La Justificación
 

Una Propuesta

 

(1era. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 
La entrada del pecado en nuestro mundo no tomó por sorpresa a Dios, pues se había ideado el Plan de Salvación desde la eternidad. El apóstol Pablo habla del Evangelio como la “revelación del misterio que había sido mantenido en silencio [literalmente ‘silenciado’] desde los tiempos eternos, pero que ahora ha sido manifestado, y... se ha dado a conocer a todas las gentes para obediencia de la fe” (Rom. 16:25-26). Pablo llama a este Evangelio de la gracia “sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Cor. 2:7). En la carta a los Efesios dice que el Evangelio “no fue dado a conocer a los hijos de los hombres en otras generaciones, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efe. 3:4-5, cf. v. 9; Col. 1:26).
 
Estas Buenas Nuevas contemplaban que si la caída del hombre en el pecado ocurría, se pondría en ejecución el Plan de Salvación inmediatamente. De acuerdo a una justicia estricta, el hombre merecía morir en el mismo instante en que pecó. La advertencia de Dios fue clara: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gén. 2:17). Pero el hombre no fue ejecutado, pues tan pronto apareció el pecado hubo un Salvador. Se nos ha dicho:
 
“Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Cristo... se hizo el Sustituto del hombre. Tan pronto como Adán pecó, el Hijo de Dios se presentó a sí mismo como garantía para la raza humana, con tanto poder para desviar la condenación pronunciada sobre el culpable, como cuando murió sobre la cruz del Calvario”.1
 
“El Hijo de Dios, el glorioso Soberano del cielo, se conmovió de compasión por la raza caída. Una infinita misericordia conmovió su corazón al evocar las desgracias de un mundo perdido... Cristo intercedió ante el Padre en favor del pecador...”.2
 
Después que Dios habló con Adán y Eva se realizó el primer sacrificio de un animal. Con la piel de esta víctima Dios hizo “túnicas” con las que Él mismo “vistió” la desnudez de ellos (Gén. 3:21). Esto fue una experiencia dolorosa para Adán, pues “tuvo que levantar las manos para quitar una vida que sólo Dios podía dar”.3 Este primer sacrificio inauguró un sistema que habría de prevalecer por siglos en medio de la adoración a Dios por parte de su pueblo. Es así como nuestros primeros padres descubrieron la forma en la que Dios los redimiría de la caída. Desde el principio les fue revelado que “la paga del pecado es la muerte” (Rom. 6:23) y que “sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados” (Heb. 9:22). Y así, Cristo llegó a ser “el Cordero de Dios que fue sacrificado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8).
El primer aspecto entonces del Plan de la Salvación que Dios puso en acción con la caída del hombre en el pecado fue la justificación temporaria universal. Por medio de esta justificación, basada en el ofrecimiento del sacrificio de Cristo, Dios otorgaba una suspensión de la ejecución de la pena de muerte de la que el hombre era culpable por su desobediencia. Cristo “se presentó a sí mismo como garantía para la raza humana, con tanto poder para desviar la condenación pronunciada sobre el culpable, como cuando murió sobre la cruz del Calvario”.[4] Esto lo hizo basado en su amor, pues es un amor que “no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor [‘no toma en cuenta el mal’ VRV 177]...; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor. 13:5,7). Porque “Dios es amor” fue encontrada una salida para la desesperada situación del hombre (1 Juan 4:8,16).
Esta justificación de la que hablamos no debe confundirse con la Justificación por la Fe, pues es una justificación puramente legal, temporal. Ha sido llamada también “justificación forense”, “técnica, objetiva o impersonal”. Pero no importa la designación teológica que elijamos para definirla, debe quedar claro que esta justificación está basada en la bondad de Dios para con todos los seres creados, y constituye la base o marco legal para la experiencia de la Justificación por la Fe.
Además, es bueno saber que la justificación temporaria universal fue efectiva antes de la cruz sobre la base del ofrecimiento de Cristo como Sustituto y Garante del hombre. Luego que Cristo entregó su vida por el pecado del mundo, esta iniciativa divina quedó confirmada sobre la base, no de un ofrecimiento, sino de la realización misma del supremo sacrificio de Cristo.
Esta verdad bíblica ha sido objetada por algunos eruditos, sin embargo, poco debe importarnos la opinión de la erudición moderna si en definitiva esta verdad está sustentada por la Palabra de Dios. En esta sección estudiaremos algunas narraciones e incidentes de la historia bíblica, que nos sirven de “patrones” para comprender la justificación universal en su marco debido.
 
