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En esta sección analizaremos las implicaciones de la Justificación por
la Fe en el contexto del mensaje a la iglesia de Laodicea. Este pasaje
debiera ser profundamente estudiado por todo cristiano sincero, pues en
él está contenido el mensaje de Dios para este tiempo. El estudio
detenido de esta parte del Apocalipsis puede crear las condiciones
necesarias para un reavivamiento y una reforma en las filas del pueblo
de Dios. A medida que avanzamos en el estudio de esta sección podremos
apreciar la urgente necesidad de estudiar cada vez más de cerca las
Escrituras. Al mismo tiempo, nos daremos cuenta como sus mensajes son
nuevos a cada mañana al igual que las tiernas misericordias divinas (Lam.
3:22-23).
Se ha reconocido ampliamente que cada uno de los mensajes a
las siete iglesias, si bien tuvieron su importancia local e histórica
son a la vez simbólicos o representativos de siete etapas o períodos que
viviría la iglesia de Dios en el transcurso del tiempo. Desde esta
óptica se entiende y acepta que Laodicea, la séptima y última iglesia,
representa el último período eclesiástico que vivirá el pueblo de Dios
antes del retorno de Cristo a la tierra. Este mensaje no revela nada de
que gloriarse, pues los miembros de la iglesia de Laodicea son
sorprendidos por el “Testigo Fiel y Verdadero” en una condición
espiritual deprimente. La patética indiferencia de este cuerpo de
creyentes hacia las cosas espirituales se plasma en un estado de tibieza
que produce nauseas al Hijo de Dios. Veamos de inmediato algunas cosas
en detalle que aparecen en la introducción de la carta.
“El Amén”
Este término es una reminiscencia de Isa. 65:16. En este versículo “el
Amén” es usado como nombre de Dios. Cristo va a hablar al ángel de la
iglesia de Laodicea con la autoridad de la divinidad. El Amen es uno de
los nombres que Cristo asume para hablarle a los laodicenses sobre su
problemática espiritual.
“El Testigo Fiel y Verdadero”
Por la manera en la que Juan aplica este título a Jesús parece ser que
era un término familiar para él. Es probable que tuviera su origen en el
siguiente relato bíblico:
“Los fariseos le dijeron: Tu das testimonio acerca de ti mismo; tu
testimonio no es verdadero. Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy
testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde
he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni a
dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo
juzgo mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo sino yo y el Padre
que me envió. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos
hombres es verdadero. Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el
Padre que me envió da también testimonio de mí” (Juan 8:14-18).
De esta conversación de Cristo con los fariseos se desprende que fue Él
mismo quien se denominó Testigo Fiel y Verdadero de la voluntad del
Padre para los hombres. El Padre es también un Testigo verás junto a
Cristo. Jehovah no miente y la verdad mora con Él (Deut. 32:4). Parece
ser que esta conversación impresionó profundamente la mente de Juan,
pues él la usa repetidas veces en relación con Cristo y el Padre en el
Apocalipsis (cf. Apoc. 1:5; 19:11; 22:6).
“El Principio de la Creación de Dios”
Esta expresión ha causado muchos desacuerdos dentro de los cristianos,
pues algunos la han visto como una declaración de que Cristo es el
primer ser que Dios creó. Sin embargo, el pasaje no dice “el principio
de la creación hecha por Dios” sino que dice literalmente: “el origen de
la creación de Dios”. La Biblia es clara al decir que Cristo no es parte
integral de la creación, sino que Él es el Creador de todo cuanto existe
(Juan 1:3; Col. 1:16). Él es el “origen” de donde brota la creación,
donde tuvo comienzo todo cuanto hoy existe. Todo fue creado por Él y
para Él, y sin Él todo lo que existe no existiera (Heb. 1:3).
La frase “el principio de la creación de Dios” es otra manera de hablar
de Cristo como el Creador del cielo y de la tierra. Esta designación es
usada como nombre en este pasaje. El mismo contexto del mensaje a la
iglesia de Laodicea exige esta conclusión, pues a una iglesia que posee
una problemática espiritual tan profunda, ¿de qué sirve que le digan que
Cristo es un ser creado? ¿En qué puede ayudar? Pero si esta declaración
denota a Cristo como el Creador, entonces sí se vislumbra una solución.
Cristo entonces le está diciendo a Laodicea, “Mira, el Amén, el Dios
verás, el Testigo Fiel, el que no miente y habla siempre la verdad, el
Creador del mundo te va a hablar. Por favor, escucha: Yo puedo crear en
ti un nuevo corazón, puedo ordenar tu vida si está hecha un caos, y
tengo el poder de resolver todos tus problemas”. “El que tiene oído para
oír, que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (v. 22).
