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La entrada del pecado en nuestro
mundo no tomó por sorpresa a Dios, pues se había ideado el Plan
de Salvación desde la eternidad. El apóstol Pablo habla del Evangelio
como la “revelación del misterio que había sido mantenido en silencio
[literalmente ‘silenciado’] desde los tiempos eternos, pero que ahora ha
sido manifestado, y... se ha dado a conocer a todas las gentes para
obediencia de la fe” (Rom. 16:25-26). Pablo llama a este Evangelio de la
gracia “sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos
para nuestra gloria” (1 Cor. 2:7). En la carta a los Efesios dice que el
Evangelio “no fue dado a conocer a los hijos de los hombres en otras
generaciones, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y
profetas por el Espíritu” (Efe. 3:4-5, cf. v. 9; Col. 1:26).
Estas Buenas Nuevas contemplaban que si la caída del hombre en el pecado
ocurría, se pondría en ejecución el Plan de Salvación inmediatamente. De
acuerdo a una justicia estricta, el hombre merecía morir en el mismo
instante en que pecó. La advertencia de Dios fue clara: “Del árbol de la
ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres,
ciertamente morirás” (Gén. 2:17). Pero el hombre no fue ejecutado, pues
tan pronto apareció el pecado hubo un Salvador. Se nos ha dicho:
“Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Cristo... se hizo el
Sustituto del hombre. Tan pronto como Adán pecó, el Hijo de Dios se
presentó a sí mismo como garantía para la raza humana, con tanto poder
para desviar la condenación pronunciada sobre el culpable, como cuando
murió sobre la cruz del Calvario”.1
“El Hijo de Dios, el glorioso Soberano del cielo, se conmovió de
compasión por la raza caída. Una infinita misericordia conmovió su
corazón al evocar las desgracias de un mundo perdido... Cristo
intercedió ante el Padre en favor del pecador...”.2
Después que Dios habló con Adán y Eva se realizó el primer sacrificio de
un animal. Con la piel de esta víctima Dios hizo “túnicas” con las que
Él mismo “vistió” la desnudez de ellos (Gén. 3:21). Esto fue una
experiencia dolorosa para Adán, pues “tuvo que levantar las manos para
quitar una vida que sólo Dios podía dar”.3 Este primer sacrificio
inauguró un sistema que habría de prevalecer por siglos en medio de la
adoración a Dios por parte de su pueblo. Es así como nuestros primeros
padres descubrieron la forma en la que Dios los redimiría de la caída.
Desde el principio les fue revelado que “la paga del pecado es la
muerte” (Rom. 6:23) y que “sin derramamiento de sangre, no hay perdón de
pecados” (Heb. 9:22). Y así, Cristo llegó a ser “el Cordero de Dios que
fue sacrificado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8).
El primer aspecto entonces del Plan de la Salvación que Dios puso en
acción con la caída del hombre en el pecado fue la justificación
temporaria universal. Por medio de esta justificación, basada en el
ofrecimiento del sacrificio de Cristo, Dios otorgaba una suspensión de
la ejecución de la pena de muerte de la que el hombre era culpable por
su desobediencia. Cristo “se presentó a sí mismo como garantía para la
raza humana, con tanto poder para desviar la condenación pronunciada
sobre el culpable, como cuando murió sobre la cruz del Calvario”.[4]
Esto lo hizo basado en su amor, pues es un amor que “no busca lo suyo,
no se irrita, no guarda rencor [‘no toma en cuenta el mal’ VRV 177]...;
todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor.
13:5,7). Porque “Dios es amor” fue encontrada una salida para la
desesperada situación del hombre (1 Juan 4:8,16).
Esta justificación de la que hablamos no debe confundirse con la
Justificación por la Fe, pues es una justificación puramente legal,
temporal. Ha sido llamada también “justificación forense”, “técnica,
objetiva o impersonal”. Pero no importa la designación teológica que
elijamos para definirla, debe quedar claro que esta justificación está
basada en la bondad de Dios para con todos los seres creados, y
constituye la base o marco legal para la experiencia de la Justificación
por la Fe.
