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I. El cuadro Way of Life:
Entre la serie de los famosos cuadros "Way
of Life"
(o 'Del paraíso perdido al paraíso restaurado'), que contienen la
representación de las escenas clave en el plan de la salvación
(expulsión de Adán y Eva del Edén, asesinato de Abel, escenas del
santuario, bautismo de Jesús, última cena, nueva Jerusalén, etc.), hay
dos muy significativos.
Son muy parecidos, pero uno de ellos da un gran protagonismo al
decálogo, la ley en sus diez preceptos; mientras que el otro lo da a
Cristo crucificado, quien aparece destacado en el centro del cuadro.
E. White fue la que dio las directrices para el diseño de este último.
Su marido había encargado hacer copias del primero de ellos, y murió sin
ver realizados sus deseos de modificarlo, suprimiendo la escena del
árbol de la vida, con las dos tablas de la ley suspendidas de dos de sus
ramas, y dando mayor énfasis a la escena del bautismo de Jesús. Tras su
muerte, en 1881, Ellen White, no sólo cumplió la voluntad de su marido,
sino que además dispuso que Cristo crucificado ocupase el lugar central
del cuadro, y tuviese mayores dimensiones relativas. La leyenda en el
primero de los cuadros, dice: "EL CAMINO DE LA VIDA. Del paraíso perdido
al paraíso restaurado. Copyright, 1876, por James White, Battle Creek,
Mich.". El segundo, dice: "CRISTO, EL CAMINO DE LA VIDA. Copyright,
1883, por E. G. White".
Es significativo cómo el énfasis se desplaza desde la ley escrita en la
letra, hacia la ley en Cristo. Algunos han creído ver en ello una
"premonición" de Minneapolis. Es una idea interesante. Otros sin
embargo, con la noble pretensión de defender el llamado "adventismo
histórico", parecen seguir hoy el camino inverso (volver a la letra).
La perspectiva de Minneapolis al respecto, es gloriosa: la ley va
incluida en el evangelio. La recibimos al recibir a Cristo, pues según
el Salmo 40:8, la ley estaba en el corazón de Cristo. En el nuevo pacto
(Jer. 31:33; Heb. 8, etc.), eso es precisamente lo que sucede.
"¿Deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera; antes establecemos la
ley". La justicia que la ley no podía dar, "por cuanto era débil por la
carne", la da Cristo. Al recibirlo a Él, la justicia de la ley es
cumplida en nosotros (Rom. 8:4). La ley no podía salvar; sólo señalaba
el pecado y condenaba; pero ahora, salvos en Cristo, la ley da
testimonio de que esa justicia es genuina: "la justicia de Dios se ha
manifestado, testificada por la ley..." (Rom. 3:21). Es por eso que la
Biblia enseña tan clara y enfáticamente que el juicio se hará por las
obras, y que la norma del juicio será la ley.
Cristo nos imputa su justicia. Pero no se trata de mera imputación, en
el sentido de un arreglo tramposo. Según los mensajeros de Minneapolis,
justificar significa hacer justo. Es cierto que también
significa declarar justo a alguien, pero en este caso no hace
diferencia alguna, porque es Dios quien declara, y la palabra de Dios es
creadora: cuando Él declara justo a alguien, lo hace justo, de igual
manera en que cuando dijo "Sea la luz", "fue la luz". Dios creó con la
palabra (Sal. 33:9), y salva con la palabra (Juan 15:3; 1 Tes. 2:13). Es
por eso que Waggoner dijo en cierta ocasión que el sábado (recordatorio
del poder creador y redentor de Cristo, el Verbo, la Palabra) es el
punto de apoyo en la palanca de la fe. A diferencia de lo que en gran
medida entiende el mundo evangélico por justificación, la verdadera
justificación por la fe, como dijo E. White, hace obediente a todos los
mandamientos de Dios (incluido el cuarto). No reconcilia a Dios con el
hombre, sino al hombre con Dios (Rom. 5:1); no cambia a Dios, sino que
cambia al hombre – el nuevo nacimiento –; lo pone en paz, en armonía con
Dios, y por lo tanto con su ley. A la fe no hay que añadirle obras –
galacianismo –, sino que la fe obra por el amor (Gál. 5:6),
puesto que trae a Cristo al alma.
