La Justificación por la Fe y el Mensaje a Laodicea

 

(2da. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 
En el relato del Génesis se destaca como ya vimos el acto divino de vestir al hombre para cubrir su desnudez, y esto fue posible sólo porque un animal inocente fue sacrificado. De este momento el Espíritu de Profecía nos dice:
 
“Para Adán el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar... mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del inmaculado Cordero de Dios”.5
 
          Podemos ver que el ofrecimiento del primer sacrificio causó profundo dolor al corazón de Adán, pues pudo apreciar y ver en ese cruento sacrificio la futura muerte del verdadero Cordero de Dios (cf. Juan 1:29). De esta parte de nuestro relato podemos extraer lecciones maravillosas. Algunos sinceros cristianos preocupados por la deplorable tibieza de la iglesia y ante su aparente caída espiritual (“la iglesia parecerá que cae, pero no caerá”), no logran entender como puede producirse un cambio radical en el actual estado de cosas. Creo que en esta parte de nuestro análisis tenemos la respuesta.
Cuando nuestros primeros padres fueron compungidos por la demostración del amor de Dios al proveerle una solución para su pecado y al recibir una ilustración gráfica de cómo se realizaría el maravilloso rescate, fueron reconquistados por el amor divino. La “enemistad” prometida (Gén. 3:15) fue implantada en sus corazones. La esperanza hizo su aparición y el futuro se tornó prometedor.
Según la Palabra eterna de Dios, el corazón de Laodicea será conquistado por el amor divino de la manera que Oseas con su amor incondicional ganó el corazón de su esposa infiel. Cuando el Evangelio de la gracia que nos ha sido dado sea restaurado a su pureza original en el seno de la iglesia remanente, el reavivamiento tan largamente esperado no se hará esperar más. El pueblo de Dios tendrá entonces una visión clara del Crucificado (2 Cor. 5:14-15); sus ojos verán a Quién es que realmente sus pecados traspasaron (Zac. 12:10, cf. Heb. 6:6). Entonces el arrepentimiento corporativo del pueblo será una realidad asombrosa y maravillosa. “En aquel día habrá un gran llanto en Jerusalén... y la tierra se lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí..., todos los otros linajes cada uno por sí” (Zac. 12:11-12). Entonces “habrá un manantial abierto para la casa de David (los dirigentes que respondieron al llamado de Cristo) y para los habitantes de Jerusalén (los miembros del pueblo que también respondieron)”. Este manantial será “para la purificación del pecado y de la inmundicia” (Zac. 13:1, cf. vv. 8-9).  Esta extraordinaria obra de purificación será el resultado de haber experimentado la genuina justificación y santificación por la fe. Así se consumará la maravillosa obra de nuestro gran Sumo sacerdote en el Lugar Santísimo del Santuario celestial de donde procede toda bendición (Mal. 3:1-3).
 
Después de la caída en el pecado fue necesario tomar algunas medidas correctivas para evitar un mal peor. Dios les hizo claro a Adán y a Eva las consecuencias inmediatas de su desobediencia (Gén. 3:14-20) y los sacó de su morada edénica (Gén. 3:22-23). Así evitaba Dios la perpetuidad del pecado en toda la familia humana y consecuentemente su “enemistad” en contra de un Dios justo y misericordioso. Pero se le permitió al hombre mirar desde lejos la morada de su inocencia, pues durante algún tiempo el jardín del Edén estuvo sobre la tierra (cf. Gén. 4:16). En la puerta de entrada al Edén ofrecían los hijos de Dios sus ofrendas y sacrificios. El Espíritu de Profecía nos dice que “en la puerta del paraíso, custodiada por querubines, se revelaba la gloria divina. Allí renovaban sus votos de obediencia a aquella Ley cuya transgresión los había arrojado del Edén”.6
También aquí encontramos relación entre los dos relatos que estamos considerando. Laodicea es confrontada con la disciplina divina: Hay un mal que corregir y debe hacerse antes de que cosas peores sucedan. “Yo reprendo y corrijo a todo los que amo, sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (v. 19). ¿La advertencia?: “Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca” (NVI).
El lugar de reunión y encuentro para renovar los votos que tenían los hijos de Dios en la antigüedad era la “puerta del Edén”. Allí debían ir los fieles y arreglar las “cuentas” que tenían con Dios por sus transgresiones a su santa Ley (cf. Isa. 1:18). De manera similar, Cristo le dice a los laodicenses: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo...” Este dramático pasaje revela en forma patente la tierna disposición de Cristo de entrar en una relación pactual con su pueblo remanente. Cuán fervientemente anhela Él que su pueblo renueve su pacto de fe y obediencia con Él como fuera concertado al principio. Cuando una renovación tal tenga lugar será curada la profunda herida que el pecado ha abierto. Tendrá entonces fiel cumplimiento la profecía de Zac. 12:10-13:2.
El llamado de Cristo al arrepentimiento y a entrar en una relación de pacto duradera con Él debe ser escuchado urgentemente. Debe haber una respuesta sincera y pronta por parte de los dirigentes y miembros de la iglesia. Este urgente y decidido llamado revela además que la puerta de la misericordia no se ha cerrado todavía, que aunque los vientos de persecución y crisis ya se ven venir, hay tiempo aún para recibir el maravilloso don del arrepentimiento. Vea en la siguiente página una comparación de los detalles que hemos analizados.
 
