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Resumiendo
1) De acuerdo a Romanos 5:12-19 si yo soy contado como un pecador
condenado a muerte o declarado justo (justificado) y califico para la vida
eterna, esto tiene que ver con la historia de Adán a de Cristo. Sobre la
base de la desobediencia de Adán, soy contado como un pecador, y sobre la
base de la obediencia de Cristo soy contado como una persona justa.
2) Si pertenecemos a la humanidad producida par Adán, somos constituidos
como pecadores y somos condenados a muerte eterna. Pero, si pertenecemos
a la humanidad iniciada por Cristo, somos declarados justos y calificamos
para la vida eterna y para el cielo. En otras palabras, nuestro destino
eterno depende de cual de las dos humanidades elegimos pertenecer.
3) Par creación todos los hombres están “en Adán”. Esta es la situación
desesperada que heredamos y en la cual nos encontramos desde nuestro
nacimiento. Por lo tanto, somos “por naturaleza hijos de ira” (Efe. 2:3).
Pero las Buenas Nuevas que anuncia el Evangelio son que en Cristo, Dios le
ha dado a la raza humana una nueva identidad e historia. Este es su regalo
supremo a la humanidad; y por lo tanto aquel que crea en Cristo y sea
bautizado en Él será salvo (Gál. 3:27; Mar. 16:16). En otras palabras,
nuestra posición subjetiva en Cristo es por fe. La que Dios ha hecho por
toda la raza humana en Cristo (liberación del pecado y la muerte,
remplazada por la justicia y la vida eterna) es dada coma un “regalo
gratis”, algo que natural [y realmente] no merecemos. Por lo tanto, este
“don”, para ser experimentado, tiene que ser recibido y hecho efectivo
solamente por fe.
4) Adán y Cristo pertenecen a diferentes bandos que son irreconciliables.
Adán es igual al pecado y la muerte, pero Cristo, es igual a la justicia y
la vida. Consecuentemente, es imposible que alguien pertenezca
subjetivamente al mismo tiempo a Cristo y Adán. Aceptar a Cristo por fe,
significa o involucra nuestra renuncia total a nuestra posición en Adán (2
Cor. 5:17; 6:14-16). El bautismo es una declaración pública de que hemos
muerto al pecado (nuestra posición en Adán), y hemos resucitado con Cristo
en novedad de vida (nuestra posición en Cristo Rom. 6:1-4,8; 2 Tim. 2:11).
Y esto es de vital importancia con relación a nuestra santificación (2
Car. 4:10,11, Fil. 3:9-11).
5) En vista de lo anterior, la raza humana puede ser dividida en dos
grupos: la raza Adánica, compuesta por muchas naciones y tribus (Hech.
17:26), y los creyentes, que son uno en Cristo (Rom. 12:5; 1 Cor. 10:17;
Gál. 3:27,28; Efe. 4:11-13). Por causa del Evangelio, al hombre se le ha
dado [la oportunidad de] elegir a cuál de los dos grupos pertenecer.
Podemos retener por la incredulidad nuestra posición en [el primer] Adán y
cosechar los frutos de su pecado; o por medio de la fe podemos llegar a
estar unidos a Cristo y recibir los beneficios de su justicia.
La Biblia describe estos dos grupos en varias formas: 1) La ovejas y los
cabritos (Mat. 25:32); 2) Los justos y los impíos (Prov. 28:1; Rom.
2:5-11); 3) La casa sobre la roca o sobre la arena (Mat. 25:33); 4) Los
hijos de la luz y los hijos de las tinieblas (1 Tes. 5:5), y el reino de
los cielos y el reino de este mundo (Juan 15:19).
La Verdad de los dos Adanes en 1 Corintios 15
Cuando estudiamos la verdad de los dos Adanes en 1 Cor. 15:10-23,45-49,
descubrimos que Pablo retiene la misma idea que presentó en Rom. 5:12-21.
