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La palabra Evangelio se originó en África del Norte entre los residentes
de Alejandría de lengua griega. Fue usada primeramente para anunciar las
buenas nuevas de la llegada de los barcos cargados de grano de Francia
(Líbano hoy en día). El trigo traído por esos barcos era esencial para la
supervivencia de los habitantes de Egipto en aquellos días, de manera que
la llegada de estos barcos eran realmente buenas noticias.
Desde la caída de Adán, el padre de la raza humana, Dios ha prometido a
través de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento redimir a la
humanidad pecaminosa. El nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección
de Jesucristo es el cumplimiento de esa promesa. Por lo tanto, en el Nuevo
Testamento la palabra “Evangelio” es usada para anunciar las Buenas
Nuevas incondicionales de salvación para la raza humana realizadas
en la Santa historia de nuestro Señor Jesucristo (Mar. I6:15,16; Rom.
1:1-4; 10:13-15). En pocas palabras, el Evangelio se puede describir como la verdad que es en Cristo.
El
apóstol Pablo define este Evangelio como “la justicia de Dios” (Rom. 1:16;
3:21). Con esto él quiere decir que el Evangelio es una justicia
iniciada y planeada por Dios desde antes de la fundación del
mundo (Efe. 1:4; Apoc. 13:8), prometida desde la caída del
hombre (Gén. 3:15) y cumplida por Dios en la santa historia de
Cristo (Juan 3:16,l7; Gál. 4:4). En otras palabras, el Evangelio es
una justicia elaborada por Dios completamente y sin contribución humana
cualquiera (Rom. 3:28: Gál. 2:16). En este Evangelio Dios ha obtenido
completa salvación para la humanidad. Así que “en Cristo” la raza
humana se encuentra perfecta y completa ante Dios y su santa Ley
(Col. 2:10; Rom. 10:4). Esta salvación nos libra de tres aspectos que la
humanidad pecaminosa enfrenta. Ellos son:
1- La salvación
de la culpa y el castigo del pecado.
2- La salvación
del poder y la esclavitud del pecado.
3- La salvación
de la naturaleza y la presencia del pecado.
La
primera salvación es el medio de nuestra justificación, la segunda es el
medio de nuestra santificación y la tercera es el medio de nuestra
glorificación. Es importante que cada creyente se de cuenta que mientras
los cristianos pueden reclamar la justificación como un hecho ya
establecido (Rom. 5:1), la santificación es una experiencia
continua y en proceso (1 Tes. 4:2-7; 5:23) y la glorificación es
una esperanza futura para realizarse en la segunda venida de Cristo (Rom.
8:24,25; Fil. 3:20,21)
Estos tres aspectos de la salvación ya han sido realizados o cumplidos en el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de
nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, los tres aspectos de la salvación
son ofrecidos a la raza humana “en Cristo” y no pueden
ser separados. Aquel a quien Dios ha justificado, Él lo glorificará, a
menos que le dé la espalda por la incredulidad (Rom 8:30; Heb. 10:38,39).
En vista de esto, los tres aspectos completos constituyen las Buenas
Nuevas de la salvación, y puesto que nos llegan en un solo conjunto,
Jesucristo, son inseparables y no podemos escoger recibir uno sin
recibir el otro.
Además, todo lo que nosotros experimentarnos en términos de nuestra
salvación en este mundo y lo que experimentaremos en el venidero está
basado en la obra terminada de nuestro Señor Jesucristo. Esto
significa que la base de nuestra experiencia cristiana es la santa
historia de Cristo. Por esta razón, es de vital importancia que estemos
establecidos en la verdad como es en Él. Si nuestro conocimiento
concerniente a la misión terrenal de Cristo es equivocado, naturalmente
nuestra experiencia será equivocada. De la misma manera, si nuestro
conocimiento de la verdad como es en Cristo es parcial o incompleto, así
será nuestra experiencia. Esta es la razón por la que Cristo enseñó:
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8:32,36).
