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Ninguna
novela es tan conmovedora como la vida de Oseas. Una historia
trágica, demasiado frecuente en nuestros días, pero con un desenlace
final absolutamente diferente del que es habitual.
Oseas se enamora de una joven encantadora, y ésta le corresponde con
su amor. (El amor humano es siempre recíproco. Si tu pretendido amor
no es correspondido, se trata de una semilla que no ha sido
plantada, eres libre; no resultas herido. Es solamente cuando el
amor halla una respuesta que enraíza en el corazón, que éste queda
herido al arrancar la planta). Entre Oseas y Gomer nace el vínculo
del amor. Se unen en matrimonio y vienen a ser "una carne".
Son felices hasta que un cáncer espiritual empieza a destruir el
corazón de Gomer. Empieza a flirtear con otros hombres, en la misma
presencia de su marido. Pronto se transforma en un drama obsesivo, y
aquella mujer de moral laxa viene a convertirse, de hecho, en una
prostituta.
Así transcurre el capítulo 1 y 2 del libro. En el tercero, la
tragedia se acentúa, y toma un giro casi desconocido en la
experiencia humana. Gomer es abandonada por sus amantes (eso es muy
habitual), contrae una gran deuda (lo que también es común), y acaba
siendo vendida como esclava. Oseas sabe del estado calamitoso de
ésta, en el mercado de esclavos, vestida de harapos, y la reclama.
Es aquí donde sucede lo inesperado, y el libro de Oseas descubre
terrenos inexplorados: no es porque él tenga compasión de ella, de
la forma en que un caballero decente suele apiadarse de una criatura
herida, sino que, maravilla de maravillas, ¡él la ama todavía! Esa
miseria humana no es más que la sombra de aquella preciosa joven de
la que se enamoró en su día; no hay ya ninguna belleza ni encanto
que la haga atractiva. De hecho, resulta más bien repulsiva. Pero el
amor de Oseas, a pesar de todos los desprecios e insultos, no ha
decaído jamás. Oseas es cautivo de un amor que le es imposible
olvidar. Se ha mantenido esperándola –para él, el amor es aquello
que hizo grabar Abraham Lincoln en el anillo nupcial que entregó a
su esposa: "el amor nunca deja de ser".
¿Qué logró finalmente el amor incesante de Oseas? Hay un final
sorprendente, que la Iglesia Adventista del Séptimo Día necesita
comprender.
Cuando amas verdaderamente a una mujer que te ama y se entrega a ti,
para traicionarte después, el corazón queda herido. El sol no puede
disipar las tinieblas, y la oscuridad resulta tan amarga como la
muerte.
Perder a un ser amado por la muerte es triste, pero el rechazo en el
amor es todavía más cruel, es como que nos arranquen un miembro del
cuerpo. Los amigos pueden simpatizar en el dolor físico o material,
pero el rechazo en el amor tiene un carácter intensamente privado.
Mil rostros no pueden reemplazar al de la persona amada.
La cuestión es la siguiente: ¿puede Dios sentir un tal dolor, y lo
siente?
El hinduismo, el budismo, el islamismo, y también el cristianismo en
general, suponen que la respuesta es No. Es impasible, impenetrable
a ese tipo de agravio del desamor que nosotros sentimos.
Los horrores de los 1260 años de persecución no podrían jamás haber
tenido lugar, de no ser en virtud de esa popular doctrina
"cristiana". Si Dios no puede sentir dolor, ¿por qué habríamos de
preocuparnos por el sufrimiento de los demás? ¿Podría suceder que
los adventistas estuviésemos en las lindes de esa frontera de la
impasibilidad de Cristo? Nos podemos gozar sabiendo que Él se puede
"compadecer de nuestras flaquezas", pero ¿podemos nosotros
compadecernos del dolor suyo?
El mensaje de Cristo a Laodicea nos debe hacer despertar. Hay un
Amante divino que sufre el rechazo, a la luz de la escena presentada
en los Cantares de Salomón 5:2. (1)
Pero el Cantar pudo no haber sido comprendido en el tiempo en que se
escribió. Oseas (hacia el año 785 a. de C.) lo llena de significado
al proveer la primera descripción, en la Escritura, de un Esposo
divino que sufre rechazo de parte de la "mujer" de la que su amor es
cautivo. Como Oseas, el Esposo divino no puede olvidar a aquella que
ama, ni reemplazarla por otra. Su devoción por ella se mantiene
inquebrantable.
Dios permitió al desdichado Oseas padecer todo ese intenso dolor
humano porque "eso ilustrará la forma en la que mi pueblo me ha sido
infiel". (2)
¿Fue Gomer siempre prostituta?