Además, es bueno saber que la justificación temporaria universal fue
efectiva antes de la cruz sobre la base del ofrecimiento de Cristo como
Sustituto y Garante del hombre. Luego que Cristo entregó su vida por el
pecado del mundo, esta iniciativa divina quedó confirmada sobre la base,
no de un ofrecimiento, sino de la realización misma del supremo
sacrificio de Cristo.
Esta verdad bíblica ha sido objetada por algunos eruditos, sin embargo,
poco debe importarnos la opinión de la erudición moderna si en
definitiva esta verdad está sustentada por la Palabra de Dios. En esta
sección estudiaremos algunas narraciones e incidentes de la historia
bíblica, que nos sirven de “patrones” para comprender la justificación
universal en su marco debido.
La Curación de los Diez Leprosos (Lucas 17:11-19)
Jesús debía pasar por Samaria y Galilea para llegar a Jerusalén. Y
mientras entró a una aldea le salieron al encuentro diez leprosos que
clamaban desde lejos por sanidad. Cristo les dio la orden de ir y
mostrarse a los sacerdotes, y mientras iban de camino - dice el relato
bíblico - “fueron limpiados” (v. 14). Pero algo interesante pasó, sólo
uno de los diez se devolvió a darle las gracias. Jesús le preguntó: “¿No
son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (v. 17).
Jesús se asombró de que sólo éste hombre regresara a dar gloria a Dios.
Por lo que dijo al que había sido sanado: “Levántate, vete; tú fe te ha
salvado” (v. 19).
¡Los diez leprosos fueron sanados, pero sólo uno fue salvado! En
este relato se esconden las más grandes buenas nuevas de todos los
tiempos.
La lepra era considerada el símbolo por excelencia del pecado y sus
consecuencias. En la antigüedad, fue la enfermedad más temida. Contraer
lepra significaba ser excluido de la sociedad y el círculo familiar. Era
quedar separado de todo cuanto podía desear una persona para vivir y ser
feliz. Esta enfermedad fue llamada el “azote”, y por creer que
constituía un castigo divino por causa del pecado, fue llamada también
“el dedo de Dios”. Estos diez leprosos personifican en esencia, la
condición del mundo perdido, desfalleciente y necesitado de la gracia
divina; son una figura apropiada de la condición pecaminosa y debilitada
de la raza humana y de su imposibilidad de encontrar solución para su
mal en sí misma. La lepra era una enfermedad letal, símbolo del pecado
que cubre todo nuestro ser.
El trato de Cristo hacia estos leprosos refleja el amor de Dios por
todos los hombres, mujeres, niños y niñas de este mundo. Todos, sin
distinción son el objeto supremo de su amor. Aunque Dios sabe que todos
no volverán a Él, que multitudes no responderán a la atracción de su
amor redentor, aun así les expresa sus más tiernos cuidados. La Biblia
dice que Dios hace “salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover
sobre justos e injustos” (Mat. 5:45). Sí, Dios es “bondadoso [aun] con
los ingratos y malvados” (Luc. 6:35).
La acción sanadora de Cristo hacia estos diez hombres (una acción que se
expresó sobre todos por igual, aunque fue valorada sólo por uno),
representa o simboliza la justificación universal de la raza humana.
Esta Justificación logra la suspensión de la pena de muerte que vino
sobre todos por causa de la desobediencia de Adán y les provee a todos
la oportunidad de ser justificados por la fe, de ser salvados por toda
la eternidad. El plan de salvación se lleva a cabo en beneficio de todos
los seres humanos por igual.
En este relato también se refleja la realidad de que para ser
beneficiado en forma subjetiva por las provisiones del Plan de Salvación
debe ejercerse una genuina apreciación por lo que Cristo hizo. Nótese
que todos fueron sanados, pero sólo uno recibió el reconocimiento de
parte de Cristo: “Tu fe te ha salvado”. Sólo uno reconoció la obra de
Cristo hecha a su favor. Algo similar pasa con los habitantes del mundo.