Un mensaje tal merece ser escuchado por todo cristiano sincero y
necesitado de la gracia vivificadora y transformadora de Dios. Ya fuera
del saludo inicial el mensaje en sí mismo está lleno de profundo
significado. Veamos:
Autojustificación y pecado oculto
Según el pronóstico de Cristo al ángel de la iglesia, hay dos cosas que
le impiden salir del estado nauseabundo de tibieza en el que se
encuentra. La autojustificación de su pecado, pues siendo pobre,
desventurado, ciego y estando desnudo, se cree rica y sin necesidad de
nada. La problemática del pecado oculto es otra de las dificultades que
Dios enfrenta al tratar con su pueblo. El ángel de Laodicea está
pereciendo bajo el manto escabroso del yo, y “no lo sabe”. Lo peor de
todo es que, su mal, es el mal de la iglesia. Puesto que de los líderes
del Señor sale la instrucción (Mal. 2:7), se concluye que, “tal cual es
el líder, así es el pueblo”. Pero Dios revela por diferentes medios el
pecado de sus siervos en procura de que cuando estos se percaten de su
debilidad e indignidad se refugien en Él en busca de una solución
efectiva. Nadie escapará de una revelación patente de sus pecados (cf.
Sal. 90:8; 19:12; Job 42:2). En este contexto el Espíritu de Profecía
nos dice:
“Dios conduce a su pueblo paso a paso. Coloca a sus seguidores en
diferentes situaciones a fin de que se manifieste lo que hay en el
corazón. Algunos soportan algunas pruebas, pero fracasan en otras. A
medida que se avanza en este proceso, el corazón es probado un poco más
severamente. Si los que profesan ser hijos de Dios, encuentran que su
corazón se opone a esta obra directa, deben convencerse de que tienen
que hacer algo para vencer, si no quieren ser vomitados de la boca del
Señor.
“Dijo el ángel: ‘Dios irá probando cada vez más de cerca
a cada uno de sus hijos’. Algunos están dispuestos a aceptar un punto;
pero cuando Dios lo prueba en otro, lo rehuyen y retroceden, porque
hiere directamente algún ídolo suyo. Así tienen oportunidad de ver lo
que hay en el corazón que los aísla de Jesús. Hay algo que aprecian más
que la verdad y su corazón no está preparado para recibir a Jesús. Los
individuos son probados cierto tiempo para ver si quieren sacrificar sus
ídolos y escuchar el consejo del Testigo Fiel. Si alguno no quiere ser
purificado por la obediencia de la verdad, y vencer su egoísmo, su
orgullo y malas pasiones, los ángeles de Dios reciben este encargo: ‘se
han unido a sus ídolos, dejadlos’, y prosiguen con su obra, dejando en
mano de los malos ángeles a aquellos que no han subyugado sus rasgos
pecaminosos. Los que resisten en cada punto, que soportan cada prueba y
vencen, a cualquier precio que sea, han escuchado el mensaje del Testigo
Fiel y recibirán la lluvia tardía y estarán preparados para la
traslación...”.1
Dios se propone revelarnos todo pecado oculto a nuestros ojos, y aunque
esto constituya una experiencia dolorosa debe suceder, de lo contrario
estaremos perdidos. Cuando se desate la crisis final muchos que parecían
cristianos genuinos verán que no son más que hojarasca que el viento
esparce por dondequiera. No estaban afirmados sobre la Roca de los
siglos y pasarán a engrosar las filas de la oposición. La crisis
revelará nuestro carácter y quiénes somos en realidad.
La Necesidad es Grande
Cristo hace saber, en su misericordia, que el ángel de la iglesia
necesita comprar “oro refinado en fuego” para que pueda ser
verdaderamente rico y vestiduras blancas para que cubra la “vergüenza de
su desnudez”. Además le propone untar colirio en sus ojos para que pueda
ver realmente su patética situación delante de Dios. Sin estas gracias
divinas todo está perdido.
Remedio Divinamente Señalado
Conociendo la situación desesperada de los laodicenses Cristo llega al
punto de decir que está a punto de castigarlos para que se enmienden,
pero les dice que es por amor. Luego les recuerda que Él aún está a la
puerta esperando ser recibido como huésped divino. Finalmente les dice
que se arrepientan de sus malos caminos y se vuelvan a Dios. El camino
que conduce al cielo cruza por la senda del arrepentimiento, y no hay
manera de evadirla si es que se desea llegar allí.