Cuando leemos que el Señor dijo a Oseas, "Ve, tómate una mujer
fornicaria", no debemos concluir necesariamente que Gomer estaba ya
en tal condición. ¿Cómo podría un hombre puro y bueno entregar su
amor a una mujer depravada? (3)
Leemos explícitamente que él la amó en verdad, ya que posteriormente
dice, "el Eterno me dijo: ‘Ve, ama a una mujer amada de su
compañero, aunque adúltera.’"(4)
Uno no "ama" de la forma en que uno elige un vehículo de ocasión,
basado en una lista de características. Uno ama… bueno… porque ama.
El "enamorarse" es una parte de la naturaleza humana que Dios nos ha
dado, el sentir cierta "química" misteriosa en la que un corazón
responde a otro y el amor se intercambia y afianza. Seguramente
Gomer fue cortejada y conquistada, y la evidencia en la historia
indica que en un principio debió haber sido sincera en su amor por
Oseas, ya que éste fue a partir de entonces cautivo de su amor por
ella. Lo que hizo posible el dolor que sintió fue la constatación de
que en otro tiempo, ella le había querido verdaderamente; uno no
siente dolor cuando el miembro de algún otro le es arrancado de su
cuerpo, sino cuando se trata de un miembro propio. Oseas y Gomer se
habían casado y se habían unido en una sola carne, en amor. Y
entonces el amor de ésta se corrompió. Es por ello que Oseas sufrió
tan amargamente.
Dios analiza nuestras almas como si fuese bajo los rayos X. Él vio
lo que Oseas no podía ver en la mujer que cortejaba: durmiendo en el
corazón de aquella hermosa joven de la que caería enamorado, estaba
la prostituta que llegaría a ser después.
Probablemente tampoco ella se apercibió de lo que había en su
interior. El pecado que fructifica mañana es hoy una semilla de
deseo que todavía no ha "concebido" en nosotros, que permanece
oculta a los ojos de los demás, y quizá también a los nuestros,
hasta que "una vez cumplido, engendra la muerte". (5)
Vemos a Oseas amando y casándose con una joven aparentemente pura,
para sufrir angustia a medida que presencia cómo se va endureciendo
el corazón de ella, convirtiéndose en infiel, algo así como ver
enfermar y morir algo que uno aprecia sobremanera. Hasta en la misma
presencia de él se permite flirtear con sus amantes. ¡Qué dolor!
Pero él no puede encontrar un nuevo "amor", ni tan sólo lo busca. La
amaba con un amor humano, que reflejaba el amor divino por Israel.
La vio de nuevo en el mercado de esclavos. Contemplando la
desgarbada figura de párpados caídos, sintió algo más que simple
compasión humana: descubrió que aún la amaba con el mismo amor que
le llevó a ella al principio.
Se trata de algo realista; Oseas no nos fuerza a creer en un
arrobamiento matrimonial de mágica aparición. "Ni tampoco yo vendré
a ti [por ‘muchos días’]", (6)
le dice su marido a Gomer, no porque ésta tenga que hacer expiación
por sus pecados, sino simplemente porque sanar el corazón lleva su
tiempo. ‘Te esperaré’, le dice. Las buenas nuevas implícitas en el
relato inspirado consisten en que el triunfo se produjo finalmente;
tuvo lugar la curación. La Biblia no es tan cruel como para
exponer las malas nuevas de un amor que deba permanecer violado por
siempre. "Fuerte es como la muerte el amor… Las muchas aguas no
podrán apagar el amor". (7)
¿Está Cristo cautivo de su amor por su iglesia remanente?
Una iglesia es una "mujer", buena o mala; un todo corporativo de
creyentes. Si Cristo se ve defraudado por el objeto de su amor,
¿puede limitarse a encoger los hombros y reemplazar a su amada por
otro "objeto de esta tierra al cual Cristo concede su consideración
suprema"? (8)
Oseas no pudo hacer tal cosa, y tampoco Cristo puede. Fracasando en
comprender ese misterio del amor divino es como han podido surgir
los movimientos disidentes del adventismo. Estos suponen que el
ultraje sufrido por Cristo en la infidelidad de su iglesia, lo
empuja a escoger a otra para que ocupe el lugar de ésta. (9)
Pero no hay tal.
