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Cristo,
Chasqueado |
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Por:
Robert Wieland |
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Cantamos, oramos, y decimos que le amamos. Pero Él nos dice que lo tenemos por
“persona no grata”.
Nuestro moderno, pecaminoso y arruinado mundo, necesita
desesperadamente una Iglesia Adventista del Séptimo Día llena del
Espíritu. Abrigamos una profunda convicción: la de que nuestra Iglesia
constituye el remanente profético descrito en Apocalipsis 12:17, un
pueblo singular con el que está "airado" el dragón, y contra el que hace
"guerra". Nuestro llamado es el propio de los que "guardan los
mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo". Es el mismo
grupo que predica al mundo la verdadera buena nueva del "evangelio
eterno" (cap. 14:6-12). Un ingrediente vital en la estabilidad del
mundo.
Si bien ese destino profético ha mantenido a nuestra
Iglesia durante más de un siglo, las palabras de severa reprensión del
Señor, en su mensaje a Laodicea, no dejan ningún resquicio para el
orgullo. Hemos predicado sermones y publicado artículos sin número sobre
el reproche del Testigo fiel, pero en general reconocemos que el
problema por Él señalado continúa existiendo todavía hoy.
Si hemos superado ya exitosamente esa debilidad
espiritual, debería existir alguna evidencia clara que mostrase cuándo y
cómo tuvo lugar esa victoria. Es de lógica elemental que cuando la
iglesia venza realmente, el retorno de Cristo no puede seguir
demorándose. Así lo confirma su parábola sobre el labrador (Jesús
mismo): "Y cuando el fruto está maduro, en seguida se pasa la hoz, por
haber llegado la siega" (Mar. 4:29). "La siega es el fin del mundo"
(Mat. 13:39; Apoc. 14:14-16).
¿Por qué no ha efectuado aún su obra el llamamiento de
Cristo a su pueblo? ¿Cuánto tardará aún su iglesia remanente en comprar
su "oro afinado en fuego", sus "vestiduras blancas", y aplicarse el
"colirio"? ¿Hemos de asumir que el mensaje de Cristo va a resultar
finalmente en un fracaso? Algunos concluyen que, puesto que el antiguo
Israel fracasó repetidamente, el moderno está fatalmente obligado a
hacer lo mismo. Pero con seguridad ¡debe haber mejores nuevas que esas!
Estamos viviendo en la gran oportunidad para una victoria
cual no se dio jamás en la historia. Se nos dio esta seguridad:
"El Espíritu Santo debe
animar e impregnar toda la iglesia, purificando los corazones y
uniéndolos unos a otros… El propósito de Dios es glorificarse a sí mismo
delante del mundo en su pueblo" (Joyas de los Testimonios, vol. III,
p. 288,289).
El mensaje de Jesús triunfará por fin, tan seguramente
como la Iglesia Adventista del Séptimo Día es ese "remanente" descrito
en Apocalipsis.
¿Cómo podemos explicar la prolongada demora?
¿Es acaso tan dilatada espera, responsabilidad de Cristo?
Esa es una forma habitual entre nosotros de comprender la demora. Pero
creer eso origina un problema terrible: sin ninguna esperanza para el
futuro, excepto continuar repitiendo nuestra historia del pasado, la
expectativa del próximo retorno de Cristo se desvanece en la
incertidumbre.
Un número especial de la
Adventist Review de 1992, sobre
la segunda venida, informaba acerca de la bien conocida incertidumbre al
respecto, entre muchos de nuestros jóvenes. Cheryl R. Merritt refiere la
estremecedora realidad, "Constituimos una generación carente de
convicción, por lo que respecta a la segunda venida". "No creo que
podamos realmente tener la más mínima idea de cuándo regresará" (Daniel
Potter, 21, Union College). "Me resulta imposible imaginarla en mis
días" (Shawn Sugars, 22, Andrews University).
Lo anterior revela un
terrible problema. Si perdemos nuestra fe en la proximidad de la segunda
venida, perdemos la razón para nuestra existencia como iglesia especial.