Por ejemplo, cuando algunos de los cristianos de Corinto negaron la
resurrección de los creyentes, Pablo no debatió la verdad de la
resurrección usando el método de la “comparación de textos”, sino que
demostró la resurrección de los creyentes sobre el fundamento de la
resurrección de Cristo (1 Cor. 15:12-23). De forma similar, Pedro
confrontó a los cristianos sufrientes con la siguiente admonición: “Antes
bien, gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo; para
que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1
Ped. 4:13).
Los
cristianos se identifican con Cristo y Él crucificado por la fe. Esto
significa que en la conversión, el que cree subjetivamente, recibió
a Cristo y llega a ser uno con Él y Él crucificado; y la fe es estar
seguro de las cosas que se esperan (la salvación de Dios en Cristo), la
sustancia de la cual nosotros todavía no hemos experimentado plenamente (Heb.
11:1).
Las Dos Fases de la Salvación
En
vista do lo anterior, podemos dividir la salvación en dos fases
relacionadas entre sí pero distintas. Primero: La salvación o lo que Dios
ya ha realizado para toda la humanidad en la misión terrenal de Cristo (los tres aspectos del pecado como fueron mencionados anteriormente).
Esta es la salvación que Cristo identificó como las Buenas Nuevas del
Evangelio, y las que comisionó a sus discípulos para proclamarlas a todo
el mundo (Mar. 16:15). Esta salvación es definida frecuentemente por el
apóstol Pablo como la idea de vosotros en Cristo (1 Cor. 1:30,31;
Efe.1:1-3; 2:13; Fil. 3:9). Podemos definir esta fase de la salvación como
una verdad objetiva realizada en la historia terrenal de Cristo y
por lo tanto, se la refiere teológicamente como el Evangelio Objetivo.
Segundo, las Escrituras también se refieren a [otra fase de] la salvación,
a lo que Dios está realizando en los creyentes por medio del Espíritu
Santo. Esta fase de la salvación no es una adición a los hechos objetivos
del Evangelio, sino es hacer real en experiencia, lo que Dios ha obtenido
para la raza humana en Cristo. Por lo tanto, puede describirse como
los frutos del Evangelio. Frecuentemente esta idea es
expresada como Cristo en vosotros (Rom. 8:10; Gál. 2:20;
Efe. 3:17; Col. 1:27). Incluye la paz con Dios que viene por medio de la
Justificación por la Fe (Rom. 5:1; Hech. 10:36; Col. 1:20), la victoria
sobre el pecado y la santidad de la vida a través del proceso de la
Santificación por la Fe (Rom. 6:22; 2 Ped. 1:5-7), y el cambio de nuestra
naturaleza pecaminosa a una naturaleza sin pecado a través de la
glorificación que se realizará en el segundo advenimiento de Cristo (Rom.
8:24,25; 1 Cor. 15:51-54; Fil. 3:20,21). Como esta segunda fase de la
salvación tiene que ver con la experiencia del creyente, se le refiere
frecuentemente como el Evangelio subjetivo.
Actualmente hay una gran confusión en la mente de muchos cristianos,
concerniente a estas dos fases de la salvación. La razón es que muchos han
fallado en ver la diferencia entre lo que Dios ya ha realizado en
Cristo, hace cerca de dos mil años, y lo que Dios está haciendo
en el presente en las vidas de los creyentes a través del Espíritu Santo.
Esto
en cambio, ha traído mucha controversia sobre la doctrina do la
Justificación por la Fe. Mientras que Cristo es nuestra justicia en estas
dos fases de la salvación, y las dos son hechas efectivas por la fe
solamente, hay ciertas diferencias importantes entre ambas.
A la
primera fase de la salvación generalmente se le define como la
justicia imputada de Cristo, y es lo que califica al creyente ahora
y en el juicio. A la segunda fase se le describe como la justicia
impartida y es lo que testifica o da evidencia de la
justicia imputada de Cristo. Esta no contribuye ni una jota para nuestra
calificación para el Cielo, pero testifica o demuestra lo
que ya es verdadero de nosotros en Cristo. Pero una deficiencia en
la justicia impartida demuestra que el pecador no ha entendido el
Evangelio o ha rechazado el regalo de la justicia imputada, es decir, ha
rechazado ser vestido con la justicia de Cristo, lo que indica que no
tiene una fe genuina y por lo tanto, se incapacita para el Cielo (Sant.