La Curación de los Diez Leprosos (Lucas 17:11-19)
Jesús debía pasar por Samaria y Galilea para llegar a Jerusalén. Y mientras entró a una aldea le salieron al encuentro diez leprosos que clamaban desde lejos por sanidad. Cristo les dio la orden de ir y mostrarse a los sacerdotes, y mientras iban de camino - dice el relato bíblico - “fueron limpiados” (v. 14). Pero algo interesante pasó, sólo uno de los diez se devolvió a darle las gracias. Jesús le preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (v. 17). Jesús se asombró de que sólo éste hombre regresara a dar gloria a Dios. Por lo que dijo al que había sido sanado: “Levántate, vete; tú fe te ha salvado” (v. 19). ¡Los diez leprosos fueron sanados, pero sólo uno fue salvado! En este relato se esconden las más grandes buenas nuevas de todos los tiempos.
La lepra era considerada el símbolo por excelencia del pecado y sus consecuencias. En la antigüedad, fue la enfermedad más temida. Contraer lepra significaba ser excluido de la sociedad y el círculo familiar. Era quedar separado de todo cuanto podía desear una persona para vivir y ser feliz. Esta enfermedad fue llamada el “azote”, y por creer que constituía un castigo divino por causa del pecado, fue llamada también “el dedo de Dios”. Estos diez leprosos personifican en esencia, la condición del mundo perdido, desfalleciente y necesitado de la gracia divina; son una figura apropiada de la condición pecaminosa y debilitada de la raza humana y de su imposibilidad de encontrar solución para su mal en sí misma. La lepra era una enfermedad letal, símbolo del pecado que cubre todo nuestro ser.
El trato de Cristo hacia estos leprosos refleja el amor de Dios por todos los hombres, mujeres, niños y niñas de este mundo. Todos, sin distinción son el objeto supremo de su amor. Aunque Dios sabe que todos no volverán a Él, que multitudes no responderán a la atracción de su amor redentor, aun así les expresa sus más tiernos cuidados. La Biblia dice que Dios hace “salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mat. 5:45). Sí, Dios es “bondadoso [aun] con los ingratos y malvados” (Luc. 6:35).
La acción sanadora de Cristo hacia estos diez hombres (una acción que se expresó sobre todos por igual, aunque fue valorada sólo por uno), representa o simboliza la justificación universal de la raza humana. Esta Justificación logra la suspensión de la pena de muerte que vino sobre todos por causa de la desobediencia de Adán y les provee a todos la oportunidad de ser justificados por la fe, de ser salvados por toda la eternidad. El plan de salvación se lleva a cabo en beneficio de todos los seres humanos por igual.
En este relato también se refleja la realidad de que para ser beneficiado en forma subjetiva por las provisiones del Plan de Salvación debe ejercerse una genuina apreciación por lo que Cristo hizo. Nótese que todos fueron sanados, pero sólo uno recibió el reconocimiento de parte de Cristo: “Tu fe te ha salvado”. Sólo uno reconoció la obra de Cristo hecha a su favor. Algo similar pasa con los habitantes del mundo. Todos han sido redimidos y justificados para con Dios temporalmente, pero sólo serán eternamente salvos los que valoren y aprecien esta gran bondad realizada a su favor, los que ejerzan fe verdadera en lo que Cristo ya ha hecho por ellos. Todos han sido beneficiados con el manto protector y benefactor de nuestro tierno y amante Dios. Ahora Cristo espera una respuesta de fe y agradecimiento de cada ser humano. Todos estamos en deuda eterna con Él, sea que lo reconozcamos o no.
 
El Bautismo de Cristo (Mateo 3:14-17).
Cuando Cristo vino al Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista, expresó ante el asombrado profeta que debían hacerlo para cumplir toda justicia (v. 15). El plan eterno de Dios debía ser llevado a cabo sin estorbo alguno. Juan presentó a Cristo con una designación que abarca a toda la humanidad: “He ahí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo” (Juan 1:29, las cursivas son nuestras). Del aspecto local, en que el cordero sacrificado era ofrecido por una nación, Juan se proyecta a la dimensión universal del sacrificio de Cristo: “el mundo”.
Cuando la voz del Padre se pronunció sobre Cristo, en realidad se pronunció sobre toda la raza humana. Observe este comentario del Espíritu de Profecía:
 
“Las palabras dichas a Jesús a orillas del Jordán: ‘Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento’, abarcan a toda la humanidad. Dios habló a Jesús como a nuestro representante. No obstante a todos nuestros pecados y debilidades, no somos desechados como inútiles. Él nos ‘hizo aceptos en el Amado’ [Efe. 1:6]. La gloria que descansó sobre Jesús es una prenda [¿manto?] de amor de Dios sobre nosotros...”.5
 
