La Cruz de Cristo -II

Lo Que Dios le Hizo a Cristo en la cruz: La Expiación

 

Por: Héctor A. Delgado

  

Dios quería salvar al hombre, pero también quería revelar la justicia de su gobierno y la falsedad de las acusaciones de Satanás. Cuando Dios le dio libertad al Satanás para que maltratara, avergonzara y finalmente condujera a Cristo a la cruz, fue con el propósito de desenmascararlo ante el Universo. Esta era la única manera, pues Jesús quien "anduvo haciendo bienes" sobre la Tierra no merecía un trato tal. Pero la cruz involucró mucho más, pues no solamente el carácter de Satanás fue revelado, sino que también el carácter amoroso de Dios fue expuesto totalmente.

La cruz, realmente constituye el medio por el cual Dios reconcilia a Él al hombre pecador y redime aún las dudas que había en las mentes de las inteligencias celestiales que no secundaron a Satanás en su rebelión contra el gobierno divino. Esto es lo que pablo dice: “Por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así lo que está en la tierra como lo que está en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20). Por esta razón, en este artículo miraremos más allá de los sufrimientos físicos que Satanás provocó a Cristo, miraremos lo que sí constituye el supremo sacrificio de Cristo que nos salva.

La Biblia revela que el pecado nos ha separado de Dios y nos ha hecho sus enemigos (Isa. 59:2; Rom. 5:10). Por lo tanto, si el hombre ha de ser salvo, debe ser reconciliado a Dios. Según las Escrituras esta reconciliación ya se realizó por medio de la muerte de Cristo en la cruz (2 Cor. 5:18,19; Rom. 5:10,18).

Cristo realmente redimió a la humanidad en la cruz de las nefasta consecuencias del pecado cuando pagó la deuda que tenía para con la Ley transgredida (Rom. 4:25). Pero ¿cómo pudo ser esto? Consideremos lo siguiente.  

La Paga del Pecado

Siempre debemos recordar que la "paga del pecado es la muerte" (Rom. 6:23). Ahora bien, ¿qué tipo de muerte constituye realmente "la paga" del pecado? La Biblia menciona dos tipos de muertes. a) La primera es conocida “la primera muerte”, que generalmente se define como "dormir” (Juan 11:11-14; Luc. 8:52-56); y b) "la segunda muerte" (Apoc. 20:5)  La primera no es la paga del pecado por dos razones: 1) Es la experiencia común tanto de creyentes como incrédulos (Rom. 5:12); y 2) De ella todos los seres humanos (buenos y malos) volverán a resurrección - los creyentes para vida eterna y los incrédulos para muerte eterna - (Juan 5:28,29). La primera resurrección ocurrirá en ocasión del la segunda venida de Cristo (1 Tes. 4:14-17), y la segunda será después de los mil años mencionados en Apoc. 20 (cf. v. 5). Así que, por terrible que nos parezca la primera muerte, no constituye realmente "la paga del pecado". La primera muerte puede ser correctamente entendida como un estado de inactividad total, de completa inconciencia hasta el momento de la resurrección (cf. 2 Tes. 2:13,14; Sal. 104:29; Job. 14:12,14; Ecl. 9:5,6,10).

A diferencia de esta "la segunda muerte" sí constituye verdaderamente la paga del pecado. Es en los brazos de esta muerte que Dios deja a su suerte al impenitente pecador que ha elegido voluntariamente rechazarlo, y queda en sumido en ella sin ninguna esperanza de vida. La segunda muerte es correctamente definida como un estado de inconsciencia completo y absoluto, por toda la eternidad. Consiste en la separación eterna de la fuente de la vida. Es quedar en la nada para siempre, es volver a ser lo que antes éramos antes de nacer, ¡nada! (Apoc. 20:9; Mat. 10:28; comp. con Eze. 28:18,19). Pero nótese que esta terrible muerte, no tiene "potestad" o dominio sobre los creyentes en Cristo que tienen parte en la "primera resurrección" (Apoc. 20: 5). ¿Y por qué no tiene dominio sobre ellos? Porque de ella Cristo los libró, al experimentarla y triunfar sobre ella en la cruz. La muerte de Cristo fue precisamente una muerte al pecado una vez y por todas (Rom. 6:10).         