2:20-23; Mat. 22:11-13).
A
continuación presentamos las cuatro diferencias más importantes entre los
hechos objetivos del Evangelio (vosotros en Cristo) y la
experiencia subjetiva del creyente que por la fe se ha identificado con
Cristo y Él crucificado (Cristo en vosotros).
“Vosotros en
Cristo”
-
El
Evangelio Objetivo
1-
Completo.
“En Cristo” somos perfectos en toda justicia (1 Cor. 6:11; Efe. 1:3; Col.
2:10).
2-
Universal.
“En Cristo” toda la humanidad fue redimida o legalmente justificada, es
decir, reconciliada a Dios (Rom. 5:18; [vers. 10]; 2 Cor. 5:18,19; 1 Tim
4:10; Tit. 2 11; 1 Juan 2:2).
3-
Fuera de Nosotros.
“En Cristo” la justicia completa fue realizada sin ninguna contribución o
ayuda nuestra (Rom. 3:21,28; Fil.3:9).
4-
Meritorio.
Esta justicia “en Cristo” es el único medio de nuestra salvación, y a
menos que la rechacemos y resistamos, nos califica para el Cielo
completamente, ahora y en el juicio (Hech. 13:39; Rom. 3:28; 10:4: Gál.
2:16; Efe. 2:8,9; Tit. 3:5).
“Cristo en
Vosotros”
-
El
Evangelio Subjetivo
1-
Incompleto.
“Cristo en vosotros” es un proceso continuo de crecimiento y de
santificación para ser completamente realizado antes del segundo
advenimiento, e incluye la glorificación de nuestros cuerpos, que será
realizada en el segundo advenimiento (Rom. 5:3-5; 8:18-23: 1 Cor.
15:15-51; Col. 3:12,14,20,21; Col. 1:27; 2:6; 1 Tes. 5:23,24; 2 Ped.
1:3-8).
2-
Aliado.
“Cristo en vosotros” se aplica únicamente a los creyentes que por medio de
la fe tuvieron la experiencia del nuevo nacimiento (Juan 3:16; Rom.
8:9,10; 1 Cor. 6:17,20; 2 Cor. 3:17,18; 6:14-16; 1 Tim. 4:10).
3-
Particular.
“Cristo en vosotros” implica la cooperación de los creyentes que por fe
caminan en el Espíritu (Juan 15:1-5; 17:23; Rom. 8:9-14; 13:12-14; Gál.
2:20; 1 Juan 3:23,24).
4-
Demostrativo.
“Cristo en vosotros” testifica o da evidencia de nuestra salvación en
Cristo, pero no tiene mérito (Mat. 5:14-16; Juan 13:34,35;
14:12; Efe. 2:10; Tit. 3:8).
De acuerdo a la
verdad objetiva del Evangelio, todo lo que es necesario para que el hombre
pecaminoso sea declarado justo y sea candidato para el Cielo ya ha sido
completado “en Cristo”. Por consiguiente, aquellos que han recibido su
posición en Cristo, son contados o considerados por Dios como
siendo justificados o justos, santos o santificados y glorificados “en
Cristo” (Efe. 1:3-6; 1 Cor. 6:9-11). “El justo por la fe vivirá” (Rom.
1:17) fue el redescubrimiento más grande que hizo Lutero desde el
decaimiento del Evangelio en la Edad Media.
