El Espíritu Santo y la Justificación por la Fe

 

(1era Parte)

  Por: Héctor A. Delgado 
   
 

           En esta sección examinaremos el  papel que juega el Espíritu Santo, como el Enviado de Cristo y el Padre en la maravillosa experiencia de la Justificación por la Fe. Ya vimos que el Espíritu es el Agente activo en la experiencia del nuevo nacimiento. Cristo comparó su acción vivificadora con el soplo tangible y refrescante del viento: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; más ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). Esto significa que aunque no se puede precisar con exactitud el momento ni la forma en la que el Espíritu obra en los individuos, no por eso deja de ser palpable la realidad de su acción transformadora.  

El toque de una divina Persona

Necesitamos ahora ver algunos detalles sobre la personalidad del Espíritu Santo, pues el proceso de transformación que se produce en los seres humanos no es fruto de la acción de una “energía” extraña, de una “fuerza” impersonal. No es una “cosa enigmática” la que nos toca con poder sanador, es una Divina Persona. Creer lo correcto de la Persona correcta es importante cuando se habla de la Justificación por la Fe, porque existe una gran diferencia entre la experiencia de los cristianos que ven al Espíritu como una Persona y los que lo ven como una “energía” o “fuerza impersonal”. Los primeros ven al cristianismo como el resultado de entrar en contacto íntimo con una Persona, resultando en la renovación o cambio de la antigua vida de pecado. No es lo mismo creer que Dios entra en contacto con nosotros por medio de una energía o fuerza extraña que por medio de “otro Ayudador”, personal y amoroso, lleno de simpatía. Lo que Dios nos propone entonces, es, una relación de amistad personal, que puede ser posible sólo porque Quien se acerca a nosotros es una Persona interesada grandemente en nuestro bienestar presente y eterno.

Sólo algunos ejemplos donde se relaciona la personalidad del Espíritu con su obra a favor de los seres humanos serán más que suficiente para enterarnos de quién es realmente. Veamos ahora lo que Cristo dijo referente al Espíritu: 

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Ayudador, para que esté con vosotros para siempre, al Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque está con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros... Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y habitaremos en él” (Juan 14:16-18,23, NRV 2000). 

En estos versículos se hacen claras algunas cosas: 1) El mundo no puede recibir al Espíritu porque no lo ve ni lo conoce; no perciben en su vida carnal dedicada a los placeres los efectos de su obra de atracción y convicción (1 Cor. 2:14). Pocos son los hombres y mujeres que perciben la obra del Espíritu en su vida. Él, desde el exterior (pues el Espíritu obra de “afuera hacia dentro” en las personas no convertidas) trata de inducirlos constantemente a la contemplación de las cosas espirituales y las riquezas infinitas que pueden disfrutar junto a Cristo. Obviamente esta obra de atracción, revelación y convicción puede ser resistida, pero si el individuo sede a esta acción divina, se produce el milagro de la reconciliación.

2) A diferencia de la aptitud de los incrédulos hacia la acción del Espíritu Santo que “no lo ven ni le conocen”, los creyentes transformados por la gracia divina “lo conocen”. Cristo da una razón: “Está con vosotros, y estará en vosotros”. Ellos sí identifican su obra en sus vidas. En el creyente, la acción guiadora y modeladora del Divino Espíritu es de “adentro hacia fuera”. Su “ser interior” se convierte en la morada terrenal del Espíritu Santo. Tener el Espíritu Santo es la evidencia de haber entrado en una relación de amor con el Padre y el Hijo. Esto es lo que revelan las siguientes palabras: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros... Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y habitaremos en él” (las cursivas son nuestras). ¿Pueden acaso los creyentes disfrutar de una relación personal y de amor con el Padre y el Hijo por medio de una “fuerza” o “energía” impersonal? ¡Imposible!. La base de nuestra relación subjetiva con nuestro Creador y Redentor es: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”. Es el mismo Cristo y el Padre (seres personales) quienes vienen a nuestras vidas. Nótese que Cristo habló del Espíritu como “otro Ayudador”. Como el Hijo, el Espíritu Santo es también un Divino Ayudador. En el griego, la palabra que Juan utilizó en este pasaje para “otro” es “állos” que significa “otro” de la misma clase. La palabra para “otro” de otra clase es “jéteros”. En el Espíritu Santo tenemos “otro” Ser tan amante, compasivo, ayudador y personal como Cristo mismo.1