El pecado entró a la raza humana por medio de un hombre de la misma manera
que la resurrección para vida vino a ellos mismos a través de un Hombre.
En resumen esto es lo que dicen estos versículos de Corintios.
Versos 19,20. Corrigiendo a aquellos que negaban la resurrección (vea el
v. 12), Pablo señala que la gran esperanza del cristiano es la
resurrección. Cristo mismo quien resucitó de los muertos, es el primero de
los frutos de aquellos que aún están descansando en sus tumbas “en
Cristo”. Entonces, Pablo continúa explicando que esta esperanza no está
fundamentada en la base de nuestra bondad, sino en nuestra posición en
Cristo.
Verso 21. Como la muerte vino a toda la raza humana a través de un hombre
(note que la palabra hombre está en singular y se refiere a Adán, v. 22),
así también por un Hombre (Jesús) vino la resurrección de los muertos.
Verso 22. La muerte vino sobre todos los hombres por nuestra posición en
Adán. De la misma manera, la resurrección y la esperanza de la vida eterna
viene a todos los hombres que están en Cristo (nótese las expresiones “en
Adán” y “en Cristo”, ambas denotan solidaridad o unidad corporal).
Verso 23. Cristo es el prototipo de todos aquellos que están en Él, y ya
ha resucitado de los muertos, siendo el primero de los frutos. Pero
aquellos que son de Cristo (es decir, los creyentes) experimentarán esto
en el segundo advenimiento.
Verso 24. El primer Adán siendo un ser creado (teniendo una vida
con un principio y que puede tener un fin) llegó a ser el origen de
nuestra vida creada. El segundo Adán introdujo el Espíritu dador de vida
[eterna].
Verso 46. La vida creada (o vida natural) vino primero. El Espíritu dador
de la vida vino después.
Verso 47. El primer hombre fue hecho del polvo de la tierra, así fue el
carácter que él produjo (carnal) después de la caída. El segundo Adán era
del cielo, el Hijo de Dios; el carácter que el manifestó [en su vida de
obediencia] fue de Dios (espiritual, Rom. 1:4).
Verso 48. Como los hijos del [hombre] terrenal reflejan la naturaleza y el
carácter terrenal (carnal); así también aquellos que pertenecen al
celestial (Cristo) reflejarán el carácter y la naturaleza celestial (un
vida justa).
Verso 49. Y así como todos nosotros por naturaleza, somos una reproducción
de la imagen del primer Adán [ver Gén. 5:2], así mismo nosotros (los
creyentes) reflejaremos plenamente la imagen de la naturaleza resucitada
de Cristo en ocasión de la transformación (glorificación) en el segundo
advenimiento (vv. 50-54; Rom. 8:23-25; Fil. 3:20,21).
De acuerdo a 1 Cor. 15:21-23,45-49, solamente han existido dos cabezas de
la raza humana, Adán y Cristo. Jamás habrá otra, por esto se le refiere a
Cristo como el “último Adán” (v. 45). El destino de la raza humana
completa descansa sobre estas dos cabezas. Adán es el prototipo de la
humanidad no redimida, mientras que Cristo es el prototipo de la humanidad
redimida. Lo que es cierto de Adán, es cierto de su gente, y lo que es
cierto de Cristo, es cierto de su gente. La situación de Adán después de
la caída es la situación de todos los no redimidos, mientras que lo que
fue realizado por Cristo para todos los hombres será la situación de todos
los redimidos. “Como en Adán todos mueren, en Cristo todos serán
vivificados” (ver. 22).
La resurrección de Cristo es la garantía de que todos los que pertenecen a
Él por fe, (y que han muerto en esa fe) serán resucitados en el segundo
advenimiento. No nuestra [propia justicia], sino la de Cristo nos califica
para el cielo, ahora y en el juicio...