Todos han sido redimidos y justificados para con Dios temporalmente,
pero sólo serán eternamente salvos los que valoren y aprecien esta gran
bondad realizada a su favor, los que ejerzan fe verdadera en lo que
Cristo ya ha hecho por ellos. Todos han sido beneficiados con el manto
protector y benefactor de nuestro tierno y amante Dios. Ahora Cristo
espera una respuesta de fe y agradecimiento de cada ser humano. Todos
estamos en deuda eterna con Él, sea que lo reconozcamos o no.
El Bautismo de Cristo (Mateo 3:14-17).
Cuando Cristo vino al Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista,
expresó ante el asombrado profeta que debían hacerlo para cumplir toda
justicia (v. 15). El plan eterno de Dios debía ser llevado a cabo sin
estorbo alguno. Juan presentó a Cristo con una designación que abarca a
toda la humanidad: “He ahí el Cordero de Dios, que quita los pecados del
mundo” (Juan 1:29, las cursivas son nuestras). Del aspecto local, en que
el cordero sacrificado era ofrecido por una nación, Juan se proyecta a
la dimensión universal del sacrificio de Cristo: “el mundo”.
Cuando la voz del Padre se pronunció sobre Cristo, en realidad se
pronunció sobre toda la raza humana. Observe este comentario del
Espíritu de Profecía:
“Las palabras dichas a Jesús a orillas del Jordán: ‘Este es mi Hijo
amado, en el cual tengo contentamiento’, abarcan a toda la humanidad.
Dios habló a Jesús como a nuestro representante. No obstante a todos
nuestros pecados y debilidades, no somos desechados como inútiles. Él
nos ‘hizo aceptos en el Amado’ [Efe. 1:6]. La gloria que descansó sobre
Jesús es una prenda [¿manto?] de amor de Dios sobre nosotros...”.5
En la página 86 del libro que acabamos de citar, se nos dice que Cristo
“volcó los anhelos de su alma en oración” a su Padre, y pidió “el
testimonio de que Dios acepta la humanidad en la persona de su Hijo”. ¡Oh,
maravilloso amor, tan real, y tan despreciado!
He aquí la base real sobre la que descansa la justificación temporaria
universal de la raza humana: la bondad y el amor de Dios. Pero este
beneficio es sólo en Cristo, fuera de Él no hay otra cosa que oscuridad
y muerte. Esta justificación no cubrirá o salvará a ningún pecador
indefinidamente, sino se acepta vivir una vida de fe y relación
salvífica con Cristo. Nadie entrará en el reino de los cielos sin antes
haber apreciado y recibido de corazón las maravillas del amor redentor
de nuestro Salvador (Juan 3:16,36, cf. Rom. 10:10).
La Cena del Señor (Mateo 26:26-28)
En la narración de la Cena del Señor hay algunos elementos valiosos del
Evangelio que son ignorados con mucha frecuencia, pero que la
inspiración no los pasa por alto con el fin de darnos instrucción. En
las palabras de Cristo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que es
derramada por muchos, para remisión de los pecados” (v. 28) puede
apreciarse la dimensión universal del sacrificio de Cristo.
Alguien podría decir que Cristo no habló de que su sangre sería
derramada para que todos los hombres fueran perdonados, pues se dice que
es derramada “por muchos”. Pero en las Escrituras, cuando se usa la
palabra “muchos” en el contexto de la obra redentora de Cristo, siempre
significa “todos” (vea Isa. 53:11-12, cf. vv. 5,6; Rom. 5:15,17-18). En
el evangelio de Juan oímos a Cristo decir: “Yo soy el pan vivo que
descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre;
y el pan que yo daré es mi carne (cuerpo), la cual yo daré por la vida
del mundo... el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida
al mundo” (Juan 6:51,33).