Nuestros pioneros incluyeron en el nombre de nuestra denominación
nuestra confianza en el próximo advenimiento de Cristo. El diccionario
define la palabra "adventista", no en términos de cierta esperanza
remota en un evento divino alejado en el tiempo, sino como la confianza
en el pronto regreso del Señor. Hay una relación estrecha entre el
llamamiento de Cristo al arrepentimiento, dirigido a Laodicea, y nuestra
confianza en la proximidad de su venida. Intentaremos explicarlo a
medida que avanzamos.
La crisis espiritual de la Iglesia Adventista
Roland Hegstad, editor durante años de
la revista Liberty,
dijo que el adventismo "no está atrayendo a nuestra propia juventud
debido a que todo cuanto estamos haciendo es pedirles que vengan a jugar
a ser iglesia junto a nosotros" (Adventist
Review, 27 febrero, 1986). El mensaje de Cristo a Laodicea no presenta
para ellos aliciente espiritual, puesto que si nos hemos arrepentido con
anterioridad, se deduce que a estas alturas debemos ser ya ‘ricos, y
estar enriquecidos, sin tener necesidad de nada’, excepto continuar
obrando como de costumbre y trabajar con más tesón.
¿Podemos albergar una esperanza razonable de ver el
retorno del Señor? ¿Acaso engañó a nuestros pioneros diciéndoles que
estaba "cerca", cuando sabía que tardaría aún 140 años y quién sabe
cuántos más? ¿Es cierta la tesis calvinista que pretende que el Señor
soberano ha predeterminado el tiempo de la segunda venida de Jesús, sin
relación con una especial preparación por parte de su pueblo?
De ser así, se suscitan
serios problemas que afectan al Señor mismo en orden a una dificultad
ética. Dios nos ha dicho frecuentemente a través del Espíritu de
Profecía que el fin está "a las puertas". Su mensajera repitió con
frecuencia: "Vi que casi ha terminado el tiempo que Jesús debe pasar en
el lugar santísimo, y que el tiempo sólo puede durar un poquito más"
(Primeros Escritos, p. 58; 1850). "Queda, por así decirlo, solamente un
momento de tiempo". "Pronto se ha de pelear la batalla de Armagedón"
(Joyas de los Testimonios, vol. II, p. 389; vol. III, p. 13; 1900). Si
advertencias como las citadas no eran más que falsas alarmas (‘¡que
viene el lobo!’), ¿qué confianza podemos tener en el Señor? Si nos
hubiese estado diciendo continuamente "cerca", "pronto", sin que Él
pretendiese tal cosa, o sin velar por que lo comprendiésemos de una
manera adecuada, tendríamos razones para sentirnos agraviados. Pero con
total seguridad, Él no trata de ese modo a su pueblo. Si creemos que la
demora es responsabilidad suya, si decimos o sentimos que "mi Señor se
tarda en venir", nos estamos alistando en la compañía del "mal siervo",
según la parábola dedicada a ese tema (Mat. 24:48).
Ningún adventista sincero que se entregue a esa duda
podrá sobrevivir, ya que es imposible estar reconciliado con Dios en la
"expiación final" mientras se alberga el sentimiento de haber sido
engañado por Él. Incluso si se abriga la simple idea de que Dios ha
permitido que su comprensión de la demora haya sido patentemente falsa
desde el principio, será muy difícil
confiar
plenamente en Él.1 Tal podría ciertamente ser el problema que subyace en
una gran parte de la apostasía moderna. Existe en algunos una profunda
‘amargura adventista’, debido a que los mensajes inspirados han parecido
consistir en una especie de falsa alarma, ‘¡Que viene el lobo, que viene
el lobo!’.
Pero la Escritura
responde claramente a esa perplejidad. Dando por sentado que Dios es
soberano, ha decidido hacer que el momento de la segunda venida de
Cristo dependa de la preparación espiritual de su pueblo viviente. Esa
es la esencia del concepto adventista de la purificación del santuario
celestial. Los muertos permanecen prisioneros en sus tumbas, en espera
de ser liberados en la primera resurrección, ocurra ésta cuando ocurra.
