correspondientes en el templo celestial, Jesús se habría
sentado a la diestra de Dios de una vez por todas, para efectuar un
sacerdocio (aspecto funcional), sin ninguna relación con el servicio
efectuado por el sacerdocio antiguo (por referencias, véase A. R.
Treiyer,
The Day of Atonement and the Heavenly Sanctuary. From the
Pentateuch to Revelation
(Siloam Springs, 1992), 369-448.
Volvamos, sin embargo, a lo que nos interesa destacar. Comencemos
afirmando que lo espacial y lo funcional está entrelazado, y que
algunos contrastes les compiten a ambos. Por ejemplo, el Hijo de
Dios no usa sangre en su ministerio celestial. Su mismo cuerpo,
glorificado, se lo ve como inmolado (Apoc 5:6), y la seña que
presenta ante el Padre para probar que se efectuó el sacrificio en
favor del pecador, son las llagas que quedaron en sus manos. El
desempeño de Jesús, por consiguiente, varía algo también en relación
con el papel que desempeñaban los sacerdotes terrenales.
La solución de Pablo
Esta dificultad no es nueva. Los judíos del primer siglo también
encontraron en el evangelio ciertos contrastes que no sabían cómo
entenderlos entre lo que habían practicado hasta allí, y lo que las
buenas nuevas les ofrecían. Muchos comenzaron a enfatizar tanto esos
contrastes tipológicos, que no podían percibir la correspondencia
entre el culto antiguo y el nuevo. El apóstol Pablo fue llamado para
ayudarlos a entender, y haríamos mucho bien si, en lugar de proceder
como los judíos de entonces, prestamos atención a la manera en que
el apóstol resolvió el problema. El no emparejó todo el contenido
tipológico a partir de los contrastes, negando las correspondencias
claras que Dios dio entre ambos santuarios. Tampoco se esforzó por
negar los contrastes al querer enfatizar su cumplimiento en el
ministerio sacerdotal celestial de Cristo. Se basó en el testimonio
ya revelado del Antiguo Testamento para determinar qué es diferente
y qué es correspondiente.
Ante sus hermanos judíos que rechazaban el sacerdocio de Cristo en
los cielos porque no era en todo igual al sacerdocio terrenal, Pablo
se preocupó por destacar las correspondencias. Esto lo hizo de
diferentes maneras. Una de ellas fue empleando la palabra
“necesario”. Por ejemplo, siendo que todo sacerdote entraba al
santuario para ofrecer la sangre de los sacrificios, Pablo entendió
que “era necesario” que Jesús, como el sumo sacerdote de los “bienes
venideros”, también tuviese un sacrificio que ofrecer, el suyo
propio (Heb 8:3,11-12). En otras palabras, el ritual judío tenía un
propósito, y era el de señalar su cumplimiento futuro en el
ministerio sacerdotal del Hijo de Dios en el templo celestial (Heb
8:1-2).
Pablo alude también a la purificación de la copia terrenal (su
santuario), que se requería anualmente por los pecados que se habían
transferido allí por la sangre del sacrificio (Heb 9:22). Igualmente
necesario era, según el apóstol, que la realidad celestial (su
templo), fuese purificada con mejores sacrificios, el de Cristo
mismo (Heb 9:23: Biblia de Jerusalén).
Ahora bien, si Pablo quería mostrar la correspondencia entre los dos
santuarios y su ministerio, ¿cómo se las arregló para explicar los
contrastes innegables que aparecen entre las dos dispensaciones? No
dando rienda suelta a la imaginación, ni a ningún “instinto
espiritual” particular, sino recurriendo a la Palabra de Dios, y
sometiendo su lógica a los límites impuestos por la revelación
divina. En efecto, Pablo arguyó que tales contrastes estaban
anticipados en ciertas profecías del Antiguo Testamento, con el
propósito de que pudiésemos entender su significado.
Por ejemplo, en el Sal 40, Dios anticipó que en lugar de un animal
moriría un descendiente de David (Heb 10:5-10). En lugar de la
descendencia de Leví, el Salmo 110 anunciaba que el futuro sumo
sacerdote sería descendiente de Judá, del cual provino también
David, y cuyo ministerio sería más abarcante, ya que no sería sólo
sacerdote, sino también rey como Melquisedec (Heb 7). A partir de
allí, demostró también el apóstol que el sacrificio y ministerio de
los bienes venideros sería definitivo, esto es, no repetible,
permitiendo al sumo pontífice celestial ejercer su ministerio sin
tener que estar saliendo del templo y volviendo a entrar,
interminablemente, para volver a ofrecer sacrificios (Heb 10).
E. de White procedió de la misma manera. Tuvo al principio de su
carrera una visión de Jesús sentado a la diestra de Dios en un trono
en el lugar santo del templo celestial. Eso no lo encontramos en el
ritual del Antiguo Testamento. Ella justificó su visión, sin
embargo, en la visión de Zac 6. Aunque podemos admitir, como algunos
autores católicos, que los sacerdotes terrenales no oficiaban
sentados en el lugar santo, en el caso de nuestro sumo sacerdote
celestial, Dios había anticipado proféticamente que sería “sacerdote
sobre su trono” (Zac 6:13; véase Heb 1:8; 8:1-2; 10:12-13; Rom
8:34). Más detalles en A. R. Treiyer, La Crisis Final en Apoc 4 y 5,
1998, 125-126.