En la página 86 del libro que acabamos de citar, se nos dice que Cristo “volcó los anhelos de su alma en oración” a su Padre, y pidió “el testimonio de que Dios acepta la humanidad en la persona de su Hijo”. ¡Oh, maravilloso amor, tan real, y tan despreciado!
He aquí la base real sobre la que descansa la justificación temporaria universal de la raza humana: la bondad y el amor de Dios. Pero este beneficio es sólo en Cristo, fuera de Él no hay otra cosa que oscuridad y muerte. Esta justificación no cubrirá o salvará a ningún pecador indefinidamente, sino se acepta vivir una vida de fe y relación salvífica con Cristo. Nadie entrará en el reino de los cielos sin antes haber apreciado y recibido de corazón las maravillas del amor redentor de nuestro Salvador (Juan 3:16,36, cf. Rom. 10:10).
 
La Cena del Señor (Mateo 26:26-28)
En la narración de la Cena del Señor hay algunos elementos valiosos del Evangelio que son ignorados con mucha frecuencia, pero que la inspiración no los pasa por alto con el fin de darnos instrucción. En las palabras de Cristo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos, para remisión de los pecados” (v. 28) puede apreciarse la dimensión universal del sacrificio de Cristo.
Alguien podría decir que Cristo no habló de que su sangre sería derramada para que todos los hombres fueran perdonados, pues se dice que es derramada “por muchos”. Pero en las Escrituras, cuando se usa la palabra “muchos” en el contexto de la obra redentora de Cristo, siempre significa “todos” (vea Isa. 53:11-12, cf. vv. 5,6; Rom. 5:15,17-18). En el evangelio de Juan oímos a Cristo decir: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne (cuerpo), la cual yo daré por la vida del mundo... el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:51,33).
Hay dos dimensiones del plan de Salvación expresadas en esta declaración. La dimensión universal, objetiva: Cristo entrega su cuerpo, su ser entero, por (o a cambio de) “la vida del mundo”. La dimensión personal, subjetiva: “El que come de este pan vivirá para siempre”. Algo similar es lo que expresan las siguientes declaraciones inspiradas:
 
Dimensión universal
1- “...porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres
 
Dimensión personal
...mayormente de los que creen” (1 Tim. 4:10).
 
Dimensión universal
2- “...nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a la luz la vida (para todos los hombres)
 
Dimensión personal
...y la inmortalidad (para los que creen) por el Evangelio” (2 Tim. 1:10).
 
Dimensión universal
3- “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándole en cuenta sus transgresiones,
 
Dimensión personal
... Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios clamara por medio nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: ‘reconciliaos con Dios’” (2 Cor. 5:19-20).
 
En el verso 19 se habla de la gran “reconciliación” o justificación temporaria universal de toda la raza humana “en Cristo” y luego se habla de la “reconciliación” personal que debe tomar lugar entre los que han escuchado estas buenas nuevas y Dios. Veamos la dinámica de esta idea en la carta a los cristianos de Roma.
 
Dimensión Universal
4- “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos,... más Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros...
 
Dimensión personal
....estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la ira [venidera]” (Rom. 5:6,8-9).
 
En este pasaje Pablo presenta verdades de profundo significado teológico. En el verso 10 resume en una sola declaración lo que ha dicho en los vv. 6-9: “Porque si siendo enemigos (‘impíos’ y ‘pecadores’ según los vv. 6,8), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida”. Nótese el juego de palabras con las que Pablo expresa esta gran verdad. Primero él dice: “Cristo murió por los impíos... murió por los pecadores” y luego dice esto de otra manera: “...estando ya justificados en su sangre (muerte)... fuimos reconciliados por la muerte de su Hijo”. ¡Maravilloso! Entonces, la reconciliación o justificación temporal universal es el resultado directo de la muerte de Cristo. Ahora bien, por lo que Pablo expresa en el verso 9 y en el 11 se deduce que el elemento justificador es realmente la “sangre de Cristo” y el medio por el cual nos apropiamos de este don es la fe (que también es un don de Dios). Hay que aceptar y recibir en el aspecto personal esta gran reconciliación (2 Cor. 5:18-20, Mar. 16:16; Juan 3:16).6
 
          En el siguiente pasaje las dimensiones del amor redentor aparecen invertidas, veamos:
 
Dimensión personal
3- “Él es la propiciación por nuestros pecados;
 
Dimensión universal
...y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2).
 