Nos puede resultar difícil imaginar a un marido agraviado que no
solamente ama a su esposa infiel, sino que mucho más aún, obra
diligentemente para "salvarla". Así ocurrió con Oseas; y así ocurre
con Cristo. No solamente es un "marido" para ella, sino también el
"Salvador del cuerpo". (10)
Las inmejorables nuevas son que Oseas redimió efectivamente a Gomer
a una nueva vida de pureza y fidelidad, y los podemos contemplar
entre bastidores caminando de la mano, en un amor que halla
finalmente su cumplimiento, edificado sobre la fidelidad mutua.
Podemos estar seguros de que el Señor no privó a Oseas de la
vindicación de ese amor terreno que tan profético fue del amor
divino destinado a triunfar finalmente.
Gomer retornó a Oseas temblorosa, contrita, penitente, trayendo gozo
al corazón de quien nunca había dejado de quererla, tan ciertamente
como Israel se volvería al fin hacia el Señor. Que presten atención
todos cuantos dudan de que el amor de un esposo puede triunfar sobre
la infidelidad de su esposa.
Jeremías nos da una vislumbre en el sentido de que hubo un amor
recíproco por parte de Israel, que hizo tan real el dolor de Dios.
En simpatía con Él, Oseas pudo recordar aquella dulce devoción de su
Gomer de los primeros días: "Me acuerdo de ti, de la devoción de tu
juventud, del amor de tu noviazgo, cuando andabas en pos de mí en el
desierto… santo era Israel para el Eterno". "Allí cantará como en su
juventud, como en el día de su salida de Egipto". (11)
El "gran chasco" de Cristo: 1888
En sus días tempranos, "en el desierto", Israel era devota al Señor;
y en sus primeros años de existencia, la Iglesia Adventista del
Séptimo Día manifestó también una dulce devoción al Señor. Fuimos
devotos al Señor, quien nos llevó a través del "desierto" del gran
chasco, en 1844, y en los años que siguieron, nos dio pruebas de ser
el objeto de su amor. Era excitante. La curación de nuestro
gran chasco fue maravillosa, ya que el compañerismo con el Señor se
hizo más profundo cuando comprendimos el mensaje del santuario y la
"bienaventurada esperanza" que éste proveía. Entonces llegó el "gran
chasco" de Cristo: 1888. Aún no hemos apreciado debidamente el dolor
que Él sintió, y que siente. "El chasco de Cristo es
indescriptible". (12)
Ánimo para adventistas perplejos y cansados
La profecía implícita en el libro de Oseas tiene que significar
buenas nuevas para la iglesia remanente que un siglo después se ve
atrapada en un letargo de alcance mundial, herida por el desacuerdo,
el recelo y las disidencias. Tan seguramente como Gomer respondió
finalmente al amor incesante de Oseas, responderá la unidad
corporativa de la iglesia, al fin, al incansable ágape de
Cristo. Él se entregó a sí mismo a la muerte por la iglesia; su
sacrificio no puede resultar finalmente un fracaso; la humanidad
penitente no va a ser más infiel a Dios de lo que fue la arrepentida
heroína del libro de Oseas a su marido terrenal; la fe que Dios ha
depositado en nosotros, no puede resultar vana al fin.
¿Cómo podría tener Oseas un mayor éxito que Cristo, siendo que Él lo
arriesgó todo en su sacrificio? A menos que su iglesia venza al fin,
para poder venir a ser su arrepentida y fiel esposa, su sacrificio
habría sido en vano. Las razones para estar esperanzados son
evidentes:
1. La
doctrina adventista del séptimo día da una nueva dimensión a esa
crisis.
Nosotros no aceptamos la doctrina pagana-papal de la inmortalidad
natural del alma. Creemos que los justos no van al cielo al morir,
sino que esperan hasta la resurrección. Pero tal cosa no puede
suceder antes que Cristo regrese en su gloria; y Él no puede
regresar mientras su pueblo no esté preparado, ya que en caso
contrario sería destruido "con el resplandor de su venida". (13)
La crisis de la que Oseas es un tipo, está pendiente de resolución.
El éxito de la totalidad del plan de la salvación depende, pues, de
un hecho de última hora –el arrepentimiento de Laodicea. ¿La
alternativa?: aceptar la falsa doctrina de Babilonia que envía a
todos los "salvos" al cielo, en el momento de su muerte.
2. El
arrepentimiento de Gomer predice el de Laodicea.
Cristo, "del trabajo de su alma verá, y será saciado". (14)
"Puede parecer que la iglesia está por caer, pero no caerá. Ella
permanece en pie, mientras los pecadores que hay en Sión son
tamizados, mientras la paja es separada del trigo precioso. Es una
prueba terrible, y sin embargo tiene que ocurrir". "Mirarán a mí, a
quien traspasaron, y harán llanto sobre Él". Habrá una respuesta por
parte de "la casa de David, y… los moradores de Jerusalem". (15)
¡Ni un sólo adventista podría estar desanimado, si creyese las
buenas nuevas en el libro de Oseas!
