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En esta sección examinaremos el papel que juega el Espíritu Santo,
como el Enviado de Cristo y el Padre en la maravillosa experiencia de la
Justificación por la Fe. Ya vimos que el Espíritu es el Agente activo en
la experiencia del nuevo nacimiento. Cristo comparó su acción
vivificadora con el soplo tangible y refrescante del viento: “El viento
sopla de donde quiere, y oyes su sonido; más ni sabes de dónde viene, ni
a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).
Esto significa que aunque no se puede precisar con exactitud el momento
ni la forma en la que el Espíritu obra en los individuos, no por eso
deja de ser palpable la realidad de su acción transformadora.
El toque de una divina Persona
Necesitamos ahora ver algunos detalles sobre la personalidad del Espíritu
Santo, pues el proceso de transformación que se produce en los seres
humanos no es fruto de la acción de una “energía” extraña, de una
“fuerza” impersonal. No es una “cosa enigmática” la que nos toca con
poder sanador, es una Divina Persona. Creer lo correcto de la Persona
correcta es importante cuando se habla de la Justificación por la Fe,
porque existe una gran diferencia entre la experiencia de los cristianos
que ven al Espíritu como una Persona y los que lo ven como una “energía”
o “fuerza impersonal”. Los primeros ven al cristianismo como el
resultado de entrar en contacto íntimo con una Persona, resultando en la
renovación o cambio de la antigua vida de pecado. No es lo mismo creer
que Dios entra en contacto con nosotros por medio de una energía o
fuerza extraña que por medio de “otro Ayudador”, personal y amoroso,
lleno de simpatía. Lo que Dios nos propone entonces, es, una relación de
amistad personal, que puede ser posible sólo porque Quien se acerca a
nosotros es una Persona interesada grandemente en nuestro bienestar
presente y eterno.
Sólo algunos ejemplos donde se relaciona la personalidad del Espíritu con
su obra a favor de los seres humanos serán más que suficiente para
enterarnos de quién es realmente. Veamos ahora lo que Cristo dijo
referente al Espíritu:
“Y
yo rogaré al Padre, y os dará otro Ayudador, para que esté con vosotros
para siempre, al Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir,
porque no lo ve, ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque está
con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a
vosotros... Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y habitaremos en él”
(Juan 14:16-18,23, NRV 2000).
En estos versículos se hacen claras algunas cosas: 1) El mundo no puede
recibir al Espíritu porque no lo ve ni lo conoce; no perciben en su vida
carnal dedicada a los placeres los efectos de su obra de atracción y
convicción (1 Cor. 2:14). Pocos son los hombres y mujeres que perciben
la obra del Espíritu en su vida. Él, desde el exterior (pues el Espíritu
obra de “afuera hacia dentro” en las personas no convertidas) trata de
inducirlos constantemente a la contemplación de las cosas espirituales y
las riquezas infinitas que pueden disfrutar junto a Cristo. Obviamente
esta obra de atracción, revelación y convicción
puede ser resistida, pero si el individuo sede a esta acción divina, se
produce el milagro de la reconciliación.
2) A diferencia de la aptitud de los incrédulos hacia la acción del
Espíritu Santo que “no lo ven ni le conocen”, los creyentes
transformados por la gracia divina “lo conocen”. Cristo da una razón:
“Está
con vosotros, y estará en vosotros”. Ellos sí identifican su obra en sus
vidas.
En el creyente, la acción guiadora y modeladora del Divino Espíritu es de
“adentro hacia fuera”. Su “ser interior” se convierte en la morada
terrenal del Espíritu Santo.
