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“El último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo es una
revelación de su carácter de amor" (E. White). ¿Conducirá el
arrepentimiento corporativo a una iglesia eficazmente comprometida?
"Dios es amor", por lo tanto, amor es
poder. Si es que la manifestación final del Espíritu Santo ha de
demostrar al mundo el poder del amor de Dios, primero debe darse en la
iglesia una nueva comprensión del mismo:
"El mundo está envuelto por las tinieblas
de la falsa concepción de Dios. Los hombres están perdiendo el
conocimiento de su carácter, el cual ha sido mal entendido y mal
interpretado. En este tiempo, ha de proclamarse un mensaje de Dios, un
mensaje que ilumine con su influencia y salve con su poder. Su carácter
ha de ser dado a conocer…
Los
últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que
ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los
hijos de Dios han de manifestar su gloria. En su vida y carácter han de
revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos" (Palabras de vida
del gran Maestro, p. 342).
La mayoría de nosotros estaremos de
acuerdo en que el cumplimiento de lo anterior está situado en el futuro.
¡Ojalá lo veamos pronto finalmente realizado!
El Amor como Fuego Consumidor y Purificador
El amor
ágape nada tiene que ver con el frágil sentimentalismo. El mismo Dios
que es ágape, es también "fuego consumidor" (Heb. 12:29). Ese fuego
significa muerte al egoísmo, sensualidad, amor al mundo, orgullo y
arrogancia. Significa también muerte a la tibieza. Por extraño que pueda
sonar a oídos legalistas, es imposible que una iglesia permanezca débil
y enfermiza, cuando ese amor es comprendido y aceptado.
Cuando
inflame a la iglesia como el fuego hace entrar en combustión al carbón,
ésta se volverá supereficiente en la ganancia de almas. Cada
congregación vendrá a ser lo que Cristo la haría ser, de encontrarse en
la carne en medio de ella. Purificada en el fuego consumidor (que
consume el pecado), purificada en ese fuego que es el amor ágape, la
iglesia vendrá a ser la extensión del poder de Cristo para redimir a los
perdidos.
Entonces el Espíritu Santo hará por fin su
obra culminante en los corazones humanos. La razón es que los miembros
del cuerpo habrán recibido "la mente de Cristo". A uno se le acelera el
pulso con sólo pensar en ello:
"Se
realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios seguirán
a los creyentes… los rayos de luz penetrarán por todas partes, y la
verdad aparecerá en toda su claridad, y los sinceros hijos de Dios
romperán las ligaduras que los tenían sujetos… un sinnúmero de personas
se alistará en las filas del Señor" (El Conflicto de los siglos,
p. 670).
¿Qué otra cosa podrían ser esos "rayos de
luz", si no es el amor de Dios manifestado en su pueblo? Imaginemos el
gozo desbordante que fluirá como río saliendo de su cauce, cuando las
Buenas Nuevas del Señor avancen en su pureza, gloria y poder. ¡Cuántos
corazones que están ahora en tinieblas encontrarán a Cristo y saciarán
en Él los anhelos de su alma!
Mientras tanto, las congregaciones pueden
dar con demasiada facilidad la impresión de ser un club religioso
confortable, exclusivo; siendo que –por el contrario– el Señor ha
declarado que "casa de oración será llamada de todos los pueblos". Eso
debe incluir a "pecadores" en los que no habíamos pensado mucho hasta
ahora. El Señor se dirige a su verdadero pueblo esparcido todavía en
"Babilonia", como "pueblo mío" (Apoc. 18:4). Pero pueden resultar no ser
la gente "bien" que esperábamos que se uniese a nuestro club. ¿Estamos
deseosos de que gente "mala" salga de Babilonia, para unirse con
nosotros?
¡El Señor sí lo está! ¿Por qué hace
brillar el sol, y caer la lluvia "sobre justos e injustos", incluso
sobre sus enemigos? La respuesta: Su amor no es el tipo de amor que
poseemos de forma natural. Si estuviese en nuestro poder el manipular
las fuerzas de la naturaleza, ¿nos parece que sería nuestra
discriminación entre gente buena y mala más eficiente en persuadir a los
malos a que se hicieran buenos, que el proceder de Dios al otorgar
bendiciones a ambas partes?