El autor de la carta a los Hebreos dice que "por la gracia de Dios" Cristo experimentó "la muerte por todos" los hombres (Heb. 2:9). Esto fue lo que el profeta Isaías quiso decir cuando expresó: "Jehová cargó sobre Él el pecado de todos nosotros... más El fue herido por nuestra rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre Él castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados" (Isa. 53:6,5, RV 1995). La noción de Cristo como Sustituto nuestro conlleva implícitamente la idea de que Él llevó realmente nuestros pecados “sobre su cuerpo”. Esta es la idea que vieron los apóstoles en la declaración “porque por sus heridas fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24).

Ciertamente la ira de Dios contra el pecado cayó totalmente sobre Cristo quien se identificó plena y totalmente con nosotros al asumir nuestra humanidad caída, y esta identificación lo constituyó en el Representante, Garante y Sustituto, el Portador de pecados. Sólo en este contexto es que podemos entender porque Dios "no perdonó ni aun a su propio Hijo - dice Pablo -, antes lo entregó (a la completa paga del pecado) por nosotros" (Rom. 8:32).

En las culturas paganas las personas tenían que proveer "las víctimas" para apaciguar la ira de sus dioses. A veces ofrecían hasta sus propios hijos sobre un altar. Pero las Escrituras no revelan esto en relación al Plan de la Salvación del hombre, antes bien, se presenta a Dios mismo proveyendo la Víctima: Su Hijo amado, Jesucristo, para salvarnos del pecado (Rom. 3:25; 8:32; 1 Juan 2:2).

Así Dios se revela siendo perfectamente justo y misericordioso a la vez. Pues paga la deuda del hombre en Cristo y al mismo tiempo lo salva de la muerte eterna.  

El Oscurecimiento de la Verdad de la cruz

Satanás ha tratado de oscurecer la gloriosa verdad de la cruz a través de una enseñanza contraria a las Escrituras. Nos referimos a la popular creencia de la inmortalidad natural del alma humana. "Al engañar a la iglesia cristiana en creer una mentira - que el hombre posee un alma inmortal -, el diablo ha envuelto la verdad de la cruz en la oscuridad. Porque si el hombre posee un alma inmortal, entones la muerte llega a ser simplemente la separación del alma del cuerpo, y en tal caso la segunda muerte (el adiós a la vida para siempre) llega a ser imposible. Por esta razón la iglesia ha tenido que interpretar el supremo sacrificio de Cristo en la cruz en términos de sus sufrimientos físicos los cuales les fueron infligidos por hombres crueles y [esa muerte] no sería diferente a la clase de muerte que muchos humanos han sufrido. También por esta razón, la idea de que los perdidos serán torturados eternamente o quemados en fuego por toda la eternidad tuvo que ser introducida como la paga del pecado".1

Pero ya vimos que la primera muerte se describe como un estado de inconsciencia temporal hasta el día de la resurrección (cf. Mat. 27:50-53; Jn. 11:20-24; Luc. 14:14). Al mismo tiempo, el lago de fuego y azufre (el verdadero y real infierno final), llegará a existir (actualmente no hay tal cosa que se llame “lago de fuego y azufre”) cuando de Dios descienda fuego del cielo al final de los 1,000 años (Apoc. 20:9). Este fuego, no será el hogar eterno de los réprobos como se nos ha querido hacer creer, es más bien el lugar donde las raíz y las ramas del pecado, Satanás y sus seguidores serán eternamente destruidos para no dejar de ellos rastro alguno. El universo será completamente limpiado por estas llamas purificadoras (cf. 2 Ped. 3:7,10-12). Entonces, de las cenizas de un mundo purificado de toda mancha de pecado y rebelión surgirá una tierra nueva y gloriosa. Esto es lo que esperamos “según sus pr0mesas” (2 Ped. 3:13, cf. Apoc. 21:1-5; 22:3-5).

