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El papel
del Espíritu Santo en la Justificación por la Fe
Pero la
obra del Espíritu Santo en los seres humanos no se limita exclusivamente
a la comunicación de estas grandes verdades. Después que Él ha inducido
a los hombres a tener “hambre y sed de justicia”, el Espíritu Santo da
un paso más: actualiza en nuestra vida la obra objetiva de Cristo.
Veamos la siguiente declaración de las Escrituras:
“Porque en otro tiempo, nosotros también éramos insensatos, desobedientes,
extraviados, esclavos de diversas pasiones y placeres. Vivíamos en
malicia y envidia. Éramos aborrecibles, aborreciéndonos unos a otros.
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor
hacia los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros
hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavado regenerador y
renovador del Espíritu Santo, que derramó en nosotros en abundancia, por
Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia,
seamos herederos según la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:3-7).
En este pasaje se contrasta lo que éramos antes de nuestra conversión (“insensatos,
desobedientes, extraviados, esclavos de diversas pasiones y placeres.
Vivíamos en malicia y envidia. Éramos aborrecibles, aborreciéndonos unos
a otros”)
y lo que somos ahora fruto del “lavado
regenerador y renovador del Espíritu Santo”. Este pasaje es revelador.
Ser “regenerado y renovado” es lo mismo que ser “justificados por su
gracia”. Es ser “salvados” de nuestra pasada manera de vivir para andar
una nueva vida. Algo similar dijo Pablo a los creyentes de Corinto:
“Ustedes… ha sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido
justificados en el nombre del señor Jesús y por el Espíritu Santo” (1
Cor. 6:11, NVI). El Apóstol hace claro lo siguiente: Hemos sido
salvados, regenerados, renovados, pero “no por obras de justicia que
nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia”. Y esta es la obra
del Espíritu Santo.2
En las Escrituras es claro vez tras vez que lo que constituye la base de
nuestra justificación no son nuestras buenas obras, sino la “bondad de
Dios nuestro Salvador, y su amor hacia” nosotros. Es por lo que Él ha
hecho y no por lo que nosotros hacemos. Pero una cosa es obvia, la
obra objetiva de la salvación (lo que Dios ha hecho) se convierte
en una experiencia subjetiva (lo que Dios hace en nosotros) por
medio de la fe y la acción transformadora del Espíritu Santo.
Aunque la relación de la renovación del creyente y la Justificación por la
Fe no es frecuente en muchos pasajes bíblicos, en este pasaje el apóstol
Pablo hace una relación extraordinaria. Para Pablo, como para Cristo, es
imposible apreciar la Justificación por la Fe separada de la experiencia
del nuevo nacimiento (cf. Juan 3:3-5). Ambas experiencias son paralelas
y obradas por la misma Persona: el Espíritu Santo. Sin el nuevo
nacimiento no hay Justificación por la fe efectiva. De otra manera, la
persona justificada (en el caso de que la justificación implique sólo el
perdón de los pecados) seguiría siendo esclava de su antigua vida de
pecado. Esto, según se ha observado, convertiría la Justificación por la
Fe en una “ficción legal”.
El nuevo nacimiento (renovación, regeneración o la plena experiencia de la
Justificación por la Fe) le permite a Dios entronizar su Espíritu en
nuestro “ser interior” y poder dirigir nuestra vidas en armonía plena
con su divina voluntad. Se nos ha dicho lo siguiente:
“Cuando el pecador, atraído por el poder de Cristo, se acerca a la cruz
levantada y se postra delante de ella, se realiza una nueva creación. Se
le da un nuevo corazón; llega a ser una nueva criatura en Cristo. La
santidad encuentra que no hay nada más que requerir. Dios mismo es ’el
que justifica al que es de la fe de Jesús’ “.3
La experiencia que
se conoce o realiza en nuestra vida designada como “Justificación por la
Fe”, es la obra maravillosa y transformadora del Espíritu Santo.4 Esta
idea rápidamente encuentra fuerte resistencia en los círculos teológicos
de la actualidad, pues bajo ninguna circunstancia se permite que la
Justificación por la Fe (vista solamente como una absolución de perdón),
se relacione con ninguna experiencia subjetiva. Hacerlo es caer bajo
ataque y serias acusaciones de romanismo o legalismo. Pero como vimos,
según la posición de Cristo en su conversación con Nicodemo, y la del
apóstol Pablo en la Carta a Tito y 1 Corintios, la Justificación por la
Fe no puede estar separada de la experiencia del nuevo nacimiento. Esta
idea no implica una confusión entre la justificación y la Santificación,
pero sí significa que por cuanto la Justificación por la Fe es fruto de
la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas, esto involucra el
otorgamiento o imputación de la justicia de Cristo. Y esta justicia no
es un manto para cubrir pecados, sino un poder transformador, un
principio de vida que rige la conducta y transforma el carácter.
Siendo que la obra
del Espíritu Santo no puede realizarse en nosotros sin nuestro
consentimiento (pues Él no actúa por compulsión) debe ser prioridad
nuestra cooperar con Él para que su divina obra y voluntad se realicen
sin obstáculos en nuestros corazones.