Pero los vivos pueden demorar o apresurar esa resurrección, ya que
depende de la segunda venida de Cristo, la cual depende a su vez de que
estén preparados para ella (2 Ped. 3:12. La mayoría de las versiones
traducen speudo
como "apresurar").
En la parábola, Jesús se presenta a sí mismo como
anhelando fervientemente retornar, esperando solamente ese momento en el
que "el fruto está maduro", ya que entonces "en seguida se pasa la hoz,
por haber llegado la siega" (Mar. 4:29). En la descripción de la segunda
venida, según Apocalipsis, un ángel dice a Cristo, "Mete tu hoz y siega;
porque la hora de segar te es venida, porque la mies de la tierra está
madura" (Apoc. 14:15). Las largamente demoradas "bodas del Cordero" se
producirán rápidamente una vez que "su esposa se ha aparejado" (Apoc. 19:7).
El arrepentimiento al que Cristo llama a Laodicea, está relacionado con
la preparación de su Esposa. Si no está aparejada, Cristo se siente
chasqueado.
"Todo
cristiano tiene la oportunidad, no sólo de esperar, sino de apresurar la
venida de nuestro Señor Jesucristo. Si todos los que profesan el nombre
de Cristo llevaran fruto para su gloria, cuán prontamente se sembraría
en todo el mundo la semilla del Evangelio. Rápidamente maduraría la gran
cosecha final y Cristo vendría para recoger el precioso grano" (Palabras
de vida del Gran Maestro, pp. 47,48).
Continuar siendo tibios y muriendo, generación tras otra,
no puede ser la respuesta apropiada de su Esposa, al llamamiento de
Cristo a la última iglesia.
El profundo significado del llamado de Cristo al arrepentimiento
Si, por el contrario, el arrepentimiento al que Cristo
invita a Laodicea no ha tenido todavía lugar, ese mismo hecho nos da
esperanza, ya que hay algo que nuestra actitud puede rectificar.
Zacarías se refiere a un arrepentimiento que subyugará los corazones de
"la casa de David, y… los moradores de Jerusalén", permitiendo en ellos
la obra de purificación que hará que Cristo pueda retornar (Zac. 12:10-13:1).
El "ángel de la iglesia en Laodicea" es equivalente a la expresión de
Zacarías, "la casa de David", en evidente alusión al cuerpo de los
dirigentes de la iglesia.
La promesa final de Cristo se dirige al mismo cuerpo, no
solamente a individuos: "Al que venciere [al ángel de la iglesia de
Laodicea], yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he
vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" (Apoc. 3:21). Ese
honor final se concederá a una generación, un cuerpo o pueblo de Dios
que habrá respondido a su llamamiento,
"¡Arrepiéntete!". 2
Profundizar en el significado del arrepentimiento no
tiene nada de "negativo". Al contrario, lo que es negativo es
conformarse con el estado de cosas, ya que ese sentimiento de
satisfacción pospone indefinidamente la finalización de la comisión
evangélica. Es totalmente falsa la idea de que una iglesia que se
arrepiente no puede atraer a los jóvenes. La atmósfera de
arrepentimiento es precisamente la única que puede atraer y mantener a
la juventud.
Muchos miles en la iglesia tienen hambre y sed de una
comprensión más clara de la verdad vital para estos últimos días.
Sienten que la venida de Jesús ha sufrido una dilatada demora, y que
nosotros – no el cielo – somos responsables. Perciben que considerar la
razón del arrepentimiento y profundizar en cómo experimentarlo, es la
actitud más "positiva" que cabe tomar.
El arrepentimiento "del cuerpo" no niega ni desplaza el
arrepentimiento personal, individual. Al contrario, lo hace efectivo. El
ministerio diario en el sacerdocio levítico, proveía para las
necesidades individuales; pero el día anual de las expiaciones, proveía
una purificación corporativa de Israel, como pueblo o congregación. Todo
arrepentimiento es personal e individual. Pero ningún individuo puede
jamás llegar a ser "la Esposa" de Cristo, ya que en tanto en cuantos
individuos, el pueblo de Dios lo constituyen meros "invitados" a las
bodas. La "Esposa" la constituirá el pueblo corporativo de la iglesia
triunfante del día final.
