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El nuevo milenio está sobre nosotros, y los temores de la gente van en
aumento a medida que la manecilla del reloj avanza. Para muchos, la
llegada del año 2000 marca el fin de todas las cosas, o un año en el que
pasarán grandes cataclismos sociales creados tal vez, en parte, por el
desequilibrio que se espera suceda en las computadoras, o fallo del año
2000, como se le ha llamado.
¿Qué pasará en el 2000? Tal vez tengamos que verlo llegar para saber lo
que realmente sucederá. Por nuestra parte le aseguramos una cosa: el mal
seguirá en aumento, los problemas sociales, la corrupción política y los
desastres naturales tomarán nuevas fuerzas. No hay duda de que estamos
viviendo en los albores mismos de la eternidad. Dentro de poco “el
misterio de Dios”, su precioso Evangelio de gracia, se “consumará” (Apoc.
10:7) y entonces la Tierra será iluminada con la gloria del mensaje de la
cruz.
Ante todos estos desafíos que se levantan sobre nosotros ¿cómo y qué hemos
de predicar al mundo?
Hace más de un siglo, en el año 1888, el Señor envió en “su gran
misericordia” un “preciosísimo mensaje” a este pueblo por medio de dos
pastores: Waggoner y Jones. “Este mensaje tenía que presentar en forma más
destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados
del mundo entero”.1 En aquel tiempo, como ahora, la obediencia a los
Mandamientos de Dios era desestimada, por lo que este “precioso mensaje...
invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en
la obediencia a todos los Mandamientos de Dios”.2
También para aquella época, como ahora, la verdad central del mensaje del
tercer ángel - la Justificación por la fe - estaba siendo descuidada. Por
esta razón el Espíritu de Profecía amonestó diciendo que Dios había
entregado “a sus siervos [Waggoner y Jones] un testimonio que presentaba
en contornos claros y distintos” la “verdad como es en Jesús, que es la
verdad del tercer ángel”.3
El Señor aun espera que nosotros nos volvamos a este “precioso mensaje”
que fue descrito como “la verdad presente” cuya “luz ha de llenar toda la
Tierra” con la gloria del amor incondicional de Dios.4
Como el tiempo pasa y las condiciones en la sociedad varían
constantemente, muchos han abandonado el enfoque sencillo del Evangelio de
Cristo para presentar un tipo de “evangelio social” que pueda satisfacer
las necesidades de las mentes modernas. Pero si el mensaje de1888 es un
mensaje que como afirmó el Espíritu de Profecía “tiene las credenciales
divinas” y “que su fruto es para santidad”5 ¿qué deberíamos predicar al
mundo? La respuesta es una sola: ¡Ese mensaje!
Ahora, ¿lo conoce usted? Porque si no lo conoce es imposible que lo
predique a un mundo que perece en el pecado. No importa el año que estemos
viviendo, la necesidad espiritual de la gente siempre es la misma.
Siendo que la “Justificación por Fe” y la “justicia de Cristo” constituyen
“las melodías mas dulces que labios humanos” puedan enseñar,6 –que es
precisamente el mensaje de 1888 – ¿Cómo es posible que nosotros no oigamos
hablar de él?
El fin vendrá, pero sólo como un resultado de la obra terminada de Dios
por medio de su pueblo en la predicación del Evangelio eterno (Mat.
24:14), un Evangelio de pura gracia, un Evangelio que lejos de desmeritar
la obediencia a los Diez Mandamientos la coloca en el centro mismo del
corazón, cumpliendo así la promesa del nuevo pacto (Heb. 8:10-11).
Nótese, que es precisamente en las profecías relacionadas con el tiempo
del fin que el Evangelio es designado única vez “Evangelio eterno” (Apoc.
14:6). No hay otro, y si apareciera alguien con un evangelio diferente a
este, el Señor nos ordena: “¡Condénalo!” (Gál. 1:7-9).
Démosle lugar al mensaje de 1888 en nuestro corazón y veremos como
desaparecen todos nuestros temores y fracasos espirituales.
* Este Comentario se escribió en Diciembre del año 1999
Referencias:
1) El Evangelismo, p. 143.
2) Ibíd.,
3) Ibíd., p. 144.
4) Ibíd., Review and Herald, 12-11-1892.
5) El Evangelismo, p. 143.
6) Joyas de los Testimonios, Tomo II, p. 25.
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