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"Vosotros sois de vuestros padre el diablo, y los deseos de vuestro
padre queréis cumplir él ha sido homicida [asesino] desde el
principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad
en é" (Juan 8:44). Estas palabras dijo Jesús a los judíos que procuraban
matarlo (v. 40) Y revelan la verdadera dimensión cósmica del Gran
Conflicto milenario entre el Príncipe de la luz y el príncipe de las
tinieblas.
Cuando Satanás moraba en el cielo, antes de revelarse y poseía la posición
de "querubín grande, protector" (Eze. 28:14), se desarrolló en su mente
el deseo de ser igual que Dios, su Creador. En su ciega ambición expresó:
"Por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono,... y seré
semejante al Altísimo" (Isa. 14:13,14). Y aunque tenía la posición más
exaltada entre todos los ángeles del cielo, no se conformó con eso, y
quiso el lugar de Cristo quien poseía una posición de "igualdad con Dios"
(Fil. 2:6).
En su desesperado intento anidó secretamente en su corazón el maligno
"deseo" de matar al Hijo de Dios. Esto era lo que Cristo estaba revelando
cuando dijo que "él ha sido asesino desde el principio". "Hubo una gran
batalla en el cielo" (Apoc. 12:7) causada por Satanás, pero él y sus
ángeles "no prevalecieron" y fueron expulsados del cielo (v. 9). Entonces,
Satanás provocó la caída de nuestros primeros padres y tomó ilegalmente el
dominio de la tierra y estableció en ella su reino basado en el egoísmo,
el amor propio (Gén. 3:1-9).
Desde el inicio de su rebelión hasta el nacimiento de Jesús, Satanás
guardó secretamente el deseo de matar a Cristo. Y cuando él escuchó el
canto angelical que anunciaba el nacimiento del Hijo de Dios, se reanudó
sus planes. Utilizando al imperio Romano como su instrumento procuró
eliminar al Niño recién nacido (Mat. 2:1-16). Pero el intento falló.
Cuando Cristo creció y fue al desierto de la tentación, el tentador lo
asaltó con fieras tentaciones para impulsar a Cristo a realizar un
movimiento temerario y utilizara sus poderes divinos, y así arruinara el
Plan de la Salvación. En una de esas tentaciones Satanás subió a Cristo
"al alero del templo" y le dijo: "Si eres el Hijo de Dios, échate abajo"
(Mat. 4:5,6). Pero Cristo le contestó: "No tentarás al Señor tu Dios". Una
vez más el enemigo fue vencido.
En otra ocasión, mientras Jesús hablaba con los fariseos de su relación
con el Padre, nos dice la Biblia: "Los judíos volvieron a tomar piedras
para apedrearlo" (Juan 10:31). Nótese la palabra "volvieron". En repetidas
ocasiones Satanás trató de matar a Cristo usando hombres malvados. ¿Por
qué razón fallaron todos estos intentos de asesinato? Juan contesta:
"Porque aun no había llegado su hora" (Juan 7:30; 8:20).
El Getsemaní
Pero finalmente llegó el Getsemaní y Cristo mismo siendo apresado por una
multitud incitada y controlada por el diablo dice: "Esta es vuestra
hora, en la que reinan las tinieblas" (Luc. 22:53). Había llegado la
"hora" cumbre en la vida del inmaculado Hijo de Dios. Había llegado el
momento, y Cristo fortalecido por Su Padre "salió al encuentro de la
prueba sereno y henchido de calma".1
"El momento había llegado en al historia del Universo cuando Satanás debía
ser expuesto. Todo el cielo y la tierra tiene que ver lo que [realmente]
es", un asesino y un mentiroso.2 Ahora se revelaría que sus planes y
propósitos no eran buenos, sino que verdaderamente su corazón estaba lleno
de "iniquidad" (Eze. 28:16).
Desde el Getsemaní hasta la cruz Satanás tuvo pleno dominio sobre Cristo.
Esta era la única manera de desenmascararlo y revelar su verdadero
carácter. "Ahora el Universo entero entendería lo que realmente constituye
el pecado y lo que terminará haciendo si se le da oportunidad. El pecado
es odio hacia Dios; es rebelión en contra de Él y su Ley de amor, y si se
le permite que haga lo que quiera, terminará por asesinar a Dios".3 Esto
es lo que la cruz revela.
Ahora que Satanás tenía a Cristo en sus manos comenzó hacerle lo que
siempre quiso: causarle innumerables sufrimientos, vergüenzas y finalmente
asesinarlo (véase Heb. 6:6; 12:2).