          En esta última cita descubrimos que la misma “propiciación” que fue hecha para nosotros los creyentes, fue hecha por “todo el mundo”. Esta dimensión universal del amor redentor de Dios fue la que Pablo tenía en mente cuando dijo: “La gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó” (Tit. 2:11). El Espíritu de Profecía revela estas dos dimensiones del Plan de Salvación cuando después de citar a Juan 6:33 dice:
 
“En el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo (dimensión universal) de una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo. Todos los que decidan respirar (dimensión personal) esta atmósfera [de gracia] vivificante vivirán y crecerán hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús”. 7
 
En relación con la Cena del Señor también se nos dice lo siguiente:
 
“A la muerte de Cristo debemos aún esta vida terrenal. El pan que comemos ha sido comprado con su cuerpo quebrantado. El agua que bebemos ha sido comprada con su sangre derramada. Nadie, santo, o pecador, come su pan y bebe su agua sin ser nutrido con el cuerpo y la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. Está reflejada en cada manantial. Todo esto enseñó Cristo al designar los emblemas de su gran sacrificio”.8
 
          La dimensión universal y objetiva de la muerte de Cristo es innegable en esta cita, tanto como la dimensión personal y subjetiva. El mismo apóstol Pablo hace claro que es por medio de la sangre de Cristo como Dios “reconcilia con Él todas las cosas... haciendo la paz” entre el Cielo y la Tierra (Col. 1:20). En la carta a los Romanos reafirma que “ya hemos sido justificados en su sangre” o muerte (v. 9). Estas son las buenas nuevas del Evangelio.
 
La Liberación del Cautiverio Babilónico
Veamos otro acontecimiento bíblico que nos permite tener una vislumbre en miniatura de la gran liberación de la raza humana en Cristo. Cuando el pueblo hebreo fue llevado cautivo a Babilonia en el año 586 a.C., un rayo de esperanza alumbraba su futuro a pesar de toda esa tragedia: Volvería a su tierra. Por medio del profeta Jeremías el Señor les había asegurado que después que se cumplieran setenta años de cautiverio serían liberados para que regresaran a su tierra. Se emitieron tres decretos que favorecieron el retorno de los judíos a su tierra natal desde Medo-Persia. El 1ero. fue dado por Ciro rey de Persia en el año 537 a.C. (Esd. 1:1-4). Bajo este decreto sólo un pequeño residuo regresó a su tierra. Años después se emitió un 2do. decreto por parte de Darío en el año 519 a.C. (Esd. 6:7-12). Pero aun así no respondieron los israelitas como debieron hacerlo, por lo que fue necesario un 3er. decreto. Este último fue emitido por el rey Artajerjes en el año 457 a.C. (Esd. 7:11-26).
 Fue necesario que estos tres decretos reales se emitieran (Esd. 6:14) para que el Gran Decreto divino (por así decirlo) fuera cumplido a favor de su pueblo en tierra extranjera. Ahora todo israelita podía regresar a su casa. ¿Cuántos lo harían? La historia bíblica nos confirma que lamentablemente no todos regresaron del cautiverio. Algunos se habían acostumbrado a la forma de vida de esas tierras extrañas y prefirieron quedarse allá. Con estas acciones, muchos del pueblo estaban diciendo que tenían en poco toda las acciones de Dios hechas a su favor, y al mismo tiempo desoían la “palabra profética” que les anunciaba que el tiempo se había cumplido, que regresaran a su tierra. ¿Para qué tanta solicitud? ¿Para qué tanto amor?
Los judíos que rechazaron regresar a su tierra e involucrarse en las cosas de Dios (¿compartir sus vidas con Él?) se encontrarían más tarde envueltos en una terrible situación histórica en esas tierras.
En esta narración bíblica encontramos también un símbolo de la justificación temporaria universal de la raza humana. Dios obra a favor de todos sin importar (y esto Él siempre lo sabe) de que no todos responderán. Dios hizo una amplia provisión para todos los seres humanos en procura de que la apreciaran. Permitió la vida del desobediente de la misma forma que la del justo sólo con el objetivo de que esta bondad fuera apreciada y valorada. Sin embargo, no todos reaccionan con gratitud y aprecio por esta manifestación de amor incondicional. Muchos son los que como los judíos de antaño prefieren seguir viviendo envueltos en su antigua vida de pecado, apegados a los placeres egoístas y mundanales de este mundo. Dios emitió un decreto de absolución y liberación (por así decirlo) el día que Adán pecó y canceló temporalmente los efectos definitivos de su pecado sobre él y su posteridad, dándole así una segunda oportunidad al género humano de reconciliarse con Él por medio de la fe y una sabia elección. Este decreto se ratificó en la cruz nuevamente. Pero como en el pasado, también ahora, muchos son los que no ven la necesidad de reconciliación con Dios. Pero el día de la gran desilusión viene y más pronto de lo que nos imaginamos (Eze. 7:2-20). Entonces, sólo los que hayan apreciado las bondades de Dios hacia ellos podrán estar seguros.
 
