| |
Si no fuera porque el término “justificación” no dice
mucho para el lector moderno, resultaría más fácil comprender el
significado de esta doctrina. Aunque confesamos que para nosotros nunca
importó el término tanto como que nos impidiera comprender esta doctrina.
Sencillamente fuimos atraídos por el tema y comenzamos a estudiarlo. Es
interesante notar que la Biblia no habla solamente de la Justificación por
la Fe usando términos técnicos, lo hace bajo diferentes metáforas que nos
permiten tener una idea más clara del tema. De hecho, el mayor exponente
de esta doctrina fue Cristo, y según se sabe usó el término “justificado”
una sola vez en el contexto de la reconciliación entre el pecador y Dios (Luc.
18:14). La otra ocasión en la que Cristo usó el vocablo “justificado” fue
en el contexto del día del juicio (Mat. 12:36-37).
Avanzaremos el estudio de la doctrina de la Justificación por la Fe con
una parábola de Cristo. Según el Dr. Waggoner (uno de los “mensajeros de
la justicia” de Cristo como le llamara el Espíritu de Profecía) la
parábola del Fariseo y el Publicano fue escrita “para mostrar cómo no
debemos y cómo sí debemos, alcanzar la justicia”.1 Leamos el
relato:
“A unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los
otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar:
uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba
consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los
otros hombres: Ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;
ayuno dos veces a la semana, diezmo de todo lo que gano. Pero el
publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino
que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os
digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro, porque
cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será
enaltecido” (Reina Valera 1995).
En esta narración hay algunos detalles interesantes. 1- El Fariseo se
consideraba un hombre justo delante de Dios por sus propios méritos (“no
soy... como los otros hombres... injustos”). 2- Creía estar en completa
armonía con la Ley (“no soy... adultero... ladrón”). 3- Para el Fariseo la
justicia era sinónimo de la obediencia a ciertas reglas, algo que entendía
poseer a cabalidad (“ayuno dos veces a la semana, diezmo de todo lo que
gano”). Pero estaba ciego, pues su modelo de justicia no era Cristo, sino
su propio yo pecaminoso. En el colmo de su extravío se comparaba con los
hombres pecadores (“no soy como los demás hombres”) y aun con sus
“hermanos” en la fe (“No soy... ni aun como este Publicano”). No se puede
dudar que este Fariseo al igual que la nación hebrea (a quien
personificaba en esta parábola) corría tras “la justicia”, pero no la
alcanzó, pues no iba “tras ella mediante la fe, sino por las obras” (Rom.
9:30-32). Esta exasperada carrera era la que transitaba el apóstol Pablo
en su vida de fariseo. Él creía que en cuanto a la “justicia que la Ley
exige” era “irreprensible” (Fil. 3:6, NVI). Pero cuando se encontró con
Cristo y su Justicia, entendió que todo a lo que se aferraba como
“ganancia” era realmente “pérdida”, “estiércol” (Fil. 3:7-8). Entonces
optó por “ganar a Cristo” y ser “hallado en Él, no teniendo mi propia
justicia, que es por la Ley, sino la que es por la fe de Cristo, la
justicia que viene de Dios por la fe” (vers. 8-9). Esta fue la experiencia
de Pablo y posiblemente la de todo judío que se convirtió al cristianismo
en los tiempos apostólicos.
En el pasaje del Fariseo y el Publicano encontramos la gran verdad de que
“justificación y perdón son una misma cosa”. El Publicano, al reconocer su
pecaminosidad clamó por el perdón divino (Luc. 18:13) y fue perdonado.
‘Este - dijo Cristo - descendió a su casa justificado’ (vers. 14). Quizás,
el Publicano no supo que cuando fue perdonado fue Justificado por la Fe,
pero lo estaba. En esta narración hay dos verdades fundamentales de la
Justificación por la Fe: 1- El perdón es parte integral de la
justificación, y 2- Ser justificado por la Fe, no sólo es ser declarado
perdonado, es ser transformado por la gracia divina, es toda una
experiencia; es quedar abatido en el polvo y dejar allí la gloria y
orgullo humano para recibir la justicia de Cristo.2
En cuanto a que la justificación y el perdón son “una y la misma cosa” hay
abundante evidencia en las Escrituras. En Romanos 4 el apóstol Pablo habla
de la fe que es “contada por justicia”, tomando como base la experiencia
del patriarca Abrahán y el rey David. Hablando específicamente de David,
dice:
“David habla también de la dicha del hombre a quien Dios atribuye justicia
aparte de las obras. Dice: ‘Dichoso aquel a quien Dios perdona sus
maldades, y cubre sus pecados’. ‘Dichoso el hombre a quien el Señor no
cuenta sus pecados contra él’” (Rom. 4:6-8).
