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El término [corporativo] hace referencia a un cuerpo, a
un todo. Cristo es cabeza de la raza, tanto como es cabeza de la
iglesia. Así, hay formas en las que la divinidad ve a la raza como a un
todo. Se trata de las dimensiones universales del corazón divino. Y
fluyen desde su corazón, dando forma a los componentes iniciales y (por
necesidad) incondicionales del proceso de la salvación. Son el
fundamento mismo de su forma de tratar el pecado. Debido a ello, son los
menos visibles y apreciados, pero también los más esenciales e
importantes. Como sucede con las estructuras físicas, en las que el
edificio queda siempre limitado por la magnitud de sus fundamentos, así
también la experiencia de uno en la salvación de Dios depende de cuán
adecuadamente capta las dimensiones del fundamento que Dios ha puesto en
Jesucristo. El grado en el que el individuo siente la atracción del amor
de Dios, y resulta constreñido por él, determinará hasta qué punto su
vida será transformada por ese poder que crea de nuevo.
Los aspectos universales e incondicionales de la
salvación, siendo amplios y esenciales (y lo son más allá de nuestra
comprensión), no son el todo de la salvación. Dios es amor, y valora el
amor retornado libremente hasta tal punto que en cierto momento en el
proceso, espera nuestra respuesta individual de amor a su amor, y de fe
a su fe. La Escritura nunca describe lo que Dios ha hecho en el terreno
de lo incondicional, para poner a continuación un punto y final. Siempre
se espera la respuesta humana; ésta constituye el anhelo, el propósito y
[el] fin buscado. Encontramos frecuentemente la expresión "para que",
uniendo lo que Dios ha hecho ya, con aquello que espera cumplir en la
persona. Obsérvense los siguientes ejemplos:
Juan 3:16:
De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito
para que
todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida
eterna
Rom. 5:20,21
La ley empero entró para que el pecado creciese; mas
cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia
para que
de la manera que el pecado reinó para muerte, así también
la gracia reine por la justicia para vida eterna por Jesucristo Señor
nuestro
Rom. 8:3,4:
lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por
la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a
causa del pecado, condenó al pecado en la carne
para que
la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no
andamos conforme a la carne, mas conforme al espíritu.
2 Cor. 5:21
Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros
para que
nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él
Las evidencias de los aspectos corporativos de la
salvación son numerosas y apremiantes. Cuanto más abierto está uno a
reconocerlas, más fácilmente las descubre. Y cuanto más transformado
resulta uno por las mismas, mayor su potencial evangelístico. A Pedro se
le instruyó en visión: "Lo que Dios limpió, no lo llames tú común". Eso
comenzó a derribar en él barreras espirituales que habrían obstaculizado
su ministerio evangélico. Así, poco después de su primera reunión con
los gentiles, estuvo en condiciones de confesar: "me ha mostrado Dios
que a ningún hombre llame común o inmundo" (Hech. 10:15,28).
De igual manera, una revelación del amor de Dios
transformó a Saulo, el fariseo separatista y perseguidor, en Pablo, el
dinámico predicador del Evangelio, quien declaró: "de manera que
nosotros de aquí adelante a nadie conocemos según la carne" (2 Cor.
5:16). Al resultar verdaderamente constreñido por las dimensiones
universales del amor (ágape) de Dios ("porque el amor de Cristo nos
constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos son
muertos", vers. 14), uno ve a las personas con ojos espirituales, no
"según la carne".
Así es como Cristo vio a todos. Y las personas son
sensibles a ese espíritu; son atraídas poderosamente por él. Hace nacer
la esperanza. Está lleno de gracia. ¡Así es como Dios ve a la raza!
Obsérvese esta profunda descripción de esa dimensión:
"Dios dirigió su mirada a la humanidad, no como a algo
vil y sin mérito; la miró en Cristo, y la vio como podría llegar a ser
por medio del amor redentor. Reunió todas las riquezas del universo, y
las entregó para comprar la perla" (Palabras de Vida del Gran Maestro,
pág. 90).
Vemos, por lo tanto, que la fe de Dios determina la forma
en la que ve a la humanidad. Él es la fuente de justicia, el autor de la
fe, y muestra su justicia por su fe. Y puesto que en ello es justo por
la fe, su fe obró por el amor y entregó las riquezas del universo para
comprar a todos y a cada uno. ¡Qué amor indescriptible!
Justificación
El propósito de Dios en su trato con los pecadores,
universalmente, es restaurarlos a su imagen. Tal es el significado y
origen de la palabra justificación. Uno vuelve a tener el carácter de su
Creador. Pero eso implica un proceso. Y una vez más, de forma necesaria,
el principio de ese maravilloso plan tenía que ser creado de forma
incondicional y universal.
Las únicas dos ocasiones en las que aparece la expresión,
lo hace en clara alusión a esa verdad universal (Rom. 4:25; 5:18).
"El cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado
para nuestra justificación" (Rom. 4:25).
Su resurrección para nuestra justificación fue tan
universal como su sacrificio por nuestros pecados.
"Así que, de la manera que por un delito vino la culpa a
todos los hombres para condenación, así por una justicia vino la gracia
a todos los hombres para justificación de vida" (Rom. 5:18).
