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En el relato
del Génesis se destaca como ya vimos el acto divino de vestir al hombre
para cubrir su desnudez, y esto fue posible sólo porque un animal
inocente fue sacrificado. De este momento el Espíritu de Profecía nos
dice:
“Para Adán el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy
dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios
podía dar... mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar
que su pecado haría derramar la sangre del inmaculado Cordero de Dios”.5
Podemos ver que el ofrecimiento del primer sacrificio causó
profundo dolor al corazón de Adán, pues pudo apreciar y ver en ese
cruento sacrificio la futura muerte del verdadero Cordero de Dios (cf.
Juan 1:29). De esta parte de nuestro relato podemos extraer lecciones
maravillosas. Algunos sinceros cristianos preocupados por la deplorable
tibieza de la iglesia y ante su aparente caída espiritual (“la iglesia
parecerá que cae, pero no caerá”), no logran entender como puede
producirse un cambio radical en el actual estado de cosas. Creo que en
esta parte de nuestro análisis tenemos la respuesta.
Cuando nuestros primeros padres fueron compungidos por la demostración
del amor de Dios al proveerle una solución para su pecado y al recibir
una ilustración gráfica de cómo se realizaría el maravilloso rescate,
fueron reconquistados por el amor divino. La “enemistad” prometida (Gén.
3:15) fue implantada en sus corazones. La esperanza hizo su aparición y
el futuro se tornó prometedor.
Según la Palabra eterna de Dios, el corazón de Laodicea será conquistado
por el amor divino de la manera que Oseas con su amor incondicional ganó
el corazón de su esposa infiel. Cuando el Evangelio de la gracia que nos
ha sido dado sea restaurado a su pureza original en el seno de la
iglesia remanente, el reavivamiento tan largamente esperado no se hará
esperar más. El pueblo de Dios tendrá entonces una visión clara del
Crucificado (2 Cor. 5:14-15); sus ojos verán a Quién es que realmente
sus pecados traspasaron (Zac. 12:10, cf. Heb. 6:6). Entonces el
arrepentimiento corporativo del pueblo será una realidad asombrosa y
maravillosa. “En aquel día habrá un gran llanto en Jerusalén... y la
tierra se lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de
David por sí..., todos los otros linajes cada uno por sí” (Zac.
12:11-12). Entonces “habrá un manantial abierto para la casa de David
(los dirigentes que respondieron al llamado de Cristo) y para los
habitantes de Jerusalén (los miembros del pueblo que también
respondieron)”. Este manantial será “para la purificación del pecado y
de la inmundicia” (Zac. 13:1, cf. vv. 8-9). Esta extraordinaria obra de
purificación será el resultado de haber experimentado la genuina
justificación y santificación por la fe. Así se consumará la maravillosa
obra de nuestro gran Sumo sacerdote en el Lugar Santísimo del Santuario
celestial de donde procede toda bendición (Mal. 3:1-3).
Después de la caída
en el pecado fue necesario tomar algunas medidas correctivas para evitar
un mal peor. Dios les hizo claro a Adán y a Eva las consecuencias
inmediatas de su desobediencia (Gén. 3:14-20) y los sacó de su morada
edénica (Gén. 3:22-23). Así evitaba Dios la perpetuidad del pecado en
toda la familia humana y consecuentemente su “enemistad” en contra de un
Dios justo y misericordioso. Pero se le permitió al hombre mirar desde
lejos la morada de su inocencia, pues durante algún tiempo el jardín del
Edén estuvo sobre la tierra (cf. Gén. 4:16). En la puerta de entrada al
Edén ofrecían los hijos de Dios sus ofrendas y sacrificios. El Espíritu
de Profecía nos dice que “en la puerta del paraíso, custodiada por
querubines, se revelaba la gloria divina. Allí renovaban sus votos de
obediencia a aquella Ley cuya transgresión los había arrojado del Edén”.6
También aquí encontramos relación entre los dos relatos que estamos
considerando. Laodicea es confrontada con la disciplina divina: Hay un
mal que corregir y debe hacerse antes de que cosas peores sucedan. “Yo
reprendo y corrijo a todo los que amo, sé, pues, celoso, y arrepiéntete”
(v. 19). ¿La advertencia?: “Por tanto, como no eres ni frío ni caliente,
sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca” (NVI).