Relacionaremos ahora esta interesante narración apocalíptica con el
relato del Génesis sobre la caída de nuestros primeros padres, y la
solución que Dios les proveyó. Creemos que hay algunas similitudes entre
ambos pasajes que son dignas de consideración. Veamos:
Cuando Dios creó
a Adán y a Eva los puso en el jardín del Edén. En aquel lugar
paradisíaco podrían haber vivido felices por toda la eternidad si
hubieran mantenido una relación de obediencia perfecta con Dios. Pero el
pecado hizo su terrible aparición. Todo cambió, y ahora encontramos al
hombre y a la mujer escondiéndose de la presencia de Dios llenos de
miedo “entre los árboles del huerto” (Gen. 3:8,10). Lo que antes
constituía una alegría para la pareja edénica pasó a ser algo indeseado:
el gozo de la presencia de Dios. De una vida llena de gozo pasaron a
estar sumidos en la desesperación y el sentido de culpabilidad. De la
paz que implicaba servir a Dios y estar en armonía con Él, pasaron a un
estado de autojustificación que los llevaba a ver en cada uno de ellos
(y en Dios) el culpable de sus propias malas elecciones (Gén. 3:11-13).
De manera similar, cuando Dios hizo surgir la iglesia remanente la dotó
de la luz y el conocimiento necesarios para que fuera una luminaria en
este mundo de tinieblas. Le tocó ser la heredera de miles de años de
revelación de las verdades de Dios en el transcurso de la historia. Pero
su vida no corresponde con las bendiciones recibidas. Ahora Dios es
enfrentado por ella en el pantanoso terreno de la autojustificación.
Antes era para el remanente un gozo saber que Dios los bendecía y les
daba luz, ahora ya no valora como antes estas bendiciones de su gracia y
se engríe contra su Hacedor. No parece discernir que todo lo que es y
posee es fruto de la gracia divina de su Señor.
El mensaje a la iglesia de Laodicea revela que el remanente final está
envuelto en un gran engaño. Comenzaron bien, pero muchas cosas han
cambiado radicalmente. Se cree rico en doctrina y experiencia y no sabe
(y es el colmo de todo) que es totalmente lo contrario: Pobre, ciego,
desventurado, miserable y peor aun, está desnudo al no poseer el “manto”
de la justicia de Cristo. El que no puede mentir es quien lo dice.
Cuando Adán y Eva
desobedecieron el mandato divino no fueron dejados ni abandonados por
Dios. Él vino a ellos y les reveló su maravilloso Plan de Salvación.
Originalmente Adán y Eva estaban “desnudos”, los cubría un manto de luz
que reflejaba la inocencia y pureza de su carácter, su semejanza con
Dios. Por lo tanto, no tenían de que avergonzarse el uno del otro (Gén.
2:25). Pero la desobediencia hizo que desapareciera este manto de luz y
la vergüenza del uno hacia el otro también apareció. Para solucionar
este problema y antes de que Dios viniera como de costumbre a reunirse
con ellos, se hicieron unos delantales o “ceñidores” (BJ) de hojas de
higueras y se cubrieron (Gén. 3:7, literalmente “cintas para ceñirse”).
Con esto pensaron resolver el problema de su desnudez.
En el momento en que Dios vino al Edén los encontró cubiertos con estos
ceñidores. Pero no vio en ellos una solución adecuada para su desnudez,
por eso “Jehovah hizo al hombre y a la mujer túnicas de piel y los
vistió” (Gén. 3:21). Esta fue la solución adecuada. Esta vestimenta
representa el “manto” perfecto de la justicia de Cristo con el que Dios
nos cubre cuando somos justificados por la fe (Isa. 61:10; 52:1; Gál.
3:27; Rom. 13:14; Apoc. 19:7,8). A la vista de Dios (y es el testimonio
unánime de las Escrituras), el hombre caído no puede hacer absolutamente
nada para resolver el problema del pecado por sus propias fuerzas,
excepto una cosa: aceptar y recibir en su corazón el don de la salvación
en Cristo. Dios no puede elegir por él, esta es su responsabilidad.
Puede ser humillante para nuestro egocéntrico corazón, pero es la manera
que Dios ha elegido para reconciliarnos con Él. Recuerde, es por fe y
sólo “por fe de principio a fin” (Rom. 1:16-17, NVI, cf. Gál 2:16).
De manera similar, el ángel de la iglesia de Laodicea es encontrado por
el Testigo Fiel y verdadero “desnudo”. Por esto se le recomienda: “Te
aconsejo que me compres... vestidos blancos para que te cubras, y no
quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez” (BJ). En ambos casos
tenemos desnudez y vestimentas. Pero en ambos relatos, si bien existe un
paralelismo asombroso también existe una diferencia interesante. Por
ejemplo, se puede notar que en el Génesis Dios provee el atuendo y viste
personalmente al hombre sin que este tenga que “comprarla”. Pero al
ángel de Laodicea Dios le dice: “Te aconsejo que me compres...”. ¿Por
qué esta diferencia? ¿No es gratuita la salvación? ¿Qué hace que sea
diferente ahora? Pienso que se debe a la siguiente razón: En el Edén
nuestros primeros padres no tuvieron el privilegio de obtener una
revelación amplia y completa del amor y la benevolencia de Dios hacia
ellos. No pudieron conocer plenamente el carácter de Dios en la misma
magnitud que lo hicieron los ángeles rebeldes. No importa el tiempo que
transcurrió entre la creación y la caída, no fue tiempo suficiente para
que ellos conocieran a plenitud el carácter de Dios. Dios tuvo una
consideración especial hacia ellos basada en su amor incondicional y le
dio una segunda oportunidad.