Dios considera como suyos a muchos de los
que hoy tenemos por casos perdidos. Hay María Magdalenas y buenos
ladrones en la cruz. En el momento en el que comenzamos a ser selectivos
en nuestro amor, perdemos el vínculo con el Espíritu Santo. Tenemos la
misma facilidad para murmurar que la demostrada por los fariseos y
escribas. Nos escandalizamos rápidamente al ver que Cristo "recibe a los
pecadores" (Luc. 15:1,2). Pero cuanto mayor es la maldad del pecador,
mayor la gloria de Dios al redimirlo:
"El
Maestro divino soporta a los que yerran, a pesar de toda su perversidad.
Su amor no se enfría; sus esfuerzos por conquistarlos no cesan. Espera
con los brazos abiertos para dar repetidas veces la bienvenida al
extraviado, al rebelde y hasta al apóstata… Aunque todos son preciosos a
su vista, los caracteres toscos, sombríos, testarudos, atraen más
fuertemente su amor y simpatía, porque ve de la causa al efecto. Aquel
que es más fácilmente tentado y más inclinado a errar es objeto especial
de su solicitud" (La Educación, p. 294).
El Arrepentimiento Pone en Marcha el Proceso
¿Cómo podemos aprender un amor así? Hay un
solo método que funciona: ver a Cristo tal como Él es. Era perfectamente
impecable; sin embargo, amó a los pecadores. Su arrepentimiento "en
favor de los pecados del mundo" le enseñó cuán débil era, de no contar
con la fuerza de su Padre. Sabía que podía caer. Nació en el mismo río
que nos arrastra al pecado con la fuerza de su corriente, pero se
mantuvo firme en la roca de la fe en su Padre. Resistió exitosamente esa
corriente, incluso cuando todas las evidencias le indicaban que había
sido abandonado.
El Padre envió a su Hijo "en semejanza de
carne de pecado". Es verdaderamente nuestro "hermano". Llevó la
culpabilidad de todo pecador. Cuando aprendamos a mirarle a Él en esa
luz, experimentaremos un sentimiento de unidad con Él. Sentiremos hacia
Él una atracción del corazón que barrerá las seducciones del mundo y la
preocupación por el yo.
La
profecía de Zacarías sobre la "casa de David" que mira a Cristo "a quien
traspasaron", es una promesa explícita del don del arrepentimiento. El
arrepentimiento corporativo en correspondencia con la culpabilidad
corporativa, hará posible la recepción y el ejercicio de ese amor
desbordante. La habilidad para sentir y amar a todo pecador es la única
forma en la que el ágape de Cristo pudo ser fiel a sí mismo. Su
expresión fue el resultado directo de su experiencia de arrepentimiento
corporativo, en nuestra carne. Se colocó verdaderamente en el lugar de
"todo hombre" por el que "gustó la muerte". Nos invita a que también
nosotros aprendamos a amar como Él nos amó y nos ama.
La Justicia por la Fe Lleva al Arrepentimiento
Solamente un arrepentimiento así puede dar
significado a la expresión "Jehová, justicia nuestra" (Jer. 23:6). Aquel
que siente que tiene por naturaleza al menos una cierta justicia
procedente de sí mismo, lógicamente percibirá que en esa misma medida es
mejor que algún otro. Sintiendo de esa manera, Cristo será un extraño
para él. Y en consecuencia, el pecador le resultará también un extraño.
A la naturaleza humana le resulta muy
natural aborrecer la genuina verdad de la justicia de Cristo. Nos
resulta hostil la contrición que implica ver en Cristo la totalidad de
nuestra justicia. Retrocedemos ante la idea de ponernos en el lugar del
alcohólico, el drogadicto, el criminal, la prostituta, el rebelde, el
indigente. Nuestro corazón se inclina muy fácilmente a pensar ‘sería
incapaz de hundirme hasta ese punto’.