Jesús no nos salva meramente del "infierno", del castigo, o de la
consecuencia del pecado; sino que nos salva del pecado mismo (Mat.
1:23). En ese concepto, evidentemente, va incluida la noción de victoria
sobre el pecado que es propia de la perspectiva singular adventista de
la purificación del santuario.
II. La naturaleza humana de Cristo en su encarnación
Lo que dice la Biblia es tan claro, que no tendría que haber forma de
confundirse. No la hubo, en el adventismo, hasta hace relativamente
pocos años. A raíz de aquel diálogo ecuménico con Walter Martin,
Barnhouse, etc., y para escapar a la acusación de secta
pseudo-cristiana, nos comenzamos a avergonzar de lo que había sido la
comprensión bíblica unánime adventista al respecto, y comenzamos a
decantarnos por la postura evangélica predominante. Se trata a su vez de
la postura papal según la cual, Cristo no vino en sarx (carne
en griego); es decir, no vino en una carne que incluyese las tendencias
de la que nosotros poseemos, sino en una carne santa. En relación con
esa postura, en el mundo católico se hizo necesaria la invención del
dogma de la inmaculada concepción de María, la mediación de los santos y
de la virgen María, el bautismo infantil, el purgatorio, etc.
La nueva postura se introdujo subrepticiamente en el adventismo. Hasta
1950 aproximadamente, jamás se había articulado en la literatura
conocida. El único antecedente es cierta resistencia, por parte del
pastor G. Butler, ante las presentaciones de E. J. Waggoner al respecto.
También la oposición (por motivos obvios) de ciertos creyentes que
habían adoptado la herejía de la "carne santa".
Esa nueva postura, según la cual Cristo no tomó la naturaleza humana
caída, sino la que poseía Adán antes de la entrada del pecado, era
antigua en el catolicismo (San Agustín, siglo IV). Desmond Ford la
introdujo ampliamente en el adventismo, en una época en la que era
considerado en los círculos influyentes como el paradigma de la
ortodoxia. Pero su aceptación iba unida a la negación de la noción de
victoria sobre el pecado, y a una comprensión de la expiación limitada a
un aspecto puramente legal ("objetivo"). Cuando, en armonía con lo
anterior, negó finalmente de forma abierta la verdad bíblica sobre el
santuario, le fueron retiradas sus credenciales de pastor, y su puesto
de profesor.
Pero su postura sobre la naturaleza humana de Cristo ha constituido la
enseñanza predominante en nuestras instituciones durante años, y para
muchos (en indiscutible sinceridad más o menos desinformada) es sinónimo
de "sana doctrina".
Muchos de los que se autoproclaman como "adventismo histórico",
califican esa postura como nueva teología, con razón (ya que es
nueva en el adventismo). No obstante, es fácil caer en el error
siguiente: 'puesto que Cristo tomó nuestra naturaleza y venció, nosotros
podemos vencer imitando a Cristo, y es así como somos salvos'.
Naturalmente, eso viene a resultar en salvación por las obras, en
salvación por imitación. Un tipo refinado (?) de legalismo.
Dios no nos pide que imitemos a Cristo para ser salvos, sino que primero
nos salva (Efe. 2:4 y 5). Primero es nuestro Salvador; luego es
nuestro Modelo. Sólo después de haber recibido vida espiritual en Cristo
podemos "imitarle", en el sentido de permitirle que more y se exprese en
nosotros. Así lo entendió Pablo (Gál. 1:16; 4:19; Efe. 3:16, 17, 20,
Col. 1:27-29, etc.). Nuestro papel es recibir a Cristo por la fe (Juan
6:28,29).
En gran parte, el problema está en confundir los métodos con los
resultados. Muchos analizan el resultado: la obediencia, e
infieren que la forma de llegar allí es obedeciendo. Pero la
experiencia de Abraham nos enseña que no es así como se alcanza la
justicia. Abraham obedeció (Génesis 26:5), pero el método que le
condujo a ello fue el creer (Gén. 15:6).
Muchos simplifican y banalizan el problema, clasificando a los
partidarios de una u otra postura como conservadores o liberales,
respectivamente. No faltan incluso quienes consideran esas posturas
contrapuestas como expresión de un pluralismo "enriquecedor". Pero eso
ignora la tremenda realidad de que el evangelio que predicamos y vivimos
depende estrictamente de la verdad que creemos sobre Cristo. La persona
de Cristo lo es todo para nosotros. No sólo eso, además, "La humanidad
de Cristo lo es todo para nosotros".