El Tema Central “en Cristo”
Una
vez que nos damos cuenta de los hechos anteriores, llega a ser obvio que
la única esperanza de este mundo sentenciado, descansa en la creencia y la
apreciación de los hechos objetivos del Evangelio. Además, como ya se
mencionó, cada experiencia cristiana está basada en la obra terminada por
Cristo, de manera que debemos construir nuestra ética cristiana sobre los
hechos objetivos de la santa historia de Cristo. Como lo expresa
Pablo: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto,
el cual es Jesucristo” (1 Cor. 3:11-15). En vista de esto, no es
sorprendente que el tema central de la teología de Pablo sea la idea “en
Cristo”.
El
tema central “en Cristo” está basado en la enseñanza bíblica de la solidaridad o unidad corporal, un concepto que
desafortunadamente es extraño en gran manera para la mentalidad
occidental. De acuerdo a las enseñanzas de las Escrituras, toda la raza
humana está unida por una vida en común, y por lo tanto es considerada
como una unidad corporalmente. Esto es porque Dios creó a todos los
hombres en un hombre: Adán (Gén. 2:7; Hech. 17:26). La palabra “vida” en
Gén. 2:7 está en plural en el texto hebreo, y esto significa que Dios
sopló en Adán el aliento de vidas de todos los hombres. Consecuentemente,
cuando Adán cayó, toda la familia humana cayó “en él”, puesto que la caída
ocurrió antes de que Adán tuviera hijos (Rom. 5:12; 1 Cor. 15:21,22).
Debe quedar
claro que Dios redimió o justificó legalmente a toda la raza humana en
Cristo, de la misma manera que Satanás trajo la caída o condenación de
toda la raza humana en Adán (Rom. 5:18).
Por
un acto divino, iniciado y realizado por Dios solamente, la vida corporal de toda la raza humana en su condición caída fue incorporada en
Cristo en su encarnación cuando por un milagro divino, la divinidad de
Cristo y nuestra humanidad corporal que necesitaba ser redimida
fueron unidas en una Persona: Jesucristo (1 Cor. 1:30). Es a través de
este misterio que Dios calificó a Cristo legalmente para ser el segundo o
último Adán, nuestro Representante y Sustituto. Entonces por su vida y
muerte satisfizo completamente las demandas positivas de la santa Ley de
Dios así como su justicia. Cristo llegó a ser para siempre nuestra
justicia y
seguridad. Esto es en pocas palabras el tema
central “en Cristo”, y es lo que constituye las Buenas Nuevas del
Evangelio (Efe. 1:3-12; 2:4-7). Esta es la razón por la que se dice que la
humanidad de Cristo es “todo para nosotros”.
Cada
creyente en Cristo debe darse cuenta que la base sobre la cual el Señor
puede morar en él a través del Espíritu Santo (Rom. 8:9,10), y cumplir las
santas demandas de la Ley (Rom. 8:4), está fundada sobre el hecho objetivo
de que “en Cristo” se han satisfecho todos los requerimientos y demandas
de la Ley. Por lo tanto, la conclusión a la que llega Pablo al exponer la
doctrina de la Justificación por la Fe es: “¿Luego invalidamos la Ley por
la fe, (es decir, Justificación por la Fe, v. 28)?, en ninguna manera,
antes establecemos la Ley” (Rom. 3:31, cf. 10:4)...
La Doctrina de la Sustitución
La
verdad mencionada anteriormente, nos lleva a la importante doctrina de la
sustitución. Esta enseñanza estuvo
en
el centro de la controversia teológica de la Reforma entre los eruditos
católicos romanos y los reformadores. El punto central de esta
controversia tuvo que ver con el problema ético de la verdad de la
Justificación por la Fe. La pregunta que se formuló, y que todavía se
sigue haciendo hoy es: ¿Cómo puede Dios justificar a los malvados (los
pecadores) que creen y todavía mantener su integridad a la Ley que condena
a los pecadores? (Rom. 4:5; Gál. 3:10).