Notas y Referencias:
1-
En las Escrituras abundan las evidencias de las
cualidades y características personales del Espíritu Santo. A
continuación sólo algunas pruebas: I- El Espíritu es nombrado junto
a otras personas (Hech. 15:28, “ha parecido bien al Espíritu Santo y
a nosotros…”). II- Toma decisiones (Hech. 13:2, “El Espíritu Santo
dijo: apártame a Bernabé y a Saulo…“). III- Impide que ciertas cosas
sean hechas por su propia iniciativa (Hech. 16:6,7, “El Espíritu
Santo le impidió hablar,… “El Espíritu de Jesús se lo permitió”). IV-
Habla fielmente lo que “escucha” (Juan 16:13, “hablará cuanto
escuche y os hará saber…”). V- Posee una mente amplia, infinita (1
Cor. 2:10-11, “El Espíritu todo lo escudriña, aún las profundidades
de Dios…”).
Las Sagradas Escrituras revelan además que el
Espíritu, al igual que Dios el Padre es: I- Omnisciente (1 Cor.
2:10-11). II- Creador (Job 33:4). III- Omnipotente y Omnipresente
(Sal. 139). IV- Eterno (Heb. 9:14). Y más convincentes son las
siguientes declaraciones. Compare Jer. 31:33-34 con Heb. 10:15-16.
Compare Isa. 6:1-10 con Juan 12:37-41. Asombra el hecho de que
tantas evidencias puedan ser pasadas por alto tan ligera y
descuidadamente por algunas personas. Estas evidencias bíblicas
prueban que el Espíritu Santo es una persona como el Padre y el
Hijo.
2-
Las Escrituras revelan que la Deidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo han estado envueltas de forma directa en los grandes
actos de misericordias divinas. Por ejemplo, en la creación de
nuestro mundo el Padre (Gén. 1:1,26), el Hijo (Juan 1:1-3; Col.
1:15-17) y el Espíritu Santo (Gén. 1:2; Job 33:4) trabajaron mano a
mano para la realización del milagro de la creación. Así mismo, en
la obra de la redención es el fruto de la acción conjunta de ellos
(Juan 3:16; Heb. 9:14). Diariamente estas tres Potencias luchan por
la salvación de los seres humanos (el Padre - Juan 6:44; el Hijo -
12:32 y el Espíritu - 16:13). Y los pasajes que estamos estudiando
de Tito y 1 Corintios, nos permiten tener una idea más completa
sobre la obra de la Deidad en la experiencia de la Justificación por
la Fe. Vemos que Pablo puede decir del Padre: “Dios es el que
Justifica”, somos “justificados por su gracia”, “Él es el que
justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 8:33; 3:24,26). También
dice del Hijo: “Justificados, pues, por la fe…, por medio de nuestro
Señor Jesucristo”, “ya habéis sidos justificados en el nombre del
Señor Jesús” (1 Cor. 6:11). Pero Pablo también dice que el Espíritu
Santo es un Agente activo (junto a Dios padre y al Hijo) en la
Justificación por la Fe (Tito 3:5-7; 1 Cor. 6:11).
3-
Elena de White, Palabras de Vida del Gran Maestro, p.
127. También se nos ha dicho: “El alma en cuyo corazón habita la fe,
crecerá constituyendo un bello templo para el Señor. Será dirigida
por la gracia de Cristo. Crecerá en la misma proporción en que
dependa de las enseñanzas del Espíritu Santo” (Manuscrito 8, 1900).
4-
Erwin Gane observa: “La justicia que es nuestra
aptitud para el cielo, no es una cualidad intangible que se nos da
simplemente. La justicia es Cristo morando por la fe en el corazón
del creyente por medio del Espíritu Santo” (Sendas de Liberación, p.
41). Con razón el Espíritu de Profecía (que no siempre es entendido
en esta área) se pronuncia de la siguiente manera: “La justicia es
santidad, semejanza con Dios; y ‘Dios es amor’. Es conformidad a la
Ley de Dios, porque ‘todos sus mandamientos son justicia’ (Sal.
119:172)… La justicia de Dios está personificada en Cristo. Al
recibirlo, recibimos la justicia” (El Discurso Maestro de
Jesucristo, p. 20). La última parte de esta cita (“La justicia de
Dios está personificada en Cristo. Al recibirlo, recibimos la
justicia”) puede ser malinterpretada si se separa de la primera
parte (“La justicia es santidad, semejanza con Dios; y ‘Dios es
amor’. Es conformidad a la Ley de Dios”). Puesto que la “mentalidad
de la carne es enemistad contra Dios; pues no se sujeta a la Ley y
tampoco puede” (Rom. 8:7), es imposible que una persona esté
plenamente justificada (tenga la justicia) mientras albergue en su
corazón “enemistad” contra la Ley de Dios. Estar justificado por la
fe es estar en armonía con Dios y con su Ley de amor por medio de la
fe. Y esta obra es precisamente la que realiza el Espíritu Santo en
todo hombre o mujer que se rinde a su divina influencia.
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