La Promesa al Vencedor
El privilegio de los laodicenses es grande, les espera un glorioso futuro: sentarse con Cristo en su trono y reinar con Él por la eternidad. Pero antes deben enfrentar un duro conflicto con el pecado, la carne, el mundo y el Diablo. Están sirviendo de alguna manera a estos enemigos, pues están en una etapa crítica de indecisión e incertidumbre. Hay apatía, indiferencia y neutralidad que corrompe el alma. Es necesario que se les recuerde que ellos surgieron para vencer sobre las potestades de las tinieblas. Que el futuro es glorioso. Que es hora de levantarse del sueño que corrompe. El trono donde se sentarán los laodicenses victoriosos sobre la neutralidad recalcitrante es el trono del Padre, donde Cristo está sentado como vencedor. Esto implica que compartirán con Cristo su dominio y señorío durante los mil años mencionados en Apoc. 20:4 (cf. Apoc. 2:26-27).
 
EN EL GÉNESIS
EN EL APOCALIPSIS 
 
 
La primera conversación Creador - criatura caída
 
La última conversación Creador - criatura caída 

 


 
Pecado de autojustificación
 
Pecado de autojustificación 

 


 
Desnudez
 
Desnudez  

 


 
Sacrificio
 
Sacrificio 

 


 
Vestimenta
 
Vestimenta 

 


 
Disciplina divina por amor
 
“Reprendo y castigo a los que amo” 

 


 
Lugar de reunión (frente a la puerta del Edén)
 
Lugar de reunión (“he aquí yo estoy a la puerta y llamo”) 

 


 
Arrepentimiento y reconciliación
 
Arrepentimiento y reconciliación 

 


 
Antes de concluir queremos hacer algunas observaciones en lo referente al triunfo final de la iglesia de Laodicea. A medida que el tiempo avanza son cada vez más las voces que se levantan para denunciar la caída de la iglesia de Dios. Ven en la advertencia de Cristo “te vomitaré de mi boca” una sentencia definitiva. Como una especie de profecía del fracaso del actual pueblo de Dios. Estos predicadores disgustados, reformadores apresurados se agachan detrás de un montón de citas ya gastadas del Espíritu de Profecía que a primera vista parecen favorecer su posición. Lo peor de todo es que estas observaciones son hechas desde un terreno de insensibilidad en el que no vale ningún tipo de razonamiento que los empuje en sentido contrario.
Pero no podemos compartir este razonamiento, pues no se ajusta a una interpretación sensata del mensaje a Laodicea. Además, ignora algunas evidencias irrefutables de la misma Palabra y del Don Profético relacionadas al triunfo final y glorioso de esta iglesia. Si bien el mensaje a la iglesia de Laodicea es un mensaje fuerte y decidido, no está destinado a causar desánimo y mucho menos  condenación. Y aunque muchos lo han hecho parecer como un mensaje condenatorio, no es así. La expresión “te vomitarte de mi boca” es mejor traducida del original griego como “estoy por vomitarte de mi boca”. Desde esta perspectiva, lo que puede ser visto como una sentencia inevitable, puede ser entendido como una advertencia y un llamado al arrepentimiento. Evidentemente este es el sentido real de la declaración pues en el verso 18 leemos que Cristo aconseja al ángel de Laodicea a comprar oro, vestiduras blancas y colirio. También en el versículo 19 leemos: “Yo reprendo y corrijo a todos los que amo, sé pues celoso y arrepiéntete”. Luego el hecho de que Cristo está a la puerta (v. 20) nos muestra claramente que el caso de los laodicenses no es desesperado y sin posibilidad de corrección. Por otro lado, la promesa otorgada a Laodicea nos deja entrever la posibilidad de su triunfo final. Cada iglesia en cada período eclesiástico tuvo sus dificultades y problemas específicos, pero también hubo vencedores. ¡Laodicea NO es la excepción! Los consejos y amonestaciones de los versos 17-21 no tendrían sentido si no hubiera esperanza para esta iglesia tibia.
Veamos algunas citas del Espíritu de Profecía que todo estudiante serio debiera considerar antes de emitir algún juicio sobre la Iglesia en el contexto del mensaje a Laodicea:
 