Mientras
ese siga siendo nuestro sentimiento, aquejaremos una incapacidad para
pronunciar palabras de auténtica ayuda, como lo fueron las de Cristo. El
amor por las almas está congelado. Restringido y conducido de forma
egoísta, deja de ser ágape. Es una desgracia fatal que rehusemos entrar
en el reino de los cielos por no permitir que el Espíritu Santo subyugue
nuestros corazones profundamente endurecidos. Pero es aún peor el que
cerremos materialmente las puertas del reino, de forma que las María
Magdalenas o los buenos ladrones en la cruz no puedan entrar.
Mejor le
fuera atarse una piedra de molino al cuello, y arrojarse a lo profundo
de la mar, dijo Jesús, que afrontar en el juicio los resultados de una
vida desprovista de amor. "Mejor sería no existir, que vivir cada día
vacíos de ese amor que Cristo demanda de sus hijos" (Counsels to
Teachers, p. 266). Ha llegado el tiempo de que comprendamos que la
culpabilidad de los pecados de todo el mundo, la frustrada enemistad
hacia Dios, la desesperación, la rebelión, serían mi parte, de no ser
por la gracia de Dios. Si Cristo retirase de mí esa gracia, encarnaría
la plenitud de la maldad, ya que "en mí (es a saber, en mi carne) no
mora el bien" (Rom. 7:18). Hasta que apreciemos plenamente esa verdad,
no podremos comprender plenamente la justicia impartida de Cristo.
Es por
ello que el arrepentimiento que Cristo nos ruega que aceptemos nos lleva
hasta el Calvario. Es imposible arrepentirse verdaderamente de pecados
menores, sin arrepentirse del pecado mayor que está en la base de todo
otro pecado. Es por ello que tiene que darse un borramiento del pecado,
tanto como un perdón del mismo. El Sumo Sacerdote celestial no está
entregado a la obra de podar ramitas de los árboles malos. En el Día de
la expiación, pondrá su hacha a la raíz, o bien dejará el árbol. Una
conversión superficial que quizá pueda haber sido apropiada en épocas
pasadas, no lo es hoy en absoluto. El concepto que está en la base del
mensaje de la justicia de Cristo es que no poseo ni una sola fibra de
justicia propia, y es solamente reconociendo eso como puedo apreciar el
don de la justicia de Cristo.
La medida de nuestra receptividad es
"Conforme a vuestra fe os sea hecho". Mediante el verdadero
arrepentimiento, aceptamos el don de la contrición y el perdón de todo
pecado del que seamos potencialmente capaces, no meramente de los pocos
pecados que creemos haber cometido personalmente. Cristo puede entonces
imputar e impartir justicia igual a su propia perfección, mucho más allá
de nuestra capacidad. Mucho más abundante que la potencial culpabilidad
que podamos sentir en favor de los pecados del mundo.
El Poder del Amor que Obra Milagros
Compartiendo la naturaleza divina del
mismo Señor, el penitente se deleita en la misericordia. Descubre su
mayor placer en encontrar material aparentemente inservible, y ayudar a
que pueda beneficiarse de la gracia de Dios:
"Decid a
los pobres desalentados que se han descarriado, que no necesitan
desesperar. Aunque han errado, y no han edificado un carácter recto,
Dios puede devolverles el gozo, aun el gozo de su salvación. Se deleita
en tomar material aparentemente sin esperanza, aquellos por quienes
Satanás ha obrado, y hacerlos objetos de su gracia… Decidles que hay
sanidad, limpieza para cada alma. Hay lugar para ellos en la mesa del
Señor" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 234).
La doctrina que Pablo enunció, debe
encontrar amplia expresión al fin. La semilla sembrada hace casi dos mil
años debe comenzar a rendir ese bendito fruto por el que toda la
creación ha estado gimiendo con las fatigas del parto, y esperando verlo
al fin.