Otra forma de limitar el significado del supremo sacrificio de Cristo que Satanás ha utilizado para oscurecer esta verdad es logrando que los cristianos vean la cruz desde el punto de vista romano. El instrumento de la cruz, como medio de martirio era usado por los romanos para provocar una de las muertes más dolorosa y espantosa en los días de Cristo. Esto ha motivado a muchos a enfatizar sólo el aspecto de los sufrimientos de Jesús como el supremo sacrificio que nos salva. 

El Verdadero Significado de la Cruz

Pero es sólo cuando vemos la cruz desde el punto de vista judío que podemos tener un entendimiento claro de lo que realmente significó la cruz de Cristo. Ya en los días de Jesús la crucifixión era vista por los judíos como el equivalente de colgar sobre un  árbol o madero. Y esto significaba para ellos que la persona que sufría este tipo de muerte recibía sobre sí la irrevocable maldición de Dios. Moría la muerte eterna (véase Deut. 21:23). Esta es la razón por la que los judíos pidieron a Pilatos que Cristo fuera crucificado (Juan 19:5-7). Para ellos, Cristo colgado de la cruz significaba que desaparecería eternamente, no sólo de su vista, sino de la presencia de Dios.

El argumento que los judíos utilizaron era que Jesús había cometido blasfemia, cuando se "hizo el Hijo de Dios", y este era un pecado imperdonable – según ellos. Por eso debía morir (Juan 19:7). Pero aquí sucede algo interesante, pues cuando leemos la manera en la que debía morir la persona encontrada culpable de blasfemia contra Dios nos damos cuenta que Cristo no debió ser condenado a morir crucificado, pues la ley estipulaba que tal persona debía ser apedreada (Lev. 24:16). Entonces, ¿por qué, si la crucifixión no era empleada por los judíos (ni podían ejecutarla), y no constituía el tipo de muerte que Cristo merecía según los cargos que se  le atribuían, los judíos pidieron a Pilato que lo crucificara? Los dirigentes judíos tenían algo más en mente cuando pidieron esto. Cristo crucificado ante el pueblo que lo creía Alguien especial, el Hijo de Dios, el Mesías tan largamente esperado, significaba que no era nada de lo que había profesado ser. Al contrario, si Él era realmente el Salvador de mundo tendría la oportunidad de salvarse a Sí mismo. Sería colgado de una cruenta cruz, símbolo de la maldición y la ira de Dios, el equivalente de colgar en un madero. Para ellos Jesús estaba muriendo la muerte de la cual no hay resurrección, la segunda muerte. Entonces, no era lo que Él decía que era, sino un maldito de Dios. Moría por blasfemo y pecador y no por los pecados del mundo como había dicho que lo haría (cf. Jn. 6:51-58). 

Lo Que Dios le Hizo a Cristo

Pero, lo maravilloso del Plan de la Salvación es que nos revela que lo que los judíos quisieron hacerle a Jesús motivados por su rebelde corazón fue lo que realmente Dios le hizo, pero no por blasfemia. "El... no nos negó (no perdonó) ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó (a la completa paga del pecado) por todos nosotros". "Cristo nos redimió de la maldición de la Ley (la muerte), al hacerse maldición por nosotros, porque escrito está: Maldito todo el que es colgado de un madero". “Al que no conocía pecado,  (Rom. 8: 32;  Gál. 3:13). Ya el profeta Isaías había predicho con siglos de anticipación el carácter sustitutivo de la muerte de Cristo: “Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos curados. Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se desvió por su camino. Pero Jehovah cargó sobre él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:5,6, las cursivas son nuestras). Y el apóstol pablo percibió y enfocó claramente esta gran verdad: “Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).