Conociendo que los sufrimientos físicos de Cristo fueron causados por
Satanás, debiéramos ser sumamente cuidadosos para no ver en ellos el
supremo sacrificio de Cristo que nos salva. Si confundiéramos los
sufrimientos que el Hijo de Dios padeció en la carne, con su supremo
sacrificio que nos salva estaremos creyendo que el enemigo de las almas
ayudó en nuestra salvación. No debemos "confundir lo que Satanás le hizo a
Cristo en la cruz con lo que Dios le hizo a Su Hijo. Dios y Satanás no
fueron socios en la cruz".4
La Muerte de Cristo fue muerte fue victoriosa. Entonces el diablo "vio que
su disfraz le había sido arrancado. Su administración quedaba
desenmascarada delante de los ángeles que no habían caído y delante del
Universo celestial. Se había revelado como homicida. Al derramar la sangre
del Hijo de Dios, había perdido la simpatía de los seres celestiales...
Sin embargo, Satanás no fue destruido entonces... Y por causa del hombre,
la existencia de Satanás debía continuar... El hombre debía elegir a quien
quería servir".5
Fue la cruz lo que desenmascaró a Satanás ante "el Universo celestial".
“Despojó a los principados y potestades, los exhibió en público, y triunfó
sobre ellos en la cruz” (Col. 2:15). Y esta verdad sobre la cruz es lo que
tiene que ser predicada a "toda nación, tribu, lengua y pueblo" (Apoc.
14:6), porque constituye el elemento básico y central del "Evangelio
Eterno" para romper los lazos de simpatía entre las criaturas de Dios y
Satanás, sean ángeles u hombres pecadores. Y más aun, es lo único que
puede quebrar el dominio que el pecado tiene sobre los hombres.
Fuera de la cruz, no hay nada que sea eficaz para atraer al hombre a Dios,
y nada fuera de ella es más poderoso para mantenerlo junto a El. “Por
medio de él (Cristo) reconciliar consigo todas las cosas, así lo que está
en la tierra como lo que está en los cielos, haciendo la paz mediante la
sangre de su cruz” (Col. 1:20). Esta es la razón por la que el apóstol
Pablo dice: "El mensaje de la cruz es... poder de Dios" (1 Cor. 1:18).
La Ofensa de la Cruz
Pero hay una verdad que debe considerar todo cristiano que se ha unido a
Jesús por medio de la fe. Cuando la verdad de lo que Satanás le hizo a
Cristo en la cruz es llevada al plano de la experiencia personal, se
convierte en lo que Pablo llama "la ofensa de cruz" o "el escándalo de la
cruz" (Gál. 6:14).
El creyente que ha pasado por la experiencia del nuevo nacimiento se ha
unido por la fe a Cristo se ha convertido en un ciudadano del reino de los
cielos. Y como este reino está en abierta oposición al reino de las
tinieblas, todo creyente es considerado por el mundo y Satanás como un
rebelde y traidor. Entonces, todas las armas del enemigo son enfiladas
hacia el nuevo creyente. Desde entonces es objeto de antipatía y toda
forma de persecución (Léase 2 Tim. 3:12; 1 Juan 3:13; Juan 15:19-21). Las
persecuciones de las que son objeto los creyentes toman formas variadas,
pérdidas de empleos provocada por sus principios particulares de fe,
problemas familiares y otros. Pero la Biblia garantiza que sobre todas
esas cosas, los creyentes pueden salir más que vencedores y que nada puede
apartarlos del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom.
8:31-39). Las pruebas a las que Dios permite que seamos sometidos, vienen
acompañadas de una salida y siempre que se ejerza fe genuina en las
promesas divinas, resultarán en una bendición para nuestra experiencia.
“No os ha venido ninguna tentación, sino humana. Pero Dios es fiel, y no
os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir. Antes, junto con la
tentación os dará también la salida, para que podáis soportar”. Así se
puede comprender por experiencia propia, el significado de la siguiente
declaración paulina: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en
nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Cor. 4:17).
Las pruebas menudas de la vida no constituyen en sí una crisis final para
los creyentes, pero según la profecía bíblica esa crisis está en proceso
de gestación (Apoc. 13:10-18). Los creyentes como colectividad enfrentarán
la crisis más terrible que jamás se haya conocido sobre la tierra. “Y será
tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces.
Pero en ese tiempo será librado tu pueblo, todos los que se hallen
escritos en el libro” (Dan. 12:1).
La iglesia remanente no es objeto aún de esta crisis porque está pasando
por un momento temporal de letargo espiritual, que le impide cumplir
efectivamente su misión. Pero cuando el pueblo de Dios se reforme,
resurgirá simultáneamente el fervor evangélico y de oposición. Esta
terrible apatía ha llevado a la iglesia de cristo a centrar su vista en
los avances aparentes, y ha no discernir su verdadera condición
espiritual. Y por doquier se oye la voz de que "todo está bien", y que lo
que se está haciendo es "la voluntad de Dios". Ese es el pecado del cual
Dios acusa a Laodicea (cf. Apoc. 3:15-18). Por esto el llamado final de
Dios a su pueblo comprende la gran verdad de que salga de esa triste
condición y la amalgama de confusión que impera en todo (Apoc. 18:1).