El lugar de reunión y encuentro para renovar los votos que tenían los
hijos de Dios en la antigüedad era la “puerta del Edén”. Allí debían ir
los fieles y arreglar las “cuentas” que tenían con Dios por sus
transgresiones a su santa Ley (cf. Isa. 1:18). De manera similar, Cristo
le dice a los laodicenses: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo...”
Este dramático pasaje revela en forma patente la tierna disposición de
Cristo de entrar en una relación pactual con su pueblo remanente. Cuán
fervientemente anhela Él que su pueblo renueve su pacto de fe y
obediencia con Él como fuera concertado al principio. Cuando una
renovación tal tenga lugar será curada la profunda herida que el pecado
ha abierto. Tendrá entonces fiel cumplimiento la profecía de Zac.
12:10-13:2.
El llamado de Cristo al arrepentimiento y a entrar en una relación de
pacto duradera con Él debe ser escuchado urgentemente. Debe haber una
respuesta sincera y pronta por parte de los dirigentes y miembros de la
iglesia. Este urgente y decidido llamado revela además que la puerta de
la misericordia no se ha cerrado todavía, que aunque los vientos de
persecución y crisis ya se ven venir, hay tiempo aún para recibir el
maravilloso don del arrepentimiento. Vea en la siguiente página una
comparación de los detalles que hemos analizados.
La Promesa al Vencedor
El privilegio de los laodicenses es grande, les espera un glorioso
futuro: sentarse con Cristo en su trono y reinar con Él por la
eternidad. Pero antes deben enfrentar un duro conflicto con el pecado,
la carne, el mundo y el Diablo. Están sirviendo de alguna manera a estos
enemigos, pues están en una etapa crítica de indecisión e incertidumbre.
Hay apatía, indiferencia y neutralidad que corrompe el alma. Es
necesario que se les recuerde que ellos surgieron para vencer sobre las
potestades de las tinieblas. Que el futuro es glorioso. Que es hora de
levantarse del sueño que corrompe. El trono donde se sentarán los
laodicenses victoriosos sobre la neutralidad recalcitrante es el trono
del Padre, donde Cristo está sentado como vencedor. Esto implica que
compartirán con Cristo su dominio y señorío durante los mil años
mencionados en Apoc. 20:4 (cf. Apoc. 2:26-27).
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EN EL GÉNESIS
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EN EL APOCALIPSIS
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La primera conversación Creador - criatura caída
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La última conversación Creador - criatura caída
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Pecado de autojustificación
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Pecado de autojustificación
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Desnudez
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Desnudez
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Sacrificio
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Sacrificio
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Vestimenta
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Vestimenta
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Disciplina divina por amor
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“Reprendo y castigo a los que amo”
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Lugar de reunión (frente a la puerta del Edén)
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Lugar de reunión (“he aquí yo estoy a la puerta y llamo”)
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Arrepentimiento y reconciliación
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Arrepentimiento y reconciliación
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Antes de concluir queremos hacer algunas observaciones en lo referente
al triunfo final de la iglesia de Laodicea. A medida que el tiempo
avanza son cada vez más las voces que se levantan para denunciar la
caída de la iglesia de Dios. Ven en la advertencia de Cristo “te
vomitaré de mi boca” una sentencia definitiva. Como una especie de
profecía del fracaso del actual pueblo de Dios. Estos predicadores
disgustados, reformadores apresurados se agachan detrás de un montón de
citas ya gastadas del Espíritu de Profecía que a primera vista parecen
favorecer su posición. Lo peor de todo es que estas observaciones son
hechas desde un terreno de insensibilidad en el que no vale ningún tipo
de razonamiento que los empuje en sentido contrario.