El Espíritu Santo está Comenzando a Obrar
El arrepentimiento al que Cristo llama
está comenzando a ser comprendido. Cuando un miembro de una congregación
cae en el pecado, un poco de reflexión puede convencer a muchos otros
miembros de que compartimos con él la culpa. Si hubiésemos estado más
alerta, si le hubiésemos dedicado mayor y más tierna atención, si
hubiésemos sido más solícitos en "saber hablar en sazón palabra al
cansado", si hubiésemos sido más eficaces en comunicar la pura y
poderosa verdad del evangelio, podríamos haber salvado de caer al
miembro errado. Con la debida atención pastoral, está al alcance de toda
iglesia el sentir al menos un cierto grado de esa preocupación
corporativa.
Es por lo tanto animador creer que en
esta, nuestra generación, podemos esperar que se despierte un profundo
sentimiento de amante preocupación solidaria a escala mundial. Cuando
eso se produzca (y se producirá si no lo impedimos), habrá una unidad de
corazón entre razas, nacionalidades y culturas económicas y sociales,
como nunca hemos visto hasta ahora. Grupos con tendencias teológicas
divergentes se humillarán a los pies de la cruz. El cumplimiento del
ideal de Cristo se verá realizado a todos los niveles. El invierno de
las heladas inhibiciones y temores dará paso a la gloriosa primavera en
donde el amor y simpatía que Dios ha implantado en nuestras almas
encontrarán la más verdadera y pura expresión de corazón a corazón.
Resultará imposible el sentimiento de
superioridad o afán de dominio hacia aquellos cuya raza, nacionalidad,
cultura o teología sean diferentes a la nuestra. "La mente de Cristo"
establece lazos de simpatía y compañerismo "en Él". La gracia va a obrar
esos milagros.
Eso le Costará al Pueblo de Dios dar un Paso más Allá
No estará limitado a un arrepentimiento
compartido en favor de nuestra generación de seres vivientes
contemporáneos, sino que alcanzará igualmente a las generaciones
pasadas. La idea que expresó Pablo, "de la manera que el cuerpo es uno,
y tiene muchos miembros… así también Cristo", se comprenderá abarcando
también al cuerpo de Cristo en el pasado. Así, cobrará significado el
mandato de Moisés de arrepentirse por los pecados de generaciones
previas (Lev. 26:40). La "expiación final" se convierte en una realidad,
y el juicio previo al advenimiento puede entonces concluir.
Si bien habrá un zarandeo, y algunos
–quizá muchos– que rehúsen la bendición abandonarán la iglesia, la
palabra inspirada implica que quedará un verdadero remanente de
creyentes en Cristo. No todo son malas nuevas en el zarandeo del árbol o
de sus ramas. Nos ofrece las buenas nuevas de que "quedarán en él
rebuscos, como cuando sacuden el aceituno, dos o tres granos en la punta
del ramo, cuatro o cinco en sus ramas fructíferas" (ver Isa. 17:6;
24:13). Los que permanezcan, "alzarán su voz, cantarán gozosos en la
grandeza de Jehová" (v. 14). Los que caigan en el zarandeo, no harán
sino manifestar la realidad de "que todos no son de nosotros". La obra
de Dios avanzará imperturbable de fortaleza en fortaleza.
En esa hora de acontecimientos sin
precedente, la iglesia estará unida y coordinada como un cuerpo humano
que recuperó la salud. Las calumnias, las malas sospechas, los chismes,
hasta incluso la negligencia del deber ante las necesidades de otros,
serán vencidas. El oído atento, sintonizado para escuchar el llamamiento
del Espíritu Santo, se pondrá a la obra bajo la convicción del deber.
Cuando el
Espíritu diga – como dijo a Felipe – "Llégate, y júntate a este carro",
la obediente respuesta será inmediata. Se ganarán las almas, tal como
sucedió con el diácono y aquel eunuco de la corte real de Candace. La
"Cabeza" habrá por fin encontrado la respuesta perfecta de un "cuerpo"
junto a quien morar, y alegrándose con cantos sobre su pueblo, el Señor
añadirá gozoso a la membresía de su iglesia todo ese pueblo que se
encuentra aún disperso en Babilonia. Desde el momento en que atraviesen
la puerta, esas almas de corazón sincero sentirán la presencia del ágape
de Cristo; ese amor que conmueve el corazón, que es "fuego consumidor".
¡Oh, si pudiésemos imaginar los goces que esa contrición va a
posibilitar!