3. Hablando
a través de Oseas, el Señor asegura al infiel Israel un feliz
encuentro.
"Después los israelitas volverán y buscarán al Eterno su Dios, y a
David su Rey. Vendrán temblando al Señor y a su bondad en los
últimos días". (16)
Puesto que el ágape es un tipo de amor que crea valor en el
objeto amado, que no depende de las cualidades de este último,
creará arrepentimiento en la iglesia, allí donde las motivaciones
egocéntricas de esperanza de recompensa o de temor al castigo fueron
incapaces de crearlo.
4. Allí
donde la infidelidad de Israel abundó, la gracia de Dios sobreabundó.
"Israelitas, escuchad lo que dice el Señor. Él ha entablado un
pleito contra los que viven en este país… ¡Que nadie acuse ni
reprenda a otro! Mi pleito es sólo contra ti, sacerdote… Mi pueblo
no tiene conocimiento; por eso ha sido destruido. Y a ti, sacerdote,
que rechazaste el conocimiento, yo te rechazo de mi sacerdocio… ¿Qué
haré contigo, Efraín? ¿Qué haré contigo, Judá? El amor [conyugal]
que vosotros me tenéis es como la niebla de la mañana, como el rocío
de madrugada, que temprano desaparece… Lo que quiero de vosotros es
que me améis, y no que me hagáis sacrificios; que me reconozcáis
como Dios, y no que me ofrezcáis holocaustos… Dice el Señor: ‘Voy a
curarlos de su rebeldía; voy a amarlos aunque no lo merezcan’ ". (17)
5. Gomer
representa a la iglesia remanente.
De entre todas las mujeres israelitas que podamos imaginar en aquel
mercado de esclavas, seguramente ella –miserable, pobre, ciega y
desnuda – debió ser la más patética. Al describir la historia, la
Escritura nos sugiere que Oseas provenía de una familia de
príncipes. (18)
De ser así, la habría colmado de ricos atavíos y joyas, lo mismo que
el Señor a Israel, "te ceñí de lino y te cubrí de seda. Te atavié
con adornos, y puse pulseras en tus brazos, y collar en tu brazo". (19)
Ahora, no obstante, está expuesta en harapos. No queda ni una triste
joya.
6. En
Oseas vemos profetizada la pobreza de Laodicea.
¡Qué contraste con aquello que "el mensaje del tercer ángel en
verdad" debió haber significado para nuestro mundo, hace ya muchos
años! Lo que el Señor tenía previsto es que el mensaje adventista
del séptimo día hubiese alumbrado toda la tierra con la gloria del
evangelio eterno de las buenas nuevas, la magnífica realización de
los sueños de todos los antiguos profetas. En el mensaje de la
justicia de Cristo dado en 1888, estaban el lino, la seda, y los
preciosos adornos de la verdad que habrían refulgido en el glorioso
evangelio. (20)
Pero ese preciosísimo mensaje fue resistido, y "en gran medida ha
sido mantenido lejos del mundo por el proceder de nuestros propios
hermanos", de la misma forma en que Gomer despreció los dones que su
marido le concedió. (21)
7. Y
no es solamente que hayamos sufrido una trágica pérdida, sino que
además hemos agraviado el corazón de Cristo.
Oseas descorre la cortina para revelar aquello que nos era oculto:
su dolor. Lo tratamos con el mismo desprecio con que lo trataron los
judíos, y como Gomer (en tipo) trató a Oseas. "Insultamos" al
Espíritu Santo. (22)
"El curso seguido en Minneapolis fue crueldad hacia el Espíritu
Santo". Y Jesús, siendo aún humano, tanto como divino, siente esa
"crueldad" intensamente. Sin embargo, tiene que convertirse en el
Esposo de su iglesia corporativa.
Oseas añade una nueva dimensión a la conciencia profética
El pecado de Israel fue más que la desobediencia a la ley. Fue el
pecado profundo de la enemistad del corazón, el adulterio espiritual.