Pero no podemos compartir este razonamiento, pues no se ajusta a una
interpretación sensata del mensaje a Laodicea. Además, ignora algunas
evidencias irrefutables de la misma Palabra y del Don Profético
relacionadas al triunfo final y glorioso de esta iglesia. Si bien el
mensaje a la iglesia de Laodicea es un mensaje fuerte y decidido, no
está destinado a causar desánimo y mucho menos condenación. Y aunque
muchos lo han hecho parecer como un mensaje condenatorio, no es así. La
expresión “te vomitarte de mi boca” es mejor traducida del original
griego como “estoy por vomitarte de mi boca”. Desde esta perspectiva, lo
que puede ser visto como una sentencia inevitable, puede ser entendido
como una advertencia y un llamado al arrepentimiento. Evidentemente este
es el sentido real de la declaración pues en el verso 18 leemos que
Cristo aconseja al ángel de Laodicea a comprar oro, vestiduras blancas y
colirio. También en el versículo 19 leemos: “Yo reprendo y corrijo a
todos los que amo, sé pues celoso y arrepiéntete”. Luego el hecho de que
Cristo está a la puerta (v. 20) nos muestra claramente que el caso de
los laodicenses no es desesperado y sin posibilidad de corrección. Por
otro lado, la promesa otorgada a Laodicea nos deja entrever la
posibilidad de su triunfo final. Cada iglesia en cada período
eclesiástico tuvo sus dificultades y problemas específicos, pero también
hubo vencedores. ¡Laodicea NO es la excepción! Los consejos y
amonestaciones de los versos 17-21 no tendrían sentido si no hubiera
esperanza para esta iglesia tibia.
Veamos algunas citas del Espíritu de Profecía que todo estudiante serio
debiera considerar antes de emitir algún juicio sobre la Iglesia en el
contexto del mensaje a Laodicea:
“He visto que no era el propósito del mensaje [a Laodicea] hacer que un
hermano se erigiera como juez de su hermano para decirle qué debe hacer
y hasta dónde debe ir, sino para que cada individuo escudriñe su propio
corazón y se ocupe de su propia obra individual”.7
“Eliminad vuestra tendencia a ver los errores de los otros - esto está
en el contexto del mensaje a Laodicea -. Enfocad vuestra atención en
vuestros propios defectos. Vuestra justicia propia produce nauseas a
nuestro Señor Jesucristo. [Los que hacen esto] son peores que los
muertos en delitos y pecados. Escuchaban la Palabra, pero no la
aplicaban así mismos; antes bien, aplican la Palabra hablada a sus
prójimos”.8
“El consejo del Testigo verdadero está lleno de ánimo y consuelo [que
pena que muchos no puedan verlo]. Las iglesias todavía pueden obtener el
oro de la verdad, la fe y el amor y ser ricos en tesoros celestiales”.9
“Los laodicenses... no estaban enteramente ciegos, pues de lo contrario
el colirio no hubiera servido de nada para restaurarles la vista y
capacitarlos para discernir los verdaderos atributos de Cristo”.10
“El caso de los que son reprochados no es sin esperanza; no está más
allá de los alcances del gran Mediador... el consejo del Testigo
verdadero no presenta el caso de los que son tibios como si fuera
desesperado. Todavía hay una oportunidad para remediar esa condición, y
el mensaje laodicense está lleno de ánimo, pues la iglesia reincidente
todavía puede comprar el oro de la fe y el amor... Vi que este llamado a
la iglesia de Laodicea afectará las almas”.11
¿Cómo es posible para un miembro o líder de la iglesia después de leer
estos párrafos decir que la iglesia ha sido rechazada por Dios por a
causa de su estado laodicense?
Se nos dice finalmente: “La iglesia debe brillar, y brillará ‘hermosa
como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en
orden’...".12
Pero observe como permanece la solemnidad del llamado de Cristo a la
iglesia: “Hay esperanza para nuestras iglesias si prestan atención al
mensaje dado a los laodicenses”.13
Hay un precio a pagar, la humillación y el arrepentimiento. ¿Estamos
dispuestos a pagar este precio? Entonces compremos sin dinero las
mercancías espirituales que necesitamos.
Referencias:
1- Elena de White, Joyas de los testimonios, tomo I, pp. 65-66.
2 --------, Manuscrito 61, 1898.
3 --------, Manuscrito 108, 1899.
4 --------, Review and Herald, 23-11-1897.
5 --------, Patriarcas y Profetas, p. 54.
6 --------, Patriarcas y Profetas, pp. 46-47.
7 --------, Comentario Bíblico Adventista 7-A,
p. 973, las cursivas son nuestras.
8 --------, Manuscrito 108, 1899; Manuscrito
163a, 1898.
9 --------, Review and Herald, 24-7-1888, las
cursivas son nuestras.
10 --------, Review and Herald, 23-11-1897.
11 --------, Review and Herald, 2-8-1894; Carta
2, 1851, las cursivas son nuestras.
12 --------, Carta 130, 1902, las cursivas son
nuestras.
13 --------, Manuscrito 139, 1903, las cursivas
son nuestras.
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