Aunque “la diferencia entre la iglesia de hoy y el mundo, casi no se puede
ver", esa "condición no continuará por mucho tiempo más, porque Dios ha
hecho claro que Él intervendrá y remediará esa situación”.6 Así está
escrito: “Aunque los descendientes de Israel sean tan numerosos como la
arena del mar, solamente un resto de ellos alcanzará la salvación, porque
muy pronto el Señor cumplirá plenamente su palabra en todo el mundo... si
el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado descendencia, ahora mismo
estaríamos como Sodoma y Gomorra” (Rom. 9:27-29 DHH).
Según Juan 7:7 el mundo del tiempo de Cristo no podía odiar y perseguir a
los judíos porque no veía a Cristo reflejado en ellos. Pero "cuando Cristo
haya zarandeado y purificado su iglesia (Amos 9:9-12), y haya reproducido
su carácter en ella, entonces “la ofensa de la cruz” llegará a ser “una
realidad otra vez, y la historia se volverá a repetir”.
En el transcurso de la era cristiana "la ofensa de cruz" ha sido la
herencia de todos aquellos que no ha querido manchar sus vestiduras con
las artimañas del error y el paganismo (Apoc. 3:4,5). Las encarnizadas
persecuciones de la Edad Media de los fieles cristianos por parte del
sistema papal es un ejemplo de ello.
En los tiempos apostólicos sucedió un incidente peculiar que merece
rápidamente nuestra consideración. Los "principales sacerdotes" apresaron
"a los apóstoles" y lo encerraron en la cárcel (Hech. 5:17,18). "Pero el
Ángel del Señor, abrió de noche la puerta de la cárcel, [y] los sacó
fuera" (v. 9).
Inmediatamente salieron a seguir predicando sobre la "nueva vida" (v.
20) que Cristo provee por medio de su Evangelio. Pero, nuevamente fueron
arrestados (v. 26). Ante el sabio consejo de Gamaliel los sacerdotes
"convinieron con él " la libertad de los apóstoles (vv. 34-40). Y "después
de azotarlos, le ordenaron que no hablasen en el Nombre de Jesús. Y los
soltaron" (v. 40). La Biblia nos dice que al salir de allí los discípulos
"salieron... gozosos de haber sido considerados dignos de padecer afrenta
por el Nombre" de Cristo (v. 41).
Esta fue "la ofensa de la cruz" en la vida de los discípulos de Cristo. Y
esa será la suerte de todos los seguidores de Cristo mientras dure el
tiempo. Pero también habrá "gozo" perpetuo en ellos, por ser "dignos" de
padecer afrenta por causa de su Nombre. Muy pronto, "este mundo dividido
se unirá otra vez en contra de su enemigo común, la iglesia de Cristo, y
el pueblo de Dios será odiado, avergonzado, y sufrirá innumerables
aflicciones y hasta la muerte (Mat. 24:9,10; Luc. 6:22; Apoc. 6:11). “En
ese tiempo la gloria de Dios debe brillar a través de nosotros".8 En ese
tiempo, el Dios Altísimo será nuestro refugio y fortaleza. Así dicen las
Escrituras: "El enemigo vendrá como río crecido, pero el Espíritu del
Señor levantará bandera contra él" (Isa. 59:19).
El Libro de Apocalipsis habla de la "paciencia" de los fieles en aquel
tiempo de gran prueba. "Aquí está la paciencia de los santos, los que
guardan los Mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12). Es
interesante notar que la palabra "paciencia" que se traduce en este texto
(griego hupemeinen) refleja la idea de "aguantar". "Hupemeinen
(sufrir) es un verbo que se deriva de hupomone, sustantivo que se
traduce corrientemente como paciencia (Rom. 5:3; Sant. 1:3; 1 Tes. 1:3) en
el sentido de resistencia y constancia". Así, la idea que el texto estaría
reflejando es el "aguante" de los santos en la última gran crisis, en la
que tendrán que enfrentar una vez más "la ofensa de la cruz".
La experiencia espiritual de los santos que pasarán la crisis final creada
por las leyes opresivas de los gobiernos terrenales (Apoc. 13:15-17;
17:12-14), será el resultado de contemplar al Crucificado en toda Su
hermosura. Para ellos fue valioso más que todas las cosas la cruz de
cristo, y esta le impartió el poder para salir victoriosos sobre la bestia
y su imagen (Apoc. 20:4).
La contemplación de la obra de Cristo en la cruz los atrajo a los pies de
Dios, y esa misma obra los mantuvo allí hasta el fin (Juan 12:32).
Notas y Referencias:
1) Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 643.
2) Jack Sequiera, La Dinámica el Evangelio Eterno, p. 32.
3) -------, Ibíd.
4) -------, Ibíd., p. 33.
5) White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 709.
6) Sequeiro, Ibíd., p. 66.
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