Hay dos dimensiones del plan de Salvación expresadas en esta
declaración. La dimensión universal, objetiva: Cristo entrega su cuerpo,
su ser entero, por (o a cambio de) “la vida del mundo”. La dimensión
personal, subjetiva: “El que come de este pan vivirá para siempre”. Algo
similar es lo que expresan las siguientes declaraciones inspiradas:
Dimensión universal
1- “...porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos
los hombres
Dimensión personal
...mayormente de los que creen” (1 Tim. 4:10).
Dimensión universal
2- “...nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a la
luz la vida (para todos los hombres)
Dimensión personal
...y la inmortalidad (para los que creen) por el Evangelio” (2 Tim.
1:10).
Dimensión universal
3- “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no
tomándole en cuenta sus transgresiones,
Dimensión personal
... Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios clamara
por medio nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: ‘reconciliaos con
Dios’” (2 Cor. 5:19-20).
En el verso 19 se habla de la gran “reconciliación” o justificación
temporaria universal de toda la raza humana “en Cristo” y luego se habla
de la “reconciliación” personal que debe tomar lugar entre los que han
escuchado estas buenas nuevas y Dios. Veamos la dinámica de esta idea en
la carta a los cristianos de Roma.
Dimensión Universal
4- “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los
impíos,... más Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún
pecadores, Cristo murió por nosotros...
Dimensión personal
....estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la
ira [venidera]” (Rom. 5:6,8-9).
En este pasaje Pablo presenta verdades de profundo significado
teológico. En el verso 10 resume en una sola declaración lo que ha dicho
en los vv. 6-9: “Porque si siendo enemigos (‘impíos’ y ‘pecadores’ según
los vv. 6,8), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,
mucho más habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida”.
Nótese el juego de palabras con las que Pablo expresa esta gran verdad.
Primero él dice: “Cristo murió por los impíos... murió por los
pecadores” y luego dice esto de otra manera: “...estando ya justificados
en su sangre (muerte)... fuimos reconciliados por la muerte de su Hijo”.
¡Maravilloso! Entonces, la reconciliación o justificación temporal
universal es el resultado directo de la muerte de Cristo. Ahora bien,
por lo que Pablo expresa en el verso 9 y en el 11 se deduce que el
elemento justificador es realmente la “sangre de Cristo” y el medio por
el cual nos apropiamos de este don es la fe (que también es un don de
Dios). Hay que aceptar y recibir en el aspecto personal esta gran
reconciliación (2 Cor. 5:18-20, Mar. 16:16; Juan 3:16).6
En el siguiente pasaje las dimensiones del amor redentor
aparecen invertidas, veamos:
Dimensión personal
3- “Él es la propiciación por nuestros pecados;
Dimensión universal
...y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Juan
2:2).
En esta última cita descubrimos que la misma “propiciación”
que fue hecha para nosotros los creyentes, fue hecha por “todo el
mundo”. Esta dimensión universal del amor redentor de Dios fue la que
Pablo tenía en mente cuando dijo: “La gracia de Dios que trae salvación
a todos los hombres, se manifestó” (Tit. 2:11). El Espíritu de Profecía
revela estas dos dimensiones del Plan de Salvación cuando después de
citar a Juan 6:33 dice:
“En el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo (dimensión
universal) de una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula
en derredor del globo. Todos los que decidan respirar (dimensión
personal) esta atmósfera [de gracia] vivificante vivirán y crecerán
hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús”. 7
En relación con la Cena del Señor también se nos dice lo siguiente:
“A la muerte de Cristo debemos aún esta vida terrenal. El pan que
comemos ha sido comprado con su cuerpo quebrantado. El agua que bebemos
ha sido comprada con su sangre derramada. Nadie, santo, o pecador, come
su pan y bebe su agua sin ser nutrido con el cuerpo y la sangre de
Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. Está reflejada
en cada manantial. Todo esto enseñó Cristo al designar los emblemas de
su gran sacrificio”.8
La dimensión universal y objetiva de la muerte de Cristo es
innegable en esta cita, tanto como la dimensión personal y subjetiva. El
mismo apóstol Pablo hace claro que es por medio de la sangre de Cristo
como Dios “reconcilia con Él todas las cosas... haciendo la paz” entre
el Cielo y la Tierra (Col. 1:20). En la carta a los Romanos reafirma que
“ya hemos sido justificados en su sangre” o muerte (v. 9). Estas son las
buenas nuevas del Evangelio.