Pero, ¿cómo pudo Cristo sufrir la segunda muerte en la cruz siendo que Él era de naturaleza divina? ¿Puede acaso morir la Divinidad? La Divinidad es inmortal y no puede morir, pero Cristo quien se hizo humano, hecho "semejante a los hombres", y "al tomar la condición de hombre se humilló hasta lo sumo" y como Sustituto de la humanidad, bajo la condición de hombre mortal pudo experimentar "la muerte por todos" (Fil. 2:5-8; Heb. 2:9). La humanidad de cristo fue la que murió.

Lo que Dios le hizo a Cristo en la cruz fue cargar sobre Él todos nuestros pecados y darle muerte, al depositar sobre Él toda su justa ira contra el pecado. Pero como Cristo no pecó ni aun en pensamiento (Heb. 4:15; 1 Ped. 1:19), su Padre estuvo en derecho legal de devolverle la vida resucitándolo. También de su resurrección y de los hechos grandiosos de la obra realizada por Cristo en la cruz Isaías profetizó: "Verá el fruto de la aflicción de su alma (la angustia de experimentar la segunda muerte) y quedará satisfecho; por su conocimiento (de los sufrimientos de la crucifixión) justificará mi Siervo justo a muchos” (Isa. 53:11, VRV 1995).

Satanás que sabía lo que estaba pasando quería que Cristo muriera, pero también que se arruinara el Plan de la Salvación, y tratando de que Cristo desistiera de su misión le dijo; "A otros salvó. Sálvese a sí, si es el Cristo,... Si tu eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo" (Luc. 23:35-37). Pero el amor de Cristo por la raza humana trascendió a su angustia mental y física tanto como a las sugestiones del enemigo.

La decisión estaba hecha. Esa era la única manera de destruir al enemigo de la justicia y redimir a los seres humanos: “Así, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, [primero] para destruir por su muerte al que tenía dominio de la muerte, a saber, al diablo. Y [segundo] librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb. 2:14,15).

Y habiendo afirmado su decisión de morir por los pecadores exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto expiró" diciendo "consumado está" (Luc. 23:46; Juan 19:30). El precio de cada pecado había sido pagado en la cruz. El sacrificio infinito había sido realizado. 

Una Vida Compartida

Pero la vida de Cristo "no se terminó en la cruz, sino que fue dada a la raza humana a cambio de la segunda muerte que justamente nos corresponde a nosotros".2 Lo maravilloso de todo esto es que después de la resurrección la vida que cristo vive ya no es una vida exclusiva del Él, porque es una vida compartida por Él con la humanidad.

Antes de la cruz a Cristo se le daba el nombre de "Unigénito del Padre"  (Juan 1:19), y esta palabra significa "alguien muy especial" y puede aplicarse solamente a un hijo único. Pero después de la cruz y por causa de su sacrificio a Cristo se le conoce como el "Primogénito" (Col. 1:15; Rom. 8:28), y este término se aplica al primer hijo entre muchos. Ambos términos “Unigénito” y “Primogénito” “tienen importantes distinciones" como se puede notar. Y esta es precisamente la "diferencia que la cruz ha hecho en la vida de Dios y del hombre. Antes de la cruz (y por causa del pecado), Dios tenía un sólo un Hijo amado (especial), pero ahora, a través del supremo sacrificio [de Cristo], Dios tiene muchos hijos e hijas amados, de quienes Cristo es el primero (1 Juan 3:1,2; 1 Ped. 1:3,4). ¡Que maravilloso Dios y Salvador tenemos!

“No sólo nos ha librado de la condenación del pecado y de la muerte, pero mucho más, Él nos ha resucitado y nos ha hecho los mismos hijos e hijas de Dios, para que un día compartamos su mismo trono en el cielo y en la tierra hecha nueva (Apoc. 20:6; 22:5 [cf. 3:21])".2

Todo esto fue lo que llevó a Pablo a decir: “El amor de Cristo nos constriñe” (2 Cor. 5:14). Y aun más: “Gracias a Dios, porque nos ha hecho un regalo tan grande que no tenemos palabras para expresarlo" (9:15, DHH). También motivado por la impresionante compresión de la cruz de nuestro Señor expresó: “Me propuse no saber entre vosotros otra cosa, sino a Cristo y Cristo crucificado, lo cual es para el que cree poder de Dios para salvación” (1 Cor. 2:2; 1:18).