¿Predicar a Cristo? Sí, pero ¿Qué Cristo?: ¿El que "salva a su pueblo de
sus pecados", o el Cristo del que el papa de Roma es Vicario?
Las corrientes contrapuestas que hoy afligen a nuestro pueblo, son el
triste resultado de haber rechazado el mensaje que el Señor nos dio en
1888. Dividen terriblemente a la iglesia, y una iglesia en guerra civil
no puede representar adecuadamente a Cristo. Es doloroso, pero cierto.
E. White escribió a Uriah Smith en estos términos: "Las muchas y
confusas ideas a propósito de la justicia de Cristo y la justificación
por la fe son el resultado de la posición que usted ha tomado con
respecto al hombre y al mensaje enviado por Dios" (Carta 24, 19
septiembre 1892). "Dice el frío y formal profesor: 'Eso es hacer a
Cristo demasiado semejante al ser humano'; pero la palabra de Dios nos
autoriza a sostener precisamente esas ideas. Es la falta de esa visión
práctica y definida de Jesús lo que impide que muchos tengan una
experiencia genuina en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo. Esa es la razón por la que muchos temen, dudan y se
lamentan. Sus ideas sobre Cristo y el plan de la salvación son vagas, y
confusas" (Youth’s Instructor, 19 julio 1894).
Sólo el descubrimiento del precioso mensaje de Minneapolis devuelve la
esperanza y el gozo del evangelio, así como del triunfo final de la
iglesia, en medio del actual ambiente de confrontación y disputa. Al pie
de la cruz, algún día, sentiremos y predicaremos "todos una misma cosa"
(1 Cor. 1:10).
He aquí un breve resumen de la comprensión de los mensajeros de
Minneapolis al respecto de la naturaleza humana que Cristo tomó en su
encarnación:
Cristo fue tentado en todo como nosotros (Heb. 4:15).
Cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído, y
cebado (Sant. 1:14).
Cristo es poderoso para socorrer a los que son tentados, porque Él mismo
padeció siendo tentado (Heb. 2:18).
Por lo tanto, si creemos que Cristo nunca fue tentado desde su interior,
entonces resulta que para todas las tentaciones que vengan desde nuestro
interior, ¡no tenemos salvador! Y es grave, porque en realidad, las
peores tentaciones vienen desde nuestro interior, ya que Satanás nos
tienta por medio de nuestra carne. "Sus más fuertes tentaciones [del
cristiano] vendrán del interior, puesto que debe batallar contra las
inclinaciones del corazón natural. El Señor conoce nuestras debilidades"
(Bible Echo and Signs of the Times, 12-1-1892). "La tentación se
resiste cuando el hombre se ve poderosamente persuadido a cometer la
acción errónea; y, sabiendo que él puede cometerla, resiste por la fe,
aferrándose firmemente al poder divino. Ésta fue la prueba por la cual
Cristo pasó" (III MS, 149). "Él asumió la naturaleza humana con
sus debilidades, con todos sus riesgos, con sus tentaciones... Fue
'tentado en todo según nuestra semejanza' (Heb. 4:15)" (III MS,
149).
Jesús fue hecho pecado por nosotros (2 Cor. 5:21) tanto como nosotros
somos hechos justicia de Dios en Él. Algunos argumentan que eso sólo se
refiere al momento de la crucifixión. ¿Qué implican?, ¿que entonces sí
pecó? Si en la cruz pudo ser hecho pecado por nosotros sin pecar en
ello, entonces pudo tomar nuestra naturaleza humana pecaminosa en
cualquier otro momento, sin que ello implicara el pecar.
Es fundamental distinguir entre lo que Cristo hizo, y lo que
Cristo tomó. La carne y sus deseos no son pecado en sí mismos; lo
que es pecado es satisfacer esos deseos. Cristo anduvo siempre en el
Espíritu, y nunca los satisfizo; por lo tanto, aún tomando nuestra
carne, nunca desarrolló las obras de la carne (Gál. 5:16, 19); es decir,
nunca pecó. Aunque tomó una carne como la nuestra, con todas las tristes
capacidades que ésta tiene, no desarrolló nunca una "mente carnal". El
secreto de la victoria de Jesús no fue la "carne santa", sino la mente
santa (Fil. 2:5).