Ocurrió un misterioso olvido del amor mismo, una crueldad del
corazón hacia el Esposo divino, un descuido despreocupado de su
dolor, un quebranto despectivo de su corazón. Ese es también el
oscuro tinte del pecado de Laodicea, el tomarse a la ligera la
sublime y abnegada devoción que llevó a Cristo a la cruz. En los
días de Oseas, el pecado de Israel era la adoración a Baal; en los
nuestros, dice Elena White, "los prejuicios y opiniones que
prevalecieron en Minneapolis no han desaparecido de ninguna manera…
Baal, Baal, eso han elegido. La religión de muchos será la del
apóstata Israel". (23)
La adoración a Baal es la adoración del yo, bajo el disfraz de
adoración a Cristo –la más terrible y sutil infidelidad que pueda
haber, ya que pasa tan desapercibida, tan insidiosa y tan extendida
en el todo corporativo.
Han pasado hasta aquí 150 años de las dulces "bodas" de juventud de
nuestra denominación. Sí, había amor por Jesús. ¡Fue
maravilloso! (24)
Pero hemos repetido la enajenación de Israel. Nos cuesta comprender
la crudeza de su idolatría. Es un espejo de nuestra devoción
egolátrica secular, nuestra incapacidad para sentir el dolor que
Cristo siente. Gomer se permite flirtear con sus amantes mientras su
angustiado esposo espera desolado. No siente ninguna pena por él,
ningún sentido íntimo del horror por lo que le está causando.
¿Qué puede causar esa infidelidad?
Estaba casada con el único hombre que jamás la amara verdaderamente,
y que a su vez despertó un amor verdadero en su corazón. En la
futura esposa corporativa de Cristo, ese pecado debe ser más grave
aún que el de Lucifer. Renegar del verdadero amor de su fiel Amante
al que una vez amó, ¿no hay en eso algo realmente trágico? En seis
mil años, el Señor no ha tenido un problema tan grave como el que
tiene hoy con Laodicea.
Pero es posible un cambio en el corazón, y a la luz de Oseas, tendrá
lugar. A la luz de la purificación del santuario, ha de brillar esa
gracia que "sobreabunda". Las buenas nuevas son que la venida de
Cristo depende de ese arrepentimiento. "Gocémonos y alegrémonos y
démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su
esposa se ha aparejado".(25)
Algunos han concluido, a partir de los dolorosos hechos de nuestra
historia pasada y presente, que Dios ha desechado esta iglesia
denominacional y organizada. Pero olvidan (¿o quizá no comprendieron
nunca?) la clase de amor que el libro de Oseas expone.
Notas y Referencias:
1. Apoc. 3:20 es una cita literal del texto de
Cantares 5:2, en la Septuaginta.
2. Ose. 1:2 (Living Bible). Ver también Ose. 3:1, etc.
3. Los comentadores se dividen en tres posturas: (a) que
Gomer era ya una prostituta conocida cuando Oseas se casó
con ella, (b) que toda la historia es imaginaria, y (c) la
postura que tomamos aquí.
4. Ose. 3:1.
5. Sant. 1:14 y 15.
6. Ose. 3:3.
7. Cantares 8:6 y 7.
8. Testimonios para los Ministros, p. 49.
9. Antes de culpar a los movimientos disidentes y
"ministerios independientes", haremos bien en recordar que
somos nosotros quienes los hemos empujado a desarrollar una
mentalidad separatista. "En gran medida" hemos privado a la
iglesia mundial del amor ágape inherente al mensaje de 1888,
y somos responsables de la "demora" de las bodas, debido a
la incredulidad manifestada en 1888. Hemos "insultado" al
Espíritu Santo de forma alegre y despreocupada, y no hemos
comunicado a la iglesia el dolor que tal cosa ha ocasionado
a Cristo. De esa forma la iglesia se ha visto invadida por
una mentalidad egocéntrica.
10. Efe. 5:23.
11. Jer. 2:2; Ose. 2:15.
12. E.G.W., Review and Herald, 15-12-904.
13. 2 Tes. 2:8.
14. Isa. 53:11.
15. Mensajes Selectos, vol. 2, p. 436; Zac. 12:10.
16. Ose. 3:5.
17. Ose. 4:1-6; 6:4-6; 14:4.
18. Ose. 1:1; 1 Crón. 5:6.
19. Ezeq. 16:10 y 11.
20. Testimonios para los ministros, p. 63-93, lo que podría
haber sido.
21. Mensajes Selectos, vol. 1, p. 276.
22. Testimonios para los ministros, p. 393; MS 13, 1889 (The
Ellen G. White 1888 Materials, p. 360).
23. Ose. 2:8,13,17; Testimonios para los ministros,
p. 467,468.
24. Primeros Escritos y el tomo I de Testimonies for the
Church son una clara evidencia.
25. Apoc. 19:7.
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