Se producirán milagros de restauración del
corazón, como si Cristo mismo estuviese presente en la carne. Se
construirán puentes sobre las simas de separación. Las disensiones
matrimoniales encontrarán la solución que había escapado a los mejores
esfuerzos de consejeros y psicólogos. Hogares que se habían roto se
cementarán en lazos de amor, fruto de la profunda contrición de
corazones creyentes. Arpas que guardan ahora silencio, vibrarán entonces
melodiosamente, cuando sus cuerdas sean pulsadas por aquellas manos que
llevan aún las cicatrices del Calvario.
Jóvenes confundidos y frustrados verán una
revelación de Cristo como nunca antes percibieron. La fascinación
satánica de las drogas, el alcohol, la inmoralidad y la rebelión
perderán todo su poder, y en su lugar se verá una pura y santa
manifestación de devoción juvenil por Cristo, para gloria de su gracia.
"Sobre ti nacerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las
gentes a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento"
(Isa. 60:2,3).
Los
resultados serán maravillosos, una vez que la iglesia haya aprendido a
sentir por el mundo de la forma como Cristo siente por él. La "Cabeza"
no puede decir a los pies "no tengo necesidad de vosotros"
(1 Cor. 12:21). Esa es la razón por la que "puso Dios en la iglesia" los
diversos dones de su Espíritu. La iglesia viene a ser un "cuerpo"
eficiente en manifestar a Dios al mundo, de la misma manera en que una
persona sana expresa mediante sus miembros físicos los pensamientos e
intenciones de la mente. Todos los dones conducirán al "camino más
excelente" que es el ágape.
El mundo y el vasto universo del más allá,
contemplarán estupefactos. La demostración final de los frutos del
sacrificio de Cristo llevará el conflicto de los siglos a una gloriosa y
triunfante culminación. En el sentido más profundo, acariciado, soñado,
pero difícilmente imaginado por nuestros pioneros, se efectuará en los
corazones del pueblo de Dios una obra paralela y consistente con la
purificación del santuario celestial. Será así "purificado",
justificado, vindicado o restaurado ante el universo.
La Certeza del Triunfo de Cristo
Esa experiencia transformará a la iglesia
en un generador de amor. El plan de Dios es que no haya bancos
suficientes en ninguna iglesia, para todos los pecadores que,
convertidos, acudan a ellas. Arrepentimiento corporativo y
denominacional significa toda la iglesia experimentando el amor y la
empatía de Cristo hacia todos aquellos por quienes Él murió. Desde
luego, no todos en el mundo responderán. De hecho, muchos rechazarán su
proclamación final. Pero responderán gozosos muchos más de los que
habíamos imaginado.
Guardémonos de la pecaminosa incredulidad
que significa el poner en duda la bondad de las Buenas Nuevas. Los que
piensan, ‘¡Es demasiado bueno para ser cierto!’, deberían prestar
atención a una lección poco conocida de las Escrituras. En los días de
Eliseo, Samaria fue azotada por un hambre terrible, al ser sitiada por
la armada Siria:
"Y hubo grande hambre en Samaria, teniendo
ellos cerco sobre ella; tanto, que la cabeza de un asno era vendida por
ochocientas piezas de plata, y la cuarta de un cabo de estiércol de
palomas por cinco piezas de plata… y él [el rey de Israel] dijo: ‘Así me
haga Dios, y así me añada, si la cabeza de Eliseo hijo de Saphat quedare
sobre él hoy’.
Dijo entonces Eliseo:… ‘Mañana a estas
horas valdrá el seah de flor de harina un siclo, y dos seah de cebada un
siclo [una pieza de plata]’.
Y un príncipe sobre cuya mano el rey se
apoyaba, respondió al varón de Dios y dijo: ‘Si Jehová hiciese ahora
ventanas en el cielo, ¿sería esto así?’.
Y él [Eliseo] dijo: ‘He aquí tú lo verás
con tus ojos, mas no comerás de ello’ ". (2 Rey. 6:25-7:20).