Padecer siendo tentado no es lo mismo que ceder a la tentación. Algunos
parecen suponer de alguna forma que una cierta cantidad de tentación es
en sí misma constitutiva de pecado. Pero es más bien al contrario. En el
caso de caer en el pecado, el hombre es tentado hasta que cae, hasta que
peca. En ese punto, deja de ser tentado con respecto a ese pecado. Si
hubiese resistido, habría conocido una mayor intensidad de tentación.
Puesto que Cristo nunca pecó, conoció la plenitud de la tentación como
ningún hombre la haya podido conocer; la magnitud de su tentación sólo
se puede comparar con la magnitud de su triunfo y victoria sobre ella.
Por eso E. White insistió en que, en sus presentaciones, los mensajeros
de Minneapolis, lejos de degradar a Cristo, lo estaban exaltando.
"No os ha tomado tentación, sino humana; mas fiel es Dios, que no os
dejará ser tentados más de lo que podéis llevar, antes dará también
juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar" (1 Cor.
10:13). ¿Vivió Cristo por una justicia inherente, o vivió por la fe?
"Nuestro Salvador dependía de su Padre celestial para recibir sabiduría
y fuerza para resistir y vencer al tentador" (III MS, 151). La
fuerza de la tentación está en el engaño. Es imposible tentar a Dios,
puesto que Él lo ve y conoce todo. Pero Cristo había depuesto su
omnisciencia, y tenía que vivir como hombre. La fe puede ser tentada.
Cristo vivió por la fe, puesto que "todo lo que no es de fe, es pecado",
y Cristo no pecó jamás.
Cristo es el ejemplo perfecto de negarse a sí mismo (Juan 5:30; 6:38,
etc). En Getsemaní oró al Padre: "Padre, si es posible, pase de mí este
vaso; empero no como yo quiero, sino como tú". En aquella ocasión, tras
encontrar a sus discípulos dormidos, les dijo: "Velad y orad, para que
no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está presto, mas la
carne enferma" (Mat. 26:41). Jesús también necesitó velar y orar.
Seguramente lo hizo más que nadie.
Romanos 8:3 dice: "en semejanza de carne de pecado". Si se hubiese
tratado de la carne de Adán antes de la caída, ¿por qué añadió "de
pecado"? Lo lógico habría sido decir "en semejanza de carne", o en
semejanza de la carne de Adán antes de la caída, etc. La palabra
"semejanza" se traduce del griego omoioma, y significa semejanza,
no diferencia. Si se emplea para decir que 'no se hizo realmente'
"carne de pecado", entonces, en Filipenses 2:8, donde se encuentra el
mismo omoioma, hay que concluir que 'no se hizo realmente'
hombre. Veamos cómo entendió E. White la palabra "semejanza": "Su
naturaleza humana [de Cristo] era creada; ni aun poseía las facultades
de los ángeles. Era humana, idéntica a la nuestra" (III MS, 146).
¿Es "caída" nuestra naturaleza?: "¡Qué amor! ¡Qué admirable
condescendencia! ¡El Rey de gloria dispuesto a humillarse descendiendo
hasta el nivel de la humanidad caída! Colocaría sus pies en las pisadas
de Adán. Tomaría la naturaleza caída del hombre y entraría en
combate..." (CBA, vol. I, 1099).
Romanos 1:3 dice claramente cuál fue la carne que Cristo tomó: "de la
simiente de David según la carne". En Hebreos 2:14 y 17 dice que
participó de la misma carne y sangre que los "hermanos", o que "los
hijos". La única carne que han conocido los hermanos y los hijos, es
carne de pecado: naturaleza "caída" y "pecaminosa", como dijo E. White,
refiriéndose a la naturaleza humana que Cristo tomó al encarnarse (PE
150, 152; MM 181, etc.). Cuando en esta tierra había hermanos y
había hijos, no existía otra clase de carne, puesto que el pecado entró
antes de que Adán y Eva tuviesen descendencia.