En la cruz Cristo murió o probó la segunda muerte como Sustituto o
Representante de la raza humana (Heb. 2:9). En esta forma Él abolió la
muerte (2 Tim. 1:10). Al remplazar a la raza Adánica en la cruz y
satisfacer las justas demandas de la Ley de Dios a nuestro favor, Cristo
calificó en la resurrección para ser el segundo Adán; la cabeza de una
humanidad nueva y redimida (2 Cor. 5:14). Ella se encuentra completa en
Él. Es únicamente sobre este hecho que está fundada la bendita esperanza
por la que ansiamos su venida para que seamos completamente como Él (Fil.
3:20,21).
Conclusión
De acuerdo a la clara enseñanza de los dos Adanes, nuestra única esperanza
descansa enteramente sobre Cristo, nuestra justicia - porque “por las
obras de la Ley ninguna carne será justificada delante de Dios” (Rom.
3:20; Gál. 2:16). Pero los que sean justificados por la fe en Cristo
vivirán (Rom. 1:17; Heb. 2:4; Fil. 3:9).
En la creación Dios hizo a Adán del polvo de la tierra y alentó en él
soplo de vida, así que Adán llegó a ser una persona viviente corporal
(Gén. 2:7). Esta vida corporal que Adán recibió de Dios fue una vida
perfecta, sin pecado y era controlada por el Espíritu Santo de manera que
era dominada por el amor sin egoísmo (ágape), porque fue creado a la
imagen de Dios, y Dios es amor (Gén. 1:26; Juan 4:24; 1 Juan 4:8,16).
Habiendo creado a Adán y a su esposa Eva de él mismo, Dios le ordenó a
Adán que multiplicara su vida y llenara la tierra de personas que
reflejaran el carácter de Dios (Gén. 1:28) Este fue originalmente el
propósito divino para este mundo.
Desafortunadamente, antes de que Adán y Eva empezaran el proceso de
multiplicación, cayeron en pecado y esto afectó la vida corporal de Adán
en tres formas.
1) Su vida sin pecado llegó a ser culpable de pecado (Gén. 2:17; 3:6,7).
2) Su vida culpable cayó bajo la condenación de la Ley, la pena de muerte
(Eze. 18:4,20).
3) Su vida perfecta llegó a ser pecaminosa, y en vez de ser controlada y
dirigida por el Espíritu y el amor ágape, cayó bajo el cautiverio o
esclavitud del pecado (amor propio) y de Satanás (Isa. 53:6; Juan 8:34;
Fil. 2:2 1; 2 Ped. 2:19).
Como la raza humana es la multiplicación de la vida de Adán
(Hech.17:24-26, la sangre simboliza la vida Gén. 9:4; Lev. 17:11; Deut.
12:23), los tres hechos ya mencionados concerniente a la vida de Adán,
pasaron a la raza humana. Por lo tanto la vida que recibimos al nacer es:
1) Una vida que ha pecado (Rom. 5:12); 2) Es una vida que está en
cautiverio o esclavitud al pecado y a Satanás (Juan 8:34; Rom. 7:14; 1
Juan 3:8). Y 3) Es una vida que está condenada por la Ley. Esto significa
que la Ley demanda esta vida y en caso de que las demandas justas de la
Ley sean satisfechas, nos deja sin nada, sólo la muerte eterna (Juan 3:36;
1 Cor. 15:22; Apoc. 20: 14,15). Esta es nuestra situación “en Adán”, y no
podemos hacer nada por nosotros mismos para cambiar o alterar estos
hechos. “En Adán” todos hemos pecado y estamos en esclavitud del pecado y
debemos morir. En otras palabras, sin el Evangelio estamos perdidos
irremediablemente y sentenciados para siempre.