El resultado final de la obra transformadora del Espíritu Santo sobre los siervos de Dios será experimentado en forma plena y cabal por la última generación de creyentes, pues en sus “frentes” será grabado “el nombre del Padre y del Cordero” (Apoc. 14:1). Obviamente esta es una referencia al desarrollo de un carácter semejante al del Padre y al de Cristo. Es al mismo tiempo una evidencia convincente de que el Espíritu no viene a la vida de los hombres y mujeres para hacer comunión con el pecado, sino para erradicarlo, reproduciendo en ellos el carácter puro y santo de Dios. 

“Pero el Ayudador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi Nombre, os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26, NRV 2000). 

“Pero cuando venga el Ayudador que os enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él testificará de mí” (Juan 15:26, NRV 2000). 

En estos versículos Cristo nos revela más en detalles la obra del Ayudador y al mismo tiempo se ve claramente su personalidad: En el primer versículo une dos acciones del Espíritu: 1- “Enseñará todas las cosas” y 2- “Os recordará todo lo que os he dicho”. Como Maestro, “enseña todas las cosas” y como Ayudador nos recuerda todo lo que Cristo ha dicho. Él es el Divino Comunicador de la obra de Dios en Cristo a favor de los seres humanos.

En el segundo versículo (Juan 15:26), Cristo llama nuevamente al Espíritu “Ayudador”. Esta palabra que ha sido traducida también como “Consolador” refleja un sentido activo, por lo que “Ayudador” es más exacto que “Consolador”. Este vocablo significa literalmente “uno que es llamado al lado de”. Por lo que ya vimos, el Espíritu está a nuestro lado y en nosotros al transitar por este mundo. Con Él estamos “sellados” como “garantía” de nuestra herencia futura, “el día de la redención” (Efe. 1:13-14; 4:30). Como Divino Ayudador, el Espíritu “testifica” de Cristo, de su obra a favor de los seres caídos, perdidos en el pecado. En un sentido pleno, su obra consiste en “levantar” a Cristo ante la vista de los hombres y mujeres en procura de atraerlo de los vanos placeres de este mundo a las riquezas venideras de la patria celestial. En esta obra, Él actúa por medio de los santos ángeles y el ministerio de predicación de los miembros consagrados de la iglesia. Ellos constituyen sus agentes y el mundo es su campo de acción.  

“Os conviene que me vaya, porque si no me fuera, el Ayudador no vendría a vosotros. Pero al irme, os lo enviaré. Y cuando Él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no creen en mí. De justicia porque voy al Padre, y no me veréis más. Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ahora ya está condenado... Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que ha de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo comunicará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije que tomará de lo mío, y os lo comunicará” (Juan 16:7-11, 13-15, NRV 2000). 

Una obra amplia y completa

El contenido de estos pasajes es iluminador sobre la obra del Espíritu. El convence de tres cosas: 1) de Pecado, 2) de Justicia, y 3) de Juicio. Cristo mismo aclara que significa todo esto: “De pecado, porque no creen en mí. De justicia porque voy al Padre, y no me veréis más. Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ahora ya está condenado”. Palabras que naturalmente necesitan comprenderse. La primera acción del Espíritu está dirigida contra el muro de la incredulidad, la raíz de todo pecado. Este fue el pecado que le impidió al pueblo hebreo entender el plan de Dios para su vida (Heb. 3:16-19). Por la incredulidad fracasaron y perdieron como nación los privilegios de los cuales fue heredera la iglesia cristiana. El Espíritu Santo procura por “medios visibles e invisibles” atraer nuestra vista a la maravillosa obra de la redención. Él intenta atraer nuestra atención al Calvario donde Cristo demostró su inmenso amor por cada uno de nosotros (Rom. 5:6,8,10). El Espíritu sabe que una visión del Crucificado nos trasformará de hombres rebeldes e incrédulos en personas reconciliadas con Dios y llenas de fe (2 Cor. 5:14).