Todos
hemos sido educados en una incredulidad que hace que para nosotros sea
fácil simpatizar con la visión "realista" de aquel príncipe. ¿Cómo podía
aliviarse aquella terrible hambre en tan sólo 24 horas? El mensaje de
Eliseo constituía el Espíritu de Profecía contemporáneo, y el príncipe,
sencillamente, no creía en el don.
El Señor aterrorizó a los invasores
Sirios, y estos abandonaron sus colosales acopios de víveres, que
quedaron a la libre disposición de los exhaustos Israelitas: "Y el rey
puso a la puerta a aquel príncipe sobre cuya mano él se apoyaba: y lo
atropelló el pueblo a la entrada, y murió, conforme a lo que había dicho
el varón de Dios… Y le vino así; porque el pueblo le atropelló a la
entrada, y murió" (2 Rey. 7:17,20).
La incredulidad en este "tiempo de la
lluvia tardía", hará que quedemos excluidos de la gloriosa experiencia
que el Señor anuncia para su pueblo. Declaraciones inspiradas confirman
la visión de "toda la iglesia" en la historia experimentando una
bendición tal, sin duda alguna tras haber sido purificada:
"El
Espíritu Santo debe animar e impregnar toda la iglesia, purificando los
corazones y uniéndolos unos a otros" (Joyas de los Testimonios, vol. III,
p. 289).
"Ha
llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando ella principie, el
espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia
y de revolución será desterrado de la iglesia… todos estarán en armonía
con el pensamiento del Espíritu" (Ibíd., p. 254,255).
"En visiones de la noche pasó delante de
mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios. …Se
advertía un espíritu de intercesión* como lo hubo antes del gran día de
Pentecostés… Los corazones eran convencidos por el poder del Espíritu
Santo, y se manifestaba un espíritu de sincera conversión. En todos los
sitios las puertas se abrían de par en par para la proclamación de la
verdad. El mundo parecía iluminado por la influencia divina… parecía una
reforma análoga a la del año 1844.
Sin
embargo, algunos rehusaban convertirse… Esas personas avarientas se
separaron de la compañía de los creyentes" (Ibíd., p. 345: Traducción
revisada en este punto. Original: "A spirit of intercession was seen…").
Es aquí donde quitamos las sandalias de nuestros pies, ya que estamos
pisando sobre terreno sagrado. Este modesto volumen ha intentado
explorar el solemne llamado de Cristo al arrepentimiento, presentado al
ángel de su iglesia. Oremos para que el Espíritu de Dios pueda emplear
muchas voces que se hagan eco del llamamiento. La "Cabeza" ha puesto su
dependencia en nosotros como miembros del "cuerpo" de Él, para expresar
su voluntad. Que ningún cristiano humilde menosprecie la importancia de
su respuesta individual. Quizá todo cuanto necesita el Señor es
encontrar una persona en algún lugar, que haya sido bautizada,
crucificada y resucitada "con Cristo", y que comparta entonces su
experiencia de arrepentimiento.
Que la preciosa levadura de la verdad
pueda leudar todo el cuerpo.
Apéndice A
El Arrepentimiento de los Pastores y sus Familias
El fragmento de un escrito de E. White, reproducido a
continuación, indica la profundidad de la respuesta que se producirá,
por parte de los pastores, sus esposas e hijos, cuando el Espíritu Santo
conceda el don del arrepentimiento:
"En la noche, me encontré en sueños en una gran reunión
con pastores, sus esposas, y sus hijos. Me sorprendió que la compañía
congregada se compusiera principalmente de pastores y sus familias. Les
fue presentada la profecía de Malaquías, en relación con Daniel,
Sofonías, Hageo y Zacarías… Hubo un profundo escudriñamiento de las
Escrituras en relación con el carácter sagrado de todo lo perteneciente
al servicio del templo…
Tras un diligente escudriñamiento de las Escrituras, hubo
un período de silencio. Las personas fueron solemnemente impresionadas.
Se manifestó entre nosotros conmoción profunda, por acción del Espíritu
Santo. Todos fueron perturbados, todos parecían sentirse bajo la
convicción, pesadumbre y congoja, y vieron su propia vida y carácter
retratados en la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo hizo la aplicación
a sus corazones.