Fue para librarnos de esta situación y restaurar en nosotros el propósito
original de Dios para el hombre, que Cristo fue hecho humano. El vino como
la segunda cabeza de la raza humana e introdujo el reino de gracia a
través de su perfecta vida, muerte y resurrección. Por lo tanto, [podemos
decir]: “Bendito el Dios y Padre del Señor Jesucristo, que según su gran
misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de
Jesucristo de los muertos” (1 Ped. 1:3 énfasis suplido). Así pues,
mientras que la raza humana caída es la multiplicación de la vida
pecaminosa de Adán, podemos decir que la iglesia (descrita en el Nuevo
Testamento como el cuerpo de Cristo (Rom. 12:1; 1 Cor. 12:13,14) es la
multiplicación de la vida justa de Cristo (Rom. 8:29; Heb. 2:11; 1 Juan
3:1,2). Este es el fundamento sobre el cual la iglesia debe ser
construida.
Por consiguiente, gracias sean dadas a Dios por su regalo inexpresable (2
Cor. 9:15) el cual ha cambiado nuestra situación sin esperanza en Adán y
nos ha dado una nueva identidad y esperanza en Cristo. A través del
Evangelio recibimos la vida misma de Cristo (esto es realizado en la
conversión o experiencia del nuevo nacimiento, Juan 3:3-6). Y esta vida
que es recibida por fe en Cristo es:
1) una vida que ha obedecido perfectamente la Ley, y la ha cumplido en
cada detalle en nuestra humanidad corporal, la cual asumió Len la
encarnación (Mat. 5:17; Rom. 10:4).
2) Es una vida que ha condenado y vencido el poder del pecado en la carne
(Juan 8:46; Rom. 8:2,3).
3) Una vida que fue sometida a la paga completa del pecado en la cruz
(Rom. 5:8,10; Efe. 2:8).
4) Una vida que ha vencido la muerte y el sepulcro (1 Cor. 15:55-58; Heb.
2:14, 15).
Todos estos hechos llegan a ser una realidad para nosotros cuando por la
fe recibimos la vida de Cristo. Esta vida, en primer lugar nos justifica,
puesto que obedeció perfectamente la Ley satisfaciendo sus justas demandas
sobre nuestros pecados. Y segundo, esta vida es capaz de liberamos
completamente de la esclavitud del pecado, y producir en nosotros la misma
justicia de Dios, y esto ha sido completado en la humanidad de Cristo (1
Tim. 3:16). Finalmente, esta vida nos garantiza la eternidad pues nos
resucitará de la muerte porque constituye la vida eterna (Juan 3:36; 6:27;
1 In. 2:25).
Estos son los privilegios que tienen todos los que están en Cristo. Y si
aprendemos a vivir por su vida y no por nuestra vida natural, estamos
verdaderamente morando en Él (Juan 15:4-8) y caminando en la luz (1 Juan
1:6,7) o en el Espíritu (Rom. 8:4; Gil. 5:16). Los frutos de una vida tal
serán agradables a Dios... [Cuando] la vida de Cristo mora en nosotros y
nos gobierna es el medio de nuestra santificación: “Cristo en vosotros, la
esperanza de gloria” (Col. 1:27). En Cristo poseemos una vida que es mayor
que el poder del pecado y del
diablo
(1 Juan 4:4). Y cuando esta vida tome [plena y completa] posesión de
nosotros, el pecado será condenado en nuestros cuerpos, y en lugar del
pecado, Cristo será revelado (Rom. 8:9-14). Así, la tierra será iluminada
con la gloria de Dios a través su pueblo (Apoc. 18:1). Esta será la
manifestación final del amor de Dios antes de la [segunda] venida de
Cristo (Apoc. 10:7)...
Al concluir este importante estudio, debe ser enfatizado que esta verdad
de los dos Adanes es sumamente importante para el entendimiento del
Evangelio objetivo y de la Justificación por la Fe, y también es de gran
valor práctico para nuestra experiencia cristiana, puesto que los frutos
de esta doctrina son para santidad de vida o santificación. Es por esta
razón que Cristo declaró: “Y conoceréis la verdad y la verdad es hará
libres” y “así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”
(Juan 8:32,36). – La Dinámica del Evangelio Eterno, pp.
22-30 –
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