La Liberación del Cautiverio Babilónico
Veamos otro acontecimiento bíblico que nos permite tener una vislumbre
en miniatura de la gran liberación de la raza humana en Cristo. Cuando
el pueblo hebreo fue llevado cautivo a Babilonia en el año 586 a.C., un
rayo de esperanza alumbraba su futuro a pesar de toda esa tragedia:
Volvería a su tierra. Por medio del profeta Jeremías el Señor les había
asegurado que después que se cumplieran setenta años de cautiverio
serían liberados para que regresaran a su tierra. Se emitieron tres
decretos que favorecieron el retorno de los judíos a su tierra natal
desde Medo-Persia. El 1ero. fue dado por Ciro rey de Persia en el año
537 a.C. (Esd. 1:1-4). Bajo este decreto sólo un pequeño residuo regresó
a su tierra. Años después se emitió un 2do. decreto por parte de Darío
en el año 519 a.C. (Esd. 6:7-12). Pero aun así no respondieron los
israelitas como debieron hacerlo, por lo que fue necesario un 3er.
decreto. Este último fue emitido por el rey Artajerjes en el año 457
a.C. (Esd. 7:11-26).
Fue necesario que estos tres decretos reales se emitieran (Esd. 6:14)
para que el Gran Decreto divino (por así decirlo) fuera cumplido a favor
de su pueblo en tierra extranjera. Ahora todo israelita podía regresar a
su casa. ¿Cuántos lo harían? La historia bíblica nos confirma que
lamentablemente no todos regresaron del cautiverio. Algunos se habían
acostumbrado a la forma de vida de esas tierras extrañas y prefirieron
quedarse allá. Con estas acciones, muchos del pueblo estaban diciendo
que tenían en poco toda las acciones de Dios hechas a su favor, y al
mismo tiempo desoían la “palabra profética” que les anunciaba que el
tiempo se había cumplido, que regresaran a su tierra. ¿Para qué tanta
solicitud? ¿Para qué tanto amor?
Los judíos que rechazaron regresar a su tierra e involucrarse en las
cosas de Dios (¿compartir sus vidas con Él?) se encontrarían más tarde
envueltos en una terrible situación histórica en esas tierras.
En esta narración bíblica encontramos también un símbolo de la
justificación temporaria universal de la raza humana. Dios obra a favor
de todos sin importar (y esto Él siempre lo sabe) de que no todos
responderán. Dios hizo una amplia provisión para todos los seres humanos
en procura de que la apreciaran. Permitió la vida del desobediente de la
misma forma que la del justo sólo con el objetivo de que esta bondad
fuera apreciada y valorada. Sin embargo, no todos reaccionan con
gratitud y aprecio por esta manifestación de amor incondicional. Muchos
son los que como los judíos de antaño prefieren seguir viviendo
envueltos en su antigua vida de pecado, apegados a los placeres egoístas
y mundanales de este mundo. Dios emitió un decreto de absolución y
liberación (por así decirlo) el día que Adán pecó y canceló
temporalmente los efectos definitivos de su pecado sobre él y su
posteridad, dándole así una segunda oportunidad al género humano de
reconciliarse con Él por medio de la fe y una sabia elección. Este
decreto se ratificó en la cruz nuevamente. Pero como en el pasado,
también ahora, muchos son los que no ven la necesidad de reconciliación
con Dios. Pero el día de la gran desilusión viene y más pronto de lo que
nos imaginamos (Eze. 7:2-20). Entonces, sólo los que hayan apreciado las
bondades de Dios hacia ellos podrán estar seguros.