La palabra sarx, en la Biblia, se emplea siempre (excepto cuando
se la usa en el sentido de vianda) para denotar ese tipo de carne que
incluye los clamores de la naturaleza caída, a los que hay que enfrentar
y someter. El hacer exento a Cristo de esa carne, lo aleja y lo saca
absolutamente de la situación en la que estamos los que hemos de ser
salvos por Él. Es como si no hubiese venido. Es como si un águila te
dijese: '¡Ven!, ¡sígueme!, ¡verás qué fácil es ir de esta montaña a
aquella otra!', y se echa a volar hacia allí. Tú intentas seguirla
corriendo... y...no tienes alas! Gracias a Dios, ese no es el tipo de
Salvador que nos dio:
"Pero muchos dicen que Jesús no era como nosotros, que no era como
nosotros en el mundo, que él era divino, y que nosotros no podemos
vencer como él venció" (III MS, 224). "No necesitamos colocar la
obediencia de Cristo en una categoría especial, como si fuera algo a lo
cual él estuviera peculiarmente adaptado por su naturaleza divina
particular... En nuestras conclusiones cometemos muchos errores debido a
nuestras opiniones equivocadas acerca de la naturaleza humana de nuestro
Señor. Cuando nosotros le damos a su naturaleza humana un poder que es
imposible que el hombre tenga en sus conflictos con Satanás, destruimos
el carácter completo de su humanidad" (III MS, 157, 158).
Si no es nuestra carne la que tomó, entonces no se pudo hacer nuestro
representante, no pudimos estar "en Él", lo mismo que estábamos todos
"en Adán" cuando éste pecó. Tampoco podría ser nuestro modelo ni
ejemplo. Y según 2 Juan 7, si no confesamos que Jesucristo ha venido en
sarx, somos engañadores, somos el anticristo. Es significativo
que el papado nunca ha negado que Cristo se hiciera hombre. Lo que niega
es precisamente que tomase nuestra carne, nuestra naturaleza, en su
condición caída.
En aquellas campañas misioneras que tuvieron lugar en South Lancaster un
año después de 1888, en que predicaban Jones, Waggoner y E. White, y que
tan grandes reavivamientos produjeron, todo lo comentado debía estar sin
duda en la mente de la hermana White, cuando declaró: "Sentimos la
necesidad de presentar a Cristo como un Salvador que no está lejos, sino
cerca, a la mano" (III MS, 205).
Recientemente (1994), William Johnsson (editor de la Review and
Herald), anunció en nuestra revista que se había descubierto una
carta escrita por E. White en 1903. Por haber sido mal archivada, no se
había sabido antes de su existencia. Al ser redescubierta, se clasificó
con la referencia K-303. Uno de los párrafos se refiere a la humanidad
de Cristo. Ella misma había añadido puntualizaciones a esa carta,
intercalando términos explicativos, lo que indica la reflexión y esmero
con los que trataba ese tema. El párrafo dice así (las puntualizaciones
que añadió ella misma, aparecen entre los símbolos < y >):
"Cuando Cristo anunció por primera vez a la hueste celestial su misión y
obra en el mundo, declaró que abandonaría su posición de dignidad y
revestiría su santa misión asumiendo la semejanza de hombre, cuando en
realidad era el Hijo del Dios infinito. Y cuando llegó el cumplimiento
del tiempo, descendió desde su trono de alto mando, depuso sus ropajes
reales y su corona regia, vistió su divinidad con humanidad, y vino a
esta tierra a ejemplificar lo que la humanidad debe hacer y ser para
vencer al enemigo y sentarse con el Padre en su trono. Viniendo de la
forma en que lo hizo, como hombre, <para enfrentar y sujetarse a> con
todas las malas tendencias de las que el hombre es heredero, <obrando de
toda manera imaginable para destruir su fe>, hizo posible el ser
abofeteado por las agencias humanas inspiradas por Satanás, el rebelde
que fue expulsado del cielo"
Original:
"When
Christ first announced to the heavenly host His mission and work in the
world, He declared that He was to leave His position of dignity and
disguise His holy mission by assuming the likeness of a man, when in
reality He was the Son of the infinite God. And when the fullness of
time was come, He stepped down from His throne of highest command, laid
aside His royal robe and kingly crown, clothed His divinity with
humanity, and came to this earth to exemplify what humanity must do and
be in order to overcome the enemy and to sit with the Father upon His
throne. Coming as He did, as a man, <to meet and be subjected to> with
all the evil tendencies to wich man is heir, <working in every
conceivable manner to destroy his faith>, He made it possible for
Himself to be buffeted by human agencies inspired by Satan, the rebel
who had been expelled from heaven."
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