Algo ha demorado la preparación de ésta. Es un nivel de
pecado oculto bajo la superficie, que según Cristo, "no conoces" (no
conocemos) (Apoc. 3:17). El arrepentimiento que ese pecado profundo
requiere, debe ser igualmente un arrepentimiento profundo. Por más
inquietante que nos resulte, debemos afrontar con honestidad el
llamamiento del Señor.
El arrepentimiento es ciertamente ‘pesar por el pecado, y
abandono del mismo’. Pero el arrepentimiento sólo podrá ser superficial,
si lo es también nuestra comprensión del pecado. Citamos rápidamente el
texto, "si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos
perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" (1 Juan 1:9),
pero debemos recordar el contexto de esa promesa. No está para animarnos
a una seguridad superficial, según la cual, cuando pulsamos un botón
mágico, queda borrado el registro de nuestros pecados. Cuando asumimos
descuidadamente que Dios puede perdonarnos pecados sin que nosotros nos
demos cuenta de cuáles son éstos, Juan nos recuerda cuán fácilmente "nos
engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros". El patético
diagnóstico que Jesús hace de nosotros, "y no conoces…", significa que
en realidad "nos engañamos a nosotros mismos". No podemos ser
verdaderamente purificados en lo profundo, de pecados que no confesemos
de forma inteligente (1 Juan 1:8,10).
Si un pecado se oculta a nuestro conocimiento, ¿deja por
ello de ser pecado? Uno puede fumar durante toda su vida, ignorando
sinceramente la nocividad de su vicio. ¿Dejará por ello de perjudicarle?
"La paga del pecado es la muerte", sea que nos demos cuenta, o no, de
nuestro pecado. Hay algo mucho más importante que nuestra propia
seguridad personal: el honor y la vindicación de Cristo. El Señor puede
no tenernos en cuenta un pecado del que no somos conscientes, pero ese
pecado le produce igualmente afrenta, e impide su obra de expiación
final.
El mensaje a Laodicea no es un juego infantil. Es Uno
"semejante al Hijo del hombre", "sus ojos como llama de fuego" y "su voz
como ruido de muchas aguas", quien está convocando a su pueblo a la más
profunda experiencia de los siglos. Negligir su llamamiento origina
confusión y apostasía, y es una bomba de relojería que apunta a la
autodestrucción denominacional. Dios nos ha hablado:
"En toda iglesia en
nuestra tierra, hay necesidad de confesión, arrepentimiento y
reconversión. El chasco de Cristo va más allá de lo que es posible
describir" (Review and Herald,
15-12-1904).
El llamado a arrepentirnos que Cristo nos dirige es la
mayor evidencia de su amor por nosotros, y constituye nuestra mejor
esperanza.
"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las
iglesias", ¡especialmente a la última de ellas!
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Notas: |
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1. La evidencia, en el Nuevo Testamento, indica que
Cristo y sus apóstoles no indujeron a la iglesia primitiva a esperar la
segunda venida en su generación. 2 Tes. 1:10 demuestra que los
discípulos tenían, al menos, una noción rudimentaria del tiempo abarcado
por las profecías de Daniel. Igualmente, la declaración "He aquí vengo
presto" del Apocalipsis, se ha comprendido casi siempre en una
aplicación escatológica, referida a los que viviesen en el tiempo del
fin. Con total seguridad, el Señor no ha estado engañando a su pueblo
por dos mil años, ¡ni su pueblo lo ha creído así!
2. La confusión en este punto ha llevado a algunos a
sostener la idea fanática de que los individuos deben abandonar Laodicea,
para volver a Filadelfia. Pero eso sería tan imposible como retrasar el
reloj más de un siglo y colocar los eventos del tiempo del fin en
cadencia invertida. En ninguna parte llama Cristo a ningún individuo a
abandonar Laodicea; llama "al ángel de la iglesia de
Laodicea"
a arrepentirse |
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Cortesía de: www.libros1888.com |
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