La conciencia se avivó. La crónica de tiempos pasados
puso al descubierto la vanidad de las falsedades humanas. El Espíritu
Santo trajo todas las cosas a su memoria. Al revisar su historia pasada,
fueron revelados defectos de carácter que se habrían debido discernir y
corregir. Vieron cómo, por la gracia de Cristo, el carácter debió haber
sido transformado. Los obreros habían conocido la amargura de la derrota
en la tarea que se había encomendado a sus manos, cuando debieron haber
experimentado la victoria.
El Espíritu Santo presentó ante ellos Aquel a quien
habían ofendido. Vieron que Dios no solamente se revelará como un Dios
de misericordia, de perdón y benignidad, sino que mediante actos
terribles de justicia pondrá de manifiesto que Él no es un hombre para
que mienta.
Hubo Uno que pronunció
estas palabras: ‘La vida interior, escondida, será revelada. Como si
fuese reflejada en un espejo, se manifestará toda la obra interna del
carácter. El Señor quiere que examinéis vuestras propias vidas, y que
veáis cuán vana es la gloria del hombre. "Un abismo llama a otro a la
voz de tus canales: Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. De
día mandará Jehová su misericordia, y de noche su canción será conmigo,
y oración al Dios de mi vida" [Sal. 42:8]’ " (Review and Herald,
4-2-1902).
Apéndice
C
Ezequiel 18 y la Culpabilidad Corporativa
¿Niega Ezequiel el principio de la culpabilidad
corporativa?
"¿Qué pensáis
vosotros, vosotros que usáis este refrán sobre la tierra de Israel,
diciendo: Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos
tienen la dentera?… He aquí que todas las almas son mías; como el alma
del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá…
el hijo no llevará por el pecado del padre, ni el padre llevará por el
pecado del hijo: la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del
impío será sobre él" (Eze. 18:2,4,20; ver Jer. 31:29,30).
Ezequiel considera el caso de un hombre recto que lo hace todo bien,
pero que tiene un hijo que se entrega al mal. Éste, a su vez, tiene un
hijo. Entonces argumenta que si el hijo del hombre malvado "viere todos
los pecados que su padre hizo, y viéndolos no hiciere según ellos… éste
no morirá por la maldad de su padre" (vv. 14-17). El pecado y la culpa
no se transmiten genéticamente. La enseñanza del profeta consiste en
reconocer el principio de la responsabilidad individual. El hijo no
tiene porqué repetir los pecados de su padre, a menos que elija hacerlo
así. Puede romper el círculo de la culpabilidad corporativa mediante el
arrepentimiento ("y viéndolos, no hiciere según ellos").
Pero Ezequiel no
sugiere que el hombre justo lo sea por sí mismo, ni niega la verdad
bíblica de la justificación por la fe. Todo hombre justo lo es siempre
por la fe. Sin Cristo, carecería de toda justicia en sí mismo. El hombre
malvado es aquel que rechaza tal justicia por la fe. El profeta no niega
que "todos pecaron", y que "todo el mundo aparezca culpable ante el
juicio de Dios" (Rom. 3:23,19 Versión Cantera-Iglesias). De no ser por
la justicia imputada de Cristo, todo el mundo sería igualmente culpable
ante Dios.
El hijo que vio los
pecados de su padre y se arrepintió, queda liberado de la culpa de esos
pecados en virtud de la justicia de Cristo que le es imputada, pero no
porque él sea intrínsecamente mejor que su padre. En cierto sentido, el
arrepentimiento del hijo es corporativo: reconoce que de haberse
encontrado en el lugar de su padre, podría haber sido igual de culpable.
No piensa que nunca hubiera sido capaz de cometer esos pecados. Confiesa
humildemente "Ese sería yo, de no ser por la gracia de Dios". Escoge
entonces el camino de la justicia. Ezequiel no niega la verdad del
arrepentimiento corporativo, sino que expone, en positivo, cual es su
resultado (comparar con el resultado de su rechazo, en negativo, en
Luc. 11:50, Mat. 23:35, etc.). |