El segundo paso del Espíritu Santo es comunicarnos que la “justicia” necesaria para entrar en el reino de los cielos, ya fue obtenida por Cristo gracias a su sacrificio expiatorio. Es así como dice la Escritura:  

“Tened, pues, entendido, hermanos, que por medio de éste (Jesús) se os anuncia el perdón de los pecados; y la total justificación que no pudisteis obtener por la ley de Moisés la obtiene por Él todo el que cree” (Hech. 13:38-39, BJ).  

Esta segunda comunicación especial del Espíritu Santo procura no sólo animarnos con esta gloriosa verdad, sino también alertarnos contra esta otra:  

“Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la Justificación por la Fe en Cristo, y no por las obras de la Ley, pues por las obras de la Ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16, BJ). 

El intento de ser salvos por medio de nuestros propios esfuerzos es tan antiguo como la entrada del pecado en este mundo. Este método de salvación llamado legalismo (e implicado por Pablo en la frase “obras de la ley”), es condenado abiertamente en las Sagradas Escrituras. Esta es la trampa mortal en la cual perecieron los judíos de la antigüedad y es aún la fosa en la cual están cayendo millones de personas en todo el mundo. La única “justicia” aceptable delante de Dios se llama “justicia de Cristo”. Una justicia que Cristo mismo elaboró en su ministerio terrenal sin ninguna cooperación nuestra y que frecuentemente es llamada justicia ajena (“la justicia que viene de Dios” – Rom. 1:16-17), pero que puede ser nuestra por medio de la fe (Fil. 3:8-9).

Es interesante notar que la declaración “convencerá al mundo de... justicia” está relacionada con esta otra: “voy al Padre, y no me veréis más”. Esto señala una obra concluida, completa y todo suficiente para salvar al hombre del pecado y sus consecuencias. Y en efecto, las Escrituras dicen que Cristo, por medio de su propia sangre “ha obtenido eterna redención” (Heb. 9:12). Su muerte abrió la puerta de la esperanza para toda alma abatida y cansada (cf. Rom. 5:9).

          El tercer paso que da el Espíritu en su obra de comunicación es convencernos de “juicio”, por la siguiente razón: “por cuanto el príncipe de este mundo ahora ya está condenado”. En la cruz se peleó la batalla decisiva. El Calvario fue el lugar donde la ofensiva entre el Príncipe de la luz y el Príncipe de las tinieblas, el amor y el egoísmo, tuvo lugar (cf. Juan 12:31). ¿El resultado? “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él participó de lo mismo, para destruir (“paralizar” según el sentido del original) al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor a la muerte estaban durante toda la vida sujetos a esclavitud” (Heb. 2:14-15). En otro lugar leemos que Cristo como un poderoso Coloso “despojó a los principados y potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:14). Y aunque Satanás aún está vivo y causa estragos en este mundo, en la cruz su destrucción quedó asegurada. Nada ni nadie puede impedir, si creemos en Cristo, que el que empezó en nosotros la buena obra la termine para su gloria y honor. El diablo está “paralizado” y el Espíritu ha sido enviado e investido de poder de lo alto para comunicarnos estas buenas nuevas de salvación. “Él me glorificará - dijo Cristo -, porque tomará de lo mío, y os lo comunicará”. ¡Maravillosas buenas nuevas!  

 

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