Tener el Espíritu Santo es la evidencia de haber entrado en una relación
de amor con el Padre y el Hijo. Esto es lo que revelan las siguientes
palabras: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros... Y mi Padre lo
amará, y vendremos a él, y habitaremos en él” (las cursivas
son nuestras). ¿Pueden acaso los creyentes disfrutar de una relación
personal y de amor con el Padre y el Hijo por medio de una “fuerza” o
“energía” impersonal? ¡Imposible!. La base de nuestra relación subjetiva
con nuestro Creador y Redentor es: “No os dejaré huérfanos, volveré a
vosotros”. Es el mismo Cristo y el Padre (seres personales) quienes
vienen a nuestras vidas. Nótese que Cristo habló del Espíritu como “otro
Ayudador”. Como el Hijo, el Espíritu Santo es también un Divino
Ayudador. En el griego, la palabra que Juan utilizó en este pasaje para
“otro” es “állos” que significa “otro” de la misma clase. La
palabra para “otro” de otra clase es “jéteros”. En el
Espíritu Santo tenemos “otro” Ser tan amante, compasivo, ayudador y
personal como Cristo mismo.1
El resultado final de la obra transformadora del Espíritu Santo sobre los
siervos de Dios será experimentado en forma plena y cabal por la última
generación de creyentes, pues en sus “frentes” será grabado “el nombre
del Padre y del Cordero” (Apoc. 14:1). Obviamente esta es una referencia
al desarrollo de un carácter semejante al del Padre y al de Cristo. Es
al mismo tiempo una evidencia convincente de que el Espíritu no viene a
la vida de los hombres y mujeres para hacer comunión con el pecado, sino
para erradicarlo, reproduciendo en ellos el carácter puro y santo de
Dios.
“Pero el Ayudador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi
Nombre, os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he
dicho” (Juan 14:26, NRV 2000).
“Pero cuando venga el Ayudador que os enviaré del Padre, el Espíritu de la
verdad que procede del Padre, él testificará de mí” (Juan 15:26, NRV
2000).
En estos versículos Cristo nos revela más en detalles la obra del Ayudador
y al mismo tiempo se ve claramente su personalidad: En el primer
versículo une dos acciones del Espíritu: 1- “Enseñará todas las cosas” y
2- “Os recordará todo lo que os he dicho”. Como Maestro, “enseña todas
las cosas” y como Ayudador nos recuerda todo lo que Cristo ha dicho. Él
es el Divino Comunicador de la obra de Dios en Cristo a favor de
los seres humanos.
En el segundo versículo (Juan 15:26), Cristo llama nuevamente al Espíritu
“Ayudador”. Esta palabra que ha sido traducida también como “Consolador”
refleja un sentido activo, por lo que “Ayudador” es más exacto
que “Consolador”. Este vocablo significa literalmente “uno que es
llamado al lado de”. Por lo que ya vimos, el Espíritu está a nuestro
lado y en
nosotros al transitar por este mundo. Con Él estamos “sellados” como
“garantía” de nuestra herencia futura, “el día de la redención” (Efe.
1:13-14; 4:30). Como Divino Ayudador, el Espíritu “testifica” de Cristo,
de su obra a favor de los seres caídos, perdidos en el pecado. En un
sentido pleno, su obra consiste en “levantar” a Cristo ante la vista de
los hombres y mujeres en procura de atraerlo de los vanos placeres de
este mundo a las riquezas venideras de la patria celestial. En esta obra,
Él actúa por medio de los santos ángeles y el ministerio de predicación
de los miembros consagrados de la iglesia. Ellos constituyen sus agentes
y el mundo es su campo de acción.
“Os conviene que me vaya, porque si no me fuera, el Ayudador no vendría a
vosotros. Pero al irme, os lo enviaré. Y cuando Él venga convencerá al
mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no creen en
mí. De justicia porque voy al Padre, y no me veréis más. Y de juicio,
por cuanto el príncipe de este mundo ahora ya está condenado... Cuando
venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no
hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber
lo que ha de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo
comunicará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije que tomará
de lo mío, y os lo comunicará” (Juan 16:7-11, 13-15, NRV 2000).
Una obra amplia y completa
El
contenido de estos pasajes es iluminador sobre la obra del Espíritu. El
convence de tres cosas: 1) de Pecado, 2) de Justicia, y 3) de Juicio.
Cristo mismo aclara que significa todo esto: “De pecado, porque no creen
en mí. De justicia porque voy al Padre, y no me veréis más. Y de juicio,
por cuanto el príncipe de este mundo ahora ya está condenado”. Palabras
que naturalmente necesitan comprenderse. La primera acción del Espíritu
está dirigida contra el muro de la incredulidad, la raíz de todo pecado.