Los
eruditos
católicos
romanos insistían en que Dios tenía que hacer primero justo al individuo
creyente, a través de la gracia infundida antes de que pudiese declararlo
justificado. Los reformadores rechazaron esta solución legalista y
propusieron la doctrina de la sustitución: que Dios declara justificado al
creyente sobre la base de la vida y la muerte de Cristo quien satisfizo
completamente los requerimientos de la Ley. Esto fue inaceptable para los
eruditos católicos, porque esto no era ético o legal, ya que ninguna Ley
permitirá que la culpa, el castigo o la justicia se transfiera de una
persona a otra consecuentemente. Ellos acusaron a los reformadores de
enseñar “ficción Legal”, “justicia transferida” o “contaduría celestial”.
Los
dos partidos estaban hasta cierto punto en lo correcto; sin embargo
los dos ensañaron error. Los teólogos católicos estaban en lo correcto
éticamente, puesto que Dios tiene que hacer a los pecadores justos antes
de que Él pueda declararlos legalmente justos [los hombres fueron hechos
justos “en Cristo”]. Sin embargo, sus soluciones no fueron bíblicas
por lo que fueron acusados de enseñar legalismo. Por otra parte, los
reformadores estaban en lo correcto en su solución, como la Biblia
claramente enseña que los pecadores creyentes son justificados sobre la
base de la vida y la muerte de Cristo (Hech. 13:39; Rom. 10:4). Sin
embargo, estaban equivocados ética o legalmente en su definición de
sustitución - que la vida y la muerte de Cristo fue cumplida en lugar
de nosotros, este es un principio fundamental de toda ley de Dios o
del hombre, que no se puede transferir la culpa o el castigo del culpable
al inocente (Deut. 24:16; 2 Rey. 14:6; Eze. 18:20). De igual manera, no se
puede pasar legalmente la justicia de uno a otro (Eze. 18:20).
Entonces, ¿cómo vamos a definir correctamente la doctrina de la
sustitución? Desde el punto de vista bíblico, la sustitución está basada en el concepto de solidaridad o unidad corporal. Como
fue mencionado, todos los hombres están legalmente condenados, porque
todos pecaron en un hombre: Adán. De la misma forma, Dios puede justificar
a todos los pecadores porque todos los hombres obedecieron
corporalmente en un “Hombre”, (Cristo). Dios hizo esto posible al unir
en su Hijo la vida corporal de la raza humana (que necesitaba redención)
en la encarnación. Esto calificó a Cristo para ser el segundo Adán y
legalmente ser también el Sustituto de la humanidad caída.
Los
reformadores fallaron en resolver el problema [ético] del Evangelio, por
la razón de que ellos, como la iglesia Católica romana, hicieron
distinción entre la humanidad de Cristo y la humanidad que Él vino a
redimir. Es solamente cuando identificamos la humanidad de Cristo con la
humanidad caída corporal de la raza humana que Él vino a redimir, que
podemos predicar un Evangelio ético que es Buenas Nuevas incondicionales.
La Idea Bíblica de la Solidaridad Corporal
Puesto que la mente occidental está dominada por el concepto
individualista, muchos encuentran el tema central “en Cristo” como un
concepto raro y difícil de entender... Sin embargo, podría ser útil al
concluir esta unidad... examinar la lógica de Hebreos Cap. 7, donde el
escritor prueba la superioridad del sacerdocio de Cristo, sobre el
Levítico. Como Cristo nació de la tribu de Judá quedó descalificado por la
ley del Antiguo Testamento para ejercer el sacerdocio Levítico. Por lo
tanto, el escritor de Hebreos identifica a Cristo como nuestro Sumo
Sacerdote en el orden del sacerdocio de Melchisedec (Heb. 6:20).
En
el cap. 7 prosigue y comprueba que Melchisedec era superior a Leví. Una
vez que esto está establecido, no es difícil ver como Cristo, un
sacerdote de la orden de Melchisedec es superior o mejor que el sacerdocio
levítico. Pero, ¿cómo prueba el escritor de Hebreos que Melchisedec es
superior al Levítico? Simplemente recordándoles a sus lectores que
Leví pagó el diezmo a Melchisedec. El argumento es maravilloso: el
que paga el diezmo es siempre inferior a aquél que lo recibe. Pero Leví
nunca le pagó el diezmo a Melchisedec como individuo, porque ni siquiera
había nacido en el tiempo de Melchisedec. Entonces, ¿cómo lo hizo? “En
Abrahán” dice el escritor de Hebreos.