El que Cristo sea la cabeza corporativamente, significa
que la raza está en sus manos, que es suya, que él está en íntima
conexión con cada miembro de ella. Lo que Él hizo revirtió la
condenación que Adán había traído, resultando en justificación de vida
para todos, restableciendo la libertad individual a cada uno [2 Cor.
5:18; Rom. 5:10].
Considérese primeramente lo que eso revela del amor de
Dios hacia los pecadores. Su actitud es la de perdonar, no la de
condenar [Juan 3:17; 8:11]. El perdón sana; la condenación destruye. El
perdón fue el primer paso del Creador rechazado, hacia Adán y Eva. Y eso
significó vida para ellos. Tan pronto como pecaron, tuvieron un
Salvador. Hasta la cruz, no pudo verse con claridad aquello de lo que
los salvó.
Nótese esta clara referencia a la manera en la que esa
realidad debiera regir nuestra actitud:
"No debemos pensar que, a menos que confiesen su culpa
los que nos han hecho daño, tenemos razón para no perdonarlos. Sin duda,
es su deber humillar sus corazones por el arrepentimiento y la
confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo hacia los que han
pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas. Por mucho que nos
hayan ofendido, no debemos pensar de continuo en los agravios que hemos
sufrido ni compadecernos de nosotros mismos por los daños. Así como
esperamos que Dios nos perdone nuestras ofensas, debemos perdonar a
todos los que nos han hecho mal" (El Discurso Maestro de Jesucristo,
pág. 97) - [Col. 3:13; 2:13].
Dios no pide nada de nosotros, que no haya realizado él
con anterioridad.
La justificación abarca la dimensión completa de la
salvación, como lo hacen tantos otros términos empleados para describir
esa realidad plural de lo que Dios es para el pecador. Cuando se la
emplea asociada al término "corporativa", la justificación se refiere a
las dimensiones iniciales de lo que la palabra significa. Esos primeros
aspectos, formando parte de su iniciativa, el fundamento que ha
establecido en Jesucristo, son la base de los logros posteriores.
En el nacimiento, vida, muerte y resurrección de
Jesucristo, la raza fue abrazada y redimida por su brazo extendido, el
abismo entre Dios y el hombre fue totalmente salvado por el Puente, la
paga/consecuencia del pecado fue demostrada y satisfecha, la humanidad
se manifestó restaurada a la imagen y a la diestra de Dios, y el pecado
y la muerte fueron vencidos. Dios pudo mirar a su Hijo sentado a su
lado, y contemplar la humanidad restaurada a la justicia y a la vida.
Esa afirmación corporativa es la justificación de vida.
La vida misma, o continuación de la existencia de la raza
humana - aunque pecaminosa - resulta justificada de una forma que es
compatible con su justicia invariable. Nunca debiera minimizarse eso.
Los escritores inspirados no se refieren nunca a ese don como
"meramente" provisional. El precio que se pagó para mantener la
existencia del pecador impenitente en su vida actual, es idéntico al que
se pagó a fin de que el pecador arrepentido viva eternamente con Dios. Y
la vida que fue derramada es precisamente la vida de Dios en Cristo. Es
lícito emplear la palabra "provisión" [en contraste con "provisional"],
puesto que describe adecuadamente lo que Dios hizo: previó de antemano
la necesidad, y proveyó la solución, desde la fundación del mundo.
Dios cuenta la fe por justicia.
En razón de lo que Cristo ha hecho como cabeza de la raza humana, Dios
puede implantar la semilla de esa realidad en cada corazón humano, y
después dar a conocer la realidad de aquello que ha comenzado. No se
trata del final del proceso, sino de su principio. Y es real; no
imaginario. Él sabe que es sólo por la fe como se despierta la fe, de
igual manera en que es por el amor como se despierta el amor. Siendo
así, aquello que efectuó en favor de todos en Jesucristo, es
justificación de vida. Lo que Él ha iniciado en favor de todo pecador,
puede ser únicamente malogrado por la incredulidad de éste, por su
rechazo a responder a lo que [Él] hizo, y sigue aún realizando, a fin de
ganar a cada uno.
¿Qué más era necesario de su parte, sino restaurar la
humanidad en Sí mismo, mantener a los pecadores con vida en toda
justicia, y permitir que cada uno de ellos le responda de corazón? El
potencial evangelístico de esa verdad bíblica permanece en gran manera
desaprovechado. Cuántos hay aún debatiéndose en la duda de si Dios los
incluyó o no en su plan, en la dádiva de Jesucristo. Cuántos hay que
dejan de responderle por tener una percepción consciente o inconsciente
de su indignidad, como algo que los descalifica para su favor. Dios nos
ha dado en el Evangelio la clave para abrir [y romper] esa barrera. Todo
pecador puede exclamar: “¡Estuve en su plan! ¡Tiene un plan para mí!
¡Vació los tesoros del Cielo en mi favor! Antes que sintiese mi
necesidad de él, él la vio, y me dio a Jesús, ¡cómo podría rechazar un
amor así!”.
Para un estudio más detallado sobre la
justificación universal de la raza humana en la cruz véase el excelente
artículo
La Justificación.
Fred Bischoff, MD, MPH
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