En este tenor nos dice el Espíritu de Profecía:
“Cuando el pecador cree que Cristo es su Salvador personal, entonces, de
acuerdo con sus infalibles promesas, Dios le perdona su pecado y lo
justifica gratuitamente”.3
“La justificación es un perdón pleno y completo del pecado. Un pecador es
perdonado en el mismo momento en que acepta a Cristo por la fe. Se le
atribuye la justicia de Cristo, y no debe dudar más de la gracia
perdonadora de Dios”.4
En relación con el segundo aspecto, el que señala que ser Justificado por
la fe “es ser transformado por la gracia divina,... es ser abatido en el
polvo y dejar allí la gloria y orgullo humano para recibir la justicia de
Cristo”, la inspiración también nos dice:
“Nadie sino Dios puede subyugar el orgullo del corazón humano. No podemos
salvarnos a nosotros mismos. No podemos regeneramos a nosotros mismos. En
los atrios del cielo no se cantará ningún cántico que diga: ‘A mí que me
he amado, que me he lavado, que me he redimido a mí mismo, a mí sea
tributada la gloria, y el honor y la bendición y la alabanza’. Sin
embargo, ésta es la nota tónica del cántico que muchos entonan aquí en
este mundo, Ellos no saben lo que significa ser manso y humilde de
corazón; y no se proponen saberlo, si pueden evitarlo. Todo el Evangelio
está comprendido en que aprendamos de Cristo su humildad y mansedumbre.
¿Qué es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que abate en el
polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que él no tiene la
capacidad de hacer por sí mismo”.5
La parte final de esta declaración de Elena de White nos recuerda algunos
pasajes de las Escrituras tales como Gén. 18:27 (“soy polvo y ceniza”) y
Job 42:6 (“me arrepiento en polvo y ceniza”). Es probable que esta cita
sea una referencia indirecta a la parábola del Fariseo y el Publicano.
Este último no pudo recibir los beneficios de la justificación porque se
exaltó a sí mismo y presentó ante Dios sus propios méritos. Ignoró que su
justicia delante de Dios no era más que un “trapo de inmundicia” (Isa.
64:6).
Las Escrituras nos advierten sobre la tendencia siempre presente
en el corazón humano de presentar ante Dios méritos propios e ignorar la
“justicia que viene de Dios”, la que es por la fe en Cristo. Nada
resulta más humillante para el egoísta corazón humano que reconocer su
debilidad e impotencia de justificarse ante Dios. Quedar abatido en el
polvo para poder obtener la justicia de Cristo, es un precio muy alto a
pagar para algunos. Pero sólo los que estén dispuestos a pagarlo recibirán
la bendición de la Justificación por la Fe.
Es nuestro privilegio comprender el significado neotestamentario
de la fe que “actúa mediante el amor y purifica el alma” o siempre seremos
objeto de la incertidumbre y la egocéntrica actitud del Fariseo de la
parábola. Saber que Dios nos justifica en virtud de su gracia y por medio
de la fe es alentador y trae paz al corazón. También es alentador saber
que la Justificación por la Fe establece la justicia de Dios en nosotros
transformándonos en personas totalmente cristocéntricas. Es nuestro
privilegio comprender cómo nos reconcilia Dios con su divino amor.
Referencias:
1 Waggoner, Cristo y su Justicia, pp. 53,54, las cursivas son nuestras.
2 Véase Ibíd., pp. 96,98-110.
3 Elena White, Review and Herald, 4-11-1890.
4 --------, Sing of the Times, 19-5-1898.
5 --------, Testimonios para los Ministros,
p. 465.
|