Leví,
quien fue el biznieto de Abrahán y que todavía no había nacido, estaba “en
los lomos” de su padre cuando él conoció a Melchisedec y le dio el diezmo
(Heb. 7:7-10). Este argumento está basado en la idea bíblica de la
solidaridad o identidad corporal y nos será de ayuda para entender
cómo toda la humanidad está condenada en Adán y está justificada
en Cristo, puesto que toda la humanidad estaba respectivamente en “los
lomos” de estos dos hombres, y por lo tanto estaba implicada en lo que los
dos hicieron.
Jesucristo en la Encarnación: Dos naturalezas distintas y opuestas unidas
en una sola persona
A
fin de que Cristo calificara legalmente para ser nuestro Sustituto y
Representante, su Divinidad tuvo que estar unida a nuestra humanidad caída
corporal que necesitaba redención. Es en la encarnación que estas dos
naturalazas distintas y opuestas fueron unidas en una Persona, y así
Cristo llegó a ser el segundo Adán. Esta es la enseñanza “en Cristo”, el
tema central de la teología de Pablo (1 Cor. 1:30; Efe. 1:3-6).
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Lo que Él es
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Lo que Él fue Hecho
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1- Hijo de
Dios – Luc. 1:35
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1- Hijo
del Hombre – Luc. 19:10
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2- Posee
existencia propia – Juan 1:4
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2- De una
mujer – Gál. 4:4
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3-
Espíritu – Juan 4:24
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3- Carne –
Juan 1:14
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4- Igual
con Dios – Fil. 2:6
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4- Siervo
de Dios – Fil. 2:7
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5- Sin
Pecado – Fil. 5:21
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5- Hecho
pecado – 2 Cor. 5:21
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6-
Independiente – Juan 10:17
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6-
Dependiente – Juan 5;19,30
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7-
Inmortal – 1 Tim. 1:17
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7- Mortal
– Heb. 2:14,15
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8- Dador
de la Ley – Sant. 4:12
[Léase
Hech. 7:38]
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8- Bajo la
Ley – Gál. 4:4
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Jesucristo en la Resurrección: Dos naturalezas llegan a ser una,
compartiendo la misma vida divina
En la cruz,
nuestra vida corporal condenada murió eternamente (la paga del pecado) “en
Cristo” (2 Cor. 5:14). En la resurrección. Dios le dio a la raza humana la
vida eterna de su Hijo (1 Juan 5:11). Todo lo que somos, como resultado de
la caída, Cristo fue hecho en la encarnación y a través de su vida,
muerte y resurrección, todo lo que Él es, nosotros fuimos hechos “en Él”
(2 Cor. 5:17). Estas son las Buenas Nuevas de la salvación.
Así, por
naturaleza:
1-
Estamos espiritualmente muertos,
pero
en Cristo” fuimos hechos espiritualmente vivos - Efe. 2:5.
2- Somos
pecadores,
pero
"en Cristo” fuimos hechos justos - 2 Cor 5:21.
3- Somos
pecaminosos,
pero “en Cristo” somos santos y sin manchas - Efe. 1:4
4-
Estamos condenados,
pero “en Cristo” fuimos justificados - Rom 5:18
5-
Somos hijos de hombre,
pero “en Cristo” fuimos hechos hijos de Dios - 1 Juan 3:1.
6-
Estamos sentenciados,
pero “en Cristo” nos hizo sentar en los lugares celestiales - Efe. 2:6.
7- Somos
mortales,
pero “en Cristo” somos hechos inmortales - 2 Tim. 1:8-10
8- Somos
pobres,
pero “en Cristo” somos hechos ricos - 2 Cor 8:9.
9- Somos
nada,
pero “en Cristo” fuimos hechos coherederos - Rom. 8:17.
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