Pero el caso de la iglesia de Laodicea es diferente, como iglesia es muy
privilegiada, sobre ella descansa la manifestación de más de seis mil
años de revelación de la voluntad divina. Esto constituye la mayor
responsabilidad de todos los tiempos. Tener luz es un gran privilegio,
pero es una responsabilidad de proporciones enormes. El cúmulo de
experiencias palpadas, vividas y obtenidas por el pueblo remanente los
coloca en una situación sumamente delicada ante su Hacedor. Está en el
deber de vivir a la altura de la luz que tiene y de actuar con mayor
madurez. Pero desgraciadamente el pueblo es encontrado envuelto en la
mayor crisis espiritual de todos los tiempos. Está atrapado en la misma
arena movediza de la autojustificación en la que fueron encontrados
nuestros primeros padres en el Edén. Se niega a avanzar en la
experiencia de la luz y el conocimiento de la verdad que posee. Tiene
todo a su favor y vive de forma “desventurada” y “miserable”. Vive en
medio de una ceguera voluntaria que causa nauseas al Hijo de Dios
mientras tiene el mayor cúmulo de luz que jamás brilló sobre pueblo
alguno. Por todos estos males en los que se encuentra atrapado es que
tiene que “comprar” el remedio divinamente señalado. Comprar no
significa ganar la salvación por mérito propio, esto es imposible para
el ser humano y Dios lo sabe; comprar significa que debe pagar el precio
de la humillación, debe reconocer su pecado, debe elegir morir
definitivamente al yo que está entronizado donde debiera estar el
Espíritu Santo. Esta es la razón por la que se nos ha dicho que los “que
viven para el yo están clasificados a la cabeza de la iglesia de
Laodicea”.2
Y una vez más se nos dice: “Aquellos a quienes Cristo amonesta tienen
algunas cualidades excelentes; pero son neutralizadas por todos los que
tienen un amor al yo enfermizo, autoengaño y autojustificación...”.3
En un lenguaje similar al usado por el Testigo Fiel, se refirió el
profeta Isaías a la nación hebrea cuando le dijo: “A todos los
sedientos: Venid a las aguas; y a los que no tienen dinero: Venid y
comprad y comed. [Y como si hubieren quedado atónitos por el extraño
consejo les repite]: Sí, venid y comprad, sin dinero y sin precio, vino
y leche” (Isa. 55:1). Esta extraña paradoja de comprar “sin dinero”
refleja que hay un precio que pagar si se desea obtener las bendiciones
divinas. Aunque la salvación es gratuita, hay un precio a pagar por toda
alma que anhela compartir la eternidad con el Manso y Humilde: la muerte
al yo. Y esto sólo será posible si llegamos al punto de la entrega total
de nuestra pobre alma al Señor. Entonces, el amor al mundo, a las modas
(que no refleja más que el orgullo interior de nuestra alma enferma), el
amor a los placeres y a la vanidad, serán cosas del pasado. En la
siguiente cita podemos comprobar directamente cómo es posible “comprar”
las mercancías celestiales que necesitamos:
“Renunciando a tu suficiencia propia, abandonando todas las cosas, no
importa cuán queridas te sean, puedes comprar el oro, las vestiduras y
el colirio para que puedas ver”.4
Una contemplación genuina de Cristo y Cristo crucificado puede romper el
hechizo del pecado sobre nuestra mente. Mira como dice la Palabra: “El
amor de Cristo nos constriñe, pensado en esto: que si uno murió por
todos, luego todos murieron; y por todos murió, [el resultado inevitable
entonces es este:] para que los que viven [gracias a su muerte] ya no
vivan para sí [egoístamente], sino para aquel que murió y resucitó por
ellos” (2 Cor. 5:14-15, cf. Gál. 2:20). Esta es genuina Justificación
por la Fe en la práctica. El poder de la cruz y el Evangelio es grande y
todo suficiente para motivar a los cristianos a vivir una vida
cristocéntrica y hacer morir el egoísmo (Rom. 1:16-17; 1 Cor. 1:18;
2:1-2). Tener verdadera fe es vivir una vida centrada en Cristo poniendo
a un lado en el diario vivir las acciones egoístas.
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