“He visto que no era el propósito del mensaje [a Laodicea] hacer que un hermano se erigiera como juez de su hermano para decirle qué debe hacer y hasta dónde debe ir, sino para que cada individuo escudriñe su propio corazón y se ocupe de su propia obra individual”.7
 
“Eliminad vuestra tendencia a ver los errores de los otros - esto está en el contexto del mensaje a Laodicea -. Enfocad vuestra atención en vuestros propios defectos. Vuestra justicia propia produce nauseas a nuestro Señor Jesucristo. [Los que hacen esto] son peores que los muertos en delitos y pecados. Escuchaban la Palabra, pero no la aplicaban así mismos; antes bien, aplican la Palabra hablada a sus prójimos”.8
 
“El consejo del Testigo verdadero está lleno de ánimo y consuelo [que pena que muchos no puedan verlo]. Las iglesias todavía pueden obtener el oro de la verdad, la fe y el amor y ser ricos en tesoros celestiales”.9
 
“Los laodicenses... no estaban enteramente ciegos, pues de lo contrario el colirio no hubiera servido de nada para restaurarles la vista y capacitarlos para discernir los verdaderos atributos de Cristo”.10
 
“El caso de los que son reprochados no es sin esperanza; no está más allá de los alcances del gran Mediador... el consejo del Testigo verdadero no presenta el caso de los que son tibios como si fuera desesperado. Todavía hay una oportunidad para remediar esa condición, y el mensaje laodicense está lleno de ánimo, pues la iglesia reincidente todavía puede comprar el oro de la fe y el amor... Vi que este llamado a la iglesia de Laodicea afectará las almas”.11
 
¿Cómo es posible para un miembro o líder de la iglesia después de leer estos párrafos decir que la iglesia ha sido rechazada por Dios por a causa de su estado laodicense?
Se nos dice finalmente: “La iglesia debe brillar, y brillará ‘hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden’...".12 Pero observe como permanece la solemnidad del llamado de Cristo a la iglesia: “Hay esperanza para nuestras iglesias si prestan atención al mensaje dado a los laodicenses”.13 Hay un precio a pagar, la humillación y el arrepentimiento. ¿Estamos dispuestos a pagar este precio? Entonces compremos sin dinero las mercancías espirituales que necesitamos. 

Referencias:

1- Elena de White, Joyas de los testimonios, tomo I, pp. 65-66.
2 --------, Manuscrito 61, 1898.
3 --------, Manuscrito 108, 1899.
4 --------, Review and Herald, 23-11-1897.
5 --------, Patriarcas y Profetas, p. 54.
6 --------, Patriarcas y Profetas, pp. 46-47.
7 --------, Comentario Bíblico Adventista 7-A, p. 973, las cursivas son nuestras.
8 --------, Manuscrito 108, 1899; Manuscrito 163a, 1898.
9 --------, Review and Herald, 24-7-1888, las cursivas son nuestras.
10 --------, Review and Herald, 23-11-1897.
11 --------, Review and Herald, 2-8-1894; Carta 2, 1851, las cursivas son nuestras.
12 --------, Carta 130, 1902, las cursivas son nuestras.
13 --------, Manuscrito 139, 1903, las cursivas son nuestras.
 

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