Este fue el pecado que le impidió al pueblo hebreo entender el plan de
Dios para su vida (Heb. 3:16-19). Por la incredulidad fracasaron y
perdieron como nación los privilegios de los cuales fue heredera
la iglesia cristiana. El Espíritu Santo procura por “medios visibles e
invisibles” atraer nuestra vista a la maravillosa obra de la redención.
Él intenta atraer nuestra atención al Calvario donde Cristo demostró su
inmenso amor por cada uno de nosotros (Rom. 5:6,8,10). El Espíritu sabe
que una visión del Crucificado nos trasformará de hombres rebeldes e
incrédulos en personas reconciliadas con Dios y llenas de fe (2 Cor.
5:14).
El
segundo paso del Espíritu Santo es comunicarnos que la “justicia”
necesaria para entrar en el reino de los cielos, ya fue obtenida por
Cristo gracias a su sacrificio expiatorio. Es así como dice la Escritura:
“Tened, pues, entendido, hermanos, que por medio de éste (Jesús) se os
anuncia el perdón de los pecados; y la total justificación que no
pudisteis obtener por la ley de Moisés la obtiene por Él todo el que
cree” (Hech. 13:38-39, BJ).
Esta
segunda comunicación especial del Espíritu Santo procura no sólo
animarnos con esta gloriosa verdad, sino también alertarnos contra esta
otra:
“Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley,
sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo
Jesús a fin de conseguir la Justificación por la Fe en Cristo, y no por
las obras de la Ley, pues por las obras de la Ley nadie será
justificado” (Gálatas 2:16, BJ).
El intento de
ser salvos por medio de nuestros propios esfuerzos es tan antiguo como
la entrada del pecado en este mundo. Este método de salvación llamado
legalismo (e implicado por Pablo en la frase “obras de la ley”), es
condenado abiertamente en las Sagradas Escrituras. Esta es la trampa
mortal en la cual perecieron los judíos de la antigüedad y es aún la
fosa en la cual están cayendo millones de personas en todo el mundo. La
única “justicia” aceptable delante de Dios se llama “justicia de
Cristo”. Una justicia que Cristo mismo elaboró en su ministerio terrenal
sin ninguna cooperación nuestra y que frecuentemente es llamada justicia
ajena (“la justicia que viene de Dios” – Rom. 1:16-17), pero que puede
ser nuestra por medio de la fe (Fil. 3:8-9).
Es interesante notar que la declaración “convencerá
al mundo de... justicia” está relacionada con esta otra: “voy al Padre,
y no me veréis más”. Esto señala una obra concluida, completa y todo
suficiente para salvar al hombre del pecado y sus consecuencias. Y en
efecto, las Escrituras dicen que Cristo, por medio de su propia sangre
“ha obtenido eterna redención” (Heb. 9:12). Su muerte abrió la puerta de
la esperanza para toda alma abatida y cansada (cf. Rom. 5:9).
El tercer paso que
da el Espíritu en su obra de comunicación
es convencernos de “juicio”, por la siguiente razón: “por cuanto el
príncipe de este mundo ahora ya está condenado”. En la cruz se peleó la
batalla decisiva. El Calvario fue el lugar donde la ofensiva entre el
Príncipe de la luz y el Príncipe de las tinieblas, el amor y el egoísmo,
tuvo lugar (cf. Juan 12:31). ¿El resultado? “Por cuanto los hijos
participaron de carne y sangre, Él participó de lo mismo, para destruir
(“paralizar” según el sentido del original) al que tenía el imperio de
la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor a
la muerte estaban durante toda la vida sujetos a esclavitud” (Heb.
2:14-15). En otro lugar leemos que Cristo como un poderoso Coloso
“despojó a los principados y potestades, los exhibió públicamente,
triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:14). Y aunque Satanás aún
está vivo y causa estragos en este mundo, en la cruz su destrucción
quedó asegurada. Nada ni nadie puede impedir, si creemos en Cristo, que
el que empezó en nosotros la buena obra la termine para su gloria y
honor. El diablo está “paralizado” y el Espíritu ha sido enviado e
investido de poder de lo alto para comunicarnos estas buenas nuevas de
salvación. “Él me glorificará - dijo Cristo -, porque tomará de lo mío,
y os lo comunicará”. ¡Maravillosas buenas nuevas!
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