El Caso del Sumo Sacerdote Israelita
          Ahora necesitamos examinar una enseñanza bíblica interesante y que no es tomada muy en cuenta por los eruditos de nuestro tiempo al analizar la doctrina de la Justificación por la Fe. Hablamos del papel representativo de algunos individuos en las Escrituras. Este aspecto representativo se conoce con una designación teológica interesante: Solidaridad o identidad corporal. Es en este contexto que podemos entender adecuadamente algunas narraciones bíblicas de las que se desprenden lecciones de gran importancia y trascendencia sobre la verdad del Evangelio.
En primer lugar, veremos el papel representativo del sumo sacerdote israelita, luego nos detendremos en la enseñanza de los dos adanes de Romanos cap. 5.
En el Antiguo Testamento, específicamente en el libro de Levítico, encontramos que el sumo sacerdote era como una especie de “comunidad” en sí mismo. Él jugaba un papel sumamente importante dentro del sistema de sacrificios realizados en el Santuario. Era el representante del pueblo (Lev. 16:15; Zac. 3:1-4). En este sentido, y en su papel de sumo sacerdote, era un tipo o símbolo de Cristo quien representa al pueblo e intercede por él (Heb. 7:23-27; 8:1-4). Es en el papel de representante del pueblo que puede entenderse la siguiente declaración relacionada al sumo sacerdote:
 
“Si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehovah, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación” (Lev. 4:3).
 
Una mejor traducción de la primera parte de este versículo sería: “Si el que peca es el sacerdote ungido, haciendo así culpable al pueblo...” (BJ). Se puede observar en este pasaje que el pecado del sacerdote ungido hacía o traía culpabilidad al pueblo. Es más interesante aun saber que la ofrenda que se ofrecía por el pecado corporativo de la “congregación de Israel” (Lev. 4:13) era la misma ofrenda que se requería del sacerdote ungido cuando pecaba (Lev. 4:14). Aquí se resalta de manera clara el papel representativo del sumo sacerdote, en quien no sólo se resumía todo el sacerdocio, sino que se encontraba representada toda la congregación de Israel. En su condición de representante se entendía que “todos los israelitas estaban en él”.
Se reconoce acertadamente que el “sumo sacerdote representaba a la divinidad ante el pueblo, pero también al pueblo ante Dios; por lo mismo, su falta implicaba una culpabilidad colectiva de la nación”.9 El Comentario Bíblico Adventista hace esta perspicaz observación:
 
“El sumo sacerdote, que en un sentido especial era un símbolo de Cristo, representaba al hombre. Representaba a todo Israel. Llevaba las cargas y pecados del pueblo. Llevaba la iniquidad de las cosas sagradas. Llevaba sobre él el juicio de Israel. Cuando él pecaba, Israel pecaba. Cuando el sumo sacerdote entraba al Santuario, lo hacía en nombre del pueblo. Cuando él comparecía ante la presencia de Dios, ellos comparecían. Representaba al pueblo, era el pueblo. Cuando él pecaba, el pueblo pecaba, y se le exigía presentar por su pecado el mismo sacrificio requerido cuando toda la congregación pecaba”.10
 
Por esto se reconoce que en su posición oficial el sumo sacerdote no era simplemente un hombre. Era una institución; un símbolo. No solamente representaba a Israel, era la personificación de Israel.11 Esto quedaba remarcado por las doce piedras que llevaba sobre sus dos hombros y el Urim y Tumim que llevaba sobre su corazón (Ex. 28:12,29-30). Así, el sumo sacerdote llevaba los nombres de los hijos de Israel sobre sus hombros como también sobre su corazón.
Pero el sumo sacerdote representaba al pueblo no sólo en sentido negativo, también en sentido positivo, pues “todo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrenda y sacrificios por los pecados” (Heb. 5:1). Así que, todo el pueblo estaba implicado en las acciones de este hombre ya fuera para bien o para mal. No importa como fueran sus acciones, una cosa era segura: afectaban directamente al pueblo.
Esto se hará más claro a medida que avancemos en el estudio de los siguientes ejemplos.
 

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