Será esta gloriosa verdad y no otra la que brillará a través del cuerpo de creyentes en la última generación e iluminará toda la tierra con la gloria del amor abnegado e incondicional de Dios (Apoc. 18:1). ¿Te animas a recibirla y a proclamarla? 

La Sangre de Cristo

Debemos ver ahora un detalle más. El poder de la cruz reside en lo que lo que las Escrituras llaman "la sangre de Cristo". Esta gloriosa verdad estaba tipificada en los sacrificios que se realizaban en el Santuario terrenal, en los cuales la sangre del animal ofrecido era derramada (Lev. 17:11; Heb. 9:22).

Pero debemos saber que la expresión "sangre de Cristo" no se refiere a su sangre literal, la cual en los días de su humanidad no era diferente a la nuestra (Heb. 2:14), sino que es una expresión que equivale a su vida y muerte. Ambas cosas a la vez, pues aunque la sangre representa la vida (y esto es lo que el Antiguo Testamento enseña - Gén. 9:4; Lev. 17:11), pero cuando es derramada, representa una vida entregada a la muerte. Así lo dice el profeta: "Por cuanto derramó su vida (sangre) hasta la muerte" (Isa. 53:12). El derramamiento de la sangre de los animales sacrificados en el Santuario señalaba en sombra y figura que el Hijo de Dios daría su "vida" perfecta por la humanidad.

Se han señalado tres formas en que la sangre de cristo nos salva del pecado y sus consecuencias: 1) En dirección a Dios; 2) En dirección al hombre y 3) En dirección a Satanás. 

En Dirección a Dios. Recordemos que pecados nos separan de Dios (Isa. 59:2) y nos han hace enemigos (Rom. 5:10). Para poder ser salvados, necesitamos ser reconciliados con Dios. Y esa reconciliación, según las Escrituras ya se ha realizado en Cristo  en la cruz (2 Cor. 5:18,19)  Dios reconcilió “consigo todas las cosas... haciendo la paz mediante la sangre de Cristo” (Col. 1:20, NRV 1990). El apóstol Pablo nos dirá: “Porque si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más, habiendo sido reconciliados, [ahora] seremos salvos por su vida” (Rom. 5:10, las cursivas son nuestras). Lo que Cristo hizo (nos reconcilió con Dios) es lo que hace posible nuestra salvación presente y nuestra reconciliación personal con Dios, ahora (cf. 2 Cor. 5:20). Lo que ha sido hecho, y lo que sucede cunado creemos está en completo acuerdo al gran propósito eterno de Dios (cf. Efe. 1:3-7).

El hombre puede acercarse “con confianza al trono de nuestro Dios amoroso” (Heb. 4:17) porque tanto “la paz” como “la reconciliación” ya fueron realizadas en la cruz. El ser humano debe ejercer fe en Dios quien le redimió para que pueda disfrutar en el plano personal los beneficios de las salvación realizada en la cruz a favor de toda la humanidad (Juan 3: 16; 1 Juan 5:11). Es así como nos salva la sangre de Cristo e dirección a Dios. 

En Dirección al Hombre. Nuestros pecados personales no sólo nos han separado de Dios, sino que ha traído sobre nosotros cargos de consciencia, o sentido de culpabilidad. Y este problema, por no estar en paz con Dios, ha llevado a innumerables personas a todo tipo de vicios y tragedias. También es la causa de tantos hogares destruidos (cf. Gén. 42:21; Sal. 40:12).