Correspondencia física y espacial
¿Podemos usar todos estos contrastes, como pretende Adams, para
corregir nuestra comprensión espacial del santuario celestial, y
negar su correspondencia física en referencia a los muebles y
lugares en los que debían encontrarse? En absoluto. ¿Dónde está la
profecía que habría anticipado tal cambio? Ni Adams, ni nadie ha
podido encontrar alguna, ni podrá encontrarla, porque no existe
ninguna. Al contrario, cuando somos llevados en la visión del
apóstol Juan al interior del templo celestial, vemos sus muebles en
los lugares santo y santísimo, tal como aparecían en el santuario
terrenal. En lugar de descubrir algún cambio o profecía que lo
justifique, vemos una correspondencia admirable que ningún israelita
del primer siglo iba a negar.
En efecto, Pablo arguye que Jesús entró dentro del velo (Heb
6:19-20; 10:20), y Juan vio puertas que se abrían y cerraban en los
distintos momentos del ministerio de Jesús en el cielo (Apoc 3:7-8;
4:1; 11:19; 15:5). En lugar de argumentar teológicamente como
Pablo, Juan fue llevado a ver por sí mismo la realidad del templo
celestial, y menciona sus puertas y muebles en perfecta
correspondencia con el interior del templo terrenal (Apoc 1:13;
3:7-8; 4:1,5; 8:4; 9:13; 11:19, etc.). A diferencia de algunos
símbolos a los que se refirió con términos de “como” o “semejante a”
(Apoc 4:6-7; 5:6), describió lisa y llanamente los muebles del
templo celestial como lo hubiera hecho al referirse a los muebles
del templo terrenal.
Correspondencia espacial y funcional en el Espíritu de Profecía
Algo semejante y más explícito aún encontramos en los escritos de E.
de White. “Como el ministerio de Cristo se dividiría en dos grandes
partes, ocuparía cada una un período y tendría un sitio distinto en
el santuario celestial, así también el culto simbólico consistía en
el servicio diario y el anual, y a cada uno de ellos se dedicaba una
sección del tabernáculo”, PP, 371. “Los lugares santos del santuario
celestial están representados por los dos departamentos del
santuario terrenal”, CS, 466.
“Así como en el santuario terrenal había dos compartimentos, el
santo y el santísimo, hay dos lugares santos en el santuario
celestial. Y el arca que contiene la ley de Dios, el altar del
incienso, y otros instrumentos de servicio que se encontraban en el
santuario terrenal, tienen también su contraparte en el santuario de
arriba”, Spirit of Prophecy, IV, 26. “También se me mostró en la
tierra un santuario con dos departamentos. Se parecía al del cielo,
y se me dijo que era una figura del celestial. Los enseres del
primer departamento del santuario terrenal eran como los del primer
departamento del celestial. El velo estaba levantado; miré el
interior del lugar santísimo y vi que el mueble era el mismo que el
que se encuentra en el lugar santísimo del santuario celestial”, PE,
252.
Semejanzas en los templos paganos
Llama la atención que Adams se esfuerce tanto en destacar los
contrastes tipológicos del santuario terrenal con el celestial, y no
muestre ninguna preocupación por distinguir los contrastes entre los
templos paganos y el de Israel. Al contrario, da por sentada su
semejanza para deducir que, al haber sido construidos antes que el
templo de Israel, esos templos paganos no podrían entendérselos como
habiendo sido construidos también conforme al modelo celestial (51).
Tampoco percibe esta vez que, con la misma cara de la moneda, otros
le espetarán igualmente que hay semejanzas en la funcionalidad de
muchos ritos paganos con los levíticos y que, por consiguiente,
tampoco podría argumentar Adams que Moisés recibió en el monte un
modelo funcional del ministerio sacerdotal del Hijo de Dios (véase
contrastes y semejanzas en los templos y rituales paganos en A. R.
Treiyer,
The Day of Atonement. From the Pentateuch to Revelation,1992, cap. 4).
No
es éste el lugar para considerar en detalle este tema. Será tal vez
suficiente afirmar aquí que, aún admitiendo ciertas semejanzas entre
los templos paganos y el de Israel, hay diferencias que no podemos
negar, y que revelan un mensaje diferente que es, en esencia, el del
evangelio de Cristo. Por otro lado, debemos recordar que el diablo
conoce el templo celestial, pues fue expulsado de allí. Bien podía
inspirar de antemano esos cultos demoníacos del mundo pagano,
adaptando su forma y servicio para ser honrado aquí en la tierra en
lugar de Dios. ¿Habría algo extraño en que intentase hacer en la
tierra una réplica de lo que quiso hacer en el templo celestial
antes de ser expulsado?(1). ¿No es esto lo que hizo en épocas más
recientes con el culto papal romano, en donde se ve una imitación y
mezcla asombrosa y blasfema del culto pagano de los romanos y el del
antiguo de Israel?.
|