El Caso del Sumo Sacerdote Israelita
Ahora necesitamos examinar una enseñanza bíblica interesante y que no es
tomada muy en cuenta por los eruditos de nuestro tiempo al analizar la
doctrina de la Justificación por la Fe. Hablamos del papel
representativo de algunos individuos en las Escrituras. Este aspecto
representativo se conoce con una designación teológica interesante:
Solidaridad o identidad corporal. Es en este contexto que podemos
entender adecuadamente algunas narraciones bíblicas de las que se
desprenden lecciones de gran importancia y trascendencia sobre la verdad
del Evangelio.
En primer lugar, veremos el papel representativo del sumo sacerdote
israelita, luego nos detendremos en la enseñanza de los dos adanes de
Romanos cap. 5.
En el Antiguo Testamento, específicamente en el libro de Levítico,
encontramos que el sumo sacerdote era como una especie de “comunidad” en
sí mismo. Él jugaba un papel sumamente importante dentro del sistema de
sacrificios realizados en el Santuario. Era el representante del pueblo
(Lev. 16:15; Zac. 3:1-4). En este sentido, y en su papel de sumo
sacerdote, era un tipo o símbolo de Cristo quien representa al pueblo e
intercede por él (Heb. 7:23-27; 8:1-4). Es en el papel de representante
del pueblo que puede entenderse la siguiente declaración relacionada al
sumo sacerdote:
“Si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a
Jehovah, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para
expiación” (Lev. 4:3).
Una mejor traducción de la primera parte de este versículo sería: “Si el
que peca es el sacerdote ungido, haciendo así culpable al pueblo...” (BJ).
Se puede observar en este pasaje que el pecado del sacerdote ungido
hacía o traía culpabilidad al pueblo. Es más interesante aun saber que
la ofrenda que se ofrecía por el pecado corporativo de la “congregación
de Israel” (Lev. 4:13) era la misma ofrenda que se requería del
sacerdote ungido cuando pecaba (Lev. 4:14). Aquí se resalta de manera
clara el papel representativo del sumo sacerdote, en quien no sólo se
resumía todo el sacerdocio, sino que se encontraba representada toda la
congregación de Israel. En su condición de representante se entendía que
“todos los israelitas estaban en él”.
Se reconoce acertadamente que el “sumo sacerdote representaba a la
divinidad ante el pueblo, pero también al pueblo ante Dios; por lo
mismo, su falta implicaba una culpabilidad colectiva de la nación”.9 El
Comentario Bíblico Adventista hace esta perspicaz observación:
“El sumo sacerdote, que en un sentido especial era un símbolo de Cristo,
representaba al hombre. Representaba a todo Israel. Llevaba las cargas y
pecados del pueblo. Llevaba la iniquidad de las cosas sagradas. Llevaba
sobre él el juicio de Israel. Cuando él pecaba, Israel pecaba. Cuando el
sumo sacerdote entraba al Santuario, lo hacía en nombre del pueblo.
Cuando él comparecía ante la presencia de Dios, ellos comparecían.
Representaba al pueblo, era el pueblo. Cuando él pecaba, el
pueblo pecaba, y se le exigía presentar por su pecado el mismo
sacrificio requerido cuando toda la congregación pecaba”.10
Por esto se reconoce que en su posición oficial el sumo sacerdote no era
simplemente un hombre. Era una institución; un símbolo. No solamente
representaba a Israel, era la personificación de Israel.11 Esto quedaba
remarcado por las doce piedras que llevaba sobre sus dos hombros y el
Urim y Tumim que llevaba sobre su corazón (Ex. 28:12,29-30). Así, el
sumo sacerdote llevaba los nombres de los hijos de Israel sobre sus
hombros como también sobre su corazón.
Pero el sumo sacerdote representaba al pueblo no sólo en sentido
negativo, también en sentido positivo, pues “todo sacerdote tomado de
entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios
se refiere, para que presente ofrenda y sacrificios por los pecados” (Heb.
5:1). Así que, todo el pueblo estaba implicado en las acciones de este
hombre ya fuera para bien o para mal. No importa como fueran sus
acciones, una cosa era segura: afectaban directamente al pueblo.
Esto se hará más claro a medida que avancemos en el estudio de los
siguientes ejemplos.
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