Pero aun aquí el remedio de Dios es presentarnos al "maravilloso Consejero" (Isa. 9:6), Jesucristo, quien a través de su sangre limpia "nuestras consciencias de obras muertas que llevan a la muerte, para que sirváis al Dios vivo" (Heb. 9:14). Tendiendo la conciencia limpia gracias a que nuestro pecados han sido perdonados “estamos en paz con Dios” (Rom. 5:1) y en paz con nosotros mismos (Mat. 11:28). 

En Dirección a Satanás. Los pecados cometidos aparte de separarnos de Dios  (como ya vimos) y de haber traído sentido de culpabilidad sobre nosotros, le han dado terreno a Satanás para que nos acuse constantemente delante de Dios (Apoc. 12:10). Las faltas cometidas no son ignoradas ni justificadas por Dios ni por el verdadero cristiano. ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios dice de los santos que confían en El: "Ellos le han vencido (a Satanás) por medio de la sangre del Cordero y por la Palabra del testimonio de ellos" (Apoc. 12:11). ¿Cual es ese "testimonio"? Su confianza inamovible en Cristo como su justicia eterna que los calificó para el cielo, ahora y en el juicio. Así nos salva la sangre de Cristo en dirección a Satanás. Y esta sangre maravillosa y bendita no sólo nos limpia al venir a Él por medio de la fe, sino que continua limpiándonos y continuará haciéndolo hasta su segunda venida si mantenemos nuestra relación de fe con Él (1 Juan 1:7,9).

La visión de Josué y el Ángel, la cual "se aplica con fuerza especial a la experiencia del pueblo de Dios durante la escenas finales del gran día de expiación",  nos revela cómo es vencido Satanás: “El Señor te reprenda oh Satán... ¿No es éste un tizón arrebatado de incendio?” (Zac. 1:1-5).3 El pueblo de Dios al ser vestido con las "vestiduras de galas" (la justicia de Cristo) está en una condición ventajosa en la cual Satanás no puede acusarle delante de Dios pues ha sido redimido por su Salvador quien lo reclama  como su pertenencia y “especial tesoro”. Es cierto que han pecado, pero Cristo tiene un argumento poderoso en sus manos que le permite liberar sus santos y preciosos méritos para justificarlos y santificarlos: la confesión, la fe y el arrepentimiento de los santos. Se nos ha dicho: “Mientras Jesús intercede por los súbditos de su gracia, Satanás los acusa ante Dios como transgresores. El gran seductor procuró arrastrarlos al escepticismo, hacerles perder la confianza en Dios, separarse de su amor y transgredir su ley. Ahora él señala la historia de sus vidas, los defectos de carácter, la falta de semejanza a Cristo, lo que deshonró a su Redentor, todos los pecados que los indujo a cometer, y a causa de éstos los reclama como súbditos.

Jesús no disculpa sus pecados, pero muestra su arrepentimiento y su fe y, al reclamar el perdón para ellos, levanta sus manos heridas ante el Padre y los santos ángeles, diciendo: Los conozco por sus nombres. Los he grabado en  las palmas de mis manos… Cristo revestirá a sus fieles con su propia justicia, para presentarlos a su Padre como una ‘iglesia gloriosa, no teniendo mancha, ni arruga, ni otra cosa semejante’ (Efe. 5:27, VM). Sus nombres están inscriptos en el libro de la vida, y de estas personas escogidas está escrito: ‘Andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignas’ (Apoc. 3:4)”.4

Esta es la razón por la que los escritores del Nuevo Testamento le dieron un valor infinito a la sangre de Cristo. 

Vea los siguientes artículos: La cruz de Cristo I y La cruz de Cristo III

Otros dos documentos valisos sobre este mismo tema son:
¡Sea Crucificado!   y La Cruz por el Gozo 

Referencias:

1) Jack Sequira, La Dinámica del Evangelio Eterno, p. 39.
2) ------, Ibíd. p. 40.
3) Elena de White, Profetas y Reyes, p. 431.
4) ------, El Conflicto de los Siglos, pp. 131,132.